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PAISES MACHISTAS

Jueves, Mayo 1st, 2008

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   Luis Posadas Carriles es un anciano cubano que hace como cien años estuvo involucrado en la voladura de un avión. Pasó hace tanto que ni yo que tengo memoria de rencoroso recuerdo exactamente cuándo. Una acción horrible, reprobable e infame como lo es siempre el ataque mediante el terror o la violencia contra gente inocente; como los juicios sumarios y los fusilamientos que hay en regimenes tiránicos, o los asesinos que se cobijan bajo la defensa de una dizque revolución donde son elevados a la categoría de héroes cuando todos los vieron matar gente a mansalva, montados en un puente, desde las alturas, porque ni para dar la cara sirven. La violencia, el crimen y la monstruosidad es siempre igual, únicamente los que la ejercen le cambian el nombre, o ven lo malo de aquella acera y no lo que hay en esta. Después de todo la frase “cada quién habla de la feria según le va en ella”, es bien conocida por todos nuestros pueblos. 

   En fin, esa voladura ocurrió en un tiempo que nadie recuerda ya, excepto que la cosa había sido juzgada en Venezuela hace una pila de años y había quedado resuelta. Ah, pero a la llegada de un régimen títere de la dictadura cubana a Venezuela comenzó la persecución nuevamente, como una prueba de amor del Presidente de lo que antes era la República, hacia su viejo mentor, el siniestro emperador. Hasta este punto, todo sería hasta… normal: un amante inseguro quiere satisfacer los caprichos de su amor (¿de quién es esta boquita?), para que le agradezca, para que lo mire con cariño, para sentir que aún es ‘el amado’, merecedor de ese afecto (una cabuya de la que los cubanos ya tienen una madeja. A Venezuela le habría salido más barato un barraganato del presidente con una mujer, como en casos anteriores, a esta pasión insana). Todo se complicó cuando el viejo inepto de Posada Carriles se dejó atrapar entrando ilegalmente a Estados Unidos, a pesar de la edad como que aún se cree el Pingüino o algo así. Fue allí cuando saltaron el presidente de esto que antes era una República, y el viejo antillano asesino de su pueblo; cacareando a dúo como gallinas desesperadas que quieren poner un huevo, pero no pueden. 

   Ante el escándalo armado, Estados Unidos intentó salirse del paquete mandando a Posada Carriles a otro país, pero eso era casi imposible, ¿quién iba a querer caer en la boca del basilisco?, y México, por eso días iba a elecciones y una acción así habría favorecido al señor Obrador (¡de la que se salvaron los mexicanos!, casi me parece injusto). El resto de los países soberanos se lavó las manos con esa forma cobardona con la que ahora se hace política, con volteadas de caras para no ver a los que sufren. Sin poder hacer nada con Posada Carriles, e incapacitados para enviarlo a un país satélite de Cuba como es Venezuela, Inmigración envió al viejo tonto a los tribunales, para que lo juzgaran por entrada ilegal. Y allí comenzó un sainete, que en mi opinión, dolorosamente debo reconocer, retrata de cuerpo entero el cómo es mi país, y el por qué nos va como nos va. Y en buena parte a toda América Latina. Imagino que si alguien ha leído algo escrito antes por mí, y le agradaba, eso durará hasta ahora. 

   Mientras Estados Unidos lanzaba la llamada campaña contra el terrorismo internacional, los principales voceros del régimen venezolano: parlamentarios, jueces, ministros, y (Dios nos libre) intelectuales comenzaron a gritar que el señor Bush hijo era un hipócrita que decía luchar contra el terrorismo mientras defendía al viejo inepto; que él debía entregarlo ya. Y creo, en honor a estos señores, que lo decían en verdad, que no era simplemente hipocresía o competir por ver quién le halaba más mecate al presidente de la otrora República. De verdad creían en los argumentos que esgrimían. Pero eso sólo habla del nivel mental al que hemos descendido, o al que jamás hemos llegado en estas latitudes. Déjenme que les diga cómo lo veo (sólo una opinión, no soy el Ayatolá Jomeini, señor último de la verdad; que no se me confunda con el presidente Chávez). 

