Archive for the ‘VAQUEROS ENAMORADOS’ Category

DIME, VAQUERO…

Martes, Julio 15th, 2008

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   Balance de toda una vida… 

   Dime, ojos grandes, ¿qué puedes hacer si la persona que tanto te hace sufrir, quien llena tus noches de soledad y amargura, y tu vida de dolor, es también la única capaz de confortarte, levantarte, y brindarte paz y felicidad? Resistir, aguantar y continuar amando, ¿verdad, muchacho de rodeos?, hasta que la marea cambie y las aguas estén a tu favor… Como hemos tenido que hacer todos en algún momento de nuestra vidas, cuando tuvimos suerte. 

Julio César.

ESPERANDO UNA NOCHE CUALQUIERA… (2)

Miércoles, Julio 2nd, 2008

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   ¿Quién no sentiría celos? 

   La última vez echaba un cuento cualquiera donde Jack espera una noche en una cantina a Ennis, para verse, para ir a donde generalmente acudían para matar las ganas que siempre sentían el uno por el otro. Mientras esperaba, Jack reparó en un joven que lo miraba mucho. Recordemos todos que el vaquero de rodeos es un tipo increíblemente apuesto, y a su llegada, Ennis lo encontró como muy amistoso con el muchacho. Eso lo llenó de rabia y discutieron. Ennis dijo cosas terribles, y Jack le replicó con ese genio siempre tan vivo como tiene. 

   Amigos que leyeron el cuento, me dijeron que era tonto ponerlos a pelear así, pero debemos recordar que esos dos estuvieron viéndose, a escondidas pero viéndose al fin y al cabo, durante veinte años, entre ellos debió pasar de todo. Además, me agradan las historias donde Ennis cela y sufre por Jack. Su cuenta con él no estará cubierta jamás, al menos en mi opinión. Debemos recordar también que después de una buena pelea…

………. 

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   Te necesito… 

   -No puedes salirme con eso, decirme que tienes otro compromiso. Habíamos planeado este encuentro hace días. ¡Tú lo sabías! No puedes irte así. Te he estado esperando desde hace semanas. –le reclama Jack, en la oscura y estrecha calleja. 

   -Y eso ¿qué? Vuelve a tu mesa y sigue con lo que hacías. –acusa con voz acerada, oprimiendo los labios, lleno de rabia.- Eres un maldito puto, Jack Twist. ¿Tanto necesitas eso que te expones por un mesero en una cantina cualquiera? –reprocha con rabia y dureza.- Eres un tipo desvergonzado y un día de estos nos meterás en problemas a los dos. Y no voy a dejar que me hagas caer contigo en tus cochinadas. 

   -¿Qué? –exclama Jack, con boca y ojos muy abiertos.- ¡Cállate, maldito bastardo! –le grita, señalándolo con un dedo.- Toda mi maldita vida contigo me la he pasado protegiéndote, y cuidando a todos, porque no me quedó otro remedio. ¿Cuándo te he hecho una escena o he provocado un escándalo? Siempre he estado ahí para ti, porque quise, sin pedirte nada. Siempre he sido tu amigo bajo tus términos, el amigo a quien quieres ver unas pocas veces al año, manosear un rato y luego alejar como a un sarnoso, pero yo lo acepté así. Por ti cruzo todo este territorio, por ti dejo los riñones en la carretera, por ti dejo a mi familia y mi casa mientras tú sólo esperas que yo llegue y te des… el gusto y luego me miras cansado, aburrido, deseando que me vaya y te deje en paz. Tú te ocultas. Tú me ocultas. Me acusas de marica, y en tu cabeza eso soy, ¿verdad, Ennis?: ¡Jack, el marica! Por eso jamás me has presentado a nadie en la calle aunque saludas a uno que otro cuando vamos a una cantina, como si temieras que fuera tan marica que todos se darán cuenta. Ese soy yo, ¿no?: Jack, el cochino. El cochino marica. –deja escapar con rabia y amargura. 

   -¡No me culpes de nada, hijo de puta! –gruñe incómodo, molesto consigo mismo, pero sobretodo con Jack.- Vienes porque quieres. Tú lo quieres… 

   -Sí, porque quiero venir. Cuando paso tiempo sin verte… deseo estar aquí, Ennis, porque verte se me hace una necesidad. Pero me cansa ver la distancia que pones siempre entre los dos. La cautela con que me hablas, con la que me miras. Me molesta ver tu cansancio cuando estamos juntos en una cama y te hablo y piensas que sólo digo tonterías. Jamás te haría daño, no soy un sucio monstruo ni el marica necio que te marcará delante de todos, pero siempre temes que te lastime. ¡No lo haré! Sólo soy el tipo que de vez en cuando se deja caer por aquí y quiere estar cerca de su amigo, nada más, porque eso lo dejaste muy claro años atrás, que para mí no había nada más, que para mí no existía futuro. Sólo soy eso… tu amigo que viene de vez en cuando. Dijiste que sólo podíamos aguantar, y he aguantado todos este tiempo. 

   -¿De verdad? –le grita al rostro, transfigurado por una rabia que Jack no entiende. La verdad es que un fuego malo consume el pecho de Ennis.- ¿Mi amigo que viene de vez en cuando? ¿Eso es todo lo que haces de tu vida, Jack? ¿Nunca has hecho más? ¿Que pasó durante los años que no nos vimos? ¿Qué haces en los meses que no nos vemos? ¿Sólo Lureen comparte tu vida? ¿Sólo ella entra en tu cama? –demanda saber con rabia.- En tu guantera, esos fósforos mexicanos, ¿de dónde salieron? ¿Desde cuándo están ahí? ¿De qué hablabas con ese tipito dentro del bar, tan sonriente? ¿Qué le decías mientras lo mirabas con fijeza? ¿Qué te decía él con su sonrisa boba? ¿Que tus ojos son bonitos, que tu sonrisa es maravillosa, comentaba sobre lo bien que hueles? ¿O hablaban de mujeres? ¿O de toros y caballos? –quiere saber, casi escupiendo al rostro de Jack, con furia.  

   Para Ennis era una tortura permanente pensar en Jack cuando no estaban juntos. Había momentos en los que se enternecía recordándolo dormir a su lado, cuando deseaba besarlo y acunarlo con una ternura que le asustaba, pero la mayor parte del tiempo sentía un miedo que no expresaba nunca: ¿y si estaba con otro? Le quemaba en el alma el entender para sí que la única persona a la que amaba más que a su vida misma era precisamente otro hombre, pero no había podido hacer nada para evitarlo, no fue algo que quiso, no lo decidió. Un día vio los ojos de ese tipo frente a él, mirándolo con franca curiosidad frente a una oficina a la que fue en busca de empleo, y supo en ese instante que estaba perdido. En ese momento pensó en huir, pero temblando, había decidido esperar, porque le gustaba mirarlo y en su inocencia de muchacho tonto pensó que con eso bastaría para sentirse bien, con sólo estar a su lado y mirarlo cuando él estuviera descuidado. Ahora le atormenta pensar que a ese otro hombre no le bastara uno que otro encuentro al año para ser feliz, y que busque por ahí, por fuera, lo que no encuentra con él. 

   -No estaba haciendo nada malo. –grita molesto Jack, con el rostro muy rojo, arrecho realmente, dejando salir su temperamento explosivo también. 

   -¿De qué hablaban entonces? ¡Yo los vi! Parecían encantados de la vida. 

   -¿Por qué me tratas y gritas así? –ruge a su vez.- Yo no tengo por qué explicarme ni explicarte nada, maldito desgraciado. Estoy harto de entender y de disculpar. Me arrecha tener que mantenerme distante para no molestarte con mi necesidad de ti. Me mata mantenerme apartado, lejos, sin llamarte, sin buscarte, para que tú vivas tranquilo y seas feliz; para que encima tenga que soportar tus gritos. 

   -Nunca he estado tranquilo desde el maldito día en que te conocí. –le replica con rencor.- ¿Crees que mi vida ha sido fácil? ¿Crees que soy feliz? ¿Crees que lo he sido desde esa condenada noche en la montaña Brokeback? ¿Piensas que esta es la vida que quería para mí? –demanda saber, y Jack retrocede un poco, como golpeado en la mandíbula, desconcertado, casi oyendo como se rasga y rompe en mil pedazos su vida, esa poca cosa que era su existencia. 

   -Vete a la mierda, Ennis del Mar. –casi susurra, con esfuerzo, y se aleja por ese calleja abierta al final, caminando lentamente, como pisando sombras. 

   Ennis se siente mal, un escalofrió desagradable lo recorre todo. Por un momento piensa en seguirlo y gruñir algo que sonara como a un ‘espera’, pero traga saliva y se lleva las manos a la cabeza, hundiendo más el viejo sombrero sobre su frente, con desesperación. Ahora le duele todo lo que dijo, toda la rabia que sintió; pero recordar a Jack hablando con el tipito del bar le da fuerzas para alejarse en dirección contraria. Va frenándose, no puede seguir, jadea pesadamente. Jack se alejaba…, Dios, cómo dolía. Camina con torpeza cuando pasa frente al bar, desgarrándose por sus ganas de volver, de correr tras el otro. Sólo ese horrible orgullo suyo le permite continuar; y es allí donde encuentra al cantinero, ¿buscando a Jack? Se detiene en seco, apretando los puños y mirándolo con total hostilidad. Siente unos deseos enormes de golpearlo, de pagar con él todo lo ocurrido con Jack; desea borrarle a puñetazos ese rostro joven de muchacho impresionado, porque entiende que una cara así debía atraer forzosamente a Jack, al puto de Jack Twist. El joven lo mira de forma altanera a su vez, como si le desagradara. 

   -Oiga, ¿dónde está el vaquero del cumpleaños? Dejó su sombrero. –lo alza, y Ennis sabe que se trata del sombrero de Jack. 

   -¿Su cumpleaños? –jadea, sintiéndose torpe, algo mareado. 

   -Eso me dijo. Que era su cumpleaños y que estaba esperando a un buen amigo para celebrarlo, a su mejor amigo de todo el mundo, dijo. Me pidió una botella de whisky. Fui a buscarla pero cuando volví ya no estaba. 

   -Mantenla fría en la mesa. –ruge Ennis después de unos instantes, quitándole el sombrero de un zarpazo y echando a correr por la calleja. 

   El hombre se siente mal, culpable. ¡El cumpleaños de Jack!, lo había olvidado completamente; pero bueno, hablaron de eso hace mucho y él olvidaba hasta el cumpleaños de sus hijas. Lo que le molesta en esos momentos era haberle gritado como lo hizo, carcomido por los celos, porque a todo se reducía eso, sus celos. Sintió tanta rabia de verlo, bonito y sonriente, hablando con el carajito carilinda, que sólo pensó en lastimarlo, en herirlo y hacerlo sentir bien mal; por eso lo había insultado en esa forma tan terrible. ¿Y si ya se había ido? Estremeciéndose se dice jadeando para sus adentro: no, que no se halla ido, Dios mío. Esperó semanas enteras para ese encuentro, para verlo frente a él, sonriendo siempre, con sus ojos hablando de alegría, de ternura, de amor. Esperó mucho para tener a Jack al alcance de sus manos. 

   Los tres últimos días los había pasado entre la ansiedad y la impaciencia, deseando tenerlo ya frente a él para atraparlo entre sus brazos, para besarlo, para amarlo como siempre hacía, sintiéndose lanzado hacia las alturas en ese momento. Había contado las horas que faltaban para verlo, y le parecieron días enteros; y bastó verlo un segundo hablando con otro para mandarlo todo al carajo. Lo esperó por semanas y ahora el otro se había ido. Había desperdiciado la oportunidad en meses de ser amado por Jack. Cuando casi llega al final de la calleja, a punto de gritar de frustración, se detiene. Jack está sentado en una acera algo alta, cabizbajo. Ennis sintió alivio y vergüenza, estaba profundamente arrepentido de haberlo ofendido, pero en ese momento lo que más sentía era dicha: ¡Jack no se había ido! Va a su lado, y se detiene, tieso. 

