Archive for Octubre, 2007

DESPERTAR EN CASA AJENA

Viernes, Octubre 12th, 2007

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   -Me gustan, ¿y qué? 

   Jairo es un treitón, más cercano a la cuarentena de lo que le gusta pensar. Le encanta usar cierto tipo de prenditas, chicas por delante, de tiritas mínimas en sus caderas… totalmente metida dentro de sus nalgas. Claro que las usaba en la intimidad de su casa, a su mujer ya no le molestaban… tanto. Pasando un largo fin de semana con la familia de su mujer, sin ropas limpias, durmió con una pantaleta de su mujer, azulada morada. Sus cuñados lo descubrieron en la mañana y lo fotografiaron, rientes, diciéndole que todos verían sus modas. Jairo aterrado pidió discreción, y los mocetones, veinteañeros, lejos de las novias, le propusieron a cambio de silencio un buen trabajo de boca sobre mangueras a ambos. Se resistió, pero no quería esas fotos por allí y cedió. Mala idea, porque al rato ya estaba de uno al otro, urgido, con gusto, llenándose la garganta de ricuras nuevas, y casi fue él quien propuso subir a la cama en cuatro patas y atenderlos mejor. Y ellos aprovecharon el momento, dándole paleta a la jalea. Ahora, en las fiestas familiares, que a Jairo ya no molestan, ellos le regalan, discretamente un hilito dental… y se encierran a estrenarlo. 

Julio César.

EL CAPATAZ DE LA OBRA

Viernes, Octubre 12th, 2007

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   -Trabaja bien y dejaré que pases tu lengua por mi cuerpo… 

   Hay quienes conocen su trabajo y saben lo que deben hacer para asegurar que salga bien. Renato, el capataz, era obedecido por todos sus hombres, pero la llegada del nuevo ingeniero enviado por la alcaldía estaba creando problemas. Renato, práctico, decidió ponerlo de su lado. Dentro de su shortsito jeans, muy corto, sin camisa, con su casco, con ese cuerpo, Renato iba de aquí para allá con el ingeniero, quien sudaba, se mareaba, y a la hora, en las duchas, cayendo de rodilla, todo lloroso, le pidió que lo dejara tocarlo.

    -Bueno, ingeniero, pase la lengua. –dijo dándole la espalda y bajando el short.- Hágalo bien y luego le llenó la boca de sabor y dulzura en un duro envoltorio, parece necesitar lácteos… Después le lleno todo lo demás y le saco el nepe, pero sólo si se porta como el cachorrito lindo que creo que es, ¿ah? –advierte duro, y el joven entiende, o se porta bien o no hay capataz amoroso, ni lengua en raja o brocha gorda pintando en sus cavidades.

   -Si, jefe… -jadeó entregado, la boca se abre, la lengua sale y gime enloquecido antes de enterrarse allí, olisqueándolo todo…

   -Llámame amo… 

Julio César.

RELATOS CONEXOS… (2)

Viernes, Octubre 12th, 2007

…CONTINÚA  ENCUENTRO  EN  LAS  NUBES

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   Cosas que ocurren en cualquier lugar… 

  Su mente estaba atrapada en mil y una fantasías, en cosas que había hecho con Marina, o con Felicia, o las que deseaba hacer con ambas. No es nada muy elaborado o estético; no es arte, simplemente se hace una paja, algo privado, secreto, rápido y placentero. Y mientras su mano, con los nudillos algo blanquecimos por lo fuerte con que aprieta, sube y baja, su mente se afloja más, recreándose en las sensaciones. Y es en ese instante cuando percibe, lejano, un ruido metálico, un clic que no sabe relacionar de momento (¿se estaría desarmando el avión?). No lo identifica como una cerradura que se abre y cierra rápidamente, hasta después de unos cinco o seis segundos, tiempo durante el cual aún se masturbaba. ¡Alguien abrió la puerta!, estalla la horrible certeza en su cabeza, como una explosión. Y lo habían encontrado sentado en la tapa de un inodoro, con los pantalones en los tobillos y el güevo afuera, ¡masturbándose! Por un segundo recuerda el momento en que su madre, cuando él tenia catorce años, entró de repente a su cuarto buscando ropa sucia y… ¡Dios, que se estrelle el avión!, deseó, con el corazón palpitándole con dolorosa fuerza en el pecho, temiendo, contra toda lógica, oír la voz de su madre, censuradora (¡Genaro, ¿otra vez?!).

   -¿Quién…? -grazna ronco, abriendo por fin los ojos e intentando pararse al mismo tiempo, por lo que casi cae de culo otra vez sobre el inodoro sí no es porque se sostiene del lavamanos; para colmo el güevo se bambolea en el aire, como un péndulo horizontalizado, acusándolo de morboso.

   -Disculpe la intromisión, caballero; pero pensé que tal vez necesitaba algo de ayuda. -le contesta el joven sobrecargo, a tan sólo medio paso de distancia, de pie frente a él, como si tal cosa. Y Genaro sintió la cálida mirada del otro carajo, enfocada en su entrepierna.- Bonito instrumento, señor.

   La mente del traficante de sueños era un caos. La situación era irreal y ridícula, allí estaba él, con el güevo en la mano y los pantalones en los tobillos, encarando a otro carajo que le miraba con mucho interés el tolete, mientras sonreía amistosamente. Vaya que era alto ese muchacho, y los hombros eran bastante anchos, tenía pinta de atleta a pesar de lo joven que se adivinaba, se dice Genaro, sintiendo como su corazón iba calmándose poco a poco. El carajo no gritó llamándolo degenerado, ni llamó al capitán. Tal vez no tuviera que salir en los noticieros. Sin embargo, su tolete iba ablandándose lentamente, ¡después de todo había sido descubierto in fragantti!

   -Yo… yo estaba ocupado. -traga saliva, intentando recuperar algo de control. El otro le sonríe, con una mirada profunda, húmeda y hasta soñadora en los ojos. ¡Ay, este tipo como que quería…!

   -Ya lo imaginaba. No creerá la cantidad de gente que tiene fantasías sobre estas cosas en un vuelo largo. -sonríe más el joven, con las manos en las cinturas, como si la vaina no fuera extraña.- Realmente tiene una buena pieza ahí, entre las piernas. -era la segunda vez que lo mencionaba y Genaro sintió la cara roja y la garganta seca.

   -A ti como que te gustan los güevos, ¿verdad? -suelta con voz ronca y atragantada. El chico sonríe en forma atractiva (¡y vaya que lo era!, admite Genaro), con sus labios carnosos rodeados de una leve sombra de barba y bigote que lo hacia verse varonil y masculinamente apuesto.

