La vida pasa a nuestro lado y por encima de nosotros a una velocidad realmente endiablada. Nada podemos hacer, por más que lo intentemos, para detener su inexorable avance. La vida pasa para mí, para mi vecino, para el Rey, para cualquier empresario por muy rico que sea, para el limpiacoches y para el conserje del inmueble, para la señorita y para la abuela, para el niño de teta y para las tetas de la madre, para mi padre y para mi hija, para el delincuente y para el abogado defensor, para el cura y para el obispo, para el monaguillo y para Su Santidad, para el borracho y para el abstemio, para el fumador y para el enfermo de cáncer, para los pájaros, para mi perro, para los árboles y para el césped del jardín…La vida, sencillamente, pasa.
No podemos detenerla como si de una película vista a través de un vídeo se tratase. No podemos parar la vida con la tecla del “stop” y volver a ponerla en marcha con el “play” cuando más nos interese: por mucho que pulsemos la tecla del “stop” intentando detenerla, ella va a seguir funcionando, va a seguir pasando cinta. El “play” está conectado fijo, hagas lo que hagas.
Y como he dicho arriba, lo hace a una velocidad endiablada: tan pronto estás en tu cama durmiendo con la ventana cerrada y la calefacción echada porque estamos en invierno, como estás en la cama con la ventana abierta porque hace una noche de bochorno y estamos en agosto. De un día para otro pasas del invierno al verano y cuentas uno más…
Sólo nos queda, frente a ese inexorable avance del tiempo, vivir sin pensar. Como pienses, ya la has cagado. No pienses y vive.
El pino joven tiene la corteza del tronco fina y lisa.
El pino viejo tiene la corteza rugosa y llena de nudosidades, es el fiel reflejo del paso del tiempo. Para el pino también pasa.
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