Archive for Marzo, 2008

RELATOS CONEXOS… (9)

Martes, Marzo 25th, 2008

…CONTINÚA  UN LARGO VERANO

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    Nada tan macho como un ranchero… 

   -¿Por qué coño no dices qué quieres y vendes de una vez la mierda ésta y te vas?

   -¿Quién carajo te dijo que quería irme? Lo que quiero es que tú y tu familia saquen sus patas de mis tierras y me dejen en paz. Tengo planes para toda esta vaina, ¡que es mía!

   -Esto no es tuyo, maldito ladrón. Es de mi familia. -le grita Roberto, caminando hacia él, y Antonio va acercándosele también, perdiendo los estribos.- Tu papá se lo robó, como robó muchas otras cosas, ¡maldito llorón! -le gritó sabiendo por qué eso alteraría al otro, como lo hizo. Sólo que Antonio fue más cruel en su replica, lanzándole una mirada de odio (y otra, de refilón, de vergüenza, a Sergio).

   -Dicen que el viejo Noriega era un marico; a lo mejor por eso fue que le dio la tierra a…

   Y hasta ahí llegó la cosa, al menos en palabras; lo que siguió fue un intento de que la sangre llegara al río, o quebrada, en este caso. Roberto, viéndolo todo rojo, se le arrojó encima, lanzándole un puñetazo a la nariz. Antonio chilló, sorprendido, retrocediendo, y cuando entendió lo que el otro hizo, se le iba a lanzar también; pero ya Sergio se interponía entre los dos, gritándoles que debían detenerse. Le costó separarlos, forcejearon con él entre ellos, empujándose, y el joven parecía un muñeco de esos del porfiado, el que no caía. Esos dos no podían hablar, sino que se gritaban, se amenazaban con los puños y bañaban de saliva a Sergio que iba arrugando la cara.

   Más tarde esa noche, echándole el cuento a Isabela, Sergio riente diría que la cosa fue horrible, que esos dos lo batuqueaban, gritándole al otro que iba a matarlo; haciendo una graciosa mímica de él entre ellos. A la joven la cosa le hacía gracia, pero al molesto y serio novio, no. Roberto se sentía mal, furioso. De buenas ganas le habría partido esa cara insolente al maricón ese, que se burlaba de él, riendo junto a Isabela. Y a ella, como que le gustaba. No quería estar junto a ellos, por lo que dijo que estaba cansado y se retiró.

   Era tarde en la noche, y ni aún con todo lo pesado que fue el día de trabajo, y del agradable clima controlado que había dentro de las habitaciones, Roberto puede dormir. Estaba inquieto, rabioso, insatisfecho, y creía saber, en una parte profunda y secreta (que era como su culo, nunca le daba el sol), qué era lo que tenía. Pero era algo que no podía atender. No ahora. No en esa casa… y tal vez nunca más. Deseaba esa casa, esos reales, esa hacienda, esa vida; y para tenerlo, acallaría todo lo demás. Pero era difícil porque se sentía amarrado, y a pesar de todo lo que tenía, y todo lo que soñaba con llegar a tener más adelante, era infeliz; amarga y rabiosamente infeliz.

   Afuera, la noche era cálida, como lo era siempre, y él en su cama, mira el cielo oscuro y no puede dormir. Si su papá supiera eso, le diría que con una mujer al lado lo haría, pues ella lo agotaría. ¿Estaría así por exceso de energía sexual? No lo sabe; se para en medio del cuarto, incapaz de aguantar la cama, reparando en su figura en el espejo del closet, a pesar de la oscuridad. Era un carajo joven, fornido y atractivo; coño, debería estar gozando de los placeres de la carne y no allí, solo y miserable, ¿entonces…? Pero no entendía nada, y mientras se miran al espejo, sobándose la panza plana, y mirándose la cadera dentro del ajustado bóxer, (que le quedaba del coño, tiene que admitirse), se siente más frustrado. En eso repara en un apagado silbido que cruza bajo su ventana. Que raro, ¿quién andaría por ahí? Y con disimulo, aparta la cortina en su ventana, cerrado el cristal para impedir que saliera el aire frío. Su cuarto daba a los patios de la propiedad, hacia el lado de una piscina cuadrada, fea, que casi nunca nadie usaba. Pero ahora sí había alguien allí: Sergio.

   La mirada de Roberto se dilata y el aire se congela en sus pulmones. Sergio parece que va a nadar, a esas horas, en la solitaria alberca, donde la luz era opaca, mala. Pero a pesar de la distancia, y de la luz, el joven repara en que el otro lleva una tanguita mínima, y sus ojos no pueden evitar correr sobre su cuerpo alto y musculoso, tetón. Los hombros eran anchos y la cintura estrecha, los brazos eran musculosos, así como las piernas y los muslos. El tórax era pronunciado y lampiño, y las tetillas eran pequeñas, más oscuras. Pero su mirada estaba perdida en la pequeña, putona y excitante prenda roja, chillona, con las tiritas que subían por sus caderas. El paquete tras él, se adivinaba en reposo, pero abultaba, colgando hacia abajo, contra la tela. Lo ve dejar una toalla en una silla plegable, y arrojarse al agua. Lo observa sumergirse y nadar con gracia. Con la boca seca, y los ojos doliéndole de los forzados que están por seguirlo en la penumbra, Roberto siente la respiración pesada, y el tolete ardiéndole dentro del bóxer. Se le había puesto duro, mucho, y le reclamaba mimos y atenciones.

   Lo ve nadar unos diez minutos, y con el tolete ardiéndole de ganas, de ganas de frotarse, de sobárselo, de… algo, Roberto dejaba salir lentamente el aire de su pecho. Por un momento considera la idea de tomar un calzoncillo chico, bajar y nadar con él, como si nada. Pero sabía que no podía. Sus padres estaban allí, y aunque no hiciera nada… malo, no podría oculta la erección de su tranca. Lo mira nadar hacia la orilla, apoyar las manos en el borde y alzarse con agilidad. Mira su cabello negro pegado a la nuca, la espaldota chorreando agua, y la telita de la tanga hundida entre las nalgas plenas y turgentes. Y el deseo de bajar, tocarlo, sacándole la tela de allí, casi lo hizo gritar. Lo ve caminar, con donaire, satisfecho de sí, hacia la silla plegable. La tela estaba metida en las nalgas, como si también la prenda quisiera acariciarlo y mimarlo allí, en su raja que debía estar caliente.

   Lo mira echarse sentadote en la silla, relajado, mojado y brillante. El chico monta un pie en la silla, flexionando la rodilla, la otra pierna está en el piso, y Roberto se recrea admirando el cuerpo de ese hombrecito que tanto le repugna. Había algo untuoso, de reptil en él. No parecía un… macho; pero ahora debía admitir que se veía regio, que lo tenía excitado, y que tampoco él era muy macho si a ver íbamos. Siente que los pies se le cansan y que tiene la boca seca, sabiendo que ya debería dejar esa vaina; pero no puede retirarse de esa ventana hasta que ve al joven sentarse erguido, mirando hacia la casa (¿hacía su cuarto?). Se alarmó, apartándose un poco. Pero siguió viéndolo, o adivinándolo tras la cortina, y lo observó tomar su toalla y marcharse. Sintiéndose frío y caliente, tembloroso, el hombre va a su cama y se sienta. Entiende que está mal, sí Sergio no se hubiera ido, habría seguido toda la noche en esa ventana, buceándolo. Y deseaba eso, su carne quería eso. Cierra los ojos y lo ve saliendo del agua, joven y poderoso, con la tanguita metida entre las nalgas. Esas nalgas tan redonditas y maravillosas… Jadea de repente, ¡siente pasos en el pasillo!

   Debía ser Sergio que volvía a su dormitorio. Y un estremecimiento poderoso lo estremeció. ¿Y si Sergio estuviera dirigiéndose a su habitación? ¿Y si tocaba, llamándolo y diciéndole que quería hablar? Mira hacia la puerta, y un nuevo temblor lo recorre, ¿y si venía a preguntarle por qué coño andaba buceándolo mientras se bañaba? El corazón le latía ferozmente en el pecho, y su respiración era pesada. No importaría a qué fuera, ¡él abriría esa puerta!, halándolo por un brazo y tirándolo en la cama, donde lo sobaría, acariciaría y lo cogería toda la noche. Le tenía asco, pero en ese momento se lo pegaría de mil amores. Pero no, los pasos se alejaban y él cayó sobre la cama, sintiéndose dolorosamente despierto y consciente de sí; el güevo le palpitaba salvajemente dentro del bóxer, pero no iba a hacerse una paja pensando en ese güevón. No, no lo haría… Aunque su mano traidora acariciaba su panza; y sí bajaba sólo un poco más…

   Al otro día, sintiéndose rabioso, molesto, y creía que hasta enfermo (estaba afiebrado), Roberto intentaba concentrarse en sus labores; pero no podía. El sol era agobiante, y tenía que supervisar el tendido eléctrico que presentaba una falla hacia los generadores de agua de la zona este, y no podían llamar a la compañía eléctrica ya que (así eran) parte del cableado estaba conectado ilegalmente. Transpiraba como un perro, un sudor que bajaba caliente de su nuca, por las sienes y espalda, y muy salino, como comprobaba al entrarle en los ojos.

