Archive for Mayo, 2008

VAMOS, POR FAVOR.

Viernes, Mayo 23rd, 2008

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   Sol, mar y belleza… 

   -Vamos… 

   -¿Para qué? Estoy bien aquí. –le sonríe de forma algo torturante; le agradaba mirarle ese expresión intensa, esa resolución dura, cuando deseaba algo intensamente, y por eso lo provocaba. 

   -Deja la pereza y mueve el culo de esa tabla. Entremos a refrescarnos y buscar una cerveza. 

   -Podemos tomarla en la orilla, o entrar bajo el paraguas. No hay que ir a la casa para eso. 

   -Pero no podemos quitarnos esta ropa mojada, y ya quiero quitarme todo. –le responde, mirándolo fijamente.  

   El otro sonríe, eso era cierto. Sería grato despojarse de toda esa arena, agua salada y…

…… 

   Se veían bien juntos, ¿verdad? Es una pena, realmente una pena. Por cierto, ¿quién habrá realizado este montaje? Se ve muy real. 

Julio César.

SIN GANAS DE ESCRIBIR

Viernes, Mayo 23rd, 2008

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   -Dijiste que podías probar que era una hernia… ¡pruébalo entonces!

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   -¿Que por qué se inscriben tantos carajos en mi gimnasio? Tengo un truco de buena suerte… no uso calzoncillos.

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   El médico le daba hasta que el paciente gemía: ay, doctor, necesito algo más…

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   -Coño, primo, sí hace calor; mete la mano y verás que estoy sudado.

   -Hummm… no te creo, déjame ver…

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   -¿El niño? En la piscina, metiéndose datos para su tesis. –comentó la mamá. 

Julio César.

CELULARES Y REVOLUCIÓN

Viernes, Mayo 23rd, 2008

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   En el periódico EL NUEVO PAÍS, venezolano, chiquito, tratando sobre análisis y política, siempre se encuentra algo interesante. Siempre hay un tema, un artículo, una columna que parece ligera y hasta irreverente, pero que encierra dentro de sí una realidad hasta patética. Hace poco leí una de esas columnas, más optimista, de Eduardo Riveros, señor que firmaba hasta hace pocos sus articulo como TERCERA EDAD, ahora lo hace como LA ARRECHERA COTIDIANA. Y de eso los venezolanos tenemos bastante. Quiero reproducir aquí dicha columna, con su permiso. Es totalmente de su autoría, ¿okay?:…… 

   Olvídense de Miami o Panamá; con perdón de Rubén Blades. El futuro está en Cuba. Allí es donde se debe invertir en comprar propiedades, terrenos. Así sea un edificio arruinado o un rancho. Los cambios ya no los para nadie. Raúl, con visión o ignorancia le dio apertura a la telefonía celular y, ahí mismo, con perdón de la expresión: se jodió. Una vez que los cubanos accedieron a esos adminículos no hay vuelta atrás. Idiotiza, anula la familia, amistades, todo. Incluso crea un nuevo vocabulario, algo de Morse o Braille, en el que se comunican los muchachos. 

   Si antaño el peligro lo encarnaban las grandes empresas petroleras, ahora ese conflicto, desgracia, lo simbolizan las telefónicas. Con todos sus atractivos. Las conversaciones a larga distancia, los mensajitos, escuchar música, ver videos, sacar fotos. ¿Acaso no se hacen ya, a las niñas en los colegios, tomas pornográficas? pero la basura no termina allí. El perjuicio mayor es el que se le estafa a la convivencia. ¿Quién, hoy día, conversa? Nadie. Hasta en los moteles, otrora lugares sagrados, ya no se escuchan los jadeos, suspiros, alabanzas, gemidos de satisfacción. Lo que se oye es la melodía, pito, entrada que, cada quien, tenga en su celular. En los restaurantes, igual. Cada quien habla por su lado; se acabaron las miradas, el tocarse las manos, los brindis románticos. 

   ¿Qué joven cubano va a estar, ahora, soportando las estupideces de Fidel si, mientras, puede mandarle recados a su novia? ¿Dónde encontrar un hogar cubano que, repito, se cale las majaderías de Fidel, si, entre tanto, puede hablar con su gente en la Florida o Madrid? Y como si no fuera suficiente, Raúl aprobó que los cubanos pudieran usar los hoteles cubanos, bañarse en las playas cubanas, ver series norteamericanas. ¡Cosa más grande! Comprar, libremente, electrodomésticos, alquilar carros, hasta adquirir DVD. Algunos jalabolas sostienen que es el Ceratosauros de Fidel el que propicia estas transformaciones. Mentira, no hace una semana que el asesino escribió criticando la llegada de estas innovaciones a la isla. Lo que ocurre es que Raúl, o tiene mayor visión o es más inteligente de lo que se pensaba. El caso es que, lo dicho, trate de comprar, así sea por allá lejos, algo de tierras en cuba. Ahí está el porvenir.

…… 

   Por el tono notarán varias cosas: que es un señor mayor, y es un ‘opositor’ como dicen aquí. Estoy entre quienes sostienen que Venezuela es una tierra de barraganato. Las mujeres de los presidentes pasados tuvieron demasiada influencia en las políticas de estos. Y Chávez quedó, para desgracia de mi país, bajo el influjo de un mal amor, una pasión tortuosa y enferma. A quien quiso entregarle todo. De lo cual se desprende que buena parte de todo lo malo que aquí ha ocurrido, incluso la inmolación de un hombre que encarnó la esperanza de un cambio, que comenzó a gobernar con los buenos deseos de la iglesia, los empresarios, los medios de comunicación e incluso de buena parte de los tenaces y terribles periodistas con los que contamos, fuera de un mar de dólares producto de un prolongado alza de precios petroleros, lo botó todo, dejando a Venezuela arruinada físicamente, desmoralizada, endeudada hasta lo inconcebible. Nada más hoy se supo que la deuda de PDVSA, que hasta ayer daba ganancias, llega a los 17 mil millones de dólares. 

   Me alegra saber que vientos de cambios soplan para los cubanos. Intento no ilusionarme pero este señor, Raúl Castro, parece más decente, o más centrado. Bueno, basta con que no sea un sádico asesino como el hermano para que se note la diferencia. Muchos dicen que hace muy poco por cambiar el modelo antillano, tampoco puede desbaratar un sistema que lleva más de cuarenta años, hay muchos que saben que no tienen para dónde agarrar si comienzan a perseguirlos por sus crímenes, y Raúl debe cuidarse de ellos. Por otro lado, me alegra saber que la esperada muerte de Fidel aún se retrasará un poco (la fiesta deberá esperar). Verlo cascado, ojeroso, tembloroso, oliendo a… eso que sale por la manguerita que lleva en su barriga, me gusta. Que viva, que su mente continúe funcionando en ese cuerpo decadente y ruin, que se note y sepa acabado. Que mire como todo el reino de muerte que edificó; cae, espero que le alcance la vida para oír a los primeros cubanos, en cualquier plaza, maldecir a gritos su nombre y sus crímenes. 

   Por cierto, contra los celulares sólo tengo que muchos chóferes insisten en conducir y usarlos al mismo tiempo, y está comprobado que hay quienes no pueden hacer dos cosas al mismo tiempo y deben detenerse para tomar aire y respirar. 

Julio César.

BRINDANDO UNA MANO, O UNA…

Viernes, Mayo 23rd, 2008

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   Si uno tiene carne caliente, y el otro hambre… 

   La amistad era así. Roberto había estado preparándose para recibir a una novia que veía de tarde en tarde, pero todo le reventó cuando ella encontró un sostén bajo la cama. Él gritó y suplicó, todo tieso y caliente… de rabia. Néstor subió a ver qué pasaba y se compadeció de su enorme e inflamada… tensión nerviosa, por lo que con esa humildad de siempre, cayó frente a él con… concejos. Su boca se abría una y otra vez para… confortar cálidamente, y lo hacía cuando su lengua húmeda y roja recorría… sus argumentos. Pero Roberto, molesto, sólo respondía con rudas, rápidas, profundas y duras… precisiones. Y así continuaron, hasta que al catirito le estalló en la cara toda su ayuda, saliendo de allí casi una hora después todo vergajeado… Muy bien vergajeado. 