   -Esperé este encuentro durante días enteros. Imaginé cómo sería esta vez y sonreía de felicidad; Lureen me preguntaba qué me pasaba que me veía tan contento. Hasta pensé en lo que te diría mañana, al despertar en la cama entre tus brazos: te diría no desayunemos, aliméntame de ti. –sonríe con gesto torvo, sintiéndose idiota, sin mirarlo.- Por eso estoy aquí, sentado todavía, Ennis del Mar. No podía irme así, maldito desgraciado, como si la semana que viene pudiéramos vernos, como si fuera tan fácil, tan simple como llamar y encontrarnos. –confiesa con voz opaca, muerta, Jack, con la vista en la nada. 

   -Jack… -comienza ronco, Ennis.- Mi vida comenzó… 

   -No digas una maldita cosa ahora, Ennis del Mar, o me levanto y me voy al carajo en este instante. –lo mira con ojos brillantes de rabia, de frustración.- No digas que no me crees un sucio marica. No digas que mentías al decir que tu vida ha sido peor desde que me conociste. No digas nada. 

   Callan. Pero Ennis sí quiere decirle que mentía, que hablaba con rabia. Quiere explicarle que antes de él estaba vacío, que no había nada, que él mismo sentía que algo faltaba, que estaba muerto, que cuando miró sus ojos por primera vez y se estremeció de pies a cabeza, supo lo que era estar vivo, sentir. En ese momento sintió realmente el calor del sol y la caricia de la brisa. Pero calla, mira el sombrero en sus manos y va a colocarlo sobre la nuca del otro, pero Jack se lo quita casi de un manotón. Estaba molesto, molesto y dolido. Ennis no sabe qué decir, y cae sentado a su lado. Jack mira al frente, al piso, perdido en mil recuerdos, unos felices, otros no tanto; su vida ha dado muchas vueltas alrededor de momentos así, alrededor del hombre que amaba pero que nunca le diría siquiera que lo extrañaba a veces. 

   Ennis lo mira intenso y alza sus manos, pero es Ennis del Mar, no puede evitar mirar en todas direcciones antes de rodear a Jack con sus brazos y acunarlo. Le cuesta porque Jack, envarado, se resiste; pero él lo hala, lo pega de sí, y comparten el calor y el palpitar de los corazones. Ennis cierra los ojos un momento y siente que toda la rabia, los celos, la frustración y felicidad de saber que ama a ese carajo, van fundiéndose, calmándolo, encontrando esa extraña paz que siempre lo cobijaba al lado de Jack. Ahora estaba bien, en ese momento alcanzaba la estabilidad. No habían hablado, no se había explicado. Ni siquiera disculpado y sabía que eso estaba pendiente, pero por ahora no importaba, Jack estaba ahí, lo sentía contra su cuerpo, podía olerlo. Nota que Jack se deja llevar, y que finalmente deja caer su cuerpo, relajado, contra el suyo. 

   -Perdóname… -gruñe muy bajito el catire, en un susurro que suena a toda una historia, como ha pedido muchas veces. Y Jack, como siempre, se deja llevar por aquel carajo que es el dueño de su vida. 

Julio César.

ESPERANDO UNA NOCHE CUALQUIERA

Viernes, Junio 27th, 2008

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    -Te odio porque te amo demasiado… 

   Mientras se toma la tercera cerveza, notando de pasada que se juntaban rápidamente, Jack sonríe con todo el rostro sintiéndose realmente complacido en mucho tiempo. Hace calor aunque es de noche, pero la bebida estaba fría, eso era bueno, y una buena razón para sentirse bien; pero no era ese el motivo de su buen humor en esos momentos. Recorre la cantina con la mirada, un local pequeño algo cerrado y oscuro, y le parece que está bien. No había muchas personas y nadie se fijaría en él. Traga un buche de cerveza pero lo acompaña ahora con uno de una saliva que le sabe mal, le ocurre cuando piensa en todas esas precauciones que debe tomar cada vez que sale de su casa. A él no le importaría sentarse donde fuera, pero sabía que a Ennis la idea le horrorizaría y que preferiría no acudir al encuentro a exponerse a la mirada de otros, aunque los dos lo desearan mucho. 

   Espera a Ennis, y como siempre su corazón late con fuerza, con ansiedad. Se siente vivo, con ganas de gritar, de hablar y de reír de mil idioteces, aún en ese momento tiene que contenerse para no sonreír tanto, como tonto, al parecer no era bien visto que un hombre hiciera tal cosa. Mira la botella y sonríe leve a pesar de todo; no, eso no era totalmente cierto. Claro que deseaba encontrarse con Ennis, pero lo que más desea era fundirse en sus brazos del otro, sentirse atrapado, apretado, abrazado de esa forma ruda, tosca y totalmente posesiva que Ennis dejaba salir cuando lo tenía contra él, indicándole sin palabras cuánto lo necesitaba. En esos momentos el catire le gritaba sin voz cuánto lo amaba y todo merecía la pena, el mundo cobraba sentido. 

   En esos momentos Jack entendía qué tanto lo deseaba y necesitaba al otro. Cuando lo atrapaba con su cuerpo, comprendía que para Ennis eso era comenzar a vivir cada vez, que ese hombre tosco y cerrando dentro de sí, vivía únicamente en esos instantes. Su rostro aún está animoso, pero su sonrisa decae un poco y sus ojos brillan con cierta melancolía: ¿por qué estaban condenados siempre a amarse, a buscarse, a esperarse… y al mismo tiempo a ocultarse y separarse? Todo el mundo tenía el derecho a amar, pero no ellos. Espera a Ennis y sabe que será algo increíble, como siempre, pero ya le duele el saber que se alejaran otra vez, cada uno con su vida. Siente una punzada de dolor al recordar los primeros días en Brokeback Mountain, cuando sólo estaban el uno para el otro cada segundo de cada uno de esos días, cuando se abrazaban y amaban donde las ganas los alcanzaban, sin temores, sin preocupaciones, sin pensar en el mañana, en la gente, en la vida. 

   -Tráeme otra cerveza, y la cuenta, amigo. –alza la expresiva mirada en un momento dado hacia la barra, con su rostro franco de cabello muy negro y con la eterna sombra de barba en sus mejillas. El oscuro sombrero yace sobre la mesa. 

   Y frunce levemente el ceño, sin disgusto, porque repara ahora en el tipo joven que atiende la cantina a quien no notó antes, preocupado como estaba por la discreción del sitio; joven que lo mira largamente, desprovisto también de hostilidad o agresividad, quien asiente y saca otra cerveza de la cava, llevándosela. Se la tiende, y la mirada verdosa del joven parece quedar prendada un momento en las pupilas azules del otro, y por un instante ese joven se siente como suspendido en el aire, pensando que eran los ojos más hermosos que ha visto nunca. Jack toma la cerveza sintiéndose algo cortado ante la fascinación que detecta en el joven. Bebe de ella, sacando algo de dinero de la cartera, tendiéndoselo, y encontrándose con que el otro sigue mirándolo de forma directa y abierta. Y en esa mirada había inocencia, sí, pero también una clara indicación de algo, una petición a que dijera, actuara o pidiera otra cosa. Ese muchacho, porque sólo de un muchacho se trata, esperaba que ese hombre dijera… Pero Jack vuelve a su cerveza, desviando la mirada. 

   Ese chico debía tener cuidado, se dice el vaquero de rodeos, pero sonriendo levemente halagado; le agradó esa atención. No se podía ser muy severo con Jack, es joven, es un tipo vital y caliente, y es también algo coqueto (un puto, como lo acusó una vez Ennis).  Intenta alejar al muchacho de su mente, porque espera a Ennis y no le gusta mezclar su nombre, su recuerdo, con nada más, ni siquiera con la imagen del apuesto joven de quien sabía ahora que con algo de charla, y tal vez dos o tres tragos, se podría salir con él de allí a una calle oscura, a un cuarto sin numero, sin dirección y pasar un rato grato, aunque extrañamente vacío. 

   Jack lleva la botella a sus labios y sonríe un poco mortificado porque siente la cálida mirada del joven sobre él, desde la barra. Y en verdad no se puede culpar al tipo, Jack Twist se ve realmente apuesto en esos momentos, con el negro cabello brillante y bien peinado, la sombra de una sonrisa atractiva en sus labios, con sus brillantes ojos que hacen juego con su camisa azul oscura, nueva. El vaquero de rodeos huele a colonia, a sudor, a cigarrillo y a cerveza, y esa mezcla que al joven le parece el olor de un hombre que debía ser sensacional en la intimad, lo hace muy llamativo. Sus ojos caen sobre el vaquero una y otra vez, sintiéndose inquieto, nervioso, deseando llamar la atención del hombre de alguna manera. Sintió una conexión con el otro y entendió que no le era indiferente, y saberlo, y mirarlo tan guapo pero a punto de escapársele, lo enloquecía. ¡Dios, que tipo tan guapo!, no podía dejar de pensar. 

   Es joven, por lo que ignora que mucho de ese atractivo que Jack muestra en sus ademanes, en su actitud y rostro, proviene de su interior. Está feliz, excitado y ansioso porque espera a Ennis del Mar, a su Ennis, el hombre al que más quiere en todo este mundo, y eso le confiere ese brillo. El vaquero aguarda por el único hombre al que en verdad ha amado en toda su vida. Sabía que nunca podría explicarle eso a nadie, porque no tendría manera de expresarlo aunque se desenvolviera bien con las palabras. No, dudaba mucho que alguien entendiera que cuando no estaba con Ennis, cuando no lo miraba, le dolía algo en el pecho de una forma física y real, lastimándolo, y que a veces sentía ganas de dejarse simplemente caer y no moverse más; que los días eran lentos hasta hacerse insoportables, que las noches eran largas y que a veces debía emborracharse para poder cerrar los ojos y dormir, sin pensar, sin soñar. Cómo decirle a alguien que al mirar a Ennis acercarse por una calle sentía ganas de correr, gritar, saltarle al cuello y besarlo con ansiedad para sentirse nuevamente completo, vivo, y que los ojos se le empañaban un poco de tanta emoción. Y sin embargo el vaquero sabía que aún no era sincero. 

   Estaba feliz porque iba a ver a Ennis, su Ennis, pero también porque sabía que las cosas iban muy mal entre el hombre y su mujer, Alma, y que nada parecía ser capaz de salvar ese matrimonio. Y mientras lo piensa, sus pómulos enrojecen un poco, de vergüenza al sentirse tan ruin y mezquino, porque a él le alegra. Él desea que ese matrimonio acabe, que Ennis deje atrás esa relación y quede solo y libre. Porque ese día él correría a su lado y le diría como nunca antes que ya no debían esperar más, que ya no podían seguir perdiendo meses y años de vida, que ya los agostos y noviembres no eran suficiente, que partieran juntos, a cualquier lado, a esconderse donde fuera con tal de que estuvieran juntos día y noche, mañana y tarde, amándose como debió ser desde el principio. Ese día lo buscaría y aún no sabía qué haría o qué diría, pero lo arrastraría a una taberna, luego a un motel y lo obligaría a fuerza de tanto quererlo a que le diera un sí y comenzaran a vivir de una vez, así tuviera que amenazar, gritar, golpear o llorar. No más una relación de ratos, no por unos pocos días al año, sino vivir juntos siempre, para siempre. Bota aire y casi termina la cuarta cerveza de tres buche al imaginarse dormir cada noche entre sus brazos, con el aliento de Ennis cayendo sobre su nuca. E imaginarlo lo hace sonreír con cierta lujuria, su sólo recuerdo era suficiente para excitarlo. 

   -¿Desea otra? –el joven está a su lado, mirándolo de forma brillante, como diciéndole aquí estoy, mírame por favor. Y Jack entiende: para el chico la vida tampoco era fácil, no todos los amores eran fáciles, ni felices. Él lo sabía, y por un momento piensa en aconsejar al muchacho, pero ese no era asunto suyo. Los hombres no debían hablar de ciertos temas. 

   -Si, gracias. –le sonríe en forma abierta, amistosa, solidarizándose con él; de una forma que Ennis jamás entendería. Él, Jack, podía considerar al muchacho… un hermano, aunque su razonamiento no llega tan lejos. 

