Archive for Mayo, 2008

ENNIS DEL MAR SE DECIDE…

Jueves, Mayo 29th, 2008

   Este es un cuento versionado de ANÓNIMO, quien escribió en el PUTOJACKTWIST, o creo que todos son en el puto Jack porque me gusta mucho ese blog; lamentablemente no recuerdo mayores detalles del autor. 

   HOY SERÁ…

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   Ahora entendía que sólo en esos momentos vivió… 

   Frente a la mesa a la cual se ha sentado durante años y años para almorzar lo mismo, granos, arroz, algo de cerdo o bistec, excepto al ir por la carretera cuando se deleitaba en las fondas para camioneros, Ennis del Mar no puede tragar, y su mirada lejana, cerrada y huidiza, a un tiempo que increíblemente infeliz, parecía más pérdida dentro de sí mismo que en el plato. Por dentro hervía de rabia, de frustración, de auto compasión. Estaba triste, muy triste por él mismo. Se tenía tanta lástima, y eso le parecía tan deprimente, un reconocimiento final del fracaso en que había convertido su vida, que no puede ni despegar los labios para fingir que come. Piensa en un hombre, un hombre con el que discutió amargamente hace poco, un hombre que toda la vida lo había amado y había esperado por él, a que hiciera tan sólo un gesto, momento cuando acudía a la carrera. Ese pensamiento hace que con rebeldía se grite para sus adentros que ya no podía más, que ya no podía continuar lejos de Jack Twist. 

   Salir a buscarlo y encontrarlo, gritándole de una vez que era su vida y que seguir sin él era imposible, eran pensamientos que lo llenaban de emoción, de excitación, pero también de miedo porque a lo largo de toda su vida, él, Ennis del Mar, había sido cobarde, no podía darse otro nombre. Lo sabía. Desde hace veinte años vivía una mentira, una vida que no era la suya por temor al qué dirían, al qué pensarían de él; le aterraba casi hasta la asfixia que le gritaran en la calle: ‘ahí va el viejo marica de Ennis del Mar’. Pero sobretodo, el miedo que siempre sintió de sí mismo, de admitir por fin que sí, que era eso al fin y al cabo, que era un carajo que había cometido el terrible pecado, porque así le dijeron todos que era (un pecado mortal) de amar a otro hombre. Él nunca tuvo el valor para romper con el miedo, de deslastrarse de ese peso muerto que tanto lo había agobiado. No era como su Jack, quien una tarde, en lo alto de una montaña, le contó de aquel toro brioso que lo arrojó tres veces al suelo, con violencia, lastimándolo, antes de lograr sostenerse sobre él. Y sus hermosos ojos, ojos que para Ennis no tenían igual en todo el mundo, brillaban de excitación y felicidad al contarlo. Él le preguntó por qué hizo eso, por qué se arriesgó así. Y con el mismo brillo en su mirada, sonriendo como si de una pregunta tonta se tratara, le había respondido. 

   -Por que me gusta, Ennis, porque soy un hombre de rodeo. Prefiero subir a un toro y sostenerme en él aunque sean diez segundos, a riesgo de caer y romperme todos los huesos contra el suelo, a mirar la lidia desde detrás de la cerca y nunca experimentar esa sensación; porque cuando lo hago, me siento vivo, feliz. –y enseñaba todos sus dientes al decirlo, con todas esas palabras que solía usar, a diferencia de él. 

    Así era Jack. Así encaraba cada aspecto de su vida, como cuando se había enamorado de él en Brokeback Mountain y esa noche decidió jugarse el todo por el todo, arriesgándose a ser rechazado o agredido, pero imposibilitado de contenerse, porque detenerse en ese punto no era vivir. Ahora él debía ser así, se dice Ennis, sin moverse, mirando su comida. ¡Y lo sería! Abandonaría todo y correría tras él. Recogería las pocas cosas que en este mundo le pertenecían y dejaría esa vida de estrecheses del alma, de sueños mezquinos, de estar sin vivir. Sonríe levemente, con algo que sólo llega a ser una leve mueca irónica, amarga; bueno, tampoco es que fuera a cargar con mucho, todo lo que era de él cabía en una bolsa de papel, una como aquella donde cargaba lo poco que tenía frente al trailer oficina de Aguirre esa mañana cálida cuando alzó la vista, tímido, y descubrió a ese tipo joven y atractivo que lo miraba con franca curiosidad, y había entrevisto la tormenta que llegaría un día barriéndolo todo en esas pupilas, y azorado tuvo que bajar el rostro, sintiéndose desnudo y descubierto en esa mirada que parecía la de un niño juguetón, bueno y maravilloso. 

  No, no tendría que cargar con mucho. Todo lo que era importante para él, podía transportarlo en el corazón, llevándolo dentro de sí. El cariño por sus hijas y su amor por Jack, lo único que daba sentido a su vida haciéndole sonreír de vez en cuando. El recuerdo de Jack, de su voz, de su sonrisa, de su mirada, de su aliento y besos, del calor de su cuerpo, de la entrega que siempre encontraba en él era lo único real, era la bendición que alegraba su existencia gris, pero también el castigo de la misma. Esa última discusión, cuando Jack le propuso que dejaran todo, nuevamente, y que escaparan al Sur, a México, donde los dejarían tranquilos, él se sintió lleno de rabia y rencor, porque entendió que Jack lo había hecho ya, cruzar a México donde podía estar sin que lo molestaran, y al imaginar a su Jack cruzando la frontera, de noche, furtivo, entre las sombras, buscando a otros, otros que lo tocarían con sus manos sucias, que recorrerían su pecho, hombros y espalda, que tal vez posarían sus bocas de putos en la suya, ¡qué lo poseían!, le hizo amenazarle, gritarle y acusarlo. La mirada dolida de Jack al decirle que ojala hubiera aprendido cómo olvidarlo hace veinte años atrás lo hirió tanto que le costó respirar o pensar, en ese instante Ennis sintió que se moría, como cuando lo vio alejare, años antes, al bajar de la montaña, cuando era joven y tonto y creyó (qué idiota fue) que terminaría olvidándolo. Por eso tuvo que gritarle que lo olvidara, que se fuera, que lo abandonara y lo dejara como estaba, sin nada. Le gritó y lo acusó, pero Jack fue a su lado a sostenerlo y consolarlo cuando cayó imposibilitado de soportar el peso de su infelicidad, lo sostuvo como siempre hizo, y el sonido de su corazón le gritaba aún en ese momento que todo estaba bien, aunque fuera mentira. Pero esa misma discusión, ahora, le hacía entender que el otro tenía razón. Que vivir sin estar juntos era absurdo. 

