Archive for the ‘TIC TAC’ Category

MUEVE ESE C…

Miércoles, Junio 18th, 2008

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   Te lo juro, es casi excitante… 

   Siempre que lo digo me gano sonrisitas burlonas que intentan pasar por discretas, enigmáticas o ingeniosas (¡se creen tan listos y originales!): me gusta montar a bicicleta. No sé qué piensan. Pero de verdad me gusta montar en mi bicicleta, es grande y de varias velocidades, vieja y clásica, dura y resistente (me he dado como mil matadas con ella, e incluso choqué de frente con un carro, afortunadamente no pasó nada más que del susto de volar contra el capote). Cuando subo a ella mirando la carretera frente a mí, me invade una sensación de placidez, de paz. Siento como la adrenalina y la sangre bombean. Comienzo a pedalear y recorrer los metros, olvidando todo problema. Me esfuerzo, subo y bajo, imprimo velocidad, venzo la resistencia, la distancia. Jadeo, sudo, mi corazón palpita con furia. Todo el que gusta de un deporte, nota lo mismo: me siento vivo. Por eso me gusta la bicicleta. Claro, no me visto con toda la indumentaria, me da algo de güergüencha. Aunque me encanta ver a otros en ella… por cuestiones deportivas, obvio. 

   Vivimos tiempos extraños donde ya la obesidad, adulta e infantil, se convierte en un grave problema. Ya es como una tendencia, la gente admira, desea y quiere ser como los flacos, pero engorda de forma escandalosa, entre angustias y sufrimientos. Papadas, brazos flácidos, panzas que cuelgan, muslos que bailan aunque se esté detenido, son cosas que quitan el sueño y la paz. Y se ve feo, estemos claro. Está bien que hay personas anchas de rostro o espaldas, robustas, pero una cosa es eso y otra tener los ojitos achinados y las mejillas como buldog. Pero no es eso lo que tengo en mente cuando subo a mi bicicleta, ni siquiera la gente que está a tu lado y jadea como si respirar le costara, ni la leve capita de sudor que cubre al que hala una silla para sentarte frente a mí, o la celulitis que se asoma por las mangas de las camisas. Todo eso que puede tomarse como rasgos… pocos atractivos, pero yo lo veo como algo más serio: un trastorno de salud. Ese es el punto: vivimos en un mundo donde se come grasa como si de azúcar se tratara (que también jode), con litros y litros de colesterol (una bolsa de chicharrón totalmente transparente y casi goteante asegura sabor extra). Tomamos caña y comemos sin movernos, totalmente sentados, como cerdos echados que engordan. Vasos y arterias van tapándose, llenándose de grasa y nada hacemos. Como nada sentimos pensamos que todo está bien, hasta que el carajazo en el pecho nos despierta a la realidad. A muchos no se nos enseñó a practicar deporte como hobit. Y bolas criollas, cartas, ajedrez y peleas de gallo no son deportes, créame. 

   Cuando la sangre corre con fuerza, y lo hace así con cierta regularidad, las venas se aligeran; velocidad y calor ayudan a dilatarlas, abriéndolas. Cuando el corazón palpita con fuerza, los ventrículos y vasos que llegan y salen de él, se ejercitan, se tonifican, los calibres parecen lubricarse. Que el cuerpo se cubra de ese sudor copioso y caliente es sano, se está desintoxicando, estamos eliminando productos de desecho, pero lo mejor es que los poros se abren, respiran, la piel elimina esas impurezas que a veces quedan en ella produciendo una capa cenizosa, sebo y puntos negros, o hasta cierto mal olor. Por otro lado se eliminan esas leves capitas de grasa en los músculos, y estos se fortalecen y endurecen. Claro, se dirá que quien trabaja duro hace ejercicios, pero al parecer no es igual. Se puede caminar todo el día en un trabajo y esto no logra quemar calorías. Al parecer tiene algo que ver con el estrés. Eso no está presente cuando te dedicas a una actividad física (incluso el sexo es más eficiente); el caso es que hay que trazarse este tipo de rutinas. Ejercitarse con cierta frecuencia. Vivimos como agotados y no sólo por el trabajo; a veces con tan solo ir a él, en medio del tráfico, o pensar en los problemas cotidianos (carencia de dinero suficiente) nos deja como mamados. Esta sensación hay que vencerla, hay que robarle fuerzas a la desgana. Me he inscrito en no sé cuantos gimnasios (un día les hablaré de eso), pero me cansa. Soy flojo para ir a tal hora. En cambio en mi bicicleta me olvido de todo. Sólo miro frente a mí un grato momento. 