   Desde la entrada, Ennis del Mar lo mira, entrando en esos momentos y recibiendo una fea impresión. Venía con esa mezcla que siempre oprimía su pecho mientras iba al encuentro con el otro, cierto temor a ser pillado en algo, pero sobretodo excitado y delirante ante la perspectiva de encontrarlo, sabiendo en qué terminaría todo, teniéndolo finalmente entre sus brazos, sobre una cama o una lona, poseyéndolo y cabalgando ambos hacia la dicha. Ahora, sin embargo, su espíritu se estremece, le parece que Jack se veía demasiado amistoso, y atractivo, mientras le sonreía a un carajo joven, no mal parecido tampoco, quien lo miraba de forma emocionada. Ennis capta y entiende bien la mirada de ese joven por Jack, es la del tipo que se encuentra de pronto ante la cosa más atractiva que ha presenciado nunca en su vida. ¡Jack lo hechizaba con su encanto! ¡El maldito puto! 

   -Buenas noches. –masculló, de pie, deteniéndose frente al otro, quien no reparó en él hasta ese momento. 

   -Ennis… -le sonríe de forma abierta, algo achispado por las cervezas ya.- Que bueno que llegaste. 

   -¿De veras? ¿No tardé mucho? Creo que ya cuadrabas algo más. Mira, no puedo quedarme. Debo ir por mis hijas a la iglesia; pero imagino que estarás bien, ¿no? –dice entre dientes, como si le costara hablar. Casi desdeñoso se aleja, reparando con rencorosa satisfacción en el desconcierto, sorpresa y molestia de Jack. Lo había lastimado, ¡qué bueno! 

   El catire sale a la cálida noche caminando envarado, con paso rápido, sintiéndose sólo ligeramente mejor. Sólo un poco. En esos momentos odiaba a Jack, y sentir eso no era nada agradable. No se aleja mucho cuando siente un empujón rudo en su hombro derecho y casi es arrojado con violencia a una oscura y estrecha calleja entre el bar y un feo restorancito. Se vuelve, tenso, con cara inescrutable y encara el rostro crispado y enrojecido de Jack. 

   -¿Qué carajo te pasa? ¿Por qué te marchas así? –reclama Jack, muy cerca de él, casi salpicándolo un poco de saliva olorosa a cerveza. Molesto y dolido. 

   -Debo ir por mis hijas. –repite lacónico. 

   -No puedes salirme con eso, que tienes otro compromiso. Habíamos planeado este encuentro hace tiempo. ¡Tú lo sabías! No puedes irte así. Te he estado esperando desde hace semanas. 

   -Y eso ¿qué? Vuelve a tu mesa y sigue con lo que hacías. –acusa con voz acerada, oprimiendo los labios, lleno de rabia.- Eres un maldito puto, Jack Twist. ¿Tanto necesitas eso que te expones por un mesero en una cantina cualquiera? –reprocha con rabia y dureza.- Eres un tipo desvergonzado y un día de estos nos meterás en problemas a todos. Y no voy a dejar que me hagas caer contigo en tus cochinadas. 

   -¿Qué? –exclama Jack, con boca y ojos muy abiertos.- ¡Cállate, maldito bastardo! –le grita, señalándolo con un dedo.- Toda mi maldita vida contigo me la he pasado protegiendo y cuidando a todos, porque no me quedó otro remedio. ¿Cuándo te he hecho una escena o he provocado un escándalo? Siempre he estado ahí para ti, porque quise, sin pedirte nada. Siempre he sido tu amigo bajo tus términos, el amigo a quien quieres ver unas pocas veces al año, manosear un rato y luego alejar como a un sarnoso, pero yo lo acepté así. Por ti cruzo todo este territorio, por ti dejo los riñones en la carretera, por ti dejo a mi familia y mi casa mientras tú sólo esperas que yo llegue y te des… el gusto y luego me miras cansado, aburrido, deseando que me vaya y te deje en paz. Tú te ocultas. Tú me ocultas. Me acusas de marica, y en tu cabeza eso soy, ¿verdad, Ennis?: Jack, el marica. Por eso jamás me has presentado a nadie en la calle aunque saludas a uno que otro cuando vamos a una cantina, como si temieras que fuera tan marica que todos se darán cuenta. Ese soy yo, ¿no?, Jack, el cochino. El cochino marica. –deja escapar con rabia y amargura. 

   -Déjame en paz… -grita ronco, como si le costara.- Déjame con mi vida como era antes…

………. 

   Me quedó algo largo, así que lo termino después. Me gustan estos cuentos donde Ennis deja salir todo lo que siente por Jack, dejando salir su frustración, sus celos; aunque es difícil hacerlo distinto al que vimos en esa película que disfrutamos y sufrimos tanto. Y el del film es mucho mejor que el del cuento. Esa historia, ese relato corto, un día vamos a revisarlo mejor, ¿no les pareces? 

Julio César.

…desde el MAR DEL NORTE… POESÍA

Jueves, Junio 12th, 2008

Miradas

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   A veces temo mirarte y que descubras mi corazón…

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   Ya no puedo dejar de mirarte… 

                                    Hay hombres que nunca partirán,

                                              y se les ve en los ojos,

                                         pues uno recuerda sus ojos

                          muchos años después de que han partido. 

posted by Mar del Norte at 8:53 PM 9 comments…… 

   Que me disculpe Mar del Norte, pero necesitaba tener esta entrada aquí. Por dos motivos; porque es hermoso lo que dice… y últimamente no tengo mucho tiempo para escribir. No sé, y me admira, como hacen algunas personas para decir tanto con tan pocas palabras. Yo no puedo. Para mí este fue un momento clave en la película, cuando comienzan a hablar de lo que son, pero al mismo tiempo ya sentían eso que era tan grande y tumultoso que los ahogaba. Recordarán que después de esto, Jack tuvo que gritar y satar como un vaquero de comiquitas. Gritaba y se agitaba para intentar aligerar la carga emocional que lo atenazaba en ese momento: su gran amor por ese otro carajo. No debe ser sencillo para nadie, hombre o mujer, hetero o no, encarar un momento así: Dios, ¿me amará? ¿Sentirá lo mismo que yo? ¿Y si me dice que no? No, no es fácil, por eso es de admirar el valor de aquellos que saltan sobre sus dudas y miedos, y encaran su verdad, sea para probar la miel de la dicha en otros labios, o para lamer sus heridas cauterizadas en amargo llanto. Pero sabiendo a qué atenerse. 

Julio César.

ME DEJAS POR PRIMERA VEZ…

Sábado, Junio 7th, 2008

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   Vuelve, por favor. No me dejes solo. 

   Jack, inconforme con algo que no entiende o no expresa, se queja amargamente de las subidas con las ovejas al aprisco a pasar malas noches en lugar de quedarse en el campamento junto al fuego. Ennis se ofrece a vigilar…

…… 

   Subes por primera vez a cuidar las ovejas y parte de mi paz se va contigo. Pensé que sería grato quedarme en el campamento, pero ahora entiendo que sólo lo sería si te quedaras a mi lado. No podré dormir, cómo si estaré pendiente de ti, soñando que regresa en medio de la noche, altivo, sonriendo, preguntándome si esperaba por ti, adivinándolo, antes de acaricia mi rostro, cayendo a mi lado y besándome. 

   Te vas y me siento culpable, con mis quejas te obligo a partir, y tú lo haces porque quieres que esté tranquilo, que el trato sea más justo para los dos… pero lo único que en verdad deseo en este mundo eres tú, estar junto a ti. Mis noches, cada noche, se llenan contigo; en mis fantasías vuelves una y otra vez y mi cuerpo es la guitarra que tocas a placer, que acaricias, que haces vibrar, tensar y estallar de vida, de alegría. 

   Me alejo por primera vez del campamento rumbo al aprisco y aunque lo nuevo me atrae y la noche es clara y hermosa, nada me satisface. Otra vez estamos separados. Subo con las ovejas y tú te quedas atrás. Dime, por favor, ¿es tu mirada ardiente lo que siento a mis espaldas, o son mis deseos de que me extrañes tanto como yo a ti? Te avergonzaste de quejarte, crees que me sacrifico, que será una tortura este viaje… pero tortura es estar junto a ti viéndote sonreír, oyéndote reír, y tener que apartar la vista, excitado y apenado de mis deseos, cuando lo único que quiero es mirarte, mirarte siempre y para siempre, a mi lado, junto a mí. 

   No podía seguir en el campamento porque de noche no duermo. Cuando cierro los ojos es a ti a quien veo, sentado en el aprisco, vigilante, atento, solitario, fumando, mirando a la noche en medio de la nada. Y en mis pensamientos deseaba subir, llegar sin hacer ruido y caer de sorpresa a tus espaldas. ¿Puedes creer tanta locura, mi querido amigo? Quería atraparte entre mis brazos, desde atrás, imaginando que si te resistías aún así te sometería, y hundiría mi nariz en tu cabello negro y sedoso, mis labios en tu cuello y te mordería y besaría, mientras todo mi cuerpo, caliente y duro se aferraría al tuyo; y en mis sueños respondes, te vuelves y mi mirada queda atrapada en tus labios suaves y rojos, en esos lunares y… 

   ¿Estas pensando en mí? ¿Por qué me lo parece? Mi corazón late con fuerza, con angustia y esperanza. ¿Acaso estás pensando en mí, chico peón de hacienda? ¿Acaso me extrañas tanto como yo a ti? 

   ¿Me estás llamando en verdad, muchacho de rodeo? ¿Es tu dulce voz pronunciando mi nombre la que trae el viento o son mis esperanzas? ¿Por qué me pareces que estás aquí, junto a mí, abrazándome con tu calor, con tu olor? Subo por primera vez y no sé si podré permanecer lejos de ti, esta noche te siento más cerca; me alejo pero creo que estás más unido a mí. Cómo deseo enterrar mis dedos en tu cabello, mi amigo, y atrapar tu aliento con mi boca, bajar mis manos por tu espalda y oírte gemir contra mí… Dios, ¿qué me pasa? ¿Qué es esto que tengo? 

   Regresa, por favor, regresa conmigo, y lo que quieras de mí te lo daré; lo que desees que sea, seré…

…… 

   Sólo hay miradas que se siguen, silencios de tipos rudos que no conocen de ternuras ni de afectos, de muchachos que ya son hombres… y el acompasar de dos mentes en un mismo pensamiento, de dos cuerpos que se buscan sin darse cuenta, de dos corazones que laten a un único ritmo que llama al amor. Hay gente con suerte en este mundo. 

Julio César.

ENNIS DEL MAR SE DECIDE…

Jueves, Mayo 29th, 2008

   Este es un cuento versionado de ANÓNIMO, quien escribió en el PUTOJACKTWIST, o creo que todos son en el puto Jack porque me gusta mucho ese blog; lamentablemente no recuerdo mayores detalles del autor. 

   HOY SERÁ…

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   Ahora entendía que sólo en esos momentos vivió… 

   Frente a la mesa a la cual se ha sentado durante años y años para almorzar lo mismo, granos, arroz, algo de cerdo o bistec, excepto al ir por la carretera cuando se deleitaba en las fondas para camioneros, Ennis del Mar no puede tragar, y su mirada lejana, cerrada y huidiza, a un tiempo que increíblemente infeliz, parecía más pérdida dentro de sí mismo que en el plato. Por dentro hervía de rabia, de frustración, de auto compasión. Estaba triste, muy triste por él mismo. Se tenía tanta lástima, y eso le parecía tan deprimente, un reconocimiento final del fracaso en que había convertido su vida, que no puede ni despegar los labios para fingir que come. Piensa en un hombre, un hombre con el que discutió amargamente hace poco, un hombre que toda la vida lo había amado y había esperado por él, a que hiciera tan sólo un gesto, momento cuando acudía a la carrera. Ese pensamiento hace que con rebeldía se grite para sus adentros que ya no podía más, que ya no podía continuar lejos de Jack Twist. 

   Salir a buscarlo y encontrarlo, gritándole de una vez que era su vida y que seguir sin él era imposible, eran pensamientos que lo llenaban de emoción, de excitación, pero también de miedo porque a lo largo de toda su vida, él, Ennis del Mar, había sido cobarde, no podía darse otro nombre. Lo sabía. Desde hace veinte años vivía una mentira, una vida que no era la suya por temor al qué dirían, al qué pensarían de él; le aterraba casi hasta la asfixia que le gritaran en la calle: ‘ahí va el viejo marica de Ennis del Mar’. Pero sobretodo, el miedo que siempre sintió de sí mismo, de admitir por fin que sí, que era eso al fin y al cabo, que era un carajo que había cometido el terrible pecado, porque así le dijeron todos que era (un pecado mortal) de amar a otro hombre. Él nunca tuvo el valor para romper con el miedo, de deslastrarse de ese peso muerto que tanto lo había agobiado. No era como su Jack, quien una tarde, en lo alto de una montaña, le contó de aquel toro brioso que lo arrojó tres veces al suelo, con violencia, lastimándolo, antes de lograr sostenerse sobre él. Y sus hermosos ojos, ojos que para Ennis no tenían igual en todo el mundo, brillaban de excitación y felicidad al contarlo. Él le preguntó por qué hizo eso, por qué se arriesgó así. Y con el mismo brillo en su mirada, sonriendo como si de una pregunta tonta se tratara, le había respondido. 