   Mirando su plato de comida intacto, Ennis comprende que vivir sin Jack no era vida en verdad, que siempre le había entregado muy poco. “Pero era lo único que podía dar, lo único que me atreví a darte, Jack. ¿Lo entendiste? ¿Entendiste que no podía hacer más, que no podía darte más?”, le atormenta pensar ahora. “Mis miedos, que ahora parecen idioteces, no me dejaron amarte más, aunque eres todo para mí; ni tú mismo puedes imaginar las cosas que quise darte, las que deseé decir, los besos y palabras dulces que necesitaba soltar en tu nuca en esas noches cuando sólo podía aferrarme a ti para tener algo; y eras tú, el mejor regalo que Dios podría darme nunca, aunque dicen que esas cosas las castiga”. Y siente miedo, porque la mirada se le nubla un poco. Quiere una vida con el otro. Desea estar en la habitación de una casa pequeña y tosca, y saber que Jack está en la otra, sirviéndose un café o tomando una cerveza, trayendo otra en la mano para él. Desea una vida donde puede topárselo en el pasillo, en la mesa del comedor, al salir del baño… en la cama, cada noche, donde se cobijaría en sus brazos y ya nada más importaría, el mundo podía terminarse y a él nada le afectaría porque ya estaría en la gloria. No habría ausencia, separación ni añoranzas. No despertaría en medio de la noche extrañándolo, deseando con todas sus ganas que estuviera ahí para tocarlo simplemente, para ser feliz y no encontrar únicamente el vacío y la soledad.  

   Ennis desea todo eso, ¡e iba a obtenerlo! Iría tras Jack, aunque el miedo al ridículo, a que lo miren extraño, con asco, sigue luchando por dominarlo. Le asusta pensar en caminar al lado de Jack y que otros noten que lo adora, que otros lean en los ojos de Jack todo el amor que siente por él. Y tiene que botar aire casi molesto, ¡Jack no sentía esos miedos! Nunca los sentía, algo le nacía del corazón e iba tras ello. Recuerda esa noche en la montaña, cuando el maldito oso lo atacó y llegó tarde, herido, encontrando a Jack ebrio y molesto al no tener la cena hecha. Nada más verle sangrar, Jack cambió, en su mirada hubo preocupación y amor, algo que le asustó tanto que él tuvo que ser brusco y quitarle el pañuelo, pañuelo que el otro llevaba a su cuello, con el que pretendía limpiar su herida. Jack había deseado acunarlo y protegerlo, porque le salía, y quiso atenderlo con ternura, aún a pesar de sus reticencias. 

   Por él debía abandonar todo esto. Dejar atrás los días sin sentidos que pasaban uno tras otro, sin significado, sin metas, mientras él sólo pensaba en Jack, preguntándose cómo estaría, qué estaría haciendo… y celándolo, porque a veces lo imaginaba cansándose de él, de buscarlo y entregársele con desinterés, de esperarlo, e iba a buscar otra vida en otros brazos que tal vez cobijarían con más desición y franqueza, sin miedos. Los días vacíos que nada decían pesaban demasiado en su alma en esos momentos. Con pesar entiende todo el alcance de su culpa, durante veinte años no había sabido hacer feliz a nadie. Ni a Alma, ni a Jack, ni a él mismo. Los años fueron pasando, el tiempo robaba sueños, fuerzas y juventudes y él no se había decidido, no había sabido cómo atender a la única persona que había amado nunca. 

   La verdad de esa revelación le lastima horriblemente. Jack no había sido nunca feliz porque él no había dicho las palabras que hacían falta (está bien, vámonos juntos), aún las más evidentes (te amo, Jack, te amé desde que bajaste de esa vieja camioneta hace veinte años atrás). Había intentado contentarse con la vida que llevaban todos, con lo que todos esperaban que hubiera hecho: casarse, tener hijos, una casa donde iría envejeciendo, tal vez amargado. Así el mundo sería feliz, así otros dirían que había cumplido; pero para él nunca bastó, nunca llenó sus noches cuando al lado de Alma, o a solas, pensaba en Jack, en su mirada que tantas cosas decía, en su sonrisa, a veces alegre y vital, otras triste y de aceptación, pero siempre cargada de ternura, de ternura hacia él, un maldito cobarde; y el dolor que sentía le indicaba que se había equivocado amargamente muchos años atrás. 

   “Pero Jack no se conformaba con lo simple, lo fácil. Nunca lo hizo”. Cuando se cansó de comer algo que no le gustaba, se lo dijo claramente y prefirió salir a matar un alce a continuar igual. “Él nunca se conformó, sólo mi dejación lo frenó un poco, porque con otra persona, o si yo nunca hubiera estado, Jack habría continuado cabalgando para siempre tras el sol, sin detenerse, seguro de que algún día alcanzaría sus sueños, buscando un lugar que no sabía dónde quedaba, pero que intuía; cabalgando sonriente, con su sombrero, con sus gritos de muchacho fanfarrón. Jack habría continuado intentando encontrar la felicidad para siempre, si yo no hubiera existido”, se recrimina. Sentado frente a la mesa de mantel plástico a cuadros, el hombre siente que se ahoga de culpa, de arrepentimiento, pero también de esperanzas, de emoción, tal vez de eso que llamaban redención, no lo sabía. 

