Archive for the 'Esas historias...' Category

Era Noche de Difuntos. Día de Todos los Santos. Esa noche en la que algunos se disfrazan de cadáveres, de monstruos, de fantasmas, de muertos vivientes, vampiros…o de princesitas, abejorros, guerreros medievales, Alicia en el País de las Maravillas, Blancanieves…

Esa noche en la que, algunos, toman la diversión como una apuesta a ver quien bebe más, quien aguanta más, quien hace la mayor estupidez. Y este es el caso que nos ocupa.

Un grupo de jóvenes de ambos sexos y de unas edades comprendidas entre los 16 y los 20 años decidieron, con el valor que da el alcohol y la valentía que genera un grupo de personas, ir a las doce de la noche al cementerio de la localidad, distante unos quinientos metros de las últimas casas de la población.

Con sus disfraces, sus risas, sus tragos de las botellas, ahora yo, ahora tú, fueron acercándose, a la hora elegida, hasta las puertas del cementerio, totalmente a oscuras, sólamente acompañados por el reflejo lejano de las últimas luces de las calles más cercanas al campo santo.

Para acceder a la puerta del cementerio hay que atravesar una verja de cosa de un metro de altura y que bordea y proteje cinco escalones semicirculares de granito. Una vez atravesada la mencionada verja y ascendidos los cinco escalones semicirculares, ya estamos en la misma puerta del campo santo, compuesta por una enorme puerta de rejas de doble hoja a través de la cual se podían apreciar, en la semioscuridad, los perfiles de las cruces y figuras que adornaban las sepulturas más cercanas a la puerta.

Alguien del grupo mandó callar con el dedo índice en sus labios: la puerta del cementerio estaba entreabierta, cosa totalmente anormal.

Se acercaron todos los del grupo, seis en total, hasta la misma puerta, agarrándose a las barras de la misma y tratando de ver y oír algo en su interior. No se oía nada.

Algunos comenzaron a bajar las escaleras. El miedo, el temor, o el poco sentido común que aún pudieran tener, parecía hacer acto de presencia en sus mentes alcoholizadas.

- Pues yo entro…-dijo una joven abriendo la puerta despacio.

- ¡Vámonos, venga…vámonos…-dijo uno de ellos mientras todos comenzaban a descender los cinco escalones que llevaban hasta la verja de salida.

La joven, abriendo la puerta totalmente, entró, adentrándose por el pasillo central del cementerio, bordeado de altos cipreses y tumbas con cruces de piedra, ángeles alados, y fotos de fallecidos en los frontales de los panteones.

El resto, desde el pie de los escalones, la llamaban con la voz ahogada en el cuello, como quien trata de hablar de tal modo que no se despierte el niño recién dormido.

Pero alguien se había adelantado a los jóvenes. Alguien que al ver entrar a la joven se agazapó detrás de un enorme panteón. Alguien que en el preciso momento en el que la joven llegaba a su altura salió de entre las sombras, brúscamente, dando un terrible alarido.

La joven, y tras gritar espeluznantemente y con los ojos abiertos como platos tratando de ver lo que no veía, salió corriendo hacia la puerta del cementerio.

Sus amigos, al oír ambos gritos, salieron a toda velocidad hacia las casas del pueblo, tratando de abandonar lo que, a su entender y en ese momento, creían que era la misma Muerte que salía a su encuentro.

La joven llegó a la puerta del cementerio, corriendo, gritando y ciega de terror. Atravesó la puerta del cementerio y siguió corriendo…pero sus pies no pisaron ninguno de los cinco escalones de la entrada. Su cuerpo volaba. No había nada debajo, nada donde apoyarse. Y su cuerpo cayó…sobre la verja que bordea los cinco escalones de la entrada, quedando ensartada y atravesada por uno de los barrotes que, de tramo en tramo, van conformando la verja.

Sintió un dolor agudo, una falta de aire, los ojos abiertos…sólo tuvo tiempo de ver, a un palmo de sus ojos y mientras quedaba doblada sobre la verja, la gravilla extendida sobre el suelo. Y dejó de sentir dolor.

