…CONTINÚA JUVENTUD, DULCE Y CRUEL…
El chico lo intrigaba por alguna razón…
Creyendo que era un error (cosa que no lo detuvo), el uniformado se desprendió de su escolta, y fue hacia el interior del liceo, hacia los baños, al encuentro con Lucas, para disculparse. Aunque ni él mismo sabía cómo iba a hacer eso. Disculparse no estaba en su naturaleza, aunque sí el ser dócil y solicito con los superiores (hala bolas, como decía la maldita vieja que tenía por suegra). Intentaría ser amable, aunque no blandito, e invitarlo a tomar ese café que le rechazó en la mañana. Y mientras va con porte altivo, elegante en su uniforme blanco, y el quepis sobre la frente, siente la urgencia de verlo, de hablarle, de borrar la mala impresión que dio y ver que el chico sonreía nuevamente, perdonándolo. Eso le provocó un nudo en la garganta, sintiéndose ridículo, necio. Y maricón. Pero no, no haría nada que lo pusiera en evidencia. Sólo hablarían, tomarían algo, tal vez una cerveza (el calor era horrible, sentía la espalda y la nuca húmedas); sólo serían dos carajos que se agradaban. O eso quería creer el hombre, que a pesar de su edad y experiencia en la vida, se engañaba. La carne, y el corazón, tenían razones que la razón no entendía, y eso iba a comprobarlo Justino Rosas, dentro de poco.
El corazón le late con esfuerzo cuando entra en los urinarios de los muchachos, y repara en las rayas y letreros, en la pintura destartalada y en un cierto deje a amoniaco, a pesar de que en apariencia, estaban limpios. Encuentra a Lucas, de pie, con las piernas algo abiertas, frente a uno de los urinarios de pared, manipulando algo, y el hombre entiende que ya meó y ahora se guardaba el coroto. ¡Coño’e la madre, un minuto antes y habría podido…! Pero lo deja así. No quiere seguir esa línea de pensamiento que le provoca miedo, calor en la panza y resequedad en la garganta. El joven se vuelve a mirarlo, no serio o malencarado, pero no jovial, como es siempre.
-Liscano, ¿cómo está? -pregunta ronco, sintiéndose cortado e idiota.
-Bien, señor. -lo mira intrigado. El hombre va a su lado y se abre la bragueta.
-Con este calor uno toma mucho agua, y después todo se va sudando o meando. -gruñe, mirando al frente, algo enrojecido, sacándose el tolete bastante de la bragueta, como para que (sí Lucas quería) lo viera bien.
-Yo me la paso meando y sudando. -acota algo ronco, el joven.
La mirada de Lucas cae, sin poder evitarlo, sobre ese güevo rojizo oscuro. Justino la siente, era como si lo estuviera tocando. Nota esa mirada sobre su tranca como una cálida brisa que lo va acariciando directamente. La garganta estaba secándosele. Terminó de orinar, y mareado y asustado (a pesar de su tamañote y edad), no lo guarda, no lo cubre, no se lo escupe ni le habla. Sólo lo deja allí, colgando, hasta que se medio vuelve hacia Lucas, cuya mirada clara y franca cae sobre el tolete, antes de mirar al hombre. Sus miradas parecen atadas, y el moreno tolete comienza a crecer, acabando con los pliegues y ganando consistencia, descubriéndose la cabeza lisa, bajo la mirada del chico.
-Parece que tiene un güevo grande, señor.
De haber estado tomando agua, o en algo más peligroso (como comer maní), Justino se habría atragantado. Nunca imagino que el muchacho hiciera tal comentario. Pero era eso, un muchacho, y a esa edad eran desinhibidos y osados. Sin embargo, él, con su edad, se sentía increíblemente inconveniente, con el tolete colgándole.
-También es muy cumplidor este muchacho.
-No lo dudo.
-Tú también debes tener una buena tranca ahí, ¿no? -le pregunta ronco; coño, que difíciles eran esas entradas entre carajos. Aunque con mujeres no eran más fáciles tampoco. Mira insistentemente al joven, sabiendo que lo que hacía era una locura; estaba en un baño público de un colegio, donde cualquiera podría entrar, con la bebedera de agua que tenía todo el mundo, la gente se la pasaba sudando o meando, él mismo lo acababa de decir. ¿Y sí entrara uno de sus escoltas? ¡Tendría que matarlo!, sería necesario.- ¿Por qué no me lo enseñas, muchacho? -pide, algo ahogado, sintiendo como el güevo le hormiguea, enrojeciendo y creciendo como una lanza, grueso, nervudo y largo.