   Y los peones andaban como más tarados que nunca, dos veces picaron un cable donde no era, y tres de ellos recibieron un fuerte corrientazo por agarrar donde no debían. Pero la verdad era que Roberto andaba insufrible, y ni él mismo entendía el por qué. Tal vez se debiera a que el condenado Sergio parecía dispuesto a molestarlo, y de paso a más de uno. Lo vio salir de la casona, a las diez de la mañana (dormía como puta, decía su padre cuando alguien dormía hasta tarde; a él tampoco le agradaba Sergio, aunque por motivos diferentes a los de su hijo), vistiendo un short jeans a medio muslo, unos zapatos de goma y una camiseta que dejaba al descubierto sus hombros; coño, era un carajo atractivo, tuvo que reconocer Roberto, viendo como el otro iba hacia él, sonriendo amistosamente (como un marica, pensó con odio y veneno); seguido por la mirada de más de uno de los carajos allí reunidos.

   -Hola, Bobby. -dijo jovial, sonriéndole plenamente, burlándose cruelmente para sus adentro. Sabía de las miradas y calenturas que el otro pasó la noche anterior.- ¿Podrías prestarme un jeep o algo? Quisiera llegarme hasta la parcela del chico forzudo que conocimos ayer. -lo dice con simplicidad.

   -¿Para qué? -grazna; los celos y la demanda estaban implícitos, aunque intentaba controlarse.

   -Sólo quiero hablar. -se encoge de hombros.- Me parece que está muy solito por allá. -dice evasivo, intencionadamente, recreándose en los maizales, evitando deliberadamente la mirada del otro, clavada en él, con furia contenida. Peor para él, se dice el joven ex bailarín exótico.- Creo que él y yo podríamos tener… intereses en común. Al menos voy a intentar tantearlo…

   -No creo que tengamos ningún vehículo disponible para…. -suena turbado al mentir.

   -Me voy a pie. -lo interrumpe el otro, sonriendo levemente, mirándolo sereno a los ojos, como retándolo a que le diga que no.- Es por allá, ¿verdad? -da media vuelta.

   -Está lejos. Usa mi Jeep. -dice opaco, sintiéndose miserable. Sergio le sonríe, alejándose.

   -Eres un encanto, Bobby. -le dice mientras se aleja.

   -Si quiere, yo lo llevo, patrón. -dice torvo, uno de los carajos a su lado, y el otro repara en que tiene los ojos clavados, codicioso, en las nalgas del exbailarín.

   -¡A trabajar! -ladra con rabia y todos se movilizan.

   Roberto sigue con la mirada a Sergio, con un profundo resentimiento, y sin embargo repara en su porte, en la ancha y musculosa espalda masculina, en su trasero, paradito y mordiendo algo de la tela jeans entre las nalgas. Siente un ramalazo de celos, unos celos tan horribles y atormentadores, que le enloquece reconocerlos como tal. ¡Sí, estaba celoso porque quería estar con él! Lo había deseado desde que lo vio venir otra vez; aunque luchó contra eso. Contra sí mismo; no quería sentir esa debilidad, esa necesidad de ese maricote. Pero también quería seguir la corriente de lo que era, y debía, ser su vida, porque algo le decía que ese vacío extraño, feo y turbador que a veces sentía, no iba a desaparecer con magia ni sofocado por los años. Pero debía moverse con cuidado, saber qué terreno estaba pisando antes de lanzarse en mortal atrás.

   Gregorio no iba a perdonarle nuevas idioteces, y era un hombre implacable. Él lo sabía. Quería a su padre, quería la plata, la tierra y la posición; pero mirando el camino por donde se había ido Sergio, viendo hacia la tierra desconocida, hacia el futuro, a lo que sería su vida dentro de unos años, sintió temor. ¿Se podía vivir toda una vida queriendo algo, tanto que dolía pensar en eso, y no tenerlo jamás? ¿Podía un ser humano resistir eso hasta el final, día tras día, noche tras noche, meses y años hasta que la muerte te liberara? No lo sabía. Era consciente de que habían carajos con dos y tres vidas secretas (su padre mismo tenía una india viviendo en Cantaura); pero, ¿podría él? ¿Podría estar con Isabela y desear irse por ese camino también, tras el mariquito ese?

   Años atrás había decidido la vida que quería, que era buena; lo demás podía controlarse. En esa tierra de sol, de trabajo, de problemas que nunca faltaban, era fácil pensar que las cosas podían enderezarse… o mantenerse en el carril. Veía su vida de años y años con Isabela, y le parecía tolerable. En Araure podía someter otros apetitos. La vida aquí era más dura, no tendría tiempo ni fuerzas para pendejadas. Sí, eso pensó entonces. Pero ahora, ¿a quién coño intentaba engañar?, se preguntó sintiendo un escalofrío a pleno sol. Nada más la noche anterior vio a un carajo bañándose en tanga, y sintió ganas de olisquear su calzón, deseándolo. No, no debía pensar en derrotas, sino en éxitos.

   Pasó la hora siguiente, llevando un sol implacable en el tórax desnudo mientras clavaban unos postes para otra alambrada; pero andaba de malhumor, gritándole a todo el mundo y no encontrando nada bien hecho. No podía dejar de pensar en él… Y para colmo habría prestado su Jeep para eso. ¡No lo aguanto más!, se dijo, arrojando con disgusto una pequeña mandarria que usaba. Con paso rápido, tomando una franela azulada de un poste, fue hacia el garaje de la vivienda. Imágenes sensuales y perversas cruzaban su mente, donde dos hombres se abrazaban, desnudos, sudando, uniendo sus lenguas en apasionados y mordelones besos, gimiendo cada uno, soñando con lo que vendría luego, con jadeos de éxtasis anticipado.

   Encontrando la camioneta de Gregorio, entró, sin ponerse la camisa, arrancando a toda máquina. Sentía que cada minuto contaba, y que algo horrible e inimaginable (¡hummm, cógeme…!, gemía alguien) podía ocurrir si no llegaba a tiempo. ¡Maldito y sensual Sergio! Como una tormenta llegando a La Florida, entró en la propiedad del vecino, casi atropellando a las viejas  y flacas gallinas. ¿Cómo podía tenerlas fuera de un corral, con tanta gente que quería comer sin trabajar por allí, asechando las buenas tierras, ya trabajadas y con vivienda para invadirlas? ¡O con los maizales tan cerca!, este tipo era un imbécil. Nota que el Jeep está detenido cerca del gallinero, el cual está ¡cerrado! Y una certeza terrible, y dolorosa, se instala en su pecho: allí estaban. Sergio debía… Sin querer pensar más en eso, apretado los labios y los puños, se dirige al vetusto edificio, poniéndose la franela, reparando en dos samanes enormes que daban una buena sombra, más allá, cerca del lugar donde la quebrada formaba un pozo, que él sabía era de agua fresca. Esa tierra era buena, al abuelo se le había pasado la mano cuando la regaló. Bueno, tal vez no tanto, reconoce con algo de pesar, incómodo al sentirse mezquino. Pero no era hora de ablandarse; y pensar en eso, lo hace imaginar lo ‘duro’, y eso tampoco le gusta.

