Archive for Noviembre, 2007

Como predije ayer, hoy ha hecho un día magnífico. Precioso. Diez grados de temperatura a las dos de la tarde y muchas ganas de subirme encima de la moto.

Pensado y hecho. A las dos y cuarto ya estaba con mi moto por la carretera, bien equipado por un por si acaso y zumbando a buen ritmo por encima del gris asfalto.

No obstante se notaba algo de fresco en el cuerpo, pese a ir bien protegido, bien tapado y perfectamente pertrechado por eso, en un sitio de la carretera que se ensancha y sobre el que han construido un mirador para ver las aguas de un pantano, allí me he parado.

El calorcillo del ambiente, sin ese aire que te golpea en el cuerpo cuando vas zumbando sobre tu moto, se agradecía doblemente. Apetecía muy mucho estar sentado en el citado mirador, viendo las tranquilas aguas del pantano y sintiendo en el cuerpo la suave caricia del casi vergonzoso sol.

Más de media hora he estado allí, calentándome como las lagartijas al sol, como los cocodrilos con la boca abierta en las arenas de las orillas del río, cual serpiente a la entrada de su selva amazónica.

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Allí he fotografiado unas alambradas que había y que me han sugerido la idea de que todos, absolutamente todos, estamos presos. Estemos donde estemos, vivamos donde vivamos y disfrutemos de la condición civil que disfrutemos. Me da igual. Todos estamos presos.

Los que realmente están presos, porque no pueden abandonar el sitio en el que se encuentran, y los que estamos en la calle, porque no podemos abandonar el sitio en el que nos encontramos, más o menos grande en comparación con el sitio del que “disfrutan” los que están en las cárceles, pero un sitio al fin y al cabo y un sitio del que no te puedes escapar.

El que está en la cárcel va, de la celda al patio, del patio a la lavandería, de la lavandería al comedor y del comedor a la celda.

El que está fuera y como consecuencia de sus obligaciones familiares y laborales, no puede separarse demasiado del centro en el que vive, y va, de su casa al trabajo, del trabajo a casa, de casa al bar de la esquina, del bar de la esquina a por tabaco y del estanco a casa de nuevo. Y mañana vuelta a repetir.

¿Eso último es libertad?

A eso último le llamamos LIBERTAD, que es muy distinto.

Por eso digo que tanto los que están en cárceles, presos realmente, como los que estamos fuera, presos de nuestras circunstancias, todos, en definitiva, estamos apresados en este mundo, unos más contentos que otros pero todos presos, en definitiva.

Y la liberación a esa prisión eterna tanto de unos como de otros llegará cuando…

Esta noche tenemos cena con los amigos, aquí, en un restaurante que no está ni a cien metros de mi casa. Muchos presos en sus cárceles seguro que andan distancias mayores para ir de su celda al patio. ¿Quien está más prisionero de sus circunstancias y de su entorno?.

De todos modos, de algo hay que hablar. No me hagáis demasiado caso.

Feliz fin de semana

Esta tarde he visto las noticias de los telediarios y después me he dicho:

- Voy a dar una vuelta con la moto, que hace días que no la toco…

Pues no. No ha habido tal vuelta.

He salido a mi terraza, barómetro térmico donde los haya, y tras sentir en el cuerpo el frescacho que hacía en el ambiente y la ligera brisa que venía del oeste con ese sol medio aletargado y casi sin fuerza, me he girado hacia la pared donde tengo puesto el termómetro, esa varilla de mercurio que, aparte de la sensación de frio o calor transmitida por mi cuerpo, es quien mejor me indica la temperatura ambiente: seis grados así como quien no quiere la cosa. Y seis grados, según cómo tengas el cuerpo y según cómo te pille la moral que en ese momento te domine, son muy pocos grados para subirse uno en una moto y meterle caña por esas carreteras de Dios.

