RELATOS CONEXOS… (12)
Septiembre 30th, 2008 by juliocesarq…continúa OLFATEANDO PROBLEMAS
En la era de los semidioses… ¿quién no querría uno así?
De tarde en tarde, del llamado ámbito académico, surgía un ser que fastidiaba a todo el mundo: un místico. Generalmente el sujeto en cuestión ignoraba que lo era, a pesar de sus creencias absurdas y maniáticas que lo llevaban a pelearse con media Galaxia, y en casos extremos terminaban refunfuñando en voz alta por los rincones, como perros viejos y malhumorados. En su pequeña mente, la del místico, él o ella, siempre tenía la razón y el resto del Universo entero estaba dolorosa y estúpidamente equivocado. De tanto en tanto, uno de ellos se dirigía a la directiva de La Flota y gritaba que había descubierto una conspiración contra Los Mundos Humanos. Siempre eran súper conjuras. No cosas sencillas; no, eran planes siniestros de gente que quería controlar el Cosmos todo, plan del que sólo ellos se habían percatado. Cualquier almirante o general de La Flota podía contar cómo llegaban a sus puertas, hoscos y huraños, denunciando la conspiración y molestándose cuando alguien hacía preguntas desagradables como: ¿quién conspira y para qué? Eso siempre los alteraba, perdían la ecuanimidad y terminaban girando los ojos en sus órbitas y chillando algo en el estilo de: el cielo se está cayendo y nos va a dar en la cabeza. Algunos hasta traían una roca, sonriendo como… locos, como prueba.
Lo curioso era que esos místicos generalmente gritaban, bañando de saliva al que estuviera cerca, que iban a investigar los hechos hasta las últimas consecuencias; pero después de un tiempo, tales individuos solían desaparecer, con todo y sus investigaciones (como también podía atestiguar cualquier almirante o general). Y no era porque cayeran en un agujero negro o una estrella de cualquier otra índole. Simplemente…. desaparecían de escena. Fue por ello que cuando Flatt Hublak, de Naejmis, hizo su aparición en Báluwa (mundo administrativo de La Flota), denunciando una antigua conspiración urdida en el viejo y detestado planeta Tierra, todos pusieron cara de circunstancia y giraron los ojos en sus órbitas con un ¡hummm!; excepto los más viejos que suspiraron elocuentemente con disgusto. ¡Otro místico! Lo que diferenciaba a Hublak del resto, era su procedencia. En Naejmis no creían en misticismo ni magia, su gente no era dada a eso. Y el hombre era un académico acreditado en su mundo y en todo el sector Panzhar, por lo que no se pudo, simplemente, hablarle condescendientemente, recomendarle un té de tila y mucho reposo. La gente de ese sector siempre era un problema, y los de ese planeta lo eran más.
El hombre, un tipo enorme de más de dos metro veinte, de piel blanca como el papel, de cabellos iguales de blanco, ojos grises deslucidos que se asemejaban al frío acero de las antiguas construcciones, no era alguien a quien se pudiera ignorar fácilmente. Era saludable, atlético, inteligente y decididamente atractivo; aunque este efecto quedaba destruido a medias por el hecho de ser un naejmisno, un ser que creía que el resto de las razas humanas eran mierda, y de la que apestaba, sobretodo las del viejo sector de Áurea Boreal. El hombre era un bonito acabado de su mundo y de su cultura, que no temía al diseño genético. Igualmente era esclavo de su cultura: era un ser egoísta, racista, narcisista y perfeccionista. Su mundo era aislado, y sus habitantes odiaban la cercanía de otros seres, sobretodo los de otras razas, a las que consideraban inferiores, genética y mentalmente hablando. Eran, en resumen, unas joyitas.
