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RELATOS CONEXOS… (11)

Viernes, Junio 27th, 2008

…FINALIZA  UN LARGO VERANO

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   Baquiano de mil caminos, ven a mí… 

   Mientras lo paladea y saborea, Roberto recuerda los horribles celos que sintió de Sergio, cuando andaba por ahí, tetón y culón. ¡Como temió que Antonio se fijara en él! Vivía arrecho, molesto e inconforme desde que el joven regresó de Mérida. Lo sabía allí, casi al lado, solitario. Su padre había muerto hacía dos años, y para lo que servía, debió ser un alivio; pero era su padre, y Roberto imaginaba que al otro, debió dolerle. Saberlo allí, cerca, lo enloquecía. No quería acercarse o ir, por su padre, y por no ceder a esa cosa grande y terrible que lo dominaba. Pero ahora están allí, acabando con toda esa larga, desesperante y horrible espera; y era como lo había imaginado. Con un gruñido seco, se pone de pie, bajando de los sacos, frente a él, y empujándolo un poco, para que no se parara también. Arrodillándose frente a él, Roberto le abrió mucho las piernas, apoyándole los zapatos en los sacos, exponiéndole el titilante culo. Lo miró fascinado, escupiéndolo, con espesos goterones, que fue untando con sus dedos, metiéndolos un poco dentro del orificio, lubricándolo.

   Lo ensaliva y lo lame, dejándolo más untado de baba, y Antonio chillaba agudo, revolviéndose en los sacos, incapaz ya de enfrentarlo o detenerlo, aunque tampoco quería. Y Roberto sonríe sabiéndolo, obligándolo a darle la espalda, bajándole los pies al piso, y abriéndole las piernas. Algo echado de panza sobre los sacos, Antonio se volvió a mirarlo, sin decir nada, con sus nalgas abiertas, el culo titilando ya, las bolas colgando y su güevo igual. Esperando. Posicionando su tolete en la entrada, Roberto empuja venciendo la resistencia inicial, y va metiéndosela. Antonio chilla, tensándose todo, igual que las nalgas, y Roberto lo soba y lo sisea, como calmándolo, mientras va metiendo su tranca, que no encuentra mucho problemas porque la entrada estaba bien lubricada y adentro estaba totalmente caliente y mojado también, de las ganas. Lo clava todo, pegando fieramente su pubis de esas nalgotas, sintiendo el tolete aprisionado, apretado y chupado; ¡coño, era virgen!, se dijo con sorpresa, calmándose los celos que durante años alimentó, imaginándoselo tirando con carajos en Mérida. Al clavárselo, el joven grita agudamente, como adolorido, de placer. Y en eso, lo acompañó Antonio, tensándose y retorciendo el cuerpo; eso le quemaba, aporreaba y rasgaba, pero también lo llenaba y le presionaba algo, un botón, que le provocaba más deseo, más ganas de tirar así.

   El güevo sale un poco y vuelve a clavarse, con ganas, con deseo. Sale y entra, cogiendo al otro sin miramientos, sin piedad. Roberto no puede pensar mientras le atrapa una cadera con una mano y con la otra le soba la recia espalda. Lo empala duramente, embistiéndolo feo, estremeciéndolo todo sobre los sacos con la fuerza de sus cogidas. Lo estaba cabalgando con meneos buenos de cintura y espalda, empalándolo a fondo; y Antonio sólo podía chillar, sintiéndose caliente, vivo y desesperado por algo que no entiende. Todo su cuerpo pica con ganas de ser tocado, sobado, pellizcado o lamido. Su espalda se arquea, igual que su rostro que se eleva, incapaz de estar quieto con ese tizón en su culo, saciándolo, llenándolo, pero también dejándolo más hambriento. Los dos iban ahora uno contra el otro, el culo de Antonio lo buscaba, subiendo y bajando contra su pelvis, restregándose allí, mientras Roberto lo cabalgaba con dureza, como quien domina un caballo. En ese baile de macho contra macho, de hombre que se empalaba con el tolete de otro carajote, ambos sentían que algo se rompía, algo que no sabían qué era. Ahora estaban haciendo lo que querían, y en el caso de Roberto, cumpliendo lo que soñó muchas veces, en la soledad de su cama, en medio de un salón de clases o cuando salía con alguna chica: cabalgar a Antonio así, oyéndolo gemir y suplicar por un poco de su cariño. Ahora le enterraba duramente su tranca, y lo oía gemir, y sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que el otro le suplicara por más, que se lo metiera más, que lo cogiera duro y a fondo. Y tan excitado está, que le atrapa un mechón de cabellos húmedos, halándoselos, gozando también de eso.

   Sergio tiene la boca horriblemente seca, y aunque no es gay, ni le atrae la idea, siente la terrible erección de su güevo. Mira a Antonio, joven y bello, de espalda ahora, sobre una pila de sacos de maíz, con el culo justo a la altura del güevo de Roberto, quien está de pie frente a él (que gente tan aplicada, piensa mórbido). La nuca de Antonio esta apoyada en la vieja madera de la pared del gallinero, y con el rostro contraído de placer, y de adolorido deseo, mira a Roberto entre sus piernas, atrapándolo por debajo de las rodillas, metiéndole a fondo su güevote en las entrañas. El tolete iba y venía, metiéndose en el orificio por debajo de las bolas, donde descansaban los pelos púbicos del otro, cuando lo embestía. Los dos hombres se miran, diciéndose, prometiéndose y jurándose cosas extrañas en silencio, y sudan copiosamente. Roberto siente como la transpiración le baja por las sienes y la espalda, que brilla, musculosa y mojada, mientras va y viene. Los dos gimen, se agitan, gruñen, y de cuando en cuando tienen que espantar a las malditas moscas que querían probar el manjar. Las nalgotas redondas y musculosas de Antonio se apoyan al borde de los sacos, mientras el tolete cilíndrico triangular de Roberto, rojo y duro, surcado de venitas, entraba y salía, cogiéndolo a fondo, viéndose hermoso cuando abría esos pliegues calientes del culo, sodomizándolo.

   A Sergio le parece que ve algo particularmente notable. Esas cosas no le atraían, aunque el güevo le palpitaba dentro del short mientras va alejándose; pero le parece que esos dos cuerpos viriles y musculosos, de hombres jóvenes que jadeaban mientras el güevo de uno se metía con urgencia en el culo del otro, que parecía pedírselo con sus gemiditos agudos de doloroso placer, conformaban una escena digna de un cuadro al óleo. Se aleja para dejarlos terminar en paz, ya que él tiene otra reunión. Su misión en la zona estaba cumplida (y lo estuvo antes de la llegada de Roberto, sólo que ahora se confirmaba). Sonríe con pesadumbre por Isabela, ¡tenía tan mal tino para los hombres…! Tal vez aceptara salir con él, que la mimaría y consolaría… por un tiempo.

   Dentro del gallinero, el clímax se acerca, mientras Roberto se monta las rodillas de Antonio en los hombros, tendiéndose un poco hacia él, subiéndole más el culo, que se agita recibiendo una y otra vez el duro manduco que lo penetraba, saciando sus ganas de güevo, pero despertando otras peores. La espalda de Roberto brilla y se contrae mientras las nalgas van y vienen empujando su tranca en esas ardientes entrañas, sacudiendo al otro sobre los sacos. Antonio cierra los ojos, bañado en sudor, gimiendo putonamente, arqueando el cuerpo en los sacos, recorrido por oleadas intensas de placer. ¡Quiere ese güevo en su interior!, lo quiere hondo, cogiéndolo duro, y así se lo grita a Roberto, quien sonríe feliz, amándolo más en esos momentos.

   Esa tranca enorme y caliente dentro de él, sobándolo y rozando todo, hace que Antonio chille, tensándose, cerrando violentamente su culo alrededor del tolete, mientras comienza a temblar todo. Roberto, fascinado, lo ve gemir, alzando el rostro, pegando la coronilla de la pared, mientras intenta agarrarse el güevo como para impedir la corrida, pero no pude, bañándose el abdomen y el pecho. Se ve abundante y espeso, y un olor fuerte llena el lugar. Enloquecido de lujuria, Roberto se inclina hacia él, casi acostándosele encima, aplastando con la panza, el güevo y el vientre enlechado del otro, encontrando eso rico, atrapándole la boca y lengüeteándolo. Antonio tiene que tragarse su gemido cuando Roberto comienza a temblar, metiéndole el tolete hasta las entrañas, con las bolas pegadas totalmente a sus nalgas, y se corre, entre temblores y jadeos. Antonio lo besa lamiéndole la lengua, y chilla también al sentir el impacto de esos disparos calientes y enloquecedores, que cree que van a matarlo de gusto, gozando la corrida de leche de ese otro hombre, al que tanto había deseado, en su culo semivirgen.

   La tarde comienza a cambiar ya, hacia las tres de la tarde, la hora en que mataron a Lola, como decía su abuela, cuando preparaba café con leche y les daba con pan andino; a Roberto le gusta pensar en ella (flaca, alta y seria, pero amorosa en el fondo de su corazón), recostado sobre los sacos de maíz tirados de cualquier manera, recordando, marginalmente, que por ahí debían haber muchos alacranes y ciempiés. Se siente dulcemente agotado, con las manos cruzadas tras la nuca. Totalmente desnudo, sintiendo la tibia brisa, aunque también una persistente visita de las fastidiosas moscas. Coño, si se iba a quedar ahí con Antonio, debían poner mosquiteros. Y sonríe sintiéndose idiota al pensar en quedarse con el otro, que está a su lado, pero recostado de medio lado, dándole la espalda, respirando calmadamente, adormilado. Vaya, Antonio era de los que tiraba y se quedaba dormido, ¡que poco considerado! ¡Vivir juntos!, y la idea lo llena de dulces temores. Cierra los ojos recordando lo contado por el joven hace poco, lo propuesto por Sergio. Arruga un poco la frente, quién iba a pensar que el otro iba por negocios, y no por placer. Como él, por ejemplo.

   Al parecer, Sergio consideraba que esa parcela, con cableado, vías de penetración cercanas, y con agua, era buena para levantar una Granja de Truchas, con algo de financiamiento. Para Antonio fue toda una sorpresa, porque él, coincidencialmente, se dedicó al estudio de proyectos semejantes en la universidad de Los Andes; y visitó muchas de esas granjas. Había que trabajar bastante para sacar adelante semejante proyecto, pero a él no le asustaba la idea. No tenía plata, pero Sergio, quien decía que una granja tal traería beneficios a la zona, y ganancias, conocía gente, la compañía Devlin, que podía financiarlo, por una participación en el negocio. Antonio se mordió los labios, sintiéndose algo alarmado, estaba solo, y en tierra hostil. No lo querían allí, y sólo había regresado para ver, tal vez por última vez, dónde estuvo su vida, su gente (y para ver, de lejos, a Roberto). En realidad había venido a despedirse del pasado, y reencontrarse con Roberto lo había molestado (aunque deseaba verlo). Siempre se había sentido débil ante él, y en cierta forma, a cierto nivel, deseó verlo, finalmente, para despedirse. Y le dolió que no se llevaran bien, sino que pelearan como antes. Él se sentía como un argentino frente a Las Malvinas: dueño de nada. Pero el ofrecimiento de ese tal Sergio, le regresó el alma al cuerpo, y le dio esperanzas, una meta, algo que hacer con su tiempo. Era un trabajo, una obra que podía darle sentido a su vida. Y seguiría allí, enfrentando a todos en un pueblo que lo hizo sufrir mucho cuando era un muchacho. Y estaba Roberto. Quería demostrarle que él podía triunfar. Y sin darse cuenta, ya había aceptado el ofrecimiento; y tal como lo pensó mientras hablaba con Sergio, se lo contó, entre bostezos, al amante.

   Ahora Roberto cavilaba sobre eso. Una Granja de Truchas. Sonríe divertido, sonaba a idiotez, pero el ofrecimiento estaba hecho, y entendió que Antonio ya había aceptado en su mente. Y que iba a dedicarle su energía, sus ganas, su juventud y vida a edificar y alimentar el complejo, los tanques y los estúpidos peces. Antonio lucharía por eso con todas sus fuerzas y con todo su ser. Medio vuelve el rostro y mira la nuca y cabello del amante, ¡ahora eran amantes!, sintiéndose embriagadamente abrumado. No se iba a casar con Isabela, aunque de ser necesario lo hubiera hecho, pero Antonio… Ahora Antonio era importante en su vida, y era una incógnita también. No sabía cómo reaccionaría ante ciertos estímulos (una boda para esconder vainas, por ejemplo). La vida sería dura, mucho. Y no podía engañarse, tenía miedo. Mucho miedo… Prácticamente estaba renunciando a todo lo que poseía, incluido su padre, por lo que ahora sentía; estaba dejando todo lo bueno que tenía por algo que, tal vez, fuera mejor pero que llegaría después. Pero comprendía que lo vivido con Antonio no era una idiotez que pasaría mañana, o si tiraban otra vez. Eso había resistido y sobrevivido años. Y para defenderlo, dejaría su buena vida, por lo que el futuro trajera. En cierta forma subconsciente, muy a la venezolana, el joven esperaba que el tiempo lo curara todo, que la gente se acostumbrara a todo, igual Gregorio, y que un día lo buscara. Sabía que su madre lo perdonaría en seguida. Gregorio llevaría más tiempo; pero esperaría por su padre toda la vida si era necesario… al lado de Antonio. No iba a esconderse, la gente notaría que él y Antonio estaban juntos, y hablarían, y si alguien preguntaba le diría que si, que amaba a ese carajo y vivían juntos. Y durante todo el tiempo que hiciera falta, buscaría la comprensión, o el perdón de su padre. Si no llegaba, Dios no quisiera, aprendería a vivir con eso, con su desamor, aunque él siguiera adorándolo. Lo haría porque sentía que Antonio ya no era un carajo con el que podía tirar un rato, escondido en ese granero. No, era algo más grande. Algo que lo asustaba y llenaba de felicidad.

   -Señor Devlin… –saluda, lejos de allí, sonriente y terriblemente irónico, Sergio, en short jeans y camiseta, dejando al descubierto sus tetillas. Algo nervioso ante el otro hombre (de cuya sagacidad y maldad, había oído mucho, historias que parecían absurdas), unos años mayor que él, aunque no le era posible saber cuántos.

   -No me digas así. Ese nombre me molesta. -dice el otro, volviéndose a mirarlo, con una voz gruesa, profunda y oscura en sus tonos, una voz que habría sido perfecta para interpretar a Lord Wader en
La Guerra de las Galaxias. Había tanta fuerza interna en ella, a pesar de lo reposado, que un leve escalofrío recorrió la espalda del otro.- ¿No podrías… vestirte? Pareces un puto barato. -critica leve, notando una chispa atrevida en sus ojos.- Y no me importan tus creencias sobre mi doble moralidad, Sergio. -y vuelve la mirada hacia los cultivos. Notaba algo… inquietante en la forma en que el viento azota los maizales, produciendo un sonido rozante, como de rezos lejanos. Tal vez una multitud de almas perdidas, clamando piedad al final de los tiempos. Piedad que no les llegaría, eso lo sabía bien. Los culpables debían pagar y los justos lo harían también. Ese era el juego, y los venezolanos sabían en qué se metían cuando lo iniciaron.