La mirada del chico estaba centrada sobre ese tolete tieso, que se bamboleaba horizontalizado entre la bragueta abierta del blanco uniforme. Esa vainota parecía palpitar. Las manos del joven caen sobre su pantalón, abriendo los botones. Contra la ajustada y desteñida tela, se aplasta la figura alargada de una salchicha, vital y joven. Y a Justino, ese muchacho en su jeans, con su bojote contra la tela, le parecía hermoso. Mira las manos manipulando una tela blanca dentro de la bragueta, y finalmente sale una tranca blanca, sólo semidura.
-¿Qué le parece, señor?
-Se ve como un juguete serio.
-¿Le gustaría verlo tieso?
-Claro. -jadea con una pesada expiración. Su mente era un torbellino imposible de detener o aclarar.- Ya se ve que será grandote.
-Tendrá que ayudarme, señor. Necesito que me de una mano. -le sonríe Lucas, con ojos brillantes de lujuria; era un joven de sangre caliente, y le gustaba el sexo. Se acerca un poco más al otro, alarmándolo más.
Justino estaba mudo, sudando, mirando al muchacho, y el tolete. Con la decisión que se supone deben tener los uniformados, extiende la manota y cubre el güevo, agarrándolo a lo ancho, pero casi cubriéndolo todo. ¡Estaba agarrándole el güevo a otro hombre!, se dijo con un semiyeyo. Lo notaba temblar y palpitar contra su mano, lo sentía agitarse y crecer rápidamente, endureciéndose de una forma que sorprendía a Justino. Se estaba poniendo tieso, caliente, pero sedoso al tacto; era una pieza poderosa y maravillosa, como pensaba de su propio güevo. Le parecía vital y ya sobresalía de su puño, largo y grueso. Nunca le había agarrado el güevo a otro hombre, ni cuando muchacho cuando se suponía que, a veces, se experimentaban ciertas vainas. Lo aprieta duramente, y comienza a sobarlo, frotándolo de adelante atrás, masturbándolo, y ve al chico elevar un poco el rostro, y lo oye gemir contenido. Era sabroso hacerse la paja, piensa Justino; pero el que te la haga otra persona, era aún mejor.
-Póngalo duro, señor. Póngalo listo para usar. -graznó el joven, y Justino continuó sobándolo.
-Es grande. -gruñe, ronco, intentando sonar más rudo y viril.
-Y es todo suyo, señor. -invita el joven con una sonrisa.
La mano del chico se extiende y la atrapa el tolete al hombre, sorprendiéndolo y maravillándolo. Aprieta y soba, con ritmo; y a Justino le cruza por la mente la idea de que el muchacho sí había sobado güevos antes, tal vez con amiguitos de liceo o universidad que irían a su casa dizque a estudiar, y terminaban jurungándose entre ellos, ante de terminar con besitos, sobadas, o mamadas y… Ese pensamiento le produce fiebre, excitándolo al imaginarlo jodiendo; pero también le molesta, y no sabe por qué. El caso es que sus güevos están duros como barras de acero, y calientes, y babean insistentemente.
Por la mente de Justino, excitado como está, cruza una pregunta: ¿el teniente Gutiérrez se tomaría esa baba saliendo del güevo de Pérez? Y se estremece todo ante tal evocación. Otra imagen la sustituye, gente entrando, encontrándolos así, y los gritos que se oirían hasta Maracay, donde la mafia uniformada entregaba el país a la bota insolente antillana. Pero no puede mantener esa línea de pensamiento mucho tiempo más. Esa mano lo masturbaba, y él a ese muchacho. Mira como el joven enrojece más, abriendo la boca, con una leve capa de sudor en su labio superior, con los ojos nublados. Sus cuerpos manaban cantidades horribles de calor que parecían estar llenando el cuarto de vapor. A Justino le parece que ese chico se ve hermoso, y con paso inseguro, sin saber muy bien qué va a hacer, se le acerca.