   “Pero ahora yo te cumpliré, Jack, aunque tú nunca me exigiste que prometiera nada. Seré el hombre que debí ser. Me iré contigo. Mis hijas son mayorcitas ya y un día entenderán a su padre. Y tal vez lo perdonen. Un día les diré, si me alcanza el valor, que su viejo padre ya no podía seguir así, sin nada real en su vida. Sin felicidad, sintiéndose vacío y muerto por dentro. Un día, si me atrevo, aunque me odien y me escupan al rostro, les diré que no podía continuar sin la persona a la que siempre he amado. Y diré tu nombre, Jack; y lo gritaré hasta que comprendan que es mágico”. Debía ser valiente, se dice, como lo fue Jack cuando al año siguiente volvió a la oficina de Aguirre, preguntando por trabajo, aún sabiendo que aquel sujeto lo sabía todo. No le importaba ser señalado, tal vez ofendido o agredido; él había vuelto para preguntar si alguien sabía el paradero de un tal Ennis del Mar, un rastro que no se cansaría de buscar en el viento, en el cielo, en la distancia durante cuatro años; porque el otro prefería ser insultado a olvidar simplemente la cosa más importante, grande y hermosa que había pasado por su vida. 

   Ese recuerdo le da fuerzas para desechar de una vez sus miedos, sus traumas, la culpa que siempre había sentido por amar a otro hombre, por cometer el pecado nefasto del que los viejos hablaban cuando no era más que un niño impresionable y solitario. Por Jack dejaría atrás el temor al que dirán, al que lo señalen en la calle y rían por lo alto, ofensivos. Estaba cansado de sus silencios, de no poder decirle me gusta tu sonrisa, me gustan tus ojos, o me has hecho tan feliz que no imagino mi vida sin ti. Quiere dejar ese mundo de sombras, quiere sol, quiere ver a Jack sonriendo de dicha cuando le diga todo lo que siente. Ennis quería cambiar todo lo que había sido hasta ahora, borrar toda su vida, excepto el recuerdo de Jack. Quería comenzar de nuevo, partir de cero, sin pesares, sin desengaños, sin frustraciones. Quiere discutir con Jack por mil pequeñeces bajo un mismo techo, como esos matrimonios que envejecen aparentemente antagónicos pero que en verdad se aman con locura, cada día un poquito más. Quiere ser generoso, ser abnegado, ser decidido como Jack, quien prefería mil veces pasar catorce o quince horas seguidas en su camioneta por esas carreteras que los habían separado siempre, a quedarse sentado en un sofá, pensando en él, sólo soñando y deseando sin hacer nada al respecto. 

   Con manos torpes aleja el plato y sacando la cartera deja unos arrugados billetes sobre la mesa, poniéndose de pie, como si estuviera mareado. Así se sentía ante la enormidad del paso que iba a dar. Deseaba comenzar una vida nueva, una con Jack. Tenía casi cuarenta años pero podía hacerlo, se dice sonriendo leve, con ojos brillantes. Jack no lo encontraría tan atractivo ni joven como antes, pero él se daría mañas para que no lo notara. Le enviaría una postal como siempre, citándolo, se dice agitado, luego le haría una llamada telefónica, una como nunca antes había hecho otra, con los ojos cerrados y hablando rápido para dejarlo salir todo. Una donde diría que quería comenzar una vida nueva, una junto a él, que le dijera cuándo y dónde se encontrarían e iría. Sonríe leve mientras va saliendo, imaginando la sorpresa de Jack, que sería grande si se parecía a la cálida y poderosa sensación de felicidad y temor que sentía en esos momentos. Estaría con Jack hasta que se le acabara la vida, sin esperar agostos ni noviembres. Estarían juntos cada mañana, cada tarde y cada noche, y abrazado a su espalda, con la nariz enterrada en su nuca, sabía que descansaría al fin cada noche, que estaría completo y sería feliz, sin los miedos que atormentaron toda su vida, miedos que Jack jamás comprendió ni compartió, como le dijo un noche, en esa carpa, en otro agosto. 

   -Prefiero mil veces morir apaleado a vivir toda una vida sólo de sueños o ilusiones, Ennis; de esperar por eso que no hago nada por alcanzar… 

Julio César. 

NOTA: En mi otro blog he recibido algunos comentarios, que escuetamente dicen: deja ya estos cuentos, aburren. Extrañamente, contrario a cuando me medio llaman  la atención sobre cualquier otro tema, que me molesta, estos me hicieron reír; claro que sé que tres lo hicieron amigos míos, ¡uno hasta usó mi computadora! Lo siento, pero con este título de página, ¿qué más puedo escribir? Pensar dejar de hacerlo me parece inconcebible. Lo que puedo hacer es, tal vez, reducir el número de sus cuentos, pero Brokeback Mountain, Ennis y Jack siempre estarán aquí, para eso inicié este sitio. Lamento fastidiar un poco pero así es. Chao…

UN PLAN, OTRO PLAN

Jueves, Mayo 29th, 2008

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   Riendo le dijo que parecía tenerlo bien mojado ya. 

   Siempre pasaban cosas así. Simón y Arturo se llegaron hasta el resort para convencer a dos chicas de bajar sus defensas. Tomaron demasiad. Se pusieron fastidiosos y los dejaron solos. Borrachos se metieron de cabeza en la piscina. Arturo chilló no saber nadar. Simón lo sostuvo para enseñarle todo lo que sabía. Arturo se sintió extraño, su panita lo sostenía bien. Era un gran tipo, casi ninguna se le resistía. Recuerda que una vez le preguntó: 

   -¿Cuál es tu secreto? 

   -Sé usar la lengua… -sonrió agitándola con Mig Jagger. 

   Y con un chillido, Arturo comprueba ahora que sí sabe usarla, cuando sus brazos lo alzan un poco y se parten sus… mejillas. Esa lengua encuentra su camino secreto y bailotea sabroso; y él se partió todo. Entre chillidos, calorones y agitadas se deja convencer por esa lengua viciosa. Se supo totalmente perdido, debió saber que Simón no perdería el viaje, cuando el amigo fue llevándolo a la orilla, sin dejar de usar esa cálida y hábil lengua durante todo el trayecto… diciéndole vainas. Al bajar y apoyarse del borde, con Simón atrás, no le quedó otra que cerrar los ojos. Si era como con la lengua… Y simón lo adivinó. 

   -No, papá, es mejor, ¿no notas que mis amigas siempre vuelven por más? Tú también lo harás… Relájate y disfrútalo… 

Julio César.

VAYA SUJETO…

Jueves, Mayo 29th, 2008

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   Quién lo encuentra en la calle, quiere cogérselo… para sí. 