   -Me encantan. Y el suyo se ve buenote.

   -Gracias. También se pone como una tabla. –se defiende de la flacidez que va ganándole.

   -¿De verdad? -interroga el otro con un leve respirar agitado y una mirada aún más intensa.

   El chico mueve su mano grande y atrapa el tolete que estaba colgando. Ese apretón es cálido y firme. Como el de su propia mano, piensa Genaro. ¡Otro hombre le estaba agarrando el güevo!, y en el inodoro de un avión, con muchas personas al otro lado de la puerta que lo vieron entrar hace unos minutos, y que luego debieron notar la entrada del otro. ¡Lo que estarían pensando de él! Pero esos pensamientos no duran mucho; el hombre sintió el apretón cálido y fuerte, recibió una sobada lenta y experta de  mano del chico, cuyo pulgar le frotaba el ojete del güevo, que ya babeaba otra vez, disfrutando esa caricia ruda y viril. Se le puso tan duro, caliente y rojo, que le dolía y quemaba. Estaba a sólo medio paso del otro y percibía su aroma, a colonia, a jabón, pero también a piel, el sudor de alguien aseado, joven y vital. Adivinaba un cuerpo fuerte, caliente y musculoso bajo el uniforme azul. Pero lo más sorprendente para el traficante, era descubrir que ¡le gustaba que ese muchacho le agarrara el güevo así!

   -Yo no sé sí… -jadeó Genaro, sintiéndose atrapado entre la excitación y la repulsa que esa extraña experiencia despertaba en él.

   El joven no dijo nada, simplemente lo miró, dando otro medio paso atrás y cayendo ahí mismo sobre sus rodillas, mirándolo desde allí, con su bonito tono de piel canela, su cabello negro algo elevado en puntas, atildado y fornido bajo el uniforme. ¿Qué iba a hacer ese maricón?, gritaba una parte de la mente de Genaro. Realmente no sabía qué hacer, cómo actuar o qué esperar en semejante situación, por lo que casi dio un salto cuando vio al chico sonreír ávido. La mirada del joven estaba fija sobre la rojiza cabeza hinchada del tolete, mientras lo sobaba, y el otro intuyó lo que haría, con escándalo… e interés.

   Esos labios húmedos se abrieron y besaron suavemente el glande del otro, provocándole una terrible oleada de placer. Ese roce era eléctrico, cálido y vibrante. Los labios, pegados allí, mamaban levemente, chupando sólo un poco, para luego abrirse más y tragar con experiencia y pericia la lisa cabezota. Genaro, con la boca abierta, mira el vaivén de esa cabeza, suave, lento, mientras nota la ‘o’ que forman esos labios gruesos y húmedos rodeando su glande. Y siente estallidos de placer puro que lo recorren, estremeciéndolo violentamente, obligándolo a agarrarse nuevamente del minúsculo lavamanos para no caer. Esa boca quieta sobre él ahora, vive y palpita, atrapándolo, chupándolo. Con un leve chasquido (Genaro juraría ante la corte de los milagros que lo oyó), esas mandíbulas se abrieron y la boca fue tragándose, centímetro a centímetro, el grueso tronco, con esfuerzo, pero con ganas. Con decisión fue atrapándolo todo.

   -Uggg… -era todo lo que salía de la boca del joven asistente de vuelo, llenándosela con el tieso y palpitante instrumento del otro hombre, con una facilidad que hablaba de mil mamadas previas.

   -Ahhh… -Genaro no pudo evitar el jadeo de sorpresa y excitación, aunque quiere mantenerse imperturbable, como todo un macho atrapado en una mala situación, y no como sí estuviera gozando mucho con eso. Pero esa cálida y húmeda boca que iba tragándolo, apretaba cada centímetro de su tranca palpitante, mientras la ávida lengua lamía con lentos movimientos frotantes la cara posterior del tronco. Dios, como mamaba ese carajito…

   El chico, en honor a la verdad, no era ningún novato en el arte de tragar toletes de machos, llevaba tiempo haciéndolo, como deduce Genaro al ver como esos labios terminan de recorrer su tranca, casi pegándose del pubis, resollándole cálidamente en los pelos, con las mejillas ahuecadas pero demarcando el diámetro de instrumento contra ellas. Había algo horriblemente erótico en la visión del joven mamándole ansiosamente el güevo.

   Después de atraparlo todo, el muchacho se retira lentamente, meciendo un poco el rostro de un lado a otro, apretándolo; su lengua y dientes sobre el sensible tronco le provocaban oleadas de debilidad al otro carajo. Iba dejándolo salir mientras lo chupa fieramente. El tolete está tan hinchado y crecido, amén de tieso, que el joven casi jadea, con la boca abierta como buscando aire, al soltarlo. Y Genaro vio su tolete erecto como nunca, duro y caliente por todo ese extraño tratamiento de boca, bamboleándose en el aire, totalmente empapado por la saliva y jugos de ese carajo. Y miró, con un estremecimiento que le bajaba por la columna, la sonrisa del tipo, quien con un gesto lascivo se muerde el labio inferior mostrando los dientes en una sonrisa atractiva: ¡el chico estaba gozando una bola, casi literalmente!

   Ladeando el rostro, la lengua enrojecida del asistente de vuelo, pega en toda su extensión de la cara inferior del tieso instrumento, que se agita y contrae al sentirla. La gran vena es recorrida lentamente por esa lengua que lame y saborea, saliendo de entre unos dientes blanquísimos y muy parejos. La lengua llega casi a la punta y vuelve a bajar. Esos labios y esa lengua besan y lamen la tranca, hasta que bajan llegando a las bolas, lanzándole rápidos latigazos con ella. Genaro lo mira, lamiéndole las bolas, con el güevo caliente, apoyado sobre ese rostro joven y atractivo, cuya piel también arde. Y se estremece. No recuerda desde cuándo algo no lo excitaba tanto. Siente que el güevo le palpita, queriendo correrse ya, al contacto de esa piel; del ojete manan unas transparentes gotas, espesas, que mojan la parte interna de la ceja izquierda del chico, babeándolo.

    Con un gruñido, el joven sorbe uno de los testículos, que parece aspirado y meterse en su boca, donde es mamado y mimado. Genaro chilla bajito, conteniéndose, al sentirlo. La mano derecha del joven le aferra con fuerza el tolete, mirándolo desde allí, mientras lo masturba enérgicamente, y termina metiéndose en la boca ¡las dos bolas! Soltándole el tolete, las manos del chico caen sobre la cintura del calzoncillito y lo hala lentamente, bajándolo, desnudándolo.

