RELATOS CONEXOS… (9)
Martes, Marzo 25th, 2008…CONTINÚA UN LARGO VERANO
Nada tan macho como un ranchero…
-¿Por qué coño no dices qué quieres y vendes de una vez la mierda ésta y te vas?
-¿Quién carajo te dijo que quería irme? Lo que quiero es que tú y tu familia saquen sus patas de mis tierras y me dejen en paz. Tengo planes para toda esta vaina, ¡que es mía!
-Esto no es tuyo, maldito ladrón. Es de mi familia. -le grita Roberto, caminando hacia él, y Antonio va acercándosele también, perdiendo los estribos.- Tu papá se lo robó, como robó muchas otras cosas, ¡maldito llorón! -le gritó sabiendo por qué eso alteraría al otro, como lo hizo. Sólo que Antonio fue más cruel en su replica, lanzándole una mirada de odio (y otra, de refilón, de vergüenza, a Sergio).
-Dicen que el viejo Noriega era un marico; a lo mejor por eso fue que le dio la tierra a…
Y hasta ahí llegó la cosa, al menos en palabras; lo que siguió fue un intento de que la sangre llegara al río, o quebrada, en este caso. Roberto, viéndolo todo rojo, se le arrojó encima, lanzándole un puñetazo a la nariz. Antonio chilló, sorprendido, retrocediendo, y cuando entendió lo que el otro hizo, se le iba a lanzar también; pero ya Sergio se interponía entre los dos, gritándoles que debían detenerse. Le costó separarlos, forcejearon con él entre ellos, empujándose, y el joven parecía un muñeco de esos del porfiado, el que no caía. Esos dos no podían hablar, sino que se gritaban, se amenazaban con los puños y bañaban de saliva a Sergio que iba arrugando la cara.
Más tarde esa noche, echándole el cuento a Isabela, Sergio riente diría que la cosa fue horrible, que esos dos lo batuqueaban, gritándole al otro que iba a matarlo; haciendo una graciosa mímica de él entre ellos. A la joven la cosa le hacía gracia, pero al molesto y serio novio, no. Roberto se sentía mal, furioso. De buenas ganas le habría partido esa cara insolente al maricón ese, que se burlaba de él, riendo junto a Isabela. Y a ella, como que le gustaba. No quería estar junto a ellos, por lo que dijo que estaba cansado y se retiró.
Era tarde en la noche, y ni aún con todo lo pesado que fue el día de trabajo, y del agradable clima controlado que había dentro de las habitaciones, Roberto puede dormir. Estaba inquieto, rabioso, insatisfecho, y creía saber, en una parte profunda y secreta (que era como su culo, nunca le daba el sol), qué era lo que tenía. Pero era algo que no podía atender. No ahora. No en esa casa… y tal vez nunca más. Deseaba esa casa, esos reales, esa hacienda, esa vida; y para tenerlo, acallaría todo lo demás. Pero era difícil porque se sentía amarrado, y a pesar de todo lo que tenía, y todo lo que soñaba con llegar a tener más adelante, era infeliz; amarga y rabiosamente infeliz.
Afuera, la noche era cálida, como lo era siempre, y él en su cama, mira el cielo oscuro y no puede dormir. Si su papá supiera eso, le diría que con una mujer al lado lo haría, pues ella lo agotaría. ¿Estaría así por exceso de energía sexual? No lo sabe; se para en medio del cuarto, incapaz de aguantar la cama, reparando en su figura en el espejo del closet, a pesar de la oscuridad. Era un carajo joven, fornido y atractivo; coño, debería estar gozando de los placeres de la carne y no allí, solo y miserable, ¿entonces…? Pero no entendía nada, y mientras se miran al espejo, sobándose la panza plana, y mirándose la cadera dentro del ajustado bóxer, (que le quedaba del coño, tiene que admitirse), se siente más frustrado. En eso repara en un apagado silbido que cruza bajo su ventana. Que raro, ¿quién andaría por ahí? Y con disimulo, aparta la cortina en su ventana, cerrado el cristal para impedir que saliera el aire frío. Su cuarto daba a los patios de la propiedad, hacia el lado de una piscina cuadrada, fea, que casi nunca nadie usaba. Pero ahora sí había alguien allí: Sergio.