Era la Noche de Difuntos.

El golpe con el bate de béisbol, en la cabeza de la anciana, fue brutal.

Estaba sentada, adormilada, en un viejo sofá que tenía unas puntillas blancas adornando el cabecero del respaldo del sofá. El golpe le vino desde atrás. La anciana ni se enteró. Sólo sintió un ruido, como un susto, y de pronto se le apagó la luz, se le apareció el vacío negro y todo acabó. La televisión encendida seguía emitiendo, en esos momentos, unos anuncios. El cuerpo quedó tendido sobre su costado izquierdo, caído sobre el sofá, derramando sangre y restos de una cabeza abierta y aplastada en su lado derecho. Ni un grito, ni un ruido, ni un lamento, nada extraño, tan sólo el golpe del bate de béisbol al golpear la cabeza de la anciana. El joven, con un pasamontañas cubriéndole la cabeza, dejó el bate apoyado en el respaldo del viejo sofá y comenzó a abrir y cerrar cajones de armarios y estanterías, sacando todo a puñados y arrojándolo lejos de sí. Iba de un lado a otro, entrando y saliendo de las distintas habitaciones del pequeño piso, dejando todo revuelto, arrojado por todos sitios, dejando caer en el suelo algunos cajones de alguna cómoda. En un armario ropero donde escasamente había tres o cuatro vestidos de color oscuro colgados de unas perchas de plástico, y con unas cuantas sábanas, colchas y mantas dobladas y plegadas en la base del mismo, encontró un bolso negro, pequeño, cerrado con una cremallera a todo lo largo de su parte superior. Lo abrió y ensanchó para ver, de una ojeada, todo su interior. Había un monedero con unos pocos billetes y algunas monedas en uno de sus bolsillos interiores: 77 euros en total. Se metió ese dinero al bolsillo y arrojó el bolso contra la pared lanzando un juramento. En una cajita de madera, de esas de puros, encontró unos medallones antiguos, algunos pares de pendientes sueltos, un par de anillos, alianzas de matrimonio, un viejo y anticuado collar de perlas de imitación, bisutería y baratijas, en definitiva; alguna vieja foto y unos sellos con parte del sobre del que fueron separados pegado todavía a los mismos. Arrojó la caja contra la pared tras meterse los medallones, anillos y collar en los bolsillos. Volvió al salón donde había dejado a la anciana y se sentó en un sillón situado a su costado. Dio una patada a la pequeña mesa que había ante él arrojándola casi contra la pared de enfrente. La televisión seguía emitiendo anuncios. Se levantó y recogió el bate. Se dirigió hacia la puerta del piso con intención de salir. Apoyó el oído contra la puerta por ver si se oía algo que le impidiera salir en ese momento. Miró por la mirilla de la puerta, una con un gran angular que le permitía ver casi todo el pasillo que se extendía frente a la puerta del piso. Ni vio ni sintió nada. Permaneció unos segundos apoyado con su espalda contra la puerta, sin moverse, mirando al techo blanco del recibidor del piso. Por fin se decidió a salir. No había vuelto a mirar por la mirilla de la puerta desde la primera vez. Abrió la puerta con cuidado de no hacer ningún ruido mientras, con una mano, se quitaba el pasamontañas de la cabeza. Los ojos se le abrieron como compuertas al encontrarse frente a él y a punto de introducir la llave en la cerradura, al hijo de la anciana, un joven oficial de la policía local que, como cada tarde, venía a visitar a su anciana madre.

A veces me acuerdo de aquellos días en los que, siendo yo muy niño, me iba, después de cenar en casa con mis padres, a casa de mis abuelos que vivían en la parte alta de Mi Localidad, una casa de esas con una cuadra en el patio donde se alojaban las caballerías, una bodega subterranea donde se hacía y almacenaba el vino, y un cuarto donde se amasaba el pan y donde, en grandes arcones, se guardaban los panes que se hacían y que duraban semanas sin ponerse duros, exactamente igual que ahora, que una simple barra de pan, de un día para otro, se pone dura como el pie de Cristo.

