RELATOS CONEXOS… (11)

Junio 27th, 2008 by juliocesarq

…FINALIZA  UN LARGO VERANO

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   Baquiano de mil caminos, ven a mí… 

   Mientras lo paladea y saborea, Roberto recuerda los horribles celos que sintió de Sergio, cuando andaba por ahí, tetón y culón. ¡Como temió que Antonio se fijara en él! Vivía arrecho, molesto e inconforme desde que el joven regresó de Mérida. Lo sabía allí, casi al lado, solitario. Su padre había muerto hacía dos años, y para lo que servía, debió ser un alivio; pero era su padre, y Roberto imaginaba que al otro, debió dolerle. Saberlo allí, cerca, lo enloquecía. No quería acercarse o ir, por su padre, y por no ceder a esa cosa grande y terrible que lo dominaba. Pero ahora están allí, acabando con toda esa larga, desesperante y horrible espera; y era como lo había imaginado. Con un gruñido seco, se pone de pie, bajando de los sacos, frente a él, y empujándolo un poco, para que no se parara también. Arrodillándose frente a él, Roberto le abrió mucho las piernas, apoyándole los zapatos en los sacos, exponiéndole el titilante culo. Lo miró fascinado, escupiéndolo, con espesos goterones, que fue untando con sus dedos, metiéndolos un poco dentro del orificio, lubricándolo.

   Lo ensaliva y lo lame, dejándolo más untado de baba, y Antonio chillaba agudo, revolviéndose en los sacos, incapaz ya de enfrentarlo o detenerlo, aunque tampoco quería. Y Roberto sonríe sabiéndolo, obligándolo a darle la espalda, bajándole los pies al piso, y abriéndole las piernas. Algo echado de panza sobre los sacos, Antonio se volvió a mirarlo, sin decir nada, con sus nalgas abiertas, el culo titilando ya, las bolas colgando y su güevo igual. Esperando. Posicionando su tolete en la entrada, Roberto empuja venciendo la resistencia inicial, y va metiéndosela. Antonio chilla, tensándose todo, igual que las nalgas, y Roberto lo soba y lo sisea, como calmándolo, mientras va metiendo su tranca, que no encuentra mucho problemas porque la entrada estaba bien lubricada y adentro estaba totalmente caliente y mojado también, de las ganas. Lo clava todo, pegando fieramente su pubis de esas nalgotas, sintiendo el tolete aprisionado, apretado y chupado; ¡coño, era virgen!, se dijo con sorpresa, calmándose los celos que durante años alimentó, imaginándoselo tirando con carajos en Mérida. Al clavárselo, el joven grita agudamente, como adolorido, de placer. Y en eso, lo acompañó Antonio, tensándose y retorciendo el cuerpo; eso le quemaba, aporreaba y rasgaba, pero también lo llenaba y le presionaba algo, un botón, que le provocaba más deseo, más ganas de tirar así.

   El güevo sale un poco y vuelve a clavarse, con ganas, con deseo. Sale y entra, cogiendo al otro sin miramientos, sin piedad. Roberto no puede pensar mientras le atrapa una cadera con una mano y con la otra le soba la recia espalda. Lo empala duramente, embistiéndolo feo, estremeciéndolo todo sobre los sacos con la fuerza de sus cogidas. Lo estaba cabalgando con meneos buenos de cintura y espalda, empalándolo a fondo; y Antonio sólo podía chillar, sintiéndose caliente, vivo y desesperado por algo que no entiende. Todo su cuerpo pica con ganas de ser tocado, sobado, pellizcado o lamido. Su espalda se arquea, igual que su rostro que se eleva, incapaz de estar quieto con ese tizón en su culo, saciándolo, llenándolo, pero también dejándolo más hambriento. Los dos iban ahora uno contra el otro, el culo de Antonio lo buscaba, subiendo y bajando contra su pelvis, restregándose allí, mientras Roberto lo cabalgaba con dureza, como quien domina un caballo. En ese baile de macho contra macho, de hombre que se empalaba con el tolete de otro carajote, ambos sentían que algo se rompía, algo que no sabían qué era. Ahora estaban haciendo lo que querían, y en el caso de Roberto, cumpliendo lo que soñó muchas veces, en la soledad de su cama, en medio de un salón de clases o cuando salía con alguna chica: cabalgar a Antonio así, oyéndolo gemir y suplicar por un poco de su cariño. Ahora le enterraba duramente su tranca, y lo oía gemir, y sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que el otro le suplicara por más, que se lo metiera más, que lo cogiera duro y a fondo. Y tan excitado está, que le atrapa un mechón de cabellos húmedos, halándoselos, gozando también de eso.

   Sergio tiene la boca horriblemente seca, y aunque no es gay, ni le atrae la idea, siente la terrible erección de su güevo. Mira a Antonio, joven y bello, de espalda ahora, sobre una pila de sacos de maíz, con el culo justo a la altura del güevo de Roberto, quien está de pie frente a él (que gente tan aplicada, piensa mórbido). La nuca de Antonio esta apoyada en la vieja madera de la pared del gallinero, y con el rostro contraído de placer, y de adolorido deseo, mira a Roberto entre sus piernas, atrapándolo por debajo de las rodillas, metiéndole a fondo su güevote en las entrañas. El tolete iba y venía, metiéndose en el orificio por debajo de las bolas, donde descansaban los pelos púbicos del otro, cuando lo embestía. Los dos hombres se miran, diciéndose, prometiéndose y jurándose cosas extrañas en silencio, y sudan copiosamente. Roberto siente como la transpiración le baja por las sienes y la espalda, que brilla, musculosa y mojada, mientras va y viene. Los dos gimen, se agitan, gruñen, y de cuando en cuando tienen que espantar a las malditas moscas que querían probar el manjar. Las nalgotas redondas y musculosas de Antonio se apoyan al borde de los sacos, mientras el tolete cilíndrico triangular de Roberto, rojo y duro, surcado de venitas, entraba y salía, cogiéndolo a fondo, viéndose hermoso cuando abría esos pliegues calientes del culo, sodomizándolo.

   A Sergio le parece que ve algo particularmente notable. Esas cosas no le atraían, aunque el güevo le palpitaba dentro del short mientras va alejándose; pero le parece que esos dos cuerpos viriles y musculosos, de hombres jóvenes que jadeaban mientras el güevo de uno se metía con urgencia en el culo del otro, que parecía pedírselo con sus gemiditos agudos de doloroso placer, conformaban una escena digna de un cuadro al óleo. Se aleja para dejarlos terminar en paz, ya que él tiene otra reunión. Su misión en la zona estaba cumplida (y lo estuvo antes de la llegada de Roberto, sólo que ahora se confirmaba). Sonríe con pesadumbre por Isabela, ¡tenía tan mal tino para los hombres…! Tal vez aceptara salir con él, que la mimaría y consolaría… por un tiempo.

   Dentro del gallinero, el clímax se acerca, mientras Roberto se monta las rodillas de Antonio en los hombros, tendiéndose un poco hacia él, subiéndole más el culo, que se agita recibiendo una y otra vez el duro manduco que lo penetraba, saciando sus ganas de güevo, pero despertando otras peores. La espalda de Roberto brilla y se contrae mientras las nalgas van y vienen empujando su tranca en esas ardientes entrañas, sacudiendo al otro sobre los sacos. Antonio cierra los ojos, bañado en sudor, gimiendo putonamente, arqueando el cuerpo en los sacos, recorrido por oleadas intensas de placer. ¡Quiere ese güevo en su interior!, lo quiere hondo, cogiéndolo duro, y así se lo grita a Roberto, quien sonríe feliz, amándolo más en esos momentos.

   Esa tranca enorme y caliente dentro de él, sobándolo y rozando todo, hace que Antonio chille, tensándose, cerrando violentamente su culo alrededor del tolete, mientras comienza a temblar todo. Roberto, fascinado, lo ve gemir, alzando el rostro, pegando la coronilla de la pared, mientras intenta agarrarse el güevo como para impedir la corrida, pero no pude, bañándose el abdomen y el pecho. Se ve abundante y espeso, y un olor fuerte llena el lugar. Enloquecido de lujuria, Roberto se inclina hacia él, casi acostándosele encima, aplastando con la panza, el güevo y el vientre enlechado del otro, encontrando eso rico, atrapándole la boca y lengüeteándolo. Antonio tiene que tragarse su gemido cuando Roberto comienza a temblar, metiéndole el tolete hasta las entrañas, con las bolas pegadas totalmente a sus nalgas, y se corre, entre temblores y jadeos. Antonio lo besa lamiéndole la lengua, y chilla también al sentir el impacto de esos disparos calientes y enloquecedores, que cree que van a matarlo de gusto, gozando la corrida de leche de ese otro hombre, al que tanto había deseado, en su culo semivirgen.

   La tarde comienza a cambiar ya, hacia las tres de la tarde, la hora en que mataron a Lola, como decía su abuela, cuando preparaba café con leche y les daba con pan andino; a Roberto le gusta pensar en ella (flaca, alta y seria, pero amorosa en el fondo de su corazón), recostado sobre los sacos de maíz tirados de cualquier manera, recordando, marginalmente, que por ahí debían haber muchos alacranes y ciempiés. Se siente dulcemente agotado, con las manos cruzadas tras la nuca. Totalmente desnudo, sintiendo la tibia brisa, aunque también una persistente visita de las fastidiosas moscas. Coño, si se iba a quedar ahí con Antonio, debían poner mosquiteros. Y sonríe sintiéndose idiota al pensar en quedarse con el otro, que está a su lado, pero recostado de medio lado, dándole la espalda, respirando calmadamente, adormilado. Vaya, Antonio era de los que tiraba y se quedaba dormido, ¡que poco considerado! ¡Vivir juntos!, y la idea lo llena de dulces temores. Cierra los ojos recordando lo contado por el joven hace poco, lo propuesto por Sergio. Arruga un poco la frente, quién iba a pensar que el otro iba por negocios, y no por placer. Como él, por ejemplo.

   Al parecer, Sergio consideraba que esa parcela, con cableado, vías de penetración cercanas, y con agua, era buena para levantar una Granja de Truchas, con algo de financiamiento. Para Antonio fue toda una sorpresa, porque él, coincidencialmente, se dedicó al estudio de proyectos semejantes en la universidad de Los Andes; y visitó muchas de esas granjas. Había que trabajar bastante para sacar adelante semejante proyecto, pero a él no le asustaba la idea. No tenía plata, pero Sergio, quien decía que una granja tal traería beneficios a la zona, y ganancias, conocía gente, la compañía Devlin, que podía financiarlo, por una participación en el negocio. Antonio se mordió los labios, sintiéndose algo alarmado, estaba solo, y en tierra hostil. No lo querían allí, y sólo había regresado para ver, tal vez por última vez, dónde estuvo su vida, su gente (y para ver, de lejos, a Roberto). En realidad había venido a despedirse del pasado, y reencontrarse con Roberto lo había molestado (aunque deseaba verlo). Siempre se había sentido débil ante él, y en cierta forma, a cierto nivel, deseó verlo, finalmente, para despedirse. Y le dolió que no se llevaran bien, sino que pelearan como antes. Él se sentía como un argentino frente a Las Malvinas: dueño de nada. Pero el ofrecimiento de ese tal Sergio, le regresó el alma al cuerpo, y le dio esperanzas, una meta, algo que hacer con su tiempo. Era un trabajo, una obra que podía darle sentido a su vida. Y seguiría allí, enfrentando a todos en un pueblo que lo hizo sufrir mucho cuando era un muchacho. Y estaba Roberto. Quería demostrarle que él podía triunfar. Y sin darse cuenta, ya había aceptado el ofrecimiento; y tal como lo pensó mientras hablaba con Sergio, se lo contó, entre bostezos, al amante.

   Ahora Roberto cavilaba sobre eso. Una Granja de Truchas. Sonríe divertido, sonaba a idiotez, pero el ofrecimiento estaba hecho, y entendió que Antonio ya había aceptado en su mente. Y que iba a dedicarle su energía, sus ganas, su juventud y vida a edificar y alimentar el complejo, los tanques y los estúpidos peces. Antonio lucharía por eso con todas sus fuerzas y con todo su ser. Medio vuelve el rostro y mira la nuca y cabello del amante, ¡ahora eran amantes!, sintiéndose embriagadamente abrumado. No se iba a casar con Isabela, aunque de ser necesario lo hubiera hecho, pero Antonio… Ahora Antonio era importante en su vida, y era una incógnita también. No sabía cómo reaccionaría ante ciertos estímulos (una boda para esconder vainas, por ejemplo). La vida sería dura, mucho. Y no podía engañarse, tenía miedo. Mucho miedo… Prácticamente estaba renunciando a todo lo que poseía, incluido su padre, por lo que ahora sentía; estaba dejando todo lo bueno que tenía por algo que, tal vez, fuera mejor pero que llegaría después. Pero comprendía que lo vivido con Antonio no era una idiotez que pasaría mañana, o si tiraban otra vez. Eso había resistido y sobrevivido años. Y para defenderlo, dejaría su buena vida, por lo que el futuro trajera. En cierta forma subconsciente, muy a la venezolana, el joven esperaba que el tiempo lo curara todo, que la gente se acostumbrara a todo, igual Gregorio, y que un día lo buscara. Sabía que su madre lo perdonaría en seguida. Gregorio llevaría más tiempo; pero esperaría por su padre toda la vida si era necesario… al lado de Antonio. No iba a esconderse, la gente notaría que él y Antonio estaban juntos, y hablarían, y si alguien preguntaba le diría que si, que amaba a ese carajo y vivían juntos. Y durante todo el tiempo que hiciera falta, buscaría la comprensión, o el perdón de su padre. Si no llegaba, Dios no quisiera, aprendería a vivir con eso, con su desamor, aunque él siguiera adorándolo. Lo haría porque sentía que Antonio ya no era un carajo con el que podía tirar un rato, escondido en ese granero. No, era algo más grande. Algo que lo asustaba y llenaba de felicidad.

