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LEJOS DE TI ESTA PRIMAVERA

Viernes, Mayo 23rd, 2008

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   Mientras escribía un relato sobre personajes que sufrían de soledad, una semejante a la que padecía el personaje de Ennis del Mar en Brokeback Mountain, una que le pesaba y dolía tanto que lo hacía casi encorvarse bajo su peso, recordé que habían otras soledades que podían incluso ser peores. Hace tiempo, leyendo una novelita corta de Ágatha Christie, que nada tenía que ver con misterios o asesinatos, encontré un ejemplo desconcertante al respecto. De una soledad que se sufre sin que su víctima lo sepa, aunque marcha contenta y satisfecha de sí por la vida, impaciente con lo demás, quienes sin embargo le tienen piedad porque la ven sola, encerrada dentro de su pequeño y mezquino mundo interior donde nadie puede acompañarla. Fue una lectura grata, amena, pero sobretodo, ingeniosa. Llamaba a la reflexión. Realmente esa mujer era una gran escritora. Esa novela era LEJOS DE TI ESTA PRIMAVERA. Y con este título, la escritora jugó a varias insinuaciones. 

   Recuerdo haber leído después una reseña que decía que esta historia había sido recibida muy fríamente por la crítica y seguidores de la magistral mujer; es evidente que la fama, cierta fama, termina aplastando a todos. Como no estaba Poirot o la señorita Marple, fue desdeñada. Y sin embargo fue una lectura apasionante, y ese aire ligero que le imprimió casi dejó escapar la trama más profunda que ocultaba. Lamentablemente mi ejemplar fue robado, es la única palabra que cabe cuando se presta y no te devuelven las cosas (realmente no se puede prestar un libro), y no he podido conseguir otro, así que hablaré casi de memoria. 

   Cuando se inicia la historia encontramos a una mujer de mediana edad, María, inglesa de clase media alta, bien acomodada, que hace un viaje de regreso de Oriente a Londres, luego de visitar a una hija que había sufrido algunos trastornos de salud. Sonriéndose, la mujer se felicita por lo bien educados que estaban sus hijos, y lo considerados que eran; estando enferma, su hija no había querido molestarla obligándola a realizar ese viaje, diciéndole que no era necesario. Pero ella fue, desoyendo también a su marido que le aconsejó no ir, porque era una buena madre. 

   En el viaje en tren encuentra a una vieja ex condiscípula, cosa que no le agrada, recuerda que era alocada, de vida poco seria y que se había visto envuelta en escándalos de divorcios, aventuras y maridos ajenos. La trató condescendientemente, como una gran dama a otra caída en desgracia, con ese airecillo de superioridad. Cuándo esta le dice que no se preocupe por su hija, que a veces un susto enseñaba y arreglaba las cosas, la mujer no entiende a qué se refiere, pero se alegra cuando la otra abandona el tren, por alguna razón que evita analizar, prefiere continuar a solas; eso le recuerda los días del internado, cuando la monja le dijo a la otra que moderara su temperamento, que pensara antes de actuar. Y a ella le había recomendado que no se conformara con mirar las cosas por encima, que indagara qué había más debajo de toda acción. Pero como esos recuerdos no le agradan, los abandona también. 

   Durante su recorrido se ve obligada a quedarse en una mísera posada árabe donde nadie parece poder comunicarse con ella, y eso la obliga a estar a solas consigo mismo y pensar sobre su vida, cosa que le parece será fácil y muy grato. Casada con un prospero hombre de negocios, importación y exportación, con tres hijos adultos, casados, cada uno con su propia vida fuera de Londres, todo había salido muy bien. Y allí comienzan las preguntas, ¿por qué ninguno se quedó cerca de ellos? Eran irregulares en sus cartas, las visitas eran… sólo lo suficiente. Y ninguno hablaba mucho con ella. Pero recuerda que los chicos sí amaban a su padre, y eso le inquieta mientras pasea bajo el sol del desierto. A su mente vuelve la imagen del hijo varón a los ocho años entrando al cuarto diciendo: papá creo que me voy a morir, y quiero hacerlo a tu lado; solemne, prendido en fiebres. Ahora le parece extraño que no dijera, mamá, creo que me voy a morir, buscando sus mimos y atenciones. No era lógico que un niño pequeño buscara ese tipo de consuelo de su padre y no de su madre. 

   Pero claro, era porque su marido era un muy buen hombre. Bueno, trabajador y muy responsable. Confiable, aunque cuatro años antes tuvo que ser hospitalizado por una crisis nerviosa, una terrible melancolía, atribuida al agotamiento; ella, como toda buena esposa, alegre, diciéndole a todos que iba a visitar a su marido, lo había encontrado una tarde en los jardines de la casa de reposo, sin hablar, sin hacer nada, sólo con pérdida y tristeza en las pupilas, mirando hacia la nada. Eso la alarmó y quiso preguntarle qué le pasaba, pero sintió miedo. No, nada le pasaba, se convenció, todo se debía a un exceso de trabajo. Y recordaba que antes de ir a verlo su hija mayor le había gritado que no fuera, que lo dejara en paz. Reviviendo eso en esas inmensidades solitarias, la mujer intentó explicarse todo, diciéndose que su marido era propenso a esas tristezas irracionales, que durante los primeros años del matrimonio ya había sufrido una. Recuerda su rostro alegre, ilusionado cuando fue a verla porque quería comprar una granja fuera de Londres y dedicarse a sembrar y a criar ganado. 

