Archive for the ‘RELATO CORTO’ Category

LUCHA LIBRE

Martes, Mayo 20th, 2008

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   -Ahora me las pagas todas… 

   -Jorge no es más que un güevón que gana siempre en la lucha libre porque ustedes son unos mamagüevos. –replica insolente Renato en los vestuarios, cuando le advierten que deje de molestar tanto al otro, brusco, riente, desvistiéndose, mostrando el suspensorio blanco que ya usa, antes de ponerse, con esfuerzo, el chico y ajustado traje rojo, que parece atorarse en sus muslos musculosos. Tiene veinticinco años, es alto, de piel blanca cobriza, de cabellos negros y ojos amarillentos. Un tipo guapo, de buen cuerpo, siendo su tórax bien formado, de llamativos pectorales. Es un creído, un seductor y un echador de vaina. Es bueno en la lucha y no cree que nadie sea mejor.- Ese marico tiene que mamarse uno si se enfrenta a mí… -dice en el colmo del desafío, antes de notar el silencio de los otros; volviéndose se topa con la seca mirada de un tipo un poco más alto y fornido, de rostro cuadrado, con sombra de barba, cabello corto y tono moreno de piel: Jorge. 

   -Tú si hablas pajas, marico. Te espero esta tarde, cuando todos se vayan, y vemos quién gana. –lo señala con un dedo, duro, alejándose, viéndose grande y poderoso dentro de su traje azul. 

   Esa tarde, algo oscuro ya, un poco sudado por una tarde de ejercicios de  prácticas, el sonriente y confiado Renato espera ya de pie sobre la lona. Todo es silencio y soledad. La puerta se abre, violenta, y entra un mal encarado Jorge, sudado también. Se miran. Jorge serio, Renato dando saltitos, sonriendo con cierta burla, tenía movimientos que lo sorprenderían sacándolo de onda. Iba a ganarle, era más chico pero con mejor técnica. Se medio ladea y alza las manos, pero el otro sólo lo mira, con cierto fastidio. 

   -Me tienes arrecho con tus perradas, Renato. Entonces es hora de que te trate como la perra que eres. –gruñe, con voz ronca, profunda, desconcertando al otro por un instante. 

   Momento que aprovecha Jorge para darle un sonoro y poderoso bofetón. La cosa es tan insólita, es un ataque tan ilegal, que Renato se paraliza, tiempo en el cual Jorge se le va encima, como un oso, atrapándolo por debajo de los brazos, rodeándole el torso en el abrazo del oso, alzándolo con facilidad y derribándolo de espaldas, pero no es una simple caída. Jorge va sobre él, quien cae de espaldas, con fuerza, soltando un bufido, quedándose sin resuello. El bofetón, el golpe de espaldas y el peso del otro que le sacan el aire, lo marean, quiere gritar que no vale, que así no, pero ya Jorge se medio arrodilla, viéndolo sonriendo cruel, atrapando, de forma desconcertante, los tirantes de su traje, que hala, rasgándolo con facilidad. Hala y rasga a pesar de que Renato gime y se medio revuelve, hasta desudarlo casi todo, dejándole las mangas del traje en los muslos y el blanco y sudado suspensorio. 

   Ahora si que Renato se asusta e intenta pararse, sólo para recibir, de rodillas como estaba, otro bofetón en la cara, con el dorso de la manota del otro que lo derriba nuevamente, para ser testigo, sin aliento para gritar, de cómo Jorge se deja caer, transversal a él, con el antebrazo en su plexo, dejándolo ahora casi asfixiado. No puede moverse, sin aire, adolorido, y todavía tiene que ver la sonrisa del otro, quien atrapa con los dedos sus tetillas erectas, jóvenes y desafiantes apretándolas de forma ruda, haciéndolo gritar bajito, y revolverse un poco. Esos dedos aprietan, soban, aprietan fuerte, duele, luego acarician y Renato chilla, aterrado, mirando como una erección espantosa se levanta del entrepiernas del otro. Una mano de Jorge le atrapa la nuca, obligándolo a ir a restregar su cara de esa vaina grande, dura, caliente, que lo quemaba tras el pantaloncillo. 