   Amigos, mientras el reloj avanza con su implacable tic tac, muchas dolencias ocultas van juntándose para echarnos una broma. La salud es una de las peores. Se sabe que el alcohol (Dios, que terrible, ¿por qué nos hace eso si lo amamos?) ataca el hígado, las grasas van también al hígado y las arterias, los fármacos roban la claridad mental y te encadenan a una sugestión muchas veces enfermiza. Se sabe que la actividad mental ahuyenta las dolencias síquicas como el parkinson y el alzheimer, pero también una oxigenación más efectiva del cerebro ayuda a evitarlos y los ejercicios entran en esto. Los especialistas han trazado líneas entre el exceso de testosterona o estrógenos y la aparición de males como el cáncer de ovarios y mamas, o próstata, y una técnica que se estudia, y aconseja, es el ejercicio para eliminar la demasía de tales restos hormonales. De hecho, uno de los tratamientos contra el mal de la próstata es un inhibidor hormonal de la testosterona. 

   Así que a ejercitar, no como un demente, o como una obligación, sino practicando algo que sea grato, desde caminar a bailar, a trotar a correr en bicicleta. Lo importante es terminar con ese peligroso sedentarismo. Miren a su alrededor, ahora parece haber un gimnasio en todas partes (cosas como la gordura me parece que es mejor tratarla con buena alimentación y ejercicios, nada de pastillas raras o cirugías más extrañas todavía); busquen aquel que esté cerca, seguramente habrá algo que les agrade. Tengo un amigo que va y únicamente practica boxeo, eso creo que lo excita. A mis amigas las enloquece la bailoterapia (creo que por los entrenadores). A mí el sauna y los masajes me gustan mucho… por muchos y buenos motivos. Aunque no se vaya  siempre, es bueno hacerlo de tarde en tarde. 

   Ahora algo que me contaron una vez. Terminada una carrera, la reportera entrevista al ganador, un tipo que jadea con su bicicleta al hombro. ¿Qué fue lo más excitante de la carrera?, le pregunta ella. Él le responde: el asiento de la bicicleta mientras subía las cuestas… 

Julio César.

AY, ESA ROPITA INTERIOR…

Viernes, Mayo 9th, 2008

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   -¿Qué, no te gusta así? 

   Como habrá  notado cualquiera que halla leído alguno de mis relatos, e incluso halla visto las fotografías (imagino que pocos, la gente seria sólo va por los artículos como quien lee la PLAYBOY), siento cierta preferencia a la hora de imaginar ropa interior. Más específicamente a hombres en ropa interior. No es complicado, me fascina ver fotografías de sujetos en bikinis, tangas y suspensorios. ¿Qué se le hace?, son imágenes que me llenan de calorcito. Casi puedo rastrear esa fijación hasta mi última niñez, ya a los doce, cuando la primera revistica verde cayó en mis manos, una de PENTHOUSE, donde una hermosa chica, con una diminuta pantaletica roja, se exhibía. Desde ese momento me quedó el amor, como imagino que le ocurre a la mayoría de los hombres, héteros u homos, por semejantes prendas, sobre el cuerpo correspondiente. 