   Eso la había asustado, verlo tan emotivo, tan poco práctico, una granja fuera de la ciudad restaría posibilidades de ascenso y brillo en los negocios del hombre, no lo dijo porque no lo entendería. Lo que hizo, y utilizó como arma disuasiva, fue la noticia del primer hijo que estaban esperando, y que debían pensar en su futuro y el de los que luego llegarían. Siempre se había felicitado por su forma de actuar, no gritó, amenazó ni lloró, pero él entendió sus objeciones y comprendió que seguir en Londres era lo mejor para la futura familia que estaba ya en camino. Nunca más se habló de aquellos planes idílicos, de escape a una vida más sencilla de trabajar con sus manos, pero a ella le pareció que desde ese momento lo notó más distante, más cansado, y varias veces al ir a visitarlo a su oficina lo miraba absorto mirando hacia la calle, con una mirada cargada de añoranzas. Y mientras regresa a la pozada, agitada y cansada de un paseo que no le brindó paz, es cuando cae en cuenta que desde esa ventana, cruzando la calle, se veía un gran mercado donde comercializaban con legumbres y animales de granjas. 

  Pero ella lo había hecho por la familia, le gritaba una parte que quería justificar un punto sobre el que ni deseaba pensar, acallando aquella otra que aseguraba, tajante, que salir de Londres le habría molestado a ella que deseaba brillar en sociedad. No, no deseaba pensar en eso, como no quería recordar a unos vecinos arruinados y desordenados que vivían en la casa de al lado. Por aquellos días una bonita joven parecía perseguir a su marido descaradamente y todos miraban asombrado como ella ni se preocupaba de eso; aunque una conocida bien intencionada le había advertido que el hombre se veía distinto, y que eso sólo podía significar que alguien más estaba en su corazón. Ella rió, su marido no era de los aventureros que seguían hermosas mariposas, él prefería hablar de libros, caballos y plantas con la vecina, una mujer delgada cargada de niños, de enfermedades, deudas y problemas. A ella siempre le molestó un poco que perdiera su tiempo ayudando a una mujer que no sabía manejar su propia vida, pero él decía que debían ser caritativos. Recordaba como una tarde, al salir al patio los encontró a los dos sentados en un largo banco, cada uno en un extremo, y que no hablaban, ni se miraban, estaban serios, con las miradas perdidas en un punto lejano. Ella pensó que era algo casi… grosero de parte de su marido, descortés, como si no la soportara. Poco después esa mujer murió enferma, y a ella no le importó. Pero deteniéndose en seco dentro de la pequeña habitación en la posada, la mujer se da cuenta de que fue por esos días que su marido sufrido la crisis de depresión, de melancolías y tristezas.  

   No quiero entrar más en honduras, mis amigos, el librito hay que leerlo para disfrutarlo; pero esa mujer, pedazo a pedazo, recuerdo tras recuerdo recompone toda su vida, cómo era ella, sin adornos. Se había casado con él, porque se veía bien, era agradable y proveería, no por amor, no uno que lastimara, que doliera… como lo que él había sentido por la vecina, que era tan fuerte que no lo dejaba mirarla por temor a que su pasión se notara, que ella u otros se dieran cuenta, o no poder controlarla y dejarla salir desbastando a dos familias. La mujer comprende que siempre le hizo difícil la vida a todos, que jamás escuchó qué sentían o qué deseaban; ella les trazó la vida, con sonrisas, con manipulaciones, implacable. Entendió que su hija en Oriente se había casado para escapar de ella, encontrándose atrapa en un mal matrimonio, y sí, ella había oído aunque intentó fingir que no, los rumores de que tenía un amante que la traicionó e intentó matarse. No había estado enferma, intentó acabar consigo misma. 

   A ella se lo ocultaron, su marido, el marido de la hija, la hija; no por consideración, sino para que no lo empeorara todo. Sabía que su hija había enviado una carta a su padre pidiéndole que por ningún motivo permitiera que ella fuera; eso lo interpretó como que no quería darle mortificaciones, pero lo que en verdad deseaba la joven era que no la atormentara. Aún sus motivos para ir no fueron altruistas o nobles, no fue para acompañarla, sino para pasear y que todos notaran lo buena madre que era. Pero la tragedia los había unido, pues el marido no la dejaba sola con la hija, que fue lo que su ex condiscípula, generosa y bondadosa, había intentado explicarle, que ahora todo mejoraría para la muchacha, que ahora se fijaría en las cualidades de su marido. 