   Renato no esta seguro de qué sigue, pero no quiere saberlo, intenta golpearlo en las bolas, pero Jorge le atrapa el puño y aprieta, haciéndolo gritar, y la silueta de la tranca se frota de sus labios. Jorge le gruñe que si lo muerde le fractura los dedos, y aprieta. Renato chilla y esa vainota sigue frotándose. Pero Jorge quiere divertirse, lo atrapa por la axila derecha y la rodilla del mismo lado y lo alza un poco, dejándolo caer, brusco, de panza. Renato gime, todo le duele, no puede respirar, su cuerpo brilla de sudor, sus nalgas rojizas, altivas y redondas llaman la atención del otro que sonríe pasándose codicioso la lengua por los labios, le daría una buena lección. Se mete entre sus piernas, dándole golpecitos en los muslos que le provocan dolor y el otro se abre a lo que daba los faldones del traje, poco antes de que se lo saquen. Sus nalgas dejan abierta la roja abertura. Metido todavía allí, Jorge le atrapa y dobla, casi a punto de fracturárselo, el brazo derecho sobre su espalda, con rudeza.  

   El joven charlatán grita y aprieta los dientes, inmovilizado, cuando la otra manota soba sus nalgas, los dedos palpan la carne dura, turgente. A Jorge le encantan esos glúteos musculosos de machito. Lo nalguea, lo ve estremecerse, lo oye quejarse bajito, mira la mancha roja, le gustó. Azota una y otra vez, de una a otra, con rudeza, la palma le arde, pero es sabroso, piensa mientras sonríe y da palmadas sonoras. Y Renato grita lloroso que lo deje ir, que se disculpa. Pero a Jorge eso le encanta. Su manota soba y recorre con codicia esas nalgas de hombre. Le gusta poseer y someter a esos carajitos arrechos. Baja el rostro y besa de una a otra, luego muerde, suave, luego fuerte. Y más fuerte. Y Renato solloza mal. La lengua titila sobre el rojizo y lampiño ojete del culo, le gusta saborear un culito virgen, sometido, que sabe será suyo. La lengua recorre, se mete, y Renato gime ante tan extraño y horrible ritual, nunca antes le habían pasado la lengua así, jamás la cálida y viciosa lengua de otro carajo se había metido en su esfínter. 

   Jorge se endereza, no quiere darle placer. Pasa sus dedos, dos, por la espalda mojada, recogiendo sudor, y enfila hacia el culo y los mete, sin ceremonias. Los mete hondo y Renato grita, siente que se rompe. Duele y quema. Los dedos van y  vienen, cogen, Renato llora y se estremece todo, y eso encanta más al sádico, mete tres dedos, hondo, lo ve combarse, llorando a lágrimas vivas, suplicándole que lo suelte. Los agita, ese culito aprieta, calienta y hala sus dedos. No puede más, saca los dedos, con una mano baja su traje, no usa calzoncillo. Su barra titánica, cobriza oscura se enfila contra el abierto culito y aprieta. Renato grita, eso entra, rápido, al fondo, y casi se desmaya. Ahora Jorge lo suelta, semi recostado sobre él, semi arrodillado, con sus pelos pegados a esas nalgas. Retira el güevo, lo mete, saca y mete, cogiendo unas veces lentas, otras rápidas. Lo coge una y otra vez. 

   Renato chilla, lloriquea, pero siente un calor grande y poderoso; cuando esa vaina va y viene le provoca gemir, alzar el culo y que se lo cepillen bien, había algo que lo llenaba de ganas, de paz, de gozo, que lo hacía olvidar todo el dolor. Su culo va y viene ahora, abierto como una ‘o’, tragándose el grueso tolete, nervudo, largo. Las manotas de Jorge le atenazan las nalgas, lo coge con un ritmo frenético y le gruñe que sé que te gusta, mira como meneas el culo, eres una perra, mi perra. Lo echa de espaldas, lo mira, Renato parece sin fuerzas, los ojos bañados en lágrimas mientras ese carajo le tiene las piernas montada sobre sus hombros y sigue cabalgándolo, cogiéndolo duro, metiéndole esa vainota hasta el fondo de unas entrañas calientes, mojadas, que maman ese güevote. Le duele y le gusta, y eso lo adivina el otro que grita eres mi puta… y le llena el culo de leche bien caliente, es tanta que Renato siente la ardiente lava subiéndole al estómago, corriéndose también dentro del suspensorio. 