La mirada de Roberto se dilata y el aire se congela en sus pulmones. Sergio parece que va a nadar, a esas horas, en la solitaria alberca, donde la luz era opaca, mala. Pero a pesar de la distancia, y de la luz, el joven repara en que el otro lleva una tanguita mínima, y sus ojos no pueden evitar correr sobre su cuerpo alto y musculoso, tetón. Los hombros eran anchos y la cintura estrecha, los brazos eran musculosos, así como las piernas y los muslos. El tórax era pronunciado y lampiño, y las tetillas eran pequeñas, más oscuras. Pero su mirada estaba perdida en la pequeña, putona y excitante prenda roja, chillona, con las tiritas que subían por sus caderas. El paquete tras él, se adivinaba en reposo, pero abultaba, colgando hacia abajo, contra la tela. Lo ve dejar una toalla en una silla plegable, y arrojarse al agua. Lo observa sumergirse y nadar con gracia. Con la boca seca, y los ojos doliéndole de los forzados que están por seguirlo en la penumbra, Roberto siente la respiración pesada, y el tolete ardiéndole dentro del bóxer. Se le había puesto duro, mucho, y le reclamaba mimos y atenciones.
Lo ve nadar unos diez minutos, y con el tolete ardiéndole de ganas, de ganas de frotarse, de sobárselo, de… algo, Roberto dejaba salir lentamente el aire de su pecho. Por un momento considera la idea de tomar un calzoncillo chico, bajar y nadar con él, como si nada. Pero sabía que no podía. Sus padres estaban allí, y aunque no hiciera nada… malo, no podría oculta la erección de su tranca. Lo mira nadar hacia la orilla, apoyar las manos en el borde y alzarse con agilidad. Mira su cabello negro pegado a la nuca, la espaldota chorreando agua, y la telita de la tanga hundida entre las nalgas plenas y turgentes. Y el deseo de bajar, tocarlo, sacándole la tela de allí, casi lo hizo gritar. Lo ve caminar, con donaire, satisfecho de sí, hacia la silla plegable. La tela estaba metida en las nalgas, como si también la prenda quisiera acariciarlo y mimarlo allí, en su raja que debía estar caliente.
Lo mira echarse sentadote en la silla, relajado, mojado y brillante. El chico monta un pie en la silla, flexionando la rodilla, la otra pierna está en el piso, y Roberto se recrea admirando el cuerpo de ese hombrecito que tanto le repugna. Había algo untuoso, de reptil en él. No parecía un… macho; pero ahora debía admitir que se veía regio, que lo tenía excitado, y que tampoco él era muy macho si a ver íbamos. Siente que los pies se le cansan y que tiene la boca seca, sabiendo que ya debería dejar esa vaina; pero no puede retirarse de esa ventana hasta que ve al joven sentarse erguido, mirando hacia la casa (¿hacía su cuarto?). Se alarmó, apartándose un poco. Pero siguió viéndolo, o adivinándolo tras la cortina, y lo observó tomar su toalla y marcharse. Sintiéndose frío y caliente, tembloroso, el hombre va a su cama y se sienta. Entiende que está mal, sí Sergio no se hubiera ido, habría seguido toda la noche en esa ventana, buceándolo. Y deseaba eso, su carne quería eso. Cierra los ojos y lo ve saliendo del agua, joven y poderoso, con la tanguita metida entre las nalgas. Esas nalgas tan redonditas y maravillosas… Jadea de repente, ¡siente pasos en el pasillo!
Debía ser Sergio que volvía a su dormitorio. Y un estremecimiento poderoso lo estremeció. ¿Y si Sergio estuviera dirigiéndose a su habitación? ¿Y si tocaba, llamándolo y diciéndole que quería hablar? Mira hacia la puerta, y un nuevo temblor lo recorre, ¿y si venía a preguntarle por qué coño andaba buceándolo mientras se bañaba? El corazón le latía ferozmente en el pecho, y su respiración era pesada. No importaría a qué fuera, ¡él abriría esa puerta!, halándolo por un brazo y tirándolo en la cama, donde lo sobaría, acariciaría y lo cogería toda la noche. Le tenía asco, pero en ese momento se lo pegaría de mil amores. Pero no, los pasos se alejaban y él cayó sobre la cama, sintiéndose dolorosamente despierto y consciente de sí; el güevo le palpitaba salvajemente dentro del bóxer, pero no iba a hacerse una paja pensando en ese güevón. No, no lo haría… Aunque su mano traidora acariciaba su panza; y sí bajaba sólo un poco más…
Al otro día, sintiéndose rabioso, molesto, y creía que hasta enfermo (estaba afiebrado), Roberto intentaba concentrarse en sus labores; pero no podía. El sol era agobiante, y tenía que supervisar el tendido eléctrico que presentaba una falla hacia los generadores de agua de la zona este, y no podían llamar a la compañía eléctrica ya que (así eran) parte del cableado estaba conectado ilegalmente. Transpiraba como un perro, un sudor que bajaba caliente de su nuca, por las sienes y espalda, y muy salino, como comprobaba al entrarle en los ojos.