   Sergio calla, estudiando a ese otro hombre que está de pie, en el pequeño camino de tierra, entre dos grandes sembradíos, en tierras de los Noriega. Era alto, sólido, musculoso y… había un aire de astucia e inteligencia en él que casi podía palparse. Viéndolo así, quieto, sereno (a pesar de que sabía lo que sucedía en un viejo y destartalado gallinero más allá; algo provocado por él), Sergio se pregunta qué piensa. Su trabajo, por el que ganaba una gran cantidad de dinero en forma de salario y bonos, era ir de estado en estado, creando cooperativas, pequeños negocios y medianas industrias. Llevaba en la creación de las fulanas Granjas de Truchas (algo que le parecía idiota a pesar de lo mucho que intentaba que le interesara), unos ocho meses. Y siempre había tenido éxito. Claro que, buena parte de ello, se debía a la información que tenía sobre la gente a la que vería, con los dramas y pasiones humanas ajenos a él, presentes en todos, y que sabían usar para conseguir resultados satisfactorios. No iba a quejarse, porque fuera de lo que ganaba ya, ese hombre le daba la posibilidad de contar con una o dos acciones dentro de cada negocio. Dinero para el futuro. Era generoso, mucho.

   -Todo salió bien. -grazna Sergio, algo incómodo ya, sabiendo que era inútil decirlo. Con ese hombre, todo salía como él decía.

   -Lo sé. -dice mirándolo, divertido de su nerviosismo.- Es bueno que esos dos tengan algo que hacer, algo sólido, mientras viven su amor. –sonrie divertido al notar la sorpresa del joven.- Sí, imagino lo que hacen en estos momentos. Y está bien. Trabajar duro, con sus manos, de sol a sol, desafiando a todos, es el marco que necesitan para justificar ante Araure, lo que son, lo que sienten. -suena increíblemente burlón.

   -¿Va a dejar que sigan juntos? Creí que sólo le interesaba Antonio Pavón. -el otro calla.

   -Si. Los dejaremos vivir su pasión loca. Como dice la canción… Vivir los nuestro. -canturrea.- Dejaremos que el amor triunfe, por ahora. -y sonríe leve, ensanchando sus labios gruesos.

   -Alfonso… -grazna Sergio, mirándolo intensamente, acercándosele, subyugado, a su pesar, por la poderosa personalidad del otro.- ¿Para qué hace todo esto? Son negocios… extraños.

   -Lo sé. -repite, mirándolo burlonamente, mirándole las tetillas erectas bajo la camiseta, admitiendo para sí, sin mayores consecuencias, que era un tipo bonito; ¡bien por él!- Sé que dentro del Grupo hay quienes se dedican al narcotráfico, a la trata de blancas, al chantaje, al robo… y a otras formas de delitos que ni te imaginas… Y no los censuro. Soy parte de todo eso también. -encoge sus recios hombros, sin problemas morales, sin remordimientos por todo lo que han hecho él y el resto.- Pero esto… -calla, extendiendo la mano y señalando los sembradíos.

   -¿Es porque es más noble ayudar a la gente que comienza? -intenta adivinarlo. El otro ríe realmente divertido.

   -No, claro que no. Esos muchachos harán un gran trabajo, se partirán el lomo, se sancocharan el culo… y no sólo en el sexo, sino trabajando. Y al final, dentro de un tiempo, todo esto será mío. La Granja de Truchas… y estas tierras. -lo dice con simpleza.- Como ocurrirá con todos los otros tratos que has hecho. Dejaré que suden, que suban, y luego se los quitaré todo.

   -¿Por qué…? -parece verdaderamente impresionado, mirando a ese hombre alto, fuerte e inteligente, con una luz nueva. Era malvado, aunque ya había oído que lo era.

   -Monopolio. -es simple.- Hablamos de alimentos… de comida. Eso nunca pasa de moda. A la gente le da hambre a cada rato. Siempre necesitarán qué llevarse a la boca, y si eres bueno y si tienes mucho, ni un gobierno inepto, autoritario y despótico puede quitártelo. -mira hacia los maizales.- Dentro de los regímenes siempre hay quien se da cuenta de que todos los demás son ineptos, pero que el que cultiva y produce alimentos a pesar de todo, debe dejársele hacer, pagándole lo que tiene a precio de oro, para que no venga la hambruna. No hay cambios sociales con hambre total, la gente aguanta hasta un punto, luego enloquece, como las ratas, y atacan a sus opresores. Hoy invaden tierras, arruinándolas para que luego vengan otros a engordarlas. Pero son hombres inútiles, fracasarán y venderán. Y venderán otra vez, hasta que lleguen a alguien como yo. No, con gente como yo, tienen que pactar; aunque se crean dueños de vidas y destinos, invencibles. Porque cuando el hambre es mucha y terrible, la gente salta sobre los muertos, sobre las bolas y mata a sus torturadores. Por eso me dejarán en paz. Y tendré todo esto. Y al final tú les vendes lo que deben comer, fijando tus precios. Siempre ha sido así. Yo pude haber intentado hacer todo esto por mí mismo, pero es mucho trabajo. Es mejor que lo hagan otros… y luego les doy el zarpazo.

   -Es algo cruel… -acusa, pero no puede reprimir una sonrisa de fascinación.

   -Ah, no, no te preocupes tanto por esa gente a la que has… ayudado. Esos dos, por ejemplo, encontrarán algo más qué hacer. No morirán de hambre; porque, aunque son jóvenes, se ve que tienen ganas de echarle bolas a las cosas. La gente así nunca se hunde, Sergio. Siempre flotan. Se hunden, se arrechan. Lloran amargamente un momento, o gritan. Pero se levantan. Y comienzan de nuevo, y luchan, y se esfuerzan, y tienen sus cosas otra vez. A un hombre, o una mujer así, no se le vence nunca. Son los parásitos que quieren vivir sin hacer nada los que siempre viven entra la mierda y la cloaca de aguas negras. Están condenados por lo que son, a ser una carga para todo el mundo. Son sólo basura, un saldo, una carga inútil. -mira nuevamente los sembradíos, con una gran sonrisa en sus labios.- Sí, todo esto me encanta. Cómo voy a disfrutarlo cuando todo sea mío… -piensa que ya debe abandonar Araure.

   Pasaría, rasante, por Cantaura, donde una india, amiga suya, le habló de Gregorio, el amante, y de su hijo. Y de los temores del hombre sobre el hijo. También debía encontrarse con Araña, para almorzar. Sonríe cruel al pensar en su sociedad con Araña, de quien sabía que andaba moviendo sus hilos en jugadas extrañas, y peligrosas. El resto de los socios parecían no haber advertido nada, pero uno nunca podía estar seguro de eso, no con esa gente. Araña, si se equivocaba, podía ponerlos a todos en evidencia frente al régimen, y el mundo. Gente como ellos, sería odiada en seguida. No sabía a ciencia cierta a qué jugaba Araña, pero sabía que sería algo delicado. Araña era de cuidado, y su ejército de fanáticos incondicionales aumentaba día a día.

   Ignorante de todo lo que se mueve a su alrededor (la eterna lucha del más vivo e inmoral, contra el hombre decente), Roberto continua acostado, desnudo, sobre esos sacos que ahora le parecían suaves y acogedores, sintiendo la tibia brisa de la tarde que entra por la ventana. Va sintiendo algo de sueño, fue una cogida dura y poderosa que lo agotó. A su lado, Antonio duerme, gruñe en sueños y rueda hacia él. La cabeza del joven cae en su hombro, casi entre su cuello, donde resuella, tibio, en paz, con una sonrisa saciada y feliz en sus labios, montándosele casi sobre un costado. Roberto, estremeciéndose dulcemente, piensa que su novio pesaba. ¡Como pesábamos los hombres, Dios!, se dijo. Siente como Antonio se acomoda, comodonamente, montando una pierna entre las suyas, y cruzando un brazo sobre su pecho. Y Roberto tiene que cerrar los ojos, gozando ese cuerpo fuerte y cálido, así como la presión del tolete del otro, más caliente aún, contra su cadera, aplastado, y del muslo en su entrepierna, estimulándole el güevo. Pero va adormilándose, disfrutando lo sabrosito de tener al otro así, contra él; sin rollos o temores, feliz de tener a su lado a un carajo buena gente y correcto como él. Antonio no era una mierda de persona, por él bien valía todo lo que haría. La gente hablaría de ellos, pero no importaba mucho. Nada debían. Nada temerían. La historia de Roberto y Antonio podía escribirse en un cuaderno limpio, sin manchas de tinta, sin sombras. A nadie habían dañado jamás, a nadie lastimaron; y eso era lo único que, al final, contaba. Al despertar lo invitaría a la quebrada, se ducharían… y tendrían más sexo rico y caliente. Sabía que Antonio era un poco volado y voluntarios (como cuando aceptó el negocio de las truchas), pero ahora debería controlarse un poco más; porque ahora Antonio tenía un marido al que tendría que respetar… Tendría que respetar a su hombre. Roberto sonríe turbado, feliz: ¡sí lo viera su papá! 

   OLFATEANDO PROBLEMAS

   De tarde en tarde, del llamado ámbito académico, surgía un ser que fastidiaba a todo el mundo: un místico. Generalmente el sujeto en cuestión ignoraba que lo era, a pesar de sus creencias absurdas y maniáticas que lo llevaban a pelearse con media Galaxia, y en casos extremos terminaban refunfuñando en voz alta por los rincones, como perros viejos y malhumorados. En su pequeña mente, la del místico, él o ella, siempre tenía la razón y el resto del Universo entero estaba dolorosa y estúpidamente equivocado. De tanto en tanto, uno de ellos se dirigía a la directiva de La Flota y gritaba que había descubierto una conspiración contra Los Mundos Humanos. Siempre eran súper conjuras. No cosas sencillas; no, eran planes siniestros de gente que quería controlar el Cosmos todo, plan del que sólo ellos se habían percatado. Cualquier almirante o general de La Flota podía contar cómo llegaban a sus puertas, hoscos y huraños, denunciando la conspiración y molestándose cuando alguien hacía preguntas desagradables como: ¿quién conspira y para qué? Eso siempre los alteraba, perdían la ecuanimidad y terminaban girando los ojos en sus órbitas y chillando algo en el estilo de: el cielo se está cayendo y nos va a dar en la cabeza. Algunos hasta traían una roca, sonriendo como… locos, como prueba.

   Lo curioso era que esos místicos generalmente gritaban, bañando de saliva al que estuviera cerca, que iban a investigar los hechos hasta las últimas consecuencias; pero después de un tiempo, tales individuos solían desaparecer, con todo y sus investigaciones (como también podía atestiguar cualquier almirante o general). Y no era porque cayeran en un agujero negro o una estrella de cualquier otra índole. Simplemente…. desaparecían de escena. Fue por ello que cuando Flatt Hublak, de Naejmis, hizo su aparición en Báluwa (mundo administrativo de La Flota), denunciando una antigua conspiración urdida en el viejo y detestado planeta Tierra, todos pusieron cara de circunstancia y giraron los ojos en sus órbitas con un ¡hummm!; excepto los más viejos que suspiraron elocuentemente con disgusto. ¡Otro místico! Lo que diferenciaba a Hublak del resto, era su procedencia. En Naejmis no creían en misticismo ni magia, su gente no era dada a eso. Y el hombre era un académico acreditado en su mundo y en todo el sector Panzhar, por lo que no se pudo, simplemente, hablarle condescendientemente, recomendarle un té de tila y mucho reposo. La gente de ese sector siempre era un problema, y los de ese planeta lo eran más.

   El hombre, un tipo enorme de más de dos metro veinte, de piel blanca como el papel, de cabellos iguales de blanco, ojos grises deslucidos que se asemejaban al frío acero de las antiguas construcciones, no era alguien a quien se pudiera ignorar fácilmente. Era saludable, atlético, inteligente y decididamente atractivo; aunque este efecto quedaba destruido a medias por el hecho de ser un naejmisno, un ser que creía que el resto de las razas humanas eran mierda, y de la que apestaba, sobretodo las del viejo sector de Áurea Boreal. El hombre era un bonito acabado de su mundo y de su cultura, que no temía al diseño genético. Igualmente era esclavo de su cultura: era un ser egoísta, racista, narcisista y perfeccionista. Su mundo era aislado, y sus habitantes odiaban la cercanía de otros seres, sobretodo los de otras razas, a las que consideraban inferiores, genética y mentalmente hablando. Eran, en resumen, unas joyitas.

   Al iniciarse en los estudios de Psicología de Masas, cosa muy necesaria en el sector Panzhar (aunque jamás se admitiría), el hombre, no tan joven como su liso y limpio rostro mostraba (ya había utilizado el bracante, deteniendo el envejecimiento), había tropezado con líneas de conducta en sistemas completos que le hicieron intuir que la Historia del Hombre, no era el simple fluir de la cuarta dimensión, de tiempo y espacio, sobre los grupos humanos. Estudiando largos periodos históricos, desde la llegada de los guklianos a La Tierra, y de aún antes, de cuando hubo la guerra entre
La Tierra y Los Mundos Independientes, todo parecía señalar una manipulación de hechos, que terminaron en la creación de Las Repúblicas. Y eso ofendía y molestaba a Flatt Hublak, un hombre de Naejmis, un semidiós de perfección e inteligencia. No era posible que ellos, su mundo, el sector, y la humanidad toda, fueran simple piezas movidas por alguien, en la historia del tiempo.
 

CONTINUARÁ…

Julio César.

RELATOS CONEXOS… (10)

Jueves, Mayo 1st, 2008

 …CONTINÚA  UN LARGO VERANO

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   Habían esperado mucho para descansar uno sobre  el otro… 

   -Me vas a pagar con el culo, Toñito. -le ruge, ronco, con los ojos brillantes de lujuria, temblando de excitación, cayendo sobre Antonio Pavón.

   Agarrado por sorpresa cuando ese carajo le cae encima, Antonio cae de espalda sobre los sacos de granos, algo no muy cómodo, y queda prensado por el cuerpo del otro, que lo aplasta, que lo inmoviliza y arropa. Era pesado, caliente y vital, y su piel era áspera… y Antonio, quien se masturbaba viendo a Sergio nadando en la quebrada, con una tanguita blanca mínima, que se le metía entre las nalgas, lo miró a los ojos asustado, pero abrió los brazos invitándolo, aceptándolo. Los dos carajos se encontraron uno con el otro, y la boca grande y cálida de Roberto, cubrió y aplastó la de Antonio, con un jadeo ahogado, quien pela los ojos. Nunca lo habían asaltado así, ni besado, pero su cuerpo se calentó y se frotó del de Roberto. Su lengua aceptó la del señorito de la hacienda, que lo lamió, mamó y chupó todo, con sonidos de succión y de aggg, cuando las lenguas luchaban, tragando cada uno la saliva y el aliento del otro. Sus cuerpos estaban calientes, eran sólidos, musculosos y jóvenes, y se frotaban uno del otro. Roberto sentía la erección de Antonio, y Antonio la suya. Se besaron y besaron durante largos minutos, como si no pudieran parar de saborear uno al otro, de probarlo, de lamerlo, saciando una vieja urgencia, una necesidad no resuelta, que hablaba de años perdidos y añorados, y no afrontado, de un deseo no satisfecho entre ellos.