Y que conste que con ocho grados bajo cero y con una niebla que no se veía a treinta metros de distancia yo he ido sobre mi moto. Pero una cosa es que te pille la niebla, que no el frio, y que tengas que conducir en esas condiciones mencionadas y otra, muy distinta, que tú te busques el problema del frio, que no de la niebla, estando como estoy en casa tan rícamente.

Bueno, espero salir mañana. Si los del tiempo no se equivocan, cosa que dudo, mañana tiene que hacer un día algo mejor que hoy. Y he de salir porque quiero calentar un poco las ruedas de la moto y mover un poco los aceite para su engrase y perfecta lubricación porque el domingo tengo una salida de más de 500 km. con unos compañeros de mi Club, y a esa salida no me puedo negar a ir ni alegar que hace frio o decir que el sol no calienta lo suficiente. Ya estoy inscrito a la susodicha salida, de modo que el domingo, si no se cambian los planes o si algo no se tuerce, salida al canto.

Y cambiando de tercio como en los toros, decir que ayer estuve algo delicado, con una indigestión que me pilló que casi me voy al barrio de “los callaos”.

Tenía una reunión con la junta directiva de la asociación a la que pertenezco y no pude ir. Llamé al presidente y le dije:

- Ya podéis empezar la reunión sin mí porque he tenido que venir al hospital, a urgencias, y no voy a poder llegar a tiempo. Todavía estoy esperando aquí a que me den los resultados…

Ahora ya estoy bien. Yo no entiendo estas chorradas de “ahora estoy bien y, de repente, estoy más allá que aquí…”. En media hora pasas del bienestar y de la salud al dolor agudo, al sudor frio, a la desesperanza y al “¡…pero qué leches me está pasando…¡”

Me acaba de llamar el presidente preguntado por mi salud.

Ya estoy bien, le he dicho. La prueba está en que he estado en un tris-tras de marcharme con la moto por ahí. Señal de que no estoy muy enfermo. Mejor así.

Feliz fin de semana.

Muchas veces salgo a la terraza de mi casa a ver la luna llena. Esa callada luz que desde lo alto del firmamento ilumina todo.

Aunque no hubiera farolas en mi calle, aunque estuviera todo totalmente a oscuras, en las noches de luna llena, cuando sale esa moneda plateada a pasearse por la cúpula celeste, iluminaría mi calle con esa claridad plateada y cálida.

Esas personas que van y vienen por mi calle, en dirección a o de espaldas a la luna, seguidas o precedidas por su sombra silenciosa, son las que muchas veces me hacen mirarlas desde la terraza de mi casa mientras dirijo la mirada de sus sombras a la luna, de la luna a sus sombras.

Muchas veces salgo a mi terraza a fotografiarla, como hoy, como en esta noche fria y calma. Otras, sobre todo en verano, saco mis prismáticos y acerco esa gigantesca moneda todo lo que puedo, para ver sus venas, sus cráteres, sus barrancos, sus mares, sus enormes extensiones, su fisonomia facial…

Y pienso que estoy allí estando aquí. Y pienso que respiro allí, sin poder, respirando aquí. Y pienso que la miro desde aquí y que desde allí me miro.

Las noches de luna llena son, realmente, un bonito embrujo.

Y si analizamos todo esto friamente acabamos por pensar que, en realidad y en el fondo, hay tantas y tantas cosas en la vida que son un bonito embrujo…

Feliz semana

Desde hace cosa de dos semanas llevan unos señores acondicionando un local de planta baja con unas enormes cristaleras que dan a dos calles, cristaleras que, en negocios anteriores, eran escaparates donde tenían expuesto de todo lo que se ofrecía en el negocio en cuestión.

Hoy ya tenían el cartel puesto en la puerta y sobre una de las dos enormes cristaleras: ¡¡Un bazar chino¡¡, de esos que venden de todo, a un precio realmente asequible pero es que, a los precios que venden no te van a vender jamón serrano, de Jabugo o de Teruel a precio de mortadela.