   Sean sinceros, ¿a quién no le gusta este tipo de ropa sexy? En el gimnasio es la locura, a los muchachos les encanta verme este tipo de atuendo para el deporte. Si no me los quitara de encima andarían tocando las elásticas todo el tiempo para comprobar la calidad, con tan mala suerte que pelan la mano y siempre me tocan la raja del culo; coño, son tan cumbres que hasta uno que otro dedo entra, ¡son tan descuidados! Y olvidadizos, quien me toca a las dos de la tarde, a las dos y diez ya olvidó que lo hizo y quiere tocarme otra vez. Lo único malo es tener que rasurarse, y claro que no se lo pido a mi mujer. Uno es hombre y tiene su dignidad. Gracias al Cielo está mi amigo Joseito, quien me auxilia en tales menesteres. Es tan meticuloso haciéndolo que pasa largos minutos enjabonándome, y vaya que tiene unas manos grandes ese carajo, antes de rasurar. 

Julio César.

PADRES E HIJOS ADOLESCENTES

Jueves, Mayo 29th, 2008

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   Hace unos ocho años atrás, Esperanza, una niña del piso donde vivía para esa época, me dijo con media voz y todo apenada, que deseaba que yo fuera su padrino de bautismo. Me sorprendió saber que aún no lo estaba, y acepté. Era una niña linda y yo me llevaba bien con sus padres, sobretodo con  Nelly, la mamá, mi comadre ahora. La niña se convirtió en una muchacha espigada, toda piernas, y ahora es una joven señorita de catorce años, los quince están a la vuelta de a esquina. Ya no vivo en ese lugar pero de tanto en tanto la visito y la animo a que me llame si tiene algún problema. Hace poco una hermana mía me dijo que hablara con ella porque andaba muy rebelde y contestona, teniendo incluso problemas en el liceo. Todos dicen que está en esa edad de enfrentamientos, no quiere obedecer y se la pasa en la calle con la amigas. Ese problemón, pues. 

   La llamé y hablamos. Nelly, la comadre, se divorció (lo sabía), quedando con tres muchachos, de los cuales Esperanza es la menor. El pequeño apartamento de tres habitaciones mínimas había quedado holgado cuando Marta, la mayor, se casó y se fue; a mí nadie me quita de la cabeza que lo hizo para no vivir más con Nelly, quien ahora salía con un muchacho que a veces se quedaba en el apartamento. Nada del otro mundo. Lo que ahora ocurre es que Marta regresó, divorciada a su vez, con un bebé. Y Esperanza tuvo que dejarle su cuarto e irse con Nelly, ya que con Esteban no podía dormir, un muchacho medio malandroso, de diecisiete años. Es por ello que Esperanza anda rebelde, molesta, inconforme, gritando y discutiendo con todo el mundo, prefiriendo estar más tiempo fuera que dentro de su casa. Y en nuestra cultura eso es peligroso, porque aunque ella me dice que no, que quiere estudiar, ya tiene su cuerpecito y muchos la miran al pasar. Me aterra pensar que alguno pueda prometerle villas y castillas, y que ella se vaya tras él para escapar de su casa en un momento de furia o depresión. 

   Intenté hablar con Nelly, que entendiera que lo que sucedía no eran simplemente malacrianzas de una niña grande, sino algo más complejo. Dentro del pequeño apartamento, Esperanza tenía su cuarto, su lugar, su espacio, su mundo propio, uno donde podía encerrarse a estudiar, leer, hablar por teléfono o hacer lo que le diera la gana. Ahora no. Ahora lo comparte con una madre a quien puede fastidiarle el que hable por teléfono, o que vigila más de cerca la ropa que usa, el maquillaje o sus amistades. Fuera de la mayor carga de parientes. Ya no son solamente los tres, Nelly, Esteban y ella, ahora están Marta, el niño y el novio de la mamá. He comprendido que es difícil que la gente entienda que los muchachos que gritan, son propensos al llanto, al mal humor, las tristezas súbitas e incluso a la agresión, no son simplemente ‘niños’ desafiantes o exagerados frente a la vida; médicamente se habla en la adolescencia de un exceso hormonal, incuso de la adrenalina, que les imposibilita controlarse muchas veces, incapaces como son por falta de experiencia, de asimilar semejantes impulsos cuando se siente atacados o amenazados, llegando a responder con violencia. 

   Una de las quejas más reiteradas de los muchachos es la intromisión de todos en sus vidas, sienten que no tienen descanso ni paz. Pero quien se toma la molestia de oírlos (no me gusta mucho hablar con gente menor de dieciocho, no los entiendo), comprenderán que lo que desean es un momento de tranquilidad, para pensar en lo que desean, lo que quieren. Muchas veces sólo necesitan silencio, no ser vistos ni que les hablen, que se les deje a solas. Es una aspiración normal, tienen mucho en que meditar. Cuando un joven exige a gritos más privacidad simplemente pide calma, un momento de sosiego, tal vez para pensar en qué es lo que le pasa, por qué se siente rabioso, incómodo, poco apto o capacitado, o hasta menos dotado de ‘gracias’. Una aspiración normal de un muchacho es tener su mundo, un cuarto para sí. Es posible que el llanto de un niño moleste, o el que se le deje encargado muchas veces de vigilarlo, o las discusiones con un hermano que toma sin pedirlo sus cosas… Y es aquí donde debe entrar en juego la guía de padres y maestros, a ese adolescente debe explícasele que esa es sólo una faceta de la familia, los problemitas, las incomodidades momentáneas, pero que como núcleo, este es el grupo más importante para él o ella ya que son los únicos, en últimas instancia, a quienes pueden y deben recurrir en momentos de problemas. Y estemos claro, tal vez sean los únicos que realmente se interesen en su suerte, ¿a quién otro le dolería si algo malo les pasa? (punto que debe ser machacado por padre y maestros). A estos muchachos debe hablársele claramente de los aspectos más oscuros de esas tendencias hormonales, cuando están llenos de energías y adrenalinas y no pueden o no quieren ponerse frenos, dejando aflora tendencias vandálicas, desde los muchachos que zarandean con rabia a un bebé, rompen vidrieras, arrancan teléfonos públicos o incendian una zona verde, a los que en grupito salen a cazar gente distinta, otros muchachos, para acosarlos, perseguirlos y agredirlos; sin muchas veces ni saber por qué lo hacen. No todo eso es ‘normal’, o aceptable, y eso debe metérseles en la cabeza cuando tienen seis, siete, nueve u once años de edad. 