   Las manos cálidas de Antonio recorrían y sobaba la espaldota de Roberto, gimiendo con los ojos cerrados, agitándose y meciéndose de pies a cabeza para rozarse mejor con ese machote que lo enloquecía con sus besos lengüeteados, mordelones y salivosos. Cuando las manos de Antonio llegaron a sus nalgas sobre el bóxer, apretándolas, clavando los dedos en ellas, los dos sintieron que iban a morirse de gusto y de lujuria. Buscando aire, Roberto dejó la dulce y fresca boca, pasándose la lengua por los labios, saboreando la saliva del otro, y vio como Antonio gemía largamente, estremeciéndose todo, buscando aire también. Las manotas de Roberto bajaron y se metieron entre Antonio y los sacos, apretándole también las nalgas. Se miran a los ojos, largamente, jadeantes, totalmente pegados uno al otro, donde la temperatura subía horriblemente. Roberto baja el rostro con más calma, y sus labios atraparon los de Antonio, con suavidad, y sus lenguas volvieron a unirse, con la pasión de todo eso que deseaban y necesitaban, pero también con ternura.

   Antonio había sido un niño, y luego un joven, callado y suave al que le gritaban indio maricón en la escuela. En unos meses en que su padre no estuvo presente (algunos decían que estaba preso por robarse unos cochinos, otros decían que por cogérselos, de coger), un perro mordió a la india callada y seria que el chico tenía por madre. La mujer silenció eso obstinadamente, aún a su hijo. Día a día, Antonio, el niño, la vio enfermar, empeorar, y morir; nada más y nada menos que de mal de rabia. El abuelo de Roberto, don Noriega, les regaló la tierra donde vivían, según porque había sido él quien metió preso al papá de Antonio. Otros decían que el perro infractor, uno de raza, era suyo, y el viejo no tuvo ánimos para sacrificarlo antes. Como fuera, la tierra pasó a manos de ellos; pero para Antonio, no fue suficiente. Él extrañaba a la mujer, a su madre, y lloró mucho durante su sepelio, y los muchachos en la escuela le pusieron un sobrenombre: el llorón, y con él lo atacarón y persiguieron ferozmente. Y Roberto fue uno de los peores. Era grande, bonito, rico, mimado y protegido, era un bendecido, lo tenía todo; y fue uno de los que más se metió con el muchacho. Y Antonio lo odió mucho por eso.

   La pareja jadea mirándose intensamente y Roberto se pone de pie, con el bóxer casi metido en el culo y la tranca a punto de reventarla. Jadeando, sentándose en los sacos (que picaban un poco en el culo, así era el maíz), Antonio mira hacía arriba ese tolete. Mira a Roberto, como asustado aún, sin saber qué hacer; pero la cálida sonrisa del otro, respirando pesadamente, le da confianza. La mano del joven atrapa a lo ancho el falo, apretándolo duro, sintiéndolo palpitar y quemar en su palma, y acercando el rostro, roza los labios de esa cabezota que se adivinaba bajo la tela. Cuando pega los labios, jadea sintiéndola tibia y vital, llenándolo de ganas. Y Roberto también jadea largamente, sintiendo unas cosquillas horribles. Esos labios rodean la cabezota, chupándola y lamiéndola con su lengua, ensalivándola, y sintiéndola salobre y dulce. Las manos suben, y bajan lentamente el bóxer, y Antonio sonríe fascinado ante la barra que cae horizontalizada, bamboleándose en el aire frente a sus ojos. La atrapa, sobándola, masturbándola, sintiéndola vital y fuerte. El tolete se ve grande, largo, grueso, rojizo y surcado de venitas. Lo agita, frotándole así, la cabezota en sus labios mojados, ensalivándolo y lamiéndolo. Y Roberto lo agradece gimiendo. Antonio, ocioso con su nuevo juguete, se golpea los labios y la nariz con él.

   -Cómetelo. -le ordena ronco.

   Antonio lo mira, algo molesto por el tono, pero atrapándole la cabezota, lo verticaliza pegándolo del pubis, y su lengua cae entre las dos bolas, lamiéndolo lentamente, subiendo a lo largo de la gran vena. Lo saborea, llenándose con su calor y dureza. El güevo tiembla, como Roberto, que gime, mirándolo con deseo. Cuando la lengua llega a la cabezota, Antonio ladea el rostro y besa, lamiendo, el rojo nabo, provocándole espasmos y corrientazos al otro joven por todo el cuerpo. Agarrando el güevo por la base, deteniéndolo, la boca de Antonio cae sobre esa tranca, comiéndose la mitad de un golpe, bajando sobre él con esfuerzo. Sus mandíbulas parecían no poder, pero lo hacen, y sus labios delgados se curvan tragándolo. Pero no está acostumbrado a mamar güevos, por lo que no puede comerlo todo. Esa boca aprieta lo que puede, chupándolo con ansiedad, deseando sacarle todo. Y el güevo tiembla sobre su lengua mojándosela con gotas ardientes que salen de su ojete; y eso, que al principio le pareció horrible, poco a poco fue llenándole la boca de agua, de sabor, y lo traga, gimiendo ante el rico calor que despierta en él.

   La boca va y viene pero muy poco, lo único que hace Antonio, es becerrearlo, chupándolo ruidosamente, queriendo más de esas gotas deliciosas que manan del manduco caliente. Roberto lo mira desde arriba, detallándole la nuca cubierta por el cabello negro, acercándose y alejándose de él, mientras esa boca muy abierta iba tragando y mamando su tranca, roja y cilíndrica. Repara en los ojos muy abiertos de Antonio, en sus mejillas afiladas y chupadas, mientras lo mama. Con un jadeo de gusto, Roberto comienza a bombear sus caderas de adelante atrás, sintiendo la presión de los tibios labios, el roce sutil de los dientes, de las lamidas que daba la lengua caliente y mojada contra la cara posterior de su tranca, mientras las mejillas lo enmarcaban, abrazándolo y halándolo. Y a Roberto, todo eso le parecía maravilloso. Su güevo erecto y grueso va y viene contra esa boca abierta, de donde salen gemidos ahogados, y saliva. El tolete iba y venía con furia, cogiéndolo, metiéndosele cada vez más. Mientras la boca abierta va tragando más, llegándole a las amígdalas y la garganta, los gemidos de Antonio son más ahogados, y arruga la cara. Moviendo una manota, Roberto le atrapa la nuca, sobándolo, metiendo los dedos entre los cabellos húmedos de sudor, acariciándolo, y Antonio lo mira, con anhelo, adelgazando la garganta para que el tolete lo coja más hondo en la boca, rindiéndose al viril amante.

   Roberto, mientras lo embiste, recuerda todas las veces que se metió con él, burlándose, hostilizándolo ferozmente. En esa época tenía que ser malo con Antonio, porque lo veía suave, dulce y bonitico. Había algo delicado y tierno en el otro, que ya era visible cuando muchachito, y Roberto era malo con él, porque le afectaba esa delicadeza en el otro. Cuando lo vio llorar en el cementerio, por su madre, se sintió mal; tanto como se sintió después en la escuela, cuando lo volvió a ver llorando, porque todos se metían con él, llamándolo llorón, indio marico y llorón. Todos eran malos con él en esa época, y Roberto también tuvo que serlo, para alejarlo, para mandarlo al quinto coño, para distanciarse de esa debilidad que sentía por él.

   En el momento en que le saca el güevo de la boca, mirándolo con una sonrisa afectuosa, y arrojándolo otra vez de espaldas sobre los sacos, y cayéndole nuevamente encima, a punto de caer los dos en el suelo cuando los sacos se movieron (y rieron nerviosos, alterados por todo lo que pasaba de pronto entre ellos); ignoraban que Sergio, en short, sin camisa y en zapatos de goma, los miraba con divertido disimulo por la ventana. ¡Vaya con ese par!, podían ser nudistas. Los dos hombres acomodan como pueden los sacos, sin que Roberto se quite de encima del otro, que ríe nervioso, con ojos nublados. A Roberto le parece que se ve hermoso y bajando el rostro, vuelve a besarlo. Se besan lentamente, lengüeteados, mordelones, paladeando cada uno el sabor del otro. Mientras se besaban con pasión antigua, sus cuerpos se frotaban. Roberto baja su rostro lamiéndole la mejilla a Antonio, lamiéndolo y mirándolo, lamiéndolo otra vez, con lengüetadas largas, viéndolo para que notara cuanto lo adoraba. Y mientras que con sus manos le retenía el rostro, el hombre piensa en todo lo que habían pasado para que llegaran a este momento. Su rostro se oculta en el cuello de Antonio, lamiéndolo, besándolo y mordiéndolo; pero también buscando su olor, un olor que había buscado en otras partes en otra gente.

   Recuerda lo odioso y perverso que era con Antonio, al que llamaban llorón y niñita. Recuerda una tarde, después de hostilizarlo en la escuela, que al pasear por la quebrada, el chico salió corriendo del gallinero de su casa, desde donde debió verlo, y lo golpeó con fuerza en la cabeza. Roberto era más fornido y lo empujó, adolorido, pero rabioso, y se le arrojó como un toro, enlazándose con él, sudando los dos, como cochinos, derribándolo finalmente, cayéndole encima con todo su peso y dándole dos coñazos en la cara. Pero deteniéndose cuando Antonio chilló, apartando el rostro, mirando hacia el monte, con ojos brillantes de arrechera al ser vencido, y Roberto, jadeando como un torito de trece años, vio esos ojos llenos de lágrimas, otra vez. Con rabia, una rabia horrible que no entendía, Roberto le gritó llorón, y la mirada dura y llorosa del otro, lo desarmó. Había algo poderoso y oscuro dando vueltas alrededor de ellos, y Roberto, agitando, montado sobre su cadera, aplastándolo e inmovilizándolo, se sentía bien, poderoso, lleno de fuerzas, y al mismo tiempo, débil. Tanto que apoyó una mano en el flaco pecho del otro, al que le había roto la vieja y barata franela, y sintió su calor y su corazón bombeando feamente. Y Roberto no sabía… no entendía nada… sólo quería estar así; inmovilizándolo, reteniéndolo contra él, sintiéndolo agitarse cuando respiraba, percibiendo su olor a leña y a sudor, y a maíz, y a gallinas…

   Alguien llamó a Gregorio diciéndole que su hijo estaba peleándose, y cuando llegó, los vio así. No había pasado ni un minuto y medio desde que Roberto había dejado de golpearlo, paralizándose; pero al hombre, que los miró con un temor viejo y feroz en los ojos, los separó, gritándoles, como si hubieran estado… Pero no dijo nada más. Roberto sentía que su padre andaba molesto. Poco después envió a Antonio a Mérida, y a él, para Caracas, separándolos. Siempre que estaba en la hacienda, Roberto sentía la mirada vigilante y atenta de su padre, y ahora lo entendía. Y entendía por qué no le agradaba Sergio tampoco. Su padre sabía que… Pero a Roberto ya no le interesaba nada de eso mientras lame el cuello del otro carajo, que siente estremecerse y agitarse bajo él, mientras gemía. Esos ruiditos de pasión, de Antonio, era todo lo que le importaba en estos momentos. Su lengua ávida baja por el esternón del joven, encontrándolo salobre y delicioso, llenándose la lengua y boca con su sabor, tragándolo con su saliva. ¡Que rico sabía Antonio!, se dice, entendiendo lo profundo de su pasión maricona por el otro. Cuando su lengua cae sobre una de las erectas tetillas del otro, lamiéndola y ensalivándola, para finalmente atraparla con sus labios y mamarla, sonrió gozando cuando el otro se arqueó contra él, sometiéndose, ofreciéndose todo, traspasado de placer por sus atenciones, por sus caricias y sobos. ¡Antonio era realmente suyo ahora!

   Cerrando los ojos, gozando el sabor de esa piel, su calor y latidos, Roberto mama y chupa la tetilla, atrapándola con sus dientes y dándole leves tirones, mientras pellizca la otra. Le gusta oírlo gemir enloquecido, y le gustaba darle placer, pero también ablandarlo más para lo que iba a hacerle. Roberto lo quería todo, todo de ese carajote, y no se iba a parar por nada. Mientras becerrea en su tetilla, su mano grande y algo callosa, le acaricia y soba la panza plana, con una leve pelusilla que baja y sube del ombligo. Baja más y finalmente la atrapa el güevote, tieso y palpitante, apretándolo. Dejándole la tetilla, roja, baja su rostro, decidido y sin detenerse, sobre el güevo, rodeándolo con sus labios y tragando la punta con la inexperiencia de la primera vez; pero atrapa un buen bocado y gime al sentirlo temblar dentro de su boca. Pero eso no era nada, comparado con el gemido y el temblor del otro. La boca, muy abierta, traga un poco más del pulsante instrumento que se calienta hasta la locura sobre su lengua, golpeándole las amígdalas. Esa barra que parecía de fuego, y manaba gotas agridulces, le llenaron la boca, y al tragarlas, jadeó, encontrándolo embriagador; cierra los ojos y su boca sube y baja, mamándolo con fuerza, chupándolo, como hace poco, Antonio hacía con él.

   Sergio, con la boca seca y los ojos muy abiertos y fijos mira a Antonio acostadote sobre los sacos con los ojos cerrados, gimiendo agónicamente, temblando y agitándose, mientras Roberto, desnudo también, con el güevo como una lanza, recostado de él, le mamaba el tolete con ganas, con hambre, dejando escapar gemidos de gusto. Era un espectáculo tan caliente, que aún Sergio siente unos desconcertantes zarpazos de interés. Le fascina ver como los labios de Roberto, delgados y crueles casi siempre, suben y bajan, tragándose la dura barra canela del otro, con una expresión de total felicidad, y de lujuria suprema, en su rostro. Mientras da una feroz chupada, y le atrapa las bolas con un puño al otro, halándolas para oírlo gemir, y Antonio gime casi ronroneando como un niño que sufriera un delicioso dolor (un ruido que estimula al otro), Roberto recuerda todas las veces que buscó a Antonio. Al conocer tipos jóvenes como él, delgados y algo más bajitos, siempre buscaba algo que le recordara a Antonio, aunque jamás llegó a nada con nadie. Recuerda una noche en que un amigo de universidad se quedó a celebrar algo con él, no recordaba ya qué, y bebieron mucho. Rieron y bebieron, y sentados en un sofá tontearon y se besaron; pero también en ese momento, Roberto buscaba el olor de Antonio, ese que sintió a los trece años cuando pelearon en el patio de la hacienda, y lo aplastó con su cuerpo.

