Archive for Octubre, 2007

EL EMPERADOR

Domingo, Octubre 28th, 2007

tesoro-oculto.jpg

   El huele braguetas… 

   Ese lunes, un día después del cierre del canal televisivo mientras la calle hervía de protestas y los aliados y cómplices dizques opositores soltaban tibias arengas en contra de las dictatoriales medidas, el comandante Takin esperaba en la antecámara. Sabía que al viejo y decadente Emperador no le gustarían sus palabras… ni el que no estuviera en su país dando la cara. Pero no podía salir en televisión verde de miedo; sabía que si algo pasaba ya no habría curas que lo dejara ocultarse bajo su sotana aunque lloriqueara lamentablemente otra vez. Por eso espera, ahora sólo le quedaba el viejo jineteador. 

   Antes que verlo, lo escucha, cuando el prolongado pedo (peo en su país) se deja oír como una trompeta que sonara a decepción. La hedentina llegó dos segundos después, y el Comandante hizo todo lo posible por imaginar que era olor a rosas, (pero qué estaría comiendo el Emperador, ¿ratas muertas? Antes las atrapaba vivas). El viejo decrepito, que había caducado hace años, entró arrastrando los pies, y la bolsa ejecutiva que ahora colgaba de su cintura con un tubo largo que salía de la panza, se bambolea amenazando con regar la ñoña. Parece cansado y casi digno de lástima… si no fuera porque en sus ojos brilla no sólo la locura más grande sino también el odio más insensato. Más de cuarenta años martirizando a su pueblo no le había bastado, regar su mensaje de muerte por Latinoamérica y aún África, tampoco. No, aún debía hacer más mal antes de que el Diablo llegara a cobrar sus cuentas. 

   -¿Qué haces aquí? –gritó estentoreamente el anciano, molesto, al poco aventajado pupilo, ese hombrecito gordo y gritón era cruel y brutal, pero carente de valor e inteligencia. Bueno, eso le había servido para apoderarse, sin disparar un tiro, de ese país, se dice intentando calmar el asco que el Comandante le produce. 

   -Las cosas están mal, Maestro. Todos me dan la espalda. Los muchachos gritan en las calles. Creo que no debí cerrar el… -y calla ante un sonoro pedo, producto de la rabia del viejo decrépito. 

   -¡Cállate, come mierda! Tú no estás para pensar. Vuelve a la porquería de país ese y ordena que maten a todos esos culos cagados en las calles. No dejes que lo transmitan por televisión y ordénale a los imbéciles que rieguen por el mundo que es una conspiración de Bus (dicho como tal). Llama a
la Bacaret, esa se vuelve loquita por un uniforme militar, y a Lala de Sima en Sao Paulo, que repitan que ellos respetan las medidas soberanas de un presidente democrático. –le apuntó con un dedo, soltando más peos y algo de ñoña que corrió tubo abajo, impregnando el ambiente, y no precisamente al olor del éxito.
 

   -Si, maestro… -farfulló en voz baja el otro, resentido, esperando la gloriosa hora en que el califa muriera para ser él califa en lugar del califa. 

   ¡Ponte a creer, grandísimo güevón…! pensó para sus adentros, sonriendo, el viejo Emperador, soltando nuevamente un peo, uno largo que le dolió. Temía que se le saliera una tripa. Sabía que el hermano lo expondría en ese momento a la vista de todos, no para que la gente creyera que aún vivía, sino ara que notaran que era una ruina, era su venganza. ¿Dónde estaría su chaquetita Adidad? Esa si abrigaba, no esas porquerías hechas en la isla. Tiembla por un momento, como tiembla el Comandante Takin antes de retirarse del trono de la gloria… olorosa. 

                                                                                                                              Julio César.

CARAS VEMOS…

Domingo, Octubre 28th, 2007

bebito-bello.jpg

      Parecía tan inocentito, pero… 

Cuando Jairo entraba a las duchas después de una práctica de fútbol, yo no podía dejar de mirarlo… tenía un rostro tan inocentico. Había algo en él que llamaba mi atención, a decir verdad, ¡tenía mucho a la vista! Nunca dije nada, porque era tan tiernito y dulce que me avergonzaba mostrarme como el sátiro que soy… Eso cambió cuando mi compadre, Roberto, me contó algo: hace dos semanas regresó a los vestuarios porque había dejado su cuartera, y encontró a Jairo metido en el contendor de ropas sucias, olisqueando y mordiendo suspensorios usados y sudados. Que al verlo, el muchacho se asustó y lloroso le dijo que era una condición medica llamada fetiche. Roberto, el muy perro, me dijo que se enterneció ante su problema y dejó que oliera, mordiera y chupara el suyo también, si tanto lo necesitaba…

   -Claro que antes, yo me lo había puesto otra vez. –rió el condenado.- Creo que fue una sorpresa para él ver que así sabían mejor. Y míralo, creo que me espera, ¿vamos a ayudarlo con su problema?

    -¡Coño, claro…! -gemí, con mi suspensorio ya todo lleno…  

                                                                                                                              Julio César.

LA CURIOSIDAD PREÑÓ AL GATO

Domingo, Octubre 28th, 2007

tamanos.jpg

   Era cierto lo que decían… 

   Leonardo siempre había escuchado que los negros estaban como más… dotado de buen humor. Al menos eso parecía en relatos y películas donde tías gritonas lo pregonaban como gozando al verificarlo. Cuando subió a buscar una firma para unas reparaciones en las áreas comunes del edificio, encontró a Gregorio, el profesor de física, que no tenía pinta de intelectual, un negro altote y agradable, quien daba clases hasta tarde y dormía hasta más tarde. La mujer no estaba y lo esperó mientras se levantaba, vistiendo un short largo y una camisetica que dejaba ver todos los músculos. Sentado al frente, Leonardo entrevistaba y miraba esos muslos. Una cosa llevó a otra y entre risas e inventos, el hombre suda a mares, mientras grita igual que esas mujeres que chillan de alegría ante el enorme… sentido del humor del otro, que lo mantenía tenso, al borde del yeyo, de puro gusto ante tanta diversión. Los cargados y duros chistes iban y venían, mientras el carajo reía de espaldas sobre el sofá, o de lado para intentar respirar, mientras el negro continuaba dándole… motivos de risas. El buen rato duró casi dos horas, y cuando salía, Gregorio le preguntó si no podía subir al otro día para seguir… hablando y riendo. Leonardo sonrió, ¡claro que iría! 

                                                                                                                              Julio César.

LLUEVE SOBRE CARACAS

Sábado, Octubre 27th, 2007

caracas.jpg

   A todo el mundo le gusta la lluvia, pero cuando está en su casa no en medio de la vía. Cuando llueve con cierta fuerza, Caracas se transforma en un infierno, casi es posible ver al Diablo materializarse en las nubes oscuras y reírse con burla a mandíbulas batientes. Lo primero que molesta es que no se encuentra un taxi ni para remedio, tal vez están hecho más de cartón que de fibra de vidrio y se ocultan con las primeras gotas de agua. Cada calle, avenida y acera de la ciudad cuenta con una canalita por donde corre una cantidad alarmante de agua, si un muchacho llega a caer en una de ellas termina en El Guaire. Toda, todas, las calles cuentan con una hondonada en el centro donde se acumula el agua y se convierten en lagos navegables. En una ciudad de por si caótica por la costumbre, llegada desde la edad de piedra, de que nadie respeta un semáforo, al fiscal, donde cualquiera cree que puede atravesarse aunque note que la ruta a seguir no se moviliza, trancado a los que vienen perpendicularmente, la gran cantidad de vehículos, las aceras tomadas por buhoneros que terminan tomando también parte de la calle, el agua viene a ofrecer sólo otro delicioso ingrediente al infierno. 

   Por otro lado, la ciudad parece encogerse bajo el agua, y nadie cabe. Curiosamente, mientras más llueve, más gente sale a la calle, como hormiguero al que le entra agua. A falta de taxis, hay que tomar busetas que vienen cargadas con suficientes pasajeros p0ara llenar dos pisos, en uno sólo. Jamás hay un asiento, hay que ir pegado casi eróticamente de los demás; claro, al llover todo el mundo toma el primero que pasa y no quiere quedarse fuera, y comienza todo el mundo a soltar vapores, olores y calor. La lluvia obliga a cerrar las ventanillas, hace añales que no se siente fresco en este valle y todos parecemos padecer fiebre, qué calor se genera. Y si cuando uno llega a su casa, si ya ha llovido más de dos horas, al encender el televisor se ve que tal o cal sitio está en alerta, porque ahora parece que todo el país está en terreno inestable. Llueve un poco y se vienen un poco de viviendas o se crece El Guaire. 