   ¿Quién no ojeó una revista de culturistas con aire docto y señor fruncido, pero con los ojos en los bikincitos, o de deportes simplemente, deteniéndose en esos cuerpos mazacotudos? Pocos. Esas prendas mínimas son lo más grande. De hecho hay sujetos, héteros, aunque jamás lo dirían así, que se quedan mirando a carajos bien formaditos en una piscina si llevan un bañador chico, tal vez para criticar o algo, pero de que miran, miran. Imagino que todo el mundo lo nota aunque se hacen los locos. Esto me lleva al punto: en la vida real, cotidiana, eso no es tan bueno. A menos que se tenga un cuerpo del carajo. Un sujeto obeso, peludo y con aire de rascarse las metras cuando no lo miran (y aún cuando lo miran) no es nada sugestivo en tales vestimentas. Igual que aquellos que parecen peleados con el agua y el jabón. La tanga no le queda bien a todo el mundo, lamentablemente hay que admitirlo. 

   Ahora, con los bóxer, realmente hemos venido a descubrir lo que es comodidad al vestir, o bajo las ropas. Son prendas tan placenteras, tan funcionales, que uno se pregunta cómo no las usaba antes. Como hombre que de niño usé los tipos ovejitas, mi mamá me los compraba, al ir creciendo compré mi propia ropa y usé los más chicos, porque eran prácticos para llevar la camisa por dentro y para sujetar con cierto grado de seguridad… el bojote, sobretodo en esos años cuando no podía acariciarnos una brisa sin que despertara con ruido. Pero ahora me parece más cómodo, y hasta elegante, el bóxer. Sí, lo sé, no es una prenda tan fantástica, erótica, evocadora, que caliente… como ver a uno de estos modelitos que coloco por aquí con esas tiritas que provocan arrancar con los dientes. Pero en la vida real, el bóxer es mejor.  

   Personalmente no los uso de media manga, son incómodos, uno se sienta y cuando el muslo se retrae, molestan. También se notan a veces con cierto tipo de telas. Prefiero el bóxer corto, ese que termina en el bajo paquete. He notado, modestia aparte, que se ve bien cuando uno se quita las ropas, quedando en medias, camiseta corta y uno de ellos, algo recogido por los costados, enmarcando todo el paquete. En otras miradas se nota también que agrada. Los de algodón son increíblemente buenos, suaves y funcionales. Tengo unos que me trajo una amiga de Colombia y parece que jamás van a acabarse, aunque son blancos, color poco práctico para el hombre. Ese color está bien para un modelito guapo que se quita las ropas para una película; en uno, después de todo un día en la calle, lo más probable es que se note cierta mancha al frente, amarillo pollito, y no de virilidad. Los colores grises, azules y negros son representativos, elegantes, y te cubren por si hay ese problemita. Y esto no tiene nada que ver con la edad. Ya lo dijo Stephen King en una de sus mejores novelas, cuando unos chicos meaban unos al lado de otros y cada uno se sacudía al terminar pero veían que se mojaban; fue cuando uno declamó: lo dijo Aristóteles, ya lo sabía Platón, el hombre cuando orina guarda las últimas gotas para el pantalón. En este caso sería para el calzoncillo. 

   ¿Por qué hablo de ropa interior representativa y de agua y jabón? Fue algo que aprendí cuando comencé a trabajar como inspector sanitario en hospitales. En una de mis primeras observaciones de campo me tocó estar en el servicio de radiología del hospital Pérez de León, en Petare, la zona más oeste de la gran Caracas. Allí llegaban las emergencias, y eran como las ocho y media de la mañana cuando llegó un tipo cuarentón, barbudo, sucio de ropas, gordo, y cuando le quitaron los pantalones para practicarle una radiografía de abdomen y pelvis, llevaba uno de esos bikinis de licra, rojo para ñapa, roto por la liga de la cintura, metido casi todo entre las nalgas, enrollado en todo lo demás. Y olía a rayos. La médico de turno, una muchacha bonita, me parecía muy joven, dijo algo lapidario: son el colmo estos hombres que salen a la calle sin lavarse el culo y las bolas, y vistiendo esa mariquerías. Desde ese momento tomé por costumbre asearme muy bien y llevar ropa interior más o menos, que aunque fuera algo chica en esa época, fuera de buena tela. 