   Mientras la boca de Roberto sube y baja, tragando cada trozo del enorme tolete, Antonio, jadeando, se moviliza, llevando su rostro al las caderas del otro; y mientras tiene el tolete clavado en la garganta, Roberto lo mira y entiende, tendiendo su cuerpo al lado del amante. Y Antonio, cerrando los ojos, atrapa el güevo con su boca cálida y hambrienta, comiéndoselo, saboreándolo al llevarlo a su garganta, con ahogados gemidos de placer; ¡coño, le gustaba tanto mamar eso! Los dos se dejan llevar, aflojándose y tensándose sobre los duros sacos, cada uno becerreando en el tolete del otro, en un increíble y llamativo sesenta y nueve, que hace que Sergio, quien los espía, abra mucho los ojos. La boca de Roberto, jadeante, roja y ensalivada, deja el tolete que atrapa con una mano, sobándolo, mientras hunde el rostro bajo las bolas del joven, lamiendo la suave piel que lleva al culo, provocándole gemidos y estremecimientos al otro. Roberto lame lentamente, mirando el rojo botón temblando de anticipación. Su cálida lengua cae sobre él, lamiéndolo y azotándolo con rapidez. Y siente a Antonio cimbrarse sobre el colchón de sacos.

   La boca de Antonio también deja su güevo, y enfila hacia el culo cuando Roberto flexiona la rodilla izquierda. Cada uno bucea bajo las bolas del otro, sus lenguas lamen, azotan y medio penetran esos culos que tiemblan y echan candela. Roberto cierra los ojos y pega su boca allí, chupándolo y mamándolo, oyéndolo gemir y estremecerse. Le mete la lengua al verlo titilar, y siente como el orificio se estremece, derritiéndose en su boca. Con un gruñido, Roberto rodó sobre Antonio, con la cara metida entre sus piernas flexionadas; y su boca, totalmente enchufada a ese orificio, mamó y chupó con urgencias, perdido de lujuria. La boca de Antonio también le trabajaba el culo, ¡un sesenta y nueve de culos!, pero Antonio no mamaba con mucha fuerza, ya que Roberto lo aplastaba, ricamente, con su peso, y la vaina que le hacía con la lengua lo tenía mareado y tonto, en un mundo de deseos que lo tenían todo lelo y el hueco hecho una sopa.

   Mientras lo paladea y saborea, Roberto recuerda los horribles celos que sintió de Sergio, cuando andaba por ahí, tetón y culón. ¡Como temió que Antonio se fijara en él! Vivía arrecho, molesto e inconforme desde que el joven regresó de Mérida. Lo sabía allí, casi al lado, solitario. Su padre había muerto hacía dos años, y para lo que servía, debió ser un alivio; pero era su padre, y Roberto imaginaba que al otro, debió dolerle. Saberlo allí, cerca, lo enloquecía. No quería acercarse o ir, por su padre, y por no ceder a esa cosa grande y terrible que lo dominaba. Pero ahora están allí, acabando con toda esa larga, desesperante y horrible espera; y era como lo había imaginado. Con un gruñido seco, se pone de pie, bajando de los sacos, frente a él, y empujándolo un poco, para que no se parara también. Arrodillándose frente a él, Roberto le abrió mucho las piernas, apoyándole los zapatos en los sacos, exponiéndole el titilante culo. Lo miró fascinado, escupiéndolo, con espesos goterones, que fue untando con sus dedos, metiéndolos un poco dentro del orificio, lubricándolo.

   Lo ensaliva y lo lame, dejándolo más untado de baba, y Antonio chillaba agudo, revolviéndose en los sacos, incapaz ya de enfrentarlo o detenerlo, aunque tampoco quería. Y Roberto sonríe sabiéndolo, obligándolo a darle la espalda, bajándole los pies al piso, y abriéndole las piernas. Algo echado de panza sobre los sacos, Antonio se volvió a mirarlo, sin decir nada, con sus nalgas abiertas, el culo titilando ya, las bolas colgando y su güevo igual. Esperando. Posicionando su tolete en la entrada, Roberto empuja venciendo la resistencia inicial, y va metiéndosela. Antonio chilla, tensándose todo, igual que las nalgas, y Roberto lo soba y lo sisea, como calmándolo, mientras va metiendo su tranca, que no encuentra mucho problemas porque la entrada estaba bien lubricada y adentro estaba totalmente caliente y mojado también, de las ganas. Lo clava todo, pegando fieramente su pubis de esas nalgotas, sintiendo el tolete aprisionado, apretado y chupado; ¡coño, era virgen!, se dijo con sorpresa, calmándose los celos que durante años alimentó, imaginándoselo tirando con carajos en Mérida. Al clavárselo, el joven grita agudamente, como adolorido, de placer. Y en eso, lo acompañó Antonio, tensándose y retorciendo el cuerpo; eso le quemaba, aporreaba y rasgaba, pero también lo llenaba y le presionaba algo, un botón, que le provocaba más deseo, más ganas de tirar así.

   El güevo sale un poco y vuelve a clavarse, con ganas, con deseo. Sale y entra, cogiendo al otro sin miramientos, sin piedad. Roberto no puede pensar mientras le atrapa una cadera con una mano y con la otra le soba la recia espalda. Lo empala duramente, embistiéndolo feo, estremeciéndolo todo sobre los sacos con la fuerza de sus cogidas. Lo estaba cabalgando con meneos buenos de cintura y espalda, empalándolo a fondo; y Antonio sólo podía chillar, sintiéndose caliente, vivo y desesperado por algo que no entiende. Todo su cuerpo pica con ganas de ser tocado, sobado, pellizcado o lamido. Su espalda se arquea, igual que su rostro que se eleva, incapaz de estar quieto con ese tizón en su culo, saciándolo, llenándolo, pero también dejándolo más hambriento. Los dos iban ahora uno contra el otro, el culo de Antonio lo buscaba, subiendo y bajando contra su pelvis, restregándose allí, mientras Roberto lo cabalgaba con dureza, como quien domina un caballo. En ese baile de macho contra macho, de hombre que se empalaba con el tolete de otro carajote, ambos sentían que algo se rompía, algo que no sabían qué era. Ahora estaban haciendo lo que querían, y en el caso de Roberto, cumpliendo lo que soñó muchas veces, en la soledad de su cama, en medio de un salón de clases o cuando salía con alguna chica: cabalgar a Antonio así, oyéndolo gemir y suplicar por un poco de su cariño. Ahora le enterraba duramente su tranca, y lo oía gemir, y sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que el otro le suplicara por más, que se lo metiera más, que lo cogiera duro y a fondo. Y tan excitado está, que le atrapa un mechón de cabellos húmedos, halándoselos, gozando también de eso.

   Sergio tiene la boca horriblemente seca, y aunque no es gay, ni le atrae la idea, siente la terrible erección de su güevo. Mira a Antonio, joven y bello, de espalda ahora, sobre una pila de sacos de maíz, con el culo justo a la altura del güevo de Roberto, quien está de pie frente a él (que gente tan aplicada, piensa mórbido). La nuca de Antonio esta apoyada en la vieja madera de la pared del gallinero, y con el rostro contraído de placer, y de adolorido deseo, mira a Roberto entre sus piernas, atrapándolo por debajo de las rodillas, metiéndole a fondo su güevote en las entrañas. El tolete iba y venía, metiéndose en el orificio por debajo de las bolas, donde descansaban los pelos púbicos del otro, cuando lo embestía. Los dos hombres se miran, diciéndose, prometiéndose y jurándose cosas extrañas en silencio, y sudan copiosamente. Roberto siente como la transpiración le baja por las sienes y la espalda, que brilla, musculosa y mojada, mientras va y viene. Los dos gimen, se agitan, gruñen, y de cuando en cuando tienen que espantar a las malditas moscas que querían probar el manjar. Las nalgotas redondas y musculosas de Antonio se apoyan al borde de los sacos, mientras el tolete cilíndrico triangular de Roberto, rojo y duro, surcado de venitas, entraba y salía, cogiéndolo a fondo, viéndose hermoso cuando abría esos pliegues calientes del culo, sodomizándolo. 

CONTINUARÁ… 

Julio César.

RELATOS CONEXOS… (9)

Martes, Marzo 25th, 2008

…CONTINÚA  UN LARGO VERANO

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    Nada tan macho como un ranchero… 

   -¿Por qué coño no dices qué quieres y vendes de una vez la mierda ésta y te vas?

   -¿Quién carajo te dijo que quería irme? Lo que quiero es que tú y tu familia saquen sus patas de mis tierras y me dejen en paz. Tengo planes para toda esta vaina, ¡que es mía!

   -Esto no es tuyo, maldito ladrón. Es de mi familia. -le grita Roberto, caminando hacia él, y Antonio va acercándosele también, perdiendo los estribos.- Tu papá se lo robó, como robó muchas otras cosas, ¡maldito llorón! -le gritó sabiendo por qué eso alteraría al otro, como lo hizo. Sólo que Antonio fue más cruel en su replica, lanzándole una mirada de odio (y otra, de refilón, de vergüenza, a Sergio).

   -Dicen que el viejo Noriega era un marico; a lo mejor por eso fue que le dio la tierra a…

   Y hasta ahí llegó la cosa, al menos en palabras; lo que siguió fue un intento de que la sangre llegara al río, o quebrada, en este caso. Roberto, viéndolo todo rojo, se le arrojó encima, lanzándole un puñetazo a la nariz. Antonio chilló, sorprendido, retrocediendo, y cuando entendió lo que el otro hizo, se le iba a lanzar también; pero ya Sergio se interponía entre los dos, gritándoles que debían detenerse. Le costó separarlos, forcejearon con él entre ellos, empujándose, y el joven parecía un muñeco de esos del porfiado, el que no caía. Esos dos no podían hablar, sino que se gritaban, se amenazaban con los puños y bañaban de saliva a Sergio que iba arrugando la cara.

   Más tarde esa noche, echándole el cuento a Isabela, Sergio riente diría que la cosa fue horrible, que esos dos lo batuqueaban, gritándole al otro que iba a matarlo; haciendo una graciosa mímica de él entre ellos. A la joven la cosa le hacía gracia, pero al molesto y serio novio, no. Roberto se sentía mal, furioso. De buenas ganas le habría partido esa cara insolente al maricón ese, que se burlaba de él, riendo junto a Isabela. Y a ella, como que le gustaba. No quería estar junto a ellos, por lo que dijo que estaba cansado y se retiró.

   Era tarde en la noche, y ni aún con todo lo pesado que fue el día de trabajo, y del agradable clima controlado que había dentro de las habitaciones, Roberto puede dormir. Estaba inquieto, rabioso, insatisfecho, y creía saber, en una parte profunda y secreta (que era como su culo, nunca le daba el sol), qué era lo que tenía. Pero era algo que no podía atender. No ahora. No en esa casa… y tal vez nunca más. Deseaba esa casa, esos reales, esa hacienda, esa vida; y para tenerlo, acallaría todo lo demás. Pero era difícil porque se sentía amarrado, y a pesar de todo lo que tenía, y todo lo que soñaba con llegar a tener más adelante, era infeliz; amarga y rabiosamente infeliz.

   Afuera, la noche era cálida, como lo era siempre, y él en su cama, mira el cielo oscuro y no puede dormir. Si su papá supiera eso, le diría que con una mujer al lado lo haría, pues ella lo agotaría. ¿Estaría así por exceso de energía sexual? No lo sabe; se para en medio del cuarto, incapaz de aguantar la cama, reparando en su figura en el espejo del closet, a pesar de la oscuridad. Era un carajo joven, fornido y atractivo; coño, debería estar gozando de los placeres de la carne y no allí, solo y miserable, ¿entonces…? Pero no entendía nada, y mientras se miran al espejo, sobándose la panza plana, y mirándose la cadera dentro del ajustado bóxer, (que le quedaba del coño, tiene que admitirse), se siente más frustrado. En eso repara en un apagado silbido que cruza bajo su ventana. Que raro, ¿quién andaría por ahí? Y con disimulo, aparta la cortina en su ventana, cerrado el cristal para impedir que saliera el aire frío. Su cuarto daba a los patios de la propiedad, hacia el lado de una piscina cuadrada, fea, que casi nunca nadie usaba. Pero ahora sí había alguien allí: Sergio.

   La mirada de Roberto se dilata y el aire se congela en sus pulmones. Sergio parece que va a nadar, a esas horas, en la solitaria alberca, donde la luz era opaca, mala. Pero a pesar de la distancia, y de la luz, el joven repara en que el otro lleva una tanguita mínima, y sus ojos no pueden evitar correr sobre su cuerpo alto y musculoso, tetón. Los hombros eran anchos y la cintura estrecha, los brazos eran musculosos, así como las piernas y los muslos. El tórax era pronunciado y lampiño, y las tetillas eran pequeñas, más oscuras. Pero su mirada estaba perdida en la pequeña, putona y excitante prenda roja, chillona, con las tiritas que subían por sus caderas. El paquete tras él, se adivinaba en reposo, pero abultaba, colgando hacia abajo, contra la tela. Lo ve dejar una toalla en una silla plegable, y arrojarse al agua. Lo observa sumergirse y nadar con gracia. Con la boca seca, y los ojos doliéndole de los forzados que están por seguirlo en la penumbra, Roberto siente la respiración pesada, y el tolete ardiéndole dentro del bóxer. Se le había puesto duro, mucho, y le reclamaba mimos y atenciones.

   Lo ve nadar unos diez minutos, y con el tolete ardiéndole de ganas, de ganas de frotarse, de sobárselo, de… algo, Roberto dejaba salir lentamente el aire de su pecho. Por un momento considera la idea de tomar un calzoncillo chico, bajar y nadar con él, como si nada. Pero sabía que no podía. Sus padres estaban allí, y aunque no hiciera nada… malo, no podría oculta la erección de su tranca. Lo mira nadar hacia la orilla, apoyar las manos en el borde y alzarse con agilidad. Mira su cabello negro pegado a la nuca, la espaldota chorreando agua, y la telita de la tanga hundida entre las nalgas plenas y turgentes. Y el deseo de bajar, tocarlo, sacándole la tela de allí, casi lo hizo gritar. Lo ve caminar, con donaire, satisfecho de sí, hacia la silla plegable. La tela estaba metida en las nalgas, como si también la prenda quisiera acariciarlo y mimarlo allí, en su raja que debía estar caliente.

   Lo mira echarse sentadote en la silla, relajado, mojado y brillante. El chico monta un pie en la silla, flexionando la rodilla, la otra pierna está en el piso, y Roberto se recrea admirando el cuerpo de ese hombrecito que tanto le repugna. Había algo untuoso, de reptil en él. No parecía un… macho; pero ahora debía admitir que se veía regio, que lo tenía excitado, y que tampoco él era muy macho si a ver íbamos. Siente que los pies se le cansan y que tiene la boca seca, sabiendo que ya debería dejar esa vaina; pero no puede retirarse de esa ventana hasta que ve al joven sentarse erguido, mirando hacia la casa (¿hacía su cuarto?). Se alarmó, apartándose un poco. Pero siguió viéndolo, o adivinándolo tras la cortina, y lo observó tomar su toalla y marcharse. Sintiéndose frío y caliente, tembloroso, el hombre va a su cama y se sienta. Entiende que está mal, sí Sergio no se hubiera ido, habría seguido toda la noche en esa ventana, buceándolo. Y deseaba eso, su carne quería eso. Cierra los ojos y lo ve saliendo del agua, joven y poderoso, con la tanguita metida entre las nalgas. Esas nalgas tan redonditas y maravillosas… Jadea de repente, ¡siente pasos en el pasillo!

