Archive for the 'Historias Con Foto En Blanco y Negro' Category

Debe ser la edad, o la nostalgia, o el recuerdo de tiempos pasados, mejores o peores, o mi oculto deseo de que no hubiera ocurrido lo que ocurrió y mi abuelo siguiera entre nosotros…el caso es que la historia o el comentario que hago viendo esta foto que presento del patio de la vieja casa de mis abuelos me ha traído bellos y hermosos recuerdos, todos ellos orbitando alrededor de ese hombre, seco de carnes, alto y espigado (dicen que, físicamente, me parezco mucho a él), trabajador como él solo, responsable y juicioso, siempre con una palabra de paz, de honradez, de decencia y de hombría en sus labios, sentenciando situaciones con una frase lapidaria y final, siempre llena de un juicio y de una integridad enormes….esta foto me trae bellos recuerdos, recuerdos que giran alrededor de ese hombre y de todas esas situaciones, miles de ellas, que viví junto a él.

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En ese patio que se muestra en la fotografía, con la puerta entreabierta, o entrecerrada para evitar que entrara el fuerte sol matutino que en esos momentos pegaba con fuerza en la fachada de la casa, en ese patio tenía siempre esa silla colocada junto a la pared y en la que se sentaba, de vez en cuando, para fumarse un cigarro, hecho a mano, y con los codos apoyados en las rodillas.

¡Cuántas veces lo he visto ahí sentado, dejando pasar el tiempo, saludando a los vecinos que pasaban por delante de la puerta, pensando, soñando, recordando, viendo su vida y su labor en este mundo ya realizada, viendo a su nieto cerca de él, correteando, quitándole la boina de la cabeza, volviéndosela a poner…mientras él se dejaba hacer¡

¡Cuántas veces, tras fumarse ese lento cigarro, le he visto levantarse de esa silla y, tras dejar la misma apoyada contra la pared, decía:

- ¡Venga, a comer…¡

Dejaba la puerta abierta, signo inequívoco de su confianza en los hombres, y juntos subíamos al primer piso de la vieja casona donde se encontraba la enorme cocina. Allí, y junto a mi abuela, comíamos juntos los tres mientras un gato (aún lo recuerdo), de color amarillento, rondaba por nuestras piernas por debajo de la mesa…O se subía al brazo de sillón en el que siempre se sentaba mi abuelo y, de ese brazo del sillón, al hombro de mi abuelo. Y ahí permanecía viéndonos comer hasta que mi abuelo, cansado de aguantarlo en su hombro, con un simple gesto del mismo lo hacía saltar al suelo, a la vez que le decía cariñosamente:

- ¡Quita…¡ 

Después de comer se sentaba junto al fuego, en un banco de madera colocado lateralmente al fogón y, de nuevo, se volvía a hacer su cigarro, volvía a fumar tranquilamente, hablando, aconsejando, sentenciando, enseñando…mientras mi abuela recogía los pocos cubiertos de la mesa y en un visto y no visto los fregaba dejándolos, de nuevo y una vez más, en el aparador de la cocina donde tenía sus escasas pero bien cuidadas vajillas y cubiertos.

Una noche nos llamaron a casa:

- El abuelo se ha puesto muy mal…

Una semana estuvo en la cama, enfermo. Aunque yo creo que no era una enfermedad lo que se lo estaba llevando. Era su alma que sabía que ya tenía todo hecho y que estaba cansada de luchar y luchar en esta vida.

Uno de esos días de agonía me mandó llamar. Entré en su habitación y cerré la puerta. Me senté en el borde de la cama, junto a su cabecera. Él estaba acostado de lado, flaco y hundido en su colchón de lana:

- Sé un hombre. Jamás te pelees con nadie de la familia. Y mucho menos con tu hermano. Aunque te ofendan, piensa antes de responder…

- No te preocupes, abuelo, eso nunca…

Estuvimos hablando un rato. Cuando salí me preguntaron que qué quería el abuelo:

- Nada, cosas nuestras.

