RELATOS CONEXOS… (11)
Junio 27th, 2008 by juliocesarq…FINALIZA UN LARGO VERANO
Baquiano de mil caminos, ven a mí…
Mientras lo paladea y saborea, Roberto recuerda los horribles celos que sintió de Sergio, cuando andaba por ahí, tetón y culón. ¡Como temió que Antonio se fijara en él! Vivía arrecho, molesto e inconforme desde que el joven regresó de Mérida. Lo sabía allí, casi al lado, solitario. Su padre había muerto hacía dos años, y para lo que servía, debió ser un alivio; pero era su padre, y Roberto imaginaba que al otro, debió dolerle. Saberlo allí, cerca, lo enloquecía. No quería acercarse o ir, por su padre, y por no ceder a esa cosa grande y terrible que lo dominaba. Pero ahora están allí, acabando con toda esa larga, desesperante y horrible espera; y era como lo había imaginado. Con un gruñido seco, se pone de pie, bajando de los sacos, frente a él, y empujándolo un poco, para que no se parara también. Arrodillándose frente a él, Roberto le abrió mucho las piernas, apoyándole los zapatos en los sacos, exponiéndole el titilante culo. Lo miró fascinado, escupiéndolo, con espesos goterones, que fue untando con sus dedos, metiéndolos un poco dentro del orificio, lubricándolo.
Lo ensaliva y lo lame, dejándolo más untado de baba, y Antonio chillaba agudo, revolviéndose en los sacos, incapaz ya de enfrentarlo o detenerlo, aunque tampoco quería. Y Roberto sonríe sabiéndolo, obligándolo a darle la espalda, bajándole los pies al piso, y abriéndole las piernas. Algo echado de panza sobre los sacos, Antonio se volvió a mirarlo, sin decir nada, con sus nalgas abiertas, el culo titilando ya, las bolas colgando y su güevo igual. Esperando. Posicionando su tolete en la entrada, Roberto empuja venciendo la resistencia inicial, y va metiéndosela. Antonio chilla, tensándose todo, igual que las nalgas, y Roberto lo soba y lo sisea, como calmándolo, mientras va metiendo su tranca, que no encuentra mucho problemas porque la entrada estaba bien lubricada y adentro estaba totalmente caliente y mojado también, de las ganas. Lo clava todo, pegando fieramente su pubis de esas nalgotas, sintiendo el tolete aprisionado, apretado y chupado; ¡coño, era virgen!, se dijo con sorpresa, calmándose los celos que durante años alimentó, imaginándoselo tirando con carajos en Mérida. Al clavárselo, el joven grita agudamente, como adolorido, de placer. Y en eso, lo acompañó Antonio, tensándose y retorciendo el cuerpo; eso le quemaba, aporreaba y rasgaba, pero también lo llenaba y le presionaba algo, un botón, que le provocaba más deseo, más ganas de tirar así.
El güevo sale un poco y vuelve a clavarse, con ganas, con deseo. Sale y entra, cogiendo al otro sin miramientos, sin piedad. Roberto no puede pensar mientras le atrapa una cadera con una mano y con la otra le soba la recia espalda. Lo empala duramente, embistiéndolo feo, estremeciéndolo todo sobre los sacos con la fuerza de sus cogidas. Lo estaba cabalgando con meneos buenos de cintura y espalda, empalándolo a fondo; y Antonio sólo podía chillar, sintiéndose caliente, vivo y desesperado por algo que no entiende. Todo su cuerpo pica con ganas de ser tocado, sobado, pellizcado o lamido. Su espalda se arquea, igual que su rostro que se eleva, incapaz de estar quieto con ese tizón en su culo, saciándolo, llenándolo, pero también dejándolo más hambriento. Los dos iban ahora uno contra el otro, el culo de Antonio lo buscaba, subiendo y bajando contra su pelvis, restregándose allí, mientras Roberto lo cabalgaba con dureza, como quien domina un caballo. En ese baile de macho contra macho, de hombre que se empalaba con el tolete de otro carajote, ambos sentían que algo se rompía, algo que no sabían qué era. Ahora estaban haciendo lo que querían, y en el caso de Roberto, cumpliendo lo que soñó muchas veces, en la soledad de su cama, en medio de un salón de clases o cuando salía con alguna chica: cabalgar a Antonio así, oyéndolo gemir y suplicar por un poco de su cariño. Ahora le enterraba duramente su tranca, y lo oía gemir, y sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que el otro le suplicara por más, que se lo metiera más, que lo cogiera duro y a fondo. Y tan excitado está, que le atrapa un mechón de cabellos húmedos, halándoselos, gozando también de eso.