   Hace tiempo, no recuerdos si dos o tres años atrás, en Estados Unidos estaba en boga la controversia sobre una mujer que llevaba muchos años en estado vegetativo mantenida viva con aparatos, y el marido había iniciado un largo juicio para lograr que la Corte decretara que debía ser desconectada y que finalmente muriera. Eso dividió a ese país, y seguramente a muchas otras personas alrededor del mundo. Unos decían que era inhumano mantenerla así, otros sostenían que era un homicidio, sin justificativos o atenuantes el desconectarla. El señor George W. Bush, a través del departamento legal de la Casa Blanca intervino, ofreciéndose a cargar con todos los gastos de mantenimiento de la mujer para que continuara en ese estado bajo la protección del Ejecutivo. Pero el marido no quería eso (imagino que el calamar ya le pesaba demasiado, aunque suene feo decirlo), y al insistir la Casa Blanca, la Corte Suprema les paró el trote diciéndoles que no podían intervenir en una dedición tomada por un tribunal.    Y el señor George W. Bush, supuestamente el hombre más poderoso del mundo, tuvo que meterse la lengua en la cartera, resintiendo el regaño (uno puede imaginarlo mal encarado, bajando las orejas como burro regañado), y no se pudo hacer más. La mujer fue desconectada. Aquí debo acotar que yo estaba, y estoy, de parte del marido. ¡Tantos años así no es vida! Sin embargo (ah, malvados medios de comunicación) cuando en una toma televisiva vi a la mujer, con aire extraviado como una niña, sentí no sé que vaina por dentro. Pero la vida tiene que continuar. Y esto nos lleva nuevamente a Venezuela y al viejo tonto, digo Posada Carriles, y al por qué Estados Unidos, sus tribunales, jamás lo entregarán a un país que sabe lo condenará a muerte enviándolo a Cuba en una bandeja de plata para satisfacer los apetitos pedestres de un anciano senil. 

    En un país como el mío, la gente no entiende que un presidente de
la República no pueda hacer lo que le da la gana, su real gana, así sea inmiscuirse en las actuaciones de otros poderes. Venezuela es un país donde el presidente llama plasta al Tribunal Supremo por una dedición que no le gusta, y los jueces se quedan calladitos y regañados (si’ñor), y muchos le aplauden ese gesto de machura. El presidente, arrecho todavía, le ordena a
la Asamblea Nacional el reformar una ley de forma ilegal para que una cosa ya juzgada, pueda volver a ser juzgada, y no pasa nada (y el mundo continúa girando, y la OEA se pasea con cara grave de importancia y el señor Insulsa sonríe comprensivo). ¿Se queja algún alto parlamentario con aires de docto constitucionalista como don Carlos Escarrá? No, porque le aterra que le griten (poechito), lo humillen y lo echen de la teta del Estado, y a su edad y con su falta de ética, vergüenza y moral ¿para dónde iría? Un diputado comienza a investigar los negocios de una azucarera manejada por los cubanos que iban a resolver todos nuestros problemas, y el presidente grita ‘liquídenlo’ y todos salen corriendo a hacerlo, así fuera un antiguo compañero de bancada. Que el presidente se queje por televisión de un humorista que lo molesta es suficiente para que
la Fiscalía se mueva y promueva un juicio, donde una juez que no dictamina lo que se espera, es separada de su cargo e investigada a su vez. ¿Que al presidente le gusta la finca tal pero esta tiene dueño? ¿Qué importa? ¡Que lo saquen con el ejército y que los tribunales lo despojen legalmente! Así vemos y entendemos el Estado y el Poder en republiquitas como estas.
   Y en buena medida, esa forma caudillezca de ser conducidos, es muy común  a toda la América Latina. Nuestra cultura se destaca por su fuerte tendencia y admiración al machismo. Pero no a la del tipo que tiene tres mujeres, o al que le pega a la que ya tiene (debe ser porque extraña a las otras dos), no. Es, y sé que me odiarán por decirlo y no estarán de acuerdo, que rendimos culto al gritón, somos (aunque no me incluyo) machistas porque amamos a un macho (qué horrible suena). El pueblo llano ama al que lo escupe mientras vocifera, que lo humilla, que lo vergajea, mientras piensa para sus adentros: que macho, este es mi macho. Estos países siempre caen seducidos ante el gritón, el grosero, el que atropella. Mientras más humilla un mandatario, con gritos, muchos más se le someten, porque ese es el macho que les pone preparo, sean industriales, militares o intelectuales (dígame estos, son pura pérdida, aquí y en Europa). 