   Cuando llego a mi casa, dejo escapar un suspiro lastimero de alivio, e invariablemente digo a quien me encuentro mientras subo a mi apartamento: Dios, que horrible es Caracas cuando llueve. 

                                                                                                                              Julio César.

LLEVANDO SOL EN SU PATIO

Sábado, Octubre 27th, 2007

ponme-aceite.jpg

   Alzaría un poco las nalgas y se abriría el camino a la gloria… 

   A Renato le encanta llevar sol en el patio de su casa. Le gusta gozar de los rayos cálidos cayendo sobre cada centímetro de su cuerpo grande de hombre hecho y derecho… casi tanto como las miradas de los muchachos que sabe están detrás de su barda, sin quitarle los ojos de encima, teniéndolos clavados como dardos en su espalda, muslos… y nalgas, deseando clavarlos en más. Sabe que están calientes, a veces encontraba rastros contra la barda que parecían escupitajos pegajosos y blancuzcos, seguro el calor resecaba sus gargantas y escupían. Mórbido, sonriendo, menea las nalgas y oye jadeos ahogados, seguramente de gente con asma. Sube y sube sus nalgas ahora, caliente también (por el sol) casi quedando en cuatro patas… oyendo los gemidos largos, sabiendo que alcanzaban el clímax… de mirones. Sonriendo sale, con su prendida: coño, ¡cuántas mojadas habían dejado en la baranda! Contó nueve distintas… Mañana usaría la tanga roja que era aún más chica. Aún le quedaban zonas de piel por quemar. 

                                                                                                                              Julio César.

RELATOS CONEXOS… (3)

Sábado, Octubre 27th, 2007

…FINALIZA  ENCUENTRO EN LAS NUBES

ah-un-marinerito.jpg

   Marineros, hombres cumplidores… 

   Mientras lo chupaba, el joven lo mira, sonriendo, excitado, subiendo y bajando su boca sobre el duro y cálido tolete, lengüeteándolo y chupándolo, contento de saber lo que le estaba provocando con su lengua. Su barbilla está  cubierta de saliva, jugos y algo de sudor, a pesar del aire acondicionado. Había algo increíblemente erótico en la escena de ese carajo en la posición del misionero, becerreándole el tolete a otro. Y hay que reconocer, aunque no hable muy bien del joven ni le interese en forma especial a sus padres, que el asistente de vuelo parece muy cómodo, de rodillas frente a ese tipo, vistiendo su uniforme de pantalón azul, camisa blanca y chalequito azul oscuro, de corbata. La tela se alisaba sobre sus musculosos muslos y firmes nalgas. El ancho tórax va y viene al ritmo de la boca chupona, que busca, encuentra, cubre y mama el enrojecido tolete, que también va y viene.  

   El muchacho cierra los ojos, ahogándose, cuando el tolete se dirige directamente a su gaznate con un golpe de caderas del otro. Aggg, es todo lo que sale de allí, y la saliva. Ladeando la cabeza, mama con ganas de la deliciosa carne, mientras le atrapa las bolas al traficante con una de sus manos, y con un dedo de la otra, sigue frotando y acariciando el pliegue que va de las bolas a la raja interglútea, por donde se mete, explorando travieso, y donde, finalmente, frota el ojete del culo, provocándole horribles y maravillosas cosquillas al otro tipo, que gruñe roncamente al sentirse tocado y acariciado allí, en la parte más secreta y sagrada de todo carajo que se respete.  

   En esos momentos no hay nada más en la mente de esos dos hombres. Sólo sienten y gozan del poder del sexo, y quieren eso. Ese tolete cubierto de saliva coge y coge esa boca joven y viril, que chupaba con una fiereza sorprendente, que encantaba y escandalizaba al traficante; ¡vaya que le gustaba mamar güevo a ese muchacho! Tanto ejercicio (del bueno, del que da placer) los tiene cubiertos, o eso creen, de una fina capa de transpiración pegajosa e incomoda; pero todo lo que se oyen son ahogados gruñidos, y las chupetadas y gorgoritos de saliva que salen de la boca del mamador. Y justo en esos momentos, ¡alguien llama a la puerta!  

   Los dos hombres se congelan rápidamente. Con la boca abierta, totalmente en shock, Genaro mira la puerta, donde la llamada se repite. El güevo sigue clavado en la boca del chico, quien mira al otro, entre divertido y alarmado, ¡era grave que lo atraparan así, con las manos en la masa… o con un güevo en la boca!, la aerolínea no iba a perdonárselo (a menos que mamara a la gente indicada). Por su parte, Genaro ya se imaginaba, sin pantalones, con el culo al aire, siendo arrastrado por dos policías a enfrentar a un grupo de reporteros feroces como los del canal venezolano de veinticuatro horas de noticias, Global; a quienes tendría que explicar por qué no hacía esas cosas como el resto de los degenerados, cerca de una escuela pública con una bolsa de caramelos en la mano.  

   -¿Hay alguien allí? -pregunta una voz alto urgida.  

   -Está… ocupado. -grazna, roncamente, Genaro.  

   -Lleva bastante rato adentro, ¿qué hace? -parece molestarse el otro. Y en ese momento, Genaro siente que la boca quieta del chico, ¡continua mamándolo!, halándolo con su garganta y apretándolo con sus mejillas y lengua. ¡Coño, parecía un chupón!  

   -Tengo diarrea. -gruñe con voz de falsete, conteniéndose ante el rico placer que siente.  

   Las llamadas no se repiten, pero una voz airada va alejándose. Y sí quién fuera, ¿llamaba a alguien? Muchos debieron verlo entrar al inodoro, y notarían después al muchacho que entraba. Y seguramente imaginaban lo que allí estaba pasando (bueno, no que el chico lo mamaba, a lo mejor creían que era él, quien lo mamaba; lo que era peor todavía), y… ¡Hasta ahí llega todo razonamiento!, el joven libra su tolete, agarrándolo con una mano firme, sobándolo de arriba abajo, sonriéndole con picardía, con los ojos brillantes de lujuria y la barbilla cubierta por su saliva; y lo vio darle, con la punta de la lengua, pequeños azotes a la roja cabezota de su tranca, sacándole gemidos de angustia y placer. ¡Le gusta, carajo! Le encantaba eso que le hacía el joven, con su boca y con su lengua ávida y virtuosa. ¡Le gustaba mucho!  

   -Cómetelo, por favor… -le pide nuevamente, temblando todo.  

   Algo jadeante (el esfuerzo de mamar y respirar al mismo tiempo era grande, y este mundo estaba lleno de gente que no podía hacer dos cosas al mismo tiempo sin colapsar), el muchacho le sonríe, agradeciéndole su deseo; le gusta trabajar güevos con la boca, y era bueno saber que lo hacía rico. Con ahínco, cubre el glande con sus labios y va tragándolo lentamente, con unos ahogados uggg. Genaro va contra él, metiéndole y sacándole el tolete de la boca, rítmicamente; y ese joven, con su boca hambrienta y muy abierta, va también a su encuentro. Conformaban una atractiva pareja que suda y jadea, produciendo un cálido cóctel de sexo duro y rudo. Una mano de Genaro le cae en la nuca, atrapándole un puñado de cabellos ásperos, revolviéndolos y halándolos casi con violencia, sintiéndose vivo en esos momentos, y malo, mientras lo guía con apremio sobre su larga tranca; exigiéndole más velocidad, que cubriera más, que lo chupara bien. El puño se cierra fiero, ahora sin mimos, halándolo con fuerza sobre su güevo, clavándoselo hasta el fondo, queriendo meterse allí.  

   -Cómetelo todo, bebé. Quiero que te lo tragues todo. Te gusta, ¿verdad? ¿Te gusta mucho mamar güevos? ¿Te gusta tener mi güevote en tu boquita, bebé? -se siente caliente, grosero, y hablarle así, lo excita también.  

   El hombre quiere ser violento, pero también amistoso. Él mismo no se entiende; pero encuentra fascinante tener a ese joven allí, arrodillado frente a él, con el negro cabello erizado en su mano, con la boca muy abierta por el diámetro de su tranca, con sus mejillas afiladas, mientras iba y venia sobre él, mamándolo. Quería halarle el cabello con fuerza. Nunca imaginó que el que otro carajo le mamara el güevo fuera algo así, ¡tan sabroso! Y mientras bombea sus caderas contra ese rostro, lamenta no haber probado antes una experiencia como esa, él que conocía a tantos mariquitos bien hechecitos.  