A Justino el corazón le late con tanta fuerza que teme sufrir un infarto e imagina la escena: él, muerto, con el güevo afuera del pantalón, con el chico gritando y corriendo por ayuda, tal vez tan nervioso que no se metería el tolete dentro del pantalón y todo el mundo sumaria dos más dos (y es una escena tan horrible, que a pesar del momento, se estremece de miedo); pero evitando pensar y concentrándose en sentir, se aboca a la urgencia que siente ahora. Sigue sobando ese tolete tieso, y con su otra mano atrapa la barbilla de Lucas; su pulgar soba esos labios. Son suaves, y la piel del mentón es algo rasposa, por la fina barba rasurada, piel de macho. Se miran, y el joven cierra los ojos, abriendo un poco más los labios, dándole permiso. Eso incrementa aún más los latidos del corazón del uniformado, que no puede oír nada más (¿y sí alguien estuviera acercándose, llamándolo a grito pelado?). Sus labios gruesos, con el fiero bigote, frotan los del joven, encontrándolos cálidos y suaves. El chico se echa un poco hacia adelante, sorprendiéndolo, y con su boca atrapa el labio inferior del Justino, halándolo y mordiéndolo un poco, pasando su lengua sobre él.
El uniformado se siente enfermo, pero abre más la boca y la lengua del chico entra, ágil, móvil y exigente, lamiendo sobre sus labios, titilando sobre la lengua del hombre; quien chilla dentro de la boca del joven, mientras le da un feroz apretón al güevo. A Lucas le duele, pero aguanta, mientras su lengua cae sobre la de Justino, llenándole la boca de saliva. Justino tiene los ojos muy abiertos, estremeciéndose feamente. Esa lengua cálida, lame y lo soba, excitándolo terriblemente, y su propia lengua responde, saliendo y atándose contra la del otro. La boca de Justino invade ahora la de Lucas, atrapándole la lengua, halándosela y mordiéndola, tomándose su aliento y saliva, que le sabe dulce y fresca, bebiéndosela toda.
Lucas le suelta el tolete, y sus brazos musculosos le rodean los hombros al otro, provocándole casi un soponcio; pero estaba tan caliente que ya nada importaba, y sus manotas grandes caen sobre la cintura del chico, con los dedos abiertos hacia la espalda, casi abrazando los cuadrantes, y lo atrae con fuerza. En cuanto los cuerpos chocan (cada uno hala), a Justino el cuarto le da vueltas. Lo encuentra fornido, viril y caliente. Sus tórax y caderas se frotan, y se las ingenian para que los toletes se peguen, frotándose también con el movimiento. Cuando la boca del uniformado atrapa la dulce boquita del muchacho, siente un escalofrío terrible: recordaba a Gutiérrez y a Pérez, como los vio esa noche, y como lo soñó tantas veces, sin poder dormir de deseos, teniendo que caer en la masturbación, sintiéndose siempre sucio y enfermo al terminar. Sus bocas exploraban, sus cuerpos se apretaban y contorsionaban uno contra el otro, sus güevos babeaban y palpitan entre sus panzas. Iban güevo contra güevo.
-Lo tienes grande, pequeño. -grazna el uniformado sobre la boca del muchacho.
-Las cosas grandes caben en empaques pequeños, señor. -le susurra.
-Es verdad. -admite casi con un desmayo, el hombre.
Eso lo marea y enloquece profundamente, por los que sus manos grandes suben por la espalda del chico, acariciándolo y sobándosela sobre la franela. Le atrapa los omoplatos, grandes, forrados de músculos. Las manos bajan gozando cada centímetro de esa piel, gozando el calor y la dureza, hasta que llega a las nalgas, y clava sus dedos abiertos allí. Eran duras y firmes. Se besan, se refriegan fieramente, las manos de Justino siguen sobando y manoseándole las nalgas, sobre en jeans, hundiendo algo de la tela en la raja interglútea, con avidez. Sus güevos se frotan de arriba abajo uno contra el otro, hasta que Lucas comenzó a gemir dentro de la boca del otro. Se separan justo a tiempo, el güevo horizontalizado de Lucas temblaba y se estremecía un segundo antes de que eyaculara lentamente, manando su espeso semen, que no saltó sino que goteó del ojete, mojando la cabezota, bajando algo por el tronco antes de caer. El chico tenía la cara roja y la mirada extraviada mientras alcanzaba el cielo del clímax.