Sergio tiene la boca horriblemente seca, y aunque no es gay, ni le atrae la idea, siente la terrible erección de su güevo. Mira a Antonio, joven y bello, de espalda ahora, sobre una pila de sacos de maíz, con el culo justo a la altura del güevo de Roberto, quien está de pie frente a él (que gente tan aplicada, piensa mórbido). La nuca de Antonio esta apoyada en la vieja madera de la pared del gallinero, y con el rostro contraído de placer, y de adolorido deseo, mira a Roberto entre sus piernas, atrapándolo por debajo de las rodillas, metiéndole a fondo su güevote en las entrañas. El tolete iba y venía, metiéndose en el orificio por debajo de las bolas, donde descansaban los pelos púbicos del otro, cuando lo embestía. Los dos hombres se miran, diciéndose, prometiéndose y jurándose cosas extrañas en silencio, y sudan copiosamente. Roberto siente como la transpiración le baja por las sienes y la espalda, que brilla, musculosa y mojada, mientras va y viene. Los dos gimen, se agitan, gruñen, y de cuando en cuando tienen que espantar a las malditas moscas que querían probar el manjar. Las nalgotas redondas y musculosas de Antonio se apoyan al borde de los sacos, mientras el tolete cilíndrico triangular de Roberto, rojo y duro, surcado de venitas, entraba y salía, cogiéndolo a fondo, viéndose hermoso cuando abría esos pliegues calientes del culo, sodomizándolo.
A Sergio le parece que ve algo particularmente notable. Esas cosas no le atraían, aunque el güevo le palpitaba dentro del short mientras va alejándose; pero le parece que esos dos cuerpos viriles y musculosos, de hombres jóvenes que jadeaban mientras el güevo de uno se metía con urgencia en el culo del otro, que parecía pedírselo con sus gemiditos agudos de doloroso placer, conformaban una escena digna de un cuadro al óleo. Se aleja para dejarlos terminar en paz, ya que él tiene otra reunión. Su misión en la zona estaba cumplida (y lo estuvo antes de la llegada de Roberto, sólo que ahora se confirmaba). Sonríe con pesadumbre por Isabela, ¡tenía tan mal tino para los hombres…! Tal vez aceptara salir con él, que la mimaría y consolaría… por un tiempo.
Dentro del gallinero, el clímax se acerca, mientras Roberto se monta las rodillas de Antonio en los hombros, tendiéndose un poco hacia él, subiéndole más el culo, que se agita recibiendo una y otra vez el duro manduco que lo penetraba, saciando sus ganas de güevo, pero despertando otras peores. La espalda de Roberto brilla y se contrae mientras las nalgas van y vienen empujando su tranca en esas ardientes entrañas, sacudiendo al otro sobre los sacos. Antonio cierra los ojos, bañado en sudor, gimiendo putonamente, arqueando el cuerpo en los sacos, recorrido por oleadas intensas de placer. ¡Quiere ese güevo en su interior!, lo quiere hondo, cogiéndolo duro, y así se lo grita a Roberto, quien sonríe feliz, amándolo más en esos momentos.
Esa tranca enorme y caliente dentro de él, sobándolo y rozando todo, hace que Antonio chille, tensándose, cerrando violentamente su culo alrededor del tolete, mientras comienza a temblar todo. Roberto, fascinado, lo ve gemir, alzando el rostro, pegando la coronilla de la pared, mientras intenta agarrarse el güevo como para impedir la corrida, pero no pude, bañándose el abdomen y el pecho. Se ve abundante y espeso, y un olor fuerte llena el lugar. Enloquecido de lujuria, Roberto se inclina hacia él, casi acostándosele encima, aplastando con la panza, el güevo y el vientre enlechado del otro, encontrando eso rico, atrapándole la boca y lengüeteándolo. Antonio tiene que tragarse su gemido cuando Roberto comienza a temblar, metiéndole el tolete hasta las entrañas, con las bolas pegadas totalmente a sus nalgas, y se corre, entre temblores y jadeos. Antonio lo besa lamiéndole la lengua, y chilla también al sentir el impacto de esos disparos calientes y enloquecedores, que cree que van a matarlo de gusto, gozando la corrida de leche de ese otro hombre, al que tanto había deseado, en su culo semivirgen.