Y los peones andaban como más tarados que nunca, dos veces picaron un cable donde no era, y tres de ellos recibieron un fuerte corrientazo por agarrar donde no debían. Pero la verdad era que Roberto andaba insufrible, y ni él mismo entendía el por qué. Tal vez se debiera a que el condenado Sergio parecía dispuesto a molestarlo, y de paso a más de uno. Lo vio salir de la casona, a las diez de la mañana (dormía como puta, decía su padre cuando alguien dormía hasta tarde; a él tampoco le agradaba Sergio, aunque por motivos diferentes a los de su hijo), vistiendo un short jeans a medio muslo, unos zapatos de goma y una camiseta que dejaba al descubierto sus hombros; coño, era un carajo atractivo, tuvo que reconocer Roberto, viendo como el otro iba hacia él, sonriendo amistosamente (como un marica, pensó con odio y veneno); seguido por la mirada de más de uno de los carajos allí reunidos.
-Hola, Bobby. -dijo jovial, sonriéndole plenamente, burlándose cruelmente para sus adentro. Sabía de las miradas y calenturas que el otro pasó la noche anterior.- ¿Podrías prestarme un jeep o algo? Quisiera llegarme hasta la parcela del chico forzudo que conocimos ayer. -lo dice con simplicidad.
-¿Para qué? -grazna; los celos y la demanda estaban implícitos, aunque intentaba controlarse.
-Sólo quiero hablar. -se encoge de hombros.- Me parece que está muy solito por allá. -dice evasivo, intencionadamente, recreándose en los maizales, evitando deliberadamente la mirada del otro, clavada en él, con furia contenida. Peor para él, se dice el joven ex bailarín exótico.- Creo que él y yo podríamos tener… intereses en común. Al menos voy a intentar tantearlo…
-No creo que tengamos ningún vehículo disponible para…. -suena turbado al mentir.
-Me voy a pie. -lo interrumpe el otro, sonriendo levemente, mirándolo sereno a los ojos, como retándolo a que le diga que no.- Es por allá, ¿verdad? -da media vuelta.
-Está lejos. Usa mi Jeep. -dice opaco, sintiéndose miserable. Sergio le sonríe, alejándose.
-Eres un encanto, Bobby. -le dice mientras se aleja.
-Si quiere, yo lo llevo, patrón. -dice torvo, uno de los carajos a su lado, y el otro repara en que tiene los ojos clavados, codicioso, en las nalgas del exbailarín.
-¡A trabajar! -ladra con rabia y todos se movilizan.
Roberto sigue con la mirada a Sergio, con un profundo resentimiento, y sin embargo repara en su porte, en la ancha y musculosa espalda masculina, en su trasero, paradito y mordiendo algo de la tela jeans entre las nalgas. Siente un ramalazo de celos, unos celos tan horribles y atormentadores, que le enloquece reconocerlos como tal. ¡Sí, estaba celoso porque quería estar con él! Lo había deseado desde que lo vio venir otra vez; aunque luchó contra eso. Contra sí mismo; no quería sentir esa debilidad, esa necesidad de ese maricote. Pero también quería seguir la corriente de lo que era, y debía, ser su vida, porque algo le decía que ese vacío extraño, feo y turbador que a veces sentía, no iba a desaparecer con magia ni sofocado por los años. Pero debía moverse con cuidado, saber qué terreno estaba pisando antes de lanzarse en mortal atrás.