   -¿Satisfecho, puta barata? –pregunta Jorge parándose. 

   -¡Coño’e madre! Esto lo vas a pagar. –gimotea, sentadote. 

   -¿Qué, vas a decir que te cogí bien cogido y te corriste? –es cruel.- No digas idioteces. Ahora debes cuidarte de que yo no hable de cómo te meneabas, ni de tu tatuaje en la nalga o los dos lunares sobre el hueco de tu culo. Y puedo hablar, y tú no quieres eso, ¿verdad? Te gusta hacerte pasar por macho, pero ahora sabes que eres una perra caliente. ¡Mi perra! Abre la boca, quiero mear… -ordena, tajante. Renato se llena de odio, de rabia, las mejillas le enrojecen… y abre la boca. 

Julio César. 

NOTA: Es de mi otro blog.

EL ASCENSOR

Sábado, Abril 26th, 2008

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   Haré lo que diga, señor… 

   Coño, voy llegando tarde otra vez. La recepción de la firma está vacía, todo el mundo está en su cubículo trabajando, como abeja en panal, cada quien en su mundo. Es frustrante sentirse así. Me miro de pasada al espejo de puerta entera y me agrada lo que veo, un tipo joven, fornido, no muy alto pero atlético, de rostro cuadrado, cabello negro algo alzado en cepillo y una sombra perenne de barba en mi mentón cuadrado. El traje, azul oscuro, me sienta bien. Me veo poderoso y próspero. Voy ascendiendo dentro de la firma, aunque el jefe es un coño’e madre que me la tiene dedicada. Pero guardo silencio, ese cuarentón alto, fibroso, de rostro duro y hosco, de cabello ralo y mirada penetrante y dura, con algo de canas en su mentón que aunque limpio en la mañana ya muestra cañones en la tarde, era tan peligroso como enemigo, como lo parecía. 

   Iba retrazado, seguro me formaba un peo, pienso inquieto, pero no tanto, llegar tarde era casi una cuestión cultural en Venezuela. Oprimo el botón del último de los ascensores, ya que todos los otros andan como por el piso veinte, cuando noto la señal de dañado, maldita sea, siempre era igual. Pero, para mi sorpresa, las puertas se abren, y lo que encuentro casi me mata de la impresión. Allí estaba el señor Morean, mi jefe, con su serio traje oscuro, camisa azul y corbata vino tinto, masculino y viril, de pie, con el pantalón abierto y un increíblemente largo y grueso güevo rojizo emergiendo, poco, ya que la boca de Jonás, el chico del ascensor se lo tragaba con gemidos de hambre y gusto, como si nunca en su vida hubiera probado una vaina tan sabrosa. El güevo brillaba de saliva y mamadas cuando esos labios rojos lo tragaban y soltaban, apretándolo, logrando que Morean bufara por lo bajo, medio inclinado sobre el muchacho catirito que está de rodillas, acariciándole las nalgas metiendo su manota bajo una telita mínima, amarilla intensa, barata como sintética, y putona que usa como calzoncillo. Impresionado miré como esa mano tocaba, ávida, avarienta, y como parecía que uno de los dedos frotaba y se metía dentro del culito aun cubierto. 

   -¡Jefe…! -grazné.- ¿Qué haces? –demandé saber lo que ya sabía, sintiendo como mi corazón latía más de prisa, ¡y como mi güevo endurecía por segundos! Vaina que jamás me esperé. 