Julio César.

LEJOS DE TI ESTA PRIMAVERA

Viernes, Mayo 23rd, 2008

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   Mientras escribía un relato sobre personajes que sufrían de soledad, una semejante a la que padecía el personaje de Ennis del Mar en Brokeback Mountain, una que le pesaba y dolía tanto que lo hacía casi encorvarse bajo su peso, recordé que habían otras soledades que podían incluso ser peores. Hace tiempo, leyendo una novelita corta de Ágatha Christie, que nada tenía que ver con misterios o asesinatos, encontré un ejemplo desconcertante al respecto. De una soledad que se sufre sin que su víctima lo sepa, aunque marcha contenta y satisfecha de sí por la vida, impaciente con lo demás, quienes sin embargo le tienen piedad porque la ven sola, encerrada dentro de su pequeño y mezquino mundo interior donde nadie puede acompañarla. Fue una lectura grata, amena, pero sobretodo, ingeniosa. Llamaba a la reflexión. Realmente esa mujer era una gran escritora. Esa novela era LEJOS DE TI ESTA PRIMAVERA. Y con este título, la escritora jugó a varias insinuaciones. 

   Recuerdo haber leído después una reseña que decía que esta historia había sido recibida muy fríamente por la crítica y seguidores de la magistral mujer; es evidente que la fama, cierta fama, termina aplastando a todos. Como no estaba Poirot o la señorita Marple, fue desdeñada. Y sin embargo fue una lectura apasionante, y ese aire ligero que le imprimió casi dejó escapar la trama más profunda que ocultaba. Lamentablemente mi ejemplar fue robado, es la única palabra que cabe cuando se presta y no te devuelven las cosas (realmente no se puede prestar un libro), y no he podido conseguir otro, así que hablaré casi de memoria. 

   Cuando se inicia la historia encontramos a una mujer de mediana edad, María, inglesa de clase media alta, bien acomodada, que hace un viaje de regreso de Oriente a Londres, luego de visitar a una hija que había sufrido algunos trastornos de salud. Sonriéndose, la mujer se felicita por lo bien educados que estaban sus hijos, y lo considerados que eran; estando enferma, su hija no había querido molestarla obligándola a realizar ese viaje, diciéndole que no era necesario. Pero ella fue, desoyendo también a su marido que le aconsejó no ir, porque era una buena madre. 

   En el viaje en tren encuentra a una vieja ex condiscípula, cosa que no le agrada, recuerda que era alocada, de vida poco seria y que se había visto envuelta en escándalos de divorcios, aventuras y maridos ajenos. La trató condescendientemente, como una gran dama a otra caída en desgracia, con ese airecillo de superioridad. Cuándo esta le dice que no se preocupe por su hija, que a veces un susto enseñaba y arreglaba las cosas, la mujer no entiende a qué se refiere, pero se alegra cuando la otra abandona el tren, por alguna razón que evita analizar, prefiere continuar a solas; eso le recuerda los días del internado, cuando la monja le dijo a la otra que moderara su temperamento, que pensara antes de actuar. Y a ella le había recomendado que no se conformara con mirar las cosas por encima, que indagara qué había más debajo de toda acción. Pero como esos recuerdos no le agradan, los abandona también. 

   Durante su recorrido se ve obligada a quedarse en una mísera posada árabe donde nadie parece poder comunicarse con ella, y eso la obliga a estar a solas consigo mismo y pensar sobre su vida, cosa que le parece será fácil y muy grato. Casada con un prospero hombre de negocios, importación y exportación, con tres hijos adultos, casados, cada uno con su propia vida fuera de Londres, todo había salido muy bien. Y allí comienzan las preguntas, ¿por qué ninguno se quedó cerca de ellos? Eran irregulares en sus cartas, las visitas eran… sólo lo suficiente. Y ninguno hablaba mucho con ella. Pero recuerda que los chicos sí amaban a su padre, y eso le inquieta mientras pasea bajo el sol del desierto. A su mente vuelve la imagen del hijo varón a los ocho años entrando al cuarto diciendo: papá creo que me voy a morir, y quiero hacerlo a tu lado; solemne, prendido en fiebres. Ahora le parece extraño que no dijera, mamá, creo que me voy a morir, buscando sus mimos y atenciones. No era lógico que un niño pequeño buscara ese tipo de consuelo de su padre y no de su madre. 

   Pero claro, era porque su marido era un muy buen hombre. Bueno, trabajador y muy responsable. Confiable, aunque cuatro años antes tuvo que ser hospitalizado por una crisis nerviosa, una terrible melancolía, atribuida al agotamiento; ella, como toda buena esposa, alegre, diciéndole a todos que iba a visitar a su marido, lo había encontrado una tarde en los jardines de la casa de reposo, sin hablar, sin hacer nada, sólo con pérdida y tristeza en las pupilas, mirando hacia la nada. Eso la alarmó y quiso preguntarle qué le pasaba, pero sintió miedo. No, nada le pasaba, se convenció, todo se debía a un exceso de trabajo. Y recordaba que antes de ir a verlo su hija mayor le había gritado que no fuera, que lo dejara en paz. Reviviendo eso en esas inmensidades solitarias, la mujer intentó explicarse todo, diciéndose que su marido era propenso a esas tristezas irracionales, que durante los primeros años del matrimonio ya había sufrido una. Recuerda su rostro alegre, ilusionado cuando fue a verla porque quería comprar una granja fuera de Londres y dedicarse a sembrar y a criar ganado. 

   Eso la había asustado, verlo tan emotivo, tan poco práctico, una granja fuera de la ciudad restaría posibilidades de ascenso y brillo en los negocios del hombre, no lo dijo porque no lo entendería. Lo que hizo, y utilizó como arma disuasiva, fue la noticia del primer hijo que estaban esperando, y que debían pensar en su futuro y el de los que luego llegarían. Siempre se había felicitado por su forma de actuar, no gritó, amenazó ni lloró, pero él entendió sus objeciones y comprendió que seguir en Londres era lo mejor para la futura familia que estaba ya en camino. Nunca más se habló de aquellos planes idílicos, de escape a una vida más sencilla de trabajar con sus manos, pero a ella le pareció que desde ese momento lo notó más distante, más cansado, y varias veces al ir a visitarlo a su oficina lo miraba absorto mirando hacia la calle, con una mirada cargada de añoranzas. Y mientras regresa a la pozada, agitada y cansada de un paseo que no le brindó paz, es cuando cae en cuenta que desde esa ventana, cruzando la calle, se veía un gran mercado donde comercializaban con legumbres y animales de granjas. 

  Pero ella lo había hecho por la familia, le gritaba una parte que quería justificar un punto sobre el que ni deseaba pensar, acallando aquella otra que aseguraba, tajante, que salir de Londres le habría molestado a ella que deseaba brillar en sociedad. No, no deseaba pensar en eso, como no quería recordar a unos vecinos arruinados y desordenados que vivían en la casa de al lado. Por aquellos días una bonita joven parecía perseguir a su marido descaradamente y todos miraban asombrado como ella ni se preocupaba de eso; aunque una conocida bien intencionada le había advertido que el hombre se veía distinto, y que eso sólo podía significar que alguien más estaba en su corazón. Ella rió, su marido no era de los aventureros que seguían hermosas mariposas, él prefería hablar de libros, caballos y plantas con la vecina, una mujer delgada cargada de niños, de enfermedades, deudas y problemas. A ella siempre le molestó un poco que perdiera su tiempo ayudando a una mujer que no sabía manejar su propia vida, pero él decía que debían ser caritativos. Recordaba como una tarde, al salir al patio los encontró a los dos sentados en un largo banco, cada uno en un extremo, y que no hablaban, ni se miraban, estaban serios, con las miradas perdidas en un punto lejano. Ella pensó que era algo casi… grosero de parte de su marido, descortés, como si no la soportara. Poco después esa mujer murió enferma, y a ella no le importó. Pero deteniéndose en seco dentro de la pequeña habitación en la posada, la mujer se da cuenta de que fue por esos días que su marido sufrido la crisis de depresión, de melancolías y tristezas.  