   Como con Tony, ese catire que él conocía, y que se veía que era maricón, el gemelo de Vito (amigos suyos los dos; y con amigos como él…). Tony parecía un carajo legal y hétero, pero más de una vez Genaro notó cómo le miraba el entrepierna, como imaginando o deseando cosas grandes y duras; de una forma que ahora, con esa boca y lengua apretándole el güevo, mamándolo, le produce escalofríos recordar. Elocuentemente se muerde el labio inferior y sonríe al imaginarse al catire ése, Tony, de rodillas frente a él, sumiso y ansioso, mamándole el güevo así, con las ganas con las que becerreaba este muchachote. Imagina al catire gimiendo, atrapándole el güevo, lamiéndolo con esas ganas, mordisqueándolo con delicadeza, pero sobretodo chupándolo y atenazándolo. Le excitaba la idea de tener al amigo, Tony, mamándolo, y él llamándolo maricón, que mamara bien, maricón de mierda.  

   El hombre abre los ojos y la boca con fuerza, gimiendo como si se muriera, sin temor ya a ser oído. Chilla roncamente, aunque no quiere, mientras todo su cuerpo tiembla, dando medio paso hacia atrás, tambaleante, sacando el rojo e hinchado güevo mojado de saliva, de esa boca. La mente le queda en blanco mientras se siente envuelto por oleadas de placer puro que lo recorren todo; momento en que del ojete de la tranca escapa un chorro espeso y ardiente de semen, cruzándole la frente, la ceja derecha, la nariz y labios al joven. Genaro, temblando, sintiendo que no aguanta y que se cae, lo mira, le atrapa la nuca y con un golpe seco vuelve a clavarle el tolete en la boca. Chilla nuevamente mientras un segundo y tercer disparo estallan dentro del otro, mojándole la lengua y las amígdalas, sintiéndolo mamar como un chivito, tragándose toda su cálido y abundante esperma. El joven parece paladear y beber, con una expresión extraviada de felicidad en la cara, cruzada también por el primer chorro.  

   Aún temblando, medio turulato ante el clímax alcanzado (fue bastante fuerte), Genaro retrocede, sacando su tranca de la húmeda y viciosa trampa que era esa boca, y cae sentado sobre el inodoro. El joven lo mira, todavía de rodillas, con los labios entreabiertos, donde parece brillar la saliva y el semen. Finalmente se pone de pie, dándole la espalda y abriendo los dos grifos del lavamanos donde, ahuecando las manos, moja su cara. Ahora, alcanzado el orgasmo, Genaro se siente embarazado e incómodo de tenerlo allí. El joven, con la cara mojada, se vuelve a mirarlo, lamiendo aún sus labios, en un gesto que le choca al otro (¡ahora!).  

   -Tu leche sabe bien. 

   -¿Cómo… cómo puedes tragarte…? -gruñe ronco, el traficante. Con curiosidad.  

   -Es cuestión de gustos. A mí me parece que no hay nada que sepa mejor en este mundo, que un buen güevo caliente y duro en la boca. Hace que… algo despierte en mí, queriendo más y más. Es difícil de explicar… siento que la sangre me corre más rápido, que tiemblo de ganas, con deseos anticipados. Cuando las trancas tiemblan y sueltan sus jugos, siento que… estoy más vivo. Que todo yo, soy más real. -dice meditando y encogiéndose de hombros.- ¡Y sabe como a yogur! -eso le provoca un escalofrío, nada erótico, al otro.  

   Se hace un silencio que va prolongándose entre los dos, volviéndose más incómodo, mientras el joven seca su rostro, y el tolete de Genaro cuelga ya blando. El hombre deseaba quedarse solo y asearse, pero ahora no se atrevía a moverse con el otro allí. El joven termina de ajustarse la corbata frente al espejo y se lleva la mano derecha a la cara y olfatea, como buscando olores extraños. Nuevamente mira al traficante, con una media sonrisa, y al otro hombre le parece que el joven espera algo más, una despedida, un chao, o una invitación para tomar un café. Pero en ese preciso momento a Genaro no le habrían podido sacar una palabra ni apretando un cuchillo filoso contra su garganta. Con una leve mueca de boca, algo parecido a una sonrisa, el joven se despide y abre la puerta, después de dudar un momento. En cuanto abrió (momento que aterraba al otro), Genaro lo ve tomar aire y sacar pecho, dispuesto a enfrentar la situación con la sonrisa de un vendedor de bonos de la deuda pública venezolana, una sonrisa que jamás moría y asustaba un poco a todo el mundo.  

   ¡Dios, que locura había cometido!, se reprende Genaro, como han hecho miles de millones antes que él, ¡después de hacer las cosas! Nunca antes. Jadea intentando recuperar el control y echa la nuca hacia atrás. Una sonrisa entre avergonzada y divertida suaviza su rostro. Siente como el sudor se enfría sobre su cuerpo. El güevo estaba blando ya. Saciado totalmente, y hasta acalambrado. Esa boca le había dado una tremenda mamada, ¡una maravillosa mamada! Genaro no era un hombre introspectivo, era de los que se gozaba más en las sensaciones físicas que en las mentales. Le gustaba el sexo, estaba tirando desde los catorce años, cuando una vecinita le abrió las piernas y todo un mundo nuevo, no sólo el de las pajas solitarias en su cuarto o el baño. Pero esto que acababa de vivir era una locura. ¡Una que le gustó muchísimo!  

   Al primer momento de vergüenza, llega un segundo de excitación. Le gustó, carajo. Disfrutó sentir esa boca ruda y viril que le mamaba hasta el alma. Ahora por su mente, mientras cierra los ojos y sigue controlando la respiración, cruza una imagen de ese carajote joven en tanga (seguramente las usaba pequeñas, como él), recostado boca abajo en un sofá, esperándolo, meciendo el culo bajo la suave y breve tela, esperando que él le enterrara el güevo en… ¡Coño, iba demasiado rápido!; se reprende. Subiéndose el calzoncillo hasta el bajo bolas, y subiendo también el pantalón, se dirige al lavamanos para asearse un poco, sintiendo que el tolete le hormiguea, a pesar de sí mismo, al no poder alejar mucho de su imaginación la imagen del muchacho en bikini esperando a un amante en el sofá, todo putón y caliente. ¡Que coño, él era un hombre, y eso no iba a cambiarlo el que un marica le mamara el güevo… otra vez!, ¿por qué no invitarlo a tomar una copa en Nueva York? No tenía que rendirle cuentas a nadie. Y la verdad era que el gusanillo de la curiosidad lo había picado.  

   Y al pensar en cuentas por rendir, por primera vez una sombra de preocupación cruza su rostro. Lo que hizo fue extraño, y no sólo por haberse dejado mamar por otro hombre (y que, de paso, le sobaba el culo, aunque tan a fondo no quería llegar en su análisis), sino por la forma en qué se presentó. Le gustó esa pequeña aventurilla sexual en el baño del avión, no podía negarlo. Estaba caliente, el chico vino, lo mamó y fue indoloro, inconsecuente, y sabroso. Lo que le alarmaba un poco, por las implicaciones y el dónde podía terminar, era la idea de que el mundo del sexo acababa de ampliársele increíblemente, como a los catorce años con la vecinita; ¡habían tantos maricas de cara bonita y boca grande! Pero era raro que se diera así, tan fácil. ¿Y sí hubiera sido una prueba o una trampa montada por uno de los jefes? Esa gente era muy capaz de eso, tan sólo para ver hasta dónde llegaba él bajo las circunstancias; o para cazarlo. Para tener algo en su contra. Era así como se movían ellos, los poderosos jefes del Grupo.  

   Genaro Montes era un traficante de sueños, un hombre atractivo, inteligente, sensual y osado; y que conocía bien la naturaleza humana. Era capaz de sentarse al lado de alguien y susurrarle al oído que él o ella, eran la persona, el o la mejor, la persona indicada, y que sí lo escuchaba a él, tendría los reinos de La Tierra, sus glorias y fortunas. Inflamaba egos, sembraba esperanzas en los demás, usaba las apetencias, los deseos y las ambiciones de otros para elevarlos por un momento y luego dejarlos caer cuando ya no servían a su causa. Se sentaba al lado de gente humilde e inteligente, como Manuel Nova, y le decía que el país lo necesitaba, que él era el hombre, y lo rodeaba de guardaespaldas, choferes, de carros y cuentas en restoranes y tiendas; lo trabajaba, lo usaba y lo descartaba. En sus correrías, podía trabajar para hombres como el Carpintero o el Muñidor, por dinero; pero sólo cuando sus jefes reales, lo ordenaban. Él era un agente del peligroso Sindicato del Crimen, un grupo gótico de villanos que se movían en las sombras, amasando fortunas y poder, sin ninguna otra consideración de valor ético, moral o religioso. Y dentro del Sindicato, él era agente de la implacable y temible Diana (una mujer tan hermosa e inteligente, como peligrosa), y muchos lo sabían. Dentro del Sindicato no eran extrañas las luchas de poderes, y alguien como Alfonso, socio y enemigo de Diana (o el mismísimo Azael), podía haber tramado algo como esto para comprometerlo ante la mujer.  