   Estos pueblos creen, porque quieren engañarse, que quien grita que multiplicará los panes, sin decir cómo o cuándo, y eso aunque todo el mundo sebe que no es más que un charlatán, es al que hay seguir como salvador de la patria; generalmente estos nunca resuelven nada y al verse acogotado de problemas, hasta los vigilan mientras saquean los erarios públicos, terminan gritándole y golpeando al pueblo incauto (o pendejo). Esta gente se comporta como esas mujeres que mientras más les pega el marido, más lo quieren porque les demuestra que es muy macho, su macho, y los golpes le dicen que la ama. Y allí está la clave del abuso, del incumplimiento y la infelicidad de nuestros pueblos. Ese pueblo que no tiene vergüenza ni dignidad, que cae una y otra vez en manos de quien lo golpea y vergajea, sufre el mismo destino de esa mujer encerrada en la miseria, con ocho muchachos, cuando el tipo que se cansa de tenerla por mujer, al verla tan regalada, tan arrastrada, soportando engaños, golpizas y hasta encubriendo que el tipo abuse de los hijos. Gente así da tanto asco que a la larga el mismo abusador se siente enfermo y tiene que dejarla. O someterla a más y mayores humillaciones, porque siente que ella ‘se lo merece’. 

   Nuestros países están condenados a repetir una y otra vez los mismos errores que vienen desde las distintas independencias, caer en manos de enfermos de poder, no porque seamos incapaces de pensar o aprender, sino porque somos países machistas; en cada rincón, campo o ciudad de nuestros pueblos, hombres y mujeres  (chóferes, estudiantes, campesinos, uniformados) sueñan con el macho que venga a darles palo (nada sexual) y los haga sentirse queridos, representados y satisfechos, y hasta vengados en sus celos o frustraciones. Y nunca se cumplen las expectativas porque el macho goza la juventud, la comida y los bienes de la tipa mientras la golpea, pero luego se va con otra que no sea tan… masoquista o barata. Eso está en la naturaleza humana. 

   ¿Qué un presidente de la República no pueda condenar a un enemigo personal porque un fiscal o un juez se lo impiden? ¿Qué un presidente no pueda cerrar un canal de televisión opositor por que es ilegal? ¿Qué
la Constitución de un país no se pueda reformar por un decreto (o capricho) presidencial porque es inconstitucional? ¡Qué mundo insensato es ese!, dirán sorprendidos y aterrados los adoradores del macho que les pega, que les grita que tienen que andar desnudos para que él y su camarilla vistan, que tienen que pasar hambre mientras ellos andas gordos como cochinos, o que tienen que pasar frío mientras ellos viajan, visten, comen y beben sabroso. Es algo que va más allá de cualquier razonamiento ordinario. Lo que hace falta son psiquiatras y drogas.
 

   Lamentablemente esa puede ser la explicación, o una de ellas, de por qué un país como Estados Unidos funciona y les va bien, con todo y sus grandes problemas internos, y a nosotros nos va mal. El presidente de Estados Unidos no puede contravenir la decisión de un tribunal ordinario, no digamos ya de la Corte Suprema. Aquí, cualquier mamarracho se permite sacar de un Congreso a diputados elegidos como él mismo, en elecciones libres, y meter a los que le da la gana, bendecido todo por un organismo electoral sumiso y una Corte entregada. George Washington, el considerado padre de la patria del Norte, al terminar su presidencia se retiró a su granja, donde murió de una afección respiratoria contraída por hacer mejoras en el rancho donde siempre vivió en invierno. En nuestras latitudes, los mandatarios quieren estar para siempre y sólo la muerte nos salva a veces de ellos. Y amenazan una y otra vez con volver, y cuando se van, porque se cansan de joder, hay que darle gracias a Dios de que al menos dejaron el cascaron del país y no se lo llevaron en una maleta. O lo regalaron a un viejo amor.     En Latinoamérica se ven pocos ejemplos totales de democracias, salvo tal vez Costa Rica, antaño refugio de venezolanos que escapaban de las garras de la intolerancia política, ahora coto cerrado gracias a los grandes chorros de petrodólares que de aquí salen. Y Colombia: ¡ah, la odiada Colombia! Aunque su presidente actual parece la copia en negativo del nuestro, por lo menos es un hombre sensato, no creído tocado por el rayo que transformó a Saulo camino a Damasco. La diferencia con otros países es que Colombia tiene la suerte de contar con una clase media y oligarca responsable y perseverante, que sabe que lo que es bueno para ellos, lo es para Colombia, y lo que es bueno para Colombia lo es para ellos; grupo social que en otras partes no fue capaz ni de educar a sus hijos en el cuidado de sus libertades, y su destino es estar condenada a padecer y posiblemente desaparecer. Sin embargo, no todo podía ser bueno para los hermanos del vecino país (ja, ja, ja); intentan no darse por enterados de qué clase de vecino tienen y en qué puede terminar todo, como no quisieron enfrentar y ver en todo su horror y en su en su momento a la narcoguerrilla, o como los vascos cuando no quisieron ver en qué terminaría la ETA años atrás. 