   -Por que me gusta, Ennis, porque soy un hombre de rodeo. Prefiero subir a un toro y sostenerme en él aunque sean diez segundos, a riesgo de caer y romperme todos los huesos contra el suelo, a mirar la lidia desde detrás de la cerca y nunca experimentar esa sensación; porque cuando lo hago, me siento vivo, feliz. –y enseñaba todos sus dientes al decirlo, con todas esas palabras que solía usar, a diferencia de él. 

    Así era Jack. Así encaraba cada aspecto de su vida, como cuando se había enamorado de él en Brokeback Mountain y esa noche decidió jugarse el todo por el todo, arriesgándose a ser rechazado o agredido, pero imposibilitado de contenerse, porque detenerse en ese punto no era vivir. Ahora él debía ser así, se dice Ennis, sin moverse, mirando su comida. ¡Y lo sería! Abandonaría todo y correría tras él. Recogería las pocas cosas que en este mundo le pertenecían y dejaría esa vida de estrecheses del alma, de sueños mezquinos, de estar sin vivir. Sonríe levemente, con algo que sólo llega a ser una leve mueca irónica, amarga; bueno, tampoco es que fuera a cargar con mucho, todo lo que era de él cabía en una bolsa de papel, una como aquella donde cargaba lo poco que tenía frente al trailer oficina de Aguirre esa mañana cálida cuando alzó la vista, tímido, y descubrió a ese tipo joven y atractivo que lo miraba con franca curiosidad, y había entrevisto la tormenta que llegaría un día barriéndolo todo en esas pupilas, y azorado tuvo que bajar el rostro, sintiéndose desnudo y descubierto en esa mirada que parecía la de un niño juguetón, bueno y maravilloso. 

  No, no tendría que cargar con mucho. Todo lo que era importante para él, podía transportarlo en el corazón, llevándolo dentro de sí. El cariño por sus hijas y su amor por Jack, lo único que daba sentido a su vida haciéndole sonreír de vez en cuando. El recuerdo de Jack, de su voz, de su sonrisa, de su mirada, de su aliento y besos, del calor de su cuerpo, de la entrega que siempre encontraba en él era lo único real, era la bendición que alegraba su existencia gris, pero también el castigo de la misma. Esa última discusión, cuando Jack le propuso que dejaran todo, nuevamente, y que escaparan al Sur, a México, donde los dejarían tranquilos, él se sintió lleno de rabia y rencor, porque entendió que Jack lo había hecho ya, cruzar a México donde podía estar sin que lo molestaran, y al imaginar a su Jack cruzando la frontera, de noche, furtivo, entre las sombras, buscando a otros, otros que lo tocarían con sus manos sucias, que recorrerían su pecho, hombros y espalda, que tal vez posarían sus bocas de putos en la suya, ¡qué lo poseían!, le hizo amenazarle, gritarle y acusarlo. La mirada dolida de Jack al decirle que ojala hubiera aprendido cómo olvidarlo hace veinte años atrás lo hirió tanto que le costó respirar o pensar, en ese instante Ennis sintió que se moría, como cuando lo vio alejare, años antes, al bajar de la montaña, cuando era joven y tonto y creyó (qué idiota fue) que terminaría olvidándolo. Por eso tuvo que gritarle que lo olvidara, que se fuera, que lo abandonara y lo dejara como estaba, sin nada. Le gritó y lo acusó, pero Jack fue a su lado a sostenerlo y consolarlo cuando cayó imposibilitado de soportar el peso de su infelicidad, lo sostuvo como siempre hizo, y el sonido de su corazón le gritaba aún en ese momento que todo estaba bien, aunque fuera mentira. Pero esa misma discusión, ahora, le hacía entender que el otro tenía razón. Que vivir sin estar juntos era absurdo. 

   Mirando su plato de comida intacto, Ennis comprende que vivir sin Jack no era vida en verdad, que siempre le había entregado muy poco. “Pero era lo único que podía dar, lo único que me atreví a darte, Jack. ¿Lo entendiste? ¿Entendiste que no podía hacer más, que no podía darte más?”, le atormenta pensar ahora. “Mis miedos, que ahora parecen idioteces, no me dejaron amarte más, aunque eres todo para mí; ni tú mismo puedes imaginar las cosas que quise darte, las que deseé decir, los besos y palabras dulces que necesitaba soltar en tu nuca en esas noches cuando sólo podía aferrarme a ti para tener algo; y eras tú, el mejor regalo que Dios podría darme nunca, aunque dicen que esas cosas las castiga”. Y siente miedo, porque la mirada se le nubla un poco. Quiere una vida con el otro. Desea estar en la habitación de una casa pequeña y tosca, y saber que Jack está en la otra, sirviéndose un café o tomando una cerveza, trayendo otra en la mano para él. Desea una vida donde puede topárselo en el pasillo, en la mesa del comedor, al salir del baño… en la cama, cada noche, donde se cobijaría en sus brazos y ya nada más importaría, el mundo podía terminarse y a él nada le afectaría porque ya estaría en la gloria. No habría ausencia, separación ni añoranzas. No despertaría en medio de la noche extrañándolo, deseando con todas sus ganas que estuviera ahí para tocarlo simplemente, para ser feliz y no encontrar únicamente el vacío y la soledad.  

   Ennis desea todo eso, ¡e iba a obtenerlo! Iría tras Jack, aunque el miedo al ridículo, a que lo miren extraño, con asco, sigue luchando por dominarlo. Le asusta pensar en caminar al lado de Jack y que otros noten que lo adora, que otros lean en los ojos de Jack todo el amor que siente por él. Y tiene que botar aire casi molesto, ¡Jack no sentía esos miedos! Nunca los sentía, algo le nacía del corazón e iba tras ello. Recuerda esa noche en la montaña, cuando el maldito oso lo atacó y llegó tarde, herido, encontrando a Jack ebrio y molesto al no tener la cena hecha. Nada más verle sangrar, Jack cambió, en su mirada hubo preocupación y amor, algo que le asustó tanto que él tuvo que ser brusco y quitarle el pañuelo, pañuelo que el otro llevaba a su cuello, con el que pretendía limpiar su herida. Jack había deseado acunarlo y protegerlo, porque le salía, y quiso atenderlo con ternura, aún a pesar de sus reticencias. 

   Por él debía abandonar todo esto. Dejar atrás los días sin sentidos que pasaban uno tras otro, sin significado, sin metas, mientras él sólo pensaba en Jack, preguntándose cómo estaría, qué estaría haciendo… y celándolo, porque a veces lo imaginaba cansándose de él, de buscarlo y entregársele con desinterés, de esperarlo, e iba a buscar otra vida en otros brazos que tal vez cobijarían con más desición y franqueza, sin miedos. Los días vacíos que nada decían pesaban demasiado en su alma en esos momentos. Con pesar entiende todo el alcance de su culpa, durante veinte años no había sabido hacer feliz a nadie. Ni a Alma, ni a Jack, ni a él mismo. Los años fueron pasando, el tiempo robaba sueños, fuerzas y juventudes y él no se había decidido, no había sabido cómo atender a la única persona que había amado nunca. 

   La verdad de esa revelación le lastima horriblemente. Jack no había sido nunca feliz porque él no había dicho las palabras que hacían falta (está bien, vámonos juntos), aún las más evidentes (te amo, Jack, te amé desde que bajaste de esa vieja camioneta hace veinte años atrás). Había intentado contentarse con la vida que llevaban todos, con lo que todos esperaban que hubiera hecho: casarse, tener hijos, una casa donde iría envejeciendo, tal vez amargado. Así el mundo sería feliz, así otros dirían que había cumplido; pero para él nunca bastó, nunca llenó sus noches cuando al lado de Alma, o a solas, pensaba en Jack, en su mirada que tantas cosas decía, en su sonrisa, a veces alegre y vital, otras triste y de aceptación, pero siempre cargada de ternura, de ternura hacia él, un maldito cobarde; y el dolor que sentía le indicaba que se había equivocado amargamente muchos años atrás. 

   “Pero Jack no se conformaba con lo simple, lo fácil. Nunca lo hizo”. Cuando se cansó de comer algo que no le gustaba, se lo dijo claramente y prefirió salir a matar un alce a continuar igual. “Él nunca se conformó, sólo mi dejación lo frenó un poco, porque con otra persona, o si yo nunca hubiera estado, Jack habría continuado cabalgando para siempre tras el sol, sin detenerse, seguro de que algún día alcanzaría sus sueños, buscando un lugar que no sabía dónde quedaba, pero que intuía; cabalgando sonriente, con su sombrero, con sus gritos de muchacho fanfarrón. Jack habría continuado intentando encontrar la felicidad para siempre, si yo no hubiera existido”, se recrimina. Sentado frente a la mesa de mantel plástico a cuadros, el hombre siente que se ahoga de culpa, de arrepentimiento, pero también de esperanzas, de emoción, tal vez de eso que llamaban redención, no lo sabía. 

   “Pero ahora yo te cumpliré, Jack, aunque tú nunca me exigiste que prometiera nada. Seré el hombre que debí ser. Me iré contigo. Mis hijas son mayorcitas ya y un día entenderán a su padre. Y tal vez lo perdonen. Un día les diré, si me alcanza el valor, que su viejo padre ya no podía seguir así, sin nada real en su vida. Sin felicidad, sintiéndose vacío y muerto por dentro. Un día, si me atrevo, aunque me odien y me escupan al rostro, les diré que no podía continuar sin la persona a la que siempre he amado. Y diré tu nombre, Jack; y lo gritaré hasta que comprendan que es mágico”. Debía ser valiente, se dice, como lo fue Jack cuando al año siguiente volvió a la oficina de Aguirre, preguntando por trabajo, aún sabiendo que aquel sujeto lo sabía todo. No le importaba ser señalado, tal vez ofendido o agredido; él había vuelto para preguntar si alguien sabía el paradero de un tal Ennis del Mar, un rastro que no se cansaría de buscar en el viento, en el cielo, en la distancia durante cuatro años; porque el otro prefería ser insultado a olvidar simplemente la cosa más importante, grande y hermosa que había pasado por su vida. 

   Ese recuerdo le da fuerzas para desechar de una vez sus miedos, sus traumas, la culpa que siempre había sentido por amar a otro hombre, por cometer el pecado nefasto del que los viejos hablaban cuando no era más que un niño impresionable y solitario. Por Jack dejaría atrás el temor al que dirán, al que lo señalen en la calle y rían por lo alto, ofensivos. Estaba cansado de sus silencios, de no poder decirle me gusta tu sonrisa, me gustan tus ojos, o me has hecho tan feliz que no imagino mi vida sin ti. Quiere dejar ese mundo de sombras, quiere sol, quiere ver a Jack sonriendo de dicha cuando le diga todo lo que siente. Ennis quería cambiar todo lo que había sido hasta ahora, borrar toda su vida, excepto el recuerdo de Jack. Quería comenzar de nuevo, partir de cero, sin pesares, sin desengaños, sin frustraciones. Quiere discutir con Jack por mil pequeñeces bajo un mismo techo, como esos matrimonios que envejecen aparentemente antagónicos pero que en verdad se aman con locura, cada día un poquito más. Quiere ser generoso, ser abnegado, ser decidido como Jack, quien prefería mil veces pasar catorce o quince horas seguidas en su camioneta por esas carreteras que los habían separado siempre, a quedarse sentado en un sofá, pensando en él, sólo soñando y deseando sin hacer nada al respecto. 