Tres días más tarde fallecía. 

Sabes, querido abuelo, que te quise con todas mis fuerzas, que junto a ti yo era feliz, que las horas las pasaba a tu lado sin enterarme del paso del tiempo, que te iba a ver muchas, muchas, muchas veces: de día, de noche, en verano, en invierno…que te ayudaba, cuando podía, en tus tareas del campo. Y que ahora, estés donde estés, me estarás viendo y aconsejando como cuando estabas a mi lado.

Un beso, querido abuelo.

Feliz fin de semana. 

Hace años, paseando a mi hija pequeña, la que ahora es psicóloga y que es la mayor de las dos que tengo, le hice en un parque la foto que presento.

Siempre me ha cautivado esta foto. Conseguí congelar la imagen justo en el momento en el que la sombra de mi hija, subida en el columpio, coincidía con la sombra del columpio vecino, dando esa imagen de paralelismo y quietud, como si junto al columpio que está a su lado quieto mientras ella subía y bajaba alegremente, lo único que hubiera es la sombra de “un fantasma”.

A mi entender, el disparo de la foto fué milimétrico y en el segundo exacto para que coincidieran las sombras de los dos columpios en el suelo, con la sombra de la imagen de mi hija subida en el otro columpio. Medio segundo después, y no habrían coincidido.

Ese segundo exacto y preciso en el que un día de primavera y paseando con mi hija hice la foto que presento, es el que que me ha hecho mirar muchas veces ese pedazo de cartón mientras recuerdo a mi hija paseando conmigo, y mientras me doy cuenta de lo efímera que es la vida, y de que en un segundo puede pasar de todo…hasta hacerte recordar toda una vida entera.

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Y hoy, una vez más, remirando viejas fotos en blanco y negro y remirando y volviendo a remirar la imagen que presento, se me ha ocurrido ofrecer esta instantánea a todos ustedes.

Feliz Semana.

  Yo creo que, echando la vista atrás y dándonos cuenta del tiempo transcurrido desde nuestro nacimiento hasta el momento actual, y más si tenemos ya una cierta edad, nos damos cuenta de que no hay tanta diferencia, de que el tiempo ha pasado en unos segundos, de que lo que ayer fue nuestra niñez o nuestra infancia y hoy es nuestra edad madura, están prácticamente juntos. Ayer éramos niños y hoy somos adultos o viejos. Y no han pasado ni 24 horas.

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 Cuando uno es jóven ve la vida como algo interminable, larga, duradera, enorme, con millones y millones de segundos para hacer lo que queramos, pensando que nos va a sobrar tiempo para hacer todo lo que queramos. Y no es así. Cuando uno llega a la edad adulta se da cuenta de las cosas que le quedan por hacer, por ver, por imaginar, por disfrutar…pero sabe que la naturaleza es sabia y que, teniendo uno la edad que tiene, por ley natural no le queda demasiado tiempo para realizar ni una millonésima parte de las cosas que imagina poder hacer. Se da cuenta de que no hay tiempo. Se da cuenta de que lo que pensaba de jóven no es lo que piensa ahora. No tiene nada que ver una cosa con la otra. Antes era pura ilusión y hoy es triste realidad. El concepto “tiempo” es totalmente distinto en una persona joven y en una persona adulta.

Aunque hagamos las mismas cosas, como los dos ancianos de los columpios de la fotografía que acompaña este comentario: De niños te columpiabas o te empujaban desde atrás, tu padre, tu madre, o tu hermano mayor y el tiempo no pasaba o pasaba despacio. Ahora, de adulto, tan sólo te sientas en el columpio y procuras que nadie te mueva no te vayas a romper la crisma, y el tiempo pasa a gran velocidad, pero tanto de pequeño, como ahora, de adulto, en ambas situaciones ponemos el culo en el columpio.

Pero ni es el mismo culo, ni es el mismo columpio…

Y tan sólo han pasado 24 horas.

Feliz semana.