   Cegado por una rabia que no sabría explicar jamás, ya que ningún derecho tenía, Roberto pensó en patear la puerta del gallinero. Ah, no, no iba a darle tiempo al mariconcete ese a esconderse (e imaginarlo desnudo, en otros brazos, con otras manos recorriéndolo con pasión, lo hacía trinar de arrechera). Abre con sigilo, recibiendo un vaho oscuro. El gallinero era apenas algo más que un tarantín de madera, zinc y hasta cartón piedra (como algunos ranchos, donde la gente tenía, sin embargo, celular y parabólica, regodeándose en su marginalidad). Olía a gallinas, a alimento podrido, y a mierda de las gallináceas. Recorre el lugar con la mirada, buscando algo (a dos carajos abrazados y amándose; al mariconcete ese, al que le dolería ver así), acostumbrándose poco a poco a la relativa oscuridad de recinto. Ya, iba a encontrarlo mamando, o siendo cogido, y le gritaría ¡maricón de mierda, maldito sucio! Y frente a una cuadrada ventana, abierta totalmente, sin una reja siquiera (¿cómo no se escapaban las tontas gallinas?) estaba él, desnudo…

   ¡Estaba totalmente desnudo!, mirando algo por esa ventana (como tantas veces se lo había imaginado, se dice Roberto, temblando entre el odio de los celos y el deseo), masturbándose fieramente, al agitar su mano derecha contra su pelvis. Era musculoso y atractivo, y Roberto fue acercándosele sigilosamente. Mira sus nalgas plenas y jóvenes, redondas; la boca se le seca, y las manos le pican por las ganas de atraparlas, apretándolas, para finalmente meter dos dedos entre ellas, acariciando esa raja que debía estar calentita. Medio ladeándose, acercándosele desde atrás, pero alejándose hacia el lado derecho, lo va cercando. Le mira el tolete erecto, sobado por esa mano acariciante. Lo mira agitado, concentrado en lo que hace (¿quién coño se desvestía totalmente para masturbarse?), con el labio superior perlado de sudor. Sin hacer ningún ruido, intrigado y molesto todavía, pero resistiendo la tentación de saltarle encima y arrojarlo sobre los sacos llenos de maíz almacenados ahí, Roberto mira por la ventana; ¿qué coño veía con tanta fascinación? Y la vaina fue un shock, que le molestó grandemente.

   -¡Maricón de mierda!, ya sabía que no eras más que un grandísimo recontramaricón. -grita feamente, realmente ofendido, traicionado (aunque eso no lo reconocería jamás ante nadie).

   -¡Ahhh…! -chilló el carajo, atrapado en mala hora, sintiendo un calambre en el tolete, enredándose con los pies y cayendo de culo sobre unos sacos de maíz apilados, desparramado.

   -¿Te estabas haciendo la paja mirando a ese carajo? -le grita, rojo de rabia, Roberto, acusándolo, con la mente nublada, incapaz de pensar en algo lo suficientemente feo que gritarle.

   -No… No es lo que tú crees… -jadea, con los ojos muy abiertos, asustado de haber sido sorprendido así, masturbándose mirando a otro carajo. ¡Todos iban a saberlo y estaría jodido!

   -¡No… No es lo que tú crees…! -repite, entre molesto y burlón, Roberto; sentía la mente caliente, pero en medio de todo, veía una pequeña luz.

   -Roberto, por favor… no se lo cuentes a nadie… -pide, realmente angustiado, con el tolete encogiéndosele entre las piernas, echado en los sacos. Roberto respira con pesadez, mirándolo fijamente, llenando su mente y sus sentidos con la imagen de ese joven hombre desnudo, tan vulnerable y adorable en esos momentos, sintiendo el güevo ardiéndole dentro del muy ajustado jeans. Lo tenía así por él, desde hacía rato.

   -Tendrás que pagarme… y caro. -le ruge, bajito, con una mueca terriblemente cruel.

   -¿Qué…? Sabes que no tengo nada que…

   Pero calla sorprendido cuando Roberto echa sus manos hacia atrás, agarrándose la gruesa franela y halándola, quitándose, mostrando su torso musculoso, finamente velludo, y su panza plana; lo mira quitándose las botas con golpes vehementes. Finalmente el pantalón vuela. Lo ve quedarse con su bóxer rojo, que mostraba una erección granítica. Y el joven, con la boca abierta, y el cabello sobre la frente, mira esa tranca y ese cuerpo musculoso y viril frente, y sobre, él.

   -Me vas a pagar con el culo, Toñito. -le ruge, ronco, con los ojos brillantes de lujuria, temblando de excitación, cayendo sobre Antonio Pavón.

   Agarrado por sorpresa cuando ese carajo le cae encima, Antonio cae de espalda sobre los sacos de granos, algo no muy cómodo, y queda prensado por el cuerpo del otro, que lo aplasta, que lo inmoviliza y arropa. Era pesado, caliente y vital, y su piel era áspera… y Antonio, quien se masturbaba viendo a Sergio nadando en la quebrada, con una tanguita blanca mínima, que se le metía entre las nalgas, lo miró a los ojos asustado, pero abrió los brazos invitándolo, aceptándolo. Los dos carajos se encontraron uno con el otro, y la boca grande y cálida de Roberto, cubrió y aplastó la de Antonio, con un jadeo ahogado, quien pela los ojos. Nunca lo habían asaltado así, ni besado, pero su cuerpo se calentó y se frotó del de Roberto. Su lengua aceptó la del señorito de la hacienda, que lo lamió, mamó y chupó todo, con sonidos de succión y de aggg, cuando las lenguas luchaban, tragando cada uno la saliva y el aliento del otro. Sus cuerpos estaban calientes, eran sólidos, musculosos y jóvenes, y se frotaban uno del otro. Roberto sentía la erección de Antonio, y Antonio la suya. Se besaron y besaron durante largos minutos, como si no pudieran parar de saborear uno al otro, de probarlo, de lamerlo, saciando una vieja urgencia, una necesidad no resuelta, que hablaba de años perdidos y añorados, y no afrontado, de un deseo no satisfecho entre ellos.

   Las manos cálidas de Antonio recorrían y sobaba la espaldota de Roberto, gimiendo con los ojos cerrados, agitándose y meciéndose de pies a cabeza para rozarse mejor con ese machote que lo enloquecía con sus besos lengüeteados, mordelones y salivosos. Cuando las manos de Antonio llegaron a sus nalgas sobre el bóxer, apretándolas, clavando los dedos en ellas, los dos sintieron que iban a morirse de gusto y de lujuria. Buscando aire, Roberto dejó la dulce y fresca boca, pasándose la lengua por los labios, saboreando la saliva del otro, y vio como Antonio gemía largamente, estremeciéndose todo, buscando aire también. Las manotas de Roberto bajaron y se metieron entre Antonio y los sacos, apretándole también las nalgas. Se miran a los ojos, largamente, jadeantes, totalmente pegados uno al otro, donde la temperatura subía horriblemente. Roberto baja el rostro con más calma, y sus labios atraparon los de Antonio, con suavidad, y sus lenguas volvieron a unirse, con la pasión de todo eso que deseaban y necesitaban, pero también con ternura.

   Antonio había sido un niño, y luego un joven, callado y suave al que le gritaban indio maricón en la escuela. En unos meses en que su padre no estuvo presente (algunos decían que estaba preso por robarse unos cochinos, otros decían que por cogérselos, de coger), un perro mordió a la india callada y seria que el chico tenía por madre. La mujer silenció eso obstinadamente, aún a su hijo. Día a día, Antonio, el niño, la vio enfermar, empeorar, y morir; nada más y nada menos que de mal de rabia. El abuelo de Roberto, don Noriega, les regaló la tierra donde vivían, según porque había sido él quien metió preso al papá de Antonio. Otros decían que el perro infractor, uno de raza, era suyo, y el viejo no tuvo ánimos para sacrificarlo antes. Como fuera, la tierra pasó a manos de ellos; pero para Antonio, no fue suficiente. Él extrañaba a la mujer, a su madre, y lloró mucho durante su sepelio, y los muchachos en la escuela le pusieron un sobrenombre: el llorón, y con él lo atacarón y persiguieron ferozmente. Y Roberto fue uno de los peores. Era grande, bonito, rico, mimado y protegido, era un bendecido, lo tenía todo; y fue uno de los que más se metió con el muchacho. Y Antonio lo odió mucho por eso.

   La pareja jadea mirándose intensamente y Roberto se pone de pie, con el bóxer casi metido en el culo y la tranca a punto de reventarla. Jadeando, sentándose en los sacos (que picaban un poco en el culo, así era el maíz), Antonio mira hacía arriba ese tolete. Mira a Roberto, como asustado aún, sin saber qué hacer; pero la cálida sonrisa del otro, respirando pesadamente, le da confianza. La mano del joven atrapa a lo ancho el falo, apretándolo duro, sintiéndolo palpitar y quemar en su palma, y acercando el rostro, roza los labios de esa cabezota que se adivinaba bajo la tela. Cuando pega los labios, jadea sintiéndola tibia y vital, llenándolo de ganas. Y Roberto también jadea largamente, 

CONTINUARÁ… 

Julio César.