   Para serles totalmente sincero, cuando el señor Morales ganó en Bolivia, Correa en Ecuador y Noriega en Nicaragua, a mí me entró un fresquito. Me alegró, de una forma despreciable y ruin, a decir verdad. Aquí en Venezuela mucha gente andaba preocupada y angustiada por la suerte de esos países, pero ellos eligieron solitos sus destinos a pesar de todo lo que veían en Venezuela. Sé que es malo, pero en el fondo pienso que si mi país se jodió, bienhecho que a ellos también les pasará. Es justo. Es de Dios, por estar tan necesitados de un macho. Por ser tan machistas. Perú se salvó porque ya venían de pasar el horror de Fujimori. A México lo salvó que sé yo,
la Guadalupe. Queda Brasil, quien piensa que pueden convivir con un chacal enloquecido en su patio; y Chile de quien tanto se esperaba, pero la señora Bachelett (quien resultó como muchas mujeres la mayor admiradora del machista) parece sentir debilidad por los regímenes que atropellan, encarcelan y persiguen, tal vez extrañando al señor Pinochet. También es la tierra del señor Insulsa y su desvergüenza, la tierra de la que dicen algo que me suena feo: cuídate del pago de Santiago. Quienes lo dicen sabrán por qué; pero en general, los chilenos parecen gente culta y responsable, ojala un día se apiaden de los que sufren y padecen bajo estas tiranías disfrazadas.
 

   A veces yo también odio a Norteamérica, pero es inútil entregarse a esos vicios que no llevan a nada. Hay que recordar todos los días ese letrero que hay en tantos carritos por puestos: si quieres lo que yo tengo, no envidies, trabaja. Al menos también ellos cargan con sus escaparates de errores y problemas, del que Posadas Carriles es sólo una partecita. 

Julio César.

EL PODER DE LA SUGESTIÓN

Domingo, Marzo 30th, 2008

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   Hace poco me sucedió algo curioso que viéndolo en retrospectiva tiene sus raíces en dos ejemplos pasados semejantes. Debía entregar unos memos sobre una supuesta reunión que se celebraría en la sub región Miranda, y debía supervisar que se imprimieran. Me tocó ir hasta una de las copiadoras más viejas que tenemos, por alguna razón las nuevas terminaban atascándose. En total debía imprimirse trescientas convocatorias. Decidí preparar grupos de cincuenta hojas, para hacerlo en seis lotes. Ahora todo lo cuentan y me dieron los seis lotes exactos, es decir trescientas hojas. Al llegar las repartí en las seis porciones, cincuenta cada uno, y mientras se imprimía un grupo, contaba, por costumbre, el siguiente. También contabas las que salían. Y efectivamente había cincuenta en cada grupo… pero en el último sólo cuarenta y ocho hojas salieron. Arrugué la frente y conté. En cinco lotes había cincuenta, en la última faltaban dos. Levante las tapas externas de la máquina y no vi nada, busque debajo y detrás del equipo. Nada. Las conté de nuevo. Volví a contarlas. Y seguían faltando dos. 

   Pedí dos hojas más y eso atrajo sobre mí la atención; todos parecían intrigados. ¿Qué faltaron dos? Pero ¿contaste bien? ¿Metiste las cincuenta? Por alguna razón eso excitaba la curiosidad, y en lugar de facilitarme las dos hojas, todos contaban o levantaban nuevamente las tapas. Dos mecanógrafas y un colega lo hicieron por turnos. Cada uno llegaba y repetía el proceso. Y todos me preguntaban, ¿pero tú estás seguro de que metiste las cincuenta? ¡Claro que lo había hecho! La máquina es vieja así que a veces toma de dos o tres de un golpe y sale una copia y dos en blanco, pero este no había sido el caso. Para evitarme problemas, y como soy un empleado público, no me daba prisa y contaba de diez en diez. Cinco de esos mini lotes eran las cincuenta y luego proseguía con las otras. No me dieron las dos hojas. Llamaron a un sujeto de Mantenimiento, quien entró, oyó el cuento, me miró y me preguntó si estaba seguro de haber metido las cincuenta. 