   -Señor Devlin… –saluda, lejos de allí, sonriente y terriblemente irónico, Sergio, en short jeans y camiseta, dejando al descubierto sus tetillas. Algo nervioso ante el otro hombre (de cuya sagacidad y maldad, había oído mucho, historias que parecían absurdas), unos años mayor que él, aunque no le era posible saber cuántos.

   -No me digas así. Ese nombre me molesta. -dice el otro, volviéndose a mirarlo, con una voz gruesa, profunda y oscura en sus tonos, una voz que habría sido perfecta para interpretar a Lord Wader en
La Guerra de las Galaxias. Había tanta fuerza interna en ella, a pesar de lo reposado, que un leve escalofrío recorrió la espalda del otro.- ¿No podrías… vestirte? Pareces un puto barato. -critica leve, notando una chispa atrevida en sus ojos.- Y no me importan tus creencias sobre mi doble moralidad, Sergio. -y vuelve la mirada hacia los cultivos. Notaba algo… inquietante en la forma en que el viento azota los maizales, produciendo un sonido rozante, como de rezos lejanos. Tal vez una multitud de almas perdidas, clamando piedad al final de los tiempos. Piedad que no les llegaría, eso lo sabía bien. Los culpables debían pagar y los justos lo harían también. Ese era el juego, y los venezolanos sabían en qué se metían cuando lo iniciaron.

   Sergio calla, estudiando a ese otro hombre que está de pie, en el pequeño camino de tierra, entre dos grandes sembradíos, en tierras de los Noriega. Era alto, sólido, musculoso y… había un aire de astucia e inteligencia en él que casi podía palparse. Viéndolo así, quieto, sereno (a pesar de que sabía lo que sucedía en un viejo y destartalado gallinero más allá; algo provocado por él), Sergio se pregunta qué piensa. Su trabajo, por el que ganaba una gran cantidad de dinero en forma de salario y bonos, era ir de estado en estado, creando cooperativas, pequeños negocios y medianas industrias. Llevaba en la creación de las fulanas Granjas de Truchas (algo que le parecía idiota a pesar de lo mucho que intentaba que le interesara), unos ocho meses. Y siempre había tenido éxito. Claro que, buena parte de ello, se debía a la información que tenía sobre la gente a la que vería, con los dramas y pasiones humanas ajenos a él, presentes en todos, y que sabían usar para conseguir resultados satisfactorios. No iba a quejarse, porque fuera de lo que ganaba ya, ese hombre le daba la posibilidad de contar con una o dos acciones dentro de cada negocio. Dinero para el futuro. Era generoso, mucho.

   -Todo salió bien. -grazna Sergio, algo incómodo ya, sabiendo que era inútil decirlo. Con ese hombre, todo salía como él decía.

   -Lo sé. -dice mirándolo, divertido de su nerviosismo.- Es bueno que esos dos tengan algo que hacer, algo sólido, mientras viven su amor. –sonrie divertido al notar la sorpresa del joven.- Sí, imagino lo que hacen en estos momentos. Y está bien. Trabajar duro, con sus manos, de sol a sol, desafiando a todos, es el marco que necesitan para justificar ante Araure, lo que son, lo que sienten. -suena increíblemente burlón.

   -¿Va a dejar que sigan juntos? Creí que sólo le interesaba Antonio Pavón. -el otro calla.

   -Si. Los dejaremos vivir su pasión loca. Como dice la canción… Vivir los nuestro. -canturrea.- Dejaremos que el amor triunfe, por ahora. -y sonríe leve, ensanchando sus labios gruesos.

   -Alfonso… -grazna Sergio, mirándolo intensamente, acercándosele, subyugado, a su pesar, por la poderosa personalidad del otro.- ¿Para qué hace todo esto? Son negocios… extraños.

   -Lo sé. -repite, mirándolo burlonamente, mirándole las tetillas erectas bajo la camiseta, admitiendo para sí, sin mayores consecuencias, que era un tipo bonito; ¡bien por él!- Sé que dentro del Grupo hay quienes se dedican al narcotráfico, a la trata de blancas, al chantaje, al robo… y a otras formas de delitos que ni te imaginas… Y no los censuro. Soy parte de todo eso también. -encoge sus recios hombros, sin problemas morales, sin remordimientos por todo lo que han hecho él y el resto.- Pero esto… -calla, extendiendo la mano y señalando los sembradíos.

   -¿Es porque es más noble ayudar a la gente que comienza? -intenta adivinarlo. El otro ríe realmente divertido.

   -No, claro que no. Esos muchachos harán un gran trabajo, se partirán el lomo, se sancocharan el culo… y no sólo en el sexo, sino trabajando. Y al final, dentro de un tiempo, todo esto será mío. La Granja de Truchas… y estas tierras. -lo dice con simpleza.- Como ocurrirá con todos los otros tratos que has hecho. Dejaré que suden, que suban, y luego se los quitaré todo.

   -¿Por qué…? -parece verdaderamente impresionado, mirando a ese hombre alto, fuerte e inteligente, con una luz nueva. Era malvado, aunque ya había oído que lo era.

   -Monopolio. -es simple.- Hablamos de alimentos… de comida. Eso nunca pasa de moda. A la gente le da hambre a cada rato. Siempre necesitarán qué llevarse a la boca, y si eres bueno y si tienes mucho, ni un gobierno inepto, autoritario y despótico puede quitártelo. -mira hacia los maizales.- Dentro de los regímenes siempre hay quien se da cuenta de que todos los demás son ineptos, pero que el que cultiva y produce alimentos a pesar de todo, debe dejársele hacer, pagándole lo que tiene a precio de oro, para que no venga la hambruna. No hay cambios sociales con hambre total, la gente aguanta hasta un punto, luego enloquece, como las ratas, y atacan a sus opresores. Hoy invaden tierras, arruinándolas para que luego vengan otros a engordarlas. Pero son hombres inútiles, fracasarán y venderán. Y venderán otra vez, hasta que lleguen a alguien como yo. No, con gente como yo, tienen que pactar; aunque se crean dueños de vidas y destinos, invencibles. Porque cuando el hambre es mucha y terrible, la gente salta sobre los muertos, sobre las bolas y mata a sus torturadores. Por eso me dejarán en paz. Y tendré todo esto. Y al final tú les vendes lo que deben comer, fijando tus precios. Siempre ha sido así. Yo pude haber intentado hacer todo esto por mí mismo, pero es mucho trabajo. Es mejor que lo hagan otros… y luego les doy el zarpazo.

   -Es algo cruel… -acusa, pero no puede reprimir una sonrisa de fascinación.

   -Ah, no, no te preocupes tanto por esa gente a la que has… ayudado. Esos dos, por ejemplo, encontrarán algo más qué hacer. No morirán de hambre; porque, aunque son jóvenes, se ve que tienen ganas de echarle bolas a las cosas. La gente así nunca se hunde, Sergio. Siempre flotan. Se hunden, se arrechan. Lloran amargamente un momento, o gritan. Pero se levantan. Y comienzan de nuevo, y luchan, y se esfuerzan, y tienen sus cosas otra vez. A un hombre, o una mujer así, no se le vence nunca. Son los parásitos que quieren vivir sin hacer nada los que siempre viven entra la mierda y la cloaca de aguas negras. Están condenados por lo que son, a ser una carga para todo el mundo. Son sólo basura, un saldo, una carga inútil. -mira nuevamente los sembradíos, con una gran sonrisa en sus labios.- Sí, todo esto me encanta. Cómo voy a disfrutarlo cuando todo sea mío… -piensa que ya debe abandonar Araure.

   Pasaría, rasante, por Cantaura, donde una india, amiga suya, le habló de Gregorio, el amante, y de su hijo. Y de los temores del hombre sobre el hijo. También debía encontrarse con Araña, para almorzar. Sonríe cruel al pensar en su sociedad con Araña, de quien sabía que andaba moviendo sus hilos en jugadas extrañas, y peligrosas. El resto de los socios parecían no haber advertido nada, pero uno nunca podía estar seguro de eso, no con esa gente. Araña, si se equivocaba, podía ponerlos a todos en evidencia frente al régimen, y el mundo. Gente como ellos, sería odiada en seguida. No sabía a ciencia cierta a qué jugaba Araña, pero sabía que sería algo delicado. Araña era de cuidado, y su ejército de fanáticos incondicionales aumentaba día a día.

   Ignorante de todo lo que se mueve a su alrededor (la eterna lucha del más vivo e inmoral, contra el hombre decente), Roberto continua acostado, desnudo, sobre esos sacos que ahora le parecían suaves y acogedores, sintiendo la tibia brisa de la tarde que entra por la ventana. Va sintiendo algo de sueño, fue una cogida dura y poderosa que lo agotó. A su lado, Antonio duerme, gruñe en sueños y rueda hacia él. La cabeza del joven cae en su hombro, casi entre su cuello, donde resuella, tibio, en paz, con una sonrisa saciada y feliz en sus labios, montándosele casi sobre un costado. Roberto, estremeciéndose dulcemente, piensa que su novio pesaba. ¡Como pesábamos los hombres, Dios!, se dijo. Siente como Antonio se acomoda, comodonamente, montando una pierna entre las suyas, y cruzando un brazo sobre su pecho. Y Roberto tiene que cerrar los ojos, gozando ese cuerpo fuerte y cálido, así como la presión del tolete del otro, más caliente aún, contra su cadera, aplastado, y del muslo en su entrepierna, estimulándole el güevo. Pero va adormilándose, disfrutando lo sabrosito de tener al otro así, contra él; sin rollos o temores, feliz de tener a su lado a un carajo buena gente y correcto como él. Antonio no era una mierda de persona, por él bien valía todo lo que haría. La gente hablaría de ellos, pero no importaba mucho. Nada debían. Nada temerían. La historia de Roberto y Antonio podía escribirse en un cuaderno limpio, sin manchas de tinta, sin sombras. A nadie habían dañado jamás, a nadie lastimaron; y eso era lo único que, al final, contaba. Al despertar lo invitaría a la quebrada, se ducharían… y tendrían más sexo rico y caliente. Sabía que Antonio era un poco volado y voluntarios (como cuando aceptó el negocio de las truchas), pero ahora debería controlarse un poco más; porque ahora Antonio tenía un marido al que tendría que respetar… Tendría que respetar a su hombre. Roberto sonríe turbado, feliz: ¡sí lo viera su papá! 

   OLFATEANDO PROBLEMAS

   De tarde en tarde, del llamado ámbito académico, surgía un ser que fastidiaba a todo el mundo: un místico. Generalmente el sujeto en cuestión ignoraba que lo era, a pesar de sus creencias absurdas y maniáticas que lo llevaban a pelearse con media Galaxia, y en casos extremos terminaban refunfuñando en voz alta por los rincones, como perros viejos y malhumorados. En su pequeña mente, la del místico, él o ella, siempre tenía la razón y el resto del Universo entero estaba dolorosa y estúpidamente equivocado. De tanto en tanto, uno de ellos se dirigía a la directiva de La Flota y gritaba que había descubierto una conspiración contra Los Mundos Humanos. Siempre eran súper conjuras. No cosas sencillas; no, eran planes siniestros de gente que quería controlar el Cosmos todo, plan del que sólo ellos se habían percatado. Cualquier almirante o general de La Flota podía contar cómo llegaban a sus puertas, hoscos y huraños, denunciando la conspiración y molestándose cuando alguien hacía preguntas desagradables como: ¿quién conspira y para qué? Eso siempre los alteraba, perdían la ecuanimidad y terminaban girando los ojos en sus órbitas y chillando algo en el estilo de: el cielo se está cayendo y nos va a dar en la cabeza. Algunos hasta traían una roca, sonriendo como… locos, como prueba.