La tarde comienza a cambiar ya, hacia las tres de la tarde, la hora en que mataron a Lola, como decía su abuela, cuando preparaba café con leche y les daba con pan andino; a Roberto le gusta pensar en ella (flaca, alta y seria, pero amorosa en el fondo de su corazón), recostado sobre los sacos de maíz tirados de cualquier manera, recordando, marginalmente, que por ahí debían haber muchos alacranes y ciempiés. Se siente dulcemente agotado, con las manos cruzadas tras la nuca. Totalmente desnudo, sintiendo la tibia brisa, aunque también una persistente visita de las fastidiosas moscas. Coño, si se iba a quedar ahí con Antonio, debían poner mosquiteros. Y sonríe sintiéndose idiota al pensar en quedarse con el otro, que está a su lado, pero recostado de medio lado, dándole la espalda, respirando calmadamente, adormilado. Vaya, Antonio era de los que tiraba y se quedaba dormido, ¡que poco considerado! ¡Vivir juntos!, y la idea lo llena de dulces temores. Cierra los ojos recordando lo contado por el joven hace poco, lo propuesto por Sergio. Arruga un poco la frente, quién iba a pensar que el otro iba por negocios, y no por placer. Como él, por ejemplo.
Al parecer, Sergio consideraba que esa parcela, con cableado, vías de penetración cercanas, y con agua, era buena para levantar una Granja de Truchas, con algo de financiamiento. Para Antonio fue toda una sorpresa, porque él, coincidencialmente, se dedicó al estudio de proyectos semejantes en la universidad de Los Andes; y visitó muchas de esas granjas. Había que trabajar bastante para sacar adelante semejante proyecto, pero a él no le asustaba la idea. No tenía plata, pero Sergio, quien decía que una granja tal traería beneficios a la zona, y ganancias, conocía gente, la compañía Devlin, que podía financiarlo, por una participación en el negocio. Antonio se mordió los labios, sintiéndose algo alarmado, estaba solo, y en tierra hostil. No lo querían allí, y sólo había regresado para ver, tal vez por última vez, dónde estuvo su vida, su gente (y para ver, de lejos, a Roberto). En realidad había venido a despedirse del pasado, y reencontrarse con Roberto lo había molestado (aunque deseaba verlo). Siempre se había sentido débil ante él, y en cierta forma, a cierto nivel, deseó verlo, finalmente, para despedirse. Y le dolió que no se llevaran bien, sino que pelearan como antes. Él se sentía como un argentino frente a Las Malvinas: dueño de nada. Pero el ofrecimiento de ese tal Sergio, le regresó el alma al cuerpo, y le dio esperanzas, una meta, algo que hacer con su tiempo. Era un trabajo, una obra que podía darle sentido a su vida. Y seguiría allí, enfrentando a todos en un pueblo que lo hizo sufrir mucho cuando era un muchacho. Y estaba Roberto. Quería demostrarle que él podía triunfar. Y sin darse cuenta, ya había aceptado el ofrecimiento; y tal como lo pensó mientras hablaba con Sergio, se lo contó, entre bostezos, al amante.