Tres calles más arriba de donde en estos momentos están preparando este bazar chino hay otro. Y medio kilómetro más arriba y dentro de lo que es el centro de la población, tenemos un tercero.

Esto es una invasión. A mí me parece perfecto que abran tiendas estos señores, como si las quieren abrir cualesquiera otros, siempre y cuando todos tengamos las mismas facilidades, los mismos derechos y las mismas obligaciones, pero es que creo, a tenor de lo que mucha gente dice, que los inmigrantes tienen ciertos derechos a la hora de abrir negocios. Tienen ciertas subvenciones. Tienen ciertas facilidades que no tienen o no tenemos los oriundos, los nacidos aquí, los pura cepa de toda la vida. Y, si eso es cierto, no me parece ni medio bien.

Si esa gente tienen dificultades económicas para montar un negocio y en base a esa cuestión se les ayuda y favorece de alguna manera, yo también puedo tener las mismas condiciones económicas, familiares o de cualquier índole que esos señores, o peores si cabe, posiblemente. Pero siendo, como soy, oriundo del país, me dicen que a mí no me corresponde determinada ayuda, determinada subvención, determinados préstamos. No lo veo justo.

En una localidad como la mia, en muy poco espacio de terreno, tenemos tres bazares chinos, dos de ellos abiertos desde hace algo más de un año y un tercero, el que están abriendo ahora a cincuenta metros de mi casa, a punto de ser inaugurado.

Cuando en una localidad como la mia se han abierto tres bazares chinos, enormes, por cierto, es señal de que las facilidades que tienen han de ser enormes porque pagar el alquiler de un local de esas características ha de ser poco menos que prohibitivo, y en cambio ellos los abren sin ningún problema. ¿No decimos que vienen sin nada y que por eso hay que ayudarles?. ¿De dónde sacan tanto dinero, pues, para pagar semejantes alquileres y montar semejantes negocios?

Si yo quisiera abrir ese mismo negocio que están abriendo al lado de mi casa, en un local tan sumamente grande, con tantas cristaleras y dando a dos calles y con una superficie que puede que salte de los trescientos cincuenta metros, me las vería y desearía para pagar el alquiler. Ahora monta el negocio, efectúa reformas, prepara estanterías, luz, agua, contratos, licencias, permisos….y llena de mercaderias esas estanterias…Para mí, imposible, en un local de esas características. Para ellos, por visto, es lo más normal del mundo dado que, los tres que hay, son de características similares. Algo no me cuadra.

Los derechos y obligaciones, para todos igual. Las ayudas y subvenciones, para todos igual. Y dentro de ese campo de batalla, el que más chufle, capador.

En una carrera de cien metros lisos, todos salen de la misma linea y todos han de llegar al mismo final. Nadie sale diez metros por delante o le dejan parar veinte metros antes de la linea de meta.

Aquí, señores, o jugamos todos o se rompe la baraja. Con el pan de los hijos no se juega y todos compramos el pan al mismo precio.

Se supone que vienen sin nada y que por eso hay que ayudarles. Yo también puedo tener serias dificultades para llegar a fin de mes y también puedo tener un par de hijos a quienes no les doy un capricho ni de coña, y no por no querer sino por no poder. Y el ruido de estómago cuando hay hambre tanto lo pueden tener y oír ellos como yo. Derechos y obligaciones para todos igual.

Lo dicho: o jugamos todos o se rompe la baraja. La ¿justicia?, en este terreno, brilla por su ausencia.

Feliz semana.

Dicen que los hombres no deben llorar nunca, que no es de hombres el llorar, que eso es de mujeres, de niñas, de personas débiles, de poco hombres y de “escojonaos”. No estoy de acuerdo con esos pensamientos ni de coña. Me parece un pensamiento de un machismo retrógrado y superficial, es más, siempre he admirado al “valiente” de una película en alguna escena lacrimosa en la que, anteponiendo toda su hombría a todo lo que le rodea y a todas las circunstancias anexas, suelta unas lágrimas en un momento determinado del film. Me ha parecido ese señor, en esas escenas, de una hombría y de una personalidad fuera de toda duda. Jamás habría dudado de ese señor por el simple hecho de verle llorar.