   Lo curioso era que esos místicos generalmente gritaban, bañando de saliva al que estuviera cerca, que iban a investigar los hechos hasta las últimas consecuencias; pero después de un tiempo, tales individuos solían desaparecer, con todo y sus investigaciones (como también podía atestiguar cualquier almirante o general). Y no era porque cayeran en un agujero negro o una estrella de cualquier otra índole. Simplemente…. desaparecían de escena. Fue por ello que cuando Flatt Hublak, de Naejmis, hizo su aparición en Báluwa (mundo administrativo de La Flota), denunciando una antigua conspiración urdida en el viejo y detestado planeta Tierra, todos pusieron cara de circunstancia y giraron los ojos en sus órbitas con un ¡hummm!; excepto los más viejos que suspiraron elocuentemente con disgusto. ¡Otro místico! Lo que diferenciaba a Hublak del resto, era su procedencia. En Naejmis no creían en misticismo ni magia, su gente no era dada a eso. Y el hombre era un académico acreditado en su mundo y en todo el sector Panzhar, por lo que no se pudo, simplemente, hablarle condescendientemente, recomendarle un té de tila y mucho reposo. La gente de ese sector siempre era un problema, y los de ese planeta lo eran más.

   El hombre, un tipo enorme de más de dos metro veinte, de piel blanca como el papel, de cabellos iguales de blanco, ojos grises deslucidos que se asemejaban al frío acero de las antiguas construcciones, no era alguien a quien se pudiera ignorar fácilmente. Era saludable, atlético, inteligente y decididamente atractivo; aunque este efecto quedaba destruido a medias por el hecho de ser un naejmisno, un ser que creía que el resto de las razas humanas eran mierda, y de la que apestaba, sobretodo las del viejo sector de Áurea Boreal. El hombre era un bonito acabado de su mundo y de su cultura, que no temía al diseño genético. Igualmente era esclavo de su cultura: era un ser egoísta, racista, narcisista y perfeccionista. Su mundo era aislado, y sus habitantes odiaban la cercanía de otros seres, sobretodo los de otras razas, a las que consideraban inferiores, genética y mentalmente hablando. Eran, en resumen, unas joyitas.

   Al iniciarse en los estudios de Psicología de Masas, cosa muy necesaria en el sector Panzhar (aunque jamás se admitiría), el hombre, no tan joven como su liso y limpio rostro mostraba (ya había utilizado el bracante, deteniendo el envejecimiento), había tropezado con líneas de conducta en sistemas completos que le hicieron intuir que la Historia del Hombre, no era el simple fluir de la cuarta dimensión, de tiempo y espacio, sobre los grupos humanos. Estudiando largos periodos históricos, desde la llegada de los guklianos a La Tierra, y de aún antes, de cuando hubo la guerra entre
La Tierra y Los Mundos Independientes, todo parecía señalar una manipulación de hechos, que terminaron en la creación de Las Repúblicas. Y eso ofendía y molestaba a Flatt Hublak, un hombre de Naejmis, un semidiós de perfección e inteligencia. No era posible que ellos, su mundo, el sector, y la humanidad toda, fueran simple piezas movidas por alguien, en la historia del tiempo.
 

CONTINUARÁ…

Julio César.

CARARABO

Junio 27th, 2008 by juliocesarq

   Hace algún tiempo oyendo las declaraciones del canciller colombiano Fernando Araújo, dadas en algún punto de Estados Unidos a un reportero, le oí una historia que me dejó pensativo durante un rato. Hablaba el buen hombre del tiempo que estuvo secuestrado por la guerrilla criminal que ha mancado la vida de Colombia durante tantos años. De hecho hizo dos comentarios que a mí me parecieron relevantes: uno era que la guerrilla escuchaba al presidente Chávez, de mi país, como quien oye hablar a un profeta. En seguida se comenzó una polémica sobre si el hombre quería implicar o no al Presidente con esos grupos. Creo que se trató de una rara ingenuidad del colombiano (¡cosa que es tan extraña, como un Secretario General dela OEA defendiendo la Carta Democrática!), y algo tomado fuera de contexto ya que él no insinuó nada. De todas formas es nuestro propio Presidente quien se pone en la picota cada vez que abre la boca, llamándose amigos de grupos criminales; lamentablemente no hay nadie con suficiente personalidad para recordárselo cuando vocifera como gorila bajando de un árbol contra quienes lo nombran, y eso que se mete con todo el mundo, contando con la poca hombría de tanta gente y la total inoperancia de tantos Organismos Internacionales que de verdad no sirven para nada como no sea para gastar dinero en su mantenimiento.    

   El segundo comentario que hizo el colombiano fue sobre el horror que vivió como rehén de esos maleantes. Un segmento me fue particularmente escalofriante, comentaba que al estar en uno de los campamentos en pleno monte, oyeron rumores de que las fuerzas armadas colombianas estaban acercándose y la guerrilla se disponía a abandonar el punto, corriéndose la conseja de que matarían a los prisioneros dejándolos abandonados en la espesura. El hombre cuenta que él, y otros, tomaron objetos filosos y cortantes, y cada uno escribió en sus carnes su nombre, por si los mataban y botaban (como basura, así siempre ven estos criminales mesiánicos a los demás) por ahí. Así, si alguien los encontraba, supieran quiénes eran y fueran remitidos a sus familias. Dijo que lo hacía porque no quería terminar como un muerto sin nombre, en una fosa en la selva, olvidado, o dejar a su familia con la eterna angustia de saber si vivía o no. Para uno que se pincha a veces con una aguja y es tan desagradable, imaginarse el mutilar la carne para escribir algo legible le suena extraño. ¿Qué pensamientos cruzaban por esas cabezas mientras se dedicaban a identificar sus posibles cadáveres? Es difícil entender en toda su magnitud una acción como esa así como estoy yo, cómodamente sentado en mi casa. Su historia, marcar su carne prisionero de asesinos violentos, me recordó cuentos de los campos de concentraciones nazi durante la Segunda Guerra Mundial, de cómo hubo personas que se dedicaron a cazar luego a los criminales, y en los juicios subían las mangas de sus ropas para mostrarle a la Ley, y al mundo, que sí habían sido prisioneros y que fueron marcados como animales.   

   Todo eso me llevó a recordar la masacre de Cararabo, algo que hoy parece olvidado en un país sacudido por delitos de Lesa Humanidad cada uno peor que el otro. La noche del 26 de marzo de 1994, en el puesto fronterizo fluvial de Cararabo, a pata de mingo de la frontera con Colombia, un destacamento de la Armada fue atacado por un grupo de irregulares colombianos, de los que se hacen llamar ejércitos de esto o aquello, pero en la práctica son brazos armados del narcotráfico. El ataque había sido bien montado y estudiado. Sabían cuántos eran en el puesto, qué armamento tenían y hasta con cuáles medios de comunicación contaban. Los puntos de posible ayuda también habían sido cubiertos, sabían que les sería difícil recibir ayuda. Toda esa información había sido dada por venezolanos enemigos de la paz del país en esa época. La mesa estaba servida para un sensacional ataque en territorio venezolano. Los irregulares querían mostrar garras y colmillos. 

   Poco después de las diez de la noche de tan álgido día, un grupo cercano al centenar rodearon el lugar. El primer disparo de FAL se produjo menos de un cuarto de hora después, y el centinela, atrincherado en uno de los nidos de ametralladora murió sin darse cuenta de nada (eso espero), con el rostro destrozado, como dice la canción de Rubén Blade que murió Andrés al lado de padre Antonio. Con el arma disponible, volviéndola contra las instalaciones, desde el nido comenzó el ataque en serio contra los infantes venezolanos. 

   Los nacionales se defendieron con razonable eficacia, tal vez más movidos por la desesperación, o el miedo mondo y lirondo, ese que siente la rata acosada en una esquina que viéndose incapacitada de escapar se lanza al ataque con furia suicida. Rodeados, atacados desde los nidos de ametralladoras y destruidos los pocos medios de comunicación, imposibilitando la pedida de ayuda, los infantes estaban a merced de sus salvajes atacantes. Sólo podía contar con ellos mismos, librados a sus fuerzas… y a su suerte. Los pocos más de treinta hombres que defendían el fuerte apache estaban distribuidos a todo lo largo del puesto, por lo que los irregulares lograron separar pequeños grupos, a los que atacaban con singular poderío de fuego. Y sin embargo los muchachos se defendieron bien, como gatos patas arribas, como hombres, al menos mientras duraron las municiones. ¿Qué habrán pensado o sentido en ese momento? Tal vez algunos estudiaron la posibilidad de rendirse, y que con eso terminara todo. Dios, pobres muchachos… 

   Los detalles dantescos y grotescos de las salvajadas cometidas por este grupo de mal vivientes, con prácticas aberrantes (y con lo mucho que sus representantes y aliados en la lucha contra la gente decente gustan de acusar a los Estados Unidos de genocidas), fueron de tal gravedad que la sangre de todos lo venezolanos hirvió de indignación. Porque ese ataque había sido el producto de la debilidad de Venezuela y Colombia en el enfrentamiento total y definitivo de este grupo de hampones a los que se les dejaba hacer, decir y existir. Los cadáveres de los infantes, colocados en filas, fueron profanados, porque más allá de la muerte debían continuar enviando un mensaje: no se les quería por ahí, el dinero de las drogas hablaba claro y con fuerza. A algunos se le cercenó la garganta y por ahí les sacaron las lenguas, en el llamado ‘corte de corbata’, práctica que parece común de la mafia en sus ejecuciones. A otros le costaron los testículos y se los colocaron en la boca. Y estuvo el caso del joven, quien aún vivo y suplicando por su vida, le metieron una granada fragmentaria dentro del pantalón. Cómo debieron reír al verlo chillar y revolcarse dentro de sí intentando sacar la granada. Qué momento. Qué cómico debió parecerles, eso debió ser lo mejor de la noche para esos valientes guerreros. Uno se imagina al joven gritando, totalmente enajenado de miedo manoteando por sacar la granada y entiende la risa de esa gente, de esos dignos luchadores sociales, ¿verdad? Al estallar debieron vomitar de tanto reír. 

   Así, esos jóvenes venezolanos, sacados de calles tal vez como las de Caracas o Maracay (por esos tiempos aún existía la recluta obligatoria, donde agarraban al más bolsa y lo enviaban al peor de los punto fronterizo) encontraron la muerte. Los reclamos no se hicieron esperar, la gente andaba molesta con los colombianos, como si ellos fueran los únicos culpables de que la frontera, del lado venezolano, no estuviera bien resguardada, o los puntos de control mejor organizados, o la Inteligencia Militar mejor informada, o que los equipos de radio no fueran los idóneos. Porque en medio de todo ese horror, los marinos no pudieron ni pedir ayuda porque los equipos de comunicación no funcionaban. No eran los adecuados para la zona; porque en Venezuela todo es negocio, y los contratos militares siempre dan ganancias, ¿qué tal vez mueran unos pobres idiotas como resultados del negocito? Bueno, ellos (los traficantes de contratos) están dispuestos a correr ese riesgo, como ahora se hace con países como Rusia o España. El mundo gira y se mueve… para caer siempre en el mismo punto.   

   De esos días recuerdo al periodista José Vicente Rangel, quien tenía un programa de opinión en el canal de televisión Televén, que era impelable. Se le debía ver cada domingo de forma casi obligatoria, de lo contrario uno se sentía mal, José Vicente Hoy era el programa del momento. Recuerdo que al hombre, ya viejo, el bigote blanco le temblaba de indignación, arrecho por aquella barbaridad. Se le veía casi al punto de soponcio ante tanta bestialidad innecesaria. El hombre denunciaba que las fronteras eran zonas libres, tierras de nadie para criminales, que la guerrilla y los narcotraficantes, trabajando de la mano, aterraban a los residentes de la región obligándolos a irse para hacerse con haciendas y terrenos. Gritaba que eso no podía ser, que era un peligro nacional y violaba la soberanía. Lamentablemente el señor José Vicente Rangel era un hombre sano y la vida le dio tiempo de llegar a ser vicepresidente de esta morisqueta de república de quinta. Y para asombro de todo el mundo, o al menos para los que no le conocíamos esa vena ruin, se le vio aceptando y defendiendo a estos grupos criminales. Lo que ese tipo había sido ayer, hoy no más. La vida lo castigó dándole más tiempo para permitirle al mundo verlo convertido en una piltrafa, en un aguantador, un tenedor, un traidor. Y lo hizo a conciencia, saboreando a cada momento sus delitos. 

   Y así, de asesinos de venezolanos, de enemigos jurados de Venezuela y su sistema de vida medio vivible al que siempre quisieron destruir, esa gentuza se convertía en aliados, en hermanos de lucha, en ejemplo de dignidad y decencia, y los muertos venezolanos, muertos debían quedar, y si se les olvidaba, mucho mejor. ¿Se dejó de secuestrar, torturar, chantajear o asesinar venezolanos por esa alianza traidora a los intereses del país? No, porque ni eso fueron capaces de conseguir los muy inútiles, pero eso no importaba, un secuestro aquí, un muerto allá, ¿eso a quién le interesa? De lo único a preocuparse era de acallarlo en la prensa, que no se hable y todo resuelto. En la mente del cogollo ruin que maneja al país hay una sola idea: que la frontera se hunda y se cojan todo eso, mientras el ejército esté en Caracas, Maracay y Valencia para contener a los ciudadanos a los que se les ocurra salir a gritar basta ya de tantos delitos. Sin embargo, y debo decirlo en forma totalmente egoísta, como ciudadano de un pobre país que antes fue una República que ni instinto de supervivencia o soberanía tuvo, uno debe verle la utilidad a la guerrilla colombiana y todo su aparato de terror y muerte. 