   Es obligación de la escuela, y de los padres, qué dudas caben, explicar la ‘naturalidad’ de ciertas conductas, pero también de las responsabilidades individuales que acarrean. No puede simplemente obviarse el ver a muchachos que golpean a otro, generalmente uno que anda solo, o intentan forzar a una muchacha como ‘tremenduras de adolescentes’, porque el día de mañana se tendrá al carajo que golpea a la mujer, con placer, dejando escapar lo que es, o al que va a un sitio público y cree que es su derecho patear en la cara a otro. Padres, escuela y maestros deben trazar claramente una línea que divida lo que es travesura del momento, de la conducta delictiva. Los muchachos, desde los nueve años en adelante, incluso antes, deben entender porque se les explica claramente que hay límites entre conductas naturales y permitidas y las que no, y que estas no pueden cruzarse sin consecuencias, que hay puntos de difícil retorno que pueden acarrear sanciones (correccionales) o consecuencias peligrosas (el chico alcohólico que conduce, manipula un arma u otras). Nadie experimenta o aprende en cabeza ajena, pero por lo menos, en busca de ‘ciudadanos’, debe hacerse un esfuerzo. Y muchas veces los problemas comienzan por cosas sencillas, un adolescente que ‘no soporta’ a su familia que lo asfixia, avergüenza o ridiculiza, obligándolo a tomar medidas extremas, como buscarse quien la o lo resuelva, cambiando un problema por otro. 

Julio César.

UNIFORMES BIEN CALIENTES

Jueves, Mayo 29th, 2008

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   -Soldado, ¿qué hace? –pregunta el Sargento con los ojos redondos.

   -Espero a los insurgentes, señor. Voy a darles lo que merecen. En cuanto los tenga al alcance les disparo toda mi carga caliente… de plomo.

   -Bueno, muchacho, tienes con qué. Ehhh… ¿por qué no me disparas primero a mí? –y esas manotas fueron a tocarlo todo, antes de meter una y apretar esa enorme pistola.

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   -Jacinto, ¿qué haces?

   -Me pica entrenador. Hummm… se siente rico cuando me las rasco así, aunque sé que es feo y eso me provoca toda clase de preocupaciones, no es bonito tener una erupción. Me tenso mucho… -y se abre más de piernas.

   -Vaya… -el hombre, tomado por sorpresa se pasa la mano por los labios.- Déjame ver qué puedo hacer por ti.

   Y esas manotas abre más, apartan la tela (sin calzones, qué vaina), y sí, parece estar muy enrojecido y caliente, le quema la mano… pobre, realmente estaba tenso, pero en fin, él era su entrenador para lo bueno y lo malo, así que debía ayudarlo. Tomando aire abre a boca y lo cubre todo, con habilidad, y comienza a darle… todas las recomendaciones pertinentes. Y lo hizo una y otra vez hasta que el joven, ronroneando de felicidad, terminó soltando al fin todas sus preocupaciones. El coach, como hombre responsable, se lo tragó todo.

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   Robert era un buen ciudadano, un patriota total, cuando los portaaviones de las tropas llegaban, él acudía a darles una mano y muchas otras vainas para hacerlos sentir bien; que estuvieran cómodos, relajados (quitándoles toda tensión) y fueran bien acogidos. Con esa sonrisa, porte y boca, los recibía muy bien. Tomando a esos chicos medio atolondrados en sus manos firmes, los trabajaba a conciencia, subiendo y bajando vicioso… el tono, hasta que lograba que terminaran de disparar lo que les inquietaba del regreso a casa. Sí, él hacia su parte en la guerra, ¿no lo harías tú? 

Julio César.

LAS PIEDRAS

Jueves, Mayo 29th, 2008

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   No, no voy a hablar sobre esa droga a la que le dicen así, el crack, aunque recuerdo un chiste muy bueno sobre el mismo, oído y visto en un programa humorístico: en el llano dos campesinas se reúnen para hablar de lo bien que les va a sus familiares en Caracas, y una carga un saco lleno. La otra le pregunta qué es eso y ella replica que son piedras de río para vender. ¿Vender piedras de río?, se extraña la primera. Claro, dice la otra, a mi sobrino en Caracas le va de lo mejor vendiendo piedra en las esquinas. De las piedras que deseo hablar son de esos cristales energéticos o energizantes; tal vez, por uno que otro comentario, hayan notado que no creo en eso, pero sin embargo entré a una tiendita, ¿por qué? Me sucedió algo insólito desde mi punto de vista por dos veces. 

   Estando en el trabajo, recibí a una gente que venía de Mérida, en comisión, y había una señora de lo más agradable; ah, las cosas que nos dijimos. Cuando se marchaban, le di la mano como despedida. Y ella gimió retirando la suya, de lo más extrañada, diciendo que había recibido un corrientazo. Yo me reí y lo tomé a chanza, aunque ella insistía en que era cierto. Me toqué. Toqué a otra gente y nada; pero después ocurrió otra vez. Estando con una hermana a la que le tendí mi celular para que llamara, sentí yo una pequeña descarga eléctrica, igual que ella. Aquello fue motivo de risas y extrañeza. Una amiga, Nancy, me contó que a veces la gente se cargaba así, que ella conocía a una señora, maestra, cuyos niños se quejaban de eso. Así fue como una tarde entré en dicha tienda, caminando por la Plaza Bolívar, en el centro mismo del Centro de la ciudad, luego de que sacaran a los buhoneros y a los vende tonterías. Allí encontré un amplio mercado de buhoneros bajo techo, en algo que parecía un estacionamiento. Entré para ver si había ventas de libros. Allí encontré a una joven, cuyo letrerito decía LOCKY, lo que creo un juego de letras para suerte, que vendía piedras, amuletos raros, libros esotéricos, imágenes de buda y demás.    Mientras revisaba, hablamos y le conté mi situación. Mirándome me dio una explicación que me pareció seudo científica, pero capaz de afocar a cualquiera. Sostenía que mientras caminamos por las calles vamos llenándonos de cargas ajenas, también de las que exhalan edificios, vehículos, otras personas e incluso del roce que presentamos al aire mientras nos desplazamos. Como en el experimento de frotar plástico en una tela de lana, que lo carga eléctricamente. Según la joven, bonita, de cabellos largos, de rostro negro amable y ojos grandes, me dijo que esa energía debía ser desechada o terminaba ahogando la propia aura, que era la culpable de que muchas veces nuestras plantas se secaran, las mascota parecieran inquietas, que no se pudiera dormir bien o se estuviera ‘nervioso’, e incluso afectaba a pequeños circuitos eléctricos en el hogar (mis bombillos viven quemándose). Me recomendó que caminara descalzo en mi casa, que así el cuerpo se descargaba, y que llevara, como no, una piedra blanca y brillante de cuarzo, que era magnifica para armonizar las energías. Se veía tan convincente, amable, tan ‘sabia’ en lo que decía, que la compré. No creo que funcione, la piedra, pero lo de descargar energía no me sonó tan loco. Estoy probando… 