   No quiero entrar más en honduras, mis amigos, el librito hay que leerlo para disfrutarlo; pero esa mujer, pedazo a pedazo, recuerdo tras recuerdo recompone toda su vida, cómo era ella, sin adornos. Se había casado con él, porque se veía bien, era agradable y proveería, no por amor, no uno que lastimara, que doliera… como lo que él había sentido por la vecina, que era tan fuerte que no lo dejaba mirarla por temor a que su pasión se notara, que ella u otros se dieran cuenta, o no poder controlarla y dejarla salir desbastando a dos familias. La mujer comprende que siempre le hizo difícil la vida a todos, que jamás escuchó qué sentían o qué deseaban; ella les trazó la vida, con sonrisas, con manipulaciones, implacable. Entendió que su hija en Oriente se había casado para escapar de ella, encontrándose atrapa en un mal matrimonio, y sí, ella había oído aunque intentó fingir que no, los rumores de que tenía un amante que la traicionó e intentó matarse. No había estado enferma, intentó acabar consigo misma. 

   A ella se lo ocultaron, su marido, el marido de la hija, la hija; no por consideración, sino para que no lo empeorara todo. Sabía que su hija había enviado una carta a su padre pidiéndole que por ningún motivo permitiera que ella fuera; eso lo interpretó como que no quería darle mortificaciones, pero lo que en verdad deseaba la joven era que no la atormentara. Aún sus motivos para ir no fueron altruistas o nobles, no fue para acompañarla, sino para pasear y que todos notaran lo buena madre que era. Pero la tragedia los había unido, pues el marido no la dejaba sola con la hija, que fue lo que su ex condiscípula, generosa y bondadosa, había intentado explicarle, que ahora todo mejoraría para la muchacha, que ahora se fijaría en las cualidades de su marido. 

   La novela es rica en matices, en giros, en el análisis de una personalidad superficial, indolente y algo idiota, la de tantos que se dejan llevar por el viento o el agua como el diente de león. La mujer se da cuenta de que ha vivido toda su vida de forma simple, superficial, sin querer saber de problemas, sin entender que todos eran distintos, empeñada en verlos de cierta manera y obligándolos a ajustarse a esa forma. Pero se jura que cambiará, que será otra. Llega a Londres y tiene un frío encuentro con su hija mayor, que enfrían un poco sus ímpetus de redención; ahora todo le parece tan cotidiano, tan normal que cree lo analizado en el viaje son fantasías, delirios sufridos por estar lejos. Cuando encuentra al marido, es nuevamente la de antes, la que no nota su tensión aunque sabía que había estado discutiendo con la hija mayor, la rebelde. Pero ella no quiere saber por qué o de qué, ni ver nada como no sea su vida ordenada, cómoda; desea imaginar que todo andaba bien. Y cuando el marido la abraza, este piensa: pobre Maria, está tan sola y no se da cuenta. Gracias a Dios que no se da cuenta… 

   Sí, fue una buena novela. 

Julio César.

LUCHA LIBRE

Martes, Mayo 20th, 2008

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   -Ahora me las pagas todas… 

   -Jorge no es más que un güevón que gana siempre en la lucha libre porque ustedes son unos mamagüevos. –replica insolente Renato en los vestuarios, cuando le advierten que deje de molestar tanto al otro, brusco, riente, desvistiéndose, mostrando el suspensorio blanco que ya usa, antes de ponerse, con esfuerzo, el chico y ajustado traje rojo, que parece atorarse en sus muslos musculosos. Tiene veinticinco años, es alto, de piel blanca cobriza, de cabellos negros y ojos amarillentos. Un tipo guapo, de buen cuerpo, siendo su tórax bien formado, de llamativos pectorales. Es un creído, un seductor y un echador de vaina. Es bueno en la lucha y no cree que nadie sea mejor.- Ese marico tiene que mamarse uno si se enfrenta a mí… -dice en el colmo del desafío, antes de notar el silencio de los otros; volviéndose se topa con la seca mirada de un tipo un poco más alto y fornido, de rostro cuadrado, con sombra de barba, cabello corto y tono moreno de piel: Jorge. 

   -Tú si hablas pajas, marico. Te espero esta tarde, cuando todos se vayan, y vemos quién gana. –lo señala con un dedo, duro, alejándose, viéndose grande y poderoso dentro de su traje azul. 

   Esa tarde, algo oscuro ya, un poco sudado por una tarde de ejercicios de  prácticas, el sonriente y confiado Renato espera ya de pie sobre la lona. Todo es silencio y soledad. La puerta se abre, violenta, y entra un mal encarado Jorge, sudado también. Se miran. Jorge serio, Renato dando saltitos, sonriendo con cierta burla, tenía movimientos que lo sorprenderían sacándolo de onda. Iba a ganarle, era más chico pero con mejor técnica. Se medio ladea y alza las manos, pero el otro sólo lo mira, con cierto fastidio. 

   -Me tienes arrecho con tus perradas, Renato. Entonces es hora de que te trate como la perra que eres. –gruñe, con voz ronca, profunda, desconcertando al otro por un instante. 

   Momento que aprovecha Jorge para darle un sonoro y poderoso bofetón. La cosa es tan insólita, es un ataque tan ilegal, que Renato se paraliza, tiempo en el cual Jorge se le va encima, como un oso, atrapándolo por debajo de los brazos, rodeándole el torso en el abrazo del oso, alzándolo con facilidad y derribándolo de espaldas, pero no es una simple caída. Jorge va sobre él, quien cae de espaldas, con fuerza, soltando un bufido, quedándose sin resuello. El bofetón, el golpe de espaldas y el peso del otro que le sacan el aire, lo marean, quiere gritar que no vale, que así no, pero ya Jorge se medio arrodilla, viéndolo sonriendo cruel, atrapando, de forma desconcertante, los tirantes de su traje, que hala, rasgándolo con facilidad. Hala y rasga a pesar de que Renato gime y se medio revuelve, hasta desudarlo casi todo, dejándole las mangas del traje en los muslos y el blanco y sudado suspensorio. 

   Ahora si que Renato se asusta e intenta pararse, sólo para recibir, de rodillas como estaba, otro bofetón en la cara, con el dorso de la manota del otro que lo derriba nuevamente, para ser testigo, sin aliento para gritar, de cómo Jorge se deja caer, transversal a él, con el antebrazo en su plexo, dejándolo ahora casi asfixiado. No puede moverse, sin aire, adolorido, y todavía tiene que ver la sonrisa del otro, quien atrapa con los dedos sus tetillas erectas, jóvenes y desafiantes apretándolas de forma ruda, haciéndolo gritar bajito, y revolverse un poco. Esos dedos aprietan, soban, aprietan fuerte, duele, luego acarician y Renato chilla, aterrado, mirando como una erección espantosa se levanta del entrepiernas del otro. Una mano de Jorge le atrapa la nuca, obligándolo a ir a restregar su cara de esa vaina grande, dura, caliente, que lo quemaba tras el pantaloncillo. 