   Genaro se estremece, confuso, sin saber qué hacer. La suave y chica prenda baja por sus muslos y piernas en momentos en que el joven mamón vuelve a su tranca caliente, tragándose la mitad con ganas, pero parece haber crecido tanto, que no entra toda, ahogándolo, por lo que su rostro se contrae y la frente se le arruga un poquito por el esfuerzo. Y allí, con dos tercios del güevo atragantado en su boca, lanza una dura mamada, chupando ruidosamente. El traficante de sueños se estremece todo, sintiendo las piernas blanditas, como sí no pudieran sostenerlo, por lo que tiene que agarrarse de la pared y del lavamanos.

   El chico queda de frente, sonriendo, ante el tolete, soltándolo un momento de su boca ávida. Clavando la mirada en los ojos de Genaro, pega sus labios abierto de la amoratada cabezota, besándola, para luego tragarla otra vez, lentamente, cubriéndola y apretándola, con un excitado y ronco hummm. Esa boca, sentía el hombre, le comía el tolete, mojándoselo con su saliva, chupándolo. La boca iba y venía sobre el rígido instrumento; mientras las manos fuertes del chico le atenazaron las nalgas, como para sostenerse. Sentir la boca mamándolo y esas manos cálidas y fuertes reteniéndolo, con los dedos abiertos, sobre sus nalgas musculosas, casi hizo gritar al traficante de ilusiones. ¡Era una locura!, una locura rica y sabrosa. La boca del joven cubre casi todo el tolete, dejando unos cinco centímetros afuera y Genaro siente como esa garganta lo hala más, apretándolo, ordeñándole el güevo sin que el otro se mueva ni un palmo.

   Con los ojos fieramente cerrados y la frente algo arrugada, el chico mantiene la tranca en su boca, ahogándose, sintiendo que le tapona la garganta; y aún así, con lujuria, sigue mamándola con sus mejillas, los músculos del gaznate y su lengua que es una masa ardiente. Quiere cada palpitación, cada oleada de calor que mana del rico tolete. Y teniéndolo así retenido, mete su mano derecha entre los muslos del otro, acariciándole una nalga, con exigencia. El dedo medio se proyecta un poco hacia adelante y Genaro siente como ese dedo cálido y grande, recorre y frota su raja interglútea, poco peluda. Ese dedo acaricia, soba, recorre y se empuja contra su raja, algo que nunca antes le habían hecho, ¡un hombre, claro esta! La punta del dedo cae sobre el arrugado ojete de su culo y frota, sólo soba, empujando, sin penetrar.

   Genaro tiene que morderse los labios para no gritar de lujuria, de deseos que lo recorrían como oleadas poderosas. El roce de ese dedo, ¡el dedo de otro tipo sobre su culito virgen!, le provocaba unas cosquillas y unas ganas de bailotear, de frotarse contra el dedo, de… No sabía qué; pero era algo que lo enloquecía. La punta del dedo frotaba circularmente, lento, mientras la boca del chico le apretaba y exprimía el tolete, y Genaro sólo deseaba que siguiera y siguiera. Es tanta su excitación que nota como su tranca crece aún más, endureciéndose como una tabla, tan rígida que el muchacho no puede doblarla en su garganta y tiene que elevar un poco la nuca para enderezar el camino sobre su lengua hacia sus amígdalas, para alojarla y mamarla aún más.

   El güevo brilla de saliva y jugos, con las venitas totalmente demarcadas, nervudo, mientras esos labios abiertos totalmente, rodeaban como una gran ‘o’ su diámetro, tragándolo con rapidez, mamándolo con urgencia. La sombra de la barba oscurece y se demarca sobre el mentón y el labio superior del joven, mientras la boca continua mamando. Genaro, con la boca abierta, ve como ésta va y viene a lo largo del pilón; siente que el manduco suelta vainas, como jugos o baba, que ese muchacho se tragaba con una expresión de felicidad y de hambre en los ojos, que le parecían aún más excitante. ¡Quería llenarle la boca de semen! Y gritarle: ¡trágatelo maricón!

   El hombre miraba con mórbida fascinación (esa que sentían todos los hombres a la hora del sexo y que los hermanaba a la hora de usar el güevo), como la ansiosa boca de labios algo llenos, rojos y muy húmedos, iba y venía sobre la dura y nervuda tranca, soltando saliva y ahogados gemidos de lujuria y placer; tragándola con leves hummm, que al traficante le parecían muy estimulantes. Los labios lo tragan todo, con las mejillas algo ahuecadas mientras chupa, pero con la silueta del instrumento contra ellas. La boca retrocede, dejando el tolete mojado y brillante. Los labios se pegan del ojete y la lengua aletea sobre la lisa cabezota, provocándole mareos al otro. Nuevamente va tragándolo, cubriendo las venas. El joven encuentra esa jugosa y rígida tranca caliente, la siente palpitar y crecer más, taponeándole la garganta, soltando gotas y gotas de líquidos pre-eyaculares, que lo enloquecían. Al joven mamón no había nada que le gustara más que ver un güevo así, creciendo y latiendo dentro de su boca, y los amigos que lo sabían, sabían sacarle provecho a la situación; siempre querían que los mamara. Siempre tenía acción, en su vida joven, alocada y caliente, irresponsable en un mundo de locos, pestes y enfermedades.

   El chico, sin pensar en el riesgo de tragar lo que salga de un güevo desconocido (a decir verdad no piensa, sino que siente), mueve el rostro de un lado a otro, como un cachorro luchando con una bolsa, mientras mama. Quedando hacia la derecha, con la boca llena con ese tolete, mira excitado a Genaro, y eso le provoca otro escalofrío al traficante, que nota como la mejilla derecha del joven, se abulta y deforma cuando su tranca pega allí, entre los dientes y la piel;  y eso le parece una visión enloquecedora. La boca está tan abierta, que las comisuras parecen forzadas al máximo, mostrando un pequeño y negro lunar en la comisura derecha. La boca masculina, rodeada con la leve sombra oscura de barba y bigote rasurados, traga nuevamente cada centímetro del ardiente tronco.

   -Chúpalo, cómete todo mi güevo, maricón. Sácame la leche. -brama bajo, perdida ya toda cordura, Genaro, meciendo casi sin darse cuenta sus caderas hacia adelante. Quiere clavársela hasta el estómago. Quiere que ese muchacho lo mame así, sabroso y con ganas, en momento que el joven pega los labios en su pubis y con su lengua y garganta, sigue ordeñándolo con fuerza.- Hummm… que rico mamas, maricote. -casi le grita, con los ojos totalmente nublado, olvidado ya de en dónde estaba.- Apriétalo… apriétalo con la garganta. -le gruñó, empujándolo en su boca.- Ahhh, que rico. Mamas como un campeón… te gusta mamar güevos, ¿verdad, muchacho? Se ve que sí… ¡Hummm!