   Por un momento (sólo un instante infinitesimal, antes de abandonar la idea para siempre), el hombre se dice que era una pena que los intereses económicos del Sindicato del Crimen chocaran con el deseo de millones de venezolanos, que miraban aterrados el cerco que se tendía alrededor del país. El grupo secreto tenía sus propios intereses creados en el caos que asolaba a Venezuela. Nadie se lo había dicho a él, pero sabía (gracias al Nazi) que el grupo tenía la vista puesta en el negocio petrolero. Y con tal de ponerle la mano a esa fuente de riquezas incalculables harían lo que fuera (al Sindicato sólo le interesaba la plata, nada más); grupos diversos y aparentemente enfrentados dentro y fuera de Venezuela, habían pactado para dejar que en la pequeña nación caribeña, un hombre que hablaba de conucos, pulperías y cultivos organipónicos en los parques (con lo peligroso que eran), hiciera lo que le diera la gana, persiguiendo y enjuiciando gente, acabando con cada libertad y derecho ciudadano mientras los dejara poner las manos en los hidrocarburos. El Grupo era pragmático en eso, como lo eran todos.  

   En realidad, a Genaro no le importaba mucho lo qué pasara más tarde con el país (no a él, que ganaba sus buenos millones); el problema eran Marina Y Felicia, activistas las dos, que sufrían hasta de pesadillas al temer en lo que podría terminar todo. Al hombre le parecía increíble que esas dos mujeres, tan distintas entre sí, unidas únicamente por él, que se acostaba con ambas, compartieran también esa angustia por algo que veían, y las aterraba, en el horizonte; una noche, llorosa, Marina le dijo que debía ser horrible tener que abandonar el país donde se nació, huyendo, para vivir como una paria en otras tierras, como el mundo había condenado a los cubanos hacia décadas, mientras disfrutaban del turismo sexual en la isla. Y ese mismo temor lo vivía Felicia.  

   No, no quiere pensar en eso. No le gusta. No es divertido. ¡Nunca pasará! Con una sonrisa, acomodándose la camisa dentro del pantalón y ajustándose la corbata, se pregunta dos cosas: ¿cómo se habrían conocido toda esa galería de maleantes y criminales (Diana, Azael, Alfonso, Araña, el Nazi, los gemelos)? Lo otro era, ¿y sí invitaba al tipito ese a tomarse un trago? ¿Tal vez otro buche de esperma? ¿Por qué no? A tirar y punto, todo lo demás podía esperar, sobretodo las preocupaciones, ya que pensar en eso no era tan rico como usar aquello dentro de lo otro…                                                  JUVENTUD, DULCE Y CRUEL..

   Todo lo que aquel hombre hecho y derecho (casado, con hijas, con una carrera que le había costado chapalear bastante en la mierda, sin importarle, pero haciendo billete del bueno) quería, no podía comprarlo con real, y eso no pudo entenderlo en su momento, siendo condenado al final. Aquello simplemente había sido un regalo de la vida. Un obsequio desviado, obsceno, pero maravilloso para él; pero para mantenerlo, el precio era demasiado alto, como lo era para tanta gente: honestidad y hasta decencia personal. ¡Demasiado alto!  

   Cuando el almirante Justino Rosas conoció a Lucas Liscano, le hirió en los ojos y el alma contemplar su alegría, juventud y candor de chico bien criado, universitario, medio sifrinito y medio pendejo, que creía que la virtud o el honor, eran escudos que podían protegerlo a él, y al mundo, del mal. ¡Era un grandísimo güevón! Obviamente era un joven que había sido protegido por padres que quisieron apartar de él todo cáliz de amargura, hasta que la vida, y el Gobierno, vinieron a ponerle los pies sobre la tierra.  

   Al uniformado le parecía que el joven era distinto a todos los que habían venido con él desde Caracas. El respeto que mostraba al hablar con él, u otro militar, parecía genuino; no un simple formulismo social, mientras pensaba para sus adentro que todos eran una cagada, como muchos pensaban ahora de los uniformados. Había algo en él que parecía pedirles que fueran sus amigos y que no lo atacaran porque él no estaba allí para pelear contra ellos. Y eso desarmaba un poco a Justino; porque él sí iba a atacarlo, y a todos ellos. Era una orden y él iba a cumplirla como cumpliría cualquier otra que le asegurara el cargo que ahora ostentaba y que cuatro años atrás jamás imaginó alcanzar, por falta de méritos personales y profesionales.  

   La gente que vino de Caracas, en representación de eso que llamaban los opositores, no confiaba en los militares. Tenían pruebas de que el valor y el honor ya no se divisaban por esos lados. Pero Lucas no parecía odiarlos, y a Justino, aunque no quería, le parecía un jovencito demasiado atractivo. Cuando se cruzaba con él, en la calle, en el liceo Juana Sujo, o en una esquina donde repartía volantes del partido político al que representaba (El Justiciero, vaya nombre idiota), se veía llamativo enfundado en su franela amarilla y su jeans azul desgastado y ajustado a su entrepierna, donde, sin querer, iba, a veces, la mirada de Justino. No era un joven alto, pero si musculoso y vital, como chico de gimnasio que cuida su cuerpo, una moda maniática y hasta estúpida que había estallado con furor, en tiempos en que los llamados toripollos ya no eran vilipendiados o ridiculizados como en el pasado. Su cabello era castaño, abundante y sedoso; y sus ojos eran amarillentos. Su torso era abultado y su panza plana. Pero lo mejor, pensaba el otro (estremeciéndose de pavor, pero también de lujuria), era su entrepierna, donde podía adivinarse un tolete algo abultado, llevado a punto de disparo, como estaba siempre en los tipos jóvenes, donde la idea de tirar y coger (¿tal vez culo?) lo que fuera, era lo único importante.  

   La presencia del chico hacía difícil la existencia del uniformado, quien intentaba llevar una vida privada ejemplar y discreta, no tanto por el recato y las normas, sino para cuidarse de ese saco de gatas locas que eran las Fuerzas Conjuntas, donde todo el mundo vigilaba a todo el mundo, buscando el momento de echarle un vainón a los demás. Y lo peor que podía pasarle a él era ser atrapado en mariqueras con muchachos como ese. Pero Justino era un tipo joven aún, y la sangre, al igual que la carne, se calentaba, ¡y se ponía dura en el caso de la carne! Su mujer llevaba ya un mes en Boca Ratón, Miami, gozando lo que él se ganaba con tanto esfuerzo en la aduana; descansado en una ciudad civilizada, aseada y ordenada. Ya, antes, había estado calentorro un tiempo por algo como eso,  algo que lo turbó y fastidió durante meses, aunque intentó por todos los medios de relegarlo al olvido. 

CONTINUARÁ… 

Julio César.

BOLLOS DE ARROZ BLANCO

Sábado, Octubre 27th, 2007

dulce-platillo.jpg

Julio César.

BUEN CINE

Sábado, Octubre 27th, 2007

junto-a-ti-nada-falta.jpg

                 ¿Cómo dudar que fuera realmente el Paraíso? 

   El muchacho está indeciso entre entrar o no a la sala de cine. Había oído críticas muy buenas, demasiado para un tema y trama como aquella, e imaginaba que la película debía ser mala, como esas que generalmente premian con el Oscar y cosas así. No, la verdad era que él esperaba que fuera mala. Que sea muy mala, Dios, se dice Doménico San Martín, nacido Gómez. Está nervioso mientras se pasea por la entrada del teatro. 

   La mujer en la taquilla, lo mira divertida. Creía entender el dilema del joven, un muchacho que estaría cerca de los dieciocho, guapito en su delgadez y altura, cabello castaño y cara increíblemente amable, casi… vulnerable. Le parece que es de esos de sonrisa fácil. La mujer sabía que muchos jóvenes, sobretodo con confusiones sexuales o sentimentales, deseaban ver la película pero se cortaban todos en la cola. La juventud era bonita, se dice convencida, pero sólo los años daban la paz de la experiencia para moverse con donaire por este valle de lágrimas. Al menos los que crecían y evolucionaban, no para los eternos niños malcriados que vivían culpando a otros de sus fracasos y errores, sin aprender jamás de ellos y condenados a vivir para siempre a repetirlos. Tal vez fuera mejor que el joven no entrara, se dice la mujer. El film podía ser duro, sobretodo para gente sensible como parecía ser ese muchacho. 