   Revisó, levantó tapas, vio rodillos y nada. Y mientras lo hacia todos me preguntaban y repreguntaban si realmente había metido las cincuenta, que si estaba seguro, que si algunas no se fueron volando, que si no conté mal y cosas así. ¿Saben que fue lo extraño?, que ya estaba dudando: ¿habré metido realmente las cincuenta? Ya no estaba seguro. Eso me recordó algo acontecido después del cuatro de febrero de 1992, cuando a Chávez se le quería creyéndosele decente y honorable. Durante todo ese año hubo rumores de golpes todo el año, y manifestaciones y protestas, claro que en esa época no se les llamaba basuras desestabilizadores ni perros de
la CIA, eran simplemente personas que no querían al gobierno impopular. Recuerdo que una tarde iba yo subiendo por la céntrica avenida Urdaneta cuando de repente veo a un gentío que viene corriendo, bajando como si el Diablo los persiguiera. Yo me aplasté contra una pared, y cuando cruzaban los últimos, vi a una muchacha delgada y muy bonita, de cabellos largos que jadeando se detuvo, pero mirando hacia atrás, como asustada. Yo me le acerqué.
 

   -¿Qué fue, qué pasa? 

   -No lo sé, yo iba pasando y como todos echaron a correr yo también corrí. –me respondió. Creo que la ofendí porque me eché a reír. 

   Lo segundo que recordé fue una lectura del suplemento humorístico de Condorito. Estando una tarde en la calle con su compadre, el Cumpa, le dijo: mire Cumpa, lo que es el poder de la sugestión. Y comenzó a gritar a todo gañote que se estaba quemando la casa del Gobernador. En el cómics se veían caras alarmadas de personas que echaron a acorrer después. En otro cuadro más gente corría. En otro iban patrullas policiales y carros de bomberos y más gente corriendo. Y es cuando Condorito le dice al compadre que qué barbaridad, el rumor como que agarró cuerpo. Finalmente siguen pasando personas que parecen gritar mientras corren seguidos de varios vehículos como de televisoras y prensa. Es cuando Condorito abre mucho los ojos y echa a correr diciendo: 

   -Corra Cumpa, a lo mejor sí se está quemando la casa del Gobernador… 

   En el fondo, la duda mata. 

Julio César.

LA COLONOSCOPIA

Martes, Marzo 25th, 2008

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   Hay exámenes que de por sí son horribles, pero hay otros que son peores, aquellos que van acompañados de todo un ritual que se convierten en un calvario. La colonoscopia es una de ella. Fuera de lo invasivo y traumático que es, todo lo que lo precede es desagradable, diga lo que diga nadie, aún los amantes de las emociones ‘fuertes’. 

   Hace tiempo sufrí un percance en mi trabajo. Estaba yo de lo más tranquilo cuando comencé a sudar, a sentir un malestar indefinido, como cuando uno amanece enratonado de tanto tomar caña, pero no tan fuerte y sin una causa tan aparente. Era un malestar… de esos que no se haya como describir, y que uno atribuye a una baja del potasio o del sodio (sin estar nunca muy seguro de qué significa eso). El caso es que estaba sintiéndome mal cuando comenzó la taquicardia, pensé en dirigirme a mi oficina y sentarme hasta sentirme mejor, pero todo se puso oscuro y cuando desperté había un gentío rodeándome, todos preguntándome qué tenía, que sí había comido antes de ir a trabajar o sí estaba enfermo. 