   La novela es rica en matices, en giros, en el análisis de una personalidad superficial, indolente y algo idiota, la de tantos que se dejan llevar por el viento o el agua como el diente de león. La mujer se da cuenta de que ha vivido toda su vida de forma simple, superficial, sin querer saber de problemas, sin entender que todos eran distintos, empeñada en verlos de cierta manera y obligándolos a ajustarse a esa forma. Pero se jura que cambiará, que será otra. Llega a Londres y tiene un frío encuentro con su hija mayor, que enfrían un poco sus ímpetus de redención; ahora todo le parece tan cotidiano, tan normal que cree lo analizado en el viaje son fantasías, delirios sufridos por estar lejos. Cuando encuentra al marido, es nuevamente la de antes, la que no nota su tensión aunque sabía que había estado discutiendo con la hija mayor, la rebelde. Pero ella no quiere saber por qué o de qué, ni ver nada como no sea su vida ordenada, cómoda; desea imaginar que todo andaba bien. Y cuando el marido la abraza, este piensa: pobre Maria, está tan sola y no se da cuenta. Gracias a Dios que no se da cuenta… 

   Sí, fue una buena novela. 

Julio César.

EL FIN DE LA ETERNIDAD

Sábado, Mayo 17th, 2008

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   Dentro de las historias de ciencia ficción los relatos de Isaac Asimov siempre tendrán un lugar bien ganado. Generalmente, aún en mis queridos Simpson, no falta quien diga que su trabajo está sobrevalorado, o que no era muy bueno. Imagino que quien comenzó a escribir ficción desde los años treinta y cuarenta, estaba un poco limitado por lo acontecimientos de su tiempo, aún de los propios temores de la era (las guerras, la depresión y otras), así como de los avances tecnológicos. Cosas como la manipulación del genoma humano para crear un mundo diferente, tipo GATTACA, con todo lo inquietante y atemorizante que fue esa película, era difícil de captar en todo su significado en años tan tempranos. Hay que estar claro, hasta el gran padre de la ficción, Julio Vernes, a ojos nuevos, resulta algo aburrido, aunque fascine aún. Una historia que nos hable de los hombres de
la Luna, o de Venus con sus pantanos, a la luz de lo que ahora sabemos, resulta tonto, pero el mérito estuvo en imaginar todo eso antes de que fueran hechos comprobados, o derribados por las realidades científicas.
 

   Extrañamente mucha gene ignora que Asimov fue un científico real, un investigador en toda la regla, con disertaciones tan ingeniosas como amenas, pero sobretodo llenas de datos y realidades incontrovertibles. Bueno, no usemos una palabra tan grave y determinante, pero por ahí marcha la cosa. He estado pensando en incluir aquí una de sus disertaciones, presente en uno de sus libros de no ficción muy bueno, El Planeta Que No Estaba, pero aún estoy evaluando si no pueden acusarme decididamente de plagio o algo así. En fin, el hombre escribió relatos que son muy ingeniosos y hasta llenos de moralejas. Otros no fueron tan celebrados, pero eso le pasa a todo el mundo. Una de sus novelas, que en mi modesta opinión es realmente buena, que me gustó mucho y la recomendé, sorprendiéndome el que no agradara a las mujeres que sé gustan de leer mucho, fue El Fin de la Eternidad. 

   Esta novela trata, en primer lugar, sobre el status quo, sobre un mundo que es, que fue y que se espera continúe siendo de cierta forma, sin desviaciones, sin sorpresa, controlado. Conocemos a uno de los hombres encargado de mantenerlo dentro de esos límites, Harlan, un tipo que pertenece a una organización supra mundial, La Eternidad, una elite que se extiende en el tiempo durante casi cien mil años, controlando todas las actividades humanas. En teoría están para cuidar a la gente, pero terminan controlando sus vidas, su forma de pensar e incluso sus destinos, convirtiéndose en sus carceleros. Son un grupo poderoso, con recursos, que decide que ellos saben lo que es mejor para todos. Harlan es uno de ellos, hasta que por cuestiones totalmente particulares (como siempre ocurre), la aparición de una mujer que le gusta y de la que se enamora, se cuestiona el derecho de existir de La Eternidad. 

   Él es un ejecutor, el sujeto que se mueve entre las eras produciendo los cambios necesarios con sus propias manos. Hay un peligro de guerra en el siglo cincuenta que dará como resultado, cinco siglos después, una sociedad más tecnificada que sueña con ir al espacio y crear el imperio galáctico humano (cosa que La Eternidad odia por encima de todo lo demás, por el desorden que implica, por el caos que conlleva, por los gastos inútiles que significan. Pero lo que en verdad  la mueve contra esa idea es que de escapar los hombres a otros mundos no podrían controlarlos y continuar existiendo), el ejecutor sale de La Eternidad, entra en
la Realidad del cincuenta y hace algo que evita o retarda la guerra hasta que los factores den con una realidad alterna, una donde los viajes espaciales, por ejemplo, nunca se dan. Cuando cree que La Eternidad se ha vuelto contra él, quitándole lo que más quiere, y descubriendo él mismo la importancia de su papel en el drama de la realidad actual, Harlan decide mandarlo todo al infierno, saboteando un gran proyecto que debe finalizar en la desaparición de todo, aún con él, dando como resultado un mundo distinto donde dicha organización, y su control, jamás existieron.
 