   Con manos torpes aleja el plato y sacando la cartera deja unos arrugados billetes sobre la mesa, poniéndose de pie, como si estuviera mareado. Así se sentía ante la enormidad del paso que iba a dar. Deseaba comenzar una vida nueva, una con Jack. Tenía casi cuarenta años pero podía hacerlo, se dice sonriendo leve, con ojos brillantes. Jack no lo encontraría tan atractivo ni joven como antes, pero él se daría mañas para que no lo notara. Le enviaría una postal como siempre, citándolo, se dice agitado, luego le haría una llamada telefónica, una como nunca antes había hecho otra, con los ojos cerrados y hablando rápido para dejarlo salir todo. Una donde diría que quería comenzar una vida nueva, una junto a él, que le dijera cuándo y dónde se encontrarían e iría. Sonríe leve mientras va saliendo, imaginando la sorpresa de Jack, que sería grande si se parecía a la cálida y poderosa sensación de felicidad y temor que sentía en esos momentos. Estaría con Jack hasta que se le acabara la vida, sin esperar agostos ni noviembres. Estarían juntos cada mañana, cada tarde y cada noche, y abrazado a su espalda, con la nariz enterrada en su nuca, sabía que descansaría al fin cada noche, que estaría completo y sería feliz, sin los miedos que atormentaron toda su vida, miedos que Jack jamás comprendió ni compartió, como le dijo un noche, en esa carpa, en otro agosto. 

   -Prefiero mil veces morir apaleado a vivir toda una vida sólo de sueños o ilusiones, Ennis; de esperar por eso que no hago nada por alcanzar… 

Julio César. 

NOTA: En mi otro blog he recibido algunos comentarios, que escuetamente dicen: deja ya estos cuentos, aburren. Extrañamente, contrario a cuando me medio llaman  la atención sobre cualquier otro tema, que me molesta, estos me hicieron reír; claro que sé que tres lo hicieron amigos míos, ¡uno hasta usó mi computadora! Lo siento, pero con este título de página, ¿qué más puedo escribir? Pensar dejar de hacerlo me parece inconcebible. Lo que puedo hacer es, tal vez, reducir el número de sus cuentos, pero Brokeback Mountain, Ennis y Jack siempre estarán aquí, para eso inicié este sitio. Lamento fastidiar un poco pero así es. Chao…

FUERON DE VISITA A LA MONTAÑA

Sábado, Mayo 17th, 2008

   Este relato es una nueva versión de una historia corta, muy corta pero buena de verdad (no sé como lo hace), leída al PUTOJACKTWIST. No me canso de releerlas, sobretodo cuando se pasa por momentos pocos halagüeños como nos ocurre actualmente en mi país. Que me disculpe el putojacktwist, pero aquí va la historia. 

PROYECTO BROKEBACK MOUNTAIN

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   Cada noche deseaban volver a ellos… 

   Esa tarde, casi de noche ya, Alicia se sintió obstinada. No cansada, simplemente sin ganas de seguir oyendo a los niños discutiendo ásperamente por cada franela limpia o cada pedazo de torta, indiferentes a sus llamados de paz, de calma. Ni ellos ni su marido parecen entender que necesita escuchar algo de silencio. No puede mirar la cesta llena de ropa lavada, con camisas que esperaban se planchadas. No está contenta; le gusta su vida, pero a veces, en un raro momento de quietud entre dos tareas, recuerda que quiso visitar la India cuando era muchacha, cuando pensó que tenía todo el tiempo del mundo para hacer cosas increíbles. Y ahora le había dado por evocar con extraña insistencia al muchacho de su clases en bachillerato, el ‘loco’ de ojos brillantes de sueños maravillosos y fantásticos que una noche sin son ni ton le dijo que ella era la cosa más hermosa que había visto en su vida, que por ella él esperaría toda una eternidad y sería feliz si lo mirara con amor, que escaparan juntos. No lo hizo, porque ella deseaba estudiar, tener éxito e ir a la India. Pero nada resultó como lo imaginó, como sucedía siempre. Había sido feliz, era feliz, su vida era buena. Sin embargo… 

   Ricardo es un profesor de liceo, enseña lenguaje y siente amor por lo que hace. Le agrada la juventud con esas ganas de hacer cosas; pero mientras va adentrándose en los cuarenta, pierde cabello y engorda un poco, va sintiéndose desasosegado, aburriéndose y perdiendo la paciencia con sus alumnos, jóvenes y atractivos, llenos de vitalidad e irreverencia pero pocos dados a la reflexión, aún a hablar correctamente, desconcertándolo cuando en medio de una oración sobre Harry V, le preguntaban asombrados: “¿Inglaterra es una isla, profesor?”. Los mira pendientes de los mensajes telefónicos, de las citas para bailar y parrandear, y le parecen seres vacíos; y se molesta, con ellos, con él, por su fracaso. Antes se sentía lleno de ganas por transformarlos, por transmitirles el secreto de la existencia, casi como la misión de su vida, llenarlos de ese fuego nuevo y renovador que una vez tuvo, pero ahora… 

   Sentado tras su escritorio, Esteban mira pasar al nuevo ingeniero, sólo un muchacho, lleno de altanería y buena pinta. Nota como todos lo buscan, le hablan y quieren intimar. Lo entiende, el tipo irradiaba vitalidad, fuerza, determinación, algo que él iba dejando atrás. En algún momento perdió la chispa que lo empujaba e hizo que arrastrara a otros hacia las metas. La vida le fastidiaba, no soportaba la oficina, ni la casa. Laura y los niños lo agotaban, y había comenzado a distanciarse, refugiándose dentro de sí, desconectándose del mundo. Lo sabía egoísta, pero no tenía fuerzas para cambiarlo, ni le veía necesidad; ese vacío que ahora era su vida le brindaba una paz extraña, la serenidad de la resignación, de quien no espera nada, por lo tanto jamás será desilusionado, pero sin vivir. La gente le molestaba en todas partes, pero no en su mundo interno. Sabía que era insano, extraño, pero fantaseaba con tenderse en una cama, sin moverse, sin vivir. Le iba bien dentro de un país que se despedazaba, y sin embargo no era feliz ni infeliz. Se sentía vacío… 

   Vicky terminó el bachillerato hace dos años y no encuentra cupo en la universidad, y no quiere irse a unas de esas perreras donde hay carreras como medicina que se cursan en tres años bajo tutela cubana. Ella quiere trabajar y salir de la casa paterna. Ama a sus padres, pero quiere su espacio, su vida. Si no en la universidad, en la realidad cotidiana con un trabajo. Ha sido mimada, sus padres le compran la gasolina del carro, que también le dieron, y la tarjeta del teléfono móvil. Tiene casi veintiún años y aún la tratan como a una cuiquilla de siete años a la que le dan de todo dentro de sus posibilidades. No le falta nada, nunca le faltó, podría ir a una universidad privada si chillaba, pero sabe que aunque sus padres harían el sacrificio, sería duro para ellos que ya le habían dado tanto. No quiere eso. No quiere seguir dependiendo, no quiere seguir bajo tutela. Los ama pero quiere correr, gritar, alejarse. No quiere… 

   Rodolfo es un cabo segundo de la Guardia Nacional, un hombre adulto que hizo carrera como militar, que ve como día a día la gente que antes le tuvo aprecio va mirándolo con desdén y hasta con asco, apartando la mirada cuando pasaba para fingir que no lo vieron. La gente que ayer lo apreciaba, hoy no le dirigía la palabra, excepto aquellos que fingían aceptar el tutelaje cubano en Venezuela para hacer negocios. Eso le desagrada, le hace infeliz, ese tutelaje, el rencor en esos ojos antes amigos. También le inquieta la necesidad que va sintiendo de llamar a Alberto y Wilson, antiguos amigos de muchachadas, a quienes recordaba con una añoranza que le desconcertaba. Mientras iba ascendiendo de joven a adulto, y en su carrera, se apartó de mucha gente, desatendiendo invitaciones, no visitando, no respondiendo llamadas. Por aquellos días pensó que ya no los necesitaba, que debía seguir. Ahora extrañaba esas charlas cuando los tres bebían caña casi hasta la inconciencia, echados en el suelo, mirando un juego de pelota. Cuando hablaban de todo, de cosas alegres para terminar hablando de cosas reales, a veces dolorosas. Mientras recorre la conscripción, Rodolfo recuerda a Alberto llorando por su mamá muerta, con una congoja tan grande que parecía no tener consuelo, casi recostado sobre él, con la cabeza en su hombro, momento en el que sintió que lo quería de una forma total, que de poder habría dado algo, lo que fuera, por no verlo así, sin embargo nada sexual había en ello. Pero los había alejado, como a muchas otras cosas buenas o significativas en su vida. Y ahora no sabía qué hacer…    Silvia adora ir a la universidad, porque allí estaba Mariana, su mejor amiga, con quien podía hablar, reír, intercambiar secretos, ropas o lápiz labial. Ella quería a Mariana de una forma que a veces la asustaba, porque le dolía verla hablando con otras personas, con muchachos o chicas. A Silvia le pesaban los días cuando no la veía. Que Mariana no fuera una tarde a clases era doloroso, porque eran amigas. Amigas que caminaban tomadas de la mano, rientes, sintiéndose alegres y vitales. A su mamá no le agradaba mucho esa amistad tan estrecha con Mariana, y eso le hacía la vida difícil en casa. Pero Mariana era su amiga, su mejor amiga de todo el mundo. Sin embargo algo había cambiado, ayer había sucedido algo que la turbaba; en clases, mientras el profesor hablaba de gráficas de crecimiento demográfico, Mariana, sentada a su lado dentro del salón oval del rectorado, le había tomado la mano bajo los respaldos para los cuadernos, bajo la mesa como dirían. Silvia la miró sorprendida, encontrándola algo pálida y tensa, mirando al frente, y no tuvo fuerzas para soltarse, ni deseó hacerlo tampoco mientras se estremecía y su corazón latía con fuerza, haciéndola desear tomar aire a bocanadas y sonreír. Se separaron al salir y no habían hablado de eso aún… 

   Javier y Nelson son dos muchachones veinteañeros, amigos de siempre, alegres y parranderos que sólo quieren ir de rumbas, bailes, tomar cervezas, fumar y tirar con bellas chicas. Nelson había probado un poco de piedra, algo que Javier sospechaba y le molestaba, aunque no le había dicho nada. Eran los mejores amigos, se sabían guapetones y que gustaban a las féminas. No amaban a ninguna en especial y más de una vez la que salía con uno terminaba en la cama del otro, sin problemas. En medio de una borrachera, dos años atrás, Nelson le había dicho a Javier, casi pegando la frente a la suya, que quería que montaran el la camioneta de Javier y se fueran a recorrer todo el país, de montaña a playa, y de valle a selva, parándose en cada pueblo a comer, beber y encontrar mujeres, antes de que fueran más viejo y ya no pudieran hacerlo al estar atrapados en la vida de los adultos, ese momento cuando la magia muere y ya no se es un muchacho. A Javier le sedujo la idea, quería partir con su mejor amigo y vivir así, alegremente al garete, en aventuras. A su lado. Porque le había impresionado la urgencia detectada en esa voz amiga y querida. Pero su padre se lo prohibió, y el joven no aceptó, temeroso de perder su carro, la tarjeta de crédito y la ayuda paterna. Nelson pareció entenderlo, pero a Javier le inquietó algo en su mirada (¿decepción?), que fue apagada y se desvió casi al instante de la suya; tampoco le gustó lo que él mismo sentía, aunque no sabía exactamente qué era… 

   Cada dos meses, o algo así, Ligia escapa de su casa, de su marido y sus hijos para pasar un rato con ella misma, con sus pensamientos, dándose el gusto de no hacer nada, de no vigilar nada ni estar siempre al pendiente. Sentada a solas en un café, saboreando un cargado marrón oscuro, humeante y oloroso, pensaba en su vida, y le agradaba aunque ya no tenía mucho tiempo para nada más. Ni para las antiguas amistades. Ya no habla con nadie de un tema personal o abstracto, sobre algo que no fuera la familia; pero supone que eso está bien. Aunque… 