EL ENIGMA DE PARSIFAL

Martes, Marzo 25th, 2008

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   Hace tiempo, cuando hice una leve crítica a El Código da Vinci, ganándome reclamos y hasta malas caras de los conocidos, algunos me preguntaron sobre el otro libro que mencioné, EL ENIGMA DE PARSIFAL, y de sí estaba loco por comparar una novela moderna (El Código, no se confundan) con otra tan… ¿vieja? (hasta la comparación es insultante, para El Enigma). A mi entender, la cuestión no debe ser jamás planteada en semejantes términos, porque si a ver vamos, la Biblia no tendría ningún mérito, ni siquiera literario, por vieja, comparada a cualquier tontería que se escribiera hoy en día. Y sin ir tan lejos, ¿entonces los libros de Ágatha Christie de los cincuenta no sirven? No, ese no debe ser el punto. La cuestión es saber si un libro es interesante, logra despertar suspenso, curiosidad y sí es capaz de hacernos preguntar con su línea argumental: ¿será esto posible, podría suceder en tal o cual condición? 

   Los libros de Robert Ludlum, escritor norteamericano, tienen esta envidiable virtud. Sabemos que se trata de ficción, pero son emocionantes y absorbente, y uno tiene que leerlos hasta el final, siempre haciéndonos sentir la duda: ¿sería esto posible en un mundo demente? O la mayoría de sus historias al menos cumplen con este cometido, hay que aclarar. Siempre pasa que hay un libro mejor que otro, aún siendo del mismo autor. 

   El Enigma de Parsifal, desde sus primeros párrafos donde hablan de la ejecución de una mujer que grita y patalea para no morir, en la Costa Brava (que bonito suena ese nombre) en España, es emocionante. Ya ahí queda establecida la personalidad del héroe, un tipo torturado que se ha visto obligado a vivir en un mundo demente, sin las reglas y protecciones de aquellos que asisten a un trabajo todo los días, comen con amigos y tienen una o dos novias por ahí. No, su mundo es de oscuridad, uno que lo ha llevado a ese lugar, a esa playa, para atestiguar la muerte de su único gran amor, una mujer con la que soñó escapar un día de su vida de locura. El hombre es un espía del Servicio Secreto de su país. Un agente, dicho eufemísticamente. La mujer ha resultado una mentirosa, su enemiga, enemiga de ese país.    A medida que avanza la narración descubrimos el submundo de fingimientos, de engaños, de dobles vidas y hasta moral que lleva un grupo de personas que por desición o necesidad se ven obligados a vivir una vida clandestina, bajo las calles, el del espionaje del Oeste contra el Este. Comenzamos a leer sobre violencia e intrigas en Londres, Paris, Roma, Grecia y un oscuro pero hermoso paso entre Los Alpes Suizos, con unas detalladas descripciones que casi hacen evocar imágenes de esos lugares. Y mientras más ojeamos, más nos adentramos en una conjura dentro de la conjura, todo servido para disimular conspiraciones mayores y más terribles. Los personajes tienen pasado, una historia, no aparecen así como así de la nada, y son antecedentes terribles y llenos de dolor, de violencia, que va desde las matanzas nazis y sus campos de muerte, a los gulags donde desaparecieron tantos y tantos bajo un régimen engañosamente justo y romántico como lo parecía el soviético. 

   La trama se adentra dentro de posibilidades insólitas, como el que halla un topo comunista en el Salón Oval de la Casa Blanca; u operaciones puestas en marcha treinta años atrás cuando niños soviéticos fueron enviados a América para infiltrarla esperando el momento de atacar; o que dirigentes de carácter mundial estén irremediablemente locos y embarquen al mundo en una carrera demencial hacia una guerra nuclear. Nos enteramos de refugiados que llegan escapando de regímenes horribles, para caer en manos de tratantes de blanca y de esclavos en el propio suelo norteamericano. Leemos del nazi que toma el lugar de una de sus víctimas enviadas a los hornos, intentando escapar a la justicia, una que lo alcanza finalmente. La trama es dinámica, no decae, cada momento se hace más y más trepidante; una situación lleva a otra totalmente nueva, más grave, más peligrosa. Uno casi llega cansado al final, y aunque sus libros son gruesos, El Enigma de Parsifal tiene más de seiscientas páginas, se hacen como pocas. 

   Los protagonistas son intensos, vitales (y aparentemente indestructibles), llenos de recursos, y uno se pone de su parte de inmediato. Uno comparte la amargura y futilidad del hombre que ve que todos corren para quedar en el mismo lugar, que aquella a quien amaba era una asesina a la que debía detener, sólo para que otra ocupara ese puesto. O de la mujer a la que se le tendió una trampa para asesinarla, que escapa usando sus instintos, la dureza y violencia que tuvo que aprender en un mundo horrible donde tanques soviéticos pasaban sobre los cadáveres de jóvenes que se les oponían en la invasión de su país. 

   El Enigma en sí es tan ingenioso, tan desconcertante y grande, que uno siente ganas de exclamar mental y verbalmente: guao. Era algo tan peligroso y delirante que de suceder en la vida real, y saberse, el mundo entero tendría que detener o destruir a un país como Estados Unidos, sólo para asegurar algo de cordura. De hecho hay una parte donde explican el nombre, que Parsifal era el nombre de una opera sobre la lanza que atravesó a Cristo, aquella que podría abrir todas las venas y heridas del mundo. Robert Ludlum es amante de este tipo de género, el suspenso que podría caer dentro de lo policial o el thriller duro, pero él lo retrata y describe de una forma distinta. Parece narrar un hecho real que ocurrió pero que luego nos lo cuenta como si de una fantasía se tratara.  

   Obviamente no he leído todo lo que ha escrito, pero El Círculo Matarese (uno de los mejores) es hasta conmovedor, El Manuscrito de Challenger o El Pacto de Hockrof, son lecturas que hacen pasar un rato no sólo ameno, sino bien aprovechado. Es como vivir todas esas aventuras pero sin los riesgos. La acción, la descripción humana de los personajes, con su pasado y sus traumas, la sorpresa que nos vamos llevando página a página cuando todo parece cambiar de un momento a otro, y lo bien hilado de las tramas lo hacen altamente recomendable.  

   En última instancia, todo depende de los gustos personales, pero para mí de sus libros menos logrados están las historias de Bourne, precisamente esas de las que se hicieron recientemente dos películas, que tampoco fueron muy buenas si vamos a ser sinceros, a pesar de actuar Matt Damon en ellas, un actor a tener en cuenta y que estuvo increíblemente bien en El Talentoso Señor Ripley. Lo mismo pasó con un film más viejo, El Desafío de Matlock, el libro era más o menos, pero la película en sí fue mala. Pero bien mala. 

Julio César.

CASOS DE CASAS

Martes, Marzo 25th, 2008

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   Su muchacho era adorable… 

   -Llegas tarde… -jadeó dulcemente el chico, con su dedito en la boca, meciendo su hermoso cuerpo.  

   -Lo siento, sabes que me encanta estar aquí, contigo. Es únicamente por trabajo que montó en ese jeep… Por mí me montaría todo el día en tu cama. –le aclara amoroso, recreándose en mirarlo, estremeciéndose al recorrerle la espalda con su manota, comprobando luego la textura del calzón.- ¿Estás solito?  

   -Si. Mamá salió a misa y quería que la acompañara, pero yo quería esperarte, papá… ¿me trajiste algo?  

   -Claro, mijo, déjeme quitar todo esto y te doy lo que tanto te gusta…  

   -Hummm… -ronronea el muchacho meneándose un poquito más. 

Julio César.

CUATRO AÑOS… TODA UNA VIDA…

Martes, Marzo 18th, 2008

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   -Ahora lo sé… 

   ¿Eres tú en verdad? ¿Estas son tus mejillas, tu nariz, tu aliento… tu boca? ¿No estaré engañándome? He soñado tanto en mis noches carentes de ilusiones, llenas de vacío y soledad con este momento que… 

   -Aquí estoy. Al fin te encontré. –susurra contra sus labios el chico moreno, mirándolo con entrega, adivinándolo.  

   -Joder, Jack… -sólo pudo jadear, entendiéndolo todo de pronto, con brutalidad, el por qué de sus desalientos, tristezas, inconformidad e infelicidad; comprendiendo al fin por qué ese día parecía más claro, el sol más brillante, y la brisa más refrescante y porqué traía olores a heno y flores que antes no había captado. Era eso lo que faltaba… ¡Jack, y su amor! Siempre había sido él, únicamente él. Y con el amor a su lado, nada más hacía falta. 

Julio César. 

NOTA: Por cuestiones totalmente personales nos leemos hasta después del sábado de Gloria. Descansen, paséenla bien, y tengan en cuenta algo que recuerdo de cuando era muchacho, y que decían las televisoras en esa época: hoy domingo acude a tu iglesia, sólo Dios satisface… Profundo, ¿eh?