   Sus manos grandes, calientes ya, caen sobre los costados del cráneo del joven, y lo encuentra más caliente aún, más vital. Pero eso no es lo que le interesa; lo atrapa y comienza a mover sus caderas de adelante atrás, con fuerza, con lujuria, metiendo y sacando su güevo de esa boca ávida, que lo mamaba y lo chupaba con ganas de atraparlo y halarlo. Lo ve arrugar el rostro cuando le clava el tolete taponeándole la garganta, lo oye gemir unos leves uggg, ahogándolo, y repara en la gran cantidad de saliva espesa que mana de esa boca, bajándole por la barbilla, mojándole el tolete también, y en lo único que puede pensar es que quiere cogerle la boca, llenársela de güevo y de leche, con una urgencia que lo enfermaba. Quería hacer eso, y hacerlo ya.

   El joven mama con una avidez alarmante, sintiendo ese tronco duro y caliente sobre su lengua, golpeando contra sus amígdalas y bajando por su garganta; pero su lengua y garganta siguen chupando aunque apenas tienen espacio. Quiere más de ese calor, dureza y gotas agridulces, algo salobres, que manaban de la tranca, que le parecían deliciosas. No se hacía rollos, le gustaba sentir eso y lo disfrutaba; y no tenía que buscar excusas para su conducta. El hombre lo embiste duramente, cogiéndolo con ganas, encimándosele más y más hacia adelante; obligándolo a retroceder un poco, hasta que su nuca choca de la delgada puerta que separa esa escena de locura y sexo caliente entre machos, del resto de los pasajeros del avión, donde, seguramente, habría quienes disfrutarían el espectáculo. El joven queda atrapado entre la puerta y el güevo que le coge la boca con rapidez y rudeza.

   -Trágatelo todo, por favor… Trágatelo. -grazna ahogado, casi suplicándole que lo mame.

   Respirando pesadamente por la boca entreabierta, Genaro cierra los ojos, sintiéndose flotar, abandonándose a la poderosa y gratificante sensación de succión de esa boca que lo apretaba y halaba, como si de una gran masturbada se tratara (pero cien veces mejor, por la calidez y avidez). No sabe si el avión se ladea, pero él siente que se va hacia la derecha y sobre el muchacho, otra vez, clavándole el tolete hasta los pelos púbicos, donde siente el resuello del joven. ¡Hummm, que rica mamada!, piensa desmayadamente; nunca antes lo habían mamado así, ni Felicia que era una fiera; era verdad lo que todo el mundo decía: una boca mamándote el güevo era lo mejor del mundo. Y si era alguien tan ávido como ese carajito, mejor.

   Mientras lo chupaba, el joven lo mira, sonriendo, excitado, subiendo y bajando su boca sobre el duro y cálido tolete, lengüeteándolo y chupándolo, contento de saber lo que le estaba provocando con su lengua. Su barbilla está  cubierta de saliva, jugos y algo de sudor, a pesar del aire acondicionado. Había algo increíblemente erótico en la escena de ese carajo en la posición del misionero, becerreándole el tolete a otro. Y hay que reconocer, aunque no hable muy bien del joven ni le interese en forma especial a sus padres, que el asistente de vuelo parece muy cómodo, de rodillas frente a ese tipo, vistiendo su uniforme de pantalón azul, camisa blanca y chalequito azul oscuro, de corbata. La tela se alisaba sobre sus musculosos muslos y firmes nalgas. El ancho tórax va y viene al ritmo de la boca chupona, que busca, encuentra, cubre y mama el enrojecido tolete, que también va y viene.

   El muchacho cierra los ojos, ahogándose, cuando el tolete se dirige directamente a su gaznate con un golpe de caderas del otro. Aggg, es todo lo que sale de allí, y la saliva. Ladeando la cabeza, mama con ganas de la deliciosa carne, mientras le atrapa las bolas al traficante con una de sus manos, y con un dedo de la otra, sigue frotando y acariciando el pliegue que va de las bolas a la raja interglútea, por donde se mete, explorando travieso, y donde, finalmente, frota el ojete del culo, provocándole horribles y maravillosas cosquillas al otro tipo, que gruñe roncamente al sentirse tocado y acariciado allí, en la parte más secreta y sagrada de todo carajo que se respete.

   En esos momentos no hay nada más en la mente de esos dos hombres. Sólo sienten y gozan del poder del sexo, y quieren eso. Ese tolete cubierto de saliva coge y coge esa boca joven y viril, que chupaba con una fiereza sorprendente, que encantaba y escandalizaba al traficante; ¡vaya que le gustaba mamar güevo a ese muchacho! Tanto ejercicio (del bueno, del que da placer) los tiene cubiertos, o eso creen, de una fina capa de transpiración pegajosa e incomoda; pero todo lo que se oyen son ahogados gruñidos, y las chupetadas y gorgoritos de saliva que salen de la boca del mamador. Y justo en esos momentos, ¡alguien llama a la puerta!

   Los dos hombres se congelan rápidamente. Con la boca abierta, totalmente en shock, Genaro mira la puerta, donde la llamada se repite. El güevo sigue clavado en la boca del chico, quien mira al otro, entre divertido y alarmado, ¡era grave que lo atraparan así, con las manos en la masa… o con un güevo en la boca!, la aerolínea no iba a perdonárselo (a menos que mamara a la gente indicada). Por su parte, Genaro ya se imaginaba, sin pantalones, con el culo al aire, siendo arrastrado por dos policías a enfrentar a un grupo de reporteros feroces como los del canal venezolano de veinticuatro horas de noticias, Global; a quienes tendría que explicar por qué no hacía esas cosas como el resto de los degenerados, cerca de una escuela pública con una bolsa de caramelos en la mano.

   -¿Hay alguien allí? -pregunta una voz alto urgida.

   -Está… ocupado. -grazna, roncamente, Genaro.

   -Lleva bastante rato adentro, ¿qué hace? -parece molestarse el otro. Y en ese momento, Genaro siente que la boca quieta del chico, ¡continua mamándolo!, halándolo con su garganta y apretándolo con sus mejillas y lengua. ¡Coño, parecía un chupón! 

CONTINUARÁ… 

Julio César.