Ahora Roberto cavilaba sobre eso. Una Granja de Truchas. Sonríe divertido, sonaba a idiotez, pero el ofrecimiento estaba hecho, y entendió que Antonio ya había aceptado en su mente. Y que iba a dedicarle su energía, sus ganas, su juventud y vida a edificar y alimentar el complejo, los tanques y los estúpidos peces. Antonio lucharía por eso con todas sus fuerzas y con todo su ser. Medio vuelve el rostro y mira la nuca y cabello del amante, ¡ahora eran amantes!, sintiéndose embriagadamente abrumado. No se iba a casar con Isabela, aunque de ser necesario lo hubiera hecho, pero Antonio… Ahora Antonio era importante en su vida, y era una incógnita también. No sabía cómo reaccionaría ante ciertos estímulos (una boda para esconder vainas, por ejemplo). La vida sería dura, mucho. Y no podía engañarse, tenía miedo. Mucho miedo… Prácticamente estaba renunciando a todo lo que poseía, incluido su padre, por lo que ahora sentía; estaba dejando todo lo bueno que tenía por algo que, tal vez, fuera mejor pero que llegaría después. Pero comprendía que lo vivido con Antonio no era una idiotez que pasaría mañana, o si tiraban otra vez. Eso había resistido y sobrevivido años. Y para defenderlo, dejaría su buena vida, por lo que el futuro trajera. En cierta forma subconsciente, muy a la venezolana, el joven esperaba que el tiempo lo curara todo, que la gente se acostumbrara a todo, igual Gregorio, y que un día lo buscara. Sabía que su madre lo perdonaría en seguida. Gregorio llevaría más tiempo; pero esperaría por su padre toda la vida si era necesario… al lado de Antonio. No iba a esconderse, la gente notaría que él y Antonio estaban juntos, y hablarían, y si alguien preguntaba le diría que si, que amaba a ese carajo y vivían juntos. Y durante todo el tiempo que hiciera falta, buscaría la comprensión, o el perdón de su padre. Si no llegaba, Dios no quisiera, aprendería a vivir con eso, con su desamor, aunque él siguiera adorándolo. Lo haría porque sentía que Antonio ya no era un carajo con el que podía tirar un rato, escondido en ese granero. No, era algo más grande. Algo que lo asustaba y llenaba de felicidad.
-Señor Devlin… –saluda, lejos de allí, sonriente y terriblemente irónico, Sergio, en short jeans y camiseta, dejando al descubierto sus tetillas. Algo nervioso ante el otro hombre (de cuya sagacidad y maldad, había oído mucho, historias que parecían absurdas), unos años mayor que él, aunque no le era posible saber cuántos.
-No me digas así. Ese nombre me molesta. -dice el otro, volviéndose a mirarlo, con una voz gruesa, profunda y oscura en sus tonos, una voz que habría sido perfecta para interpretar a Lord Wader en
La Guerra de las Galaxias. Había tanta fuerza interna en ella, a pesar de lo reposado, que un leve escalofrío recorrió la espalda del otro.- ¿No podrías… vestirte? Pareces un puto barato. -critica leve, notando una chispa atrevida en sus ojos.- Y no me importan tus creencias sobre mi doble moralidad, Sergio. -y vuelve la mirada hacia los cultivos. Notaba algo… inquietante en la forma en que el viento azota los maizales, produciendo un sonido rozante, como de rezos lejanos. Tal vez una multitud de almas perdidas, clamando piedad al final de los tiempos. Piedad que no les llegaría, eso lo sabía bien. Los culpables debían pagar y los justos lo harían también. Ese era el juego, y los venezolanos sabían en qué se metían cuando lo iniciaron.
Sergio calla, estudiando a ese otro hombre que está de pie, en el pequeño camino de tierra, entre dos grandes sembradíos, en tierras de los Noriega. Era alto, sólido, musculoso y… había un aire de astucia e inteligencia en él que casi podía palparse. Viéndolo así, quieto, sereno (a pesar de que sabía lo que sucedía en un viejo y destartalado gallinero más allá; algo provocado por él), Sergio se pregunta qué piensa. Su trabajo, por el que ganaba una gran cantidad de dinero en forma de salario y bonos, era ir de estado en estado, creando cooperativas, pequeños negocios y medianas industrias. Llevaba en la creación de las fulanas Granjas de Truchas (algo que le parecía idiota a pesar de lo mucho que intentaba que le interesara), unos ocho meses. Y siempre había tenido éxito. Claro que, buena parte de ello, se debía a la información que tenía sobre la gente a la que vería, con los dramas y pasiones humanas ajenos a él, presentes en todos, y que sabían usar para conseguir resultados satisfactorios. No iba a quejarse, porque fuera de lo que ganaba ya, ese hombre le daba la posibilidad de contar con una o dos acciones dentro de cada negocio. Dinero para el futuro. Era generoso, mucho.