TODO ERA QUÍMICA…

Miércoles, Marzo 12th, 2008

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   Déjame decírtelo al oído… 

   De algo que siempre me he arrepentido, o bueno, desde finales de enero para ser más exactos, es de no haber hablado más sobre estas bellas fotografías. Realmente no sabía que había almacenado tantas. Algunas son de ellos posando, de esta hermosa pareja cinematográfica que realmente nos convenció de una historia de amor, y otras son composiciones. Sé que esta es una composición, por la unión de distintas imágenes, lo que ignoro es si la mayor corresponde a gestos reales que fueron capturados por la cámara o no. 

   Entre aquellos que amamos esta cinta, se desató un furioso buscar de pruebas sobre la condición sexual del dúo, de saber si entre Jake y Heath había algo más que simplemente buena química, entre ellos y en la pantalla. Una aparición con Oprah Winfrey desató toda una ola de rumores, por la manera en que Jake lo miraba. Por supuesto que todo corresponde a lo que se desea creer (creo yo que creen falsamente). Es como cuando vemos que un amigo de aquí no se lleva bien con nuestros amigos de allá, y deseamos de todo el corazón que no sea así, que todos se lleven bien, porque así es más cómodo para nosotros: que a los que queremos se quieran. Eso pasaba con ellos; fuera de que, estoy suponiendo otra vez, Jake parecía disfrutar haciendo cosas así, creo que como travesura. 

   La ida de Heath fue tan dolorosa para tantos, por eso, porque se iba el muchacho guapo, pero también porque dejaba a Jake. Creo que muchos lo vimos, o lo vemos aún como… ¿viudo? No, sería demasiado. Lo que si les digo es que me entristeció mucho la partida del catire australiano, por él, pero también por todo lo que habría escrito, las frases y cuentos que habría inventado sobre esta fotografía y otras; donde me ‘desquitaba’ de él por no rendirle el justo homenaje en la cinta al vaquero moreno. Habrá puesto, por ejemplo: 

   -Está bien, me voy contigo, pero quiero antes una cena decente, con vino, y que tomes mi mano y hables de lo hermosos que son mis ojos… -le susurra. 

   -Hecho, pero vámonos ya… 

   Claro, ahora no puedo. Qué malo, ¿verdad? 

Julio César.

ALGO POR ALGO…

Miércoles, Marzo 12th, 2008

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   -No se moleste conmigo, patrón, estoy para servirlo… 

   Aquel maldito carajo ya me tenía molesto. Debí escuchar cuando me advirtieron que no hiciera negocios con los vecinos, porque te quedaban mal y luego tenias que calártelos; pero aquel taxista tenía algo… en su momento no supe explicar, que me cayó muy bien. Tal vez era el shortcito y la camisetica que traía el día que me pidió terminar de enyesar el techo del garaje. ¡Pero ya llevaba dos semanas en esa vaina! Así que decidí correrlo. Llego y no lo veo en su puesto, vaya cabrón, pero cuando entró lo encuentro sobre mi cama, todo tiernito, medio meciendo su cuerpo de bebezote adorable.

   -Lo siento, vecino, no he terminado y sé que anda molesto, pero es día de paga y yo… creo que debo pagarle tantas molestias. –y mirándome sonrió, abriendo juguetonamente sus piernas; ya andaba yo perdido.

   -Lo entiendo, vecino. Sé que ser esmera. Creo que el cemento y el yeso no son para usted, ¿verdad? Tiene la piel algo reseca, déjeme aplicarle este aceitito… -y con el pote en la mano fui hacia él, que sonreía más. Qué tipo tan agradable, ¿no lo creen? Por cierto, lo bañé todo y abundantemente con mi… aceitito. Y le encantó. 

Julio César.

ESCUELA, ¿QUÉ REALIDAD ENSEÑA?

Miércoles, Marzo 12th, 2008

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   Creo que esto ya lo he comentado, como sujeto que debe llevar estadísticas sobre salud, me toca enfrentar datos alarmantes, escandalosos en el hecho de que aún ocurran. En el ministerio debemos enfrentar realidades en el orden de: para combatir la inseguridad vamos a repartir estampitas religiosas para que los santos te cuiden. Las metas sanitarias del milenio no se cumplieron ni de cerca,La Carta de Ottawa nos estalló en la cara como petardo barato. Cosa que no debió sorprendernos. Pensar en resolver problemas aplicando lo mega grande, lo multitudinario, lo global, muchas veces no deja ver la raíz del problema. El dicho, imagino que chino (tienen dichos que suenan exóticos para todo), de que la espesura del bosque no deja ver el árbol, es muy cierto. ¿Cuántos comités no sabemos u oímos que se han instalado para atender este o aquel lío? A la gente le gusta eso, saber que hay una comisión que está estudiando ‘seriamente’ tal o cual problema, con el doctor Fulanito a la cabeza. Imagino que eso brinda una sensación de seguridad. Lamentablemente eso no me toca a mí, estando como estoy al lado de la gente que enmarca las políticas nacionales de salud; al final del día no puedo evitar sentir un escalofrío de miedo, mientras me digo: ay, Dios mío… 

   No sé si esto será únicamente en Venezuela, pero los inconvenientes parecen imposibles de resolver. Problemas graves de salud, desde el dengue al SIDA, pasando por el cáncer y los infartos, se unen a los causados por la pobreza extrema como la desnutrición y la reaparición de endemias erradicadas hace años en el país, se juntan todos para amargarle la vida a todo el mundo. Pero eso es sólo parte del problema, el otro es que no hay directrices claras, prácticas y realizables sobre las metas que deseamos alcanzar, ni cómo atacarlos, ni las dificultades colaterales que deseamos resolver en el camino, como la extensión de márgenes de miseria en cerros y quebradas, delincuencia, violencia. Vemos los cerros cundirse de ranchitos y no hay una política nacional para enfrentarlo como un problema de desigualdad social, pero también de salud pública y educación. Curiosamente todo va de la mano, por lo que una solución a implementar debe contenerlos a todos. Y como creo haber mencionado, y como dirían los políticos chanchulleros e inútiles: nuestros problemas son de educación. Es verdad. Por mucho dinero que se invierta creando ministerios y cargos, pagándole a muchos funcionarios, nada se resolverá mientras cada nueva generación esté surtiendo una enorme cantidad de personas con dolencias. 

   Para nadie es un secreto, tampoco, que en países como este, al menos, la educación deja bastante que desear. Hace sesenta años, cuando la gran mayoría de las poblaciones fuera de Caracas mantenían un estilo de vida rural, en las casas donde se almacenaba agua en tinajas, todo el mudo sabía que tal depósito debía estar aseado, que nadie podía meterle un posillo, y debía estar tapado con esmero. Los pisos, muchas veces de tierra, debían estar aseados, sin botaderos de basura alrededor. Ahora, cuando cualquiera ostenta un título de bachiller, es común que tengan que lanzarse campañas para que en barrios y poblados las personas que no cuentan con agua corriente, o con tanques, tapen los pipotes, ya que al dejarlos abiertos corren el riesgo de que se ensucie, los perros tomen de ellos, o los muchachos jueguen; mientras las aguas servidas y la basura corren por las calles, arrojadas, sin misterio en ello, por la misma gente que habita allí. Algo que un país rural, campesino, sabía y practicaba ahora se desconoce, y el dengue y las diarreas hacen su agosto. ¿Qué pasó? Es difícil responder en estos tiempos cuando contamos con Internet, el mapa del genoma humano y la posibilidad de clonar seres humanos, por qué la gente bota basura al lado de su casa. 

   ¿Desmejoró la educación? Los maestros, con tantos problemas ¿se desentendieron de su tarea? Algo de eso puede haber, pero creo, de corazón, que no es todo el problema. La verdad es que la escuela ya no prepara a los muchachos para el mundo que tienen que enfrentar. La educación fue superada por una realidad que es dinámica, cambiante, demandante, exigente, pero sobretodo avasalladora y muchas veces fea. La escuela ha ido perdiendo terreno, corriendo ahora para no dejarse sobrepasar por la situación, como el sujeto que alegremente se da un viaje a España, llega a la feria de Pamplona y de repente, en medio de la carrera, el ahogo y el sudor, entiende que los toros sí son reales y que vienen tras él resoplándole de rabia en el fondillo. 