   Aquí Asimov juega con dos planteamiento que resultan fascinantes: una, que el tiempo no permite que se produzcan paradojas: un hombre no puede mirarse a sí mismo como sería o estaría cinco días en el futuro, por ejemplo, porque eso le permitiría actuar de la forma que le diera la gana, matando, provocando incendios o cruzando un lago de fuego, por la seguridad que tiene de que dentro de cinco días seguirá vivo. A eso lo llama una paradoja del tiempo, algo a lo que los eternos temen mucho, y que el Universo y el tiempo luchan contra estas cosas. Sin embargo, lo que Harlan descubre (¿por accidente o manipulado?) es que la misma Eternidad conoce su historia, dónde y cómo se originó, y que de tanto en tanto, dentro de un Universo de tiempo cíclico y repetitivo, deben ponerse en marcha ciertas acciones que aseguren la aparición de la organización. Así nos encontramos con que La Eternidad nace de una paradoja, algo que el tiempo debe intentar impedir. 

   Sintiéndose traicionado, como ya dije, Harlan interviene y pone en riesgo el inicio de la secuencia de hechos. Pero cómo su daño puede ser reparado,
La Eternidad no desaparece de un solo perolazo, el tiempo les da un margen de maniobra para hacer reparaciones enviando a alguien al punto donde se cometió el error y enmendando las cosas, por lo que se pone en marcha una compleja maniobra de salvamento. Pero el protagonista va uniendo verbo con predicado, y entiende, por sí mismo, que ha sido manipulado por otros, por seres que odian La Eternidad y buscan su destrucción. Parte con su amada a los tiempos arcanos, los siglos antes de la manipulación del tiempo, los años de madame Curie, a salvar la situación, y allí termina Harlan apuntando con un arma a la mujer que ama, desenmascarándola como miembro importante de la conspiración contra la organización. Ella confiesa, y la explicación que da a sus actos es buena, ella ha visto el futuro de la humanidad, en los siglos de un planeta sin hombres que se han extinguido mucho antes al estar atrapados en su mundo; se dan razones que suenan lógicas para este fin del mundo humano, créanme. La existencia de La Eternidad, diseñada para proteger y hacer feliz al hombre, parece ser la culpable de su muerte.
 

   A mí me encantó el libro, el final, el planteamiento, incluso el personaje de Harlan, un tipo que no se creía digno del amor de una mujer hermosa, que intentaba luchar contra las carantoñas de esta bella hechicera, resultan en una historia de amor interesante. Como el gran escritor que es, digan lo que digan los críticos, Asimov no se molesta en explicarnos cómo se logra el viaje a través del tiempo, aunque él, lo esboza más como una ruptura en la realidad, como un hueco, o una ventana que se abre, en cada siglo por donde entra esta gente, los eternos, y hacen sus gracias. Y a pesar de ese vacío explicativo, el libro no pierde atractivo. 

   Siempre me ha costado mucho imaginar una forma mecánica, algo creado por el hombre u otra inteligencia, para viajar en el tiempo. El tiempo no es una fuerza por sí sola, es más bien parte del binomio que pone en movimiento el Universo mismo: tiempo y espacio. Tiempo es el lapso entre un ahora y otro ahora, pero éste está ligado a todo el desplazamiento en el Universo. La Tierra, por ejemplo, no se encuentra en el mismo punto con referencia a otras estrellas donde estuvo hace un año. Ni lo está el Sol con respecto a la espiral, ni ningún otro cuerpo celeste. Cuando miramos hacia Alfa Centauri, el grupo de tres estrellas más cercano a la Tierra, no estamos viendo esos cuerpos en nuestro ahora, sino como fueron hace cuatro años y picos atrás, distancia en años-luz que nos separa de ella (4,36 años-luz); ese es el tiempo que tarda su luz en llegarnos. 