   -Jonás deseaba un aumento y lo estamos discutiendo, Gutiérrez, y  debo decir que sabe usar buenos argumentos. –sonrió, sin ninguna pena o incomodidad ese tipo tan… macho, mientras la boca tragaba con gemidos su güevo y su mano tocaba con más descaro esas nalgas y ese culito.- Aún estoy considerando su grado de compromiso para con la firma… debo saber qué es capaz de hacer por nosotros. Acérquese, Gutiérrez, y saque ese güevo que ya lo tiene mojándole el pantalón. –ordenó, como siempre hace, altanero. 

   Ese maldito maricón ¡qué se creía!, pensé molesto, agitado… mientras bajaba mi cierre y abría los botones de pantalón, ¡acercándome a ellos! Al librar mi verga, dejándola bamboleándose en el aire, casi tan larga y gruesa como la del jefe, boté aire, feliz, excitado al límite. 

    Algo vanidoso acepté la mirada de aprobación del jefe sobre mi dura barra, mientras la tomaba masajeándola duro, era extraño y rico sentirla apretada así, por la mano de otro tipo, alguien fuerte y viril. Tomándole la nuca a Jonás, el jefe libró su tranca, que parecía una lanza, babeado saliva y jugos, y lo obligó a tragarse la mía. Grité contenido cuando ese carajito bonito abrió su boca golosa y lo tragó, apretándolo, lamiendo y chupándolo con su cálida cavidad. Era una mamada increíble, y con ojos nublados miré al jefe que se abría la camisa, mostrando su tórax fornido, de grandes pectorales cubiertos de pelos ralos, muy bronceado, casi oscuro. Hice lo mismo, y cuando pellizcó mis tetillas, grité otra vez, mientras mi barra estaba en lo más hondo de la garganta del chico del ascensor, que mamando parecía bueno. Yo estaba totalmente loco, fuera de mí, sintiendo mis pezones apretados y mi güevo comido como nunca, soltando ya juguitos de macho. 

  Obligado a salir del pantalón y la tanguita amarilla, Jonás quedó desnudo a excepción de los zapatos negros brillantes y la casaca roja, así como el tonto gorrito que lo obligaban a llevar.  Teniéndolo en cuatro patas, con nuestros trajes puestos pero las camisas abiertas, le cogí duro esa boca mientras el jefe le enterraba el cobrizo güevo, grueso, como mucho para ese botoncito redondo y liso que había resultado el culito del muchacho, macheteándolo duro. Lo enculaba fuerte, embistiéndolo con tal poder que lo estremecía, haciéndolo gemir de puro placer. Su boca resollaba sobre mi tranca, antes de apretar, mamar y tragarlo todo. Era excitante ver a ese tipote atraparle las redondas nalgas, clavando esos dedos fuertes, embistiéndole el chiquito con su porra enorme, clavándolo todo, hasta los pelos crespos de su pubis. 

   La locura se desató dentro de ese ascensor, y a pesar del aire frío del acondicionador del clima, sudo un poco con la espalda apoyada contra las puertas cerradas del ascensor, chocando mis piernas con las del jefe, que está frente a mí, y entre los dos, gritando como una puta loca, sin reparos, apoyándose en nuestros muslos donde caía quedando sentado y por mis manos bajo sus rodillas, el catirito Jonás sube y baja sobre nuestros dos güevos tiesos, gruesos y enormes que queman como el infierno. Lo cogíamos a dúo, y el muchacho luego de adaptarse, parecía estarlo gozando increíblemente, pues gemía, sudaba y babeaba abrazado a mi cuello, pegándose de mí, aullando que se moría, que qué vaina tan rica, que no aguantaba más. Su güevo chocaba de mi panza, su tórax contra el mío era rico, y el jefe estaba allí, pegado a su espalda. Los dos de saco, con el chico desnudo a excepción de zapatos, gorra y casaca, que subía y bajaba más, totalmente fuera de sí, transportado a otro mundo de sensaciones y placer cuando su dilatado, y vicioso culito, subía y bajaba apretando nuestros güevos; mientras nosotros agitábamos como podíamos nuestros muslos, cogiéndolo también, para mí era raro y rico sentir ese culo chupando, pero también la barra tiesa del jefe contra el mío. Fue cuando el jefe me miró directo a los ojos. 