Gregorio no iba a perdonarle nuevas idioteces, y era un hombre implacable. Él lo sabía. Quería a su padre, quería la plata, la tierra y la posición; pero mirando el camino por donde se había ido Sergio, viendo hacia la tierra desconocida, hacia el futuro, a lo que sería su vida dentro de unos años, sintió temor. ¿Se podía vivir toda una vida queriendo algo, tanto que dolía pensar en eso, y no tenerlo jamás? ¿Podía un ser humano resistir eso hasta el final, día tras día, noche tras noche, meses y años hasta que la muerte te liberara? No lo sabía. Era consciente de que habían carajos con dos y tres vidas secretas (su padre mismo tenía una india viviendo en Cantaura); pero, ¿podría él? ¿Podría estar con Isabela y desear irse por ese camino también, tras el mariquito ese?
Años atrás había decidido la vida que quería, que era buena; lo demás podía controlarse. En esa tierra de sol, de trabajo, de problemas que nunca faltaban, era fácil pensar que las cosas podían enderezarse… o mantenerse en el carril. Veía su vida de años y años con Isabela, y le parecía tolerable. En Araure podía someter otros apetitos. La vida aquí era más dura, no tendría tiempo ni fuerzas para pendejadas. Sí, eso pensó entonces. Pero ahora, ¿a quién coño intentaba engañar?, se preguntó sintiendo un escalofrío a pleno sol. Nada más la noche anterior vio a un carajo bañándose en tanga, y sintió ganas de olisquear su calzón, deseándolo. No, no debía pensar en derrotas, sino en éxitos.
Pasó la hora siguiente, llevando un sol implacable en el tórax desnudo mientras clavaban unos postes para otra alambrada; pero andaba de malhumor, gritándole a todo el mundo y no encontrando nada bien hecho. No podía dejar de pensar en él… Y para colmo habría prestado su Jeep para eso. ¡No lo aguanto más!, se dijo, arrojando con disgusto una pequeña mandarria que usaba. Con paso rápido, tomando una franela azulada de un poste, fue hacia el garaje de la vivienda. Imágenes sensuales y perversas cruzaban su mente, donde dos hombres se abrazaban, desnudos, sudando, uniendo sus lenguas en apasionados y mordelones besos, gimiendo cada uno, soñando con lo que vendría luego, con jadeos de éxtasis anticipado.
Encontrando la camioneta de Gregorio, entró, sin ponerse la camisa, arrancando a toda máquina. Sentía que cada minuto contaba, y que algo horrible e inimaginable (¡hummm, cógeme…!, gemía alguien) podía ocurrir si no llegaba a tiempo. ¡Maldito y sensual Sergio! Como una tormenta llegando a La Florida, entró en la propiedad del vecino, casi atropellando a las viejas y flacas gallinas. ¿Cómo podía tenerlas fuera de un corral, con tanta gente que quería comer sin trabajar por allí, asechando las buenas tierras, ya trabajadas y con vivienda para invadirlas? ¡O con los maizales tan cerca!, este tipo era un imbécil. Nota que el Jeep está detenido cerca del gallinero, el cual está ¡cerrado! Y una certeza terrible, y dolorosa, se instala en su pecho: allí estaban. Sergio debía… Sin querer pensar más en eso, apretado los labios y los puños, se dirige al vetusto edificio, poniéndose la franela, reparando en dos samanes enormes que daban una buena sombra, más allá, cerca del lugar donde la quebrada formaba un pozo, que él sabía era de agua fresca. Esa tierra era buena, al abuelo se le había pasado la mano cuando la regaló. Bueno, tal vez no tanto, reconoce con algo de pesar, incómodo al sentirse mezquino. Pero no era hora de ablandarse; y pensar en eso, lo hace imaginar lo ‘duro’, y eso tampoco le gusta.