   ¡Dios, fue tan incómodo! Yo habría preferido mil veces desmayarme en la calle y no ahí. Todo el mundo lo comentó, y hubo preocupación en unos, y gran diversión en aquellos que me echaron broma hasta que se cansaron. En Venezuela se hace un chiste de todo, aún de un viejito que cae por unas escaleras. Y la cosa tuvo cola, porque como dos años después, en un pasillo me encontré con una jovencita muy bonita que me miraba y le pregunté si nos conocíamos, a lo que respondió: si, yo estaba pasando cuando usted se desmayó aquel día. Esa vaina como que iba a perseguirme toda la vida, pensé. Lo extraño, cosas inexplicable para mí, fue que cuando abrí los ojos, vi a mi alrededor a gente conocida que llevaba hasta años sin haberlos vistos, que ese día en especial iban al edificio por una u otra causa. 

   Todo el mundo me indicó a qué médico ver y al final fui con un internista que me diagnosticó con pruebas usuales de sangre, heces y orina que tenía bichos: la horrible, desagradable y maldita amibiasis. ¿Cómo la contraje? ¡Misterio!, aunque soy de los que comen porquería en las calles, los perros calientes al lado de un basurero saben siempre mejor que aquellos hechos en casa, y esa es una de las grandes verdades de la vida. Me mandaron un tratamiento largo, y al final que me hiciera un ecosonograma hepático y una colonoscopia. Como gente normal, en cuanto me sentí bien y no apareció rastro de nada ni en sangre o heces, no me hice nada más. Pero al tiempo volví a sentirme mal, y me detectaron otra vez los parásitos esos, que al parecer no estaban muertos sino que andaban de parranda. 

   El tratamiento fue más duro y me ordenaron, casi con una orden judicial, que tenía que llevar la próxima vez el eco y los resultados de la colonoscopia. Al parecer los bichos se van al hígado o al colón y hacen su nido, actuando como un arrecife de coral, creando cáscara sobre cáscara hasta que lo destruyen todo (Dios, ¡que imagen tan asquerosa!). El eco hepático no fue problema, más bien me dio algo de risa por las cosquillas en la panza. Ah, pero la colonoscopia si que fue otra historia, una donde se aplica la canción aquella de: érase una vez una historia de amor, ahora es sólo un cuento de horror… 

   Lo primero que molesta es que te hacen llegar a las doce del día al servicio de Gastro donde hay como quince tipos más, todos para lo mismo, y te dicen desnúdese todo, y tenga esta bata. A mí no me gusta mucho quitarme la ropa delante de otras personas, y menos delante de tantos extraños. Sé que hay sujetos que no aguantan dos pedidas para desnudarse, como si tal cosa, y eso que hablo de gente normal, panzona o no tan bien dotada en ciertas partes; pero para mí es incómodo. Creo que no me sería fácil ni aunque tuviera buena pinta. Pero en fin, hay que quitárselo todo y te dan una bata corta, para gente menos corpulenta que uno y con la abertura hacia atrás. Y uno tiene que ir agarrándosela para no mostrar el culo antes de tiempo. Eso pasa a las doce del mediodía, y llegan las tres de la tarde y todavía no te llaman. Al final dicen tu nombre y tienes que salir de ese cuarto, cruzar un pasillo lleno de gente, y como treinta metros más allá está el salón, y todo ese trayecto lo haces agarrándote la bata con la mano. 

   Llegas al cuarto y te dicen que te tiendas de lado en la camilla, que estés tranquilo que eso no dolerá ni sentirás nada, como si esos metros de manguera (lo parecen) al entrar no produjeran nada. Es como si pensaran que es costumbre de uno meterse cosas así por ocio, para pasar una tarde aburrida sin nada mejor que hacer. Otro detalle que no falla es la enfermera afable que te sonríe, y no se sabe si es porque, con los nervios, a uno como que se le encoge más el amiguito y ella piensa: pobre tipo. Y allí estás tú, recostado de medio lado, como Miranda en
la Carraca, intentando no pensar ni sentir nada mientras te inyectan, untan y penetran, igual a lo que ocurre en ciertas discotecas de Caracas con las drogas de la violación, que ahora usan en todo el mundo: te sedan en la barra, te lo escupen en el baño y te joden sin más, de broma no te dejan un teléfono por si quieres que se repita; ¡se han vuelto tan descarados! En esa mesa uno intenta parecen indiferente y lejano, no vaya a ser que se lance un jadeo que pueda ser malinterpretado.
 