-Todo salió bien. -grazna Sergio, algo incómodo ya, sabiendo que era inútil decirlo. Con ese hombre, todo salía como él decía.
-Lo sé. -dice mirándolo, divertido de su nerviosismo.- Es bueno que esos dos tengan algo que hacer, algo sólido, mientras viven su amor. –sonrie divertido al notar la sorpresa del joven.- Sí, imagino lo que hacen en estos momentos. Y está bien. Trabajar duro, con sus manos, de sol a sol, desafiando a todos, es el marco que necesitan para justificar ante Araure, lo que son, lo que sienten. -suena increíblemente burlón.
-¿Va a dejar que sigan juntos? Creí que sólo le interesaba Antonio Pavón. -el otro calla.
-Si. Los dejaremos vivir su pasión loca. Como dice la canción… Vivir los nuestro. -canturrea.- Dejaremos que el amor triunfe, por ahora. -y sonríe leve, ensanchando sus labios gruesos.
-Alfonso… -grazna Sergio, mirándolo intensamente, acercándosele, subyugado, a su pesar, por la poderosa personalidad del otro.- ¿Para qué hace todo esto? Son negocios… extraños.
-Lo sé. -repite, mirándolo burlonamente, mirándole las tetillas erectas bajo la camiseta, admitiendo para sí, sin mayores consecuencias, que era un tipo bonito; ¡bien por él!- Sé que dentro del Grupo hay quienes se dedican al narcotráfico, a la trata de blancas, al chantaje, al robo… y a otras formas de delitos que ni te imaginas… Y no los censuro. Soy parte de todo eso también. -encoge sus recios hombros, sin problemas morales, sin remordimientos por todo lo que han hecho él y el resto.- Pero esto… -calla, extendiendo la mano y señalando los sembradíos.
-¿Es porque es más noble ayudar a la gente que comienza? -intenta adivinarlo. El otro ríe realmente divertido.
-No, claro que no. Esos muchachos harán un gran trabajo, se partirán el lomo, se sancocharan el culo… y no sólo en el sexo, sino trabajando. Y al final, dentro de un tiempo, todo esto será mío. La Granja de Truchas… y estas tierras. -lo dice con simpleza.- Como ocurrirá con todos los otros tratos que has hecho. Dejaré que suden, que suban, y luego se los quitaré todo.
-¿Por qué…? -parece verdaderamente impresionado, mirando a ese hombre alto, fuerte e inteligente, con una luz nueva. Era malvado, aunque ya había oído que lo era.
-Monopolio. -es simple.- Hablamos de alimentos… de comida. Eso nunca pasa de moda. A la gente le da hambre a cada rato. Siempre necesitarán qué llevarse a la boca, y si eres bueno y si tienes mucho, ni un gobierno inepto, autoritario y despótico puede quitártelo. -mira hacia los maizales.- Dentro de los regímenes siempre hay quien se da cuenta de que todos los demás son ineptos, pero que el que cultiva y produce alimentos a pesar de todo, debe dejársele hacer, pagándole lo que tiene a precio de oro, para que no venga la hambruna. No hay cambios sociales con hambre total, la gente aguanta hasta un punto, luego enloquece, como las ratas, y atacan a sus opresores. Hoy invaden tierras, arruinándolas para que luego vengan otros a engordarlas. Pero son hombres inútiles, fracasarán y venderán. Y venderán otra vez, hasta que lleguen a alguien como yo. No, con gente como yo, tienen que pactar; aunque se crean dueños de vidas y destinos, invencibles. Porque cuando el hambre es mucha y terrible, la gente salta sobre los muertos, sobre las bolas y mata a sus torturadores. Por eso me dejarán en paz. Y tendré todo esto. Y al final tú les vendes lo que deben comer, fijando tus precios. Siempre ha sido así. Yo pude haber intentado hacer todo esto por mí mismo, pero es mucho trabajo. Es mejor que lo hagan otros… y luego les doy el zarpazo.
-Es algo cruel… -acusa, pero no puede reprimir una sonrisa de fascinación.