La mirada de Justino estaba fascinadamente fija en esa tranca eyaculante, y sintió que su propio tolete temblaba, estremeciéndose también. Su manota rodeó el tronco, como buscando de parar eso, pero no puede, siente que se muere. Su cuello se hincha y tiene que volverse hacia el inodoro, un disparo sale y choca de la cerámica no tan blanca. Tiene que morderse los labios para no gritar; pero es tanta la ola placentera que lo recorre, que siente que quiere sentarse. Era algo tan extraño… Y fue cuando al fin, comenzó a percibir el mundo exterior, y reparó en los pasos que se acercaban. Aterrado miró al chico, quien también lo escuchaba. Intentaron lavarse rápidamente, y Lucas pisó las manchas de semen en el suelo; pero era poco lo que podían hacer para disimular lo que allí había pasado (coño, ¿por qué no fumaba?, pensó el joven), el cuarto olía excesivamente a sudor y a esperma de machos en celo.
-Señor, lo necesitan en la Comandancia. -chilla un soldado, entrando sin ceremonias, deteniéndose un momento. Ya los dos hombres están cubiertos, y a salvo, pero le parece detectar algo. Tiene veinte años, y algo en el aire le hablaba de ‘eso’.
-Bien. -grazna Justino, sintiéndose mareado, asqueado y preocupado ¡ahora!- Hasta luego, Liscano.
-Señor…
El hombre salió de allí con paso resuelto, algo apresurado. No le gustó la mirada de comprensión que el soldadito ese, le había lanzado a él y a Lucas; pero ese era un problema que se resolvía fácil, insinuándosele que podían mandarlo al quinto coño en Cararabo si no era discreto en sus suposiciones. Ese puesto fronterizo era temible y temido y nadie quería cubrirlo; el güevón ese olvidaría todo, hasta su nombre, con tal de no ira para allá. No, lo que preocupaba a Justino era lo que había sentido un momento antes; unas ganas locas por Lucas, por tenerlo así, en sus brazos, catando su dulce boca; luego vino la rabia y el asco. Pero era un carajo con cierta edad, sabía que era normal sentir ese asco y malestar, ya que había hecho algo que nunca imaginó hacer, y ahora vivía el ratón moral; pero también sabía que eso pasaría y la cosa no le parecería tan horrible (aunque tal vez su mujer no creyera lo mismo, sí lo supiera pero, ¿para qué pensar en eso?), y pudiera que hasta le gustara buscar al chico ese otra vez.
Botando aire sube al asiento posterior de la cómoda camioneta; ¿para qué engañarse? Acababa de vivir ese tú a tú, y ya sentía unas ganas intensas y enormes de volver a ver a Lucas. ¡Ese carajito lo había chiflado!, no había otra explicación. Y se asustó, porque algo le decía que el joven tomaba las cosas con mucha más calma que él; no parecía tímido ni nuevo en esas ardides. Seguramente a él, ya algo así le había pasado antes, encontrarse con alguien que deseara tocarlo, sobarlo o besarlo. Cosa curiosa, eso le molestó al uniformado, el imaginar que tal vez, ya el chico había tenido otros amiguitos, amantes ansiosos de tenerlo, mimarlo y satisfacerlo, le provocaba una acidez insoportable en el estómago.
Dentro de la Comandancia todo era un avispero. Había órdenes y contraórdenes sobre la forma de enfrentar y afrontar el recontrafirmazo. ¡Que gente tan necia estaba en esas filas!, pensaba el uniformado, ceñudo en su oficina, recibiendo llamadas y regaños de todo el mundo, sobretodo del J-3 antillano, los mandamás del país; ¿de verdad pensaban que sus marchas, pitos y firmas lograrían algo? Esa gente parecía dispuesta a la lucha en las calles (allí radicaba el verdadero y único peligro), y eso era arriesgado, podían llegar a situaciones que se volvieran heroicas y dramáticas, en un enfrentamiento final, decidido y desesperado, lo que obligaría a otros gobiernos, que emputecidos por el salario del soborno, se hacían los locos ahora, a intervenir si centenares de cadáveres llenaran las calles. Por suerte, los políticos habían metido las patas en la organización opositora, y esos siempre andaban buscando a quien vender. Sonríe cruel al saber lo que finalmente le esperaba a esos brillantes líderes de opereta, que se creían grandes maquiavélicos de la política, como los reyecitos en Yaracuy o en Valencia, que se creían intocables lideres de la resistencia. Pero, por ahora, le importaba la Comandancia; había muchos rumores, aunque no sobre él. Ya había tenido la charla con el marinerito ese (y que rostro tan rufianezco tenía). Fue diplomático y sutil.