   Debía ser Sergio que volvía a su dormitorio. Y un estremecimiento poderoso lo estremeció. ¿Y si Sergio estuviera dirigiéndose a su habitación? ¿Y si tocaba, llamándolo y diciéndole que quería hablar? Mira hacia la puerta, y un nuevo temblor lo recorre, ¿y si venía a preguntarle por qué coño andaba buceándolo mientras se bañaba? El corazón le latía ferozmente en el pecho, y su respiración era pesada. No importaría a qué fuera, ¡él abriría esa puerta!, halándolo por un brazo y tirándolo en la cama, donde lo sobaría, acariciaría y lo cogería toda la noche. Le tenía asco, pero en ese momento se lo pegaría de mil amores. Pero no, los pasos se alejaban y él cayó sobre la cama, sintiéndose dolorosamente despierto y consciente de sí; el güevo le palpitaba salvajemente dentro del bóxer, pero no iba a hacerse una paja pensando en ese güevón. No, no lo haría… Aunque su mano traidora acariciaba su panza; y sí bajaba sólo un poco más…

   Al otro día, sintiéndose rabioso, molesto, y creía que hasta enfermo (estaba afiebrado), Roberto intentaba concentrarse en sus labores; pero no podía. El sol era agobiante, y tenía que supervisar el tendido eléctrico que presentaba una falla hacia los generadores de agua de la zona este, y no podían llamar a la compañía eléctrica ya que (así eran) parte del cableado estaba conectado ilegalmente. Transpiraba como un perro, un sudor que bajaba caliente de su nuca, por las sienes y espalda, y muy salino, como comprobaba al entrarle en los ojos.

   Y los peones andaban como más tarados que nunca, dos veces picaron un cable donde no era, y tres de ellos recibieron un fuerte corrientazo por agarrar donde no debían. Pero la verdad era que Roberto andaba insufrible, y ni él mismo entendía el por qué. Tal vez se debiera a que el condenado Sergio parecía dispuesto a molestarlo, y de paso a más de uno. Lo vio salir de la casona, a las diez de la mañana (dormía como puta, decía su padre cuando alguien dormía hasta tarde; a él tampoco le agradaba Sergio, aunque por motivos diferentes a los de su hijo), vistiendo un short jeans a medio muslo, unos zapatos de goma y una camiseta que dejaba al descubierto sus hombros; coño, era un carajo atractivo, tuvo que reconocer Roberto, viendo como el otro iba hacia él, sonriendo amistosamente (como un marica, pensó con odio y veneno); seguido por la mirada de más de uno de los carajos allí reunidos.

   -Hola, Bobby. -dijo jovial, sonriéndole plenamente, burlándose cruelmente para sus adentro. Sabía de las miradas y calenturas que el otro pasó la noche anterior.- ¿Podrías prestarme un jeep o algo? Quisiera llegarme hasta la parcela del chico forzudo que conocimos ayer. -lo dice con simplicidad.

   -¿Para qué? -grazna; los celos y la demanda estaban implícitos, aunque intentaba controlarse.

   -Sólo quiero hablar. -se encoge de hombros.- Me parece que está muy solito por allá. -dice evasivo, intencionadamente, recreándose en los maizales, evitando deliberadamente la mirada del otro, clavada en él, con furia contenida. Peor para él, se dice el joven ex bailarín exótico.- Creo que él y yo podríamos tener… intereses en común. Al menos voy a intentar tantearlo…

   -No creo que tengamos ningún vehículo disponible para…. -suena turbado al mentir.

   -Me voy a pie. -lo interrumpe el otro, sonriendo levemente, mirándolo sereno a los ojos, como retándolo a que le diga que no.- Es por allá, ¿verdad? -da media vuelta.

   -Está lejos. Usa mi Jeep. -dice opaco, sintiéndose miserable. Sergio le sonríe, alejándose.

   -Eres un encanto, Bobby. -le dice mientras se aleja.

   -Si quiere, yo lo llevo, patrón. -dice torvo, uno de los carajos a su lado, y el otro repara en que tiene los ojos clavados, codicioso, en las nalgas del exbailarín.

   -¡A trabajar! -ladra con rabia y todos se movilizan.

   Roberto sigue con la mirada a Sergio, con un profundo resentimiento, y sin embargo repara en su porte, en la ancha y musculosa espalda masculina, en su trasero, paradito y mordiendo algo de la tela jeans entre las nalgas. Siente un ramalazo de celos, unos celos tan horribles y atormentadores, que le enloquece reconocerlos como tal. ¡Sí, estaba celoso porque quería estar con él! Lo había deseado desde que lo vio venir otra vez; aunque luchó contra eso. Contra sí mismo; no quería sentir esa debilidad, esa necesidad de ese maricote. Pero también quería seguir la corriente de lo que era, y debía, ser su vida, porque algo le decía que ese vacío extraño, feo y turbador que a veces sentía, no iba a desaparecer con magia ni sofocado por los años. Pero debía moverse con cuidado, saber qué terreno estaba pisando antes de lanzarse en mortal atrás.

   Gregorio no iba a perdonarle nuevas idioteces, y era un hombre implacable. Él lo sabía. Quería a su padre, quería la plata, la tierra y la posición; pero mirando el camino por donde se había ido Sergio, viendo hacia la tierra desconocida, hacia el futuro, a lo que sería su vida dentro de unos años, sintió temor. ¿Se podía vivir toda una vida queriendo algo, tanto que dolía pensar en eso, y no tenerlo jamás? ¿Podía un ser humano resistir eso hasta el final, día tras día, noche tras noche, meses y años hasta que la muerte te liberara? No lo sabía. Era consciente de que habían carajos con dos y tres vidas secretas (su padre mismo tenía una india viviendo en Cantaura); pero, ¿podría él? ¿Podría estar con Isabela y desear irse por ese camino también, tras el mariquito ese?

   Años atrás había decidido la vida que quería, que era buena; lo demás podía controlarse. En esa tierra de sol, de trabajo, de problemas que nunca faltaban, era fácil pensar que las cosas podían enderezarse… o mantenerse en el carril. Veía su vida de años y años con Isabela, y le parecía tolerable. En Araure podía someter otros apetitos. La vida aquí era más dura, no tendría tiempo ni fuerzas para pendejadas. Sí, eso pensó entonces. Pero ahora, ¿a quién coño intentaba engañar?, se preguntó sintiendo un escalofrío a pleno sol. Nada más la noche anterior vio a un carajo bañándose en tanga, y sintió ganas de olisquear su calzón, deseándolo. No, no debía pensar en derrotas, sino en éxitos.

   Pasó la hora siguiente, llevando un sol implacable en el tórax desnudo mientras clavaban unos postes para otra alambrada; pero andaba de malhumor, gritándole a todo el mundo y no encontrando nada bien hecho. No podía dejar de pensar en él… Y para colmo habría prestado su Jeep para eso. ¡No lo aguanto más!, se dijo, arrojando con disgusto una pequeña mandarria que usaba. Con paso rápido, tomando una franela azulada de un poste, fue hacia el garaje de la vivienda. Imágenes sensuales y perversas cruzaban su mente, donde dos hombres se abrazaban, desnudos, sudando, uniendo sus lenguas en apasionados y mordelones besos, gimiendo cada uno, soñando con lo que vendría luego, con jadeos de éxtasis anticipado.

   Encontrando la camioneta de Gregorio, entró, sin ponerse la camisa, arrancando a toda máquina. Sentía que cada minuto contaba, y que algo horrible e inimaginable (¡hummm, cógeme…!, gemía alguien) podía ocurrir si no llegaba a tiempo. ¡Maldito y sensual Sergio! Como una tormenta llegando a La Florida, entró en la propiedad del vecino, casi atropellando a las viejas  y flacas gallinas. ¿Cómo podía tenerlas fuera de un corral, con tanta gente que quería comer sin trabajar por allí, asechando las buenas tierras, ya trabajadas y con vivienda para invadirlas? ¡O con los maizales tan cerca!, este tipo era un imbécil. Nota que el Jeep está detenido cerca del gallinero, el cual está ¡cerrado! Y una certeza terrible, y dolorosa, se instala en su pecho: allí estaban. Sergio debía… Sin querer pensar más en eso, apretado los labios y los puños, se dirige al vetusto edificio, poniéndose la franela, reparando en dos samanes enormes que daban una buena sombra, más allá, cerca del lugar donde la quebrada formaba un pozo, que él sabía era de agua fresca. Esa tierra era buena, al abuelo se le había pasado la mano cuando la regaló. Bueno, tal vez no tanto, reconoce con algo de pesar, incómodo al sentirse mezquino. Pero no era hora de ablandarse; y pensar en eso, lo hace imaginar lo ‘duro’, y eso tampoco le gusta.

   Cegado por una rabia que no sabría explicar jamás, ya que ningún derecho tenía, Roberto pensó en patear la puerta del gallinero. Ah, no, no iba a darle tiempo al mariconcete ese a esconderse (e imaginarlo desnudo, en otros brazos, con otras manos recorriéndolo con pasión, lo hacía trinar de arrechera). Abre con sigilo, recibiendo un vaho oscuro. El gallinero era apenas algo más que un tarantín de madera, zinc y hasta cartón piedra (como algunos ranchos, donde la gente tenía, sin embargo, celular y parabólica, regodeándose en su marginalidad). Olía a gallinas, a alimento podrido, y a mierda de las gallináceas. Recorre el lugar con la mirada, buscando algo (a dos carajos abrazados y amándose; al mariconcete ese, al que le dolería ver así), acostumbrándose poco a poco a la relativa oscuridad de recinto. Ya, iba a encontrarlo mamando, o siendo cogido, y le gritaría ¡maricón de mierda, maldito sucio! Y frente a una cuadrada ventana, abierta totalmente, sin una reja siquiera (¿cómo no se escapaban las tontas gallinas?) estaba él, desnudo…

   ¡Estaba totalmente desnudo!, mirando algo por esa ventana (como tantas veces se lo había imaginado, se dice Roberto, temblando entre el odio de los celos y el deseo), masturbándose fieramente, al agitar su mano derecha contra su pelvis. Era musculoso y atractivo, y Roberto fue acercándosele sigilosamente. Mira sus nalgas plenas y jóvenes, redondas; la boca se le seca, y las manos le pican por las ganas de atraparlas, apretándolas, para finalmente meter dos dedos entre ellas, acariciando esa raja que debía estar calentita. Medio ladeándose, acercándosele desde atrás, pero alejándose hacia el lado derecho, lo va cercando. Le mira el tolete erecto, sobado por esa mano acariciante. Lo mira agitado, concentrado en lo que hace (¿quién coño se desvestía totalmente para masturbarse?), con el labio superior perlado de sudor. Sin hacer ningún ruido, intrigado y molesto todavía, pero resistiendo la tentación de saltarle encima y arrojarlo sobre los sacos llenos de maíz almacenados ahí, Roberto mira por la ventana; ¿qué coño veía con tanta fascinación? Y la vaina fue un shock, que le molestó grandemente.

   -¡Maricón de mierda!, ya sabía que no eras más que un grandísimo recontramaricón. -grita feamente, realmente ofendido, traicionado (aunque eso no lo reconocería jamás ante nadie).

   -¡Ahhh…! -chilló el carajo, atrapado en mala hora, sintiendo un calambre en el tolete, enredándose con los pies y cayendo de culo sobre unos sacos de maíz apilados, desparramado.

   -¿Te estabas haciendo la paja mirando a ese carajo? -le grita, rojo de rabia, Roberto, acusándolo, con la mente nublada, incapaz de pensar en algo lo suficientemente feo que gritarle.

   -No… No es lo que tú crees… -jadea, con los ojos muy abiertos, asustado de haber sido sorprendido así, masturbándose mirando a otro carajo. ¡Todos iban a saberlo y estaría jodido!

   -¡No… No es lo que tú crees…! -repite, entre molesto y burlón, Roberto; sentía la mente caliente, pero en medio de todo, veía una pequeña luz.

   -Roberto, por favor… no se lo cuentes a nadie… -pide, realmente angustiado, con el tolete encogiéndosele entre las piernas, echado en los sacos. Roberto respira con pesadez, mirándolo fijamente, llenando su mente y sus sentidos con la imagen de ese joven hombre desnudo, tan vulnerable y adorable en esos momentos, sintiendo el güevo ardiéndole dentro del muy ajustado jeans. Lo tenía así por él, desde hacía rato.

   -Tendrás que pagarme… y caro. -le ruge, bajito, con una mueca terriblemente cruel.

   -¿Qué…? Sabes que no tengo nada que…

   Pero calla sorprendido cuando Roberto echa sus manos hacia atrás, agarrándose la gruesa franela y halándola, quitándose, mostrando su torso musculoso, finamente velludo, y su panza plana; lo mira quitándose las botas con golpes vehementes. Finalmente el pantalón vuela. Lo ve quedarse con su bóxer rojo, que mostraba una erección granítica. Y el joven, con la boca abierta, y el cabello sobre la frente, mira esa tranca y ese cuerpo musculoso y viril frente, y sobre, él.

   -Me vas a pagar con el culo, Toñito. -le ruge, ronco, con los ojos brillantes de lujuria, temblando de excitación, cayendo sobre Antonio Pavón.

   Agarrado por sorpresa cuando ese carajo le cae encima, Antonio cae de espalda sobre los sacos de granos, algo no muy cómodo, y queda prensado por el cuerpo del otro, que lo aplasta, que lo inmoviliza y arropa. Era pesado, caliente y vital, y su piel era áspera… y Antonio, quien se masturbaba viendo a Sergio nadando en la quebrada, con una tanguita blanca mínima, que se le metía entre las nalgas, lo miró a los ojos asustado, pero abrió los brazos invitándolo, aceptándolo. Los dos carajos se encontraron uno con el otro, y la boca grande y cálida de Roberto, cubrió y aplastó la de Antonio, con un jadeo ahogado, quien pela los ojos. Nunca lo habían asaltado así, ni besado, pero su cuerpo se calentó y se frotó del de Roberto. Su lengua aceptó la del señorito de la hacienda, que lo lamió, mamó y chupó todo, con sonidos de succión y de aggg, cuando las lenguas luchaban, tragando cada uno la saliva y el aliento del otro. Sus cuerpos estaban calientes, eran sólidos, musculosos y jóvenes, y se frotaban uno del otro. Roberto sentía la erección de Antonio, y Antonio la suya. Se besaron y besaron durante largos minutos, como si no pudieran parar de saborear uno al otro, de probarlo, de lamerlo, saciando una vieja urgencia, una necesidad no resuelta, que hablaba de años perdidos y añorados, y no afrontado, de un deseo no satisfecho entre ellos.

   Las manos cálidas de Antonio recorrían y sobaba la espaldota de Roberto, gimiendo con los ojos cerrados, agitándose y meciéndose de pies a cabeza para rozarse mejor con ese machote que lo enloquecía con sus besos lengüeteados, mordelones y salivosos. Cuando las manos de Antonio llegaron a sus nalgas sobre el bóxer, apretándolas, clavando los dedos en ellas, los dos sintieron que iban a morirse de gusto y de lujuria. Buscando aire, Roberto dejó la dulce y fresca boca, pasándose la lengua por los labios, saboreando la saliva del otro, y vio como Antonio gemía largamente, estremeciéndose todo, buscando aire también. Las manotas de Roberto bajaron y se metieron entre Antonio y los sacos, apretándole también las nalgas. Se miran a los ojos, largamente, jadeantes, totalmente pegados uno al otro, donde la temperatura subía horriblemente. Roberto baja el rostro con más calma, y sus labios atraparon los de Antonio, con suavidad, y sus lenguas volvieron a unirse, con la pasión de todo eso que deseaban y necesitaban, pero también con ternura.