   La mujer acertaba sólo en parte; Doménico, Nico para todo el mundo, aunque fue un apodo que no eligió, como no lo hizo con su nombre, era realmente muy joven, sufría de confusiones y era sensible. Demasiado, opinaban algunos, como su padre. Pero el joven no estaba allí por la película en sí. Él deseaba ver un fracaso, algo tan horrible, a pesar de las críticas favorables, que le diera la paz. Decidiéndose entra, sonriéndole en forma abierta a la mujer de la taquilla que lo atiende con simpatía. No va al baño. No compra cotufas, refresco o caramelos. Entra a la sala, no muy llena, ya que muchos venezolanos morirían antes de dejarse ver haciendo la cola para ver El Secreto de
la Montaña (Brokeback Mountain). Va a la última fila, casi junto a un rincón, lejos de todos y espera. El corazón le late con fuerza. Espera odiarla mucho. Todo comienza… y de entrada el solitario y agreste paisaje, así como la música, lo inquietan. Y ese joven se dispone a ver el film, y su mente cubrirá los huecos que la trama deja abiertos para que cada quien los llene con sus deseos e ilusiones, con sus necesidades particulares.
 

   Wyoming se parecía tanto a Texas, que ese joven de diecinueve años por un momento pensó que aún seguía en su terruño mientras atravesaba la carretera en su vieja camioneta. Una vieja, muy vieja, que según decían estuvo al principio de los tiempos. Sabe que lo que le espera será duro, y nada agradable, pero el atractivo tipo de ojos azules y sonrisa perenne, no puede dejar de sentirse optimista. No le gustó mucho ese trabajo el año anterior, como no puede gustarle a nadie, piensa, pero no le tiene miedo. En su alma parecía no caber esos sentimientos. Si había una tarea la hacia y ya. Él era vaquero de rodeos, algo que su padre desaprobaba, recuerda con cierta divertida amargura, pero la verdad era que su padre nunca estaba muy contento con él. Le parecía demasiado soñador. Demasiado ‘todo saldrá bien, papá’. Su padre no podía ser así. El mundo estaba cambiando, todos los valores con los que él había crecido iban desapareciendo, algunos se aferraban al pasado, otros miraban inquieto lo que venía, y un joven como él, sentía expectativas, la vida no tenía que ser siempre como había sido, sólo porque así fue siempre. Menos de dos décadas atrás los hombres de ese país habían cruzado el océano para librar la gran batalla contra la oscuridad y maldad del nazismo. Pero ese mundo terminaba; lo que debía ser de lo que era iba dejando de ser una barrera infranqueable que muchos aún no sabían cómo enfrentar. 

   Oh si, Jack Twist tiene planes, se dice con determinación. Ganaría algo de dinero e iría a todas las ferias y rodeos que se anunciaran, y ganaría más. Un día tendría su propio rancho, una mujer e hijos, se dice repitiendo palabras de su padre. Ahí estaba la estación, y al detenerse repara en otra figura. Un tipo de mirada baja, que fumaba, con el sombrero casi sobre la nariz. Tenía aire de peón de estancia, se dice Jack, divertido. Fue cuando ese hombre levantó la mirada, fugaz, bajándola pronto, como avergonzado de haber sido sorprendido atisbando, que el corazón de Jack latió más de prisa luego de pasar tres segundos detenido, haciéndolo estremecerse levemente. La sensación de vértigo y calor que corrió por sus venas era extraña. El joven no puede evitar una sonrisa leve, de nervios, de excitación ante lo nuevo; no entiende ese sobresalto embriagador que lo llena de ganas de estar allí, pero entendía que tenía algo que ver con el rudo y hosco joven de pie frente a él. 

   Más tarde sabría que ese tipo se llamaba Ennis del Mar (y en su mente repetirá ese nombre una y otra vez, saboreándolo, sin imaginar que pasaría los próximos veinte años de su vida repitiéndoselo para encontrar ratos de felicidad y escapar de la soledad), que trabajó en una hacienda hasta que los hermanos se casaron y ya no hubo lugar para él. Supo que era tosco, cerrado e increíblemente tímido. Y cada nuevo dato era atesorado por Jack, quien no podía dejar de pensar en él en esa montaña, mientras come a su lado, mientras lava su ropa en las frías aguas del río o se tiende sobre la grama, de noche y contempla las estrellas que ahora le parecen más hermosas. Tal vez porque ahora tenía un motivo para perderse y soñar en sus luces frías y fantasmales.  

   Ahora comparten las montañas y ese cielo inmenso, uno tan grande que puede cobijar a un tal Jack Twist, un vaquero de rodeo, joven y fuerte, parlanchín, alegremente fanfarrón, simpático y abierto, que se siente extrañamente vivo y feliz en las frías cumbres. Es un hombre que imagina, a veces, poder alzar las manos y alcanzar ese cielo; y quien, al fumar y beber por las noches, mira a Ennis del Mar. Y la mirada de Jack era distante, perdida, hermosa, con una luz que a veces turbaba al otro, quien no podía dejar de reconocer para sus adentros que eran ojos atrayentes. Ahora Jack pensaba en su vida, en lo que fue antes de llegar ahí (antes de conocer a ese tipo callado y tosco), y en lo que podía ser hasta el fin de sus días fuera de ese lugar; y ya no era feliz. Los dos hombres hablaban. Tomaban whisky y hablaban más, y Jack lo miraba a veces si poder contenerse, asustado de lo que siente, porque ahora imagina vainas nuevas, como el qué sentiría recorriendo con el dorso de su mano la mejilla del peón, o mirarse en sus ojos evasivos, al estar frente a él, tan cerca uno del otro que sintieran sus alientos. Lo piensa y se siente ahogado, embargado de un deseo inmenso que no entiende, por lo que tenía que beber, o saltar locamente, gritando como un vaquero de comiquitas, para escapar de su embelezo y de las ganas que quieren salírsele por los ojos y boca. 

   Y Ennis notaba esas miradas, confuso, negándose a sentir, pero perdiéndose por momentos en esas pupilas que iluminan de azulada luz un paraje por el que no sólo no puede transitar, sino que hasta estaba prohibido pensar en él. No hay palabras. Sólo hay miradas que van y vienen cuando están seguro de que el otro no presta atención. Y Ennis habla de su novia de toda la vida, y mira a Jack, como queriéndose convencer de que todo estaba bien por ese lado. Llega la noche, llega el frío. Llega el licor que baja las defensas y desinhibe la conciencia. Y Jack llama a Ennis para que entre a la tienda o se morirá de frío. Y el otro lo hace casi arrastrándose, cayendo a su lado, dormido en seguida. 

   Jack dormita, pero no está tranquilo. Sueña su vida, la pobreza, la estrechez, las privaciones, el oír de niños amados por sus padres. Sueña con cosas que no tiene, que no tuvo, que sabe que no tendrá; una vida que se repite hasta el infinito, y no es feliz. Algo falta. Algo no estaba bien. Era un tipo joven, lleno de ganas de vivir y no estaba bien, algo estaba muy mal. Faltaba calor, faltaba cariño. Y ahora una imagen aparece en sus sueños, es Ennis, a su lado; y Ennis lo toca, y no parece Ennis, porque sonríe, y dice que debe afeitarse, y le recorre la barbilla con el dorso de una mano mientras su mirada atrapa la suya; y dice que no le gusta con barba, y sonríe más. Y Jack lo ama, y Jack se excita. Despierta, angustiado por el deseo, sintiendo que se quema, que se muere de las ganas que tiene. Percibe el olor de Ennis, oye su respiración y casi grita de frustración. Y se decide, porque es un carajo valiente, del tipo que le dice a esa persona de la que no está seguro, te amo, y a veces triunfaba, a veces sólo sufría. Pero que se arriesgaba y vivía. 