Julio César.

VAQUERO BUSCA AMOR

Jueves, Mayo 29th, 2008

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   Le habían dicho que tenía un pistolón bien grande… 

   Seis meses a solas cuidando vacas en la pradera, dándose mano o persiguiendo a las vaquillas, tenía a Steve mal, así que en cuanto llegó al pueblo fue a la cantina. ¡Pero no había mujeres! Mal, gimió. Con mala cara fue a la barra, donde lo abordó un joven medio ebrio del rancho Reagan. Tomaron y habaron. El chico, en confianza de borrachos, le preguntó que si era cierto que tenía una de las pistolas más grande el Oeste. Steve, sonriendo le dijo que si, que lo acompañara y se la mostraba. En cuanto entraron en ese almacén, quitándose la camisa, el chico jadeó notando la silueta de la pistola. La tocó, la tocó toda, embobado. Caliente, le dolía en la funda, Steve la sacó. El chico cayó de rodillas para verla mejor, y Steve se la acercó más, así que el otro la tuvo en sus manos y luego la manipuló, su boca hacía ruiditos ahogados mientras la probaba para ver si disparaba. Rápidamente los chicos estuvieron metidos en el asunto de comprobar tamaños y si las cosas caben. Steve, sombrero en mano, con sus botas y charreteras, grita sus “yiiiiiiihaaaaa” mientras cabalga nuevamente, con fuerza, dándole duro a su montura que se agita y estrese con sus embates. ¡Señor, qué rico era cabalgar…!

   -Bonita montura, muchacho. Nos gustaría probarla también. –lo sorprendió una voz desde la entrada, donde dos altos y rudos vaqueros esperaban también. Sintió temblar su montura, vital, caliente.

   -Acérquense, amigos. Está yegua briosa está lista para más acción… 

Julio César.

SENTIMIENTOS

Martes, Mayo 27th, 2008

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   -Muévelo, so puto… -le ordenaba, ronco y rudo. 

   -Ahhh… sí, métemelo todo, papi, destrózame el culo con tu güevote… -gritaba, como siempre, imprudentemente, Ricardo, mientras Gregorio lo cabalgaba en el baño del bufete. 

   -Cállate, cabrón, que alguien puede entrar. –le gruñe, metiéndoselo todo, dejándole ese tolete bien adentro y empujando más, únicamente logrando con eso que gritara pidiendo más, que le metiera hasta los pelos. 

   Ambos se habían conocido en la universidad, Ricardo venía de una buena familia que le pagaba el carro, el celular, los estudios y los viajes. Gregorio había labrado su futuro con sus manos, trabajando duro. Nunca fueron amigos, el grupito de Ricardo asediaba al de Gregorio, y a este. Pero la vida cambia, ahora Ricardo debía valerse por sus medios y como principiante había llegado a aquella firma donde Gregorio ya litigaba. Gregorio intentó sabotearlo desde el principio, y Ricardo lo encaró altanero como antes. 

   -Hummm… -chillaba Ricardo, gimiendo, sintiendo la sedosa corbata amordazándolo en un vano intento del otro por silenciarlo, restregando sus nalgas de ese pubis, apretando de lo lindo aquel güevo palpitante, caliente, grueso y largo que lo cepillaba una y otra vez, haciéndolo ver estrellas y arder todo el cuerpo. Sus tetillas casi le duelen, pero sabe que pronto Gregorio, fingiéndose arrecho, se las apretaría, torcería y lo medio ladearía para morderlas y chupar de ellas, haciéndolo gritar más de puro gusto animal y sensual. 

   -Maldito mariquito, te encanta un güevo en tu culo, ¿verdad? Te encanta cuando un hombre de verdad te trata como la hembra caliente y lujuriosa pidiendo vergas babeantes que eres, ¿no es cierto, puta? –es ofensivo, rudo, mientras su tolete va y viene con ritmo increíble, mirando esa carita, esos ojos, ese gesto en un espejo de los baños. Y sus dedos van a las tetillas, logrando que el otro se cimbre, y que su culo apriete todavía más. 

   Ricardo intentó imponerse en aquella entrevista, se dijeron vainas, Ricardo lo llamó resentido social y otras lindezas, estaban cara a cara, jóvenes y llenos de adrenalinas y testosteronas. Molesto Gregorio lo abofeteo. Ricardo sorprendido dio un paso atrás, choco de la mesita y cayó de rodillas. Incapaz de detenerse a pensar, Gregorio le atrapó la nuca, encontrando ese cabello suave, y le frotó la cara allí, llamándolo sucia perra inútil. Fue rico frotarlo así, su güevo tenía rato duro y no sabía en que momento, pero esa carita, esos labios rojos le daban placer. Alarmado entendió lo que hacía y lo soltó, asustado, ahora Ricardo podía joderlo. 

   -Llénamelo de leche, quieto toda tu leche dentro de mi culo… -jadeaba el catire, medio volviéndose, hablando entrecortado por la corbata, mirándolo a los ojos, recorriendo ese torso joven y caliente que disfrutaba acariciar. 