   De viajar cien años en el futuro, no sólo debemos movernos en el tiempo, sino también en el espacio. La Tierra no se encontrará, en cien años, en este punto del Cosmos, se habrá desplazado por el éter. Tiempo y espacio deben ir juntos, o quien se desplace a cien años en el futuro o en el pasado, aparecerá flotando en la nada, porque o el planeta ya estuvo ahí, o aún no ha llegado. Con eso en mente, por lo menos yo, no puedo dejar de preguntarme, ¿cómo haremos para viajar cincuenta años en el pasado o tan sólo un día? Se puede especular en un libro, revista o película con un combustible o una fuente energética tan poderosa que rompa la línea del tiempo, ¿pero lo es tanto como para arrastrar el planeta al lugar donde estuvo en ese momento? ¿Existe realmente la suficiente cantidad de energía en todo el Universo para hacer eso, para hacer retroceder a
la Tierra en su orbita de rotación y de traslación? Y si la Tierra es obligada a moverse, ¿no tienen que hacerlo igual la Luna, Marte, Venus y el Sol mismo?
 

   Claro, se puede especular (teorizando todo es posible) que tal vez existan puertas naturales, que así como percibimos estrellas que debieron estallar para este momento, pero que vemos como fueron hace miles de años, es posible viajar en esa dimensión, obligando al tiempo a doblarse, torcerse o romperse, y que eso añadirá de por sí, el espacio. Pero, ¿será cierta tal especulación? También es posible, después de todo sólo soy un lector de todo lo que encuentra, no soy físico o matemático, que venciendo de alguna manera la barrera del tiempo, el espacio se comprima de forma automática sin que hagamos nada, sólo para compensar la otra fuerza. Así para llegar del punto A al punto B de tiempo, no viajaríamos en línea recta sino doblando el espacio que los separa como quien dobla una servilleta, hasta que los dos puntos se superpongan, permitiéndonos pasar de A a B dando tan sólo un paso, y al terminar la torsión, la distancia quede compensada por sí misma, al desdoblar la servilleta. Puede ser que la constante espacio-tiempo quede compensando de forma mecánica ya que la cuarta dimensión los obligue, por alguna ley natural, a mantenerse constantes uno respecto al otro.  Pero… todo es especulativo, y nada de eso parece estar al alcance humano, al menos todavía. O cree uno. 

   ¿Lo ven? Es por eso que me encanta la ciencia ficción. Ya hablaremos más adelante un poco más del señor Asimov. 

Julio César.

EL ENIGMA DE PARSIFAL

Martes, Marzo 25th, 2008

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   Hace tiempo, cuando hice una leve crítica a El Código da Vinci, ganándome reclamos y hasta malas caras de los conocidos, algunos me preguntaron sobre el otro libro que mencioné, EL ENIGMA DE PARSIFAL, y de sí estaba loco por comparar una novela moderna (El Código, no se confundan) con otra tan… ¿vieja? (hasta la comparación es insultante, para El Enigma). A mi entender, la cuestión no debe ser jamás planteada en semejantes términos, porque si a ver vamos, la Biblia no tendría ningún mérito, ni siquiera literario, por vieja, comparada a cualquier tontería que se escribiera hoy en día. Y sin ir tan lejos, ¿entonces los libros de Ágatha Christie de los cincuenta no sirven? No, ese no debe ser el punto. La cuestión es saber si un libro es interesante, logra despertar suspenso, curiosidad y sí es capaz de hacernos preguntar con su línea argumental: ¿será esto posible, podría suceder en tal o cual condición? 

   Los libros de Robert Ludlum, escritor norteamericano, tienen esta envidiable virtud. Sabemos que se trata de ficción, pero son emocionantes y absorbente, y uno tiene que leerlos hasta el final, siempre haciéndonos sentir la duda: ¿sería esto posible en un mundo demente? O la mayoría de sus historias al menos cumplen con este cometido, hay que aclarar. Siempre pasa que hay un libro mejor que otro, aún siendo del mismo autor. 

   El Enigma de Parsifal, desde sus primeros párrafos donde hablan de la ejecución de una mujer que grita y patalea para no morir, en la Costa Brava (que bonito suena ese nombre) en España, es emocionante. Ya ahí queda establecida la personalidad del héroe, un tipo torturado que se ha visto obligado a vivir en un mundo demente, sin las reglas y protecciones de aquellos que asisten a un trabajo todo los días, comen con amigos y tienen una o dos novias por ahí. No, su mundo es de oscuridad, uno que lo ha llevado a ese lugar, a esa playa, para atestiguar la muerte de su único gran amor, una mujer con la que soñó escapar un día de su vida de locura. El hombre es un espía del Servicio Secreto de su país. Un agente, dicho eufemísticamente. La mujer ha resultado una mentirosa, su enemiga, enemiga de ese país.    A medida que avanza la narración descubrimos el submundo de fingimientos, de engaños, de dobles vidas y hasta moral que lleva un grupo de personas que por desición o necesidad se ven obligados a vivir una vida clandestina, bajo las calles, el del espionaje del Oeste contra el Este. Comenzamos a leer sobre violencia e intrigas en Londres, Paris, Roma, Grecia y un oscuro pero hermoso paso entre Los Alpes Suizos, con unas detalladas descripciones que casi hacen evocar imágenes de esos lugares. Y mientras más ojeamos, más nos adentramos en una conjura dentro de la conjura, todo servido para disimular conspiraciones mayores y más terribles. Los personajes tienen pasado, una historia, no aparecen así como así de la nada, y son antecedentes terribles y llenos de dolor, de violencia, que va desde las matanzas nazis y sus campos de muerte, a los gulags donde desaparecieron tantos y tantos bajo un régimen engañosamente justo y romántico como lo parecía el soviético. 