   ¿Quién, dentro de todo el espectro sudamericano puede dudar de que si Colombia fuera un país en paz y cohesionado ya no controlaría la mitad del subcontinente? Nadie. Esa gente tiene la tenacidad y laboriosidad, la responsabilidad y disciplina para convertirse en una superpotencia, algo mayor que Brasil, tal vez del tipo de Canadá. Tienen recursos naturales, pero sobretodo una clase media racional y una oligarquía responsable que sabe que por encima de todo está Colombia, su paz, su crecimiento y su defensa. De estar unidos, ¿quién podría pararles el trote, sobretodo paisillos que cada tres años tumban y cambian el gobierno porque no transforma el agua en vino o las piedras en oro, o esperan que el Mesías los lleve a la tierra de promisión? ¿Que puede un país desmoralizado, desgarrado y decadente como la pobre Venezuela en estos momentos contra una ofensiva diplomática colombiana en toda la regla y un ejercito rearmado y dirigido por altos mandos graduados en la lucha contra delincuentes peligrosos y enloquecidos, y no vendiendo verduras o golpeando mujeres en manifestaciones? Nada, sólo llorar como mujeres lo que no sabrían defender como hombre (y que me perdonen las mujeres por tal figura literaria, pero es para ilustrar la falta de cojones). 

   Lo único que nos salva de todo eso, a pesar de que violan una y otra vez la soberanía de nuestros países, es la guerrilla criminal que lleva tantos años sembrando muerte allí, como Fidel en Cuba; su sola existencia amarra y retraza el crecimiento neogranadino. Y si a ver vamos, ¿puede creer alguien con dos dedos de frente que un grupo que lleva cuarenta años armado, matando campesinos, secuestrando mujeres, robando niños para adiestrarlos en sus odios y vicios, y protegiendo ahora al narcotráfico, puede traer paz y prosperidad? ¿Puede alguien imaginar que de ese pozo de vicios y muerte saldrá una sociedad mejor, más justa? ¿Se puede creer que ellos harán una Colombia superior? Eso sólo pueden creerlo los que desean engañarse… o los que tengan una fuga cerebral (esas cosas pasan, con una fiebre o un mal golpe). Hace treinta años era posible creer en sueños de gloria y romanticismo, de creer en un mundo más justo alcanzado por esos grupos abnegados. Pero luego de la caída del Bloque Soviético, con sus gulags y muertos por carretadas, así como sus vicios capitalistas que no alcanzaban a otros; o la buena vida que se da Fidel Castro y la recua de delincuentes que se hacen llamar cancilleres, artistas e intelectuales cubanos que viven sabrosos mientras toda una poblada vive entre la prostitución y el hambre, únicamente los muy necios pueden engañarse. A menos que a uno le den dinero, así uno dice compartir o creer cualquier cosa. 

   Esos aires románticos y casi míticos que alcanzan algunos personajes siempre me han intrigado, pero yo debo ser del tipo de Santo Tomás: ver para creer. Casi nunca puedo creer en bondades como apariciones de vírgenes, curaciones con piedras o imposiciones de manos, o en milagros. Cosa que no es tan sabrosa tampoco. A veces uno quiere ilusionarse con algo, pero no puede. Hace tiempo viendo un documental de History Channel, o Discovery o National Geographic, no recuerdo dónde, un gringuito, un joven catire, visitaba Bolivia y decía que en esas montañas había muerto el Che Guevara, entregado por los campesinos de la zona, y que ahora los nietos de esos campesinos lo idolatraban, y de ser ellos los de antes, el guerrillero estaría vivo. Lo decía convencido, pero a mí me vino una idea en seguida a la cabeza: ah, pero ni tú ni los hijos o nietos de esos campesinos lo conocieron y tuvieron que tratar o lidiar con él. Aquellos campesinos sí, y tal vez por eso tuvieron que entregarlo para salir de eso; porque hasta donde se han oído relatos de gente que escapó de Cuba en los primeros años, al Che le encantaba mucho interrogar prisioneros personalmente, ya que la tortura y los gritos (de otros) le gustaban demasiado. Pero así es la realidad, muchas veces no se investiga, se prefiere vivir del mito, del cuento, del: el mundo no es como es, ni la realidad, sino como me gustaría a mí que fuera o como yo creo que es. ¿Qué eso es irracional? Claro, pero ¿quién se los explica? La guerrilla colombiana y la revolución cubana fueron buenas… sólo en la imaginación de quienes soñaban con utopías. La realidad para quienes tienen que padecerla, es el infierno. 

   En fin, los muertos de Cararabo allí quedan. Casi nadie puede recordar todos sus nombres, sólo una imagen borrosa de los cadáveres, tendidos, tan muertos, tan feamente muertos, no era algo fácil de soportar ver los signos de mutilación. Sus madres, novias o mujeres los recordaran, y tal vez prendan una vela por el descanso de sus almas de vez en cuando. Y de tarde en tarde soltarán una lágrima por muchos años que hallan pasado. Sus muertos les duelen, así pase el tiempo que pase, sobretodo en el caso de las madres. Esa sangre no es importante para nadie aunque se derramó en medio de la noche y el miedo, del ruido de disparos, de explosiones y tal vez de gritos de compañeros que caían heridos, demandando una ayuda que no llegaría, o simplemente tenían pavor, donde unos a otros se decían que iban a matarlos a todos, repito, pensando tal vez en rendirse y con eso salvarse (los ilusos), temblando en un rincón, pero sobretodo deseando que la noche se acabara (en lo oscuro los terrores son mayores), que los asesinos se fueran o la ayuda llegara, defendiéndose contra un enemigo superior, protegiendo la abstracta idea de soberanía, concepto en el cual se ensucian tantos ahora al entregar el país pedazo a pedazo para satisfacer la vanidad enferma de un hombrecillo delirante. 

   Nadie recuerda ya a esos muchachos, nadie los llora, como no sean ellas, sus mujeres. Tal vez, como piensan ahora en estos tiempos de revolución de quinta, no eran gente importante, y más bien eran delincuentes imperialistas rechazando a la noble guerrilla. Después de todo no se trataban de un Ricaurte haciendo estallar el polvorín en San Mateo en una acción solitaria y suicida para impedir que cayera en manos de Boves, defendiendo la idea de una nación libre que nacía. Sin embargo parece injusto que tantos generalotes y oficiales de charreteras llenas de chapitas no los recuerden tampoco, ocupados como están en someter a la población con las armas de la República, ahora a las órdenes de un tiranillo antillano. Al menos están ellas, las mujeres de sus vidas. No recuerdo donde leí: maldito el hombre que no tiene al menos una mujer que llore su muerte. Que en paz descansen, ojalá recordara todos sus nombres, pero también yo he olvidado, como lo hizo José Vicente y los hombres que una vez creímos de honor dentro de sus uniformes. Que en paz descansen: José Orlando Colmenares Zambrano, Jorge Armada Aponte, Hernán Eloy Graterol Tovar, Nelson Gregorio Contreras, Félix Ramón Guarenas Silva, Cándido Arenas Mendoza, Jacinto Viloria Pereira y José Ascanio Aponte.  

Julio César.

QUE ME GUSTARON

Junio 27th, 2008 by juliocesarq

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   “Dios, vivo todo mojado…”

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   Chicos que viven dando y dando. 

Julio César.

PASEANDO LA PINTA

Junio 24th, 2008 by juliocesarq

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   Era un carajo orgulloso de su estampa… ¡y qué estampa! 

   Sin importar lo que dijeran, a inspector Gerardo Muñoz, comisario de policía, le encantaba usar sus tangas en el resort. Su mujer se molestaba, igual sus muchachos, pero nadie más ponía objeciones. No era raro que las cabezas de chicas y chicos se volvieran al pasar él, altivo, fornido, escasamente vestido y con el saltito alegre de toda su… estampa. Al entrar en las tibias aguas de la piscina, donde pasaba horas, las orillas se llenaban de aparentemente distraídos muchachos, aunque todos tenían clavadas sus miradas… donde deseaban enterrar el rostro, buceando con ansiedad. Muchos, temblando, imaginaban que la telita debía ser suave, muy a propósito para pasar la mano, una y otra vez, antes de meter los dedos, o darle la vuelta y usar la boca… para decirle que lo admiraban por su enorme, altiva, cálida y dura… personalidad. Que por alguna razón extraña, todos imaginaban que debía ser rojita. También, por alguna razón, las bocas se les hacían agua. Sí, mirarlo era un placer… parecía un tipo muy agradable. No te molestaría verlo así, ¿verdad? 

Julio César.

SEXO DEL DURO Y SUCIO

Junio 24th, 2008 by juliocesarq

   Continúa esta historia de sadismo, violencia sexual, masoquismo y sometimiento. Como ya dije antes, es dura pero buena. Si no te atraen estos temas no sigas leyendo. Aún así, felicito al autor, me encantó: CAPRICORNIO 1965. Disfrútenla, a pesar de ser algo lenta:

      EL SUEGRO… (2)

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   Se le antojaba… y no iba dejarlo escapar.

   Félix sabe perfectamente que Pablo es definitivamente y completamente heterosexual; cien por ciento macho. Desde que supo que se había hecho novio de su hija, lo mandó investigar exhaustivamente y sabe que es alguien de conducta intachable, por eso estuvo tranquilo con el noviazgo. Durante esa semana, Pablo, Karina y Félix, comen o cenan juntos, charlan y conviven bastante antes de la boda. Justo el jueves, antes de la boda, Karina tiene que ir a Nueva York a recoger el vestido, y hacer algunas compras de última hora. Pablo no debe acompañarla ya que es de mala suerte que el novio vea el vestido de novia antes de la boda; y Félix, no es el mejor candidato para acompañarla a las compras que debe de hacer. Así que la joven  se ira el jueves y regresara el sábado por la mañana. Justo para el día del matrimonio. Carolina una de sus amigas ira con ella para ayudarla con lo que haga falta. Félix y Pablo las van a despedir al aeropuerto.

   Después de ver despegar el avión, Pablo medita sobre qué hará, no tiene que ir a la base o la oficina, está de vacaciones esos días antes de la boda. Tampoco anda de uniforme, en el viaje al aeropuerto viste un jeans y una camisa negra. El ajustado jeans delimita mejor la anatomía de su culo, hundiéndose un poco entra las nalgas, y demarca mejor su gran paquete, que Félix ve detenidamente a cada oportunidad, caliente totalmente, afiebrado. La urgencia de dominarlo, de poseerlo, de hacerlo gritar mientras lo penetra, se hacia más imperiosa por momentos.

   -Pablo, hijo- le dice afectuosamente- Te espero a cenar esta noche de todos modos, aunque Karina no esté. Será grata tu compañía.

   -Ehhh… Félix, hoy yo…- Pablo titubea.

   Esa noche, sabiendo que Karina no estará, sus dos mejores amigos, Juan y Marcos, le han preparado una despedida de soltero, algo que sospecha será salvaje. De los tres amigos es el primero que se casa y después de la boda, ya nada sería igual, ya no podrían salir a divertirse como antes, de hecho desde que Pablo se hizo novio de Karina, las salidas se hicieron menos frecuentes. Los amigos lo entendían, con pesar, por eso prepararon todo aquello.

   -¿Sucede algo, Pablo?- le pregunta al verlo dudar

   -Es que esta noche… tú sabes… Mis amigos pues… -titubea aún para contestar, tratando de que Félix comprenda sin que se moleste, sin que piense que le falta a Karina.- Mis amigos me han preparado una despedida de soltero.

   -¿Despedida de soltero?, vaya vaya… -suelta una risita cómplice.- Con alguna chica, me imagino- comenta sin demostrar escándalo.

   -Así es. Karina, sabe que esta noche iré con mis amigos.

   -Pero no sabe que tendrán compañía ¿o si?

   -Pues… no, no sé que hayan preparado ellos para esta noche, así que no podría asegurártelo.

   -No te preocupes, sé perfectamente como son estas cosas. Karina no sabrá nada por mí. En fin, no quería cenar solo esta noche, pero veo que tendrá que ser así.

   -Pues… si quieres podrías acompañarnos. –jadeó más por cortesía que por deseo de que los acompañe, lo invita, convencido de que Félix se negara a aceptar.

   -¿No te incomoda que tu suegro este en tu despedida?- le pregunta

   -Eh, bueno, no… No… no, claro que no- le responde titubeante.

   Sabe que a sus amigos Juan y Marcos, no les agradará la idea de que asista, a pesar de que Félix es un hombre joven aun, apenas maduro a sus 45 años, en buenas condiciones físicas además. Quince años de diferencia con el que sería su suegro no eran muchos años, pensó Pablo, pero el hecho de que su suegro estuviera acompañándolos no era lo ideal en una despedida de soltero donde sabía que ‘habría sorpresa’.