   Pero con sinceridad, es horrible. Y eso dura y dura mientras el médico te va enseñando este recodo o aquel, como si en verdad uno quisiera verse el colón por dentro. O por lo menos yo; a mí todo eso no me podía dejar más frío. Lo único que me preocupaba era que fueran a encontrarme una supercolonia de bichos o algo así. Que no los hubo, gracias a Dios. Si el médico supiera que en lo único que se puede pensar en todo momento es: ¿cómo harán para lavar esta manguera? Uno no es tan ingenuo como para creer que el perol es nuevo de agencia; y aunque me dijeron que había un gel y líquidos especiales, la imagen de una camarera, molesta y malencarada, con un tobito de agua y un trapito inmundo, pasándolo una sola vez sobre la manguerita (que en un momento dado se le escapaba y le cae sobre una pierna haciéndola gritar e inyectarse antibióticos), no abandonaba tu cabeza. 

   Pero para terminar, no describiré el proceso en sí, que cada quien lo descubra a la antigua (¡sorpresa, sorpresa!), debo decirles que la mente humana es extraña y compleja. En medio de toda esa operación, y sin saber por qué o cuándo, me puse contemplativo. Casi filosófico, diría yo. De verdad, por razones que no entiendo, me puse a cavilar sobre… el amor. No sé por qué motivo recordé algo que me habían dicho algunas amigas, y uno que otro tipo también: que a veces, el amor duele… 

Julio César.

LA LOCURA DE LA ERA… (4)

Domingo, Enero 20th, 2008

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   Con una crisis de valores, rodeados de mil problemas causados por las desigualdades sociales, políticas y económicas, caímos en el año dos mil, el nuevo siglo, algo que parecía lejano y misterioso, como si nunca fuéramos a llegar. Al paso del noventa y nueve al cero cero, el mundo debió enfrentar nuevamente los miedos atávicos de todas las profecías habidas y por haber sobre el fin del mundo, desde el Apocalipsis, al Hercobolus y aún al virus de las computadoras que nos regresarían al mil novecientos causando un colapso tecnológico. Ninguna se cumplió, cosa que no desanimó a los místicos a pesar de verse de tanto en tanto en el apuro de tener que explicar por qué el mundo seguía aquí. Ah, pero son gente descarada, casi admirable, en seguida estaban escribiendo nuevos libros y ganando más plata profetizando el final para otro momento; por ahí ya se habla de un planeta rojo (dicen que no es Marte) que se acerca a la Tierra, con quién sabe qué intensiones.

   ¿Qué traería el futuro como regalo a la humanidad? ¿Las bases en
la Luna y el Imperio Galáctico? ¿Las ciudades submarinas? ¿El fin del cáncer, la diabetes y el sida? ¿Un método para adelgazar mientras se mira televisión sin hacer nada más? ¿Una forma práctica de viajar astralmente? No, no nos dio tiempo para soñar con todas esas maravillas que se suponía ya tendríamos en esta época. ¿Qué ocurrió en verdad? El 11 de septiembre de 2001 tres aviones comerciales llenos de civiles inocentes fueron secuestrados y desviados, hasta que se estrellaron, dos en Nueva York derribando las Torres Gemelas, y uno en Washington sobre el Pentágono, y se inició una nueva era de temor, regresábamos a la pesadilla de la muerte súbita que podía llegar a manos de dementes violentos. El miedo al terrorismo talibán en este caso.
 

   Siquitrillados los comunistas, ahora era el turno al bate de los enemigos del Islam y de Occidente, los fundamentalistas. Bastó tan sólo una mañana para que revivieran todos los temores a la guerra, a la muerte, a la violencia. Con la caída de las Torres Gemelas cayó la sensación de seguridad y poder de Estados Unidos y de Occidente todo; la violencia y la muerte podía llegar en gran escala a cualquier lugar. El espejismo de un mundo a salvo se había roto. Ahora la muerte podía estar moviéndose en cualquier terreno, en un avión que despegara de aquí o allá, de una bolsa abandonada cerca de los rieles de un tranvía. Recuerdo que ese día trabajaba y mi jefe venía con ojos espantados, más sorprendido que angustiado, a decir que un avión se había estrellado contra el edificio. No le creí y fui hacia el televisor, y aunque estaba allí, viéndolo, me resistía a aceptarlo. 