   Mis amigos, los más jóvenes sí están ahí, jamás salgan de sus casas sin bañarse y lavarse muy bien bolas y culo, como decía esa doctora. Ese olor, sobretodo si se ha tenido actividad y huele a huevos podridos, no es nada grato, y lo peor es que parece percibirlo todo el mundo, y lo digo en serio, no es para enorgullecerse de eso. Hay que formarse esos hábitos. Bastante agua y jabón, y hasta talquito, y sobre todo eso, un bóxer que quede del carajo… Quien sabe, tal vez tengas que entrar en el baño de una discoteca, un cine, un mercado o algo y un muchachón se quede mirándote. ¿Puedes imaginarte la escena, el tipo sonriéndote y dando vueltas y tú ya como todo acerado? Pero ¿te imaginas que realmente se acerque y diga algo como: fo, pana, hueles a chivo? 

   Créanme, muchas veces un olorcillo, o una ropa con pinta de desaseo o descuido, enfría el guarapo. Imagino que si se es muy joven y se tiene muchas testosteronas dando vueltas, eso no parará a nadie, pero siempre he creído que quien no se cuida de lavar ni su miembro, quién sabe que más es capaz de dejar de hacer, y eso siempre es un riesgo. Así que, aseo. Lo del talquito tiene sus otras ventajas, evita rozones, humedades incomodas entre el muslo y la cadera, y casi todos conserva cierto aroma, y como dije una vez, nunca se sabe cuando un carajo bien plantado del trabajo tiene que agacharse bajo tu escritorio a buscar algo que se le cayó, olfateando y diciendo algo como: verga, qué bien huele. Eso siempre da pies a más: ¿quieres olerlo mejor? 

   Busca, pregunta, tal vez encuentres el tipo de talco o crema que mejor te acomode y que termine agradándote. Igual que los bóxer. Hay variedad, cantidad y colores, así como modelos, algo habrá que te guste y que te sirva. Esos detalles que hablan de cuidado, de aseo, de… elegancia, siempre son bien captados, y apreciados… por otros, que es lo que buscamos, ¿no? 

   Para finalizar, un cuento que me echaron una vez: estaban dos indigentes haciendo el amor con pasión, cuando la mujer le dice al hombre: mi amor, tienes ese pájaro como un palo de yuca. El hombre, todo pomposo, le pregunta: ¿por qué lo dices, por lo grueso y nervudo? Y ella replica: no, porque está todo lleno de tierra. 

Julio César.

PROTECCIÓN

Miércoles, Abril 9th, 2008

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   Yo me cuido todo lo importante… 

   Hasta este momento he sido un tanto irresponsable en mi manera de presentar las historias que relato. Me refiero a los cuentos subidos de tono. Expongo situaciones con ligereza y despreocupación, tal vez no sean muy buenas, pero eso no le resta seriedad al asunto: prácticamente doy una cantata al sexo inseguro. Obviamente todo esto no se trata más que de… (realmente no encuentro qué palabra usar que no sea ‘literatura’) cuentos tontos, pero es lógico pensar que la gente real, de carne y hueso, no puede, no debe, actuar así. No me refiero a tener todo el sexo que le de la gana, siempre y cuando lo consiga, sino a ir tirando por ahí sin tomar medidas básicas de protección. El SIDA, sí da. 