-Ah, no, no te preocupes tanto por esa gente a la que has… ayudado. Esos dos, por ejemplo, encontrarán algo más qué hacer. No morirán de hambre; porque, aunque son jóvenes, se ve que tienen ganas de echarle bolas a las cosas. La gente así nunca se hunde, Sergio. Siempre flotan. Se hunden, se arrechan. Lloran amargamente un momento, o gritan. Pero se levantan. Y comienzan de nuevo, y luchan, y se esfuerzan, y tienen sus cosas otra vez. A un hombre, o una mujer así, no se le vence nunca. Son los parásitos que quieren vivir sin hacer nada los que siempre viven entra la mierda y la cloaca de aguas negras. Están condenados por lo que son, a ser una carga para todo el mundo. Son sólo basura, un saldo, una carga inútil. -mira nuevamente los sembradíos, con una gran sonrisa en sus labios.- Sí, todo esto me encanta. Cómo voy a disfrutarlo cuando todo sea mío… -piensa que ya debe abandonar Araure.
Pasaría, rasante, por Cantaura, donde una india, amiga suya, le habló de Gregorio, el amante, y de su hijo. Y de los temores del hombre sobre el hijo. También debía encontrarse con Araña, para almorzar. Sonríe cruel al pensar en su sociedad con Araña, de quien sabía que andaba moviendo sus hilos en jugadas extrañas, y peligrosas. El resto de los socios parecían no haber advertido nada, pero uno nunca podía estar seguro de eso, no con esa gente. Araña, si se equivocaba, podía ponerlos a todos en evidencia frente al régimen, y el mundo. Gente como ellos, sería odiada en seguida. No sabía a ciencia cierta a qué jugaba Araña, pero sabía que sería algo delicado. Araña era de cuidado, y su ejército de fanáticos incondicionales aumentaba día a día.
Ignorante de todo lo que se mueve a su alrededor (la eterna lucha del más vivo e inmoral, contra el hombre decente), Roberto continua acostado, desnudo, sobre esos sacos que ahora le parecían suaves y acogedores, sintiendo la tibia brisa de la tarde que entra por la ventana. Va sintiendo algo de sueño, fue una cogida dura y poderosa que lo agotó. A su lado, Antonio duerme, gruñe en sueños y rueda hacia él. La cabeza del joven cae en su hombro, casi entre su cuello, donde resuella, tibio, en paz, con una sonrisa saciada y feliz en sus labios, montándosele casi sobre un costado. Roberto, estremeciéndose dulcemente, piensa que su novio pesaba. ¡Como pesábamos los hombres, Dios!, se dijo. Siente como Antonio se acomoda, comodonamente, montando una pierna entre las suyas, y cruzando un brazo sobre su pecho. Y Roberto tiene que cerrar los ojos, gozando ese cuerpo fuerte y cálido, así como la presión del tolete del otro, más caliente aún, contra su cadera, aplastado, y del muslo en su entrepierna, estimulándole el güevo. Pero va adormilándose, disfrutando lo sabrosito de tener al otro así, contra él; sin rollos o temores, feliz de tener a su lado a un carajo buena gente y correcto como él. Antonio no era una mierda de persona, por él bien valía todo lo que haría. La gente hablaría de ellos, pero no importaba mucho. Nada debían. Nada temerían. La historia de Roberto y Antonio podía escribirse en un cuaderno limpio, sin manchas de tinta, sin sombras. A nadie habían dañado jamás, a nadie lastimaron; y eso era lo único que, al final, contaba. Al despertar lo invitaría a la quebrada, se ducharían… y tendrían más sexo rico y caliente. Sabía que Antonio era un poco volado y voluntarios (como cuando aceptó el negocio de las truchas), pero ahora debería controlarse un poco más; porque ahora Antonio tenía un marido al que tendría que respetar… Tendría que respetar a su hombre. Roberto sonríe turbado, feliz: ¡sí lo viera su papá!