Al iniciarse en los estudios de Psicología de Masas, cosa muy necesaria en el sector Panzhar (aunque jamás se admitiría), el hombre, no tan joven como su liso y limpio rostro mostraba (ya había utilizado el bracante, deteniendo el envejecimiento), había tropezado con líneas de conducta en sistemas completos que le hicieron intuir que la Historia del Hombre, no era el simple fluir de la cuarta dimensión, de tiempo y espacio, sobre los grupos humanos. Estudiando largos periodos históricos, desde la llegada de los guklianos a La Tierra, y de aún antes, de cuando hubo la guerra entre
La Tierra y Los Mundos Independientes, todo parecía señalar una manipulación de hechos, que terminaron en la creación de Las Repúblicas. Y eso ofendía y molestaba a Flatt Hublak, un hombre de Naejmis, un semidiós de perfección e inteligencia. No era posible que ellos, su mundo, el sector, y la humanidad toda, fueran simple piezas movidas por alguien, en la historia del tiempo.
El académico estaba consciente en su fuero interno que llevaba años de retraso en su trabajo, cosa que lo amargaba, porque sabía que esa investigación era importante; había que denunciar la conspiración (el cielo se cae, se cae). Hacía mucho tiempo que debió llegar a Alexentra, el mundo universitario, por los datos que ahora recababa con paciencia, lucidez e inteligencia. Pero pensar en abandonar su mundo hermoso y perfecto, de orden y privacidad, tomando una nave crucero atetada de otros seres, y, peor, viajar hasta Alexentra, casi en los límites mismos del Sistema Solar, fue algo que le costó demasiado vencer. Odiaba ese mundo y su gente; y al ir reuniendo los datos, comenzó a temerles también. Alexentra era una creación casi totalmente terrestre, como lo era El Arca; ¡y sabía el Cosmos qué tramaban cuando lo hicieron!
Alexentra no estaba tan mal. Era un mundo de cristal y cromo, pulcro y ordenado, dedicado todo él a las ciencias, artes e investigación. Lo humanista, lo científico y lo militar estaba por doquier, y al alcance de todos. El hombre comía en su pequeña habitación, algo tan chico que al principio le costó respirar, y de ahí iba al edificio Hipatia, donde estudiaba todo lo necesario, en el sótano dos, dentro del frío y solitario salón. Le alegraba y aliviaba no tener que toparse con nadie. Llegaba a la hora que quería y tomaba un letrel, una especie de lapicero de punta roma y cristalina, que al ser colocada sobre cualquier sección de la pared, podía acercar o alejar las terminales de cualquier información procesada y archivada dentro de La Flota, La Federación o de cualquier mundo humano. Luego sólo debía llegar a su pequeño escritorio, tomar asiento y con el letrel vaciar los millones y millones de datos que pudiera necesitar. Le gustaba un rincón apartado en lo más profundo del sótano, cercano a una pared curva. Obviamente, era un antisocial, en el término clínico de la palabra.
Allí se enfrascaba horas y horas relacionando datos, fechas y nombres. Concentrado como está en una relación causa efecto, poco visible, pero muy evidente a una mente como la suya, el hombre percibe algo, a nivel subconsciente: ¡no estaba solo! Su rostro cuadrado, fuerte, de pómulos altos y mejillas delgadas, atractivo sin dudas, se eleva un momento y repara en un silencioso tipo que revisa algo en una pared no tan lejana, no tanto como a él le hubiera gustado. Los labios del académico se cierran con disgusto, en una fina y blanca línea de malestar. ¡Que tipo!, y estremeciéndose, piensa que seres así deberían ser ahogarlos al nacer. O mejor, no dejarlos llegar al alumbramiento. Y pensar en ese tipo naciendo de una mujer, bañado en sangre y placenta, casi lo enferma de asco.
El intruso era un joven, porque él sí lo era cronológicamente, algo realmente notable. No llegaba al metro setenta, un enano, prácticamente, y desesperantemente delgado. Su tórax era estrecho, y su panza se veía plana con tendencia a hundirse bajo la suave tela azul del blusón que lleva. Una prenda que le quedaba mal, cortado a nivel de los hombros, y muy abierto de mangas, de donde colgaban unos brazos flacos, de manos grandes y dedos largos y nerviosos, algo coloreados de pecas marrones claras. Su pantalón gris, sin costuras, delataba unas piernas rectas, y Hublak se preguntó sí serían palillos. Lo más notable (u horrible, según Hublak, era su cabeza), era su cabello ensortijado, y largo, de un rojizo anaranjado bien feo. Casi parecía alzado en un afro, pero no simétrico, era como si hubiera dormido de lado y allí esa parte se hubiera achatado y la otra no. Y parecía como si se rascara con los dedos, alzando lomas. Se veía desaseado. El rostro era delgado, afilado, de ojos marrones, llenos de malicia y mala fe; era algo que se notaba a leguas. Y el rostro estaba coloreado con muchas pecas. Hublak nunca había visto a un ser tan horrible en toda la Galaxia.