   Jack cruza un brazo y atrapa una mano de Ennis, halándolo sobre sí. Siente su aliento en la nuca. Siente el calor de su cuerpo a sus espaldas. Pero no es suficiente. Cerrando los ojos lleva esa mano a su entrepierna, aprieta, suelta y aprieta otra vez, y casi se muerde los labios para no gemir. Y Ennis despierta, se sienta, alejándose, pero Jack también se incorpora y lo encara, intenta tocarlo, intenta acercársele, frota su frente de la suya y le dice con todo su ser que lo quiere, que lo quiere en ese momento y ahí mismo y que si no le hace el amor, morirá. Y a Ennis le sube la temperatura, la piel le arde, la sangre le corre con violencia. Siente un despertar doloroso de su virilidad y se dice que no es nada, que es carne, que es deseo, y con brusquedad cae sobre Jack, como un poseso, con la urgencia de las ganas. Con rudeza se mueve al bajarle el pantalón y untar con su propia saliva, y no siente asco ni reparos mientras lubrica y toca, está más allá de todo en esos momentos. Lo posee con fuerza, casi brutal, porque tiene que hacerlo, porque la carne le duele de ganas, pero también de rabia por tener que ceder. No era nada, intenta pensar mientras se sumerge en el otro, casi jadeando por el alivio que siente dentro de sí, en su mente, casi en el espíritu. Pero seguía ardiendo, seguía quemándose… 

   Al día siguiente llega el ratón moral, y Ennis casi tiene que huir, sintiéndose mal consigo mismo, pero sobretodo con Jack… Lo que hizo fue sucio. Había sido algo malo, un pecado al que había cedido por debilidad de la carne. Dos hombres no podían hacer esas cosas. ¡Estaba mal! Todo lo que era su vida, lo que fue y lo que planeaba ser, incluida su novia, estaba en colisión con eso que había pasado con ese hombre, con Jack, ¡con Jack!, como no se cansaba de repetir el nombre su mente. Se aleja aunque ve al amante salir de la tienda, se aleja porque tiene que poner distancia, y no mira todo el dolor que su rechazo causa al otro, cuyos ojos lo siguen, con una mirada que lo dice todo, con dolor, con abandono. Para Ennis la cosa había sido terrible, había tenido sexo con otro hombre; para Jack había sido una revelación, algo que antes no encajaba ahora tenía explicación. Para él lo terrible era la marcha de Ennis, su silencio, su hosquedad, porque esa noche no le había entregado sólo su virginidad a ese tipo, algo que pudo intentar antes, y que nunca había considerado siquiera, hasta que ese vaquero de mirada ruda se había cruzado en su camino, ordenado quién sabe por qué designio. No, no era sólo su santidad lo que le había regalado, sino su vida, aunque no se había dado cuenta exactamente en ese momento. No le dio sólo el culo, le entregó todo lo que era, y el otro pareció no notarlo; peor, no importarle. 

   Ennis regresó hosco al campamento, y a Jack. Le dijo claramente que no era ningún marica. Con su voz, con su tono, con su lenguaje corporal intenso, le dio a entender claramente que lo culpaba de todo, de haberlo enredado en toda esa cochinada. Y Jack lo escuchó mirando hacia el valle, con rostro aparentemente imperturbable, y como millones antes que él en su situación, le dolió oírlo. Quería rebatirle, discutir, tal vez decirle que también él había participado de forma entusiasta cuando lo acariciaba y buscaba más de su persona, pero calló. Porque entendía que Ennis estaba mal. Ennis sufría al enfrentar algo que le horrorizaba, el toque del marica, y por eso lo lastimaba, porque en verdad se lastimaba a sí mismo, como castigo. Uno parecía ya aceptar un destino, el otro aún batallaba. Ennis se estaba flagelando de forma terrible e inmisericorde, sin darse cuenta de que también lastimaba al otro, lo que a lo largo de su vida será su maldición. Por eso Jack soporta, porque entiende. 

   La noche llega, y Ennis sentado al calor de la fogata, mira las llamas, sombrío, sintiéndose lleno de una amarga determinación. No mira hacia la tienda de campaña, donde Jack se despoja de la camisa y tiende una cama, acostándose. Ennis siente que se muere aunque su rostro parece de madera. Piensa en Jack… Una y otra vez piensa en él, en su mirada anhelante y franca, en su boca roja que se abría al gemir o al pegarla de su piel, en sus ojos azules. Recuerda su piel, lo que sentía al recorrerla con sus manos, su calor, su aroma fuerte y vital, y le cuesta respirar de lo mucho que lo extraña. Pero no, era un hombre. Jack era un hombre y él también. Eso estaba mal. Mira del suelo a la tienda y sabe que el otro estaba allí. Esperándolo. Lo sabe aunque ignora cómo. Jack lo esperaba, con esa invitación sin palabras en sus ojos, con esa alegría que lo hacia brillar y verse (se estremece) hermoso, una fuerza y una energía de la que él carecía. El corazón le palpita, la sangre corre por sus venas y siente que se muere por ir, por tocarlo, por recorre su espalda, por acariciar su rostro y convencerse de que era tan excitante y maravilloso como ahora creía recordar. Lo acusó de sucio, de marica, y ahora siente dolor. ¡Había lastimado a Jack! ¡Lo había herido para sentirse mejor consigo mismo! 

   Se pone de pie, tembloroso, la cara le arde de vergüenza, pero es que ya no aguanta más. ¡Lo necesitaba demasiado! Se dijo que no pasaría otra vez, pero debía ver a Jack… Verificar que aún estaba ahí. Quiere comprobar lo que verá en su mirada, sí habría resentimiento, o la invitación a tenerlo nuevamente. Sufre, ya que una parte de su mente le grita que era un pervertido, la peor clase de degenerado, el marica despreciable que sólo debía recibir burlas, asco y puñetazos; pero otra parte de sí, necesita decirle a Jack que lo siente. Al menos en parte, porque lo que en verdad quiere es estar junto a él, rodearlo con sus brazos, tocarlo y sumergirse en su piel. Desea que Jack se entregue una vez más, sin palabras, sin mimos, como la noche anterior, entre jadeos, gruñidos y brazos que apretaban y manos que acariciaban. El trecho de la hoguera a la carpa es corto, pero se le hace eterno al caminar gacho, sombrero en mano, lleno de culpa, de deseo, pero también de pesar por ofender al otro. Su rostro es el del penitente, el del hombre que va por absolución, una que sólo Jack podría darle. O no. 

   Recostado, Jack aguarda. Espera a que todo pase, o a que no ocurra nada. Espera para vivir otra vez, sintiéndose amado por Ennis, o se prepara para la agonía. Se sorprende al comprender cuánto depende de ese tipo ya. El miedo a que no vaya, grande y pesado, tanto que le provoca espasmos en el estómago y calambres por todo el cuerpo, no logra que olvide el momento anterior, cuando por primera vez estuvieron unidos y alcanzó la gloria. En ese corto y eterno instante, se sintió completo, protegido, como bañado por un calido sol de bienestar, tanto que no sabe si lloró como un niño o sólo lo imaginó. Se sintió vivo y feliz como no recordaba otro momento en toda su vida. Espera a vivir o a vegetar, recostado, viéndose hermoso en su angustia, hasta que su mirada repara en Ennis de pie en la entrada, sombrero en mano. Rápidamente queda sentado y Ennis cae de rodillas, como derrotado, evitando mirarlo, susurrando un ronco: perdóname. 

   Y allí Ennis del Mar comete el más grande error de toda su vida, medio mira a Jack y nota la mirada intensa, grande y totalmente enamorada de ese otro carajo, que lo ve con adoración. Ennis lee en aquella mirada que Jack lo perdona porque lo ama, ya lo ama, no sabe cómo le pasó, le dice Jack sin palabras, pero ya lo ama más que a su propia vida. Pero Jack no necesita decir nada, ni oírle decir nada a él. Casi siseándole para que calle, para que no sufra explicándose, le acuna el rostro con sus manos y lo besa, queriendo borrar el sufrimiento que ve en Ennis, el Ennis que nació y  creció en un mundo duro donde fue amado tan poco por quienes debieron adorarlo. No hay palabras, y esas lagunas podrían ser llenadas por los deseos de cada quien, quien imaginaría lo que quisiera; como el muchacho de mirada embelesada sentado en una oscura sala de cine.  

   -Jack… Jack… 

   -Ennis, estás aquí. Volviste… 

   -Perdóname, perdóname, Jack, por herirte, por llamarte marica y culparte de todo. Perdóname por tratarte así. 

   -No, no tienes que decir nada. Ya todo está olvidado. Sé que estabas molesto por lo que pasó, por esto que nos pasó. 

   -Te lastimé, y eso me dolió a mí también. 

   -Me dolió más el verte partir, molesto conmigo, sin volver la mirada, alejándote como si no notaras que me llevabas contigo; desde el momento en que fui tuyo todo lo que soy te pertenece, incluso mi vida. 

   -No quería venir, pero necesitaba sentirte todo, tu olor, tu sabor; estando aquí, junto a ti estoy bien, como si nada faltara, como si todo estuviera finalmente en su lugar.  

   -Ennis, desde que te vi entendí que algo estaba mal en mi vida, que había un vacío oscuro que estaba allí y jamás lo había notado, pero que me asustaba. Pero ahora tú brillas en esa oscuridad y la acabas. 

   -Nunca debí venir, nunca debí conocerte, maldita sea, Jack…  

   -Gracias a Dios que lo hiciste, porque ahora eres mi todo. 