   -Te voy a preñar de tanta leche, mamagüevo. –gruñía brutal el otro, con odio, pero atrapándole a barbilla y hundiendo su lengua en esa cálida y húmeda boca ajena, dándole un beso mordelón, lengüeteado, chupado, mientras no dejaba ni un sólo momento de cepillarle bien ese culo sedoso, que palpitaba rico, que halaba que daba gusto su güevo tieso como una barra de acero, duro como nunca antes se le ponía. 

   De rodillas, sintiéndose extrañamente excitado, Ricardo lo miró, con la boca abierta por lo que había hecho. Nadie le había hablado así nunca. Y su boca cayó sobre esa silueta bajo el pantalón, apretándolo, mordiéndolo. Gregorio chilló, dando medio paso atrás, pero Ricardo lo retuvo por las caderas, mordiéndolo. Que eso saliera y se clavara en la boca fue la misma cosa. O que luego terminara aquella primera vez en su culo chico, apretadito y virgen que fue duramente cabalgado. No entendía por qué, pero le excitaba oírlo denigrarlo, llamándolo basura y otras vainas. Y Gregorio gozaba sometiéndolo y pegándoselo, clavárselo hasta las pelotas. Teniéndolo bajo su control. Era el macho alfa, rudo y ruin que controlaba al otro. 

   Mientras sigue cogiéndolo con fuerza, estremeciéndolo todo con las embestidas, con ese güevote que se mete, cilíndrico, grueso y bronceado dentro del rojo, lampiño y redondo agujerito, en donde sólo sobresale un centímetro de tranca; besándolo profundamente, lamiéndole la lengua y tomándose su saliva; pellizcándole las duras tetillas que le encanta morder para oírlo chillar, Gregorio siente que la mente se le pone en blanco, que se tensa, se estremece, se muere y vive, goza y un instante de blanco, puro y poderoso placer lo recorre, mientras llena ese culito de esperma caliente. Es cuando gime aquella vaina, apartando su boca, que lo lleva al desastre y lo hace perder el control de la situación para siempre. 

   -Te quiero… -se le sale, susurrado, casi al rostro del otro que abre mucho los ojos, dichoso, riente como un niño. 

Julio César.

FORZA FORZA

Domingo, Mayo 25th, 2008

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   A los panas les gusta verle el corpachón… luego bajan lo otro para verlo en vivo, directo… en grande y duro. Después les daba hambre… 

Julio César.

PENSANDO EN VERDURAS

Domingo, Mayo 25th, 2008

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   El tamaño contaba algo… 

   Martina agradecía los momentos en que dejaba la casa para hacer sus compras, lo que tal vez explicara porque iba tanto a ese mercado. O tal vez no. En su casa siempre había trabajo, el polvo era terrible, igual que las telarañas, sacudía, y cuando se volvía aparecían nuevamente. Mil veces se había preguntando dónde estaban esas arañas tan laboriosas. Y los muchachos, aunque grandecitos ya, no parecían poder valerse para nada por sí mismos. “Mamá, ¿donde están mis zapatos?”. “Mamá, ¿y mi camiseta roja?”. “Mamá, ¿y mis libros?”. “Mamá ¿y mi cuaderno?”. “Mamá, ¿bajaste de Internet el trabajo sobre Gómez?”. Fuera de que debía batallar para que comieran sus vegetales, sopas y carnes guisadas. De ser por ello sólo tragarían papas fritas y pollo asado. Además estaba el lavar cerros y cerros de ropas, plancharlas, guardarla. Lavar los baños, limpiar las baldosas del lavadero, dejar brillante las ventanas. Todas esas cosas que los miembros de su familia daban por sentado que se hacían solas, que siempre era así sin que mediara ningún poder humano. Por lo tanto no era necesario notarlo o agradecerlo. 

   Mientras recorre el pasillo de los enlatados y pastas, entiende que así la veían. Era… mamá. Y le gustaba, su casa, su marido, sus hijos… pero ¿no podían ser más atentos? Mira su reflejo en el cristal de la heladería, sonriendo algo nerviosa, sintiéndose tonta, una mujer cuarentona algo ridícula. Se veía bien con su suéter negro, algo ajustado, cosa que resaltaba su busto, reconoce con el rostro encendido. Había notado más de una mirada levemente interesada de hombres que iban por allí y topándosela se decían: nada mal, mami, te conservas bien a pesar de todo; si quieres yo podría hacerte el favorcito en los baños, ¿qué te parece? Pero a ella no le interesaba. Ninguno de esos sujetos. Con paso trémulo va hacia la sección de las verduras. 

    -Le queda bonito el cabello cuando lo tiene suelto, señora. –le había dicho el muchacho, un mocetón veinteañero, de cuerpo trabajado, eso lo sabía, nadie normal era así, con esos bíceps y esos pectorales, por no hablar de la cintura estrecha.  

  Se lo dijo un día, hace tres semanas, de pasada, como quien comenta que hace calor después de haber hecho frío hasta el día anterior. Y ella, tomada por sorpresa, enrojeció, sonrió y no supo qué decir. Pareció una colegiala pillada fuera de base en clases cuando miraba una novela romántica en lugar de prestar atención a las ecuaciones. Llevaba el cabello alto ensortijado porque en verdad no se lo había lavado y no quiso atarlo esa mañana. Y el muchacho lo había notado, sonriéndole con desparpajo e indiferencia, como un jovencito cualquiera hablando de cualquier cosa. 

   Continuó con su carrito, esa primera vez, pero tuvo que volverse a mirarlo, mientras fingía revisar los precios de la charcutería envasada, tipo salchichas y tocinetas. El corazón había latido demasiado rápido, extrañándola, asustándola… agradándole, y quiso saber por qué. Era delgado pero alto, de nuca casi rapada excepto por un cabello en cepillo en lo alto. ¿Habrá estado en el cuartel?, se preguntó, sorprendiéndose imaginándolo de traje verde, marchando, saltando, luchando cuerpo a cuerpo con alguien, poderoso, vencido bajo su cuerpo. Sus manos eran grandes, eso lo había notado. Fuerza, debía tener la fuerza y el vigor de la juventud. 