   Esa noche en el departamento de Marcos, el amigo de Pablo, éste, Juan y Félix, bebían animadamente, como solían hacerlo cuando sabían que no había compromisos o asuntos a atender al otro día. Juan había preparado una voluptuosa sorpresa femenina, que aguardaba al novio dentro de la recamara esperando el momento oportuno de salir. El vino y tequila estaban siendo consumidos rápidamente, a las pocas horas de haber iniciado la despedida de soltero, ya los tres jóvenes estaban lo suficientemente alegres, ruidosos y extraviados por el alcohol. Solo Félix, argumentando que estaba tomando medicinas y no podía tomar demasiado, estaba sobrio, pero eso sí, el desgraciado participaba de las bromas que le hacían a Pablo, como si fuese un invitado más y no el padre de la novia. Era quien contaba los mejores, más sucios y cachondos cuentos que los tenían un poco morcillones a todos. El hombre estaba borrando definitivamente su imagen autoritaria, la de ogro militar que tenía cuando estaba en el cuartel en la mente de Pablo. Juan y Marcos eran amigos de Pablo desde la infancia, aunque no militares, por eso no conocían a Félix sino hasta esa noche.

   Esa noche Pablo vestía de manera informal, un jeans que marcaba perfectamente su gran paquete en la entrepierna, mas aún al estar sentado, cuando se levantaba por algún momento la vista perversa de Félix se posaba en ese par de grandes y duras nalgas que marcaban perfectamente la separación entre la espalda y el trasero, así como su unión con los torneados músculos. Ese jeans parecía una segunda piel sobre la musculatura de Pablo, quien ese día usaba una camisa de color negro que resaltaba su piel bronceada y sus ojos verdes en esa cara varonil. Los chistes de doble sentido, así como las fuertes bromas estaban en todo su apogeo, cuando Juan se levanta, y le dice a Pablo.

   -Esta noche tenemos una sorpresa para ti. Está en la recamara y espero que no nos hagas quedar mal, cabrón- le dice de manera sarcástica.

   -¿Sorpresa?- Pablo finge no saber de lo que se trata mientras se levanta caminando lentamente hacia la recamara, en donde lo espera la “sorpresa”.

   Antes de abrir la puerta se detiene al tomar la perilla entre sus manos y voltea para verse con los rostros rientes de sus amigos, y el de Félix, que contrario a lo que temía, se había comportado como si fuera un invitado mas, participando de todo.

   -Va por ustedes, muchachos- les dice mientras abre y desaparece en la habitación. Solo se escucha cuando la puerta es cerrada con llave por dentro.

   Félix, mientras tanto, sigue conviviendo con Juan y Marcos, que ya han bebido lo suficiente.

   -Traeré más vino- les dice poniéndose de pie, finiéndose algo mareado también; los otros dos ya están lo suficientemente borrachos para aceptar ser atendido por el futuro suegro de su amigo, aún estando en el departamento de Marcos.

   Si ellos hubieran sospechado la forma en la cual Félix ‘prepara’ las bebidas, no le hubieran permitido tocar las copas, pero no tenían forma de saberlo. Félix sirve cuatro copas, pero les agrega pentobarbital sódico a tres de ellas, que es un anestésico que se potencializa con el alcohol. Experto en el uso del anestésico, sabe cómo hacer la mezcla perfecta, así que en menos de 10 minutos Juan y Marcos ya han bebido la narcotizada bebida y el efecto empieza a hacerse evidente. No pueden mantener los ojos abiertos, cabeceando. Félix sonríe burlón, de pie entre ellos en el sofá. Eran unos atractivos carajos, lástima que no había tiempo, se dice metiendo una mano dentro del suéter de Marco, recorriéndole y apretándole una dura tetilla. Repara en los labios rojizos del balbuceante Juan, y con una mueca mete la mano dentro de su pantalón y recoge algo de la humedad que escurre de su verga de tanto mirar a su futuro yerno. Un dedo con eso va a esos labios, sonríe al untarlo, metiéndoselo. El adormilado joven lo medio sorbe. Estaban listos, se dice Félix comprobando que caen en un sueño profundo, ahí, en el sofá de la cómoda sala.

   Félix sonríe de satisfacción mientras en la recamara aún se escuchan los gemido de la chica, los intensos gritos que hacen a hombre imaginarse el placer que esta sintiendo, mientras es penetrada por Pablo. Félix tiene un plan perfecto para poder satisfacer su sexualidad en el culo de su futuro yerno (imaginarlo lo hace temblar), es justo que Pablo tenga parte de la diversión, ya que después de esa noche todo sería distinto para el muchacho. Después de esta noche sólo sería una puta sumisa.

   Pasan todavía sus buenos y largos minutos hasta que los ruidos cesan en la recamara, para después abrirse la puerta y salir la exuberante chica rubia de perfecto cuerpo y un trasero precioso con los muslos torneados marcándose mas por las zapatillas de tacón que usa. Sin decir una sola palabra camina por entre los dormidos amigos de Pablo y Félix y sale del departamento. Unos minutos después sale de la recamara Pablo, para encontrase con el cuadro de sus amigos profundamente dormidos. Se sorprende, él mismo está bastante bebido pero no tanto como para quedarse dormido.

   -¿Qué paso?- pregunta extrañado de que tanto Juan como Marcos no hayan aguantado la bebida. Siempre habían festejado juntos y eso no era muy común.

   -Creo que el vino les pegó más duro en esta ocasión. Toma aquí tengo tu copa lista- mientras la toma y se la da a Pablo en la mano, la tercera copa que ‘preparo’ con la mezcla del anestésico, para poder tener a Pablo en sus manos. O mejor dicho, para tener el perfecto trasero de su yerno en sus manos.

   -Gracias- le responde Pablo mientras apura el contenido de la copa.- Creo que deberíamos irnos. Ya es tarde.

   -Si, solo esperamos a que se te pase un poco la bebida, para que puedas manejar.

   -Está bien.

   Por más esfuerzos que Pablo hace ni Juan ni Marcos despiertan, apenas responden con quejidos sin dar señales de recuperar la conciencia. Él mismo comienza a sentirse más mareado y con sueño, pero no como para quedarse dormido como sus amigos.

   -¿Te pasa algo?- le pregunta.

   Félix sabiendo que el vino está haciendo el efecto deseado, el sólo ver esas nalgas y saber que están a punto de ser suyas, de que esa noche Pablo perderá su virginidad anal, de que lo enculará con dureza, lo hace tener una rápida y feroz erección que se disimula en sus holgados pantalones. Pablo tiene que sentarse para no caer al suelo, todo empieza a darle vueltas, escucha la voz de Félix a lo lejos.

   -No, no me pasa nada. Es el vino.

   -Toma esto. –Félix, aprovechándose de su estado, le da otra copa de vino que Pablo en su confusión bebe sin darse cuanta que eso no lo ayudará más que a caer en la inconsciencia.- Le diré a mi chofer que se lleve tu auto a mi casa y yo te llevare a tu departamento.

   -Ssssi.- responde de manera autómata mientras termina de beber la copa de vino.

   Félix sonríe al verlo así, sabe que es sólo cuestión de minutos para tenerlo en su cama, rasgándole los calzoncillos, metiéndole la lengua por el culo, saboreándolo, desflorándolo luego. Y lo haría con rudeza, para oírlo gemir y gritar. Sí, Pablo gritaría mucho, mientras se convertía en su perra.

CONTINUARÁ… (no es mío) 

Julio César.

UN TRABAJO DESEADO…

Junio 21st, 2008 by juliocesarq

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Julio César.

LA NOCHE DE SOBELLA

Junio 21st, 2008 by juliocesarq

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   El día quince de agosto de dos mil cinco, el país se había ilusionado con la esperanza de salir del desastroso gobierno de Hugo Chávez. La gente ya estaba cansada de años de prédica estéril, de decir una cosa, atacando, descalificando, crítico y duro, mientras se hacía otra totalmente distinta, de forma completamente descarada. La entrega del país por pedazos; la deliberada destrucción de la mayor empresa, la única que sostiene a todos, PDVSA, pensándose en un remate final al mejor postor; las persecuciones políticas; los juicios amañados; los asesinatos; las agresiones; el maltrato de conciudadanos a manos de cubanos; el odio mondo y lirondo que el Líder exhalaba y sus complejos de inferioridad, habían rebasado el plato. La gente quería salir pacíficamente de ese problema. 

   El resultado es conocido ya de todo el mundo, de forma sorpresiva, que nadie creyó, el presidente Hugo Chávez fue declarado vencedor de la prueba electoral por un Consejo Nacional Electoral nombrado para eso, con un trío de curiosos personajes que debían representar a las mayorías ciudadanas, donde uno de ellos, Oscar Battaglini, se declaraba chavista de uña en rabo de propia voz; otro, Francisco Carrasquero, se llamaba imparcial y poco después era nombrado magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, por el Gobierno; y el otro, Jorge Rodríguez, terminó como Vicepresidente de la República. Y aunque este trío, que conformaba la mayoría y desidia todo lo que se hacía o no dentro del organismo, y controlaba todo lo relacionado con el referéndum, fueron denunciados, ni el Centro Carter, la OEA o el llamado Grupo de Amigos de Chávez, los objetó jamás. Ni siquiera después de que consiguieron sus nuevos cargos, algún miembro de estas organizaciones hizo un señalamiento. 

   De ese día infausto, recuerdo claramente el valor de dos mujeres singulares. En un país de mujeres corajudas (cuando se escriba la historia de estos tiempos las féminas alcanzarán alturas épicas), dos dieron la tonada del triste día dieciséis: Marta Colomina y Sobella Mejías. Cada una, dentro de su campo, libró la gran batalla de resistencia, fueron oídas por muy pocos. Pocos intentaron hacer algo. La mayoría guardó silencio y las dejó a su suerte. 

   El Gobierno intentó por todos los medios evitar el referéndum. Lo primero que hizo fue desestimar y desconocer el primer intento realizado para recolectar las firmas para hacer la petitoria. No habiendo separación de poderes, la ciudadanía no tuvo a quién ocurrir ante tal pretensión. Se hizo una segunda recolección de rúbricas, pero entonces salieron con el cuento de que la gente no había escrito por sí misma en los cuadernos donde se tomaban los datos, dándose a la recolección, el mismo día del hecho, la denominación de mega fraude. Así lo llamó el Presidente en persona, y el resto de los acólitos repitió como loro. Se dijo de las firmas planas que eran inaceptables. Y al cometer un magistrado del Tribunal Supremo de Justina, de la Sala Electoral, Alberto Martini Urdaneta, honesto y valiente, el delito de decir que esas firmas sí eran validas para pedir un revocatorio, la jauría se le lanzó encima. Se le desobedeció y se le separó del cargo, sin que las fuerzas de oposición hicieran un amago siquiera de apoyarlo; mientras Brasil, Argentina, la OEA y España gritaban a coro: así, así, así es que se gobierna. 

   Lo curioso fue que para varios de los llamados diputados de la oposición, cuando se recolectaron firmas para sacarlos de la Asamblea Nacional, se notó que estas eran ‘planas’; sin embargo esto sí ya no era un problema ni era una irregularidad en este caso, como Carlos Escarrá no se cansaba de repetir, el otrora hombre de leyes, envilecido ahora por las mieles del poder. No, las firmas planas sólo eran ilegales cuando estaban en contra del Gobierno. Nuevamente Brasil, Chile y Argentina admiraron el tino democrático y legalista del Régimen: lo bueno para mí, lo malo para ti. 

   Cuando al Gobierno no le quedó más remedio que aceptar que se recolectaron las firmas, rebajando el número de ellas para hacer creer al tonto, imagina uno que en España o en la redacción del The New York Tames que no era tanta la gente que odiaba al Líder, se blindó el tinglado del Consejo Nacional Electoral. De los cinco rectores que debían dirigir y controlar los comicios, que se suponía debían ser elegidos por la sociedad civil, y aunque la gente gritó que todo quedaba en manos de una mayoría gubernamental (Carrasquero, Battaglini y Rodríguez), dejando a sólo dos para la ‘oposición’ (Ezequiel Zamora y Sobella Mejías), estos últimos quedaron completamente alejados de toda dirección de control. El Centro Carter, César Gaviria, Brasil, Argentina y Estados Unidos se aprestaron a avalar tal situación. 

   Comenzaron las denuncias de que se cedulaban dos y tres veces a las mismas personas, que se nacionalizaba a gente sin los requisitos, y que el fiscal de cedulación, que siempre era representante de la oposición para equilibrar a la dirección de identificación, en este caso pertenecía al partido de Gobierno. Se dijo que los equipos traídos para el voto computarizado eran poco fiable, primero porque sólo el Gobierno tenía acceso a los programas y al control de las máquinas; segundo, porque había sido demostrado que era posible saber por quién votó cada persona en pruebas en vivo; y por último que los resultados podían ser modificados con tan sólo iniciar un programa oculto. Eso se gritó en muchos programas de televisión, en la radio y en la prensa. Marta Colomina, Patricia Poleo, Nelson Bocaranda y otros lo manejaron casi como tribuna abierta y diaria, con expertos que alertaban del problema, aunque los llamados líderes de la oposición daban toda clase de garantías de que era imposible hacer trampas con el sistema, y que las elecciones estaban blindadas contra el fraude. Fue más la acción de esta gente, que la propaganda electoral, la que hizo creer a la ciudadanía que de esta forma se podía salir del problema en el que se metió Venezuela botando por un hombre que juró convertir a su país en otra cárcel como Cuba. 