Todo esto viene a cuento porque he estado recordando, con mi señora, algunos momentos en los que, viendo alguna de esas películas que he comentado, yo he tratado de ocultar las lágrimas que pujnaban por salir de mis ojos y, sobre todo, tratando de evitar que me viera mi señora, cosa que casi nunca he llegado a conseguir.

En ciertas escenas de ciertas películas ya me tienes a mí con los ojos húmedos y con las lágrimas a punto de rebosar y de brincar mejillas abajo, corriendo hasta el borde de la barbilla, detenerse allí brévemente y caer sobre mi camisa, salvo que yo, con mucho disimulo, antes de empezar a bajar, haya dispersado esas lágrimas por mi cara con la palma de la mano, disimulando cualquier gesto inocente…Lo que pasa es que, como ya he dejado caer, casi nunca consigo engañar a mi señora y siempre me pilla, me sonríe, me dice algo, yo también me río y acabo diciendo cualquier estupidez como “…joer, qué gilipollas estoy hecho…si es que no lo puedo remediar…qué tontería…” y todo eso dicho entre risas entrecortadas y pasadas de la palma de la mano por los ojos para, ahora ya y sin disimulo, acabar de limpiar los ojos, repletos de lágrimas.

¿Somos o soy por eso menos hombre que esos que con pelo en pecho y barba sin afeitar de una semana se ríen de mí al verme en esa situación diciendo que a ellos esas tonterías no les conmueven ni les afectan?. Posiblemente, aunque lo dudo bastante.

¿O es que los que así nos comportamos tenemos otro tipo de sensibilidad ante determinadas situaciones de la vida?

Yo creo que es ésto último. Tan hombre puede ser uno u otro. Tan de pelo en pecho puede ser uno u otro. Tan echado p’alante puede ser el uno como el otro.

La sensibilidad ante determinadas situaciones de la vida es lo que hace que el corazón de uno tiemble y se encoja o permanezca impasible y frio como el hielo.

Yo prefiero la situación primera. Es más humano. Menos animal, aunque lo seamos. ¿O alguien ha visto llorar, ante determinadas situaciones de la vida, a un perro, a un gato, o a un caballo?

Feliz semana.

Esta tarde me he cogido la moto y carretera y manta.

La verdad es que en días como hoy, si miras el termómetro antes de salir de casa, te entran unas ganas de dejar todo y de quedarte viendo la tele en vez de subirte en la moto que para qué te cuento…

Cuatro grados marcaba el termómetro de la terraza de mi casa minutos antes de enfrascarme en mi ropa y subirme en mi jaca. Cuatro grados a las cuatro de la tarde. Sol tibio, pero el frescacho se dejaba notar.

Una vez sobre la moto te olvidas de todo. La pereza la tienes minutos antes, cuando previo al momento de sacar la moto te tienes que cambiar de ropa y todo eso. Luego, nada, todo perfecto.

He visto, desde mi moto y desde su velocidad, así, de refilón y a mi izquierda, el viejo edificio de una estación de tren, de esas que encontramos de vez en cuando a lo largo de las carreteras y que fueron hechas después de acabada la guerra civil española, de esas estaciones que se hicieron y que jamás llegaron a usarse. Esas estaciones a las que jamás llegó una locomotora, ni esas pobres gentes de la posguerra española…nada ni nadie.

He dado la vuelta algo más adelante y me he acercado a ver el viejo edificio: estaba sin tejado, todo derruido y escachado, lleno de escombros y de altos hierbajos en su interior, sin puertas ni ventanas, todo arrancado y con los típicos graffitis en sus paredes. Pintadas del tipo de “El 15 de Agosto de 1956 estuvo aquí M….”