   Se besan, y ninguna de esas palabras se pronuncian, y Jack cae de espaldas, y Ennis se abraza a su torso, como incapaz de mirarlo, sólo frotándose de él, elevando una mano y acariciando el rostro de Jack, un rostro que se le vuelve el suyo, el más importante de todo el mundo. Y siente ganas de escapar, de llorar, pero no es nada comparado con las ganas de besarlo y se fundirse en su carne, por lo que cuando Jack gira sobre él, besándolo, tomando la iniciativa una vez más, cede y se deja llevar por esa corriente de deseo que lo vitaliza, haciéndolo sentir completo y en paz. Se besan sin palabras, se entienden sin mimos o arrumacos, porque son hombres toscos no acostumbrados a la ternura, y menos al cariño entre carajos. Pero las manos cumplen, las bocas también. Los cuerpos responden y lo demás lo llena esa sensación interna que hace que uno desee tanto al otro, a tal punto de que no parece haber forma de calmar todas esas ganas.  

   La noche es cómplice de los amantes que exploran sus cuerpos, sus deseos, que lamen, besan y muerden entre jadeos. Y el cielo los cobija, brillante de hermosas estrellas que fulguran con mayor fuerza, entendiendo, tal vez, como toda
la Creación que lo mejor que se podía hacer, ahora o siempre, era eso, entregarse a la fuerza de lo que se anhelaba. A lo que se amaba. Jack y Ennis se aman con desesperación, tal vez temiendo al mañana, al tiempo que ya corre en contra de ellos, a la vida. Mientras Ennis lo muerde en un hombro, incapaz de controlarse, saboreando su piel, goza y sufre, porque entrevé un día sin Jack, toda una existencia sin él, sin eso que ahora viven. Pero por esa noche se tienen uno al otro y no falta nada más. Todo sobra. Sin embargo, mientras jadea entre los brazos de Ennis, de placer, ahogando un ‘te quiero’, Jack siente deseos de llorar, temiendo que una estación termine y deban abandonar la montaña; pero aquello no podía ser el final, lo que Ennis y él tenían era grande, y Ennis buscaría una solución. Lucharían por lo que tenían ahora.
 

   Pero se separarían porque, aunque Jack estaba decidido a enfrentar y defender lo que sentía, su amor por ese otro tipo, confiado en el éxito que le hacía creer su juventud; Ennis no estaba dispuesto. Para él todo eso había sido algo físico, sexo, algo que había pasado en la montaña. Pero le bastó ver como Jack se alejaba para sentir todo el dolor e impacto de la separación, tanto que creyó morir. Los cuatro años siguientes, hasta el reencuentro, Jack viviría en medio de sobresaltos, con mujer e hijo, pero extrañando y amando al hombre al que una noche se entregó. Él estaba claro, lo deseaba, lo quería, lo amaba y su vida era incompleta otra vez. Nuevamente faltaba eso, su centro, su vida. Para Ennis la cosa fue más difícil, ya que su naturaleza hosca y cerrada, le impedía sonreír, o soñar alguna vez con su Jack… Casado y con hijas, no encuentra consuelo, cosa que lo aleja de su familia, de tener amigos y conocidos. 

   Él no puede ser como Jack, quien admite para si su homosexualidad y juega al coqueteo en un rodeo. Él no era así, él era un hombre que se había enamorado de otro hombre. Para bien y para mal, y ahora entendía cuánto necesitaba a ese carajo. Por eso al verlo nuevamente, al pies de esas escaleras, estuvo a punto de reír, casi le grito ‘estás aquí’. Corrió, conteniéndose, notando la mirada aún esperanzada y tal vez temerosa de un rechazo de Jack, y tuvo que caer en sus brazos, apretándolo, sintiendo su olor, su calor, ese cuerpo que había extrañado tanto; asustándose de comprobar cuánto había deseado eso, tenerlo así, a su alcance, a su Jack, la única cosa o persona que había llenado su vida en verdad. 

  Hora y media después, todo termina y Doménico siente que quiere morirse. De pesar. Por Jack, por Ennis. A Jack lo ama, de forma clara, total, sin meditarlo un segundo; por Ennis siente un terrible pesar, ¡pobre idiota!, tantas veces arañó el cielo y lo dejó escapar en lugar de aferrarlo con fuerza. No quiere mirar a nadie porque sabe que lloró un poco y la gente lo notará. Le molestó que algunos rieran y rechiflaran cuando los dos hombres comenzaron a acercarse. Pero eso había terminado hacia la mitad de la película. Era tan real, tan cargada de sentimientos que era imposible no amarla, y aún aquellos que hacían bromas y burlas, tuvieron que silenciar sus voces. Ese amor había sido demasiado claro, y fuera de los miedos y egoísmos de los protagonistas, cosa de gente común, todos en la sala entendían que risitas, burlas y rechiflas podían conducir a dos seres humanos como esos, tan maravillosos y hermosos, que tanto se querían, a ese infierno de dolor por miedo al prejuicio, al qué dirán, a la burla o a la persecución. 

   El joven se dice que la historia debió terminar en esa carpa, donde Jack y Ennis, contraviniendo toda la historia, decidían quedarse para siempre, acariciándose cada mañana, diciéndose que se amaban a cada hora, dejando el amor para las noches, cuando finalmente, ahíto de tanto quererlo y repetir su nombre, Ennis dormiría con una sonrisa en los labios, abrazado a su Jack. O debió terminar con el reencuentro cuatro años después. Ennis debió entender que el vacío que había en su vida y que no lo dejaba ser feliz, y que nunca lo dejaría, como tampoco haría feliz a su mujer, esa bonita y dulce Alma, sólo podía ser llenado por Jack, por ese hombre que vez tras vez, encuentro tras encuentro, le gritó de todas las formas posible que lo amaba y que ya no podía seguir viviendo sin tenerlo para siempre a su lado.  

   Que distinto hubiera sido si Ennis cediera y entendiera, y escaparan a un rancho, a otro lugar y aceptara que dijeran lo que dijeran, sólo así lograría la paz y la dicha. Y ver la historia hasta el final le imposibilitaba imaginar que sí, que en un trailer, por cualquier rincón de Texas o Wyoming, dos hombres compartían un trailer, una cama, una mesa y una vida, ya viejos, pero no ridículos ni patéticos, porque se habían amado mucho y aún se querían, y uno miraba al otro joven y delgado, de cabellos amarillentos; y este vería en el otro al atractivo moreno de ojos azueles que fue en su juventud. Pero era sólo una película, maldita sea, le cuesta reconocer con dolor, sintiendo el ardor en los ojos otra vez. Era una obra de arte, pero ya elaborada. Ennis no iba a mandarlo todo al coño para fugarse con Jack, amándolo hasta el final de sus días. Ni Jack iba a aparecer a lomo de caballo, con su sombrero negro calado hasta los ojos, frente a la cantina donde comía Ennis, gritándole que lo amaba y llevándoselo, como en la película Reto al Destino. 

   Sabe que es una locura, una tontería, pero imagina lo que pudo haber pasado si Ennis, al pie de aquella escalera mientras aún retenía a Jack contra sí, con el calor de su pasión, con la necesidad de tenerlo cerca, le hubiera dicho que esperara, que recogería algo de ropa y desaparecerían en la nada, lo abandonarían todo, y que Dios, las familias, la vida y los hijos los perdonaran después, pero que ya no soportaba seguir levantándose, comiendo y durmiendo como un autómata. Que necesitaba sentirse vivo otra vez, como en Brokeback Mountain, cuando sus bocas se unían, cuando podía beber su aliento y saliva, cuando podía tener su cuerpo y mirar en sus ojos el amor, la ternura y todo lo que necesitaba para estar completo otra vez. Pero Ennis tuvo miedo, de sí y de los demás. Y mientras se aleja del cine, perdido, como en medio de nubes, en una montaña alta de donde sabía que le costaría bajar, Nico lamenta todo ese dolor que a él le pareció innecesario. Esos dos pudieron ser felices. 

   Pero Ennis dudó, como duda tanta gente a lo largo de su vida. ¡Dudas! Había gente que vivía atormentada por dudas e incertidumbres. Había quienes sentían que el día a día era una batalla, que la plaza que no se luchaba dejándola abandonada hoy, por cobardía personal, por pereza o indiferencia, mañana podría ser llorada amargamente, porque la felicidad, o simplemente la paz, no se terminaba de conseguir. Pero la mayoría no era así. La vida es grave, la vida es seria, eso había leído el joven en una historia de Agastha Christie. Hay quienes sostienen que nacemos llorando porque ya comenzamos a morir, porque la vida nunca alcanza. Aunque no llegaba a los veinte años, el joven, que había perdido muchas cosas ya, sabía que los años pasaban rápidamente. Que la vida se llevaba primero las ilusiones y fantasías de la juventud, cuando uno creía sabérselas todas y pensaba que todo saldría bien, para reemplazarlos por los hechos reales. Con los años los mayores que se amaban (su nana, su otra mamá) comenzaban a partir, y cada despedida, aunque era previsible y esperada, dolía; hasta que, llegado el tiempo, también a uno lo visitaba el hado que habría de llevarte, según, a la paz.  