   Con estos políticos llamados de la oposición pasaba algo muy extraño, mientras todo el mundo veía peligros y sombras de fraude, incluida la excelente gente del grupo SÚMATE (odiados por Gobierno y oposición, por eficientes), ellos auguraban un final feliz, con un presidente Chávez reconociendo su derrota y marchándose dignamente (ja), como si del viejo Raúl Leoni, el gran demócrata que dijo que si perdían por un sólo voto entregaban el coroto, se tratara. Por mucho tiempo estos señores gritaron que este era un Gobierno autoritario, tramposo y delictivo con tendencia dictatorial, pero en el fondo no lo creían. El peligro que el hombre y la mujer común percibían en cada acto del Régimen, era algo desconocido para ellos, demostrando que eran una generación de políticos incapaces de enfrentar, dirigir u organizar nada. Ya no digamos de ‘cobrar’ un resultado electoral; el problema estuvo en que hicieron creer que si podían. Estafa, creo que le llaman a eso. 

   Los grupos de vigilancia ciudadana denunciaban que se cedulaba muchas veces a los mismos grupos pregobierno, que se negaban las auditorias al registro electoral, y mucho menos se permitía su publicación (¿cómo explicar tantos inscritos sin dirección fija?), que se procedía al negoción de las máquinas, que tampoco fueron auditadas, a no ser por aquellas que escogieron los rectores electorales puestos ahí por el Gobierno. Sin embargo, el Centro Carter, la OEA y los observadores internacionales no vieron en ello ninguna irregularidad. Según ellos, eso siempre se hacía así, aunque meses después se asistió a la escena más dantesca en los últimos tiempos, cuando Jimmy Carter, mostrándose como el cínico sin escrúpulos que es, denunciaba y se oponía tajantemente al uso de máquinas electorales en Estados Unidos, ya que eran susceptibles de ser alteradas y sus resultados eran poco confiables. ¿Alguien le preguntó por qué se negaba allá a lo que aquí favoreció? No, las respuestas podrían ser muy bochornosas para el gran país que un día lo hizo presidente. 

   ¿Hace falta hablar de ese día quince de agosto? Fue soleado, las colas fueron largas y con muy poca movilidad, parecía algo hecho a propósito para desanimar a los votantes, pero la gente aguantaba. Cosas curiosas se sucedieron sin parar, la gente, frente a la Guardia Nacional, hablaba de forma clara y alta que ya era hora de buscar un cambio y dejar la peleadora. Cuando alguien miraba a un conocido dentro de la cola le gritaba: ¿vas a votar? Este respondía: claro que ‘sí’, en clara alusión a su preferencia. Algo extraño, ya que el venezolano siempre había mantenido cierto respeto a la no propaganda en esas colas. Mientras caía la tarde comenzaron a llegar los resultados a pie de urna, tanto de los partidos políticos como de los observadores internacionales, también los que dejaban filtrar los testigos de mesa. Todos los esperaban con ansiedad. 

     La Casa del Partido del Gobierno lucía solitaria en horas de la tarde; y una alocución del Vicepresidente de la época, José Vicente Rangel, más bien sonaba a despedida. Un aire triunfalista comenzó a manifestarse dentro de la oposición. Pero el Consejo Nacional Electoral nada soltaba, dejando correr las horas, negándose a cerrar las mesas de votación aún pasada las ocho de la noche. Las horas pasaban y pasaban y los benditos primeros resultados nada que se anunciaban. La gente, pasada las doce de la noche, se retiró a dormir, sintiéndose aliviado no sólo del resultado que veladamente ya manejaban las televisoras, los comandos de campaña de los partidos y aún la prensa internacional, sino que parecía que todo transcurriría con tranquilidad, sin necesidad de llegarse a una guerra interna. 

   Sin embargo una voz de alarma estalló con toda crudeza a tempranas horas de la madrugada, cuando dos de los rectores principales, aquellos asociados a la oposición, aparecieron frente a las cámaras de televisión. Quienes aún se mantenían pendientes de las noticias, se inquietaron ante la vista de esos dos, que se notaban agotados, furiosos e impotentes. Eran ellos un Ezequiel Zamora de mirada mortecina, cansado, como hastiado de tratar con este país; y a su lado, Sobella Mejías, esa mujer de porte sencillo, de doñita de casa de clase media alta. Fue ella quien llevó la voz cantante, la que estaba ahí y la destinada en ese momento para dar el grito de alerta. Con rostro desencajado, ojos muy abiertos, asustada, mirando hacia los rincones como si temiera que en cualquier momento  apareciera la Policía Política, la DISIP, que la arrastraría fuera de foco hacia un calabozo, habló. La mujer con voz tartajeante, de miedo, de verse de pronto impulsada a un papel protagónico que tal vez no había deseado, pero sintiendo eso que llaman la voz de la conciencia y la llamada de la historia, denunció lo increíble.   

   Mientras los cómputos iban llegando a la sede principal de CNE, un grupo de técnicos relacionados todos con el Gobierno, con otro grupo de técnicos cubanos, se habían encerrado en la Sala de Totalización, de donde ella, a pesar de ser una rectora principal, fue sacada con malas caras y tratos por la Guardia Nacional, y se le impidió la entrada al otro rector cuando éste quiso protestar por esa arbitrariedad. Los llamados observadores del Centro Carter, de la OEA, y de países cómplices como Argentina, España y Brasil, también fueron retirados y no se les permitió la entrada nuevamente. Todo eso fue denunciado por esa mujer que abría desmesuradamente los ojos: que las actas electrónicas, los resultados, estaban llegando y se hacían manipulaciones a espaldas del país y de los observadores, de las que ellos (ella y Ezequiel) nada sabían. Ella llamaba al pueblo de Venezuela para alertarlos, no sabía qué estaba pasando con las actas y los resultados computarizados, ni lo que podría ocurrir con ellos en esa encerrona. No lo dijo con todas las letras, pero estaba implícito: ¡los habían sacado de allí para invertir los resultados! ¡Para hacer trampa! Un fraude mondo y lirondo, donde ellos sacaban sus propias cuentas y, oh, sorpresa, les daban como querían. Pero ella no pensaba permitírselos. Lo gritó, lo denunció, lo otro sería la salida a las calles de la población, capitaneados por los políticos. Que se armara la ucraniana, pensó la mujer para sus adentros, y que Dios cuidara de todo el mundo, pero eso no podía quedarse así. Seguramente también contaba con la colaboración de los llamaos observadores, que habían constatado en vivo las irregularidades (¡qué inocencia!). 

   Menos de dos horas después, con su cara muy lavada, el señor Carrasquero repetía unos resultados que en horas de la tarde ya los canales estatales habían repartido en varios medios de comunicación a nivel mundial, coincidiendo a la maravilla los números, cosa de pitonisos. Lo que vino después fue la estupefacción. El país quedó silencioso, en shock. La oposición no entendía qué había pasado, los seguidores del Gobierno tampoco salieron a celebrar esa madrugada del dieciséis, así como todo ese día. Nadie podía creerlo. Y en medio de ese silencio de depresión, de engaño, de muchas lágrimas de frustración, una voz se levantó con furia, con amargura, decidida, resuelta y valiente, doña Marta Colomina, quien desde su programa mañanero en ese que otrora fue un canal libre, TELEVEN, llamó fraude al fraude, mientras otros intentaban recular o suavizar los términos. Lo dijo con rabia, con voz dura, tanto que muchos de sus invitados parecían algo temerosos. Ella y el fallecido Jorge Olavarría, un hombre que había defendido y encumbrado a Chávez, repudiándolo al saberlo un demente peligroso para la salud de la patria, hablaron con toda la hiel del desencanto esa mañana. 

   De ese infausto dieciséis de agosto, se levantaron voces discretas como la de Mari Pili Hernández, una periodista radial defensora del Régimen, quien pidió ponderación en los comentarios y que dejara de hablarse de fraude, ya que eso dividiría más al país y creaba un caldo peligroso para la paz. José Vicente Rangel, Vicepresidente para el momento, llamaba a la calma, que la vida republicana continuaría. Del resto, los políticos brillaron por su ausencia, tanto los del Gobierno como los de la mal llamada oposición, gerentes para tiendas, pero no para administrar tiempos duros y de batalla. Y comenzaron los relatos de leyendas. Unos decía que César Gaviria, Secretario General de la OEA para el momento, furioso, amenazaba con irse del país sin reconocer los resultados ante la evidencia del secreteo en la Sala de Totalización, donde sólo el Gobierno estuvo presente para sumar los cómputos. 

   Era mentira, tal dignidad y resolución jamás existió. Para esos momentos Estados Unidos, embarcados en otro atolladero bélico en el Golfo, necesitaba lo que aún creía el suministro confiable de combustible desde Venezuela, y lo que menos deseaba era una guerra civil, como si esa fuera desición suya. Pero podían permitirse tal altanería, ya que es como dice el periodista Rafael Poleo, el imperio sí existe y es bien maluco. Otra leyenda hablaba de un joven técnico que salió corriendo de la Sala de Totalización y le dijo a un grupo de observadores que estaban invirtiendo el resultado del referéndum, siendo detenido inmediatamente por la Policía Política. La especie jamás pudo ser verificada. Lo cierto es que las cifras finales fueron, pero de orden contrario, las que todos los resultados a pie de urna daban en horas de la tarde el día anterior, dando como triunfador al “sí, si queremos salir del Presidente”. 

   Un grupo de espontáneos, llenos de rabia y desesperación, de impotencia, se reunió rápidamente en la plaza Altamira, a protestar contra el fraude. Es de justicia reconocer el valor de algunos políticos, casi todos del Comando de la Resistencia, al que pertenecen Antonio Ledesma, Oscar Pérez, y hasta el momento de su huida forzada del país, Patricia Poleo. Allí, respondiendo a la máxima de que muerto el perro se acaba la rabia, frente a las cámaras de televisión, un hombre bajó de una motocicleta y disparó contra los manifestantes, matando a la señora Ron (no Lina Ron). El Gobierno, más tarde, hizo lo imposible por decir que la culpa era de los reunidos, que había que enjuiciar al Comando de la Resistencia, como fue culpa de los marchantes del once de abril del dos mil dos, el morir por marchar. Por el asesino se hizo de todo para salvarlo, y ese juicio aún no termina. Sabe el Gobierno que cuenta con sus ‘documentalistas’ que luego saldrían a contar la ‘verdad’ en universidades idiotas y países creyentes de pendejadas, pero sobretodo con la complicidad de los que sí fueron informados de forma concreta y veraz, como el señor Lula da Silva, Ernesto Kirchner, la señora Bachelet y Rodríguez Zapatero. 

   De ese desastre electoral, del hecho de la totalización de los resultados en forma muy privada, presente únicamente los afectos al Régimen, y que luego uno de los rectores saliera para el Tribunal Supremo y otro a
la Vicepresidencia de la República, nadie ha dado explicaciones. Ni Brasil o Argentina, ni Chile o España; se conformaron con hacer pensar que creían en aquella payasada, aliviados de que solamente mataran a una o dos personas en todo el territorio y ya. Para Lula y Kirchner, ahí radicaba el éxito. A Marta Colomina se la cobraron y salió de TELEVEN, casi condenándolo con su ida. A Sobella Mejías se le trató mejor, incluso se dijo que se le propuso, al salir dos de los rectores, el que fuera presidenta del CNE. Ella continuó allí, preparándose para las siguientes elecciones, las de gobernadores y alcaldes, que la oposición corrió a aceptar cuando Chávez lo ordenó. Él quería elecciones y había que complacerlo, aunque los resultados ya se sabían y que Marta Colomina se halaba los cabellos intentando explicárselos a la oposición. Era obvio que la maquinaria del fraude no iba a detenerse después de los buenos resultados obtenidos, la clara cobardía e incompetencia de la oposición y la carbronería internacional. Todos sabían que se perderían estados en manos de la oposición, como Miranda, Lara y Carabobo. Sólo Enrique Mendoza, Eduardo Lapi y Salas Feo, sus gobernadores para el momento, lo ignoraban.
 

   Mientras se preparaban estas contiendas, mucha gente, incluido mi apreciado señor Rafael Poleo, criticó a Sobella Mejías por no hacer más para detener a esta gente. Todos la notaban tibia y callada. Pero para ese momento ya Ezequiel Zamora se había retirado y la correlación de fuerzas era de cuatro oficialista contra ella… Y seamos sinceros, ¿qué ganas de hacer nada podía tener esa señora? Esta mujer, una rectora principal, había sido agredida por la Guardia Nacional el ocho de febrero del 2005, siendo vapuleada e insultada, conociendo en propia carne de los atropellos, abusos y violencia del Régimen. Se dijo que se investigaría el hecho pero nada se hizo. Y sin embargo, esa madrugada del día siguiente al fraude, logró sacar fuerzas de flaquezas, y a pesar del temor, con alarma pero resuelta, dio la voz de alerta: hacen trampa, no me dejan ver qué hacen con los resultados, hay que pararlos, salgan todos a la calle. Eso dijo con tartajeos, sabiendo que el Régimen ahora podría ser aún más violento; pero con ese valor curioso de las mujeres, que no piensan en el poder inmediato, como los hombres, sino que sacan rápidas cuentas sobre la vida y bienestar de hijos, sobrinos, ahijados y nietos. Pero nadie salió, los políticos de oposición se mimetizaron con sus camas, escondiéndose. Ella debió verlo, con rabia, seguramente con algo de llanto en sus ojos, esa mañana del día dieciséis, y debió pensar: ah, ¿no harán nada?, jódanse. Ella hizo su parte, el país falló.   