   Renato no esta seguro de qué sigue, pero no quiere saberlo, intenta golpearlo en las bolas, pero Jorge le atrapa el puño y aprieta, haciéndolo gritar, y la silueta de la tranca se frota de sus labios. Jorge le gruñe que si lo muerde le fractura los dedos, y aprieta. Renato chilla y esa vainota sigue frotándose. Pero Jorge quiere divertirse, lo atrapa por la axila derecha y la rodilla del mismo lado y lo alza un poco, dejándolo caer, brusco, de panza. Renato gime, todo le duele, no puede respirar, su cuerpo brilla de sudor, sus nalgas rojizas, altivas y redondas llaman la atención del otro que sonríe pasándose codicioso la lengua por los labios, le daría una buena lección. Se mete entre sus piernas, dándole golpecitos en los muslos que le provocan dolor y el otro se abre a lo que daba los faldones del traje, poco antes de que se lo saquen. Sus nalgas dejan abierta la roja abertura. Metido todavía allí, Jorge le atrapa y dobla, casi a punto de fracturárselo, el brazo derecho sobre su espalda, con rudeza.  

   El joven charlatán grita y aprieta los dientes, inmovilizado, cuando la otra manota soba sus nalgas, los dedos palpan la carne dura, turgente. A Jorge le encantan esos glúteos musculosos de machito. Lo nalguea, lo ve estremecerse, lo oye quejarse bajito, mira la mancha roja, le gustó. Azota una y otra vez, de una a otra, con rudeza, la palma le arde, pero es sabroso, piensa mientras sonríe y da palmadas sonoras. Y Renato grita lloroso que lo deje ir, que se disculpa. Pero a Jorge eso le encanta. Su manota soba y recorre con codicia esas nalgas de hombre. Le gusta poseer y someter a esos carajitos arrechos. Baja el rostro y besa de una a otra, luego muerde, suave, luego fuerte. Y más fuerte. Y Renato solloza mal. La lengua titila sobre el rojizo y lampiño ojete del culo, le gusta saborear un culito virgen, sometido, que sabe será suyo. La lengua recorre, se mete, y Renato gime ante tan extraño y horrible ritual, nunca antes le habían pasado la lengua así, jamás la cálida y viciosa lengua de otro carajo se había metido en su esfínter. 

   Jorge se endereza, no quiere darle placer. Pasa sus dedos, dos, por la espalda mojada, recogiendo sudor, y enfila hacia el culo y los mete, sin ceremonias. Los mete hondo y Renato grita, siente que se rompe. Duele y quema. Los dedos van y  vienen, cogen, Renato llora y se estremece todo, y eso encanta más al sádico, mete tres dedos, hondo, lo ve combarse, llorando a lágrimas vivas, suplicándole que lo suelte. Los agita, ese culito aprieta, calienta y hala sus dedos. No puede más, saca los dedos, con una mano baja su traje, no usa calzoncillo. Su barra titánica, cobriza oscura se enfila contra el abierto culito y aprieta. Renato grita, eso entra, rápido, al fondo, y casi se desmaya. Ahora Jorge lo suelta, semi recostado sobre él, semi arrodillado, con sus pelos pegados a esas nalgas. Retira el güevo, lo mete, saca y mete, cogiendo unas veces lentas, otras rápidas. Lo coge una y otra vez. 

   Renato chilla, lloriquea, pero siente un calor grande y poderoso; cuando esa vaina va y viene le provoca gemir, alzar el culo y que se lo cepillen bien, había algo que lo llenaba de ganas, de paz, de gozo, que lo hacía olvidar todo el dolor. Su culo va y viene ahora, abierto como una ‘o’, tragándose el grueso tolete, nervudo, largo. Las manotas de Jorge le atenazan las nalgas, lo coge con un ritmo frenético y le gruñe que sé que te gusta, mira como meneas el culo, eres una perra, mi perra. Lo echa de espaldas, lo mira, Renato parece sin fuerzas, los ojos bañados en lágrimas mientras ese carajo le tiene las piernas montada sobre sus hombros y sigue cabalgándolo, cogiéndolo duro, metiéndole esa vainota hasta el fondo de unas entrañas calientes, mojadas, que maman ese güevote. Le duele y le gusta, y eso lo adivina el otro que grita eres mi puta… y le llena el culo de leche bien caliente, es tanta que Renato siente la ardiente lava subiéndole al estómago, corriéndose también dentro del suspensorio. 

   -¿Satisfecho, puta barata? –pregunta Jorge parándose. 

   -¡Coño’e madre! Esto lo vas a pagar. –gimotea, sentadote. 

   -¿Qué, vas a decir que te cogí bien cogido y te corriste? –es cruel.- No digas idioteces. Ahora debes cuidarte de que yo no hable de cómo te meneabas, ni de tu tatuaje en la nalga o los dos lunares sobre el hueco de tu culo. Y puedo hablar, y tú no quieres eso, ¿verdad? Te gusta hacerte pasar por macho, pero ahora sabes que eres una perra caliente. ¡Mi perra! Abre la boca, quiero mear… -ordena, tajante. Renato se llena de odio, de rabia, las mejillas le enrojecen… y abre la boca. 

Julio César. 

NOTA: Es de mi otro blog.

FUERON DE VISITA A LA MONTAÑA

Sábado, Mayo 17th, 2008

   Este relato es una nueva versión de una historia corta, muy corta pero buena de verdad (no sé como lo hace), leída al PUTOJACKTWIST. No me canso de releerlas, sobretodo cuando se pasa por momentos pocos halagüeños como nos ocurre actualmente en mi país. Que me disculpe el putojacktwist, pero aquí va la historia. 

PROYECTO BROKEBACK MOUNTAIN

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   Cada noche deseaban volver a ellos… 

   Esa tarde, casi de noche ya, Alicia se sintió obstinada. No cansada, simplemente sin ganas de seguir oyendo a los niños discutiendo ásperamente por cada franela limpia o cada pedazo de torta, indiferentes a sus llamados de paz, de calma. Ni ellos ni su marido parecen entender que necesita escuchar algo de silencio. No puede mirar la cesta llena de ropa lavada, con camisas que esperaban se planchadas. No está contenta; le gusta su vida, pero a veces, en un raro momento de quietud entre dos tareas, recuerda que quiso visitar la India cuando era muchacha, cuando pensó que tenía todo el tiempo del mundo para hacer cosas increíbles. Y ahora le había dado por evocar con extraña insistencia al muchacho de su clases en bachillerato, el ‘loco’ de ojos brillantes de sueños maravillosos y fantásticos que una noche sin son ni ton le dijo que ella era la cosa más hermosa que había visto en su vida, que por ella él esperaría toda una eternidad y sería feliz si lo mirara con amor, que escaparan juntos. No lo hizo, porque ella deseaba estudiar, tener éxito e ir a la India. Pero nada resultó como lo imaginó, como sucedía siempre. Había sido feliz, era feliz, su vida era buena. Sin embargo… 

   Ricardo es un profesor de liceo, enseña lenguaje y siente amor por lo que hace. Le agrada la juventud con esas ganas de hacer cosas; pero mientras va adentrándose en los cuarenta, pierde cabello y engorda un poco, va sintiéndose desasosegado, aburriéndose y perdiendo la paciencia con sus alumnos, jóvenes y atractivos, llenos de vitalidad e irreverencia pero pocos dados a la reflexión, aún a hablar correctamente, desconcertándolo cuando en medio de una oración sobre Harry V, le preguntaban asombrados: “¿Inglaterra es una isla, profesor?”. Los mira pendientes de los mensajes telefónicos, de las citas para bailar y parrandear, y le parecen seres vacíos; y se molesta, con ellos, con él, por su fracaso. Antes se sentía lleno de ganas por transformarlos, por transmitirles el secreto de la existencia, casi como la misión de su vida, llenarlos de ese fuego nuevo y renovador que una vez tuvo, pero ahora… 