-No me interesa lo que piense, González. Pero no me gustó una mirada suya hace rato. Abra la boca, y lo sabré. Y terminara con la garganta abierta y las bolas en la boca en lo más remoto de Cararabo, como le pasó hace unos años a esos marineritos emboscados por la narcoguerrilla. ¿Soy claro? -y lo fue; casi le pareció que el joven lloraba al retirarse a la carrera.
Mientras atendía el teléfono (Buñuel en Maracay y al virrey, J. V. Rojas, en Caracas), Justino parecía distante mientras le gritaban marica inútil, por no confiscar los cuadernos. Nada de eso parecía tener valor ahora, aunque sabía que su futuro político y profesional estaba íntimamente ligado a eso. Pero todo lo que podía tener en su cabeza era al bello Lucas, ese joven y loco semental que lo enloquecía. Y el descubrir que se rendía así de fácil a lo que sentía, lo llenaba de una paz baja, como la del que se ahoga e intenta nadar sin saber, esforzándose inútilmente hasta que se agota totalmente y se hunde en las aguas, pensando que ahogarse no estaba tan mal después de todo, si traía paz. Se sentía excitado y caliente al pensar en el joven. ¿Cómo sería cogerlo? Y se estremecía de deseo y asco, imaginando meter su tranca en el culo peludo de otro carajo, sudado y tal vez hediondo a mierda. No, Lucas, no. Él estaría oloroso y aseado. Y casi ríe ante tanta mariconeidad súbita, entendiendo que se rendía. Se estaba asando en el calor de las ganas que sentía. Fue cuando llegó una llamada.
-Señor, por la línea dos tiene a un tal Lucas Liscano. Dice que es importante. -oye la neutra voz de uno de sus asistentes. Con el corazón temblándole en el pecho, toma el teléfono.
-¿Sí? -suena brusco, sin desearlo.
-Disculpe, señor. Me llamaron de Caracas y debo regresar. Sólo quería despedirme de usted.
Por un momento, Justino no entiende de qué hablaba el otro. Así debía sonar el chino o el árabe, pensó estúpidamente. Sentía una sensación de vacío y caída dentro de él que conocía bien. Ya lo había sentido antes, como cuando su mujer siempre paría niñas. Las amaba, pero hubiera querido un hijo varón, aunque sólo fuera uno; o cuando entendió que sus evaluaciones, académicas y personales, no cuadraban con las metas pedidas para los ascensos, entendiendo que otros avanzarían y él no, hasta que llegó el ‘Proceso’ al que juro servir por sobre todas las cosas (aún sobre los muertos que fueran dejando). Ahora volvía a sentir y sufrir eso.
-¿Cómo que te vas? ¿Ya terminaron su trabajo aquí? -se oye a sí mismo, ronco y lejano, con la mente dándole vueltas rápidamente; pensando en algo que no vislumbraba totalmente, pero que ya pintaba como una locura que podía joderlo para siempre.
-Nos necesitan en Caracas. Quieren a todo el que pueda marchar y resistir. No sé qué pasa, dicen que hay zonas en Petare donde atacan a los que quieren firmar. No lo entiendo, es nuestro derecho. Nada hicimos cuando colectaban firmas contra los diputados opositores -se le oye preocupado.- Me habría gustado verlo y…
-¿Por qué no vienes y tomamos ese café por fin? -lo interrumpe, quiere citarlo, comprometerlo. Siente la duda del otro a través de la línea. Tenía que cuadrar todo, pero sólo si Lucas iba.
-Bien. Estaré ahí dentro de una hora. Sabe que… es difícil para mí, ¿verdad? Usted no es muy popular aquí, entre las doñitas.