   Con paso lento, hace mucho calor, Gonzalo cruza la calle rumbo al edificio donde vive con su madre después de su divorcio hace ocho años atrás. Imagina que tal vez esa noche habrá otra cena preparada por su madre donde le presentará a alguien. La mujer parecía decidida a casarlo, aunque él daba claras muestras de que no quería. Su madre no le preguntaba por qué, o por qué se divorció, ni él le contaba nada. ¿Cómo contarle de ese momento fugaz en aquella fiesta del trabajo muchos años atrás, que cambió su vida, abriéndole los ojos a lo que sentía, pero condenándolo a ocultarle todo a todo el mundo? Hubiera querido decirlo, dejar que alguien supiera, que otra persona lo escuchara, entendiendo que se descargaría, que por un momento se quitaría el pesado fardo de encima, que habría alivio y tal vez hasta lanzara un largo jadeo de contento; pero exponerse así era demasiado para él. Jamás se atrevería. Pero pensaba que estaba bien, que podía seguir así, sin nadie, para siempre… 

   Esa tarde, casi de noche ya, Alicia sale de su casa sin saber qué hacer. Ricardo camina lentamente por el boulevard, pensando en todo y en nada, algo molesto por algo que no entiende. Esteban deja la oficina y en lugar de tomar su carro e ir a casa, sale del estacionamiento y deambula de aquí para allá. Vicky espera a un amigo en el boulevard, uno con quien siempre habla de mil cosas, sintiéndose algo inquieta. Rodolfo espera hora para una reunión, se rumorea que van a enviarlo a Cuba y eso no le gusta. Silvia y Mariana deambulan por el boulevard también, discutiendo sobre un trabajo de investigación, pero sin concentrarse, sabiendo cada una que tienen que hablar de otra cosa. Javier y Nelson van al teatro Humboldt esperando entrar y ver King Kong, pero no hay entradas, y siguiendo a dos chicas (Mariana y Silvia), van tras ellas a otra sala. Ligia, terminado su café, medita si entrar o no a una función cinematográfica. Gonzalo desvió sus pasos también, no quiere cenar con su madre. Y todos coinciden en una cola extrañamente larga para ver una película que promete ser mórbida y polémica, la de los vaqueros maricas y sinvergüenzas. Hay risitas y comentarios bajitos. Nadie espera mucho de ella. 

   La sala está llena, cosa rara para una película de ese tipo, piensan algunos, seguros de haber cometido un error al entrar. Se apagan las luces y se oye un rasgar de guitarras extrañamente inquietante sobre un paisaje árido, casi desértico y solitario. Y para muchos el mundo se detiene de una forma total, casi brutal, y sus vidas dejan de transcurrir en esos instantes, porque están dentro de la existencia de otros. Ya no están en esa sala, se encuentran en lo alto de una montaña donde hace algo de frío, entre ovejas y caballos, y miran, más allá, la pequeña tienda de campaña, y hasta reparan en el vaquero catire y hosco que sale a cocinar para el otro, el moreno de sonrisa hermosa. Miran al tipo que observa a su compañero con algo que va convirtiéndose en pasión, aunque aún no se atreve a decirlo, y para disimular debe saltar y gritar como un vaquero de comiquitas. Lo observan decidido y valiente moverse para conseguirlo una vez que entiende que ese es su destino, su vida. Asisten al momento donde en una segunda entrega, perciben en unos ojos grandes, azules y expresivos todo el amor que una persona puede sentir por otra, y toda la entrega de la que es capaz.  

   Contemplan la dolorosa despedida porque el mundo no perdonaría a dos jóvenes que escaparan para vivir uno con el otro. Miran como nada detiene los sentimientos, como la nueva reunión termina en besos desesperados, en un llanto casi contenido del hermoso moreno que temió no encontrar nada para él pero allí estaba el hombre al que amaba recibiéndolo en sus brazos. Y allí está el vaquero solitario y viejo, que no deja escapar ni una lágrima aunque queman sus ojos, un tipo tan encerrado en sí que besar, decir que ama o llorar le cuesta. Pero lo miran ahora solo, amargado, extrañando el amor que se ha marchado definitivamente al reino de la muerte. Lo saben infeliz porque el mundo es intolerante. Lo saben desdichado porque nunca reparó sus faltas o se disculpó, pensando que siempre habría tiempo para hacerlo. Entienden que ese hombre arrastraba sus propios temores y dudas, sus propios recelos que no lo dejaron simplemente abrir los brazos y el alma y entregarse haciendo feliz al otro; pero también que mucho había amado y mucho había perdido. 

   La película acaba y ellos no pueden moverse, no pueden pensar, no pueden reaccionar. Sus mentes se han cerrado a ese final, desechándolo, maldita sea; las mentes alejan el dolor y deciden volver al momento feliz. Ellos no pueden abandonar el lugar porque siguen dando vueltas alrededor de esa tienda de campaña, siguen atrapados sentados a la hoguera, junto a los vaqueros con sus veinte años a cuesta, con todo su amor y sus esperanzas, con todos sus temores de muchachos. No pueden abandonar ese lugar que hace humedecer sus ojos y agitar sus pechos entre el amor y el dolor, aunque intentan decirse que ya basta, que ya está bien, que debían regresar. Pero no pueden, es como si un mal hipnotizador no hubiera sido capaz de sacarlos del trance. Lentamente todos abandonan la sala, salen a la noche, a las avenidas, pero en cierta forma nada de eso es real. No, lo verdadero es el joven moreno que salta y grita como una parodia de vaquero, angustiado ante lo que siente al mirar al compañero de amarillentos cabellos; en medio de una naturaleza hermosa, con el bello cielo sobre sus cabezas, bendiciéndolos. 

   Todos vuelven a sus casas, a sus vidas, con los suyos; pero no pueden reintegrarse. Están tristes, se sienten abrumados, dolidos y vencidos por pasajeros instantes de vacío que atormentan, para ser sustituidos luego por los sueños, por imágenes creadas por sus mentes, donde el final es distinto. Vagan entre suspiros, entre miradas angustiadas, entre añoranzas. Nadie sabe qué les pasa. Nadie entiende por qué esas súbitas melancolías, por qué el de los ojos rojos en un instante. Algunos se preocupan por ellos, otros parecen perder la paciencia: “Pero ¿qué tienes? Si estás así es por algo, ¿no?” 

   Ellos continúan con la vida, pero se sienten inquietos por la forma en que marchan las suyas mientras flotan entre ovejas y vaqueros, y no pueden olvidar esa mirada, esa mirada de amor en una carpa (Dios, esa mirada que lo abarcaba todo, que lo decía todo y creaba un mundo nuevo, infinito, de valor); o esa otra mirada, llena de expresividad, de entrega, del hombre que entiende que ya no es dueño de su vida mientras ve cabalgar hacia lo lejos al hombre que quiere y que segundos antes lo acunó en sus brazos cantando a su oído. No pueden olvidar ese abrazo inexperto, esas caricias rotas, esos besos brutales, esa media sonrisa del chico que encuentra frente a una vieja oficina a alguien que no esperaba encontrar jamás, esa última lágrima, esa maldita música (Dios, esa maldita música). Y sueñan e imaginan, sonríen como idiotas por las calles cuando algo les trae un vago recuerdo, una camisa, unas botas. 

   Y lloran, porque tienen que llorar a veces, sintiendo las lágrimas lavando tantos momentos tristes observados en esa película, pero también los de una vida que no se estaba viviendo en ese momento. Se van a la cama, sonriendo, soñando y llorando como no lo habían hecho nunca antes por nada, y menos por una película. Y mientras van cayendo en el sueño, piden volver junto a la hoguera, a su calor, a ese cielo infinito tachonado de estrellas, sentándose al lado de los dos jóvenes vaqueros, que sonreirían al verlos llegar, agradecidos de sus visitas y de esa compañía. Contentos de la presencia de gente que los amaba, que no deseaba para ellos ningún mal. Y hablaban con Jack, le contaban cosas para verlo y oírlo reír con su voz, con sus labios y ojos hermosos; y notaban como Ennis sonreía complacido, de medio lado, al saber feliz a su Jack. Y mientras toman algo de whisky y escuchan la armónica, cada uno de los visitantes cuenta algo de ellos, de sus vidas, de lo que un día soñaron para sí. En esas visitas cada uno entiende que esos dos hombres realmente están enamorados. Y ellos mismos vuelven a enamorarse también. 

   Y la mujer, el profesor, los muchachos y las chicas, el divorciado, el cabo, incapaces de aguantar una noche más de desvelos, de ese que se produce a media noche cuando súbitamente llega con toda su fuerza la certidumbre de que Ennis está solo en esos momentos en su trailer, viejo y triste, tal vez abrazado a la camisa de Jack, lamentando su perdida. Su vida sin amor, sin compañía, se hace insoportable, y sólo queda llorar, y pedirle a Jack que vuelva, con su alegría, y le acompañe hasta que salga el sol nuevamente. Cada uno de ellos, incapaz de aguantar más se coloca frente al computador y teclean las palabras mágicas, Brokeback Mountain, el abracadabra que abre ante ellos todo un mundo nuevo. Y leen el primer mensaje: 

   “Estoy totalmente enganchado a esta película y me sentía un poco extraño e incluso mi ‘adicción’ me llegó a parecer absurda e infantil. Publicado por: Bagheera 25/01/06 a las 21:12”. 

   Todos sienten un vacío de alivio, de felicidad, porque entienden que no están solos. Que hay otros como ellos, esperando que abran sus corazones, algo que necesitan desesperadamente. Sus vidas como habían sido hasta ese momento, terminan para siempre. Un hombre llora por el recelo que sienten todos de su trabajo como militar y habla de los amigos que quiere y de los que se separó. En seguida le contestan que sea honesto consigo mismo y la gente lo entenderá, y que qué espera, que tome el teléfono y llame ya a Alberto y a Wilson. Y a una joven le aconsejan que busque el empleo que desea y se arriesgue a vivir su vida fuera de la casa paterna, que si le va bien, perfecto, si no, sus padres estarán allí para oír y entender. Dos amigos deciden por fin salir de viaje por todo el país, juntos, extrañados de lo mucho más que se quieren ahora (como amigos) y prometen escribir a diario a todos contando lo que encuentren, jurando hacer cosas buenas, y portarse como gente decente, como habría querido Jack Twist. Un hombre cuenta de su vida de claustro, de lo que vivió fugazmente muchos años atrás, y hacerlo lo alivia de tal forma que llora un poco, y piensa en esos ojos grandes y azules de los que se enamoró ahora, después de viejo como quien dice. Y hay otro mensaje, y mil contestaciones. 

   Las vidas se cuentan, las historias se oyen, la hermandad se crea entre esos noctámbulos, los que necesitan explicarse tantas cosas. Ha comenzado el proyecto Brokeback Mountain. 

Julio César.

UN MUCHACHO EN LA MONTAÑA

Viernes, Mayo 9th, 2008

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   Para el muchacho, así era aún más hermoso… 

   Renato había ido al cine con varios amigos del colegio, entre chicos y chicas, para ver Brokeback Mountain más como un desafío de las féminas que por otra cosa. Realmente no esperaba disfrutar esa película; sin embargo no pudo concentrarse mucho en la trama por las bromas que se hacían entre todos, de mil cosas que comentaban todos los días pero que aún así eran divertidas, o de estar ahí o de los besos entre esos dos tipos en la pantalla; actitudes típicas de hombrecitos mocetones ante ciertos temas. Pero al joven le impresionó ver las miradas llorosas de Judith e Ingrid, dos de sus más apreciadas amigas, quienes parecían extraviadas en algún paraje lejano y triste, incapaces de apartar las miradas de la historia. Le pareció extraño que fueran las chicas las más afectadas por un romance entre vaqueros homosexuales, pero sí, fueron ellas las que guardaron un silencio ensimismado mientras salían, tanto que ni siquiera defendieron la cinta cuando algunos de los muchachos intentaron ridiculizarla para hacerlas enojar al tomar asiento en la fonda donde comerían hamburguesas y hablarían más tonterías. Por un momento pareció que las jóvenes no estaban allí, sino en algún otro lugar, uno distante. Renato notaba esas miradas ausente y un tanto torturadas, desconcertado y preguntándose el por qué, ¿qué estaba viendo Ingrid cuando la sorprendió mirando por uno de los ventanales a la noche, a la nada?; no hubo manera de contentarlas esa noche. 