Cegado por una rabia que no sabría explicar jamás, ya que ningún derecho tenía, Roberto pensó en patear la puerta del gallinero. Ah, no, no iba a darle tiempo al mariconcete ese a esconderse (e imaginarlo desnudo, en otros brazos, con otras manos recorriéndolo con pasión, lo hacía trinar de arrechera). Abre con sigilo, recibiendo un vaho oscuro. El gallinero era apenas algo más que un tarantín de madera, zinc y hasta cartón piedra (como algunos ranchos, donde la gente tenía, sin embargo, celular y parabólica, regodeándose en su marginalidad). Olía a gallinas, a alimento podrido, y a mierda de las gallináceas. Recorre el lugar con la mirada, buscando algo (a dos carajos abrazados y amándose; al mariconcete ese, al que le dolería ver así), acostumbrándose poco a poco a la relativa oscuridad de recinto. Ya, iba a encontrarlo mamando, o siendo cogido, y le gritaría ¡maricón de mierda, maldito sucio! Y frente a una cuadrada ventana, abierta totalmente, sin una reja siquiera (¿cómo no se escapaban las tontas gallinas?) estaba él, desnudo…
¡Estaba totalmente desnudo!, mirando algo por esa ventana (como tantas veces se lo había imaginado, se dice Roberto, temblando entre el odio de los celos y el deseo), masturbándose fieramente, al agitar su mano derecha contra su pelvis. Era musculoso y atractivo, y Roberto fue acercándosele sigilosamente. Mira sus nalgas plenas y jóvenes, redondas; la boca se le seca, y las manos le pican por las ganas de atraparlas, apretándolas, para finalmente meter dos dedos entre ellas, acariciando esa raja que debía estar calentita. Medio ladeándose, acercándosele desde atrás, pero alejándose hacia el lado derecho, lo va cercando. Le mira el tolete erecto, sobado por esa mano acariciante. Lo mira agitado, concentrado en lo que hace (¿quién coño se desvestía totalmente para masturbarse?), con el labio superior perlado de sudor. Sin hacer ningún ruido, intrigado y molesto todavía, pero resistiendo la tentación de saltarle encima y arrojarlo sobre los sacos llenos de maíz almacenados ahí, Roberto mira por la ventana; ¿qué coño veía con tanta fascinación? Y la vaina fue un shock, que le molestó grandemente.
-¡Maricón de mierda!, ya sabía que no eras más que un grandísimo recontramaricón. -grita feamente, realmente ofendido, traicionado (aunque eso no lo reconocería jamás ante nadie).
-¡Ahhh…! -chilló el carajo, atrapado en mala hora, sintiendo un calambre en el tolete, enredándose con los pies y cayendo de culo sobre unos sacos de maíz apilados, desparramado.
-¿Te estabas haciendo la paja mirando a ese carajo? -le grita, rojo de rabia, Roberto, acusándolo, con la mente nublada, incapaz de pensar en algo lo suficientemente feo que gritarle.
-No… No es lo que tú crees… -jadea, con los ojos muy abiertos, asustado de haber sido sorprendido así, masturbándose mirando a otro carajo. ¡Todos iban a saberlo y estaría jodido!
-¡No… No es lo que tú crees…! -repite, entre molesto y burlón, Roberto; sentía la mente caliente, pero en medio de todo, veía una pequeña luz.
-Roberto, por favor… no se lo cuentes a nadie… -pide, realmente angustiado, con el tolete encogiéndosele entre las piernas, echado en los sacos. Roberto respira con pesadez, mirándolo fijamente, llenando su mente y sus sentidos con la imagen de ese joven hombre desnudo, tan vulnerable y adorable en esos momentos, sintiendo el güevo ardiéndole dentro del muy ajustado jeans. Lo tenía así por él, desde hacía rato.
-Tendrás que pagarme… y caro. -le ruge, bajito, con una mueca terriblemente cruel.
-¿Qué…? Sabes que no tengo nada que…
Pero calla sorprendido cuando Roberto echa sus manos hacia atrás, agarrándose la gruesa franela y halándola, quitándose, mostrando su torso musculoso, finamente velludo, y su panza plana; lo mira quitándose las botas con golpes vehementes. Finalmente el pantalón vuela. Lo ve quedarse con su bóxer rojo, que mostraba una erección granítica. Y el joven, con la boca abierta, y el cabello sobre la frente, mira esa tranca y ese cuerpo musculoso y viril frente, y sobre, él.
-Me vas a pagar con el culo, Toñito. -le ruge, ronco, con los ojos brillantes de lujuria, temblando de excitación, cayendo sobre Antonio Pavón.