   Sobella Mejías está ahora jubilada, alejada de los abatares públicos. Posiblemente dedica más tiempo a su carrera, es abogado y Magíster en Ciencias Políticas, de larga y honorable trayectoria en las faenas electorales. Tal vez se dedica más al cuidado de su casa, de un jardín, o al cepillado de una perra. Ella merece estar bien, en paz, pero seguramente no lo está, porque es una mujer realista, cabal e inteligente, y debe temer por el futuro de Venezuela bajo la suela del dictador cubano, el sombrío anciano líder de un sanguinario régimen que sólo ha sembrado muerte, dolor y miseria por donde ha pasado. Pero Sobella Mejías debe tener claro en todo momento que ella cumplió con todo lo que pudo para impedir tal descalabro. Tal vez antes o después de eso no realizó nada digno de unas líneas en cualquier reseña, pero esa noche, la noche del fraude, del robo, del engaño en complicidad con gobiernos pro dictatoriales, hizo lo que pudo por salvar a su país, puso en juego todo aquello de los que tantos hombres adolecieron en ese momento, bolas, incluido el valor de hacer lo correcto, lo necesario, así eso significara ser agredida, arrestada y vejada en un calabozo de la tenebrosa DISIP. 

   Esta mujer de rostro ancho y anodino, se convirtió esa noche, la noche de su vida, la noche de Sobella, en otra de esas féminas cuyo retrato cuelga en una larga galería de valor, determinación y coraje. Su conciencia está tranquila, los demonios del arrepentimiento y la culpa no la perseguirán jamás. Ella puede mirar de frente a quien quiera, explicando sus acciones o no, estos hablan por ella. Hizo lo que debía y eso debería bastarle para brindarle tranquilidad hasta el final de sus días, pero casi estoy seguro de que no es así. Venezuela continúa en la oscurana, esa de la que habló un día Alí Primera: en mi tierra los hombres han tomado partido, unos por la vida, otros en contra de ellos mismos… 

Julio César.

SEXO DEL DURO Y SUCIO

Junio 18th, 2008 by juliocesarq

   Como todo hombre, me gusta lo erótico y lo pornográfico, digan lo que digan. He tenido aventurillas con mujeres que no entendían por qué compraba revistas o películas del género. Aunque nunca las creí muy sinceras. Sé, de buenas fuentes, que las mujeres también disfrutan ciertos relatos, o escenas. Con la red, la Web, es posible encontrar páginas con historias increíbles, de la cuales, en años pasado, fui tomando algunos cuentos, los que más me gustaron. En ese entonces no tenía en mente nada de todo esto del blog, por lo que no guardé muchos datos. Pero en este espacio quiero dar a conocer algunos de esos cuentos, los más curiosos y… buenos. Quien los reconozca que se manifieste y aporte datos.

   Este relato cae dentro de una categoría dura, casi extraña. Su protagonista es un ser cruel, maligno, maldito y sádico. Una mente tan tortuosa como enferma… y excitante. De verdad que no me gustaría creer que algo así puede pasar, o pasarle a uno (no imagino cómo), pero fantasear sobre ello está bien. Lo digo en serio, esta historia es totalmente prohibida para menores de edad, ni para personas que les disguste, ofenda o lastime leer sobre… violaciones, sadomasoquismo, bondagge. Y en esta hay mucho de todo esto. Si no te gusta, no sigas leyendo. Por otro lado, el autor, de quien sólo tengo está denominación: CAPRICORNIO1965, se explaya en descripciones y consideraciones que tal vez aburran un poco, pero como lo puso lo transcribo. Es bueno. Disfrútenlo:

……

   Félix Santos, el rudo mayor del ejército, se alegra cuando sabe que el arrogante sargento Pablo Arenas es novio y futuro marido de su hija; pensaba cobrar las viejas rencillas entre ambos, y de una sola forma: tomar posesión del musculoso y joven cuerpo de aquel macho que iba a transformarse en su hijo político, convirtiéndolo en su puta… 

EL SUEGRO

sigue-y-te-clavo-uno.jpg   Era de los que cobraban…    El sargento Pablo Arenas, piloto militar de profesión, 30 años de edad, deportista por placer, es un hombre atractivo y viril de cuerpo sólido y musculosamente armónico. Es un moreno de facciones afiladas, ojos verdes, cejas pobladas y pestañas gruesas, dándole una apariencia sumamente varonil. Su mirada penetrante, escrutadora, parece descifrarlo todo con una sola mirada. La nariz recta, con unos labios gruesos, sin ser toscos, daban a su boca la forma perfecta, entre los rojos labios la dentadura era perfecta y blanca. Pablo conquistaba a todo el mundo con solo sonreír, con es timbre de voz tan varonil y agradable que lo hacía ser unos de los abogados militares más solicitados y mejor pagados del estado. Su cuello grueso, definido y largo, da paso a un tórax desarrollado por el ejercicio que se había acostumbrado a practicar desde su adolescencia.

   Su musculoso pecho, así como los paquetes musculares en su abdomen y vientre, sin grasa en su estrecha cintura, una espalda ancha a la altura de los hombros y estrecha acercándose a la cintura, para después dar paso a esas dos nalgas grandes, de perfecto tamaño y curvatura, el trasero mas perfecto que había sido fantasía erótica de muchas mujeres, y hombres también, lo hacían llamativo. Las piernas de músculos largos y tonificados, con muy poco vello delgado y corto, su miembro de buen tamaño, alcanzando los 23 cm. cuando estaba erecto y casi los 5 cm. de ancho, y sus dos bolas en una amplia bolsa escrotal que las mantenía suspendidas a cierta distancia de su perineo lo hacían ser muy deseado también. Alto casi 1.95 m 95 Kg., de sólidos músculos, era todo un caramelito.

   Debido a su profesión, Pablo acostumbraba usar ropa militar aunque ni aún estas, cuando las usaba, ropa holgada, se podía disimular su cuerpo perfecto. Su atractivo viril, de sensualidad masculina y salvaje era imposible de ocultar, sus ojos verdes resaltaban en su piel morena y bronceada. Era un bendito, un triunfador. Sin embargo la vida del joven daría un giro en pocos días, ya que desde hacia algunos meses había estado saliendo con Karina, una joven de buena posición económica, huérfana de madre desde muy pequeña, delgada y alta, de buen cuerpo, con las medidas perfectas 90.60.90, de piel blanca, cabello liso largo que le llegaba hasta la mitad de la espalda, castaño. Contaba con unos senos redondos de prominentes pezones que se notaban aun por debajo de la ropa que usara. Su delgada y firme cintura en la que Pablo acostumbraba poner sus manos, abarcándola totalmente era tan atractiva como las piernas perfectas de muslos torneados.

   Cuando usaba zapatos de tacón alto sus hermosas piernas se estilizaban mas, dándole un atractivo extra, además de tener una cara angelical de facciones pequeñas. Labios rojos sensuales, delgados pero con una forma atractiva, pómulos altos, nariz respingada y pequeña. Además de una voz tan sensual que podía hacer que Pablo tuviera una erección tan sólo con oírla. En conjunto Karina tenía un atractivo que lo hizo desearla desde que la vio y estar con ella. La joven era una chica chapada a la antigua, ya que aunque entre ellos ha habido besos y caricias atrevidas, le dejo en claro que quería llegar virgen al matrimonio, eso hizo que Pablo se encaprichara mas con ella, al principio, aunque después de estar saliendo y hacerse novios, se enamoro como un adolescente, y respetando sus principios, le propuso matrimonio, no sólo para poder hacerle el amor, sino también por que encontró en Karina la mujer ideal con la que deseaba pasar el resto de su vida, tener hijos con ella, además tenia la edad perfecta para contraer matrimonio, según el.

   Karina era 8 años mas joven, apenas acababa de cumplir 22 años y vivía con su padre, quien también era militar, el Mayor Félix Santos, aunque en los últimos meses, el padre de Karina había sido enviado fuera del país, pero regresaría unos días antes de la boda. Félix y Pablo se habían conocido años atrás cuando Pablo ingreso a la fuerza militar y estaban en el mismo batallón, y aunque Pablo estuvo en algunas ocasiones bajo el mando del Mayor Félix Santos, siempre existió entre ellos cierta antipatía. Pablo, siempre había sido muy seguro de sí mismo y exigente con los demás, siempre quería la perfección en las acciones, se creía que era el mejor de todos los de su batallón y en realidad era un buen elemento, sólo que se había ganado la antipatía de muchos de sus compañeros por su altanería, incluso la del Mayor Félix santos, quien ahora, dentro de poco, se convertiría en su suegro.

   Félix, por su parte, siempre quiso darle a Pablo una lección aunque jamás encontró algo de donde poder agarrarse y joderlo, el tiempo en el que Pablo estuvo bajo su mando, se le fue a Félix en tratar de encontrar alguna falla en Pablo para hacerlo sentir mal y humillarlo frente a sus compañeros. Quizá lo que a Félix mas le molestaba del joven Arenas era que ambos tenían un carácter similar y uno quería ser mejor que el otro, aunque por los años que Félix tenía dentro del ejército su rango era mayor. Félix nunca logro doblegar al rebelde militar Pablo Arenas, y eso le obsesionó durante años; doblegar a ese rebelde militar era parte de su tarea, ninguno se le había escapado, a todos los militares bajo su mando los había humillado y avergonzado. Lo consideraba parte del entrenamiento, de la vida militar en el cuartel; pero con Pablo todas sus tácticas habían fallado, después fue enviado a un base fuera del país por unos meses, fue cuando Pablo conoció a Karina, la hija de su rival en la base, y todo cambió para el.

   Desde que estaba junto a Karina su vida se había transformado. Karina era tan femenina, tan frágil, que siempre le inspiraba aparte de amor ternura, darle protección y seguridad, siempre la había visto tan desvalida. Incluso en estos meses que Karina había estado sola, él siempre la había acompañado, se había identificado plenamente con ella, y todo su mundo sentimental lo había llenado en unos cuantos meses. Karina lo había trasformado, ya no era él mismo, sus expectativas de vida habían cambiado totalmente. Cuando Pablo comenzó a tratar a Karina, sabía perfectamente que ella era hija del Mayor Félix Santos y ella sabia perfectamente que el sargento Pablo Arenas era el rebelde militar que le había causado tantos dolores de cabeza a su padre, pero el destino los había unido, en una ocasión en la base militar. Karina había tenido que ir a recoger cierta papelería de su padre para un movimiento bancario y ahí fue donde Pablo la vio, en ese momento se enteró de quién era, y pensó en salir con Karina para molestar a Félix, y porque ella le gusto demasiado. Pensó que Karina seria igual que su padre, pero al comenzar a tratarla encontró en ella a un ser dulce y romántico que lo fue conquistando, olvidándose por completo de Félix.

   El Mayor Félix Santos sabía ya del noviazgo de Karina por que ella le había escrito para contárselo, no le gusto mucho pero a medida que fue viendo la felicidad en su hija, tomo la decisión de aceptarlo, a pesar de ser quien era. Además secretamente se alegro de volver a encontrarse con el arrogante y altivo sargento Pablo Arenas; había llegado el momento de ajustar cuentas de una vez por todas, de hacérselas pagar muy caro.

   Félix era un hombre muy joven, tenía apenas 45 años, pocos años de diferencia con Pablo. Era muy alto, de complexión robusta, entrenaba en el gimnasio y practicaba tenis y natación. De barba corta y bigote en forma de candado, es un moreno de nariz y labios gruesos, frente pequeña y cabello chino, que acostumbraba traer bastante corto, aunque estaba vestido, se podía adivinar que su cuerpo se mantenía en forma, aunque no era precisamente un cuerpo tan marcado como el de Pablo, que era muscularmente perfecto. Félix era más grueso, muy velludo de todo el cuerpo, pecho, brazos, piernas, nalgas y espalda. Su esqueleto era de huesos gruesos y a pesar del ejército tenía una apariencia robusta, aunque sólida. Era bastante alto 1.90 m. y pesaba 105 Kg. Karina no tenía parecido fisco con su padre, más bien era casi una copia de su madre, que había fallecido cuando ella era una niña, quedándose al cuidado de Félix, quien se había dedicado a ella por completo, jamás volvió a casarse y había sido muy discreto con sus aventuras amorosas.