-Sólo me interesas tú. -se le escapa y enrojece hasta la raíz de los cabellos, sintiéndose totalmente idiota. Marica. Pero no importaba, eso encajaba dentro de lo que había planeado. Iba a tener al carajito ese antes de que se fuera. Quería cogerlo ya. Corta la comunicación, no quiere oír más, algo como una excusa de él para no ir.
Minutos antes de cumplirse la hora, Lucas Liscano, sintiéndose algo incómodo, sin explicarse qué busca con esa visita, atraviesa la entrada de
la Quinta División en Ciudad Bolívar, en búsqueda de un carajo que le había gustado mucho. Su rostro está algo enrojecido y se ve atractivo. Le indican la dirección de la oficina del Comandante y hacia allí se dirige. Le extraña no toparse con vigilantes en las entradas, ni con nadie en la oficina de recepción del uniformado. No puede saber, aunque imagina, que el otro había despachado a todo el mundo, preparando ese encuentro con él. Pero, ¿para qué? Tomar un café, aunque fuera entre dos hombres, no era un delito, ni un hecho vergonzoso y secreto. ¡Que cosas tan tontas tenían esos militares!, piensa divertido. Tomando aire se detiene frente a una maciza puerta de caoba, que ostenta un discreto enchapado, indicando la oficina del Comandante de la Quinta División. Algo cortado, en su jeans y franela amarilla, el joven toma aire y llama con los nudillos.
-¿Señor…? –llama y la puerta se abre casi en seguida.
-Al fin llegas, recluta. -sonríe el hombre, varonil, pero nervioso, en el marco de la puerta. ¡Y Lucas se lleva la sorpresa de su vida!
El carajo estaba prácticamente desnudo, vistiendo su quepis, su cadena con las chapas identificadoras, unas lustrosas botas negras y un ajustado bóxer blanco, uniforme, cortísimo (sólo cubre un poco más abajo de donde legan las bolas), que enmarca un bojote grande. El tipo no tiene panza, y su tórax, ancho y musculoso, está cubierto por una mata de vellos que sube desde el bajo abdomen al cuello. La piel es de color canela, tostada por el sol. Era tetón y realmente fornido. En su mano izquierda lleva una botella de whisky. El hombre no sonríe, pero traga saliva, mirándolo desafiante, abriendo los brazos, ofreciéndose al chico, al joven amante, quien lo mira atontado, con la boca abierta. Los ojos de Lucas no pueden despegarse de esa anatomía poderosa, masculina y viril, que exhala sensualidad.
Y esa mirada agrada a Justino, porque le indica que al joven le ocurre algo parecido a lo suyo. Allí, encerrado, tomando las medidas para encontrarse a solas con él, planeando seducirlo, el hombre mayor sufrió y pareció de los mayores temblores y fiebres de toda su vida. Todo su cuerpo ardía y temblaba ante la idea de tener al joven otra vez a su lado. Las manos le habían ardido toda esa hora, en anticipación, esperando la hora de recorrerlo, de tocarlo nuevamente. Y mientras los minutos iban pasando y él tomaba sus medidas, el miedo de la incertidumbre se había metido en su alma, torturándolo y haciendo sufrir. Le parecía que el joven no llegaba, que ya se había cumplido el tiempo y no aparecía. Y el temor de que no fuera, de que no lo dejaran (esas gatas viejas que tanto lo odiaban a él), lo llenaba de angustia, y de sufrimiento. Nunca en su vida, contado momentos bochornosos o de dolor ante la perdida de gente amada (su padre, hacia tantos años), había padecido así. El imaginar que el joven no llegara lo había llenado de tal sufrimiento, de tal mal, que sintió que podía morirse. ¡Así lo sintió! Y le asustó. Qué era eso. Por qué se sentía así, necesitado, ansioso, esperanzado, ridículo… ¡Pero había llegado al fin!
Con una sonrisa desafiante, la mano derecha de Justino despega, atrapándole la nuca al joven, halándolo, y cubriéndole la boca con la suya. La lengua del uniformado entra en esa boca tibia y suave, hurgando y lamiéndolo. El joven, con un jadeo, que Justino se traga, se une a la caricia.
CONTINUARÁ…
Julio César.