DEPORTE VISTOSO

Viernes, Octubre 12th, 2007

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  -Dios, la presión de la trusa dentro, me tiene… mal… 

   Esto debería ser un deporte olímpico y universitario (en todas), y con presentaciones periódicas en la televisión, para enseñar a amar el deporte, claro está. Cada vez que veo un desfile de este pienso lo mismo, que yo me presto, sin cobrar, para depilar nalgas, cepillar y recortar montecitos crespos en el pubis. Aplico aceites aún por el huequito más remoto y ayudo a subir trusas. Con los dientes puedo sacarlas de esos culos sudaítos, y hasta se los refresco un poco entre soplos y lamidas. También puedo ayudar a que los bultos se vean mejor dentro de la telita. Generalmente no son muy grande, pero qué importa si las nalgas sí. Recolectemos firmas para que se hagan concursos televisivos como los de los misters, que son iguales de bellos y gay, pero con menos cuerpos. Ya los imagino tras el escenario viéndose los cuerpos unos a otros, con ojos perdidos en nalgas ajenas. Y yo ayudándolos, y vienen contentos porque les fue bien y se me sientan en las piernas rientes y los furruqueo un buen rato hasta que lo notan, serios, y me susurran…  

   -Nos vemos en el baño, trae el aceite, estoy caliente, panita… 

Julio César.

NADA CUESTA PREGUNTAR, ¿NO?

Viernes, Octubre 12th, 2007

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Julio César.

FRONTERAS DE BROKEBACK MOUNTAIN

Viernes, Octubre 12th, 2007

   Cuando se habla de Brokeback Mountain es frecuente oír de personas que la encontraron maravillosa, increíble, pero deprimente y que nunca más la verían. Pero hay otros que la han visto y han sufrido de una forma intensa, por cuestiones muy propias e íntimas, pero que regresaban una y otra vez a verla, en la sala, ante la gran pantalla, porque era necesario, como si de una dura enseñanza se tratara. Cuántas veces hacemos cosas de las que después nos arrepentimos, pero que se explican porque simplemente no se soportaba más; y cuántas veces no debemos oír los reproches de aquellos que dicen que estuvo mal lo que hicimos, sin detenerse a preguntarse por qué lo haría, si él o ella no son así. De un episodio de esos, quiero hablar aquí. 

   De los grupos encontrados enla Web, leí un relato que me pareció hermoso (doloroso en ese momento en que tan sensible andaba; vaina, estaba mal), y que quiero reproducir aquí, más como una adaptación a la venezolana. El sitio correspondía al blog de un tal UNANGEL, lamentablemente no recuerdo bien toda la dirección, creo que es español. Aunque si hay algo que puedo decir de él, ama esta película… y a Jack Twist. Es de ese relato, FRONTERA, y de varios comentarios de sus amigos, que quiero hablarles aquí. Espero que no se molesten conmigo. Es más como un tributo a unciertoJack que conocimos.

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-Deja que te quite la tristeza, gringo; déjame quererte…

   FRONTERA 

   El hombre avanza lentamente por la calleja oscura arrastrando los pies, con la vista baja, terriblemente avergonzado de verse expuesto así a las miradas insolentes de los putos que lo observan recostados de las paredes en penumbras. El caminante no quiere estar allí, se siente mal con tan sólo recorrer la calleja, pero no puede evitarlo. No quiere estar solo. No ahora, no esa noche, porque sabe que cuando finalmente se detenga lo alcanzará en oleadas grandes el dolor del rechazo, del desamor, de la crueldad del ser a quien tanto ama. Y esa noche cree que no podría resistirlo. No solo. Así que camina, alzando fugazmente la mirada, indeciso en lo que busca, engañándose a sí mismo, porque sabe bien que quiere encontrar un destello de cabellos claros, o un rostro enjuto al que pareciera costarle sonreír, una cara como tallada en madera. En las sombras, en otras caras, busca el rostro de alguien que no está allí, que no está a su lado, pero que, tal vez, en la oscuridad pueda imaginar que si, ahuyentando la pena y la soledad.   -Desea compañía… señor… –surge una voz de la oscuridad, de pronto. Una voz joven, fuerte, falsamente solicita.  

   El muchacho, un mexicanito muy joven a decir verdad, de actitud desafiante y ofrecida, está recostado de un muro y se endereza para que el gringo admire su postura. El joven entiende que lo sorprendió apareciendo así. El hombre no lo había visto ya que caminaba con la cabeza baja y el sombrero muy calado sobre los ojos, como si no deseara realmente ver lo que hay a su alrededor. Pero el joven, sabiéndose bien parecido, comprende cuando gusta y repara en que cuando al fin lo detalla, una sonrisa leve de aceptación, y algo de azoro, aparece en ese rostro, una sonrisa jovial y amistosa que casi eclipsa con su intensidad las penumbras del rostro, mientras asintiente con la cabeza.     El joven no necesita más y comienza a caminar hacia un callejón rumbo a la pieza donde atiende sus negocios, con el hombre a su lado. El muchacho sonríe leve en las sombras, notando como otros putos le lanzan miradas de envidia. Sabía por qué: había enganchado al gringo bonito, y para los otros sólo quedaban los tipos gordos y groseros, siempre hediondos a borrachera, que se embriagaban antes de ir al callejón a atender otros asuntos. Él se había llevado el premio de la noche, el tipo joven de apariencia amable. Y eso infla su ego de muchacho, y sonríe con suficiencia… hasta que nota la distante y evaluadora mirada que el gringo bonito lanza en el camino que recorren, lleno de basura regada, o amontonada en bolsas y pipotes, que ofendían al olfato. Y eso no le gustó por alguna razón al muchacho.     Cuando llegan ante una ruinosa escalera que sube, el joven le indica con el pulgar que es por ahí. Y se estremece desconcertado, cuando el otro lo mira, con esos ojos azueles grandes que parecen iluminarlo todo. Es una mirada de hermandad, de reconocimiento, pero también había tristeza de un dolor viejo. Y por primera vez en mucho tiempo, el joven siente vergüenza de su vida, de su oficio, de lo que hace. Porque hay dos cosas que comprende rápidamente, que ese joven señor de rostro agradable, sonrisa hermosa y mirada limpia, cargaba su propia pena, un dolor que lo atormentaba y producía ese brillo febril de angustia en sus pupilas; y lo otro es que, aunque ese tipo andaba mal por algo, aún le alcanzaba la bondad para lamentarlo por el, para sentir algo como pena por el joven puto de dieciocho años que cada noche hacía mil veces el recorrido del callejón a las escaleras, del momento del contacto al del dinero arrojado, del fin del negocio al asco personal. En esa mirada le parece leer mil preguntas: ¿Qué lugar es este, muchacho? ¿Cómo has llegado hasta aquí, niño solitario? ¿Quién eres, muchacho? Eso lo altera de forma violenta, pero aunque quiere rebelarse y molestarse con el gringo que lo cuestiona, hay tanta bondad, inocencia y tristeza en los ojos del otro que no puede sino sentir congoja. ¿Por qué tenía que mirarlo así, carajo, como si no fuera sólo un pedazo de carne barata? Eso no le gusta.
   No lo entiende, ¿por qué le afecta tanto ese tipo? Él no era ningún marica. Él los usaba, se vendía, vendía su cuerpo, pero nada más. Los odiaba. Los despreciaba, sentía rabia cuando llegaban esos tipos bravucones sucios, que lo tocaban y lo usaban brutalmente, como si necesitaran mostrarse toscos y desdeñosos para estar con otro, con uno que se vendía. A él no le interesaba nada de eso. Les tenía asco, el acto entre hombres le parecía un pecado. Lo hacía por plata, y en cuanto tuviera suficiente se marcharía de allí, con su novia de toda la vida, bien lejos de la jodida y maldita frontera que acababa con esperanzas e ilusiones como sus desiertos terminaban con los que soñaban con el Paraíso del otro lado. Era por ello que el joven siempre exhibía su plan de batalla a esas alturas del negocio, frente a las escaleras: pedirle al cliente algo de beber en el bar cercano. Y generalmente lo complacían, porque eran los sabrosotes, lo que tenían plata, o porque lo querían más agradecido. Bebían y bebían y él deseaba que se rascaran y durmieran, hasta la hora de quitarle sus honorarios. Pero allí, pisando el primer escalón, duda. Duda y lo mira, y el hombre le corresponde nuevamente con esa maldita sonrisa, abierta y franca, y el joven siente que las piernas le tiemblan un poco, porque se sorprende pensando en que un tipo así debía amar suave y bonito. 