   Sentado tras su escritorio, Esteban mira pasar al nuevo ingeniero, sólo un muchacho, lleno de altanería y buena pinta. Nota como todos lo buscan, le hablan y quieren intimar. Lo entiende, el tipo irradiaba vitalidad, fuerza, determinación, algo que él iba dejando atrás. En algún momento perdió la chispa que lo empujaba e hizo que arrastrara a otros hacia las metas. La vida le fastidiaba, no soportaba la oficina, ni la casa. Laura y los niños lo agotaban, y había comenzado a distanciarse, refugiándose dentro de sí, desconectándose del mundo. Lo sabía egoísta, pero no tenía fuerzas para cambiarlo, ni le veía necesidad; ese vacío que ahora era su vida le brindaba una paz extraña, la serenidad de la resignación, de quien no espera nada, por lo tanto jamás será desilusionado, pero sin vivir. La gente le molestaba en todas partes, pero no en su mundo interno. Sabía que era insano, extraño, pero fantaseaba con tenderse en una cama, sin moverse, sin vivir. Le iba bien dentro de un país que se despedazaba, y sin embargo no era feliz ni infeliz. Se sentía vacío… 

   Vicky terminó el bachillerato hace dos años y no encuentra cupo en la universidad, y no quiere irse a unas de esas perreras donde hay carreras como medicina que se cursan en tres años bajo tutela cubana. Ella quiere trabajar y salir de la casa paterna. Ama a sus padres, pero quiere su espacio, su vida. Si no en la universidad, en la realidad cotidiana con un trabajo. Ha sido mimada, sus padres le compran la gasolina del carro, que también le dieron, y la tarjeta del teléfono móvil. Tiene casi veintiún años y aún la tratan como a una cuiquilla de siete años a la que le dan de todo dentro de sus posibilidades. No le falta nada, nunca le faltó, podría ir a una universidad privada si chillaba, pero sabe que aunque sus padres harían el sacrificio, sería duro para ellos que ya le habían dado tanto. No quiere eso. No quiere seguir dependiendo, no quiere seguir bajo tutela. Los ama pero quiere correr, gritar, alejarse. No quiere… 

   Rodolfo es un cabo segundo de la Guardia Nacional, un hombre adulto que hizo carrera como militar, que ve como día a día la gente que antes le tuvo aprecio va mirándolo con desdén y hasta con asco, apartando la mirada cuando pasaba para fingir que no lo vieron. La gente que ayer lo apreciaba, hoy no le dirigía la palabra, excepto aquellos que fingían aceptar el tutelaje cubano en Venezuela para hacer negocios. Eso le desagrada, le hace infeliz, ese tutelaje, el rencor en esos ojos antes amigos. También le inquieta la necesidad que va sintiendo de llamar a Alberto y Wilson, antiguos amigos de muchachadas, a quienes recordaba con una añoranza que le desconcertaba. Mientras iba ascendiendo de joven a adulto, y en su carrera, se apartó de mucha gente, desatendiendo invitaciones, no visitando, no respondiendo llamadas. Por aquellos días pensó que ya no los necesitaba, que debía seguir. Ahora extrañaba esas charlas cuando los tres bebían caña casi hasta la inconciencia, echados en el suelo, mirando un juego de pelota. Cuando hablaban de todo, de cosas alegres para terminar hablando de cosas reales, a veces dolorosas. Mientras recorre la conscripción, Rodolfo recuerda a Alberto llorando por su mamá muerta, con una congoja tan grande que parecía no tener consuelo, casi recostado sobre él, con la cabeza en su hombro, momento en el que sintió que lo quería de una forma total, que de poder habría dado algo, lo que fuera, por no verlo así, sin embargo nada sexual había en ello. Pero los había alejado, como a muchas otras cosas buenas o significativas en su vida. Y ahora no sabía qué hacer…    Silvia adora ir a la universidad, porque allí estaba Mariana, su mejor amiga, con quien podía hablar, reír, intercambiar secretos, ropas o lápiz labial. Ella quería a Mariana de una forma que a veces la asustaba, porque le dolía verla hablando con otras personas, con muchachos o chicas. A Silvia le pesaban los días cuando no la veía. Que Mariana no fuera una tarde a clases era doloroso, porque eran amigas. Amigas que caminaban tomadas de la mano, rientes, sintiéndose alegres y vitales. A su mamá no le agradaba mucho esa amistad tan estrecha con Mariana, y eso le hacía la vida difícil en casa. Pero Mariana era su amiga, su mejor amiga de todo el mundo. Sin embargo algo había cambiado, ayer había sucedido algo que la turbaba; en clases, mientras el profesor hablaba de gráficas de crecimiento demográfico, Mariana, sentada a su lado dentro del salón oval del rectorado, le había tomado la mano bajo los respaldos para los cuadernos, bajo la mesa como dirían. Silvia la miró sorprendida, encontrándola algo pálida y tensa, mirando al frente, y no tuvo fuerzas para soltarse, ni deseó hacerlo tampoco mientras se estremecía y su corazón latía con fuerza, haciéndola desear tomar aire a bocanadas y sonreír. Se separaron al salir y no habían hablado de eso aún… 

   Javier y Nelson son dos muchachones veinteañeros, amigos de siempre, alegres y parranderos que sólo quieren ir de rumbas, bailes, tomar cervezas, fumar y tirar con bellas chicas. Nelson había probado un poco de piedra, algo que Javier sospechaba y le molestaba, aunque no le había dicho nada. Eran los mejores amigos, se sabían guapetones y que gustaban a las féminas. No amaban a ninguna en especial y más de una vez la que salía con uno terminaba en la cama del otro, sin problemas. En medio de una borrachera, dos años atrás, Nelson le había dicho a Javier, casi pegando la frente a la suya, que quería que montaran el la camioneta de Javier y se fueran a recorrer todo el país, de montaña a playa, y de valle a selva, parándose en cada pueblo a comer, beber y encontrar mujeres, antes de que fueran más viejo y ya no pudieran hacerlo al estar atrapados en la vida de los adultos, ese momento cuando la magia muere y ya no se es un muchacho. A Javier le sedujo la idea, quería partir con su mejor amigo y vivir así, alegremente al garete, en aventuras. A su lado. Porque le había impresionado la urgencia detectada en esa voz amiga y querida. Pero su padre se lo prohibió, y el joven no aceptó, temeroso de perder su carro, la tarjeta de crédito y la ayuda paterna. Nelson pareció entenderlo, pero a Javier le inquietó algo en su mirada (¿decepción?), que fue apagada y se desvió casi al instante de la suya; tampoco le gustó lo que él mismo sentía, aunque no sabía exactamente qué era… 

   Cada dos meses, o algo así, Ligia escapa de su casa, de su marido y sus hijos para pasar un rato con ella misma, con sus pensamientos, dándose el gusto de no hacer nada, de no vigilar nada ni estar siempre al pendiente. Sentada a solas en un café, saboreando un cargado marrón oscuro, humeante y oloroso, pensaba en su vida, y le agradaba aunque ya no tenía mucho tiempo para nada más. Ni para las antiguas amistades. Ya no habla con nadie de un tema personal o abstracto, sobre algo que no fuera la familia; pero supone que eso está bien. Aunque… 

   Con paso lento, hace mucho calor, Gonzalo cruza la calle rumbo al edificio donde vive con su madre después de su divorcio hace ocho años atrás. Imagina que tal vez esa noche habrá otra cena preparada por su madre donde le presentará a alguien. La mujer parecía decidida a casarlo, aunque él daba claras muestras de que no quería. Su madre no le preguntaba por qué, o por qué se divorció, ni él le contaba nada. ¿Cómo contarle de ese momento fugaz en aquella fiesta del trabajo muchos años atrás, que cambió su vida, abriéndole los ojos a lo que sentía, pero condenándolo a ocultarle todo a todo el mundo? Hubiera querido decirlo, dejar que alguien supiera, que otra persona lo escuchara, entendiendo que se descargaría, que por un momento se quitaría el pesado fardo de encima, que habría alivio y tal vez hasta lanzara un largo jadeo de contento; pero exponerse así era demasiado para él. Jamás se atrevería. Pero pensaba que estaba bien, que podía seguir así, sin nadie, para siempre… 