OLFATEANDO PROBLEMAS
De tarde en tarde, del llamado ámbito académico, surgía un ser que fastidiaba a todo el mundo: un místico. Generalmente el sujeto en cuestión ignoraba que lo era, a pesar de sus creencias absurdas y maniáticas que lo llevaban a pelearse con media Galaxia, y en casos extremos terminaban refunfuñando en voz alta por los rincones, como perros viejos y malhumorados. En su pequeña mente, la del místico, él o ella, siempre tenía la razón y el resto del Universo entero estaba dolorosa y estúpidamente equivocado. De tanto en tanto, uno de ellos se dirigía a la directiva de La Flota y gritaba que había descubierto una conspiración contra Los Mundos Humanos. Siempre eran súper conjuras. No cosas sencillas; no, eran planes siniestros de gente que quería controlar el Cosmos todo, plan del que sólo ellos se habían percatado. Cualquier almirante o general de La Flota podía contar cómo llegaban a sus puertas, hoscos y huraños, denunciando la conspiración y molestándose cuando alguien hacía preguntas desagradables como: ¿quién conspira y para qué? Eso siempre los alteraba, perdían la ecuanimidad y terminaban girando los ojos en sus órbitas y chillando algo en el estilo de: el cielo se está cayendo y nos va a dar en la cabeza. Algunos hasta traían una roca, sonriendo como… locos, como prueba.
Lo curioso era que esos místicos generalmente gritaban, bañando de saliva al que estuviera cerca, que iban a investigar los hechos hasta las últimas consecuencias; pero después de un tiempo, tales individuos solían desaparecer, con todo y sus investigaciones (como también podía atestiguar cualquier almirante o general). Y no era porque cayeran en un agujero negro o una estrella de cualquier otra índole. Simplemente…. desaparecían de escena. Fue por ello que cuando Flatt Hublak, de Naejmis, hizo su aparición en Báluwa (mundo administrativo de La Flota), denunciando una antigua conspiración urdida en el viejo y detestado planeta Tierra, todos pusieron cara de circunstancia y giraron los ojos en sus órbitas con un ¡hummm!; excepto los más viejos que suspiraron elocuentemente con disgusto. ¡Otro místico! Lo que diferenciaba a Hublak del resto, era su procedencia. En Naejmis no creían en misticismo ni magia, su gente no era dada a eso. Y el hombre era un académico acreditado en su mundo y en todo el sector Panzhar, por lo que no se pudo, simplemente, hablarle condescendientemente, recomendarle un té de tila y mucho reposo. La gente de ese sector siempre era un problema, y los de ese planeta lo eran más.
El hombre, un tipo enorme de más de dos metro veinte, de piel blanca como el papel, de cabellos iguales de blanco, ojos grises deslucidos que se asemejaban al frío acero de las antiguas construcciones, no era alguien a quien se pudiera ignorar fácilmente. Era saludable, atlético, inteligente y decididamente atractivo; aunque este efecto quedaba destruido a medias por el hecho de ser un naejmisno, un ser que creía que el resto de las razas humanas eran mierda, y de la que apestaba, sobretodo las del viejo sector de Áurea Boreal. El hombre era un bonito acabado de su mundo y de su cultura, que no temía al diseño genético. Igualmente era esclavo de su cultura: era un ser egoísta, racista, narcisista y perfeccionista. Su mundo era aislado, y sus habitantes odiaban la cercanía de otros seres, sobretodo los de otras razas, a las que consideraban inferiores, genética y mentalmente hablando. Eran, en resumen, unas joyitas.
Al iniciarse en los estudios de Psicología de Masas, cosa muy necesaria en el sector Panzhar (aunque jamás se admitiría), el hombre, no tan joven como su liso y limpio rostro mostraba (ya había utilizado el bracante, deteniendo el envejecimiento), había tropezado con líneas de conducta en sistemas completos que le hicieron intuir que la Historia del Hombre, no era el simple fluir de la cuarta dimensión, de tiempo y espacio, sobre los grupos humanos. Estudiando largos periodos históricos, desde la llegada de los guklianos a La Tierra, y de aún antes, de cuando hubo la guerra entre
La Tierra y Los Mundos Independientes, todo parecía señalar una manipulación de hechos, que terminaron en la creación de Las Repúblicas. Y eso ofendía y molestaba a Flatt Hublak, un hombre de Naejmis, un semidiós de perfección e inteligencia. No era posible que ellos, su mundo, el sector, y la humanidad toda, fueran simple piezas movidas por alguien, en la historia del tiempo.
CONTINUARÁ…
Julio César.