Cuánta historia debe esconderse entre sus paredes de piedra y ladrillo rojizo. Cuántas parejas han debido de esconder su amor entre sus paredes y techumbres escachadas desde ni se sabe cuándo.

Historias interminables, como el título del libro, o historias inacabadas. Historias acabadas o escondidas al crepúsculo de cualquier tarde de verano. Historias de amor y desamor, de dolor, tristezas y esperanzas, miedos y desalientos…vida en definitiva.

Tras hacer unas fotos para guardar, como siempre, en mis carpetas de salidas moteras dentro de mi PC, he continuado viaje hasta casa. La verdad es que ese tiempo que he estado deambulando por entre las ruinas de la vieja estación de tren inacabada y nunca utilizada me han hecho retrotraerme en el tiempo, y la nostalgia, en cierto modo, me ha inundado el corazón.

No deberíamos echar la vista atrás, nunca. ¿O sí?

Feliz semana. 

Si hubiera alguna forma de borrar un día del calendario, pasar sobre él como por la acera de una calle y olvidarlo completamente sin recordar ni uno sólo de los segundos que conforman las 24 horas de ese día, yo borraría el día de hoy.

Qué mal lo he pasado desde las cinco de la madrugada en que me he despertado con unos fuertes dolores de estómago y…para qué seguir.

A las siete de la mañana, vuelta a lo mismo. A las doce del mediodía, vuelta a repetir.

Apenas he desayunado. Apenas he comido. Todo el día con un malestar general, indisposición total y absoluta y una dejadez digna del hombre más perro del planeta Tierra.

Ahora ya me encuentro mucho mejor. Yo diría que casi bien. Vamos a dejarlo en regular sólamente, porque aún tengo ese ronroneo estomacal que hace que tenga ciertas dudas de la deriva que puede tomar lo que lleva todo el día maltratándome.

Pero de como estaba esta madrugada a como estoy ahora, ni punto de comparación.

¿Cómo se puede alterar la vida de una persona así, de repente y sin venir a cuento?

Ayer, perfecto todo. Hoy, desde esta madrugada, todo el día con la goma de borrar en la mano para borrar este día, esta fecha del calendario, y meter sus veinticuatro horas en la parte de mi cerebro donde, imagino, se almacenan las cosas de las que jamás recuerdas nada.

Pero viendo cómo voy mejorando siento una alegría de vivir enorme. Me doy cuenta de lo magnífico que es la salud y el bienestar en las personas y más, cuando echo la mirada atrás, a ese primer momento de las cinco de la madrugada cuando me he despertado con esos terribles dolores.

¿El dinero? No hijo, no. La Salud. Eso es lo más importante y lo mejor. Sin eso, sobra todo. Sin la salud no somos nada ni nadie. Sin el bienestar del cuerpo y la alegria de vivir, todo lo demás sobra. Sin la salud ¿para qué quiero una cuenta corriente con incontables ceros si no voy a poder disfrutarlos?

Con tener lo justo para comer y beber y algo para algún capricho y una salud de hierro junto a una alegría de vivir inalterable e inacabable, me conformo. No quiero nada más. Bueno, sí, y que todo esto que acabo de pedir pueda disfrutarlo y vivirlo junto a mi familia y amigos, junto a todas esas personas que sé que me quieren y a quienes quiero. Todo lo demás, pecata minuta.

Hoy, por ese motivo, no he salido con mi moto. Y eso duele… A ver mañana.

Ya me encuentro mucho mejor. Gracias a Dios.

Feliz fin de semana.

Al final hemos acabado adelantando la “cita” con nuestras hijas.

Nos llamaron anteayer por la noche, a última hora, diciendo que si podíamos ir a La Capital el jueves. Realmente a nosotros nos da igual un día que otro. Tenemos todo el tiempo del mundo y parte de los mundos cercanos o lejanos a nuestro planeta Tierra.

Llegamos ayer al mediodía y como no había nadie en casa nos fuimos a comer a un restaurante vecino y del que ya, con tantas veces como hemos ido a comer allí, somos casi de la familia.