   -Me llamo Jack… -dice sin saber a santo de qué, el hombre. 

   -El pago es por adelantado. –responde ronco el joven, pragmático, queriendo sonar rapaz y mezquino. Tiene que colocar barreras, alzar muros que lo protejan. Quiere dejar bien sentado que sólo son negocios. 

   Pero no es lo que siente, no es lo que desea expresar, porque mientras el tipo asiente suave, sin inmutarse, sin sorprenderse o desagradarse por sus palabras, el joven comente el error de mirar nuevamente esos ojos de frente. Y sí, había aceptación a lo que pedía. Pero también había tristeza, mucha, tal vez por sus palabras, u otras palabras que alguien le dirigiera ya. “¿Qué tienes, gringo guapo? ¿Por qué te ves tan triste? ¡Coño, no me veas así!”, no puede dejar de pensar el joven, asustándose. No, debe poner distancia entre esa mirada azul, azul cielo infinito, azul lago profundo, sin fin. Pero la mirada estaba allí, la de un tipo joven, Jack, que deseaba sumergirse en el deseo de la carne, pero también escapar de algo que lo torturaba. Y el muchacho sabe que se pierde, que ya no entiende lo que siente o lo que hace. Ahora sólo piensa en tenerlo desnudo para él, al alcance de sus manos, quiere recorrer con sus dedos cada pedazo de la piel de ese otro hombre, quiere sofocarse bajo su peso, quiere bañarse con el sudor que brotará de sus poros, y con espanto, admite que haría lo que fuera, iría tras ese tipo a dónde le dijera, si pudiera borrar esa melancolía de sus ojos. Se siente tembloroso mientras suben a la pieza, embargado por la urgente necesidad de tener a ese otro carajo para sí. 

   Pero el joven ya lleva muchas noches recorridas desde el callejón a su pieza y sabe cómo terminará todo. El atractivo gringo lo usará, se saciará en él y luego lo hará sentirse basura, y él suspiraría de alivio cuando lo viera salir por la puerta. Él sabía que una vez dentro del cuarto, Jack sería desagradable, lo degradaría haciéndole notar que no era nada, sólo carne de alquiler. Un cuerpo que estaba ahí para ser usado. Un cero a la izquierda de la humanidad. Nada. Y cuando el dinero cayera sobre la mesita, la cama o al piso, como algunos hacían, la mirada de horrible victoria que leería en esos ojos le diría sin palabras: ¿Esto es lo que vales? ¿Es esto lo que tengo que pagar para volver a hacer contigo lo que me de la gana? Coño, que vida tan mierda llevas, muchacho. 

   -¿Cómo le gusta, señor? ¿Arriba o…? –no puede evitar decir, con rencor, cuando la puerta se cierra a sus espaldas, mirando al otro hombre. Pero en aquel Jack de sonrisa jovial y tímida, de ojos hermosos, de facciones agradables, sólo puede leer algo de vergüenza. Pero parecía más una vergüenza de sí mismo, que por el joven puto. Nota que hay deseo en aquel tipo, pero también angustia, como si le costara estar allí, como si lo que más deseara en este mundo era encontrarse en otro lugar y con otra persona, alguien a quien necesitaba tanto que aún allí, en esa pieza, frente a un puto, podía sentir cerca. Y el joven se estremece otra vez: “¿Qué pasa, gringo? Deja tu tristeza, coño. Deja que yo te borre esa pena del alma”. 

   -¿Sabes?, de momento no quiero hacer nada más como no sea echar un sueñito. Será algo rápido, te lo juro. No voy a robarte todo tu tiempo. –le sonríe entre apenado y suplicante, como si lo necesitara en verdad.- Quiero dormir… abrazado a alguien. Necesito hacerlo. Quiero que apagues la luz, nos metamos a la cama y que yo te abrace y…  

   El joven, intentado ser desdeñoso, se encoge de hombros. Y lo observa mientras se quita el sombrero, la camisa y las botas, para luego salir del pantalón. Lo mira hipnotizado. No era un tipo grande o musculoso, pero era un carajo fuerte, de cuerpo extraño, que parecía marfileño a la parpadeante luz del anuncio de neón al frente de la ventana. Era un cuerpo atractivo, y el joven se pregunta cuántos, y quiénes, más lo habrían visto haciendo eso, pareciéndole que era el sujeto más guapo del mundo. Era un tipo del que alguien podría enamorarse, se dice asustado, ignorando que una vez, hace algunos años, otro hombre joven lo había visto así, semidesnudo a la rojiza luz de una hoguera, esperándolo con anhelo, entregándosele con ternura. Ignora que ese otro también se había enamorado. El joven nota como el gringo va al camastro y se mete bajo las sábanas, sin preocuparse de lo estrecho que es, de lo delgado del colchón, del olor a rancio y sudor viejo que emanaba de él. 

   -¿Vienes? –pregunta al fin, Jack, desde la cama, esperándolo. 