   Esa tarde, casi de noche ya, Alicia sale de su casa sin saber qué hacer. Ricardo camina lentamente por el boulevard, pensando en todo y en nada, algo molesto por algo que no entiende. Esteban deja la oficina y en lugar de tomar su carro e ir a casa, sale del estacionamiento y deambula de aquí para allá. Vicky espera a un amigo en el boulevard, uno con quien siempre habla de mil cosas, sintiéndose algo inquieta. Rodolfo espera hora para una reunión, se rumorea que van a enviarlo a Cuba y eso no le gusta. Silvia y Mariana deambulan por el boulevard también, discutiendo sobre un trabajo de investigación, pero sin concentrarse, sabiendo cada una que tienen que hablar de otra cosa. Javier y Nelson van al teatro Humboldt esperando entrar y ver King Kong, pero no hay entradas, y siguiendo a dos chicas (Mariana y Silvia), van tras ellas a otra sala. Ligia, terminado su café, medita si entrar o no a una función cinematográfica. Gonzalo desvió sus pasos también, no quiere cenar con su madre. Y todos coinciden en una cola extrañamente larga para ver una película que promete ser mórbida y polémica, la de los vaqueros maricas y sinvergüenzas. Hay risitas y comentarios bajitos. Nadie espera mucho de ella. 

   La sala está llena, cosa rara para una película de ese tipo, piensan algunos, seguros de haber cometido un error al entrar. Se apagan las luces y se oye un rasgar de guitarras extrañamente inquietante sobre un paisaje árido, casi desértico y solitario. Y para muchos el mundo se detiene de una forma total, casi brutal, y sus vidas dejan de transcurrir en esos instantes, porque están dentro de la existencia de otros. Ya no están en esa sala, se encuentran en lo alto de una montaña donde hace algo de frío, entre ovejas y caballos, y miran, más allá, la pequeña tienda de campaña, y hasta reparan en el vaquero catire y hosco que sale a cocinar para el otro, el moreno de sonrisa hermosa. Miran al tipo que observa a su compañero con algo que va convirtiéndose en pasión, aunque aún no se atreve a decirlo, y para disimular debe saltar y gritar como un vaquero de comiquitas. Lo observan decidido y valiente moverse para conseguirlo una vez que entiende que ese es su destino, su vida. Asisten al momento donde en una segunda entrega, perciben en unos ojos grandes, azules y expresivos todo el amor que una persona puede sentir por otra, y toda la entrega de la que es capaz.  

   Contemplan la dolorosa despedida porque el mundo no perdonaría a dos jóvenes que escaparan para vivir uno con el otro. Miran como nada detiene los sentimientos, como la nueva reunión termina en besos desesperados, en un llanto casi contenido del hermoso moreno que temió no encontrar nada para él pero allí estaba el hombre al que amaba recibiéndolo en sus brazos. Y allí está el vaquero solitario y viejo, que no deja escapar ni una lágrima aunque queman sus ojos, un tipo tan encerrado en sí que besar, decir que ama o llorar le cuesta. Pero lo miran ahora solo, amargado, extrañando el amor que se ha marchado definitivamente al reino de la muerte. Lo saben infeliz porque el mundo es intolerante. Lo saben desdichado porque nunca reparó sus faltas o se disculpó, pensando que siempre habría tiempo para hacerlo. Entienden que ese hombre arrastraba sus propios temores y dudas, sus propios recelos que no lo dejaron simplemente abrir los brazos y el alma y entregarse haciendo feliz al otro; pero también que mucho había amado y mucho había perdido. 

   La película acaba y ellos no pueden moverse, no pueden pensar, no pueden reaccionar. Sus mentes se han cerrado a ese final, desechándolo, maldita sea; las mentes alejan el dolor y deciden volver al momento feliz. Ellos no pueden abandonar el lugar porque siguen dando vueltas alrededor de esa tienda de campaña, siguen atrapados sentados a la hoguera, junto a los vaqueros con sus veinte años a cuesta, con todo su amor y sus esperanzas, con todos sus temores de muchachos. No pueden abandonar ese lugar que hace humedecer sus ojos y agitar sus pechos entre el amor y el dolor, aunque intentan decirse que ya basta, que ya está bien, que debían regresar. Pero no pueden, es como si un mal hipnotizador no hubiera sido capaz de sacarlos del trance. Lentamente todos abandonan la sala, salen a la noche, a las avenidas, pero en cierta forma nada de eso es real. No, lo verdadero es el joven moreno que salta y grita como una parodia de vaquero, angustiado ante lo que siente al mirar al compañero de amarillentos cabellos; en medio de una naturaleza hermosa, con el bello cielo sobre sus cabezas, bendiciéndolos. 

   Todos vuelven a sus casas, a sus vidas, con los suyos; pero no pueden reintegrarse. Están tristes, se sienten abrumados, dolidos y vencidos por pasajeros instantes de vacío que atormentan, para ser sustituidos luego por los sueños, por imágenes creadas por sus mentes, donde el final es distinto. Vagan entre suspiros, entre miradas angustiadas, entre añoranzas. Nadie sabe qué les pasa. Nadie entiende por qué esas súbitas melancolías, por qué el de los ojos rojos en un instante. Algunos se preocupan por ellos, otros parecen perder la paciencia: “Pero ¿qué tienes? Si estás así es por algo, ¿no?” 

   Ellos continúan con la vida, pero se sienten inquietos por la forma en que marchan las suyas mientras flotan entre ovejas y vaqueros, y no pueden olvidar esa mirada, esa mirada de amor en una carpa (Dios, esa mirada que lo abarcaba todo, que lo decía todo y creaba un mundo nuevo, infinito, de valor); o esa otra mirada, llena de expresividad, de entrega, del hombre que entiende que ya no es dueño de su vida mientras ve cabalgar hacia lo lejos al hombre que quiere y que segundos antes lo acunó en sus brazos cantando a su oído. No pueden olvidar ese abrazo inexperto, esas caricias rotas, esos besos brutales, esa media sonrisa del chico que encuentra frente a una vieja oficina a alguien que no esperaba encontrar jamás, esa última lágrima, esa maldita música (Dios, esa maldita música). Y sueñan e imaginan, sonríen como idiotas por las calles cuando algo les trae un vago recuerdo, una camisa, unas botas. 

   Y lloran, porque tienen que llorar a veces, sintiendo las lágrimas lavando tantos momentos tristes observados en esa película, pero también los de una vida que no se estaba viviendo en ese momento. Se van a la cama, sonriendo, soñando y llorando como no lo habían hecho nunca antes por nada, y menos por una película. Y mientras van cayendo en el sueño, piden volver junto a la hoguera, a su calor, a ese cielo infinito tachonado de estrellas, sentándose al lado de los dos jóvenes vaqueros, que sonreirían al verlos llegar, agradecidos de sus visitas y de esa compañía. Contentos de la presencia de gente que los amaba, que no deseaba para ellos ningún mal. Y hablaban con Jack, le contaban cosas para verlo y oírlo reír con su voz, con sus labios y ojos hermosos; y notaban como Ennis sonreía complacido, de medio lado, al saber feliz a su Jack. Y mientras toman algo de whisky y escuchan la armónica, cada uno de los visitantes cuenta algo de ellos, de sus vidas, de lo que un día soñaron para sí. En esas visitas cada uno entiende que esos dos hombres realmente están enamorados. Y ellos mismos vuelven a enamorarse también. 

