Esta tarde me he cogido la moto y carretera y manta.

La verdad es que en días como hoy, si miras el termómetro antes de salir de casa, te entran unas ganas de dejar todo y de quedarte viendo la tele en vez de subirte en la moto que para qué te cuento…

Cuatro grados marcaba el termómetro de la terraza de mi casa minutos antes de enfrascarme en mi ropa y subirme en mi jaca. Cuatro grados a las cuatro de la tarde. Sol tibio, pero el frescacho se dejaba notar.

Una vez sobre la moto te olvidas de todo. La pereza la tienes minutos antes, cuando previo al momento de sacar la moto te tienes que cambiar de ropa y todo eso. Luego, nada, todo perfecto.

He visto, desde mi moto y desde su velocidad, así, de refilón y a mi izquierda, el viejo edificio de una estación de tren, de esas que encontramos de vez en cuando a lo largo de las carreteras y que fueron hechas después de acabada la guerra civil española, de esas estaciones que se hicieron y que jamás llegaron a usarse. Esas estaciones a las que jamás llegó una locomotora, ni esas pobres gentes de la posguerra española…nada ni nadie.

He dado la vuelta algo más adelante y me he acercado a ver el viejo edificio: estaba sin tejado, todo derruido y escachado, lleno de escombros y de altos hierbajos en su interior, sin puertas ni ventanas, todo arrancado y con los típicos graffitis en sus paredes. Pintadas del tipo de “El 15 de Agosto de 1956 estuvo aquí M….”

Cuánta historia debe esconderse entre sus paredes de piedra y ladrillo rojizo. Cuántas parejas han debido de esconder su amor entre sus paredes y techumbres escachadas desde ni se sabe cuándo.

Historias interminables, como el título del libro, o historias inacabadas. Historias acabadas o escondidas al crepúsculo de cualquier tarde de verano. Historias de amor y desamor, de dolor, tristezas y esperanzas, miedos y desalientos…vida en definitiva.

Tras hacer unas fotos para guardar, como siempre, en mis carpetas de salidas moteras dentro de mi PC, he continuado viaje hasta casa. La verdad es que ese tiempo que he estado deambulando por entre las ruinas de la vieja estación de tren inacabada y nunca utilizada me han hecho retrotraerme en el tiempo, y la nostalgia, en cierto modo, me ha inundado el corazón.

No deberíamos echar la vista atrás, nunca. ¿O sí?

Feliz semana. 

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