   Nico no se engañaba, sabía que los años robaban la juventud, las fuerzas, las ganas, la lozanía de la piel, y entonces sólo quedaría lo que se vivió; y se estremece, y parpadea rápidamente, al imaginar a un viejo Ennis del Mar, arrugado, esperando que la muerte llegara al fin, como una liberación que le llevaría paz, de noche en una silla recostada en dos patas contra su fea vivienda, con la mirada perdida en el cielo estrellado y en el ayer, viendo a Jack a la rojiza luz de una hoguera, esperándolo eternamente con un amor y una entrega infinita; ¡pobre imbécil que había dejado pasar el tren de su felicidad! ¿Nadie le dijo que este no pasaba dos veces por el mismo punto? Ahora, bajo el influjo de la película, al joven le parecía que sus adversarios eran infantiles y fútiles, pero no por ello menos crueles o peligrosos. 

   Había gente que se empeñaba en campañas demenciales, intentando salvar el mundo, y perdiendo el alma en el camino, extraviando y provocando infinitos dolores a la gente a su alrededor. Nada había mejor que una reunión con los padres, los hermanos y los amigos, todos comiendo, bebiendo y riendo, sin que faltara uno (se dice con una mezcla de dolor, compungido, pensando en un viejo solitario en un trailer); hasta que llegaba esa persona especial, la que se esperaba, cuya voz hacía vibrar todas las paredes del corazón, de mirada clara, honesta, sin sombras, sin demonios, donde se adivinaba el cariño, que te toca y te dice que te quiere. En esos momentos no se cabía en sí de felicidad; entonces ¿para que buscar a Dios por los rincones? El joven esperaba, que si realmente había un Paraíso, fuera un lugar así, donde estuvieran todos. Uno donde un tal Jack Twist estaba esperando a Ennis, en una eterna primavera de juventud y belleza. 

   Pero así como el odio y el resentimiento, la intolerancia y la ignorancia, e igual la envidia, provocan tantos males y dolores, había otras emociones que condenaban a un infierno parecido: la cobardía, la inacción. La tibieza de las emociones, un corazón tibio como alertaba
la Biblia misma, podían provocar un hades peor: la tristeza y la soledad. Y ese infierno no se evadía con irse de un lugar a otro, era una cárcel mental, que todo el que lo padecía conocía bien, y lo sufría así el mundo lo ignorara. Se podía estar rodeado de mucha gente, riendo y tirando, y sin embargo, estar espantosamente solo; eso lo sabía Nico San Martín. Y el joven se estremece, de congoja, con una tristeza que sabe ridícula, absurda (sólo era una película, por Dios), al recordar la despedida en la estación cuando los dos jóvenes bajan de la montaña, por la forma en que Jack mira a Ennis como esperando una indicación, una señal, un ‘nos vamos junto’, mirándolo largamente, como preguntándole: y entonces ¿qué hacemos? ¿Por qué no me dejas quererte? Quiero seguir perteneciéndote, estaba vacío por dentro y ahora no. Quiero ser feliz. Quiero que me ames. Al joven le duele pensar en Ennis ignorando ese llamado, esa oferta maravillosa, esa entrega total.
 

   Ahora preferiría no haber visto el film, se dice Nico, deprimido, botando aire a la noche, viendo a la gente reír, hablando amigablemente, caminando de un lugar a otro, sintiéndose extrañamente desconectado. ¿Por qué? ¿Por qué se sentía así, como fuera del mundo? ¿Por la película? Era posible. Seguramente la mujer que veía más adelante, de mediana edad, con esos tres muchachos que gritaban tanto, si se sentara a ver la película, pensaría en otra vida, en algo que no dijo o no hizo y que pudo hacer una diferencia. La gente buscaba la felicidad, o creía hacerlo, encerrándose en un modelo de vida, lo que quiere tener y lo que puede conseguir, estrellándose contra una realidad terrible. Como la maestra que asistía todo los días a su salón, a cumplir, pero que no ve a ninguno de sus alumnos interesados. O el médico oncólogo que lucha contra el cáncer a brazo partido, para salir y encontrarse al paciente fumando. Era una sensación de vacío. De futilidad. De dejación. Y él también lo padecía. ¿Buscar la verdad era buscar la felicidad?, se pregunta. Tal vez. Él debía buscar su verdad. O la verdad a secas. Le asustaba todo lo que le había gustado la película, porque eso podría ocurrirle a mucha gente. Y él estaba seguro que la gente del proyecto Destino Final estaba tras todo eso. Muchos se reían de él cuando lo decía. Pero estaba convencido. Existían los monstruos, no los vampiros o los aliens. Ni pensaba en el viejo y sanguinario dictador de alguna nacioncilla infeliz y torturada, pedestre y ruin en su decrepitud. 

   No, eran monstruos distintos. Pero ahora, bajo el influjo de la hermosa película, el joven no quiere pensar en eso. No puede. Su mente insiste en volver a la tienda de campaña donde Jack aguarda en una espera eterna por Ennis, a esa entrega, a ese amor que brillaba en sus pupilas (¿acaso esos dos actores…?), a esa necesidad del uno por el otro. Su mente vaga hacia el reencuentro, al beso de Ennis, temeroso aún de ser visto, pero tan urgido que vence toda su reticencia, sus prejuicios, su homofobia, para saborear nuevamente a su Jack, al Jack que tanta falta le hacía y que bajo su boca, casi parecía temblar y medio lloriquear como un niño al que le abren la puerta de la casa luego de estar afuera en la oscuridad, con miedo. Su mente vuelve a esos dos momentos, y desea amar. Desea ser amado así. Quiere que lo amen de esa forma. No quiere ser Ennis, aunque tenía mucho de él. Quisiera ser Jack, el claro, el directo, el que amaba y buscaba amor. Él quiere ser Jack, el bonito, el de los ojos enormes y azules que enamoraban, el bueno… O quiere encontrarse con un Jack… Alguien para él, alguien a quien nunca dejaría escapar. Pero Nico sabía, que para él ya no había futuro, su tiempo se acababa. Pero esa… es otra historia. 

                                                                                                                              Julio César. 

NOTA ACTUAL: Cuando escribí este relato, iniciaba en otra parte una historia distinta donde este Doménico es personaje central. Lo incluí como un adelanto de esa trama. Ese es otro cuento.

PREGUNTAR NO CUESTA NADA, ¿NO?

Miércoles, Octubre 17th, 2007

gozando-al-golozo.JPG

Julio César.

EL PREGUNTÓN

Miércoles, Octubre 17th, 2007

me-gusta-tu-bikini.jpg

   -Si, puedo dártela si quieres… 

   Nadando, aburrido y solitario, Germán ve aparecer a un muchacho que viene riendo por algo. Parece un tipito feliz, de esos que disfrutan de alguna broma secreta que nadie más conoce. Pero a Germán le parece un sujeto… llamativo, y cuando este llega junto a la piscina, no puede apartar los ojos de su traje de baño tipo bikini.  

   -Épale. –saluda el joven sonriente, turbándolo.  

   -Hola. Vaya, qué tanga tan vistosa, ¿es nueva?  

   -Si.  

   -¿Aprieta mucho?  

   -Bastante.  

   -¿No se baja dentro del agua?  

   -Un poco.  

   -¿Se ven los pelos púbicos?  

   -Me los rasuro, pero sí.  

   -¿Y entre las nalgas?  

   -Se mete casi toda. Siempre hay alguien que me la hala… -sonríe más, y callan.- ¿No hay más preguntas?   

   -No, yo… -jadea Germán, tocándole un muslo.- ¿Te depilas tú?  

   -No, mi mujer. –callan otra vez. El chico sonríe más.- ¿No vas a preguntarme si puedes probarla?  

   -Puedo… -traga saliva Germán, mirándolo impactado; imaginando quitarle la tanga y poniéndosela él.  

   -Claro. –dice el joven, sentándose al borde de la piscina, bajando un poco la parte delantera y atrapándole la nuca, halándolo.   

   -Uggg… hummm… aggg… -lo mira, tomado por sorpresa Germán, tragando más… saliva y de todo. La vida era así, llena de pequeños malentendidos.  

   -¿Sabe bien? –pregunta él ahora.- ¿Te gusta probar manjares nuevos…? 

Julio César.