Con un verdadero esfuerzo de voluntad, molesto consigo mismo al perder tiempo con tan sólo pensar en lo desagradable que era ese carajo, el académico intenta volver a su trabajo. Los datos estaban dispersos, pero él podía verlos. La Tierra era la clave. Todo había comenzado ahí. No sólo el origen de la raza, que era cierto, sino lo que vino luego. Hubo una manipulación grosera y feroz de los eventos que terminaron creando el llamado Nuevo Orden, impuesto por los militares y los republicanos. Cifras y noticias que habían sobrevivido milagrosamente los siglos desde que el hombre miró el cielo y salió del planeta madre (como en el pasado se habían conservado documentos religiosos desde los primeros siglos históricos, en vasijas y piedras preservando así el conocimiento), delataban la manipulación. Allí estaba, líderes delirantes y dementes habían querido coronarse emperadores en países poco desarrollados económica y socialmente, y esos dementes habían sido protegidos por intereses económicos y países superiores, mientras explotaban sus recursos. Los protegían para robarlos, creyendo que los usaban. Pero los déspotas iban armándose. Hidrocarburos y narcóticos ofrecían dinero y poder, para armas y mercenarios. Eso desembocó en nuevos caos, guerras y genocidio. Los grandes intereses, políticos y mediáticos, que apoyaban la subida de los dementes, luego lloraban para que los ‘tiranos’ fueran detenidos, y enviaban a la muerte a jóvenes menos privilegiados de sus propios países (no ellos, no sus hijos), que eran capturado, torturados y asesinados, o declarados desaparecidos; y eso, cuando los veteranos que regresaban, amargados y enfermos, no se convertían ellos mismos en delincuentes, gente tan llena de odios que se le hacia imposible poder reinsertarse en la sociedad.
Ese resentimiento, el saberse traicionados por políticos, hombres de negocios y lobbys mediáticos, terminó por desencadenar Las Guerras de los Veteranos, en momentos en que el mundo todo era sacudido por secuestros, asesinatos en masas y terrorismo. Los países estaban aterrados, el caos, las neurosis y la angustia de gente que vivía ocultándose tras rejas, armándose para luchar por sus vidas, se convirtieron en la pólvora que haría estallar todo. Ese mundo vio con alivio y gratitud, aunque con algo de inquietud, la llega del Nuevo Orden y las llamadas Máximas, con las que se conduciría la nueva sociedad. Pero a los ojos de Hublak, acostumbrado a ver los hilos sociales que llevaban a guerras y sistemas, había notas falsas en todo ese concierto.
Déspotas, políticos, medios de comunicación, conglomerados corporativos y gente en general, habían sido empujados hacia una línea de acción que no les dejó otra alternativa, que esa secuencia de hechos en particular: la subida de locos delirantes al poder, el ataque del terror, el caos general y la llegada del Nuevo Orden. Una y otra vez, acciones que pudieron minimizar, anular o torcer ese camino de violencia, fueron abortadas. Los sensatos fueron acallados, hombre lucidos e inteligentes que alertaban sobre lo que pasaba, fueron injuriados, odiados, juzgados y encarcelados, para acallarlos; y las masas populares de naciones de un mundo que se llamaba libre, lloraban por el ataque a los tiranos y aplaudían a los regímenes criminales que fusilaban y encarcelaban ciudadanos indefensos ante su poder. Campañas de miles y miles de ciudadanos, que intentaban detener una acción determinada, acababan en nada, burlados, sin éxito; y eso contra toda posibilidad matemática o lógica. Pequeños países sitiados por delincuentes y aventureros, gritaban al mundo, no se metan, déjenos en paz, queremos tiranía y caos, queremos a nuestros asesinos y no podrá hacer nada por impedirlo. La misma demencia de los tiranos, excediéndose y regodeándose en sus vicios y crímenes con sus camarillas, parecían ser exacerbados por otros, hasta que terminaban con la paciencia de todo el mundo, los que finalmente llegaban a sus puertas y arrasaron con todos ellos, sus allegados y familiares (los cuales también se beneficiaban del pillaje, tortura y crímenes). La misma cadena de absurdos llevó a la guerra de La Tierra, y el Sistema Solar, contra Los Mundos Independientes (antes de la llegada de los guklianos a la vida de los hombres). Guerra que terminó, asombrosamente y contra todo pronóstico, con un triunfo, a la larga, del viejo planeta madre; quien impuso sobre la centena de otros planetas, la forma de gobierno terrestre, el de La República.