   Hay imágenes, visuales o mentales, que son igualmente poderosas a todos los hombres, sean héteros u homos, una de ellas es imaginar mucho sexo salvaje, caliente, rudo y sabroso (y las mujeres como que creen que eso se nos da facilito), lo segundo es la forma de actuar: dos imágenes que excitan increíblemente son: una boca rojiza (de labios de mujer o rodeados de cierta sombra de barba rasurada) subiendo y bajando sobre un miembro de forma digamos golosa hasta que este estalla mojando, regando y llenando, y la visión de esa boca tragando, parece enfermar de gusto al que mira (y al que desea actuar). La segunda tiene que ver con penetradas sin protección, tanto en mujeres como en tipos nalgones, trabajados ruda y rápidamente hasta que llega el estallido, con una escena que es casi fetichista, un miembro que tiembla soltando su carga sobre una espalda, antes de volver a penetrar para continuar vaciándose allí. 

   Los que han leído algo de lo escrito por mí, saben que recurro mucho a ese proceder, por eso, porque es una idea, una fijación, un deseo poderoso. Pero en este mundo traidor donde caras vemos, corazones no sabemos, no podemos corre esos riesgos. Un rostro puede ser hermoso, pero el interior puede estar cochambroso. Es por eso que todo hombre, soltero o comprometido, debe actuar con madurez e inteligencia independientemente de su edad, envolviéndose en plástico antes de meterlo en lugares culebreros. Un chico de quince puede preñar a una chamita de trece, y hasta ahí llegó, se jodió atendiendo a su muchacho (y a esa edad, la suerte está de espalda, salen preñadas con el primer chorro), o abandona a la joven con su muchacho, o deben recurrir a los abortos, que siempre entrañan cierto riesgo, fuera de la forma en que afecta a muchas mujeres (realmente consideran que asesinan a un angelito, pero ¿cómo se hace? Así hemos sido criados). 

    Y las enfermedades venéreas pueden llegar independientemente de la edad también, con sus llagas y padecimientos. ¿Imaginan lo horrible que debe ser comenzar a perder peso, mirar manchas apareciendo en tu cuerpo, sentir fiebres, padecer vómitos y descubrir después que eres portador? Que sucediera hace veinte años, cuando a mediados de los ochenta esa plaga vino a arruinarnos los buenos años de sexo irresponsable, promiscuo y rico en el liceo, no  justifica que ocurra ahora (un día relataré algunas de las cosas que pasaron, creo que muchas son ilegales actualmente). Todo el mundo sabe que ese mal existe,  el Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirido, ¿entonces? Algo de seriedad, señores. 

  Por mí mismo entiendo esas ganas de salir y conocer gente, de hablar, de reír, de percibir un olorcito corporal rico, que estimula, que hace estallar las hormonas, que te hace imaginar “y si pongo mi mano en su muslo como al descuido y…”. Siempre se hace el intento, eso es comprensible; pero también debemos ser responsables de nuestras vidas, y de la de otros. No somos perros que tiran cuando la perra entra en celo sin reconocer a la madre que lo parió, incapaz de controlarse. Los adultos no podemos actuar así. ¿Te gusta el sexo? ¿No sabes si al salir de tu casa puede presentársete una oportunidad única e irrepetible y que si la dejas escapar eres un idiota (una vez lo pregunté: ¿imaginas salir y tropezarte a Jake Gyllenhaal, sonriente y amistoso pidiéndote que le muestres tu ciudad?)?: carga con tus condones en la cartera entonces. No los sobrecitos, es mejor en la cajita o algo, para que el roce no vaya a echarte una vaina en el peor momento. 

   Estar excitado y tener que parar por un momento, con ese corazón bombeando feo y el pulso inseguro, para colocarse el condón, no es grato, pero hay que hacerlo, por ti, por tu gente, por todo lo que puede llegarte después, más gente especial, más y mejor sexo, sensaciones nuevas e increíbles, y nada de eso debe arriesgarse idiotamente por un momento de locura. Se está mal, okay, pero sensatez por unos segundos y a ponerse los guantes que el baile es de gala y bien lo merece. Un tipo sano tiene el reloj de su lado, el enfermo sólo cuenta el tiempo que tarda para el final. 