   Antonio había sido un niño, y luego un joven, callado y suave al que le gritaban indio maricón en la escuela. En unos meses en que su padre no estuvo presente (algunos decían que estaba preso por robarse unos cochinos, otros decían que por cogérselos, de coger), un perro mordió a la india callada y seria que el chico tenía por madre. La mujer silenció eso obstinadamente, aún a su hijo. Día a día, Antonio, el niño, la vio enfermar, empeorar, y morir; nada más y nada menos que de mal de rabia. El abuelo de Roberto, don Noriega, les regaló la tierra donde vivían, según porque había sido él quien metió preso al papá de Antonio. Otros decían que el perro infractor, uno de raza, era suyo, y el viejo no tuvo ánimos para sacrificarlo antes. Como fuera, la tierra pasó a manos de ellos; pero para Antonio, no fue suficiente. Él extrañaba a la mujer, a su madre, y lloró mucho durante su sepelio, y los muchachos en la escuela le pusieron un sobrenombre: el llorón, y con él lo atacarón y persiguieron ferozmente. Y Roberto fue uno de los peores. Era grande, bonito, rico, mimado y protegido, era un bendecido, lo tenía todo; y fue uno de los que más se metió con el muchacho. Y Antonio lo odió mucho por eso.

   La pareja jadea mirándose intensamente y Roberto se pone de pie, con el bóxer casi metido en el culo y la tranca a punto de reventarla. Jadeando, sentándose en los sacos (que picaban un poco en el culo, así era el maíz), Antonio mira hacía arriba ese tolete. Mira a Roberto, como asustado aún, sin saber qué hacer; pero la cálida sonrisa del otro, respirando pesadamente, le da confianza. La mano del joven atrapa a lo ancho el falo, apretándolo duro, sintiéndolo palpitar y quemar en su palma, y acercando el rostro, roza los labios de esa cabezota que se adivinaba bajo la tela. Cuando pega los labios, jadea sintiéndola tibia y vital, llenándolo de ganas. Y Roberto también jadea largamente, 

CONTINUARÁ… 

Julio César.

RELATOS CONEXOS… (8)

Lunes, Febrero 25th, 2008

…FINALIZA  JUVENTUD, DULCE Y CRUEL…

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   La de cosas que pasan en esos graneros… 

   El hombre admitía que estaba encaprichado (enamorado era algo en lo que no quería pensar) del muchacho. La vida se le fue en ascender y amasar algo de plata, y el haberse casado con la primera novia lo ató mucho. De haber conocido, íntimamente, a más gente, tal vez no habría caído tan redondamente en brazos de Lucas, o tal vez sí, porque a lo largo de todos esos años de vida irreflexiva, de no haberse detenido ni una vez para oler una flor, admirar un atardecer o contemplar las estrellas, llevando una vida mecánica y elemental como un perro o un gato, el hombre sintió que algo le faltaba. Había algo que no estaba allí, y a veces le molestaba, y lo asustaba (¿y si nunca lo encuentro?). Ahora se sentía bien. Quería estar con él y eso le bastaba, no quería pensar en nada más; y lo iba a seducir, a conquistarlo como lo haría con a una carajita.

   Le daba cosas que al joven le incomodaban, porque entendía que el otro lo cortejaba regalándole cositas para retenerlo. Lucas quería explicarle que eso no era necesario, que estaba con él porque le gustaba. Pero lo que no entendía, que Justino sí (alarmado y asustado, como asustaba el amor en ascuas), es que él no estaba tan prendado de Justino, como Justino de él. Ese conocimiento, esa inquietud que a veces era certeza, aterraba al hombre. Quería ser importante en la vida del chico y que este lo sintiera de esa forma. Así que mientras lo visitaba una y otra vez, le daba cosas buenas, para amarrarlo; estaba considerando, seriamente, la posibilidad de ponerle un apartamento, darle un carro, y pasearlo por Miami. Pero temía ofenderlo, y que el joven lo mandara para el coño. O que lo descubrieran en esa vaina, en Venezuela todo terminaba sabiéndose siempre.

   Sus horas de intimidad y sexo se iban haciendo cada vez más fáciles, pero también más ardientes y salvajes. Justino accedía, con ansiedad y deseo, a cosas que antes lo incomodaban. Era feliz con ese carajito, escondiéndose para visitarlo, inventando excusas para ir a Caracas a caer en sus brazos, buscándolo en las sombras, inventándole diligencias a su mujer para verlo. No era una vida fácil, pero él lo aceptaba, con tal de tener a Lucas a su alcance, aunque… lo veía divertido y halagado, pero no enamorado. ¿O lo estaba y no lo notaba? No lo sabía, y las dudas lo hacían sufrir como nunca antes había padecido por nada. Porque él, casi rojo de vergüenza al notarlo, descubrió que sí se había enamorado al fin, que ahora si entendía aquello de que otra persona podía ser más importante que uno mismo. Así Justino sufría y gozaba de su amor no declarado ni sabía si correspondido.

   Sin embargo, tres cosas conspiraron contra él, contra esa pasión enfermiza que decía padecer, (pero que sabía de forma dolorosa que era amor). La primera fue una pequeña (pequeñísima) nota publicada en un periodiquito de corte político, dirigido por una mujer implacable e irreductible, que parecía escarbar en la vida y miseria de la gente del régimen, exponiendo sus vilezas, Ercilia Poletto; una mujer enfrentada, desde el principio, al Gobierno, y a la que no habían podido callar. La mujer era amada y odiaba. Temida por muchísimos. Y en forma sorprendente, como sí hubiera estado en esa reunión donde se cuadró la infamia, la mujer denunció que Justino Rosas, Comandante de la Quinta División en Ciudad Bolívar había recibido la orden de implementar la segunda parte del plan Cábala ideado por Buñuel en Maracay, y de terminar con el recontrafirmazo, incautando los cuadernos y destruyéndolos. Que lo había intentado pero que fracasó en su ruin plan, porque los subordinados se habían negado. La mujer lo hizo ver como si los subalternos eran gente decente, o tal vez así lo creía ella. Pero aún fue más allá: habló del intento que hizo el hombre por incautar las cajas, a pesar de los gritos, desesperación e impotencia de los recolectores y de las mujeres de mediana edad, que también lloraron de arrechera, y que lo persiguieron por toda Ciudad Bolívar; y que el hombre sólo soltó los cuadernos cuando los observadores de la OEA lo descubrieron con las manos en la mierda (casi lo publicó así).

   Lucas Liscano supo eso. Lo segundo que ocurría, y que el uniformado no entendía realmente, era al joven. En Lucas ardía una llama de lucha que no podía explicar a otros que no la sintieran como él. Su angustia, su miedo ante lo que pasaba en su país, al que veía entregado a potencias extranjeras (Cuba) y a los enemigos de Venezuela (la narcoguerrilla), no lo dejaba dormir por las noches, a pesar de su aire reilón y alegre. Algunos lo acusaban de extremista o exagerado, pero él, y los otros que se reunían para entregar folletos e ir a marchas, para gritar, para usar sus cuerpos como barrera de choque, veía un horror tan claro, tan a la vista, tan inmediato, que no podían detenerse. Debía gritar, marchar y pelear si era necesario (había que hacer algo, había que hacer algo, era lo que siempre repetía a sus conocidos). Y el saber que Justino había intentado aquella perrada, lo llenó de rabia. Se sintió… traicionado.

   Dos noches después, cuando el hombre lo llamó e invitó a cenar, como sí nada, el joven pensó en darle un regalito. Cuando Justino fue al apartamento que ocupaba en Caracas, del que su mujer nada sabía, encontró una copia del diario de la Poletto con la noticia, y unas palabras escritas con marcador negro: vete a la mierda, coño’e madre. Eso lo impresionó horriblemente, porque le gritaba un hasta aquí. Y al llamar al joven, para explicarle, para decirle que él no había hecho esa vaina, ni lo pensó, que esa mujer era una mentirosa, una loca, una desestabilizadora; éste le gritó simplemente:

   -¡Muérete!

   Así, sin más. Sin pedirle o esperar explicaciones. Simplemente lo había botado, esperando no tener que volverlo a ver nunca más. ¡Porque Lucas no lo amaba! (y esa fue la tercera vaina que lo jodió). El chico no se había encaprichado como el uniformado, para él fue simplemente una aventurilla, sólo un juego de un rato, y nada más. Ya había una pareja, una chica y un chico, que le daban vueltas, y eso le gustaba. Tenía veinte años y quería gozar, con gente sin pasado, sin muertos, sin mierda tras ellos. Y eso no lo podía entender Justino.

   El hombre no podía entender que Lucas pudiera querer estar con alguien más, y simplemente se fuera, cuando para él, el muchacho había sido tan importante, que cuando le colgó el teléfono, se sintió mareado, y tuvo que sostenerse de una mesita, sintiendo que algo le estrujaba el pecho dejándolo sin aire, y tuvo que taparse los ojos con los dedos de la mano derecha, para no sentir un salado y ardiente llanto. Casi lloró, y eso le pareció horrible, mientras caía sentado en el suelo.

   A solas en su apartamento, se sintió ridículo, mal. ¡Dios, como lo extrañaba!, descubrió con espanto, con ganas de ir a buscarlo, y llorando, explicarle que todo no eran más que inventos de esa mala mujer, que él nunca habría hecho algo como eso. ¡O de llevar su arma de reglamento y matarlo! (éstos eran de los peores: ¡mío o de nadie!). Al otro día intentó buscarlo, llamarlo o abordarlo, hasta que el joven, seco, le dijo a la cara.

   -¿Qué parte de muérete no entiende? Váyase a la mierda, señor…

   Y Justino se fue mal, con ganas de morirse, pero a solas en su apartamento, el hombre se juró que un día, cuando ya no hubieran policías, fiscales o jueces que pudieran contenerlos, cuando pudieran hacer lo que les diera la gana con ese maldito país, sin que nadie pudiera oponerse o protestar, como pasaba en la Cuba sitiada de delincuentes, buscaría al mariquito ese, y lo haría pagar; no lo dejaría escaparse a Miami o a Colombia. No, Lucas tendría que quedarse en la cárcel que crearían alrededor de toda Venezuela, y le pagaría por todo el dolor que sentía ahora. Lo encerraría en una jaula pequeña y lo vería todos los días y… se vengaría. Su dulce e ingrato amor, lo pagaría… 

   UN LARGO VERANO 

   Lo bueno siempre había sido enemigo de lo mejor, y esa era la verdad, hasta en la Biblia lo decían. Cuando algo probaba funcionar, la gente que se conformaba con la medianía y lo abrazaba como articulo de fe; buscar otra forma de hacer algo, u otra vía, se convertía en anatema. Después de todo, un país que se regía por sus dichos (más valía malo conocido que bueno por conocer), no podía funcionar de otra forma, pensaba aquel sudoroso joven de piel cetrina, cabello negro muy liso y lustroso, de ojos negros y pequeños, con algo de taimado, pero de hombros, brazos y tórax finamente musculosos. Era un carajo al que le gustaba su cuerpo, al que le había dedicado tiempo para cultivarlo en aburridas y cansonas rutinas de ejercicio, porque sabía que un día podía servirle; y le sirvió. Ese hombre joven que había comenzado ganándose la vida en serio, bailando, en tanga, en fiestas de despedidas de solteras, cumpleaños de chicas tímidas o ante chicos avergonzados y excitados de tenerlo allí, no podía quejarse de su fachada.

   Sergio Malabo recordaba con agrado esos días salvajes en que se acostaba con todas las chicas que le daban la gana. Era atractivo, y mucho, y del grupo de chicos en tangas que terminaban chinos girando los penes al mover la cintura como acto final, era uno de los más solicitados. En los vestuarios, él y el resto de los carajos, todos altos, tetones, lampiños, forrados de músculos, en especial las nalgas, se pavoneaban por ahí en sus mínimas tanguitas o hilos dentales, haciendo gritar y delirar a las mujeres. A él le encantaba mover las caderas con rapidez, como si vibrara, sin casi moverse, y verlas chillar y contorsionarse como locas. Le gustaba tener control sobre otra gente, tal vez porque no era más que un desnudista, un bailarín exótico; alguien que se conformó con algo fácil y superficial… algo a medio camino entre lo obsceno y la prostitución. Aunque, afortunadamente para él, nunca se dedicaba a pensar mucho sobre eso, con esa laxa moral que iba definiendo los tiempos, y al venezolano en especial: nada era totalmente bueno, o malo como se empeñaba en discutir el viejo Papa polaco en Roma, pero todos evitaban oír.

   En los vestuarios, a veces, se ofrecía a engrasar a alguno de los otros carajos, cuando notaba en ellos miradas húmedas, labios fruncidos u ojos empañados, al observarlo. Y vistiendo una tanguita, con el tolete abultando, engrasaba lentamente el tórax, espalda y panza del otro tipo, que, invariablemente, cerraba los ojos, sometido a lo que sentía; y sometida era como le gustaba a Sergio, la gente. Más de una vez se masturbó, bajándose la tanga, obligando al otro a darle la espalda, doblándole algo el tórax, metiendo su tranca verticalizada entre esas nalgas lampiñas, musculosas, apretadas y calientes, cubiertas por el hilo dental. Se frotaba de arriba abajo, apretándoselo con las nalgas del otro, que siempre gemía que se lo cogiera; pero él sólo llegaba hasta bañarle la espalda de leche. Gozando su control sobre esa gente. Había algo cruel en él… Tal vez eso llamó la atención de gente del Grupo… Pero, en fin, él era la prueba viviente de que probar lo nuevo, arriesgándose, podía resultar en algo mucho mejor.

   Hacía dos años que había dejado la carrera (técnica, no universitaria) de mover el culo y girar el güevo en fiestas, y ya tenía bastante, a pesar de la perenne crisis que vivía el país. Bueno, después de todo, él tenía una ventaja sobre otros hombres de su edad (veinticuatro añitos), no sólo el físico bonito de hacía que las miradas de las chicas, y algunos carajos audaces, se volvieran a su paso: él tenía cerebro; y uno que generaba la suficiente corriente como para mover su cuerpo, dejarlo hablar y mascar chicle (todo al mismo tiempo), sino que también le permitía razonar. Y aprender. Y estaba aprendiendo de prisa. Sentado en el puesto del copiloto en un jeep de dos puestos individuales, cubierto de polvo, y bamboleándose por el camino de tierra que separaba dos amplios sembradíos de maíz; Sergio puede sentir la mirada intermitente, y rencorosa, en su nuca, del joven que va en el asiento del piloto, Roberto Noriega. No era a él a quien vino a ver desde Caracas, pero la cosa había resultado bien. Una sonrisa disimulada suaviza sus labios algo llenos, propios para el beso o la burla. Le divertía sentir el resentimiento y el interés del otro sujeto. Parecía uno de esos carajotes que odiaban a los tipos atildados, olorosos a colonia, con gomina en la cabeza y con ciertas coqueterías; pero que no podía dejar de mirarlos.