   -Gutiérrez, ¿usted no quería un aumento? Venga esta tarde, al final del día, a mi oficina… y depíleselo antes. –ordenó. 

   -Si, señor Morean… -gemí casi al borde del desmayo. 

   -¿Qué haces, Germán…? -me vuelve a la realidad la voz de Sonia, mi mujer, quien me mira en la entrada del cuarto.- Tienes ese bicho como pata de perro envenenado. 

   -Te esperaba, mi amor. –mentí, teniendo la delicadeza de enrojecer de vergüenza al verme pillado soñando despierto con las ganas que tenía de que el jefe me atendiera… 

Julio César. 

NOTA: Pequeña historia de mi otro blog.

LOS DUKE… DEL POLVO

Jueves, Noviembre 8th, 2007

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   -Vamos, Bo, el tío Jesse ya se fue… 

   Bo recostado sobre el heno del pajar, mira la luz del sol filtrarse por varios agujeros del techo que su primo, Luke, el tío Jesse y él debían reparar antes de que comenzaran las lluvias. Sonríe notando que siempre había algo que hacer. Pero en esos momentos no puede dedicarle mucho tiempo a esos pensamientos. Está muy caliente, y una llamativa erección abulta bajo su muy ajustado jeans desteñido. Su mano cae allí, encontrándose la tranca dura, caliente y deseosa de mimos. Sabe que está solo en esos momentos y baja con dificultad la prenda, costándole un poco, quedando desnudo de la cintura para abajo, con las musculosas piernas cubiertas del amarillento pelaje. Algo mórbido se coloca sus botas marrones. Su tranca rojiza, erecta y grande, cae contra su abdomen, casi sobre los faldones de la franela roja que usa. Se atrapa el palpitante güevo, gimiendo bajito, cerrando los ojos y comienza a masturbarse con fuerza, recordando el increíble espectáculo que vio en el Jabalí, el local donde trabajaba su prima Daisy Duke. 

   Había ido por ella al recordar que su auto presentaba fallas, y entró por la puerta de la cocina, encontrándolo todo solitario hasta que oyó unos gemidos. Al asomarse al salón, la descubrió. La hermosa joven, una de las putas más zorras y caliente de la zona, estaba denuda en el piso, apoyada en manos y rodillas, con Enos tras ella, vistiendo la parte superior de su uniforme de oficial de policía, desnudo de la cintura para abajo, clavándole su sorpresivamente largo y grueso tolete por el culo. Sus manotas atrapaban la cintura de la joven, mientras la embestía, enterrándole el rojizo güevo en lo más profundo de las entrañas, mientras ella chillaba, sudaba y babeaba un poco, meneando el culito contra su pelvis. A Bo se le puso de piedra en segundos, pero lo que más le llamó la atención fue mirar el rostro de gozo infinito de la joven que pedía más, que se la clavara hondo, que no se parara que la cogiera más duro; y Enos la complacía, cogiéndola con más fuerza. 

   Se marchó… después de unos buenos diez minutos, en los cuales Daisy enloquecía más y más, restregando sus nalgas de Enos, como deseando que su güevo fuera más largo aún. Ahora, Bo sube y baja su mano con ganas sobre su tranca, sintiéndose increíblemente caliente, pero… los dedos de su otra mano soban los pliegues que van a su raja interglútea, sintiendo cosquillas, los mueve, temeroso, y se soba la entrada del culo, encontrándolo sabroso. Quiere y teme, pero finalmente una falange inicia la penetrada, y aprieta los labios sintiéndose muy caliente. Lo mete, es raro, distinto… pero le gusta. Venciendo temores y resistencias, lo clava y chilla, mareado, abriendo los ojos, olvidado de masturbarse. El dedo entraba hondo, ahora sale y entra, y se siente tan bien que… 

   -¡Bo!, no sabía que querías probar. Debiste pedirme ayuda como siempre, primo. –oye una reilona voz, y aterrado abre los ojos, sentándose. Frente a él se encuentra Luke, alto, sonriente, con el güevo erecto fuera del pantalón. 