- ¿Qué tal tu niña? -le preguntaba mi señora a la dueña del restaurante apenas nos sentamos a una mesa y tras ser recibidos por ella.

- Ahí está…¡Es un trasto…¡

En fin, que tras la comida, a casa, a esperar a nuestras hijas.

La pequeña, la que está estudiando, vino a eso de las tres y media, tras acabar sus clases, y la mayor, casi a la vez.

Mi señora ya les tenía preparada una buena y suculenta comida. Hasta el culo se han puesto de comer.

Con la pequeña me he pegado yo media tarde enseñándole el manejo de un programa que le he traido grabado y que le hacía falta para unos ejercicios de clase. ¡No se ha puesto contenta ni nada, la pobre¡ Y la mayor ha vuelto al trabajo hasta las 8, hora en que, tras volver, nos hemos arreglado un poco y nos hemos ido a cenar por ahí.

Hemos cenado en agradable tertulia comentando de todo y sobre todo y, a las once de la noche y con las calles medio vacias y con un ligero viento que se había levantado, ligeritos a casa.

Tras ver un rato la televisión, a dormir que al día siguiente las dos hijas tenían que madrugar, una para irse a clase y la otra para ir a trabajar. La vida continua. La vida es así, un rato de cada cosa, un rato bueno y otro no tan bueno o uno malo y otro no tanto. Y con esa suma de ratos buenos y malos, regulares y peores, buenos y acojonantes, vamos confeccionando nuestra vida. Simplemente.

Ahora, las doce y algo de la mañana, estamos esperando a que vengan nuestras hijas para comer todos juntos y después, mi señora y este que suscribe nos iremos a Nuestra Localidad. Dejaremos solas a nuestras hijas hasta el próximo día que quieran que volvamos para estar con ellas un rato. Y este es el último apartado que también configura nuestas vidas: La Esperanza.

Feliz fin de semana.

Como ya he comentado por aquí en numerosas ocasiones, tengo dos hijas, juntas en un piso que tengo en La Capital, la una trabajando y la otra, algo más joven, acabando sus estudios. Está en el último año de carrera.

Allí, las dos solitas, se hacen sus comidas, se limpian la casa, tienen sus amistades, hacen su vida y yo, lo único que hago es, una vez al mes, enviarles algo de dinero por aquello de que no vayan apretadas y, más que nada, porque la pequeña no tiene un euro, la pobre, y con algo se tiene que comprar las viandas para su subsistencia. Aprovecho y les envío a las dos.

Algún que otro fin de semana, pocos, eso, sí, vienen por aquí a pasar un par de días con los padres. Pero no con la asiduidad que a mí me gustaría. Se hacen mayores y tienen su vida montada, por eso, la llamada que me hicieron ayer me llenó de alegria.

Estaba mi señora pintando en su estudio, como cada tarde, mientras yo estaba en el salón de casa leyendo un libro que estoy devorando sobre la vida en el Antiguo Egipto cuando, de pronto, el teléfono.

Ví, en el número que me aparecía en el teléfono, que la llamada era del piso de mis hijas:

- Dime, hija…

- Hola, papá…¿qué tal estáis?

- Bien, hija, ¿y vosotras, cómo va todo?

- Bien…oye, que este fin de semana ya sabes que estuve fuera y que se me olvidó el cargador en casa y me quedé sin móvil, por eso no os pude llamar ni podía recibir llamadas…

- Ya, ya…te llamamos y nos salía una señora muy educada diciendo que estabas fuera de cobertura o fuera de servicio…

- ¿Váis a venir este fin de semana? 

- ¿Este fin de semana?. Pues, la verdad, no habíamos pensado ni tu madre ni yo salir de casa, pero si queréis, vamos. 

- ¿Por qué no venís el sábado y pasamos los cuatro el fin de semana juntos?.