   Poco después copias de la película rodaban de puesto en puesto de buhoneros, gracias al terrible mercado de cintas clonadas y quemadas, que muchas personas preferían a las originales de precios exorbitantes aunque a la larga eso arruinara y destruyera a la industria. El mozo dudó en comprarla, le parecía que era exponerse a la mirada de los vendedores. Así de joven era. Pero la llevó al fin. Esa noche en su dormitorio, intrigado aún por la actitud de las amigas, que les duraba varios días ya, la reprodujo, reparando en la increíble mala calidad, lo mal traducida y lo oscuro de las tomas. Pero poco a poco, cuadro a cuadro, con silencios llenos de mil voces, con miradas que eran llamadas a gritos, en los toques de una guitarra que parecía llorar, el joven fue conociendo a Ennis del Mar y a un tal Jack Twist. Poco a poco fue poniéndose del lado del vaquero alegre, riente y optimista, que miraba al tipo huraño con amor y entrega, con ternura, con desesperación, diciéndole con cada gesto que él (Ennis) era su dueño, su señor y que ya no podía seguir sin él, proponiéndole el huir juntos, de forma vehemente, quemando sus naves de escape, ofreciéndose todo. 

   El joven tuvo que ser testigo, hasta el final, de los rechazos que una y otra vez fue sufriendo ese tipo de mirada intensa e inmensa. Tuvo que ver como su personaje evolucionaba hacia el gris resignación y amargura por una existencia que no fue, después de ser el azul alegre de la vida y esperanza. Lo vio envejecer, gordo, con bigotes, con grandes patillas… y de alguna manera al muchacho le parecía que era más hermoso aún que al principio. Con un estremecimiento interno, algo que a él mismo le sorprendió, descubrió que le agradaba Jack Twist, que sentía su amor, su angustia, su pena. La escena en la que Ennis oye de su muerte, con esa oscura secuencia donde Jack huye, es agredido y cae, arranca ardientes y dolidas lágrimas al joven, quien casi tiene que tragarse unos ruidosos jadeos. Él podía imaginárselo corriendo asustado, lastimado y tal vez llamando a Ennis una y otra vez mientras caía y era golpeado. No entiende si fue asesinado o si Ennis imagina todo eso. 

   Sigue mirando, y la imagen de un Ennis del Mar viejo, frente al armario donde tiene lo poco que posee, mirando las camisas que usaron en esos primeros encuentros de descubrimiento, de amor, de realización y separación, lastima nuevamente a Renato; le atormenta todo ese dolor aunque siente rabia contra el catire que no supo cómo amar a Jack. Imagina a Jack, sangrando aún después de la pelea en Brokeback Mountain, recogiendo esa camisa, tal vez abrazándola y sufriendo por la inminencia de la separación, y guardándola, guardándola como un maravilloso tesoro, como un preciado recuerdo de cuando estuvo en la cima del mundo, en las puertas del Cielo y Dios le había permitido seguir por un tiempo; guardándola para cuando llegaran los días malos, los momentos de soledad. El muchacho estaba convencido, porque así de increíble era ese tipo, que Jack no veía en esos momentos la sangre producto de la agresión de un atormentado y asustado Ennis, quien no sabía de qué otra forma reaccionar y encarar lo que pasaba en su vida, sufriendo ya ante la separación pero queriendo apresurarla creyendo que eso la haría menos dolorosa. Si te odio no me dolerá verte partir, seguramente eso pensaba Ennis, se dice el muchacho, parpadeando, intentando alejar nuevas lágrimas que le parecen poco viriles. 

   Renato esperaba, esa primera vez que veía la película con cuidado, el momento final, ese en el cual Ennis, mirando las camisas enlazadas una dentro de la otra como debía ser, dijera finalmente lo que debió decir antes de bajar de aquella montaña, o a los pies de las escaleras de su casa, o al yacer junto al amante en aquella cama de hotel donde tuvieron que sellar el pacto de amor al reencontrarse: Jack, te juro que te amé, que aún te amo. Pero no, ni aún ahora lo dice, y Renato sufre, exasperado. Botando aire, intentando calmarse, se dice que, después de todo, fue eso lo que quiso decir con ese Jack, te juro… 

   Si, debió ser eso. La guitarra llora, Brokeback Mountain se observa por la ventana y el joven siente que se muere de tristeza, una que es tanta que no puede respirar. Su cara de muchacho está bañada de lágrimas que lo avergüenzan un poco, pero que también le brindan alegría, porque en medio de su juventud entendía que era bueno el que pudiera llorar por eso, por el dolor de otros, por el amor de otros, aún por el amor de esos dos carajos, algo que jamás antes había contemplado sentir. Pero está mal, llora y llora ahora de una forma que no puede controlar, y siente miedo de que no se le pase nunca, que ese dolor que padece dure para siempre, porque ya apagó el DVD, fue al baño y orinó, a la cocina y tomó un refresco, y se asomó a una ventana, un error, porque esa noche cargada de estrellas lo arrastró por un momento a una montaña hermosa y creyó ver el fulgor de una hoguera más allá, y la sensación de tristeza no menguaba. Era tan sólo un muchacho… 

   ¡No! ¡No! Seguramente hubo algo que no vio, algo que no entendió, quizás una escena mal traducida, tal vez una toma cortada. Debía cerciorarse y pone nuevamente la película. No podía ser que terminara así. No era posible que Jack Twist, ese tipo genial, realmente estuviera muerto, no en un accidente estúpido, no atacado por el odio de animales que caminaban en dos patas. Debía haber un error. Ennis no podía terminar después de tanto batallar solo en su trailer, con los ojos cuajados de lágrimas, pensando con amargura en todo lo que había perdido, en todo lo que la vida le había quitado con tanta crueldad. No era posible que ahora únicamente le quedaran esa postal y esas camisas de un primer encuentro, violento y apasionado. Y él, que generalmente hacía chistes sobre lesbianas cuando una chica no quería nada con un muchacho, o que se burlaba de los muchachos francamente amanerados, no con odio ni violencia, sino porque era lo normal, porque así era siempre, no quería entender ese final, ese terrible final de distanciamientos por miedos al que dirán, al qué harán los demás. La soledad y el aislamiento de Ennis del Mar de toda ternura, le parecía ahora demasiado horrible. 

   Ahora le parecía terriblemente malo que toda una sociedad empujara a una persona a negarse a sí misma, a verse como un enfermo, como un ocioso, como un degenerado o un vagabundo, y que lo atacaran con burlas, rechiflas, gritos, agresiones o hasta con la amenaza de un castigo de Dios. Su mamá siempre le había dicho que Dios era el padre amoroso todo poderoso, el que todo lo veía y todo lo perdonaba. Tal vez eran sus hijos los que no eran dignos de decir que hablaban en Su nombre, cosa que no los detendría en sus rencores, después de todo hasta los nazis cuando mataban judíos tal vez creían hacer el trabajo de Dios, o los racistas que mataban negros, o los vigilantes que atacaban inmigrantes en una frontera, con odio. Pero Renato es muy joven y no puede seguir esos lineamientos mentales. Para él era evidente que Jack y Ennis no fueron felices porque tuvieron que separarse, no podían vivir juntos, debían tener mujer e hijos para que el mundo estuviera conforme y todos fueran felices. Excepto ellos dos y la gente a su alrededor. Pero sabía que pensar en eso de nada servía. 

   Nada iba a cambiar la vida solitaria y  triste de Ennis, quien padecería cada día del resto de su vida el infierno de recordar al hermoso y alegre Jack, quien lo amó y le pidió que escaparan juntos, buscando su lugar bajo el sol, algo para los dos donde pudieran estar juntos para siempre, pero al que rechazó, rechazando la vida y la felicidad. Nada iba a traer de vuelta a la vida a Jack, eso también lo entendió. Y algo que Renato jamás le contaría a nadie, ni bajo tortura, era que por tercera vez en su vida se había enamorado de una forma total, inocente y desesperada; después de la profesora Mary, de biología, y de Susana, la mejor amiga de su madre, amaba a Jack Twist, el tipo de mirada directa y enternecedora, el carajo con valor, quien una noche comprendió que amaba a ese otro tipo y tomó la desición de actuar aunque todo estallara en su cara, porque entendía que era mejor recibir un golpe y un rechazo en ese momento a vivir soñando con lo qué pudo suceder si hubiera tendido una mano hacia Ennis y lo hubiera tocado. 

   Sentado en su cama, con las manos sobre la boca, los ojos aún bañados de llanto, el joven admite que si, que ama a ese carajo de una forma que le duele, pero que también le enternece. Para él no había sido una historia escandalosa ni fea, ni una propaganda retorcida de homosexuales ociosos, de maricones sinvergüenzas como muchos la tachaban de forma ligera, llevados por ese odio siempre a flor de piel que se dejaba ver como intolerancia hacia los demás. Para él había sido una historia de amor, grande, poderosa, esas miradas, esos besos, esos momentos de ternura, tan escasos, tan pocos, tan terriblemente pocos, habían transmitido todo ese sentimiento. Era una historia de amor trágico, sin un final feliz, pero de amor al fin y al cabo. 

   Esa noche lloro aún más todavía. Después de cenar con sus padres en la sala, algo que los desconcertó ya que hacia años que comía sólo frente a su televisor, y de que le preguntaran sí le pasaba algo porque estaba muy callado, el joven regresó a su cuarto y se revolvió en su cama sin poder dormir. No podía pensar en la novia; o en manosearse bajo su sábana; no podía alejarse de esa pradera, de esa fogata, de ese cielo. Cerraba los ojos y visualizaba la hermosa montaña, con una tienda de campaña alzada junto a un arroyo, sin nadie por esos lados, sin nada más, donde dos hombres cortaban leña, pescaban o cazaban algo y se encontraban allí, mirándose, rientes, con amor; podía ver al moreno saltar a caballito a la espaldas del otro que brincaría como un potro, derribándolo luego de espaldas sobre la grama, para caer sobre él, besándolo, incapaz de contener sus ganas de tocarlo todo. Y que cada noche se encerraban en su carpa, y Ennis, desnudo bajo las mantas, miraba el rostro de Jack debajo de él, diciéndole que lo quería. Y Jack sonreía con sus ojos grandes y bonitos, y las bocas se unían con anhelo. Y así, por siempre y para siempre, vivirían su amor y estarían juntos, estarían completos y serían felices. Pero Renato no puede evitar un suspiro de tristeza, porque cuando lograba engañarse así, sonriendo aliviado, seguro de que Jack dormía en brazos de Ennis, satisfecho, feliz, recordaba al momento siguiente al joven corriendo y siendo agredido. 

   El tiempo pasa y Renato ya lleva cuatro semanas de haber comprado la copia pirata y barata, deseando angustiosamente que saliera el original. Vivía deseoso y temeroso de ir a un cine y verla en pantalla grande, limpia y nítida, porque podría llorar ahí delante de todos. Ahora se movía de forma distinta y escuchaba realmente cuando un adulto hablaba del trabajo duro que pasó de niño o de la pérdida de un ser querido, ahora podía entender y reconocer esas miradas húmedas, dolidas. Ahora no podía burlarse de la gente, ni de la loquita que vagaba sucia por las calles hablando con un perro, malhumorada, ni de la muchacha fea de la escuela a la que todos molestaban, sólo para reír y divertirse, porque teme saber que ella pueda tener su propia historia, una dura y grande, y reírse de ella le parecía cruel, algo que… entristecería a Jack. Han pasado cuatro semanas y la tristeza le dura y cierta melancolía lo rodea, confiriéndole una serenidad extraña, algo que ya notaban, interesadas, muchachas mayores. Ahora él tenía secretos, como la montaña. Uno era que había visto la cinta otras doce veces, jurándose siempre que esa sería la última vez, y en cada una de ellas lloró por Ennis, el tonto que lo pierde todo. Pero sobretodo, por Jack, su amor bonito e idealizado, su otro secreto. 

   Una tarde, frente a su computadora, incapaz de contenerse, buscó referencias en Internet de Brokeback Mountain, encontrando más de 17 millones de ellas. Comenzó a leer páginas con críticas de cine. Algunas le gustaron, aquellas que hablaban de la belleza de la cinta y del gran papel de sus protagonistas. Otras las odió, las de aquellos que esperaban ver algo totalmente distinto, tal vez a Depredador besándose con Alíen, para terminar luego en persecuciones alucinantes y estallidos que le dieran dinamismo y emoción, con todos los nuevos efectos especiales y viejos clichés. Una tarde, viendo un espacio para comentar, botó aire y se atrevió. 