   La escuela, ni la pública ni la privada, donde se esmeran más, preparan a los muchachos para lo que les viene encima, al menos de forma cabal, para enfrentar el mundo que les toca. Al menos en Venezuela. Y la realidad son las drogas; el SIDA; el alcoholismo y su vinculación con accidentes y violencia urbana y familiar; la miseria extrema; los niños de la calle; los recoge lata; los embarazos precoces; las enfermedades venéreas; el cáncer; la explotación sexual; ese estado mental llamado marginalidad que hace que alguien escupa por la ventanilla de un auto sin detenerse un segundo a pensar en que puede darle a alguien, o arrojar basura de forma maquinal; la poca preparación con la que el joven sale para enfrentar el mundo laboral; la perpetuación de modelos de conducta tipo ‘dejar hacer, dejar pasar’, caldo de cultivo para la permisividad; el poco reforzamiento de controles individuales, que terminan levantando generación tras generación que no se siente identificado con sus problemas ni es responsable de sus actos, desde ir a vivir en la cuenca de un río que a veces se desborda a traer camada tras camada de muchachos de los que no puede ni quiere preocuparse; el desprecio tácito por el trabajo constante y la admiración a la figura del ‘vivo’. 

   Son cuestiones básicas, del día a día, y en muchos colegios son tratados, pero de forma muy académica, me temo. O tal vez ese sea el modo indicado. No soy pedagogo, ni educador para discutirlo en sus términos; pero si deseamos atajar tantos problemas donde no funciona regalar dinero ni sirve usar la fuerza de las armas para corregirlo, las medidas no parecen estar dando resultados. Al menos no los esperados. De mi hermosa sobrina mayor, enviada a un buen colegio, me gusta que le enseñen inglés, danza, canto, computación y religión. Eso es bueno para ella a sus nueve añitos. Expande sus miras, sus objetivos, le hace ver que hay otros mundos, otros gustos e intereses. Eso está muy bien. Pero también quiero que sepa del SIDA, de los embarazos precoces, del papiloma humano. 

   Está pequeña, lo sé, pero un día tendrá la suficiente edad, tamaño y cuerpo para pensar en otras cosas, momento cuando sus intereses pueden variar. Y quiero que esté preparada para tomar la mejor decisión, o al menos que sepa cómo defenderse de la realidad; que jamás se vaya con el amiguito, a los trece o catorce, a un cine, o a una casa y se encierren y crean estar descubriendo el agua tibia, pensando que nada pasará, que se hará una vez y no habrá consecuencia. Que vaya sabiendo que sí las puede haber, que no vaya creyendo pendejadas. Deseo que mientras aprende a tocar la guitarra, que sepa que hay una enfermedad horrible que destruye, que acaba con la gente poco a poco, y que una de sus maneras de atacar es mediante la transmisión sexual, el llamado sexo inseguro. Aspiro que lo entienda, que esté al tanto de ello, que esté consiente que es algo real. 

   Individualmente se puede intentar atajar tantos desatinos que el simple sentido común debería decirnos cómo enfrentar, pero en su conjunto no funciona. Cada quien puede ‘educar y guiar a sus hijos’, pero ¿de qué le servirá si más allá se levanta un irresponsable que no vea nada malo en salir borracho a correr en su carro? ¿Qué le impedirá llevarse por el medio a medio mundo incluido nuestros muchachos bien criados? ¿Qué garantía tenemos que al salir no nos toparemos con el malandrito a quien nadie le dijo que consumir drogas, salir a robar o matar ‘es malo y no debe hacerlo’? A menos que se viva tras enormes muros y altas rejas, todos estamos expuestos a la ‘realidad’, por lo tanto es esa realidad la que hay que enfrentar. Mi jefa es una mujer que gana muy bien, y su familia tiene con qué desde hace mucho, pero ya la han atracado dos veces, metiéndosele en su carro, ¿de qué le sirvió toda la preparación anterior? ¿Qué se hace? ¿Contratar gorilas? ¿Carros blindados? ¿Llevar un revolver entre las piernas? ¿Irse a otra parte? ¿Y el qué no puede? ¡Yo no puedo!, cada vez que cobro debo decidir entre viajar alrededor del mundo o comprar azúcar y café. Es tan difícil decidir… 

   No es extraño la jovencita de la buena urbanización que a los quince años sale preñada, y eso de que “está enamorada”, que “lo hizo por amor”, me suena tan idiota como irresponsable. ¿Cómo alguien que no sabe cómo mantenerse sola y costearse casa, comida, transporte, puede realmente estar preparada para semejante decisión? Lo que parece, más bien, es que llegado el momento cuando la sangre hierve, la curiosidad y el cariñito del toque, los besos y caricias llegan, el momento se da, aunque después quiera dorarse la píldora con justificaciones. Sobre el sexo… ¡yo no lo condeno! Es rico, ¿qué se hace? Pero puede tener sus consecuencias, y para eso es que muchas veces no están preparados los muchachos. Pero eso no los detiene, y es algo que hay que entender. Es verdad, si un muchacho y una jovencita quieren hacerlo, porque les da la gana, porque estaban sentados en un sofá y no había nada mejor que hacer y la cosa se puso caliente, no habrá padres ni maestros suficientes para prevenirlo o evitarlo, no a toda hora. Y eso pasa incluso en personas de fuertes convicciones religiosas, que no morales, la moral y la ética no los relaciono directamente con  gente que tiene o gusta del sexo, no sé si será porque soy hombre, pero nunca me ha parecido malo o pecaminoso. 

   En fin, si no podemos andar tras los muchachos día y noche, a pesar de que sufrimos y nos damos mala vida, lo mejor es prepararlos para que entiendan en qué se meten, sin que ello sea un justificativo o un permiso para que lo hagan; pero en un país como este donde la gente es tan salida y bailada, todos sabemos cómo es la cosa. Prevención, eso es lo que debemos incentivar en sus cabecitas de muchachos, precaución y sentido común; pero no de forma aislada o individual. Si deseamos introducir cambios de conductas a un nivel primario, digamos la escuela, debe aplicarse al conjunto de la sociedad que deseamos construir,  levantar, o buscando el mundo que deseamos. Suena utópico, pero en verdad no es tan complicado, sin embargo requiere de perseverancia, de vigilancia… de gente a la que le importe. 

Julio César.

LA PRÁCTICA HACE A LOS MAESTROS…

Miércoles, Marzo 12th, 2008

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Julio César.

FAVORITY

Miércoles, Marzo 12th, 2008

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   De esta me encanta la racionalidad, el chico preocupado por su hermana que quiere probar antes hasta dónde pueden llegar las vainas. 

Julio César.

ANTES DE LA DESPEDIDA

Jueves, Marzo 6th, 2008

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   Era suyo en cualquier lugar… 

   La bajada de Brokeback Mountain había sido hecha en silencio. Jack parecía querer hablar a su lado, pero Ennis sólo podía ver al frente, sintiendo sobre sí la dolida mirada del otro. Pero es que no podía corresponderle. Dejaría de verlo dentro de poco, de hablarle, de saberlo y tenerlo a su lado, y debía comenzar a olvidar todo lo ocurrido para continuar con su vida. Eventualmente dejaría de recordar su cuerpo tibio que había sido suyo a placer, uno que lo enloquecía aún en esos momentos rodeados como estaban de otros sujetos. Pero no puede evitarlo y allí, en medio de los otros hombres en la parte trasera de la vieja camioneta que los lleva a la estación, Ennis se estremece recordando el sabor de Jack. Pero todo había acabado, todo terminaría cuando se separaran finalmente, y aunque por un lado nota alivio (terminaría toda esa locura sufrida) por el otro se sentía mal. Repara en que Jack mira a la distancia, y por primera vez se permite observarlo de frente, notando la curva de su cuello, la sombra de su barba en ese mentón que había acariciado y no se cansaba de besar en momentos de silencioso placer. Repara en su mirada lejana, algo desolada, y sabe que el recuerdo de ese abandono en el ánimo de su amante, esa tristeza que adivinaba en él, lo acompañaría durante mucho tiempo después de que olvidara Brokeback Mountain. Le llevaría años comprender que jamás lo olvidaría, y sería un doloroso aprendizaje. 

   Descienden en la estación y reciben el regaño de Aguirre, quien los acusa de inútiles y hacerle perder dinero. No responden, aunque Ennis nota la chispa de rabia en los ojos de Jack, y las ganas de discutir. Pero callan, porque a nivel subconsciente temen que no sea prudente que hablen más de la cuenta. Jack lo mira en forma interrogante cuando salen de la pequeña, agobiante y calurosa oficina, quiere saber de sus planes, qué hará. Y Ennis, encogiéndose de hombros, dice que volverá a su pueblo, a su novia, a su vida. Y no quiere mirar la tristeza de Jack, su silenciosa desesperación ante la inminente separación, quien dice bajito que regresará para la próxima estación. Y calla, dejando el espacio abierto para que Ennis intervenga. Pero Ennis guarda silencio un momento antes de responder que no cree que repita el viaje. Jack asiente, entendiendo: no sucedería nuevamente aquello que los había arrastrado en las montañas. Disculpándose, dice que tiene que ir al retrete y con urgencia se aleja. Ennis lo mira distanciarse y siente que el corazón se le arruga, que una angustia poderosa, deprimente y desesperante lo domina, que un dolor que no entiende ni puede ponerle nombre, lo embarga. Y la visión de un futuro donde no estaba Jack, uno donde debería vivir extrañándolo y sintiendo eso que ahora padecía, sin volver a verlo, lo embarga. Lastimándolo mucho. 