   La trama se adentra dentro de posibilidades insólitas, como el que halla un topo comunista en el Salón Oval de la Casa Blanca; u operaciones puestas en marcha treinta años atrás cuando niños soviéticos fueron enviados a América para infiltrarla esperando el momento de atacar; o que dirigentes de carácter mundial estén irremediablemente locos y embarquen al mundo en una carrera demencial hacia una guerra nuclear. Nos enteramos de refugiados que llegan escapando de regímenes horribles, para caer en manos de tratantes de blanca y de esclavos en el propio suelo norteamericano. Leemos del nazi que toma el lugar de una de sus víctimas enviadas a los hornos, intentando escapar a la justicia, una que lo alcanza finalmente. La trama es dinámica, no decae, cada momento se hace más y más trepidante; una situación lleva a otra totalmente nueva, más grave, más peligrosa. Uno casi llega cansado al final, y aunque sus libros son gruesos, El Enigma de Parsifal tiene más de seiscientas páginas, se hacen como pocas. 

   Los protagonistas son intensos, vitales (y aparentemente indestructibles), llenos de recursos, y uno se pone de su parte de inmediato. Uno comparte la amargura y futilidad del hombre que ve que todos corren para quedar en el mismo lugar, que aquella a quien amaba era una asesina a la que debía detener, sólo para que otra ocupara ese puesto. O de la mujer a la que se le tendió una trampa para asesinarla, que escapa usando sus instintos, la dureza y violencia que tuvo que aprender en un mundo horrible donde tanques soviéticos pasaban sobre los cadáveres de jóvenes que se les oponían en la invasión de su país. 

   El Enigma en sí es tan ingenioso, tan desconcertante y grande, que uno siente ganas de exclamar mental y verbalmente: guao. Era algo tan peligroso y delirante que de suceder en la vida real, y saberse, el mundo entero tendría que detener o destruir a un país como Estados Unidos, sólo para asegurar algo de cordura. De hecho hay una parte donde explican el nombre, que Parsifal era el nombre de una opera sobre la lanza que atravesó a Cristo, aquella que podría abrir todas las venas y heridas del mundo. Robert Ludlum es amante de este tipo de género, el suspenso que podría caer dentro de lo policial o el thriller duro, pero él lo retrata y describe de una forma distinta. Parece narrar un hecho real que ocurrió pero que luego nos lo cuenta como si de una fantasía se tratara.  

   Obviamente no he leído todo lo que ha escrito, pero El Círculo Matarese (uno de los mejores) es hasta conmovedor, El Manuscrito de Challenger o El Pacto de Hockrof, son lecturas que hacen pasar un rato no sólo ameno, sino bien aprovechado. Es como vivir todas esas aventuras pero sin los riesgos. La acción, la descripción humana de los personajes, con su pasado y sus traumas, la sorpresa que nos vamos llevando página a página cuando todo parece cambiar de un momento a otro, y lo bien hilado de las tramas lo hacen altamente recomendable.  

   En última instancia, todo depende de los gustos personales, pero para mí de sus libros menos logrados están las historias de Bourne, precisamente esas de las que se hicieron recientemente dos películas, que tampoco fueron muy buenas si vamos a ser sinceros, a pesar de actuar Matt Damon en ellas, un actor a tener en cuenta y que estuvo increíblemente bien en El Talentoso Señor Ripley. Lo mismo pasó con un film más viejo, El Desafío de Matlock, el libro era más o menos, pero la película en sí fue mala. Pero bien mala. 

Julio César.

EL CÓDIGO DA VINCI

Sábado, Febrero 16th, 2008

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   Cada vez que me reúno con un grupo de amigos la pregunta siempre sale a relucir a pesar de haber transcurrido ya cierto tiempo desde el éxito del libro: ¿qué opinas tú de El Código da Vinci? La verdad es que no me gusta mucho opinar sobre libros cuando estos le han gustado a tanta gente, ya que cuando uno discrepa, te caen encima. Nunca he entendido ese afán de las personas que preguntan algo, a veces con insistencia, pero que en verdad no quieren oír tu opinión real sino que esperan que coincidas con ellos. A estos siempre les digo que si no les gusta lo que otros piensan que no pregunten nada. Sin embargo, son mis amigos, y a las amistades como a la familia, uno puede decirle lo que realmente piensa sin mucho riesgo a una lesión física o mental. En dos platos, El Código da Vinci no me gustó. 