   -Luke, yo… ¡guárdate esa vaina! –se alarma más, ¿y si alguien llegaba…? 

   -Ya creo que voy a guardarla, pero en tu culito caliente, primo. 

   Se burló, cayendo rápidamente a su lado y empujándolo por el pecho. Sabía que contaba con el poco tiempo que el factor sorpresa le brindaba, pero no iba a desperdiciarlo, tanta practica con féminas… y uno que otro camionero de la zona, lo había hecho un experto. Una vez que el desconcertado, y temeroso, Bo cae de espaldas, la ruda mano de Luke le atrapa el tolete, dándole un apretón y una sobada grande, que al otro joven le pareció excitante, dándole mucho gusto, tanto como el roce de los dedos de la otra mano en su raja, acariciándolo de forma intensa, antes de clavarle un dedo en forma exigente y posesiva en su agujerito virgen, cogiéndolo una y otra vez con él, metiéndolo todo, agitándolo, frotándolo todo por dentro. Bo gemía y meneaba sus nalgas, cerrando los ojos, incapaz de pensar ya.    Ahora eran dos dedos de Luke los que entraban hondo, hurgando, engarfiados, frotando, cogiendo y… dilatándole el hasta hace poco cerrado culito de su querido primo Bo. El moreno, con una sonrisa sádica, lleva su mano al bolsillo posterior y saca un destornillado de cacha gruesa con el que revisaba el tendido eléctrico, y lamiéndolo, lo lleva al titilante culito que ya lo esperaba. Se miran a los ojos mientras ese mango se abre camino, cogiéndolo, metiéndose todo, siendo agitado de arriba abajo. Y Bo eleva sus caderas, loco de gusto, con el güevo babeándole de placer, incapaz de contenerse mientras era cogido así. 

   -Diablos, primo, clávame tu güevote ya. No aguanto… -jadeó Bo, con ojos brillantes y mejillas rojas, de excitación y vergüenza. 

   Luke no se hizo rogar, sabía lo rico que era coger a otro carajo, sobretodo a un virgencita como su primo. Rápidamente lo posicionó en manos y rodillas, admirando sus redondas nalgas pálidas. Metiéndose entre ellas, dejó que su tranca lo rozara, nalgueándolo. Sus manotas acarician y soban, abriéndolo más. Mira el rojizo ojete que titila salvaje, esperando su goteante y grueso premio. Enfila su güevote y lentamente va clavándolo, metiéndoselo trozo a trozo, para no lastimarlo y para gozar de cada apretón y templón que ese culo le daba. Lo mete con un golpe y Bo chilla con la boca y ojos muy abiertos. Eso duele, quema… y le gusta como el infierno. Cuando sale y vuelve a entrar, algo despierta en él, llenándolo de calor y lujuria.  

   Luke va y viene ahora, con ritmo, cogiéndolo, lo hace rápido y duro, lento y suave, cabalgándolo experto, mientras Bo arquea la espalda, chilla, suda y se estremece. Luke jadea con la boca muy abierta; Dios, que rico era ese culito estrecho y caliente, que le mojaba el güevo, apretándoselo todo. Su pelvis choca de esas nalgas, sus manos azotan, su güevo se abre camino dentro del redondo anillo, macheteándolo fuerte. Lo coge de lado, lo coge boca arriba, llamándolo mariquita bella, que ahora era su potranca, y mientras hablaba, lo enculaba más y más, hasta que estallan en leche, y Luke llena ese culo a rebosar, tanto que una parte escapa del relajado y saciado agujerito recién estrenado. Yace uno al lado del otro. 

   -Primo, no le vayas a contar a nadie que… 

   -Descuida, Bo. -le sonríe pícaro.- No te conté de Enos y de Cletus, ¿verdad? –lo mira divertido, sorprendiéndolo.- Si, también les doy de vez en cuando por esos culos. –lo besa en una mejilla.- Espero que esto se repita… -y Bo ríe bobamente, como el rubio tonto que es. 

   -¿Por qué no ahora? –¡¡¡esa vaina le había gustado en verdad!!! 

Julio César.