   “Me llamo Renato. No sé cómo explicarlo pero para mí esta ha sido la mejor película que he visto en toda mi vida, y realmente no espero que un día aparezca una mejor. Creo que Jake Gyllenhaal y Heath Ledger merecen ser aplaudidos y considerados los mejores actores de su generación. Lo que más me gustó de la película fue…” y ya no supo que decir porque la emoción lo embargaba, lo quemaba, le dolía sentir lo que le oprimía en el pecho, pero también le gustaba y no estaba transmitiéndolo bien. “Yo amo a Jack Twist”, terminó casi a la carrera, empañándosele la mirada, confesándolo al fin. Lo publicó con miedo, quedándose sentado, viendo aparecer el comentario, jadeando, avergonzado de sus palabras, pero alegre y casi orgulloso de haberse atrevido. 

   “Te entiendo, Renato”, se sorprendió al ver aparecer una respuesta casi al instante. “Lloro cada vez que recuerdo su historia. Me llamo Verónica. Yo también lo amo. No es que me guste o lo quiera. No, yo lo amo. A veces, en mi consultorio (soy dentista), al estar sola, no puedo evitar sentirme triste y llorar por ellos. Por él que tanto ofreció, que tanto entregó. Que tanto amó. No te sientas mal, Renato. No eres el único. Otros te entendemos. Copia esta dirección y conocerás a los demás, a la gente del Proyecto Brokeback Mountain, a quienes esta película les cambió la vida de forma suave, sutil, pero evidente. No estás solo, cariño…” 

Julio César.

CABALGATA

Jueves, Mayo 1st, 2008

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   Otean en la distancia buscando un destino junto… 

   El cielo hiere de lo hermoso y claro que está mientras los dos vaqueros se mecen al compás del trote de los caballos. Es un cielo despejado y amplio, libre de nubes, de un azul que corta la respiración; de un celeste que a Ennis del Mar le recuerda noches frente a una hoguera, o de rodillas dentro de un tienda de campaña, cuando miró el amor y la entrega en lo más profundo de los ojos del sujeto que cabalga a su lado. Sujeto que va hablando mucho, como siempre, risueño, alegre y optimista, tal vez como si temiera callar y que en medio del silencio la cruda realidad los alcanzara. Pero no, la vida no los alcanzaría nunca porque nunca se detendrían, eso lo habían decidido ya. Y el rostro hosco y delgado del catire se suaviza un poco al pensar, mariconamente, que él sólo se detendría, tal vez, para mirar en los ojos de su compañero y ver en ellos todas esas promesas que le parecían absurdas, fantásticas e imposibles en la voz de otro hombre, pero que emergían fácilmente en esas pupilas. Esa mirada le decía que todo saldría bien, y él lo creía en esos instantes cuando lo eterno se detenía. 

   Los dos jóvenes, con sus casi veinte años a cuesta, otean el horizonte, buscan un punto exacto, buscan una vida juntos desde que descendieron de aquella montaña alta y fría, azarosa y algo cruel, pero donde aquellos hombres habían encontrado lo que nunca habían tenido, aquello que ni siquiera se habían dado cuenta no poseer. A Ennis le asusta un poco, teme que vayan donde vayan los vean con burlas, con asco, que los juzguen, que le griten maricas, y muera de rabia o vergüenza: “miren al marica”. Le aterra que sea alguien a quien conoce el que lo grite, entre el desprecio y las risas crueles. Pero calla ese miedo, no tenía derecho a sentirlo cuando cabalgaba junto a Jack, el valiente y hermoso Jack. No quiere expresarlo porque sabe que vencerá al maldito miedo al final, lo sabe desde que emprendió la jornada con ese hombre en busca de su felicidad. 

   No sólo buscan un lugar donde asentarse, donde posar los pies y luego los cuerpos mientras se aman, cuando sus manos recorrerían nuevamente el cuerpo del otro, como incrédulo, como no convencido aún de que realmente lo tiene, de que Jack es suyo. Buscan ese lugar donde no hay temores, risas, burlas, desprecio ni agresiones. Jack le dijo que si seguían hacia el Sur, siempre al Sur, llegarían a una tierra sin prejuicios, sin el odio de aquellos que se sienten amenazados en lo que son porque les parece que dos hombres se miran demasiado, como con ternura, como con afectación, como con amor. Jack dice que esa tierra existe, y Ennis quiere creerlo, como creyó a pie juntillas la mirada larga que esa segunda noche Jack le lanzó cuando él entró a gatas en la tienda: te amo, Ennis del Mar, eres mi vida y ya no soy nada sin ti. Eso fue lo que leyó, y lo creyó, casi llorando ante la inmensidad del regalo. 

   Ennis vuelve un poco el rostro y mira a Jack sonreír, no a él, sino al camino, al paraje que está frente a ellos, seguro como está que llegaran pronto a la tierra de promisión. Las mejillas de Jack enrojecen poco a poco por el sol, pero parece no notarlo. Y Ennis nada dice, no quiere distraerlo, no quiere desviarlo de su camino de esperanzas, de sueños, de deseos. A él no le parece algo tan seguro, aunque sigue adelante, sin cansarse, oyéndole decir con vehemencia, con esperanzas: “más al Sur, Ennis, más al Sur estará bien, es por allá”. A él le basta con cabalgar junto a Jack, y si continuaran así, eternamente, estaría bien, hasta que muriera de viejo, a su lado, y cuando Dios le preguntara qué había hecho con su vida, que sí entendía la gravedad de su pecado, él con la vista baja respondería que si, que corrió tras su destino, rumbo al Sur; y después esperaría lo que llegara, pero si en esos momentos lograra recordar el tiempo vivido con el otro, ni el Infierno estaría mal. 

   Ahora iban a buen paso, y sus temores iban quedando a las espaldas, rezagados, refunfuñando al ir quedando muy atrás. Jack no ha sido muy específico sobre el sitio a donde marchan, pero a Ennis no le importa porque más o menos imagina también ese lugar, aunque le cuesta más, no es un alegre charlatán como el otro. Será un sitio alto, con montañas de suaves pendientes, de verdor, con arroyos claros y fríos, como dicen que una vez fue el Paraíso. Allí levantarán la cabaña, de madera sólida, con los pocos y necesarios muebles para vivir. Sonríe con cierto embarazo pensando en la cama grande y fuerte, resistente, que constituirán, y puede imaginar la mueca libidinosa y atractiva de Jack mientras lo hacen. De noche podrán salir bajo las estrellas, y se sentarán alrededor de una fogata en el porche rústico, que parecerá parte del paisaje, una que jamás se apagará. Fumando y tomando whisky barato hablaran y hablaran, de todo lo que nunca le han contado a nadie, de las cosas que desearon sentir, decir y hacer durante toda una vida, y de las que esperaban realizar todavía. No se cansarían de hablar, y cerrando los ojos, él sonreirá oyendo a Jack contar sus cuentos exagerados sobre el rodeo o las chicas que se habían enamorado de él. Y cuando la noche avanzara, y el whisky menguara entumeciéndolos dulcemente, Jack tocará su horrible armónica, y a él le parecerán las melodías más hermosas de todo el mundo, y pensará que nunca hubo un portento musical igual a su Jack. 

   Y seguirían así hasta que adivinara en el silencio de Jack ese deseo tan grande que ya no lo dejaba moverse. Y él, Ennis del Mar, se pondría de pie tendiéndole una mano y ayudándolo a levantarse, para mirarlo a los ojos en las penumbras, abrazándolo y finalmente besándolo, como no podía dejar de hacer desde esa segunda noche en aquella tienda de campaña. Su boca lo cubriría y se apoderaría de la suya, hasta que Jack gimiera contra él. Y sabe que Jack haría esa vaina que lo enloquecía cada vez, abrazándose a él, le rodearía la cintura con sus piernas, y él tendría que llevarlo en peso a la cabaña, ¡y cómo pesaba!, a la gran cama donde caerían uno en brazos del otro, y la noche no alcanzará para hacer todo lo que deseaban, para calmar tantas ganas, para explorar tanto, para cansar sus cuerpos. Y despertarán con el ensordecedor gorgojear de los pájaros, abrazados, cada uno sintiendo el cuerpo tibio y firme del otro, y por un instante se quedarían quietos, disfrutando eso y pensando, tal vez, que todo lo habrían perdido y desperdiciado si al bajar de Brokeback Mountain no hubieran montado en los caballos y escapado juntos a la carrera. Jack se estremecería ante tan terrible idea, y Ennis no podría ni imaginar lo que habría sido de su vida si no hubiera aceptado la oferta que vio brillar en los ojos del otro. 

   A media mañana irían hasta el pequeño río y gritando como niños se arrojarían en él, abrazándose. El agua, el cielo y las montañas solo reflejarían esas ganas de vivir, esa felicidad de estar juntos, el gran amor que esos dos carajos habían descubierto el uno por el otro, cuando ya estaban más allá de toda censura. Sí, se había enamorado de ese otro carajo, ¿qué podía hacer? ¿Arrancarse el corazón? Nada importaba ya, sólo eso, únicamente Jack, y lo demás que se fuera al demonio. Y mientras cabalgan, todavía no lo suficientemente adentrados en el Sur, Jack sonríe todavía más, lleno de optimismo; y a su lado Ennis no quiere dejar espacio para las inquietudes. Marchan hacia el Sur, no saben exactamente a dónde, pero lo intuyen: una tierra de buenas personas, de gente que habla con todos y de todos pero sin juzgar, sin condenar, sin odiar. 

   -Aún hay que seguir más al Sur, Ennis; pero me parece que ya estamos cerca. –le sonríe Jack, echando su sombrero hacia atrás, estudiando el horizonte, forzando su azulada mirada, esperando en cualquier momento que sus sueños se materialicen en forma de montañas, unas montañas amigas, que brindarán apoyo y seguridad. Unas montañas que sabemos que no estarán porque sólo existen en las esperanzas y en los anhelos del joven. 

   -Que bien, jack. Ojalá lleguemos antes de que anochezca. –responde Ennis, mirándolo con ese afecto tosco, volviendo la vista al horizonte, donde sólo hay valles y más llanuras, esperando que su deseo, su amor y fe sea igual al de Jack, y tenga la fuerza suficiente para levantar las dichosas montañas. Y repara en que el otro frunce un poco el ceño, con la boca abierta. 

   -Mira, creo que hay como una sombra a la distancia, ¿será allí…? 

   -No lo sé, Jack, tu vista debe ser mejor que la mía… 

Julio César.

NO ME DEJES CAER…

Miércoles, Abril 16th, 2008

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   -No tengo nada, nada es mío… como no seas tú. 

   Ennis le gritó que si sabía que iba a México lo mataría; lo acusó de robarle toda una vida obligándolo a no ser nada. Le gritó que se fuera, que lo dejara… para luego caer mal. 

   -Perdóname, Jack, por favor… -deja escapar al fin, entre jadeos ahogados, él que no sabe llorar, ni explicarse, ni ser débil. 

   -Calma, todo está bien. –tiene que acunarlo al sentirlo temblar y caer, entregarse a su angustia como muy pocas veces ha hecho, y eso no le agrada. El tonto, el llorón era él, no Ennis. 

   -Olvida lo que te dije, nunca podría hacerte daño… nunca me dejes. Eres lo único que tengo al final, lo único que se supo mantener en mi vida; eres el único que siempre estuvo a mi lado, la única persona con la que siempre conté y necesité. Eres… –y se ahoga, ocultando el rostro mojado contra su pecho, percibiendo el corazón amado. 

   -¡Basta! –lo calla con urgencia.- Hablaremos de eso después. Ahora sólo cálmate. –le sonríe lleno de amor pero también de inquietud. Sabía mal al dueño de su corazón, pero también sabía que si Ennis decía algo ahora, dejándose llevar por su dolor, mañana se arrepentirá de todo lo expresado, mortificándose, atormentándose inútilmente; porque así era. Y él, que lo amaba tanto, hasta ese dolor quería evitarselo; media vida la había dedicado a eso, a quererlo, y eso significó sacrificar muchas veces lo que deseaba hacer u oír, por él, por su Ennis del Mar.- Cálmate ya, vaquero… vamos a tomar algo de whisky… todavía nos quedan unas horas para despedirnos. Mira el riachuelo… que azul, la tarde va cayendo, tal vez las truchas se atonten y pesquemos una, al menos una vez antes de partir… 

Julio César.