   Comencé a leerlo con muchas expectativas. Había oído sobre la dichosa polémica que encendía, pero en líneas generales me había resistido a saber mucho, así que cuando comencé a leer el libro tenía buenas perspectivas de distraerme mucho. Pero el libro, en mi modesta opinión, no tenía salvación. Creo que lo único que lo ayudó a no pasar sin pena ni gloria fue cierto ataque de la Iglesia, ¡que error cometieron! Aunque a decir verdad hay gente que cree cualquier cosa, por absurda o fantasiosa que pueda sonar, peor, sin que se les muestren pruebas reales; tal vez eso preocupó en El Vaticano, del resto no veo explicación. 

   Lo primero que me disgustó fue su planteamiento lineal, directo, sin recovecos de emoción, sin margen para la sorpresa, para lo inesperado. El libro era terriblemente predecible, antes de que terminara cada capitulo podía trazarse a grandes rasgos lo que ocurriría después. El personaje de el Maestro no pudo ser esbozado de peor manera, ni sus intensiones. Cuando en la trama aparece el erudito enemigo de la iglesia, ya uno sabe que se trata de él, ya que el autor ni siquiera introdujo una cantidad mínima de personajes que hicieran sospechar de este o aquel. Le habría bastado con hacer notar en uno que otro párrafo que el antiguo Papa, el polaco, no estaba aquí o allá en tal momento, desorientado por el parkinson, para que el lector imaginará: ¿será él el Maestro que ha enloquecido por la enfermedad? No, no se toma el trabajo de hacer nada de eso y la trama se vuelve predecible, lo peor que puede ocurrirle a un escritor. Los personajes no vienen de ninguna parte, sólo están allí de un momento a otro. 

   Lo segundo es que no se molesta en presentar ninguna prueba, aunque sea halada por los cabellos que apoye sus teorías, aún oscuros textos que hablen sobre una posible relación entre Magdalena y Jesús de fuentes no seudo religiosas. De la figura histórica de Jesús, fuera de la Biblia, hay dos menciones que vienen claramente, una de un tal Josefo algo, historiador judío romano no partidario del Mesías aquel, que habla de “la muerte de Santiago, hermano de Jesús”. Otra es de un historiador romano que al hablar del incendio de Roma, acusa a los cristianos, “los seguidores de un tal ‘Cresto’, esclavo judío, muerto en tiempos de Tiberio”. ¿Muestra el autor algún texto que apoye su tesis, aún en la abundante bibliografía judía de los dos primeros siglos? No, no lo hace, porque, imagino yo, al principio sólo quería escribir una novela, no pensó que se vería envuelto en dudas universales movidas por personas poco reflexivas y dadas a creer cualquier cosa. Me parece que sin darse cuenta siquiera, el señor Dan Brown fue creyendo en su propio cuento, por lo que se le ve en programas de televisión defendiendo argumentaciones hechas por otros, incluso aquella de que la iglesia antigua falseó datos y destruyó el nombre de la Magdalena para no manchar el de Jesús, y, de paso, para echarles una vaina a las pobres mujeres. 

   En este punto hay que decir que la Biblia no se muestra especialmente despiadada con las mujeres, o no más que toda la antigua literatura del Medio Oriente, donde mujeres como Rut y Esther, toman estaturas casi sobrehumanas llevadas por su piedad y devoción. Por no hablar del gran amor que se le tiene a la virgen María, la gran madre de Dios. Pero volvamos a los datos falseados. El señor Brown quiere que creamos que el cristianismo fue una religión dominante desde el mismo momento de la muerte de Jesús, que sus jerarcas podían borrar y reescribir la historia toda sin que chocara con otras fuentes, la judía por ejemplo. Dos puntos conspiran contra eso. Los Rollos del Mar Muerto, que con pocas variables habla de una historia bíblica con pocos cambios en esencia, lo que dice mucho de la forma literal de transmitir sus recuerdos de esta nación; y el dominio de la jerarquía eclesiástica judía, el poderoso Sanedrín que se habría dado banquete gritando a los cuatro vientos: miren, el tal Jesús no era ningún Dios,  hijo de Dios, a menos que fuera del dios Zeus, ya que el tipo tenía una mujer y una hija que viven en tal sitio.  

   Hay que recordar que la esencia del Dios judío, inmaterial, todo poderoso, era diametralmente distinto al Zeus o su otro yo, Júpiter, quienes se encaprichaban con muchachitas y bajaban a copular y tener sus semidioses. Para acabar con la divinidad de Jesús, al Sanedrín le habría bastado simplemente presentar en sociedad a la mujer e hija. ¿Conspiró el Sanedrín para elevar a Jesús a la categoría de Dios? ¿Eran tan astuto los seguidores de Cristo que lograron ocultarla para que nada estorbara al nombre del Hijo, pero tan envidiosos que la destruyeron moralmente para que no compitiera con ellos? ¿Qué papel jugó María en todo eso, era la abuela perversa de Cuna de Lobos, la vieja del parche en el ojo capaz de todo para proteger a su hijito? Y esto me lleva al punto tres… 