Nada de eso podía ser casual. Había un patrón demasiado claro. Y ahora, él iría con el Comodoro del Espacio y tendría que oírlo. El mundo académico de Naejmis, también enviaba delegados para reforzar su presentación antes los líderes de La Flota. No podrían echarlo a un lado como a un simple charlatán. Tal vez no creerían nada (con sus mentes obtusas de militares, era muy posible), pero él, y el resto de los académicos, los forzarían a investigar. El peligro terrestre era demasiado obvio, al menos ante sus ojos. De alguna manera, La Tierra estaba forzando los acontecimientos de toda
la Galaxia. Su rostro se tensa, notándose aún más fuerte, viril y decidido; todo un macho, pensaba el ser de cabellos naranja que se le acercaba, con un oscuro sentimiento de envidia ante el bello semidiós. Maldito sujeto, piensa el chico de pelo naranja (y eso que no puede ni imaginar el asco y repulsa que Hublak le tiene), mientras se le acerca, con paso algo torpe, como quien camina por el pasillo de un autobús en marcha lenta (Alexentra tiene una gravedad algo baja). Y aunque le disgusta, el chico de cabellos naranja, lo mira con interés. Su cercanía es presentida, con espanto, por el otro, quien eleva la vista con un gesto de sorpresa escandalizada, como si hubiera atrapado al flaco tipo llevando el pájaro fuera del pantalón, balanceándolo al caminar. Al académico, realmente lo tomó por sorpresa, tal vez porque nadie se le había acercado mucho desde que desembarcó en el pequeño planeta.
-Lo siento, amiguito (así le dijo y Hublak lo odió más), necesito unos apuntes y creo que están allí, sobre tu cabeza. -dice el sujeto, con voz chillona, fea, como si fuera un joven que estaba cambiando la voz y soltara cacareos de vez en cuando. Horrible voz, como tenía que ser para armonizar como todo lo demás, piensa molesto Hublak.
-Puedes obtener cualquier información, desde cualquier pared, a menos que sean… -comienza a gritarle, mirándolo con un asomo de histeria real al tener ese carajo casi sobre él, y con una profunda mirada de asco.
El joven de cabellos anaranjados capta la molestia y desprecio del otro, y eso despierta un gusanillo perverso en él, que alza el brazo casi sobre el rostro del bello hombre de las estrellas (maldito idiota, pensaba el cabeza de zanahoria). Hublak, mira aterrado como esa axila se abre frente a él, con una repugnancia tan grande que siente que va a caer enfermo; oleadas de asco lo recorren de pies a cabeza. Esa axila es estrecha, como flaco es todo en ese sujeto, floreado de pelos anaranjados oscuros, largos y rizados (podía tejerse un moño con ellos), que parecían pegados unos a otros, apelmazados como por un desodorante. Pero era horrible: olía fuerte a sudor (a uno que aflora y se seca, y vuelve a mojarse), al desaseo más profundo, y (para colmo y lo peor) a un vago aroma dulzón como a flores (el desodorante). La peste que mana de ese sobaco, capaz de competir con cualquier gas pimienta, es acre, amargo y horriblemente picante. La cara de Hublak, quien imprudentemente tenía la boca algo abierta (con sus labios delgados y viriles, y su nariz recta y lisa, reconoce, con envidia el chico de cabello naranja), sintió que la garganta se le cerró, produciéndosele un nudo de nauseas en el gaznate, y sus ojos, fríos y crueles, pero hermosos, se nublaron y le lagrimearon, obligándolo a desviar un poco la cara.