   Y la mujer, el profesor, los muchachos y las chicas, el divorciado, el cabo, incapaces de aguantar una noche más de desvelos, de ese que se produce a media noche cuando súbitamente llega con toda su fuerza la certidumbre de que Ennis está solo en esos momentos en su trailer, viejo y triste, tal vez abrazado a la camisa de Jack, lamentando su perdida. Su vida sin amor, sin compañía, se hace insoportable, y sólo queda llorar, y pedirle a Jack que vuelva, con su alegría, y le acompañe hasta que salga el sol nuevamente. Cada uno de ellos, incapaz de aguantar más se coloca frente al computador y teclean las palabras mágicas, Brokeback Mountain, el abracadabra que abre ante ellos todo un mundo nuevo. Y leen el primer mensaje: 

   “Estoy totalmente enganchado a esta película y me sentía un poco extraño e incluso mi ‘adicción’ me llegó a parecer absurda e infantil. Publicado por: Bagheera 25/01/06 a las 21:12”. 

   Todos sienten un vacío de alivio, de felicidad, porque entienden que no están solos. Que hay otros como ellos, esperando que abran sus corazones, algo que necesitan desesperadamente. Sus vidas como habían sido hasta ese momento, terminan para siempre. Un hombre llora por el recelo que sienten todos de su trabajo como militar y habla de los amigos que quiere y de los que se separó. En seguida le contestan que sea honesto consigo mismo y la gente lo entenderá, y que qué espera, que tome el teléfono y llame ya a Alberto y a Wilson. Y a una joven le aconsejan que busque el empleo que desea y se arriesgue a vivir su vida fuera de la casa paterna, que si le va bien, perfecto, si no, sus padres estarán allí para oír y entender. Dos amigos deciden por fin salir de viaje por todo el país, juntos, extrañados de lo mucho más que se quieren ahora (como amigos) y prometen escribir a diario a todos contando lo que encuentren, jurando hacer cosas buenas, y portarse como gente decente, como habría querido Jack Twist. Un hombre cuenta de su vida de claustro, de lo que vivió fugazmente muchos años atrás, y hacerlo lo alivia de tal forma que llora un poco, y piensa en esos ojos grandes y azules de los que se enamoró ahora, después de viejo como quien dice. Y hay otro mensaje, y mil contestaciones. 

   Las vidas se cuentan, las historias se oyen, la hermandad se crea entre esos noctámbulos, los que necesitan explicarse tantas cosas. Ha comenzado el proyecto Brokeback Mountain. 

Julio César.

DE COMPRAS…

Sábado, Mayo 17th, 2008

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   -Oh, Santa, qué regalote… 

   Mauricio odiaba ir de compras con la familia. Susana, su mujer, y los niños, tres, eran incontrolables. Sin embargo se quedó congelado viendo a aquel San Nicolás, sentadote, enfundado en un ajustado traje, atendiendo a los niños; era enorme, fornido y muy masculino. Por alguna razón le dio un escalofrío y más cuando el tipo lo miró, sonriente. Paseándose por allí, pensando en qué quería para navidad, oyó que lo siseaban desde un cuartito. Intrigado se asomó y encontró al San Nicolás, con su gorro, botas negras lustrosas y un ajustado bóxer, sentado, sonriéndole, apretándose la enorme barra bajo el calzón. Mauricio se quedó frío.

   -Ven, bebé, Santa va a darte una barrita de dulce… -le dijo sardónico.

   Mauricio pensó en irse, ¡pero no antes de probar su dulce! Y no era una barrita, era una barrota enorme y gruesa que no se cansaba de recorrer con su lengua ávida, tragándola, entre jadeos de gusto, preguntadse cómo nunca antes había probado algo tan rico. Está tan loco mientras la devora, con gula, que casi no repara en que se queda sin ropas, que el sujeto cierra bien la puerta y saca una barrita de mantequilla de una gaveta. No es hasta que la ensalivada y roja vara sale de su boca, que nota algo extraño.

   -Santa quiere su regalito también…

   -¿Qué…? ¿Qué le gusta a Santa?

   -¡Dar! Ese es el mejor regalo para Santa, que lo dejen dar y entregar. Quiero dejarte probar un buen rolo de carne, te hacen falta proteínas… Date la vuelta. –y Mauricio jadeó confuso, cayendo de manos y rodillas debilitado.

   -¿Y qué más me darás, Santa…?

   -¿Quieres más, niño goloso? Bien, después de darte de comer, te daré algo de tomar, una buena rociada de leche… 

Julio César.

BELLEZAS ACUÁTICAS

Sábado, Mayo 17th, 2008

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   Con esas caritas, ¿cómo pasar desapercibidos? 

   -¿Qué hace, señor? ¿Está loco? ¡Nos verán! –gimió bajito para evitar el escándalo, sintiendo como esos dedos bajaban la suave tela.

   -Cálmese, caballero. Disimule. Ya no aguanto más; Dios, qué tersas y lisitas son. –gruñó, apoyando su barbilla en el otro, y los dos se quemaban dentro de la piscina.

   -Hummm… sus dedos me enloquecen, señor… Oh Dios…

   -Si, entró; déjeme moverlo bien. Voy a separarlas más, okay… Aquí voy con todo. Relájese…

   -Hummm… Nos verán. –temblaba para sus adentros, con temor de moverse, aunque sentía ganas de agitarse, revolverse, gritar y saltar sobre ese carajo recién conocido… jugueteando en el agua como un niño, claro.- Oiga, ese tipo nos está mirando.

   -Es el hermano de mi mujer, pero mírelo bien, sonríe, seguro que quiere estar aquí. Ahhh… calza tan bien, ¿lo sientes? ¿Le agrada? Es difícil hacerlo sin moverse por lo que tengo que pulsar más, pero le aseguro que va a terminar bien mojado.

   -Hummm… -era lo único que ocupaba su mente. 

Julio César.

EL FIN DE LA ETERNIDAD

Sábado, Mayo 17th, 2008

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   Dentro de las historias de ciencia ficción los relatos de Isaac Asimov siempre tendrán un lugar bien ganado. Generalmente, aún en mis queridos Simpson, no falta quien diga que su trabajo está sobrevalorado, o que no era muy bueno. Imagino que quien comenzó a escribir ficción desde los años treinta y cuarenta, estaba un poco limitado por lo acontecimientos de su tiempo, aún de los propios temores de la era (las guerras, la depresión y otras), así como de los avances tecnológicos. Cosas como la manipulación del genoma humano para crear un mundo diferente, tipo GATTACA, con todo lo inquietante y atemorizante que fue esa película, era difícil de captar en todo su significado en años tan tempranos. Hay que estar claro, hasta el gran padre de la ficción, Julio Vernes, a ojos nuevos, resulta algo aburrido, aunque fascine aún. Una historia que nos hable de los hombres de
la Luna, o de Venus con sus pantanos, a la luz de lo que ahora sabemos, resulta tonto, pero el mérito estuvo en imaginar todo eso antes de que fueran hechos comprobados, o derribados por las realidades científicas.
 

   Extrañamente mucha gene ignora que Asimov fue un científico real, un investigador en toda la regla, con disertaciones tan ingeniosas como amenas, pero sobretodo llenas de datos y realidades incontrovertibles. Bueno, no usemos una palabra tan grave y determinante, pero por ahí marcha la cosa. He estado pensando en incluir aquí una de sus disertaciones, presente en uno de sus libros de no ficción muy bueno, El Planeta Que No Estaba, pero aún estoy evaluando si no pueden acusarme decididamente de plagio o algo así. En fin, el hombre escribió relatos que son muy ingeniosos y hasta llenos de moralejas. Otros no fueron tan celebrados, pero eso le pasa a todo el mundo. Una de sus novelas, que en mi modesta opinión es realmente buena, que me gustó mucho y la recomendé, sorprendiéndome el que no agradara a las mujeres que sé gustan de leer mucho, fue El Fin de la Eternidad. 