   Recuerda las locuras de la montaña, a Jack cabalgando con su sombrero en la mano alzada, con su desgastado pantalón vaquero, sin camisa, haciendo corcovear a su animal, sosteniéndose de una mano, mientras gritaba como vaquero de Rodeos. Y él sonriendo, fumando, echado contra un tronco, mirándolo divertido, pero sintiendo por dentro que lo embargaba la excitación ante su risa franca de niño grande, en unos labios que él había cubierto con su boca cuando bebía de él; ante su torso delgado y esbelto que no podía dejar de tocar dentro de la tienda de campaña, ante esos pezones que había apretado a placer, y que llevado por una locura intensa había mordido y chupado de ellos como jamás pensó hacer ni en sus fantasías más dementes. A Jack le había dicho cosas que no había contado a nadie ni consideró hacerlo nunca durante toda su vida. A Jack lo había tocado como nunca antes había tocado a otro ser humano, y algo le gritaba en su interior que ya no habría nadie más como él; que ese tipo, que eso que sentía, era lo que le tocaba a él para ser feliz. Por eso tuvo que ponerse de pie y caminar hacia él, quien sonriendo lo miraba, deteniendo sus saltos. 

   -¿Quieres cabalgar, vaquero? –le preguntó, sonriendo con ese aire campechano, tendiéndole las riendas y amenazando con bajar. 

   -Si, quiero cabalgar. –gruñó tragando saliva, mirándolo con ojos intensos, oscuros, y en ellos Jack leyó la lujuria que sabía despertaba en el otro. 

   Su mano sobó esa espalda, encontrándola caliente y firme, como si de la grupa de un brioso y hermoso animal se tratara, y al otro joven se le secó la boca, por lo que tuvo que abrirla, jadeante. Esa mano era firma, posesiva, y bajó hasta los contornos del pantalón vaquero, mientras con su otra mano, mirando a Jack en todo momento a los ojos, abría el botón y la bragueta. Ahora la mano entraba más abajo en esa espalda. Esos dedos recorrieron esa piel turgente, cálida y vital. Los dos hombres jadearon y Jack no soportó más, bajando el rostro y buscando su boca, la cual se aplastó contra la suya, dura, brutal. Y mientras sus lenguas lamían y luchaban, esa mano bajó más, aprovechando el movimiento de Jack que le permitía más libertades en su exploración. 

   Sus bocas se separaron en busca de aire y volvieron a unirse, salvajes, mientras Ennis se quitaba la camisa a todo correr, necesitando al otro con esa urgencia que siempre lo quemaba. Y mientras estaban jadeando, boca contra boca, Jack lo miró con claridad, y con entrega y simpleza le dijo que lo quería. Ennis no respondió, bajando un poco la mirada, dándole un leve palmoteo indicándole que volviera las piernas hacia él, ayudándolo a despojarse del pantalón. Y Jack supo que no había tiempo para hablar. 

   Al tenerlo sólo con su sombrero y botas, Ennis, sin camisa subió tras él, que sonrió y gorgojeó cerrando los ojos, sintiendo la firmeza del otro contra él, el calor que emanaba quemándolo en oleadas, notando el pecho de Ennis contra su espalda y ambos hombres sabían que ya no necesitan de nada más. Las manos de Ennis sobaron, acariciaron y pellizcaron, mientras su boca iba al encuentro de la de Jack una y otra vez cuando este volvía el rostro. La mano bajó más, atrapando toda la dura muestra de deseo del joven, apretó y sobó como jamás imaginó hacer en su vida con otro hombre. Pero ahora le parecía algo increíble, algo que lo excitaba a tal grado que ya sentía explotar bajo su pantalón. 

   Cuando Ennis abrió y bajó el cierre de su pantalón, con la mirada nublada y perdida de deseo, Jack le sonrió, y nunca como en ese momento al catire le pareció que jamás había notado tal belleza y ternura en una mirada. Aún en ese momento, cuando sólo era sexo, miró un sentimiento profundo en el otro que le asustó. Pero no pudo más, su virilidad amenazaba afuera y ya dolía, por lo que Jack tuvo que tenderse un poco hacia delante, abriendo ojos y boca en busca de oxígeno, temblando de expectación y ganas, cuando el amor entre ellos se inició, cuando bajó y sintió que iba a estallar de dolor, algo siempre presente, pero que duraba un instante, antes de ser reemplazado con esa cálida sensación que lo llenaba, que lo hacía desear gritar, correr y saltar como un demente. Y Ennis gruñó por lo bajo al notar a Jack caer sobre él, sintiéndose atrapado y aprisionado de una forma que no lo dejaba pensar, respirar o detenerse. Y el caballo, inquieto, corcoveó y los meció suave, antes de galopar levemente ante una indicación de Jack. Los jóvenes cuerpos iban uno contra el otro, uno sobre el otro; uno sintiéndose lleno, el otro aprisionado, y jadeando entre dientes. Y Ennis rodeó a Jack con sus brazos y tuvo que morder en su hombro para no gritar como un muchacho, para callar cosas que quería confesar, para saborear su piel joven, saludable y caliente. Ni por un momento considera la posibilidad de que su cierre metálico esté lastimando a Jack, ni este se lo dice, ocupado como estaba en jadear y estremecerse, revolviéndose una y otra vez contra Ennis, arañando el Cielo en esos momentos, sin conciencia, pero percibiendo una vocecilla que le gritaba que estaba lo más cerca que se podía llegar de la dicha total; que ese era su momento… 

   Con tan sólo recordarlo sobre ese caballo, al pie de la estación, Ennis tiembla de lujuria. Jack había sido suyo en esas cumbres, y él se había entregado también. Jack le pertenecía, pero ahora también él le pertenecía a Jack. Sintiéndose excitado, y peligrosamente erecto, por lo que mira con disimulo en todas direcciones encorvándose un poco más, se dirige hacia la pequeña pieza que sirve de retretes. No había nadie por allí y eso le parece fantástico. Aún duda un momento y abre, cegado repentinamente por la penumbra del sofocante lugar. No sabía qué esperaba encontrar, tal vez a Jack cagando o algo así, pero no. Jack estaba sentado sobre la tapa cerrada de uno de los retretes, encorvado y fumando, la habitación parecía llena de humo. Cuando entró, Jack lo miró, y Ennis entendió que el otro joven había huido para ocultarse de todos, y notó cuan desolado y triste se encontraba, sin necesidad de reparar, como hizo, en sus ojos empañados de humedad. 

   -No sé que será de mí ahora, ¿a dónde iré? ¿Qué haré…? -jadea Jack, sin mirarlo, viendo el humo de su cigarrillo, como si hablara consigo mismo. 

   Ennis va hacia él, sin decir nada, no puede. No puede responder nada a los miedos y esperanzas de Jack. No puede ofrecerle nada, ni prometerle, ni jurarle. Ni siquiera quiere imaginarse algo así. Lo mira y baja sus manos, tocando sus hombros, con fuerza, atrapándolo. Y Jack lo mira con sus maravillosos ojos azules, con pesar, con entrega, con esperanzas, cosa que lastima a Ennis. Lo hala, parándolo, sus cuerpos chocan y Jack deja caer el cigarrillo porque entiende que es la despedida, el doloroso adiós había llegado y él debí estar a la altura del momento. La boca de Ennis cae sobre la suya, invadiéndolo, saboreándolo con su lengua tibia y tanteante, que atrapa la saliva y el aliento acre, a cigarrillo de Jack, chupándolo, tragándolo. Sus bocas se atan en un beso imprudente e insensato, pero necesario. Se muerden, se chupan y sólo succiones y jadeos ahogados se oyen en esos baños inmundos, mientras los cuerpos no pueden estar más cerca, restregándose uno contra el otro. 

   Ennis da media vuelta, cayendo sobre esa tapa, mirando a Jack de forma sumisa ahora, y sin embargo, dueño de la situación como siempre. En sus manos, como lo estuvo siempre, estaba resolver todo y darle un final distinto al que sería. Y hala a Jack que cae entre sus piernas, sentado. Y Ennis adora ese peso, ese calor, esa vitalidad contra su cuerpo, mientras las bocas se buscan con urgencia, cuando las nalgas de Jack se frotan de su entrepierna, despertando lo que no estaba muy dormido desde el recuerdo de la cabalgata. La lengua de Ennis casi baja por la garganta de Jack, mientras su mano tantea lo botones de la camisa y la abre; y se lamenta: “Dios, ¿cómo viviré sin Jack? ¿Cómo viviré lejos de él, Dios mío?”. 