   Félix secretamente ha tenido una intensa vida sexual, sobre todo cuando había sido enviado fuera del país, donde había estado involucrado con varias personas de su mismo sexo, eso si todo en absoluta discreción. Cosa que es desconocida para todos. Gustaba de someter a chicos guapos y héteros, y desde el primer momento que vio a Pablo, se le antojo. Cuando vio el atractivo y la sensualidad viril de muchacho deseó poseerlo, doblegarlo hasta convertirlo en un juguete sexual, disfrutaba de forma casi sádica doblegando hombres varoniles y atléticos, viriles y heterosexuales, quebrantándolos. Incluso había hecho desertar a varios en el ejercito en algunas ocasiones, pero Pablo siempre le respondió, nunca se doblego, y eso acentuó en Félix más el deseo, las ganas de hacerlo suyo, cosa que consideró casi imposible porque no tuvo el tiempo suficiente para doblegar al rebelde militar cuando fue transferido, pero ahora el destino lo coloca en una situación favorable, tendría a Pablo muy cerca de él, serían de la misma familia.

   Por su parte, la familia de Pablo vivía en la misma ciudad, pero, se veían poco por las ocupaciones, además de que siempre habían sido muy independientes. Tenía una sola hermana que vivía en Canadá, desde que se caso y sus padres, vivían en una de las mejores zonas de la cuidad, aunque se dedicaban a viajar constantemente a recorrer el mundo.

   Faltaba justo una semana para la boda cuando Félix les avisa que llegará en unas horas, así que tanto Karina como Pablo van por al aeropuerto a recogerlo. El encuentro entre Félix y Pablo fue tenso, lo sintieron, pero como lo más importante para ambos era no hacer sentir mal a Karina, disimularon. Félix desde un principio, le hizo saber a Pablo que no le permitiría que hiciera sufrir a su “muñequita” como acostumbraba llamar a Karina, pero que le gustaría que entre ellos hubiera confianza y una relación cordial, ya que para él era muy importante estar en contacto con su hija, la había tenido abandonada por unos meses, pero ahora deseaba estar con ella. Pablo y Karina para no dejar solo a Félix, habían decidido vivir en la misma casa, mientras terminaban de construir la residencia que ellos habitarían y que estaría justo al lado de la de Félix, así Karina estaría en contacto con su adorado padre, constantemente. Después de la cena en la que se rompe el hielo entre el futuro suegro y yerno, Karina estaba feliz de ver como los dos hombres hacen un esfuerzo por limar las asperezas del pasado. Incluso Félix trata ahora con cordialidad a Pablo.

   Pablo tarta de ser lo más agradable posible con Félix, sabe que eso es importante para Karina y el desea complacerla. Es tanta la euforia, que cuando se despiden, Karina acompaña a Pablo a la puerta, y no reparan en la mirada de Félix que se vuelve penetrante y se posa por ese par de nalgas, duras y redondas, de perfecto desarrollo muscular de Pablo. Su vista se clava en ellas como si quisiera tocarlas, morderlas, penetrarlas. Pablo está usando un pantalón de vestir, camisa de manga larga y corbata, se ha quitado el saco, así que le vista de Félix aprecia detenidamente esos atractivos glúteos, que pronto serían propiedad de su hija. Su mirada esté pegada a esas duras redondeces de su yerno, siguiéndolas, acompañándolas en cada movimiento que el joven da al caminar, imaginándose lo satisfactorio que será tocarlas, hundir sus dedos en ellas, pasar su lengua sobre ellas, saboreándolas.

   En esa noche Félix sueña con ese par de perfectas nalgas, lo mira caminar usando una tanga roja. Despierta sudoroso, frotándose el miembro al recordar como se movían ese par de duras nalgas mientras Pablo caminaba hacia la salida y en como Karina, discretamente, puso una de sus manos casi sobre la curvatura donde se unen con la espalda baja. Frenéticamente se frota su gruesa verga que está babeando por el deseo del perfecto trasero de su futuro yerno, casi gruñe mientras su mano sube y baja, imaginándose metiéndola forzada en ese chico agujerito que se abriría a su masculinidad.

   El espeso semen que es expulsado de la excitada verga de Félix, queda entre sus manos. Jadea agónico, con los ojos cerrados, recordando el bonito rostro del muchacho. Levanta sus manos con los restos de semen y empieza a lamerlos con gula y vicio; usando su lengua limpia cada rincón de sus manos con los restos de esperma, imaginándose la imagen de Pablo, que se ha quedado grabada en su mente. Lo ‘ve’ a él tragándose esa leche. Después se va a dormir. Aun con la verga dura, insatisfecha de no poder penetrar aún lo que tanto desea.

   Félix no es de los hombres que se queden con ganas de algo, así que su mente empieza a idear la forma de poder poseer ese ansiado culo, de penetrar y sentir como el estrecho esfínter del culo de Pablo, le aprieta la verga mientras él lo coge furiosamente. Lo imagina gritando, revolcándose, siendo sometido, cogido. Esa sería la forma perfecta de doblegar al rebelde militar. Por lo pronto, el ganar la confianza de Pablo es lo primordial, que confié en él y que se olvide de las rencillas del pasado e el cuartel. Luego lo convertiría en su perra. Su puta.

CONTINUARÁ… (no es mío)

Julio César.

HACER UN HOMERO SIMPSON

Junio 18th, 2008 by juliocesarq

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   Hace tiempo, en un capítulo de mis queridos Simpson, presencié uno de los momentos más hilarantes de dicha historia. A Lisa le había salido una competidora en la escuela, una niña sifrina que decía “cómo crees”, que la hizo sufrir. Pero lo realmente increíble de ese episodio fue la actitud de Homero, quien se involucró en una de sus ideas más desacertadas, locas e irresponsable: iba a hacerse rico recogiendo y vendiendo manteca usada. Grasa de cocina. En un momento gastó más dinero del que iba a ganar friendo unas tocinetas. Lisa, incrédula ante tantas tonterías, le pregunto: ¿Te harás rico vendiendo grasa? Y él, con un airecillo de quien responde a una gran bobería, replico: “No, llevaré gastos inteligentes, ahorraré y haré buenas inversiones”. Lo dijo como si la locura fuera esa, no su plan. Yo me reí largo rato ante tanta inconsecuencia. Pero esa forma disparatada de pensar la manifiestan demasiadas personas. Por un lado es bueno, porque incentiva la aparición de mercadillos que uno ni imaginaba. Hay quienes alquilan sillas frente a colas largas donde la gente espera para hacer trámites. A su manera, son útiles. 

   En buena medida esa manera irresponsable de pensar es un mal generalizado de nuestros tiempos. Los Simpson no hacen más que colocar un enorme reflector sobre el problema (enorme como debe ser Homero en carne y hueso). Creo que por eso me gustan tanto, motivo por el que otros los detestan. Desde que aparecieron hace tantos años, los defendí diciendo que los Simpson eran gente como uno (siempre me replicaban: serán como tú). Pero el que resulte grotesco, o desagradable, no lo hace menos real (el problema de la inconsecuencia, no los Simpson). Ni va a desaparecer. Y me temo que por sí mismo tampoco se va a corregir. Por experiencia se sabe que todo camino fácil es el que se toma, así el resultado no sea el deseado, pero termina aceptándose como a todo, aún a una mala suegra. ¿Cuántas personas no arrojan la basura por la ventanilla del auto ya como algo automático, sin detenerse a pensar en ello? La maña comenzó con la prisa: no había donde botarlo y se arrojaba, sintiéndose cierta culpa. La costumbre acabó con eso. Ahora el gran basurero que terminan siendo tantas ciudades (en Venezuela) es cotidiano, por lo tanto no merecedor de una segunda mirada o análisis. Uno se acostumbra como a ver un perro en una esquina o una mata secándose. 

   Ah, carrizo, ya divago y me aparto de lo que deseaba hablar. Es  lo que digo, se desvía uno del camino que deseaba seguir cada vez. Actualmente Venezuela Ecuador y Bolivia sufren de un mal endémico de nuestra región: olvidándose todo plan previo de trabajo, un grupo alzado con el poder cree que sólo ellos saben, sólo ellos pueden disponer de los recursos y de la manera de utilizarlos, como si el resto de la población no contara o no mereciera ser oída. Lo más preocupante es el delirio con el que parten, cada nuevo gobierno cree que es el más mejor, el bueno, que la historia y los cambios comienzan ahí, que el pasado debe ser sepultado, y por lo tanto todo plan o estrategia para enfrentar los problemas, olvidado. Cuando se analiza a fondo, encontramos que es la vieja maña de comenzar siempre de nuevo, una y otra vez, inconsecuentes, como malditos por algún designio que no nos permite prosperar. Nunca he entiendo a cabalidad por qué continuamos perpetuando tal estado de cosas. 

   En Venezuela las tendencias a combatir son claras, no sé realmente si puede extrapolarse a otras realidades, pero aquí voy. La gente adulta, padres, representantes y ciudadanos comunes debemos hacer un esfuerzo para enderezar el entuerto que años de práctica viciada han ido creando como patrón o modelo de vida. En la escuela, desde los seis años, y desde el llamado primer año (o grado como era antes) hasta la salida misma del bachillerato, a los muchachos debe decírsele que los problemas de la vida diaria no pueden resolverse con milagrería, golpes de suerte o con brujas. Que se puede pedir ayuda al Cielo, pero moviéndose para resolver. Que los problemas no desaparecen solos, que hay que enfrentarlos y combatirlos. Debe inculcárseles una visión clara para que aprendan a asociar causas con efectos: sexo sin seguridad puede terminar en embarazos no deseados o en enfermedades. Diciéndolo claro, los niños vienen del sexo, el SIDA también; sin disfrazarlo tanto, este es un punto donde debemos enfrentar tajantemente las tendencias sociales o la vaina empeorará, por lo tanto hay que llamar al pan, pan y al vino, vino. Cuando los muchachos ya tienen cierta edad, cuando las hormonas halan en todas direcciones y ‘sabe’ que eso, el sexo, puede ser divertido, rico y satisfactorio, es difícil intentar cosa quiméricas como que abracen el celibato (ja ja ja), o ‘piensen’ en ese momento en los riesgos, pero sí que entiendan que si un muchacho se mete con una chica, o esta ‘quiere’ demasiado al novio, y caen en una cama,  puede haber consecuencias. 

   No quiero meterme en cuestiones morales o éticas, cuando hay problemas reales e inmediatos, prácticas como dicen, esos esoterismos me parece que deben ser tratados únicamente en púlpitos y cátedras, la obligación inmediata es contener estos males: adolescentes embarazadas, peligros de abortos ilegales, paternidad irresponsable, aumento del círculo de la miseria, marginalidad y carga social pasiva, o enfermedades. Si no podemos impedir que un joven y una muchacha vayan a divertirse (o en las variadas combinaciones), por lo menos que tengan conciencia de enfermedades como el SIDA que consume y destruye, que vean y escuchen a sus víctimas; que en la casa donde no hay baño, comida o medicinas, eso puede empeorar con otro y otro y otro muchachito. Si van a tirar, como decimos por aquí, que se lleven un condón, carrizo. Que medio piensen que el sexo puede ser divertido y satisfactorio… pero más cuando no hay consecuencias con las cuales cargar toda la vida (o recostándoselas a otros). Hay que enseñarles a asociar una cosa con otra, sexo indiscriminado (sí, como si fuera tan fácil) con mayores probabilidades de problemas más tarde. Debe explicársele, día a día, que quien no se prepara para aprender un oficio termina trabajando en lo que sea, así no gane bien o le toque vivir en un lugar inundo, sin nada de lo que un día soñó o creyó merecer. Que entiendan que si toman caña y conducen puede haber un accidente, y que ello no es un castigo del Cielo ni mala suerte, que hubo una relación entre una cosa y otra. Y hay que hacerlo, porque muchos jóvenes (incluso gente más vieja) no es capaz de entender dicha correlación. 

   Hay que terminar con ese pensamiento irresponsable, superficial y algo estúpido que nos hace creer que todo saldrá bien al final, sin que medie ningún esfuerzo propio. Desde los seis años, en cada casa y escuela, en cada ciudades y campos, y hasta que abandonen el bachillerato, se le debe explicar todo esto a los muchachos. Que entiendan que no hay una máquina mágica para hacer plata (excepto las del gobierno), que no existe algo como el negocito rápido y fácil (asaltantes, traficantes, criminales y asesinos terminan pagándolo, de una forma u otra, llevándose a la familia en los cachos muchas veces, la violencia tiene sus propias reglas), que para el futuro hay que prepararse o se terminará lamentándolo. Que quien no se prepara para encararlo puede terminar amargado cargando cajas en una fábrica, quejándose de su suerte o del italiano maldito que no paga, o envidiando al que puede viajar, comprar un carro o comer en un restorán, creyendo que la vida fue injusta con él o ella y que los demás son unos desgraciados (ah, este grupo, caldo de cultivo siempre para seguir a los revolucionarios, siempre arrechos con todos los demás. ¡Envidiosos!). Con todo esto no quiero decir que las oraciones no sirvan (como canta y defiende Vico C, bonito tema), o no se pueda encender una velita… pero como expresan por ahí: Dios dijo, ayúdate que yo te ayudaré… 

Julio César.

VAMOS A JUGAR

Junio 18th, 2008 by juliocesarq

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Julio César.