   A Roberto Noriega, un joven en la mitad de los veinte (aunque su gesto adusto, algo amargado y de mal genio lo hacía verse mayor), que se creía importante, le molestaba perder su tiempo mostrándole las parcelas sembradas de maíz a ese carajo, que no le caía bien. Y era verdad, había algo en él (un mariquerimo) que le desagradaba. Lo atendía porque era amigo de Isabela, su novia; conocido en la universidad (aparentemente el carajo ese, estudiaba agronomía o algo así, aunque con esa pinta de…). Pero pronto deja de preocuparse de él; al evocar el nombre de Isabela, recordó que llegaba el momento de comprometerse formalmente con ella. Después de eso tendría que cortejarla, ser atento, cariñoso, oyéndola siempre, teniéndola atendida, hasta la boda, y luego viviendo con ella para siempre, cuidando a los hijos que debían comenzar a llegar muy pronto. Eso lo llenaba de zozobra y de miedos.

   Al pensar en el matrimonio, cada vez menos lejano al pasar el tiempo, se angustiaba. Pero ya era hora de que se casara. Todos lo decían; sobretodo Gregorio, su padre, más adusto y seco que él. Un día él se ocuparía de dirigir la hacienda de su padre, y debía estar establecido y resuelto en lo atañante a la familia. Su padre siempre le dio todo, incluido el ejemplo. Gregorio fue uno de esos hombres que tuvo una visión y se fue al campo, a trabajar de sol a sol, implacable, explotando la tierra y a los trabajadores, creando mafias con sus socios, sacándoles plata a los distintos gobiernos y a la gente. Pero había trabajado duro por lo que tenía. Roberto no, él se encontró con todo eso hecho ya, y lo disfrutó. Pero su padre no soltaba las riendas. Lo quería casado y establecido, y por alguna razón que ignoraba (o en la que no quería pensar), lo urgía cada día más al matrimonio; y aunque no era contrario a la idea, había una profunda rabia en su interior, algo que no sabía explicar. Llevaba años viviendo una realidad que le parecía agobiante, tirante y opresiva; si no quería casarse todavía, ¿por qué tenía que hacerlo? ¿Por qué todo el mundo lo vigilaba, le preguntaba, o lo acosaban con su soltería? No estaba satisfecho, no era feliz, y esa amargura lo afectaba en su trato con los demás, haciéndolo irascible, violento, cortante y grosero muchas veces. Al joven le molestaba la idea del casorio casi obligado, pero su vida como soltero, tampoco le gustaba. Su vida no era una fiesta y una parranda cada noche. Nunca lo fue.

   Las tierras de los Noriega eran ricas, pero no benévolas. Para que dieran sus frutos había que trabajarlas duramente. El suelo era bueno pero sólo con agua y fertilizantes, y para tener eso, había que meterles mano. Roberto estudió en Caracas, gastó en apartamento, carros, tarjetas de crédito, ropas y otros vicios, como caña, cigarro y algo de coca (pero nunca cayó totalmente en eso, en el fondo no era un imbécil total), y experimentó con otras chicas, amiguitas simpáticas, amistosas, que sólo querían pasar un rato y nada más. Eran chicas que jamás se adaptarían a vivir en Portuguesa. Mientras conduce, concentrado, arrugando un poco el ceño (como iba volviéndosele costumbre, tal vez por el sol, o por la incomodidad de su vida), piensa que no tiene salida. Quiere seguir teniendo todo lo que la plata daba, la plata de su papá, y haría lo que fuera para asegurárselo. Era un carajo alto, sólido, con pinta de vaquero de película porno, bronceado y de cabellos algo castaños, por el sol. Sus ojos son castaños y su rostro estaba algo curtido ya, aunque sólo llevaba trece meses de haber regresado definitivamente a Araure, la tierra que parió a José Antonio Páez, el Centauro de los Llanos, por allá, en mil setecientos ochenta y cuatro.

   -Todo este maíz me hace pensar en la película Cosecha Sangrienta. -comenta Sergio, sonriendo torvo, deseando cortar el silencio.- ¿Sabías que siempre matan gente en el medio oeste americano para regar los sembradíos de este grano? -el otro no responde ante esa tontería. Ni lo mira; sino que bota aire, elocuente. ¡Coño’e madre! piensa divertido el moreno.

   Apretando mentalmente los dientes, y rechinándolos, Roberto piensa en lo que tiene qué hacer. Tenía que hablar con Antonio Pavón, el hijo de un maldito extrabajador de la hacienda, a quien su abuelo, hacía como cien años (vivió tanto que la gente ya hablaba de un pacto con el Diablo), le había regalado un pedazo de tierra cerca de la quebrada que alimentaba uno de los tanques de resguardo. Su abuelo había muerto (sorprendiendo a todo el mundo, a pesar de todo), y el padre de Antonio también. Ahora el carajo ese quería trabajar la parcela ¡como si de verdad fuera suya! Era evidente que la entrega fue algo simbólico; pero el muy perro, que también había regresado de estudiar, en Mérida, ahora quería establecer su propio negocio. Roberto aprieta los labios, otra vez, reparando en unos toscos postes, con dos pelos de alambre de púas, con las que Antonio había cercado, dejando muy en claro que hasta ahí llegaba el reino de los Noriega. Miró la vieja casona donde el joven pernoctaba, tan miserable y destartalada, como una casucha algo más apartada, que en el pasado sirvió de granero; había un aire de ruina, decadencia y abandono, que Antonio no iba a poder combatir. No solo y sin plata. Debía entender que lo mejor era tomar sus cuatro peroles y largarse. Su padre quería la tierra de regreso, y sí Gregorio lo quería, Gregorio lo obtendría, de una forma u otra. Tampoco Roberto lo quería ahí.

   En la puerta del granero, Antonio los esperaba. También era joven, de piel cobriza clara, de cabellos negros y finos, de rostro alargado. Llevaba algo como una cesta de donde sacaba granos de maíz con los que alimentaba a unas pocas y muy flacas gallinas, que ya tenían caras de estar viejas y duras, así que sólo comían y no ponían, como un gobierno cualquiera. El joven estaba sin camisa, mostrando un tórax esbelto y tetón, cubierto con un fino pelambre que sube en hilera del ombligo y se abría hacia los pectorales de tetillas oscuras y erguidas. El pantalón que lleva, es viejo y queda algo bajo, e iba sin zapatos. Sergio lo mira, lanzando un mental hummm; pero también repara, divertido, en que Antonio y Roberto se miran con disgusto, como muchachos que crecieron en la misma zona, pero tratándose con deferencia y diferencia. Para Antonio, Roberto era el ‘señorito’, tonto y algo caprichoso al que tenía que soportar. Para Roberto, el otro era un terco y maldito malagradecido, que intentaba separa parte de la hacienda, ¿y quién sabe?, tal vez hasta venderla a alguien que pudiera perjudicarlos con lo del agua. Y las cosas entre los dos fueron más o menos como siempre. Roberto, molesto y hosco, sintiéndose totalmente hostil, le dijo que debía (así: debía) ir a la casona a hablar con su padre. Antonio (después de lanzarle una mirada evaluadora, intrigado de ese tipo, a Sergio), le replicó que don Noriega conocía el camino, y que sí quería verlo, que fuera. Roberto le gritó que tienen que hablar con el abogado de la familia. Antonio responde que ya habló con un abogado. Y la cosa fue ganando calor, y fuerza.

   -¿Por qué coño no dices qué quieres y vendes de una vez la mierda ésta y te vas?

   -¿Quién carajo te dijo que quería irme? Lo que quiero es que tú y tu familia saquen sus patas de mis tierras y me dejen en paz. Tengo planes para toda esta vaina, ¡que es mía!

   -Esto no es tuyo, maldito ladrón. Es de mi familia. -le grita Roberto, caminando hacia él, y Antonio va acercándosele también, perdiendo los estribos.- Tu papá se lo robó, como robó muchas otras cosas, ¡maldito llorón! -le gritó sabiendo por qué eso alteraría al otro, como lo hizo. Sólo que Antonio fue más cruel en su replica, lanzándole una mirada de odio (y otra, de refilón, de vergüenza, a Sergio).

   -Dicen que el viejo Noriega era un marico; a lo mejor por eso fue que le dio la tierra a…

   Y hasta ahí llegó la cosa, al menos en palabras; lo que siguió fue un intento de que la sangre llegara al río, o quebrada, en este caso. Roberto, viéndolo todo rojo, se le arrojó encima, lanzándole un puñetazo a la nariz. Antonio chilló, sorprendido, retrocediendo, y cuando entendió lo que el otro hizo, se le iba a lanzar también; pero ya Sergio se interponía entre los dos, gritándoles que debían detenerse. Le costó separarlos, forcejearon con él entre ellos, empujándose, y el joven parecía un muñeco de esos del porfiado, el que no caía. Esos dos no podían hablar, sino que se gritaban, se amenazaban con los puños y bañaban de saliva a Sergio que iba arrugando la cara.

   Más tarde esa noche, echándole el cuento a Isabela, Sergio riente diría que la cosa fue horrible, que esos dos lo batuqueaban, gritándole al otro que iba a matarlo; haciendo una graciosa mímica de él entre ellos. A la joven la cosa le hacía gracia, pero al molesto y serio novio, no. Roberto se sentía mal, furioso. De buenas ganas le habría partido esa cara insolente al maricón ese, que se burlaba de él, riendo junto a Isabela. Y a ella, como que le gustaba. No quería estar junto a ellos, por lo que dijo que estaba cansado y se retiró.

   Era tarde en la noche, y ni aún con todo lo pesado que fue el día de trabajo, y del agradable clima controlado que había dentro de las habitaciones, Roberto puede dormir. Estaba inquieto, rabioso, insatisfecho, y creía saber, en una parte profunda y secreta (que era como su culo, nunca le daba el sol), qué era lo que tenía. Pero era algo que no podía atender. No ahora. No en esa casa… y tal vez nunca más. Deseaba esa casa, esos reales, esa hacienda, esa vida; y para tenerlo, acallaría todo lo demás. Pero era difícil porque se sentía amarrado, y a pesar de todo lo que tenía, y todo lo que soñaba con llegar a tener más adelante, era infeliz; amarga y rabiosamente infeliz.

   Afuera, la noche era cálida, como lo era siempre, y él en su cama, mira el cielo oscuro y no puede dormir. Si su papá supiera eso, le diría que con una mujer al lado lo haría, pues ella lo agotaría. ¿Estaría así por exceso de energía sexual? No lo sabe; se para en medio del cuarto, incapaz de aguantar la cama, reparando en su figura en el espejo del closet, a pesar de la oscuridad. Era un carajo joven, fornido y atractivo; coño, debería estar gozando de los placeres de la carne y no allí, solo y miserable, ¿entonces…? Pero no entendía nada, y mientras se miran al espejo, sobándose la panza plana, y mirándose la cadera dentro del ajustado bóxer, (que le quedaba del coño, tiene que admitirse), se siente más frustrado. En eso repara en un apagado silbido que cruza bajo su ventana. Que raro, ¿quién andaría por ahí? Y con disimulo, aparta la cortina en su ventana, cerrado el cristal para impedir que saliera el aire frío. Su cuarto daba a los patios de la propiedad, hacia el lado de una piscina cuadrada, fea, que casi nunca nadie usaba. Pero ahora sí había alguien allí: Sergio.

   La mirada de Roberto se dilata y el aire se congela en sus pulmones. Sergio parece que va a nadar, a esas horas, en la solitaria alberca, donde la luz era opaca, mala. Pero a pesar de la distancia, y de la luz, el joven repara en que el otro lleva una tanguita mínima, y sus ojos no pueden evitar correr sobre su cuerpo alto y musculoso, tetón. Los hombros eran anchos y la cintura estrecha, los brazos eran musculosos, así como las piernas y los muslos. El tórax era pronunciado y lampiño, y las tetillas eran pequeñas, más oscuras. Pero su mirada estaba perdida en la pequeña, putona y excitante prenda roja, chillona, con las tiritas que subían por sus caderas. El paquete tras él, se adivinaba en reposo, pero abultaba, colgando hacia abajo, contra la tela. Lo ve dejar una toalla en una silla plegable, y arrojarse al agua. Lo observa sumergirse y nadar con gracia. Con la boca seca, y los ojos doliéndole de los forzados que están por seguirlo en la penumbra, Roberto siente la respiración pesada, y el tolete ardiéndole dentro del bóxer. Se le había puesto duro, mucho, y le reclamaba mimos y atenciones.

   Lo ve nadar unos diez minutos, y con el tolete ardiéndole de ganas, de ganas de frotarse, de sobárselo, de… algo, Roberto dejaba salir lentamente el aire de su pecho. Por un momento considera la idea de tomar un calzoncillo chico, bajar y nadar con él, como si nada. Pero sabía que no podía. Sus padres estaban allí, y aunque no hiciera nada… malo, no podría oculta la erección de su tranca. Lo mira nadar hacia la orilla, apoyar las manos en el borde y alzarse con agilidad. Mira su cabello negro pegado a la nuca, la espaldota chorreando agua, y la telita de la tanga hundida entre las nalgas plenas y turgentes. Y el deseo de bajar, tocarlo, sacándole la tela de allí, casi lo hizo gritar. Lo ve caminar, con donaire, satisfecho de sí, hacia la silla plegable. La tela estaba metida en las nalgas, como si también la prenda quisiera acariciarlo y mimarlo allí, en su raja que debía estar caliente. 

CONTINUARÁ… 

Julio César.

RELATOS CONEXOS… (7)

Viernes, Febrero 8th, 2008

…CONTINUA  JUVENTUD, DULCE Y CRUEL…ven-entra-en-mi-vida.jpg

   Lo había invitado a entrar en… su vida, pero falló. 

   Justino estaba al borde de un shock, sin saber cómo procesar todas esas emociones y sensaciones fuertes que lo recorrían. Su güevo era chupado con un hambre enloquecedora, mientras olas y olas de tibio aliento caían sobre su pubis, entre sus pelos; y otra falange del dedo invasor iba metiéndose suavemente. Lo peor (o lo mejor) eran los espasmos en sus entrañas. Sentía que un calor lo iba envolviendo internamente, y que el culo se le estaba mojando copiosamente, casi temió botar algo por allí, un caldo que no era mierda. El dedo entra todo y al hombre, ese hombre adulto, fornido y viril, no le queda otro remedio que gritar agónicamente, arqueando nuevamente el corpachón, cerrando los ojos, casi cubiertos por el quepis. Ese dedo está allí, muy quieto, caliente, duro y largo. El joven no lo movía, pero su culo sí, apretándolo y soltándolo con sus músculos, amasándolo… y amándolo.

   El joven estaba, ahora, cogiéndolo con su dedo, rápida y secamente. Entraba hondo, saliendo rápido y clavándose otra vez, mientras el uniformado chillaba, echando la cabeza hacia atrás, sintiéndose dominado por una urgencia y un deseo que no entendía. Sus caderas suben un poco, despegándose del mueble, y se agitan de arriba bajo, cogiendo esa boca, queriendo metérselo hondo, hasta la garganta, sabiendo que ese chico le mamaba y apretaba sabroso el tronco, estimulando cada centímetro del mismo; pero también su culo busca ese dedo que entra, se revuelve dentro de él, y sale, frotándole y masajeándole duramente la próstata.