Agarrado por sorpresa cuando ese carajo le cae encima, Antonio cae de espalda sobre los sacos de granos, algo no muy cómodo, y queda prensado por el cuerpo del otro, que lo aplasta, que lo inmoviliza y arropa. Era pesado, caliente y vital, y su piel era áspera… y Antonio, quien se masturbaba viendo a Sergio nadando en la quebrada, con una tanguita blanca mínima, que se le metía entre las nalgas, lo miró a los ojos asustado, pero abrió los brazos invitándolo, aceptándolo. Los dos carajos se encontraron uno con el otro, y la boca grande y cálida de Roberto, cubrió y aplastó la de Antonio, con un jadeo ahogado, quien pela los ojos. Nunca lo habían asaltado así, ni besado, pero su cuerpo se calentó y se frotó del de Roberto. Su lengua aceptó la del señorito de la hacienda, que lo lamió, mamó y chupó todo, con sonidos de succión y de aggg, cuando las lenguas luchaban, tragando cada uno la saliva y el aliento del otro. Sus cuerpos estaban calientes, eran sólidos, musculosos y jóvenes, y se frotaban uno del otro. Roberto sentía la erección de Antonio, y Antonio la suya. Se besaron y besaron durante largos minutos, como si no pudieran parar de saborear uno al otro, de probarlo, de lamerlo, saciando una vieja urgencia, una necesidad no resuelta, que hablaba de años perdidos y añorados, y no afrontado, de un deseo no satisfecho entre ellos.
Las manos cálidas de Antonio recorrían y sobaba la espaldota de Roberto, gimiendo con los ojos cerrados, agitándose y meciéndose de pies a cabeza para rozarse mejor con ese machote que lo enloquecía con sus besos lengüeteados, mordelones y salivosos. Cuando las manos de Antonio llegaron a sus nalgas sobre el bóxer, apretándolas, clavando los dedos en ellas, los dos sintieron que iban a morirse de gusto y de lujuria. Buscando aire, Roberto dejó la dulce y fresca boca, pasándose la lengua por los labios, saboreando la saliva del otro, y vio como Antonio gemía largamente, estremeciéndose todo, buscando aire también. Las manotas de Roberto bajaron y se metieron entre Antonio y los sacos, apretándole también las nalgas. Se miran a los ojos, largamente, jadeantes, totalmente pegados uno al otro, donde la temperatura subía horriblemente. Roberto baja el rostro con más calma, y sus labios atraparon los de Antonio, con suavidad, y sus lenguas volvieron a unirse, con la pasión de todo eso que deseaban y necesitaban, pero también con ternura.
Antonio había sido un niño, y luego un joven, callado y suave al que le gritaban indio maricón en la escuela. En unos meses en que su padre no estuvo presente (algunos decían que estaba preso por robarse unos cochinos, otros decían que por cogérselos, de coger), un perro mordió a la india callada y seria que el chico tenía por madre. La mujer silenció eso obstinadamente, aún a su hijo. Día a día, Antonio, el niño, la vio enfermar, empeorar, y morir; nada más y nada menos que de mal de rabia. El abuelo de Roberto, don Noriega, les regaló la tierra donde vivían, según porque había sido él quien metió preso al papá de Antonio. Otros decían que el perro infractor, uno de raza, era suyo, y el viejo no tuvo ánimos para sacrificarlo antes. Como fuera, la tierra pasó a manos de ellos; pero para Antonio, no fue suficiente. Él extrañaba a la mujer, a su madre, y lloró mucho durante su sepelio, y los muchachos en la escuela le pusieron un sobrenombre: el llorón, y con él lo atacarón y persiguieron ferozmente. Y Roberto fue uno de los peores. Era grande, bonito, rico, mimado y protegido, era un bendecido, lo tenía todo; y fue uno de los que más se metió con el muchacho. Y Antonio lo odió mucho por eso.
La pareja jadea mirándose intensamente y Roberto se pone de pie, con el bóxer casi metido en el culo y la tranca a punto de reventarla. Jadeando, sentándose en los sacos (que picaban un poco en el culo, así era el maíz), Antonio mira hacía arriba ese tolete. Mira a Roberto, como asustado aún, sin saber qué hacer; pero la cálida sonrisa del otro, respirando pesadamente, le da confianza. La mano del joven atrapa a lo ancho el falo, apretándolo duro, sintiéndolo palpitar y quemar en su palma, y acercando el rostro, roza los labios de esa cabezota que se adivinaba bajo la tela. Cuando pega los labios, jadea sintiéndola tibia y vital, llenándolo de ganas. Y Roberto también jadea largamente,
CONTINUARÁ…
Julio César.