Pues eso, que me iba a casa de mis abuelos y me sentaba en la banca que tenían junto al fuego, al lado de mi abuelo, y me quedaba mirando el juego de las llamas bailando sobre los troncos de leña de olivo mientras mi abuelo, con unas tenazas plateadas y labradas con gráficos en sus mangos, atizaba el fuego de vez en cuando. Mi abuela, mientras, sentada frente al fogón en una sillita baja, hablaba o, como yo, contemplaba el baile del fuego.

El resto de la cocina, con la luz apagada, sólamente recibía el resplandor de las llamas del fogón, y las sombras de nuestros cuerpos apoyándose sobre las paredes de la cocina mientras temblaban al libre capricho del baile del fuego.

Casi siempre acababa yo recostándome sobre el costado derecho de mi abuelo, cansado, adormecido por la calor del fuego y por su visión hipnotizadora.

Sensaciones de niñez que nunca jamás volverán pero que nunca jamás, igualmente,  desaparecerán de mi memoria.

Feliz fin de semana.

El monovolumen se deslizaba por una carretera húmeda de niebla. Ésta ya había levantado algo pero seguía habiendo en el ambiente ese tono gris que duele en los ojos.

A ambos lados de la carretera, árboles. Los más alejados se veían como desdibujados, borrosos, quietos. La tierra húmeda, y dentro del habitáculo del coche, una suave calor que hacía más desagradable, si cabe, la situación exterior del ambiente neblinoso.

Una música relajante acompañaba al conductor que, golpeteando con los dedos sobre el volante del coche iba acompañando el ritmo de la música.

Se dirigía a casa, a pasar unas felices navidades con la familia a quienes hacía más de tres semanas que no veía: ¡este maldito trabajo que me hace estar hoy aquí y mañana Dios sabe dónde…¡

La velocidad, algo alta. La carretera está bien, pensaba. Algo húmeda, pero bien.

Ya no hay tráfico, todos están en casa y yo, como en muchas otras ocasiones, el último.

Presionó mínimamente sobre el pedal del acelerador tratando de acortar tiempo y distancia. Sus dedos seguían tamborileando sobre el volante, las dos manos sujetas a ambos lados del mismo moviendo los dedos y tarareando con un “la, la, la…” la canción que sonaba.

De pronto, una curva excesivamente cerrada para la velocidad que llevaba, no se había percatado de la señal que acababa de dejar atrás, una que recomendaba ir a setenta kilómetros hora.

Brúscamente frenó mientras giraba el volante hacia su izquierda para tratar de ganar la curva. Vio que el coche se le inclinaba hacia la derecha. Rectificó de nuevo el giro del volante hacia esa misma dirección y el coche obedeció girando hacia la derecha y quedando totalmente cruzado en la carretera mientras comenzaba a dar vueltas de campana siguiendo la trayectoria de la carretera.

De frente, otra curva. El monovolumen siguió recto precipitándose barranco abajo dando vueltas de campana y arrastrando maleza, pequeños arbustos, pinos incipientes mientras miles de trozos de cristal saltaban por los aires y chispas de un rojo intenso iluminaban la poca niebla que en ese momento rodeaba el ambiente.

El monovolumen paró, totalmente destrozado, contra un enorme tronco de pino talado a media ladera. La música del interior del coche seguía sonando. El cinturón de seguridad seguía sujetando, contra el respaldo del asiento, a un cuerpo inerte. Las ruedas del monovolumen, girando y mirando al cielo, a ese cielo que se imaginaba por encima de la escasa niebla matinal.

Y en el salpicadero del coche tres fotografías sujetadas al mismo mediante una base imantada: dos niñas, rubias y de corta edad y una mujer de mediana edad. Debajo de las tres fotografías, una frase lapidaria: “Papá, no corras. Te esperamos”