Joer, esa petición, en una hija de 21 años no es demasiado normal. Me  ha dejado la carne de gallina y el alma llena de orgullo paterno y de satisfacción personal. En un segundo he pensado cual sería la solución perfecta a la petición de mi hija:

- ¡¡El sábado por la mañana estamos ahí, hija…¡¡

- Vale…podemos ir por la tarde a dar una vuelta por ahí y a cenar después, ¿qué te parece?

- Pues que me parece perfecto. Se lo voy a decir a tu madre, que está arriba pintando.

Bueno, pues en eso hemos quedado. Que una hija de 21 años, en confabulación con su hermana mayor, decidan pasar un fin de semana con los padres dejando un poco de lado a sus amistades ciudadanas, a sus posibles juergas, a sus posibles diversiones con gente de su edad, para pasar dos días con los padres, paseando juntos, cenando juntos en algún restaurante de La Capital, charrando y hablando de nuestas cosas, eso, como suele decir algún presidente de comunidad: “¡¡Me pone…¡¡”, me llena de orgullo y de placer, de satisfacción y de amor paterno por unas hijas a las que considero cada día más unidas a sus padres y que, además y por descontado, son unas hijas fuera de lo normal.

Y no es amor ciego de padre, aunque también. Es llamar a cada cosa por su nombre.

En fin, que ya estoy deseando que llegue el sábado para coger el coche con mi señora y marchar a La Capital a ver a mis dos hijas.

Feliz resto de semana.

Esta mañana he salido con la moto a dar una buena vuelta. Hacía días que no hacía tantos kilometros de un tirón. La temperatura era, cuando he salido de casa, de tres grados sobre cero y el sol bastante cálido.

He disfrutado.

Ya por la tarde, me he puesto a ver fotos viejas, de esas en blanco y negro y con los bordes ondulados.

En una de ellas estaba yo con mis padres, en brazos de mi madre, con tres meses de vida y vestido y adornado con unas puntillas que me asemejaban a una muñequita con velos y sedas…Señor, cómo ha pasado el tiempo.

En otra estaba yo subido a una pequeña tapia y entre mis padres, con tres años de vida y vestido con un pantaloncito corto con una especie de peto con unos tirantes de rayas muy bonitos. Mi padre, en esta foto, sujetándome con su mano derecha por detrás de mi cintura. Los padres siempre atentos y preocupándose de sus polluelos.

En otra estaba yo subido a una moto modelo “vespa”, de esas que te ponían en las ferias con un cartel detrás semejando un paisaje o un edificio conocido para conformar el fondo de la foto. Puede que esa fuera mi primera moto. ¿Allí nació mi verdadera afición motera?.

En otra estaba yo saliendo de una iglesia, con mi madre de la mano y llevando tras de mi y tirado por una cuerda, un caballito de cartón con ruedas. A mi madre sólo se le ve el lateral izquierdo hasta el hombro y su mano sujetando la mia.

En otra se me puede ver con un pantaloncito corto y unos rizos negros muy originales a la vez que tengo los ojos abiertos como platos y la boca cerrada con los labios muy apretados. Siempre me ha dicho mi madre que en esa instantánea estaba yo mirando un carrito de helados que en ese momento pasaba por delante de mí. Imagino que mis deseos más vehementes en ese preciso momento estarían enfocados a la obtención de alguno de los helados que viajaban dentro del carrito.

Viendo esas fotos te das cuenta de lo corta que es la vida, de lo pronto que pasan los años, de la poca diferencia de tiempo que hay entre esas fotos y las que haya podido hacer cualquiera de estos días. La única diferencia real es que esas fotos están en blanco y negro y las últimas que he hecho son en color y están guardadas en el disco duro de mi ordenador.

La vida, viendo esas imágenes, es un suspiro, pero un suspiro corto, muy corto; es un flash, pero un flash corto, muy corto. Un simple chasquido de dedos, un interruptor de luz que enciende y apaga las luces del corto y estrecho pasillo de la vida.

Feliz semana