   El joven lo hace a toda prisa, perdida su mirada en dos puntos azules que iluminan su camino. Se desviste con afán por entrar al lecho, preguntándose en qué momento perdió su objetividad y profesionalismo. Apaga la luz y se mete a la cama a su lado, y por un momento no ocurre nada más. Están allí, en la oscuridad, silenciosos y sin moverse. “¿Qué pasa, gringo, por que no te mueves? ¿No viniste a esto? ¿No querías mi cuerpo?”, se pregunta atormentado el joven, sintiéndose agitado, excitado y listo para actuar, costándole controlar la respiración para que ese otro tipo no sepa que lo desea. Finalmente se tiende hacia Jack y lo medio hala hasta que sus cuerpos chocan. Y Jack estaba calentito, vital. Los cuerpos se pegan, los brazos se enlazan y nada más. Por un momento, sabiéndose ya perdido por alguna razón, el joven recuerda el momento exacto en el cual, al ir por el callejón, deseó salir corriendo alejándose de ese hombre guapo, de sonrisa dulce y mirada hermosa. Escapando.
 

   Yacen desnudos y no pasa nada. Transcurre un segundo, un minuto, una eternidad… y el hombre de mirada intensa cierra los ojos con fuerza, como para no ver lo que hace ni el lugar donde está. “Dios mío, que él nunca se entere, porque me moriré si veo el asco o el repudio en sus ojos. Que nunca se entere de lo que hago, Señor, porque no sabré explicarle que no lo hago porque esté caliente o lleno de rabia. Juro que no. Es que siento que me ahogo, que necesito aire, que necesito a alguien que me saque a flote y no me deje morir. No te engaño, Ennis, no te ensucio, soy yo quien lo sufrirá, porque soy quien traiciona lo que ama. Pero tenía que escapar del dolor, de ti y de esa carretera donde estabas con tus hijas. De esa carretera donde fui a buscarte sintiendo que se me iba a reventar el corazón de esperanza, de alegría y de amor cuando supe que te habías divorciado al fin. Pensando… no se qué pensé. Que tal vez me dirías: ahora estaremos juntos, quédate conmigo, te necesito, Jack… Pero sólo encontré tu crueldad. Huí a este lugar porque necesito sentir que alguien me quiere, aunque sea fingido. Lo hago porque necesito sobrevivir hasta la próxima vez que te vea y hagas un gesto que indique que no quieres que me vaya. Entonces estaré otra vez a tus pies, adorándote, esperando que digas… lo que nunca dirás. Necesito sobrevivir hasta ese momento, y si hubiera estado solo está moche, sé que algo terrible habría pasado, y ya no habría esa próxima vez. Te lo juro Dios, te lo juro Ennis…”. 
 

   Silencio. Sólo hay silencio, pero el joven entiende que algo muy grave le ocurre al gringo. Lo siente en el sofoco de su respiración, que cae directamente sobre su cara, de lo juntos que están. Es por ello que cuando la primera gota ardiente y salada rueda por esa mejilla, ensombrecida por una rala barba que parece jamás desaparecerá del todo, ésta cae sobre la comisura de los labios del joven puto que se estremece, sintiéndose mareado, asustado y maravillado. Con la punta de la lengua, amparado en las penumbras, la recoge y la toma, encontrándola parecida al agua de mar. 

   -¿Está bien, señor?
 

   Jack no responde, sólo abre los ojos cuajados de lágrimas y rueda, hasta que su barbilla y mejilla izquierda caen sobre el pecho del joven, donde se tensa y tiene que contener un sollozo feo que le sale del alma, estremeciéndolo todo. Es un sollozo ahogado, silencioso. No hay gemidos ni batuqueos, porque es el llanto de un hombre duro, de uno que siempre oyó que los hombres no lloran, y muchos menos por otro carajo. No, no estaba bien el gringo guapo. ¿Cómo estarlo si no yacía junto a la persona que más amaba en la vida, y que lo había rechazado una vez más, con sus desplantes, como si se burlara de sus sentimientos? ¿Cómo iba a estar bien si le costaba respirar o pensar, o contener esa tristeza que lo estaba matando, esa tristeza que lo quemaba de tanto extrañar al otro, una tristeza que le dolía tanto? No, no podía estar bien, y no lo estaría hasta que volviera a estar así junto a él, sintiendo su corazón latir contra el suyo, su piel contra su piel, sus brazos rodeándolo, haciéndole creer que nunca nada malo podría sucederles mientras estuvieran juntos. No, él solo volvería a estar bien hasta que un beso de amor, de Ennis, lo elevara otra vez hasta las cumbres del Cielo. No, no estaba bien en esos momentos y por eso se abraza al puto, escondiendo la cara en su pecho, conteniendo el llanto por otro hombre, es la viva imagen del débil marica, como lo acusaría su padre si supiera. 

   El joven siente como ese carajo lo abraza con más fuerzas, como se estremece todo, en un llanto sin sonido, como lo baña con sus lágrimas, y él también siente ganas de llorar. No puede hacer nada más que bajar la barbillas y apoyarla en la negra cabellera del tipo, de ese tipo que iba volviéndosele demasiado importante ya. Se quedan silenciosos y quietos, pero por alguna razón ajena, el muchacho ahora más que nunca es conciente de la horrible pieza donde está, sin cristales en la ventana, de la cama vieja que cruje y hiede, de la luz de neón barato que los iluminas. Todo era horrible en esa pieza menos aquel tipo cálido que lloraba de amor. Porque el joven no se engaña. Aquel tipo estaba sufriendo, sufriendo mucho, porque había amado demasiado. Y siente dolor, un dolor que no entiende hasta que no lo reconoce como odio y celos. Odia al otro tipo que no está allí de cuerpo más sí en espíritu, porque tiene que ser otro tipo, quien lastimó al gringo. Lo odia terriblemente. Y celos porque le da rabia que el gringo llore y sufra por él. “No llores gringo. Deja de llorar. Deja de sufrir. Deja que yo te ame. Deja que yo te quite ese dolor. Déjame, gringo, y haré que olvides y que tengas paz. Déjame, y te borro toda esa tristeza del alma. No sufras por quien no se lo merece. ¿Quién podría no quererte, gringo? Sólo un maldito, sólo alguien que ya está maldito. No sufras por él, gringo. No llores más”. 
 

   “¿Dónde estás ahora?”, cruza por la mente del otro hombre.
 