   En esta vida se crean hábitos, personalmente me rasuro después del baño porque la barba está más suave, me peino, talquito en las pelotas (por si alguien termina oliendo bajo mi escritorio buscando un papel caído o algo), calzoncillo bóxer, desodorante y todo lo demás (antes un café negro). Sabemos qué máquina de afeitar nos gusta más, qué talco nos presta, qué desodorante nos cumple, así debemos fijar todos esos hábitos sanos de vivencia, sí la pareja no es fija fija, monogámica y cerrada, el sexo tiene que ser seguro, condón a la mano. Un carajo que en medio de un grupo, de hombres y mujeres, dice que le gusta el sexo pero siempre carga su protección, es alguien a tener en cuenta, porque después de una noche de locura sabrosa, sabes que siempre puede llegar el riesgo de un peo fenomenal, pero no con ese sujeto. Un tipo así habla de que es un carajo que prevé, que es responsable, que sabe controlar y afrontar lo que se le presente. Está resuelto y puede brindar buenos momentos. 

   Existen actualmente gran cantidad de marcas de condones, yo tengo la mía y me resultan buenos. Los hay de colores, y hasta de sabores. Imaginas ir con un amigo a comprar condones y decir “mira, estos son de sabores, este es de tutti fruti”.  Y que te responda, “¿si? ¿A qué sabrás?”, “¿Me lo pongo y lo pruebas?” (cómo si las cosas salieran así con amigos o con gente casual). Pero sí, los hay con sabores y colores, de todos los tamaños, los que prometen resistir hasta el final. Haga cada quien su estudio de mercadeo, pregunte y pruebe, sin pena, esas vainas las hablo yo en la oficina con amigos y amigas. Lo importante es escoger no lo caro o vistoso, sino lo funcional; el precio puede ser un dato engañoso, recuerden ese capítulo de los Simpson donde Homero fue a la fábrica de cerveza y había tres contendores que decían cerveza seca, ligera y ultra ligera, y los tres se llenaban del mismo tubo; en mercadeo esa vaina es muy común por lo que lo mejor es buscar una con tradición o tiempo. 

   Supongo que esto no lo leen muchachos, mis páginas están dirigidas a adultos, pero seguro que uno que otro puede darle una ojeada (realmente aquí como que no entra mucha gente), pero el consejo es el mismo. Desde los quince a los setenta, cada carajo debe llevar un buen amigo en su cartera (no uno, claro), porque no sabe en qué momento conocerá a alguien llamativo que le sonreirá prometiéndole la luna y las estrellas; no sabe en qué momento estará en el cuarto de un amiguito oyendo música, tomando guarapita, riendo de tonterías y caerán uno sobre el otro en un cama; nadie sabe cuándo visitará a un conocido y encontrara a la mujer solita y como buscando guerra (y eso que no soy partidario de las traiciones) y se debe actuar. Claro que se actúa, pero hay que saber hacer las vainas. Ya saben, investiguen: eh, señorita, ¿entonces esta marca sí resiste?, mire que yo soy un toro. O: ah, no, de esos no, la última vez me lo sacaron en Emergencias (ay, Dios mío, ¿se imaginan una cosa así?). Pero fuera de juegos, cualquier momento incómodo haciendo compras, o de malestar al parar para cubrirse en plena faena, bien lo vale (eres tú, ¿qué puede ser más valioso?).  

   En este mundo pasan cosas terribles a cada rato, y si uno se deja a la buena de Dios, como si de una bolsa de papel arrojada al viento para ver dónde y cómo cae, no es responsable. El tiempo siempre corre en contra nuestra (era parte del decálogo de los pesimistas, un día les hablaré de eso, pero recuerdo que uno decía así: el universo me odia y quiere destruirme, nazco llorando porque ya comencé a morir), no le demos municiones en nuestra contra. Y en confianza, cuando se hable con los panas, recomiéndenlo. 

   Ahora un pequeño chascarrillo oído por ahí: entré en la farmacia donde atiende una ex. Una caja de condones grandes, pedí. Imagino que para un amigo, ¿verdad?, me respondió ella, sonriendo. 

Julio César.