
-Estoy como… acalambrado…
-Oye, ¿qué haces? –le pregunté a mi mejor amigo, Nelson.- ¡Eres repugnante! –acusé, aunque debía admitir que no era cierto. ¡Qué facha!
-Hummm… pana, mirar el voleibol femenino siempre me pone mal. –y su mano se cerraba con mimos, adorándose a sí mismo.
-Pero ya terminó. ¡Esto es lucha olímpica masculina! –aclaré, mirando la pantalla de televisión, pasando saliva; por alguna razón tenía la lengua seca, tal vez necesitaba un buen trago…
-Sabes que me encantan los deportes; me gusta estar durito. Hummm…
-Conozco una llave de lucha. –caí sentado a su lado, sorprendiéndolo.
-¿Si?
-Si. –y actué.
-¡Hey! Saca esa mano de ahí. –lo sorprendí.
-¡Oye, sí estás durito! –gemí con la mirada fija, apretando y apretando, desenvolviéndolo… del misterio. Seguí tocando ese enorme y ardiente… cuerpo, mientras Nelson sonría mirando la televisión, quieto; creo que deseaba un poco más porque atrapándome la nuca me haló acercándome mucho, ¿desearía decirme algo? No lo sé, pero abrí mucho mi boca y saqué mi lengua, con el corazón palpitándome, para… preguntarle.
Julio César.