   El calor sofoca dentro de la habitación y comienzan a sudar sin haberse movido. Y el hombre sigue quieto, con el rostro pegado al pecho del joven. Y el otro no aguanta más. “Deja de llorar, maldita sea. Mírame. Vuelve conmigo a esta cama. Deja de vagar por esos corredores de dolor, gringo”, se dice con celos e impotencia. Quería que ese tipo dejara de sentirse mal para verle otra sonrisa tonta y bella, quería verse en su mirada otra vez, en esos ojos azules grandes y expresivos, que debían saber como decir, sin palabras, te amo. Se estremece asustado, sorprendido y gozoso de lo que padece en esos momentos. Poco antes esa noche había considerado no salir hasta después de las once, y de ser así no habría conocido al gringo, y no sabe si hubiera sido mejor o no; pero ahora estaba feliz. Asustadamente feliz de haber ido y encontrarlo, y tenerlo allí. Deseaba, como no había querido otra cosa en la vida, consolarlo, tomarse todas sus lágrimas y verlo sonreír otra vez. Está totalmente seducido por ese hombre al que intuye fuerte, apasionado y entregado. También entiende que Jack no está allí buscando un rato de solaz, de sexo, de carne contra carne. No está ahí escapando por calentorro o por vengarse de nadie. Ese tipo había llegado buscando algo que pareciera ternura de lejos. Amor, aunque no fuera real. Y él iba a dárselo si podía apartar de sí la tristeza y rabia que iban invadiéndolo mientras el otro lloraba. Es en ese momento cuando el hombre levanta el rostro, se pasa una mano por los ojos, apartando lo que puede y le sonríe otra vez,  pidiéndole perdón, como avergonzado de su extrema mariconería, pero agradecido también. Y el joven siente que el mundo se pone azul, que su vida ahora tenía el azul también. El azul de esa mirada que era capaz de hechizar, enamorar, y de robar la paz. 

   -Gracias… -susurra en su mal español, y el joven se asusta por un momento. 

   -Ah, no, gringo. Nada de eso. –casi le reclama, presintiendo una despedida en el aire. Le toma el rostro entre las manos y, desde su propio punto de vista hasta hace media hora, hace algo terrible y monstruoso: su boca busca y atrapa la del lloroso gringo, que aún tiembla un poco. 

   Lo besa y piensa que ya nada más importa. Y cuando la lengua del otro responde, tímidamente, siente que alcanza la gloria. Y tal vez así sea realmente. Por un rato el mundo ha dejado de existir. Algo había acabado, algo comenzaba. El joven se revuelve contra ese hombre y nada más ocupa su mente. Es comprensible. Es muy joven, y por eso podía desear con tanta locura a ese otro tipo, queriendo tenerlo para si. Es tan joven que podía brindar cariño y ternura todavía, porque su corazón aún no era una cáscara vacía ni una piedra tirada en el camino. Y es tan joven que podía darse el lujo de ser egoísta, terriblemente egoísta, y pensar que sólo ellos dos contaban en esos momentos. Ni por un segundo cruza por su mente que alguien más podría estar sufriendo en ese instante, una tercera persona. 

   No sabe que aún a esas horas, un hombre delgado de cabellos claros, de rostro enjuto como tallado en madera, mira con pesar infinito hacia una larga y oscura carretera que parecía alejar algo de su vida. Ese hombre no puede olvidar que nuevamente ha dejado escapar a la persona que más ama en el mundo aunque nunca ha podido decírselo. Y que sufre al recordar la última mirada, dolida y algo llorosa ya, de esos ojos azules que se alejaban defraudados una vez más, reclamándole sin palabras, con un dolor muy vivo, preguntándole sin voz: ¿cómo puedes lastimarme tanto? Le duele, le duele saber que los dos meses que faltan para verse nuevamente, son largos, y que esos días de tenerlo a su lado escaparán como agua entre sus dedos, de prisa, sin piedad, mientras él, rumiando malhumorado, deseará que duren una eternidad. Incluso le duele saber que dentro de dos meses no encontrará odio, rencor o resentimientos en esos enormes ojos, sino que verá otra vez el amor brillar en ellos, el perdón, la comprensión y el secreto deseo, y esperanza, de oírle decir: te extrañé mucho, Jack. 

   Ennis desea que el tiempo vuele para sentir nuevamente el calor de su Jack, su cuerpo; para perderse en sus ojos, abrazándolo y besándolo, gritándole con todo su ser lo que la necia boca se negaba a transmitir, que no puede seguir adelante sin él. Y siente rabia y dolor, porque sabe que en cuanto estén juntos otra vez, ya estarán despidiéndose nuevamente. Siente rabia contra el mundo que lo aleja de su amor. Odia su miedo a la burla, al escarnio, al que dirán, que le hizo ser cruel con Jack cuando aquella camioneta pasaba por la carretera y él temió que otros los vieran e imaginaran algo raro. Odia y maldice al padre que lo llevó a ver a ese muerto en una zanja. Maldice el que no se pueda retroceder el reloj y volver a ser el muchacho que no hablaba, tímido, y conocer nuevamente a ese alegre y bonito tipo que lo mareaba, lo enloquecía y que una noche le entregó su amor, sin palabras, sin esperar nada, sólo porque lo deseaba; Dios, cómo deseaba regresar a ese año, a esa montaña, cuando fue realmente feliz. 

   La noche es oscura, pero sus miedos son más negros. ¿Y sí no volvía? ¿Y sí se cansaba de ser defraudado una y otra vez? ¿Y sí una tarde llegaba al punto de reunión y Jack jamás aparecía? La piel se le eriza feamente sólo de imaginarlo. Él podía resolver eso fácilmente, ¿y sí le decía que si, que se fueran juntos y así pudieran dormir cada noche abrazados, en una cama grande, y despertar y besarse, y amarse sin miedo a ser vistos o juzgados al salir de un lugar? ¿Y sí…? Pero sabe que no lo hará, nunca podría. Y su mirada se cuaja de lágrimas, que ruedan con esfuerzo por sus mejillas, silenciosas. Son lágrimas amargas, que lo queman, porque no tienen consuelo. Llora porque nadie está ahí, porque nadie puede presenciar su debilidad, su amor, su angustia. Tampoco hay nadie allí que lo toque, lo conforte o le diga que todo pasará. No hay nadie que le tenga piedad, piedad que ni él mismo se permite para sí o para el hombre que ama. No hay un joven puto que se encandile con él, ni una ex mujer que sólo lo miraría con asco si le contara, ni unas hijas pequeñas. Está solo, y mientras mira hacia la carretera, se pregunta: “¿Dónde estarás ahora?”, y las lágrimas bajan, pocas, saladas, con desconsuelo. Para él no hay nadie que pregunte: ¿está bien, señor…? 

Julio César.

NEGOCIACIÓN EXTREMA

Martes, Octubre 2nd, 2007

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Julio César.