   El autor lo dibuja de lado, lo trata como sin querer, sin atreverse en ningún momento a entrar en honduras, cuando ataca la divinidad de Jesús y del mismo Dios. La cuestión tiene que abordarse en un libro como este si vas a especular que Jesús y la Magdalena tenían su apartamentico en Hebrón, calle Herodes, piso dos. Un libro como este debe responder al final sólo una de dos maneras: si era el cuerpo de la Magdalena lo que protegían todos esos tontos en lugar de hacerlo saber al mundo, ¿significa eso que es real todo lo que se especuló? Sí es así, entonces Jesús de Nazareth no era el Mesías, aquel que fue profetizado a Abrahán por una Voz desde los cielos que no necesitaba un cuerpo para respirar, sentir hambre o acostarse con alguien. Y si Jesús no era el Mesías sino un hábil charlatán, ¿aún estamos esperando se cumpla la Promesa? ¿O la Promesa de la Descendencia no se cumplirá porque no hay Dios realmente? 

   Por el contrario, si no era la Magdalena, la controversia termina, como en la película El Cuerpo, argumentalmente muy superior a este panfleto aguado, cuando te mantienen en una duda dolorosa, inquietante, ¿era ese cuerpo con señas de cruxifición encontrado en una tumba anónima el de Jesús de Nazareth? ¡Vaya trama!, aunque a lo último se salen por la tangente con un final clásico. Pero el señor Dan Brown no hace ni una cosa ni otra, no dice es la Magdalena, el Jesús divino es puro cuento, o no es ella y el dichoso Código no existe. Y así como no se molesta en debatir, en presentar argumentos que puedan tomarse como algo tangible a lo que asirse para investigar (como diciéndose: ya, con esto tendrán los muy tontos), deja todo en el aire. Lo sorprendente es que hay personas para las que tales especulaciones, tibias y desabridas, les bastan para ‘dudar’.  

   Por último están los errores tontos de argumentación. Primero lo del monje del Opus Deis, organización semifascista y hasta nazi en su concepción, es verdad, pero que no sostiene monasterios ni conventos, por lo que no cuenta con monjes. Lo del anciano curador en el museo, a pesar de estar herido de muerte, ¡sabe que morirá!, le da tiempo de montar toda una elaborada escenografía, con claves secretas y todo, pero no se le ocurre decir me mató Teodoro. Lo otro son detalles como la fuga del museo, o cuando en Inglaterra bajan del avión aunque las autoridades tenían expresas ordenes de detener a todos en ese aparato, máxime si llevaban un prisionero. 

   De verdad no ataco este libro por prejuicioso, por religioso (válgame), ni por envidioso como dicen algunos. Lo que pasa es que el libro me pareció… aburrido. Era lineal, predecible, falto de credibilidad y mal dibujado. Hace ya como veinte años leí una novela de Robert Ludlum, una novela, él no tenía pretensiones de historiador, o de ‘conocedor de la verdad’: El Enigma de Parsifal. Ese libro era increíble, absorbente, sorprendente, casi desconcertante. Mientras uno leía de los ataques, violencia o crímenes de grupos como la CIA o la KGB en Atenas, Roma, Paris, la cosa parecía verosímil. Los personajes estaban dolorosamente demarcados. Todo el libro era bueno, sin pretensiones de ‘verdad’, y sin embargo resultaba creíble. Un libro debe ser así para ser ‘bueno’. 

   En fin, imagino que a cada punto que rebatí, habrá quince que opinen y hasta puedan argumentar lo contrario, no soy docto en religión ni en documentos secretos; como a muchos me gusta especular sobre sí existe Nessie, o los hombres de las nieves, o los vampiros, pero lo dudo. Sin embargo habrá quienes lo crean a pie juntillas. Pero esto es lo que pienso y, en fin, quienes tienen más de treinta ya deben tener la capacidad mental suficiente para ‘saber’ qué les gusta, o en qué creerán. Sólo a los quince o dieciocho se permite que un joven crea hoy al ver luces sobre un río en marcianos aterrizando, y mañana en viajes astrales a otras dimensiones que se abren allí, para creer luego que son trucos de superpotencias que quieren dominar al mundo y tienen una base en el río. O creer en todo. Es sólo un joven y puede creer muchas cosas. 

   Con el paso del tiempo me gusta pensar que llega algo de cordura, aunque viendo un canal retro del cable, disfruté en estos días de la película Las Siete Caras del Doctor Lao (una visión realmente ofensiva de los chinos, pero eso es cosa aparte). En la escena de la feria, cuando la mujer entra con el adivino, este sólo le dice cosas deprimentes, y no olvido cuando ella le pregunta si volverá a casarse. Con voz ausente le respondió: no, el amor ya no llegará a su vida, morirá y nadie la recordará, envejecerá sola, cada vez más vieja pero no más sabia… más viejo pero no más listo. ¿Verdad que suena horrible? 

Julio César.