   -Ennis, te necesito y yo no sé si podré… -comienza Jack, pero Ennis lo calla besándolo otra vez. 

   La mano frenética abre la camisa, casi halándola sobre sus hombros, y mientras una mano le atrapa la nuca, sometiéndolo a su beso ardiente, la otra recorre sus hombros, su cuello, bajando a los pectorales, acariciando las erectas tetillas que piden ser atendidas por su dueño, por el señor de su vida. Y Ennis tiene que sobarlas, apretarlas y teme correrse de puro placer mientras lo oye gemir contra su boca, cuando lo siente estremecerse de lujuria contra él, y como su trasero se frota enloquecedoramente de su pelvis. Y piensa, Ennis piensa: “¿Cómo podré continuar viviendo mañana tras mañana sin tenerte así, Jack Twist? ¿Cómo podré seguir años y años sin sentirte contra mí, sin oírte hablar tus tonterías, tus sueños, tus fantasías sobre una vida bonita, sin oírte reír, sin escucharte aún cuando callas, usando sólo tus bellas miradas con las que eres capaz de gritar que me amas? Eres el único que me ha amado jamás, Jack… y no sé si pueda olvidarte. ¿Y si no puedo, Dios mío? Mi vida será un infierno si me alejo por esa carretera y no consigo olvidar tu cara, tu risa, tus ojos, tu ternura y tu entrega a mí…”. 

   -Vámonos juntos, Ennis. Escapemos. –le susurra desesperado, Jack, tomándole el rostro entre sus manos, casi al punto del llanto, ante el miedo de perder todo lo que tiene. Pero Ennis sólo calla y desvía la mirada. Y Jack casi jadea de frustración y dolor, pero baja el rostro y lo besa nuevamente. Que al menos le quede eso, esos últimos minutos para recordarlos toda la vida. 

   Ennis responde nuevamente, saboreándolo, pero ahora lo encuentra algo más amargo, porque mientras lo besa, mientras se hunde en él, percibe y paladea su llanto, las saladas lágrimas de Jack Twist, unas que no sabe como enfrentar. Pero lo siente entregado a él, aún en el momento en que sufre. Casi lo empuja, obligándolo a ponerse de pie, frente a él, reparando en la erección del otro, que toca y soba sobre la tela, oyéndolo gemir contenidamente. Ennis lo mira a los ojos y ahora ve un coto cerrado, Jack estaba guardándose para sí ahora, ya había entregado demasiado. Y esa convicción lastimó a Ennis, quien abre más la camisa y sin reparos pega el rostro de su abdomen, en forma de adoración, acariciándolo, recorriéndolo, soltando su aliento caliente por boca y nariz contra la joven piel, haciendo estremecer a Jack, quien gime débilmente, totalmente sin fuerzas. 

   Y ocurre una de esas extrañas escenas de la vida: el rostro de Ennis se suaviza y sonríe, oyendo a Jack, sintiéndolo estremecerse. Su lengua sale todo lo que puede y lame lentamente esa barriga de la cintura del pantalón al ombligo, siguiendo el tenue camino de pelusilla que baja. Lame y siente, lame y saborea. Quiere paladear a ese joven caliente, y su lengua recorre la tersa piel una y otra vez. Y mientras lo lame y besuquea, mordiéndolo también un poco, las fuertes manos de Ennis atenazan esa cintura estrecha, clavando sus dedos en esa carne que conoce bien. “¿Cómo viviré sin tu calor a mi lado, Jack? ¿Cómo seguiré adelante sin percibir tu olor? ¿Como viviré sin todo esto que ahora tengo, a lo que tú me acostumbraste en lo alto de la montaña cuando te entregabas ardiente y generosamente? ¿Podré olvidarte, mi dulce Jack, no llegaré a extrañarte cada segundo de mi maldita vida de ahora en adelante hasta el día que me muera?”. Lame y besa, mirándolo: “Ya te extraño Jack, no nos hemos separado y te tengo en mis manos, y ya te añoro y me duele”, y se estremece sintiéndose increíblemente infeliz mientras saborea la vida. 

   -Vámonos, Ennis. –repite el joven, lloroso.- Lejos. Podemos ir a mi casa, trabajaremos en la propiedad de mi padre, levantemos algo para nosotros y no tendremos que verlo o explicarle nada. O podemos ir a un lugar nuevo, lejos de todos, a Nuevo México, y conseguiremos algo para los dos. –jadea, con voz temblorosa, mirándolo.- Estaremos juntos y a todo el mundo le diré que soy tu hermano. Ya no seré Jack Twist, seré del Mar… -ofrece renunciar a sí. 

   -Jack, no… -gruñe Ennis, levantándose, mirándolo a los ojos y besándolo otra vez. 

   Ennis prueba nuevamente esa boca y casi bebé la saliva que Jack no pudo pasar como un trago amargo ante la negativa a su generosa oferta. Las manos del catire bajan por la espalda de Jack, hasta caer sobre sus nalgas, donde aprieta con urgencia, como si necesitara atenazarlas para atesorarlas en su memoria para siempre. Quería ese cuerpo, recorrerlo y amarlo aunque no lo dijera, para llevárselo en la piel, con su olor, su calor y recordarlo después. Jack lo entiende, y con su frente pegada a la de Ennis, ambos sombreros casi caídos, respira pesadamente, conteniendo el sollozo, algo que le parece poco viril y digno en esos momentos. Están abrazados y se besan, en forma más calma, más lenta. Y Ennis sufre: “¿Cómo vivir sin ti, Jack? ¿Cómo irme y saber que tú te irás por otro camino, lejos de mi vida? No sé si ya sea posible seguir sin ti, Jack Twist. Algo me dice que no lo lograré”. Y mientras besa al hombre que ama, aún sin saberlo todavía en esos instantes, Ennis del Mar siente miedo y dolor, una mezcla que lo mata al mismo tiempo que desea ese cuerpo. Apretándose todavía más a Jack, tiene deseos de llorar también. Y sí se iba con Jack, piensa por un momento. “Y sí escapáramos juntos, donde nadie sepa que somos dos hombres ociosos y enfermos que sienten lo que está mal el uno por el otro. Y sí Jack se convierte en mi hermano y todos nos conocen así, sin saber que somos dos tipos que se acuestan en la misma cama cada noche o cada vez que la carne pide la del otro. Entonces podríamos estar juntos cada mañana, cada noche, y sería mío para siempre”, piensa con pesar, con un miedo terrible atenazándole la panza. El miedo a ceder a eso que le parece terrible y hasta monstruoso. Pero miedo también de no volver a ser feliz. 

   -¿Dónde están esos dos imbéciles? –oye que trona la voz de Aguirre, no muy lejos de la entrada a los retretes.- Búscalos. Quiero salir de ellos de una vez. –es tajante. Y suena cerca. 

   Con un gruñido de espanto, palideciendo violentamente, Ennis aleja a Jack de su lado, empujándolo. Jadea mal, respira pesadamente y mira al otro, alcanzado de pronto por todos sus miedos, por todas sus creencias, su homofobia, por todo aquello que le habían enseñado de feo y pecaminoso sobre hombres de cierto tipo. 

   -Mejor vístete. –gruñe ronco, dirigiéndose hacia la salida. 

   -Ennis… -llama Jack, abatido, frustrado, pero el otro no se detiene. 

   Y comienza una larga historia donde no se vivirá hasta cuatro años más tarde. Años donde dos hombres existirán recordando, sabiendo que todo pudo ser distinto, pero atrapados en un mundo donde muchos se sentían con derecho a burlas, a gritos, a ofensas o agresiones. Gente que sembrada miedos. Miedos cultivados en tantos corazones que a la hora de la verdad podían hacer retroceder a un hombre recio que por un momento pensó en escapar de la cárcel de una vida sin sentido y estéril hacia el cielo abierto que le ofrecía un tipo joven y hermoso, con su pasión extraña, distinta y sin un nombre bonito que darle en el Wyoming del sesenta y tres. O en cualquier otra época, porque la intolerancia, el odio y la ignorancia nunca estaban muy lejos del corazón humano, provocando que alguien pudiera ser golpeado hasta morir por ser un marica, un extranjero ilegal, un negro pobre que escapa de la miseria o una mujer que sale sin un velo en el rostro desafiando a los hombres… 

Julio César.