  Después de esa primera vez el joven no le volvió a hablar, sólo la miraba sonriente, y ella no sabía si se burlaba de su cabello suelto, desrizado, algo… lujurioso sobre sus hombros. Casi no se animó a llevarlo así después del comentario. Pero un impulso la obligó. Lo miró sonreír, amigable,  tal vez creído en su poder que la obligaba a actuar así. No lo sabía. Pidió dos kilos de tomates, concentrándose con todas sus fuerzas en la forma de los vegetales, pero pendiente de sus manos grandes, que debían saber tocar con ternura recorriendo una piel, cálidas, firmes, o apretar con violencia, como… atrapando a una mujer por sus axilas, alzándola violento, obligándola a mirarlo a los ojos, sometiéndola, metiéndose entre sus piernas, y ella cayendo allí, sobre su cintura, conciente de su fuerza, de sus ganas. Sí, eran manos enormes, reconoció estremeciéndose con fuerza. Y cuando flexionaba el brazo, los bíceps también destacaban, y ella se preguntó qué se sentiría recorrerlos con sus manos, apretando, acercando sus labios a ellos, tal vez mordiendo un poco esa carne firme. Debía ser puro músculo, músculo de hombre… no, de muchacho, de alguien que estaría, según los sexólogos en la cima de sus deseos sexuales. 

   -¿Desea algo más? –preguntó él, sereno, como si no se diera cuenta de nada. O tal vez no lo hacía. 

   Si, déjame recorrer tus hombros con mis manos por un momento, te juro que no deseo nada malo, no quiero arrastrarte de aquí, aunque mirarte sin esa franela seguro que sería todo un espectáculo, y tú allí, esperando que otras manos bajen tu pantalón, ¿usas bóxer o calzoncillos? ¿Manga larga o bikinis? Pero no debo. Amo a mi marido, ¿sabes? Y sin embargo quiero tocarte, saber si tus pectorales son tan firmes como parecen, con esos pezones destacando bajo la tela, ¿alguna mujer te los ha pellizcado? Imagino que si, que manos ansiosas han recorrido tu piel, adorándote, diciéndote que eres hermoso, y habrás sonreído, ¿verdad?, sabiendo que es cierto; esperando que esas bocas que te adulan caigan y laman, mordiéndote, haciéndote gemir. Y eso no me gusta, no quiero imaginar otras manos sobre ti. Yo quisiera hacerlo. Yo deseo bajar mi mano y tocar sobre tu pantalón… 

   -Si, un kilo de cebollas. Que no sean muy grandes… 

   Con voz temblorosa pidió algo de ajo después, y cuando él le dio la espalda, inclinándose a buscarlos, ella casi sintió desfallecer. Se veía tan… bien. Era una mujer madura, seria, no una carajita loca, no andaba buscando una aventura por calentorra o para pegarle cachos a su marido por venganzas inventadas, pero se vio acercándose a él, montando su mano en esa espalda, recia, seguramente caliente con el fuego de la juventud. Al hacerlo, él se volvería y entendería que era una pobre mujer casada con un marido de primera juventud con quien tenía sexo cinco veces a mes, si había suerte, y que a veces ni ella lo deseaba en serio, siendo más grato estar juntos en una cama, hablando de los problemas, de los muchachos y de mil vainas, sin interés físico.  

   Pero sabiendo que esos asuntos eran gratos, que debían tratarse; el muchacho, Jacinto, ese era su nombre, lo entendería, y con una sonrisa la atraparía por los hombros, empujándola, cayendo sobre ese colchón rojizo de tomates fríos, redondos, y sin quitarle los ojos de encima, sus manos se meterían por debajo del suéter, acariciando su vientre,  y ella gemiría. Las manos atraparían sus senos, apretándolos, antes de que cayera sobre ella, besándola. Se resistiría, pero sólo un poquito, un beso era algo serio, pero ¿cómo detener a ese mocetón vigoroso, caliente, de manos traviesas, de labios firmes y rientes, de lengua ardiente, de deseo duro en la carne? Y sería grato, ardiente, poderoso; ella no pensaría en nada, o tal vez lloraría un poco, su marido no lo merecía, pero… 

   Sonriendo, sabiendo que ese calorcito en sus entrañas no eran simplemente nervios (los nervios de siempre cuando lo buscaba), rodea el pasillo… y encuentra a una muchacha delgada, de rostro aburrido, atendiendo en las verduras. Sintió un ramalazo extraño de inquietud, de miedo. Era como cuando sonaba un teléfono a las doce y media de la noche, sonido que decía ‘atiende, y prepárate, es grave’. Se le acercó.  

   -Buenas, ¿y Jacinto? –pregunta ronca. La muchacha la mira sin interés. 

   -Se fue para el coño. –y a mí me ponen a atender esta vaina, parece decir. 

   No hay palabras para describir su desazón, su desencanto, su… pérdida. Aquel ritual que alegraba sus mañanas, que despertaba una tonta fantasía para todo el día, inocente, idiota, de llegar y verlo, de imaginar, de soñar, se había terminado. Tentada estuvo de abandonar el carrito y marcharse, incapaz de atender o entender sobre cuentas, números de tarjetas de crédito y esas cosas. Esa noche su marido la encontró muy callada. 

   -Pareces triste, Martina. 

   -No es nada, cariño. –sonríe trémula. 

   -Algo debe ser. –es algo impaciente, como siempre cuando ella cae en esos estados de ánimos.- No importa, ¿adivina? –le sonríe.- La firma tiene entradas para una función de media noche mañana, será la premier en Venezuela de la película de los vaqueros maricones eso. Sé que no suena muy bien, pero será grato salir de casa. Seguro que viendo la tal Brokeback Mountain te diviertes un montón… 

   -Si, seguro será divertida y me distraerá. –concede, lejana, y tal vez por eso no repara en la cara de su marido. 

   La voz del hombre se había quebrado un poco, desazonado. Decir maricón le recordó, con desagrado culpable, el extraño momento cuando entró esa tarde en Contabilidad y tropezó a ese tipo, quien casi lo derriba y le sonrió amistoso luego, que se veía tan bien en su traje de aprendiz, con la camisa ajustada y el pantalón que parecía abombarse en su pelvis… el tal Jacinto. 

Julio César. 

NOTA: Habrán algunos relatos más de este tipo y para no enredarme buscando imágenes usaré esta que me encanta. La miro y me digo… sí, hay historias interesantes todavía. Y gente sortaria, lo digo por el sujeto este.