   Esta novela trata, en primer lugar, sobre el status quo, sobre un mundo que es, que fue y que se espera continúe siendo de cierta forma, sin desviaciones, sin sorpresa, controlado. Conocemos a uno de los hombres encargado de mantenerlo dentro de esos límites, Harlan, un tipo que pertenece a una organización supra mundial, La Eternidad, una elite que se extiende en el tiempo durante casi cien mil años, controlando todas las actividades humanas. En teoría están para cuidar a la gente, pero terminan controlando sus vidas, su forma de pensar e incluso sus destinos, convirtiéndose en sus carceleros. Son un grupo poderoso, con recursos, que decide que ellos saben lo que es mejor para todos. Harlan es uno de ellos, hasta que por cuestiones totalmente particulares (como siempre ocurre), la aparición de una mujer que le gusta y de la que se enamora, se cuestiona el derecho de existir de La Eternidad. 

   Él es un ejecutor, el sujeto que se mueve entre las eras produciendo los cambios necesarios con sus propias manos. Hay un peligro de guerra en el siglo cincuenta que dará como resultado, cinco siglos después, una sociedad más tecnificada que sueña con ir al espacio y crear el imperio galáctico humano (cosa que La Eternidad odia por encima de todo lo demás, por el desorden que implica, por el caos que conlleva, por los gastos inútiles que significan. Pero lo que en verdad  la mueve contra esa idea es que de escapar los hombres a otros mundos no podrían controlarlos y continuar existiendo), el ejecutor sale de La Eternidad, entra en
la Realidad del cincuenta y hace algo que evita o retarda la guerra hasta que los factores den con una realidad alterna, una donde los viajes espaciales, por ejemplo, nunca se dan. Cuando cree que La Eternidad se ha vuelto contra él, quitándole lo que más quiere, y descubriendo él mismo la importancia de su papel en el drama de la realidad actual, Harlan decide mandarlo todo al infierno, saboteando un gran proyecto que debe finalizar en la desaparición de todo, aún con él, dando como resultado un mundo distinto donde dicha organización, y su control, jamás existieron.
 

   Aquí Asimov juega con dos planteamiento que resultan fascinantes: una, que el tiempo no permite que se produzcan paradojas: un hombre no puede mirarse a sí mismo como sería o estaría cinco días en el futuro, por ejemplo, porque eso le permitiría actuar de la forma que le diera la gana, matando, provocando incendios o cruzando un lago de fuego, por la seguridad que tiene de que dentro de cinco días seguirá vivo. A eso lo llama una paradoja del tiempo, algo a lo que los eternos temen mucho, y que el Universo y el tiempo luchan contra estas cosas. Sin embargo, lo que Harlan descubre (¿por accidente o manipulado?) es que la misma Eternidad conoce su historia, dónde y cómo se originó, y que de tanto en tanto, dentro de un Universo de tiempo cíclico y repetitivo, deben ponerse en marcha ciertas acciones que aseguren la aparición de la organización. Así nos encontramos con que La Eternidad nace de una paradoja, algo que el tiempo debe intentar impedir. 

   Sintiéndose traicionado, como ya dije, Harlan interviene y pone en riesgo el inicio de la secuencia de hechos. Pero cómo su daño puede ser reparado,
La Eternidad no desaparece de un solo perolazo, el tiempo les da un margen de maniobra para hacer reparaciones enviando a alguien al punto donde se cometió el error y enmendando las cosas, por lo que se pone en marcha una compleja maniobra de salvamento. Pero el protagonista va uniendo verbo con predicado, y entiende, por sí mismo, que ha sido manipulado por otros, por seres que odian La Eternidad y buscan su destrucción. Parte con su amada a los tiempos arcanos, los siglos antes de la manipulación del tiempo, los años de madame Curie, a salvar la situación, y allí termina Harlan apuntando con un arma a la mujer que ama, desenmascarándola como miembro importante de la conspiración contra la organización. Ella confiesa, y la explicación que da a sus actos es buena, ella ha visto el futuro de la humanidad, en los siglos de un planeta sin hombres que se han extinguido mucho antes al estar atrapados en su mundo; se dan razones que suenan lógicas para este fin del mundo humano, créanme. La existencia de La Eternidad, diseñada para proteger y hacer feliz al hombre, parece ser la culpable de su muerte.
 

   A mí me encantó el libro, el final, el planteamiento, incluso el personaje de Harlan, un tipo que no se creía digno del amor de una mujer hermosa, que intentaba luchar contra las carantoñas de esta bella hechicera, resultan en una historia de amor interesante. Como el gran escritor que es, digan lo que digan los críticos, Asimov no se molesta en explicarnos cómo se logra el viaje a través del tiempo, aunque él, lo esboza más como una ruptura en la realidad, como un hueco, o una ventana que se abre, en cada siglo por donde entra esta gente, los eternos, y hacen sus gracias. Y a pesar de ese vacío explicativo, el libro no pierde atractivo. 

   Siempre me ha costado mucho imaginar una forma mecánica, algo creado por el hombre u otra inteligencia, para viajar en el tiempo. El tiempo no es una fuerza por sí sola, es más bien parte del binomio que pone en movimiento el Universo mismo: tiempo y espacio. Tiempo es el lapso entre un ahora y otro ahora, pero éste está ligado a todo el desplazamiento en el Universo. La Tierra, por ejemplo, no se encuentra en el mismo punto con referencia a otras estrellas donde estuvo hace un año. Ni lo está el Sol con respecto a la espiral, ni ningún otro cuerpo celeste. Cuando miramos hacia Alfa Centauri, el grupo de tres estrellas más cercano a la Tierra, no estamos viendo esos cuerpos en nuestro ahora, sino como fueron hace cuatro años y picos atrás, distancia en años-luz que nos separa de ella (4,36 años-luz); ese es el tiempo que tarda su luz en llegarnos. 

   De viajar cien años en el futuro, no sólo debemos movernos en el tiempo, sino también en el espacio. La Tierra no se encontrará, en cien años, en este punto del Cosmos, se habrá desplazado por el éter. Tiempo y espacio deben ir juntos, o quien se desplace a cien años en el futuro o en el pasado, aparecerá flotando en la nada, porque o el planeta ya estuvo ahí, o aún no ha llegado. Con eso en mente, por lo menos yo, no puedo dejar de preguntarme, ¿cómo haremos para viajar cincuenta años en el pasado o tan sólo un día? Se puede especular en un libro, revista o película con un combustible o una fuente energética tan poderosa que rompa la línea del tiempo, ¿pero lo es tanto como para arrastrar el planeta al lugar donde estuvo en ese momento? ¿Existe realmente la suficiente cantidad de energía en todo el Universo para hacer eso, para hacer retroceder a
la Tierra en su orbita de rotación y de traslación? Y si la Tierra es obligada a moverse, ¿no tienen que hacerlo igual la Luna, Marte, Venus y el Sol mismo?
 

   Claro, se puede especular (teorizando todo es posible) que tal vez existan puertas naturales, que así como percibimos estrellas que debieron estallar para este momento, pero que vemos como fueron hace miles de años, es posible viajar en esa dimensión, obligando al tiempo a doblarse, torcerse o romperse, y que eso añadirá de por sí, el espacio. Pero, ¿será cierta tal especulación? También es posible, después de todo sólo soy un lector de todo lo que encuentra, no soy físico o matemático, que venciendo de alguna manera la barrera del tiempo, el espacio se comprima de forma automática sin que hagamos nada, sólo para compensar la otra fuerza. Así para llegar del punto A al punto B de tiempo, no viajaríamos en línea recta sino doblando el espacio que los separa como quien dobla una servilleta, hasta que los dos puntos se superpongan, permitiéndonos pasar de A a B dando tan sólo un paso, y al terminar la torsión, la distancia quede compensada por sí misma, al desdoblar la servilleta. Puede ser que la constante espacio-tiempo quede compensando de forma mecánica ya que la cuarta dimensión los obligue, por alguna ley natural, a mantenerse constantes uno respecto al otro.  Pero… todo es especulativo, y nada de eso parece estar al alcance humano, al menos todavía. O cree uno. 

   ¿Lo ven? Es por eso que me encanta la ciencia ficción. Ya hablaremos más adelante un poco más del señor Asimov. 

Julio César.