Para Hublak, cuya cabeza daba vueltas (sus sentidos del olfato y gusto más desarrollados, lo estaban sometiendo a un infierno), todo eso le parece una pesadilla; y para colmo, el tipo se le encima más, y esos pelos horribles, apelmazados y apestosos, rozaron la punta de su nariz. La peste es terrible, cubriéndolo y mareándolo realmente, enfermándolo. Aquel era un violín en toda la regla, pero exacerbado por el tiempo sin aseo. El naejmisno intentó controlar su cuerpo, parándose de una vez, empujándolo y luego golpeándolo, para después vomitar y tomar una larga ducha (con lluvia infrarroja y todo). Pero ese mareo lo tenía débil, incapaz de reaccionar. ¡Por el Cosmos, ¿cómo alguien podía apestar así sin ser un animal… o estar muerto?! Intenta contener la respiración, pero no puede. No quiere percibir eso, pero olfatea como para convencerse de que esa vaina seguía ahí y no se había ido. Todo su cuerpo se estremece, padeciendo unos temblores poderosos y calientes que van embriagándolo. Ahora, no sabe por qué, su nariz aspira; es una inspiración larga, profunda y ruidosa, que le llena las fosas nasales, boca, garganta y pulmones con ese hedor insoportable.
-¿Te gusta oler, verdad, niño bonito? Eres muy bonito, ¿lo sabías? Y tienes una linda nariz: ¿es para olerme mejor? -le gruñe imitando una voz peligrosa, el lobo, aunque el académico no sabe de eso.- Sí, eres un niño hermoso y malito. -se burlaba, con su voz ronca y aguda; tal vez, excitado también, el joven de cabellos naranja.
El joven se burla cruelmente, y pega su axila totalmente de ese rostro, cubriéndolo, arropándolo. Con angustia, y ardor, Hublak siente como esos pelos rozan su nariz, y como algunos entran en los orificios. Estaba totalmente perdido, sin saber qué hacía, ni dónde estaba. Los ojos le lloran un poco, y esa masa blanda y velluda pega de sus labios firmes. Con el cuerpo rígido, sintiéndose frío y caliente al mismo tiempo, Hublak aspira y aspira esos aromas nada gratos, a tipo sucio y descuidado. Y ese acre y feo olor le parecía embriagante.
-Tengo el sobaco algo sucio, ¿verdad? ¿Por qué no lo lavas, con esa boquita tan bella? -le ordena el joven con su voz temblorosa y desafinada.
Nuevamente el enorme hombre se agita de arriba abajo, sintiendo no sólo asco y repugnancia, sino miedo. ¡Era una locura!, ¡que no cometería! Pero sus labios se abren, tibios y secos, y esos pelos cosquillean ahí, y entran unos pocos, rozando su lengua. Esa cosa terrible tenía un sabor picante y feo, que le llena la boca con una saliva agria, de asco. Y sin embargo, su lengua titila fuera de los labios, aleteando sobre la sudorosa y dulzona piel. Atrapando los pelos apelmazados, finalmente lame, cosquilleándole en la piel al joven con su tibia y húmeda lengua. Pasa la lengua lentamente, lamiendo y saboreando, sintiendo unas arcadas horribles en el estómago. Esa lengua lame y ensaliva, aflojando ese olor, ese sabor viejo y feo, cubriéndosela de una vaina pegajosa que le sabe como a solvente, envenenándosela. Su boca se llena de saliva, que mana por los labios hacia su barbilla. El chico de cabello naranja lo mira fijamente, sintiendo esa dulce y ansiosa caricia que le arrancada deseos profundos y oscuros. Hummm, no sabía que fuera tan rico que le mamaran el sobaco, pensó.
-Trágatelo, bonito. Trágate toda mi esencia.
CONTINUARÁ…
Julio César.