   Hummm, es todo lo que piensa, queriendo eso. Quiere ese dedo en sus entrañas. Ahora es consciente de que su cuerpo arde todo, que cada músculo y nervio es acariciado, sobado y estimulado por las poderosas sensaciones que lo recorren de pies a cabeza. Nunca antes había sentido nada así, sintiéndose tan despierto, tan vivo… Y lo peor, o mejor, era el abrazante calor que sentía en las entrañas. ¡Estaba volviéndose loco de lujuria!, y no sabía cómo afrontarlo.

   Ese dedo deja su culo bruscamente, dejándolo mojado y ardiente, y esa boca abandona su güevo, que se bambolea, amoratado y ensalivado. Con jadeos que mecen su corpachón, y con la mirada casi desenfocada, Justino lo mira, confuso, sintiéndose… perdido, casi necesitado de nuevas atenciones, atenciones que él mismo no sabe qué será. El joven está de pie frente a él, sonriéndole, con el tolete totalmente horizontalizado entre sus piernas.

   -Quiero tu culo. Quiero cogerte. -le dice con sencillez. Justino tiembla visiblemente.

   -¿Qué? -grazna temeroso. El joven se tiende sobre él, sonriéndole dulcemente, rozándole los labios con los suyos, rojos y ensalivados de mamar güevo.

   -Te va a gustar, papá. Seré bueno contigo. Seré suave y considerado, porque eres un virgencito. Seré dulce y te gustará mucho. Cuando sientas mi tranca en tus entrañas te vas a correr de gusto. Ya lo verás… No podrás vivir después sin gozarlo de vez en cuando.

   El hombre jadea, con los ojos muy abiertos, asustado. Está confuso y mareado; cosa de la que, como han hecho los hombres durante miles de años, el chico se aprovecha, de su indecisión y temor (que las mujeres a veces sentían al no saber que iban a terminar tirando al salir con un tipo). De pie frente a él, le agarra los tobillos montándolos sobre sus hombros, alzándole más la raja interglútea y el ojete del culo. Inclinándose nuevamente contra él, con el güevote erecto como una lanza, frota la redonda, brillante y lisa cabezota contra el pequeño y cerrado culo rodeado de pelos, aplastados ahora por la saliva del joven hace un momento.

   Justino cierra los ojos, respirando pesadamente, preguntándose: ¿qué coño estaba haciendo?, ¿por que no se paraba de allí, ya, corriendo y escapando de esa vaina? Él era un macho, que debería ser el que cogiera a un mariquita como ese. Un hombre podía pegarse a un marico que se descuidara, pero no al revés. ¡A él no debían pegárselo!

   -Abre los ojos, quiero verme en ellos cuando te clave con mi güevo. -le ordenó con sencillez. E incapaz de resistirse, Justino lo miró. El chico le sonreía.- Quiero verte mientras te cojo. Voy a joderte como nadie ha jodido contigo antes.

   Y esas palabras despertaban tal desazón, tal excitación, que el carajo sentía ya como su culo se contraía y su entrada titilaba, como esperándolo de una vez. Sudando hasta por las pestañas, Justino chillo agudamente, con voz de falsete, cuando el enorme y rígido tolete comenzó a penetrarlo lentamente. Se tensaba y mordía los labios, con dolor y ardor, mientras esa tranca iba metiéndose toda. Lucas no paró hasta que metió toda su porra dentro de la estrecha y ajustada funda, hasta dejarle los cortos pelos púbicos pegados al bajo bola del uniformado, cuyo rojizo güevo babeaba lentamente. Esa vaina quemaba y ardía terriblemente, aunque estaba metida allí, quieta, pero creciendo y copándole todo el ano, estirándoselo. Su culo no estaba quieto, y aunque le dolía, tironeaba de ese tolete, adaptándose a su tamaño y grosor.

   -¿Te sientes bien?

   -Hummm… sí… -gimió Justino entre dientes, con el culo ardido.

   Su agujero estaba ardiendo, por el roce y la forzada, pero también iba mojándose nuevamente, cerrándose fieramente sobre la dura y cálida tranca que lo quemaba muy hondo, despertándole esas sensaciones raras nuevamente; eran unos deseos y unas ganas que él atribuía únicamente (eso quería creer) a la presión de la pesada porra sobre su próstata. Su rostro está contorsionado, pero al mirar al atractivo joven, que le sonreía con calidez, se relaja un poco. Y baja la mirada, viendo su cuerpo tenso, su güevo duro y sus bolas contraídas, y más abajo está el pubis del chico, con pelos recortaditos y un centímetro del grueso tolete afuera, frenado por sus nalgas que no lo deja entrar todo. Siente la barra allí, quieta, pero palpitante, viva y hambrienta.

   Llevando sus nalgas atrás, Lucas saca parte del güevo, para luego volver a meterlo, empujando, chocando de las nalgas del otro, estremeciéndolo en el mueble. Y Justino apretó los labios con fuerza. El tolete salió y entró nuevamente. La tranca estaba casi toda afuera, antes de volver a clavarse en sus entrañas. La cogida era lenta pero profunda. Y algo comenzaba a despertar dentro de Justino, quien sentía que esa porra soltaba calor y palpitaciones dentro de sus entrañas, así como unos jugos que eran como de fuego y que lo quemaban. Y chilló agudamente cuando la tranca se le clavo duro.

   El vaivén del cuerpo del joven, que ahora apretaba los dientes y le atrapaba los tobillos con sus manos, abriéndolo más, era rápido y poderoso, cogiéndolo en toda la regla, estremeciendo totalmente al hombre que sudaba y gemía sobre el mueble. El culo del uniformado respondía a esa urgencia y a ese machito que lo enculaba. Ahora su culo palpitaba salvajemente sobre el güevo, agarrándolo y soltándolo, con fuerza. Su culo lo buscaba, ¡lo quería adentro! ¡Hummm… !Dios…!, era todo lo que podía pensar, gozando como loco, el uniformado.

   Apoyándose sobre los hombros del muchacho con sus piernas, las nalgas de Justino iban y venían ahora también, buscando esa maravillosa tranca que lo hacía vibrar y gritar, sintiéndose despierto y vivo como nunca. El agujero abierto, subía y bajaba, atravesado como estaba por la gruesa y cilíndrica barra rojiblanca. Con la boca muy abierta, jadeando pesadamente, y los ojos cerrados, Justino deja caer la cabeza en el respaldo, mientras sus caderas, y su culo, se agitaban arriba y abajo, buscando el tolete del jovencito que lo empalaba duramente con fuerza.

   Las manos del muchacho le atraparon las nalgas, apretándoselas, haciéndolo gemir de gusto, y agarrado así, mecía las caderas de derecha a izquierda, frotándose internamente con el bate. Al muchacho le gustaba eso, ¡un carajote grande y viril, con un güevo clavado en sus entrañas!, chupándolo y amasándolo, deseándolo más adentro. Y Justino gozaba esas embestidas que metía la barra, gozando el calor y fuerza del joven que lo tenía atrapado, a merced de sus deseos, para que hiciera lo que le diera la gana con él.

   -¿Le gusta mi güevo en su culo, señor? -le pregunta rudo, cogiéndolo con más fuerza.

   -Ahhh, si… cógeme… -era todo lo que podía graznar, y eso muy avergonzado de sí mismo.

   Retirando su tranca de ese culo ávido, Lucas obliga a Justino a acostarse de panza sobre el mueble, con el pecho sobre el apoyabrazos, y acomodándole el quepis. Le gusta coger así, de la vieja forma de tirar entre hombres. Ha tirado tan sólo con unos cuantos carajos, no llegarían ni a cinco (por Dios); pero lo había hecho varias veces con esos pocos. Recuerda la primera vez, cursando el cuarto año de bachillerato, estando con un amigo estudiando en su dormitorio, en shorts y camisetas, hablaban, reían, echaban vainas, y tal vez esa cercanía, o una película que vieron a escondidas (una porno, claro está), los excitó y comenzaron a tocarse. El final del cuento fue que Lucas lo penetró, teniéndolo aplastado de panza contra su cama, cabalgándolo, oyéndolo gemir y casi llorar por más. Y ese carajo tuvo el tupé de contar algo, porque otros dos amigos se le insinuaron y también se los raspó. Y le gustaba así, tenerlos de cúbito ventral, con esas nalgas para arriba, y cogerlos. Nunca lo habían penetrado a él, estaba seguro de que esa vaina no le gustaría. Pero clavarle el güevo a otro carajo, que gemía por más, lo volvía loco de ganas.

   Justino estaba ahora dándole la espalda con la cabeza y el tórax elevados y las caderas contra el mueble. Su pie derecho está apoyado en el piso, cosa que la abre las nalgas, la raja y expone el culo enrojecido. Arrodillado entre sus piernas abiertas, con el culo pegándole de los talones, Lucas le acaricia y soba duramente las nalgas, abriéndolas más. Bajando también su pie derecho, e inclinándose hacia el otro, enfila su güevote hacia el pequeño botón rojo, que titila como esperando lo suyo. Va metiendo lentamente la roja cabeza, sintiéndolo tensarse y bufar. Lo va metiendo poco a poco. Cuando la mitad está adentro, atrapado y halado ferozmente por ese culo caliente y hambriento, el joven se arroja de caderas, metiéndoselo todo de un golpe, siendo recompensado con un largo alarido de placer del uniformado.

   El rojo culo, redondo, se abre, tragándolo y apretándolo. El güevo sale y entra, cuando Lucas mece sus caderas de adelante atrás, golpeando duramente las redondas nalgas, cogiéndolo con su fuerza masculina y juvenil. Con un gemido, el chico se le arroja al otro a la espalda, atornillándose a él. Justino pela los ojos, sintiendo ese cuerpo caliente, firme y pesado sobre sí, arropándolo y ahogándolo, aplastándolo contra el mueble; pero la emoción más fuerte es que ese pubis está totalmente aplastado contra sus nalgas, clavándole el güevo con fuerza. Las bolas del hombre se contraen en el saco, apoyadas contra el mueble, mientras un poco más arriba su culo semivirgen, está totalmente abierto, casi al límite, por una tranca gruesa, tiesa y rojiza que sale y entra, con movimientos únicamente de caderas, empalándolo duramente.

   Cerrando los ojos, y dejándose llevar, Justino disfruta de los golpes, saltos y peso de ese carajito tras él; disfrutaba el dominio de ese joven y viril machito que lo cogía con dureza. El hombre veía luces que estallaban frente a sus ojos cerrados, la sangre le corría con una velocidad increíble por todo el cuerpo, elevándole la temperatura corporal. Estaba gozando una bola, y la otra también. Sin mover ni un músculo, con la panza pegada al mueble, el culo del hombre comienza a subir y bajar lentamente, buscando esa tranca que lo penetraba. El culo subía y bajaba al encuentro de ese güevote que también iba y venía. Era la danza del culo contra el güevo, del macho contra el macho. El hombre jadea roncamente, con los ojos muy abiertos, sintiéndose recorrido por un temblor que lo mata, y siente como su güevo, que estaba pisado con su cuerpo contra el mueble, frotándose, se corre abundantemente, mojándole toda la panza. Gimiendo, se corre una y otra vez contra el sofá.

   Lucas continuaba cogiéndolo, sonriendo con los dientes apretados en una mueca, viéndolo gozar. Y con un alarido, clavándole los dedos en los hombros recios, se tensa todo, acostado sobre él, y le clava los dientes en el hombro derecho. Gimiendo dulce y agónicamente, con el güevo totalmente clavado en esas entrañas, se corre, sintiendo un golpe puro de placer. Justino, bajo él, goteando chorros de sudor contra el mueble, siente ese estallido en su interior, y cómo le pega una vaina abundante y ardiente, algo que parece agua caliente que lo llena, inundándolo y subiéndole, corriendo dentro de él. ¡Y quiere más! Su culo chupa más, queriendo más de ese cóctel caliente y rico. Los dos hombres se quedan así, quietos, mezclando sus olores y calores, así como sus sudores. Cada uno intenta recuperar el control y el aliento.

   Con un gemido, Lucas retira su tranca medio blanda del culo abierto y lleno de esperma que ya va enfriándose. En cuanto Lucas se alza, un silencioso y enrojecido Justino también se movió, sentándose en el mueble. Cosa que le causó una desagradable sensación al tener el culo pelado sobre el sofá, y al estar lleno de esperma, hizo un ruido raro. Sonriendo, Lucas toma asiento a su lado, y lo mira con franca diversión. Justino baja la mirada. Botando aire, el joven se para, sirve dos vasos de whisky, y le tiende uno al hombre, que lo toma, agradeciendo con un gruñido bajo, que no se entiende. Lucas toma asiento nuevamente a su lado y bebe, paladeándolo ahora mejor.

   Justino sentía la respiración pesada, el culo le ardía y dolía, apoyado en el sofá. Casi se quedaba pegado al cuero de mueble por el sudor. No sabía qué decir o qué pensar. Lucas guardaba silencio también, aunque él no se sentía incómodo, arrepentido o violado; le gustaba tirar, usar el güevo era rico, y se podía con las nenas, o con los panitas de culitos apretados. No se sentía menos de lo que era, como debía estarle pasando a Justino (ahora era Justino. No más: señor, sí, señor). El momento era delicado, y los dos lo sabían. Finalmente Justino lo mira serio, tragando saliva, y orgullo, terminando con todo lo que había sido hasta ahora en la vida. Lo que había sido su vida.

   -¿Quieres cogerme otra vez? -y así se rindió a las poderosas sensaciones que lo habían dominado, a esa cosa (que lo cogieran) que le dio tanto gusto. Probó algo rico, y ahora quería disfrutarlo, dejándose llevar por esa nueva experiencia.

   -Claro. -sonrió el joven, contento por el camino tomado por el otro. Entre sus piernas, la rojiza y gruesa tranca comenzaba a alzarse otra vez, dispuesta a luchar; estaba en la edad buena.

   Fue un polvo más reposado, más prolongado, pero también más urgente; el tiempo estaba contra los amantes. Justino se había desecho de su gente por una hora y media, pero sabía que volverían. Y Lucas debía volver a Caracas en el autobús de la Justicia (nombre idiota para una actitud idiota). La despedida fue incómoda, Justino aún no podía aceptar libremente su sujeción al muchacho, pero se sentía horriblemente mal al saber que se iría, apartándose, alejándose (¿y si no lo volvía a ver?). Tal vez fuera lo mejor. Él era un hombre, y los hombres no podían sentir esas vainas; pero en la puerta misma de su oficina, lo besó en la boca, paladeando su saliva y su lengua, rindiéndose a la evidencia.

   Le gustó. Esa experiencia le había gustado mucho. El resto de la tarde la pasó en la luna, donde, de haber llevado material, ya habría levantado todo un complejo habitacional para astronautas por todo el tiempo que estuvo allí. Esa noche, después de un repentino pero pasajero arrebato de arrepentimiento, de autocensura y recriminaciones, soñó y extrañó al joven amor. Se sent