   Me pasó como cuando el secuestro en el Urológico San Román, aquí en Venezuela, cuando la policía terminó con el incidente matando a todo el mundo dentro del vehiculo donde escapaban secuestradores y raptados, atendiendo a la máxima de que muerto el perro se acabó la rabia. Yo no podía creerlo (ni lo del Urológico ni lo de las Torres). Después de eso vino la guerra, ¿qué otra respuesta cabía? Hasta los afganos, donde decían estaban los organizadores del atentado, lo esperaban. Siempre recuerdo la cara de un tipo barbudo y joven, que armaba una carreta a toda velocidad para llevarse a su familia y lo poco que tenía, diciendo con miedo y angustia que se iban porque sabía que los norteamericanos llegarían y quería huir antes de que cerraran las fronteras; era el drama del tipo común, que sólo quiere comer, hablar, reír, ver crecer a sus muchachos y acostarse con su mujer, en contrapartida de los ‘poderosos’. Vino una guerra, y luego otra, y la gente se fastidió. No era extraño, era la misma gente que vivió en medio de la fatuidad de los noventas y educó a sus hijos en esos valores, el mundo había olvidado lo que era el esfuerzo o la constancia. Eran las familias a quienes los hijos decían que querían ser militares y al parecer jamás se les ocurrió que podía haber una guerra, o que el enemigo se molestara y atacara también.  

   Es el mundo de los artistas que lloraban por los niños afganos e iraquíes pero que les tiene sin cuidado los niños que caen al mar y se los comen los tiburones mientras intentan escapar  de la isla prisión, Cuba; o de los que se quedaban allí utilizados en el turismo sexual, esperando a los alegres viajeros tan preocupados por la revolución digna del pueblo cubano, defendiendo al viejo barbudo que regenta el burdel (al menos se lo agradecen con declaraciones anti imperialistas o contra el bloqueo). Y en este punto, el de tanto bobo en Hollywood que defiende sistemas aberrantes, debo hacer la salvedad de que no creo que lo hagan por complicidad con los que manejan el burdel caribeño o los pone bombas, o porque atacando la guerra y a su país hacen más propaganda para ganar centimetraje en la prensa. Creo que lo hacen porque son personas de mentalidad algo simples, no tontos, no me malentiendan. Pero al final de cuentas no se puede pedir más de los artistas, fuera de que se vean bien. No tienen porque ser realmente inteligentes o racionales 

   El dosmil llegó envuelto en fuego y humo, con rumores de guerra otra vez. Creo que, fuera de que el señor George W. Bush y su tren ejecutivo han demostrado hasta la saciedad que son gente incapaz hasta de tocarse la nariz frente a un espejo y usando las dos manos (y lo siento por la señorita Condolezza Rice, quien tiene una pinta de fábula), a Estados Unidos no les quedaba otro camino sino la batalla. Fueron atacados en su territorio, y gobierno que permita eso y no haga nada, está jodido. Además quien lanza un avión lleno de personas contra un edificio, ¿qué le impide hacer estallar un artefacto nuclear en la plaza de San Pedro, o en Madrid, o en California? ¿Su buen corazón? ¿La cordura? ¿La decencia? Quien quiera engañarse que meta la cabeza en la arena como hace Europa (con el peligro de que dejan el culo afuera), quienes ven como grupos fanáticos del poder para sí, gritan y amenazan con matar a todo el que no les deje hacer su real gana, y que ven como se arman, pero no hacen nada porque creyendo que dejándolos hacer, desviarán su odio irracional y su violencia y que así se protegerán. Es como la familia que ve que a su vecindario se muda gente agresiva y grosera, que gritan y golpean a los que están cerca y toman lo que les da la gana porque nadie puede reclamarles o serán victimas de su rabia, y piensa que con el recurso de no verlos, ignorándolos, ya el problema desaparece, que están a salvo. 

   Y la situación europea es dramática, rodeada de infortunios; primero, los viejos mercenarios que cobraban de la extinta Unión Soviética, la recua que se hacía llamar intelectuales que controlan medios de comunicación, continúan recibiendo dinero para atacar a todo el que enfrente o diga algo contra el terrorismo, los dueños del capital de las drogas y armas, o los nuevos déspotas en países del Tercer Mundo que pagan sus buenos dólares a costosos lobbys. Segundo, del lado de las voces sensatas y valientes se fueron Oriana Falacci y el papa Juan pablo II. Tercero, aparentemente la era de Tony Blair está por terminar y tal vez el Reino Unido caiga en las aberraciones que sacuden a la pobre Francia de Mitterrand, que no da pie con bola, o más cercano, a la del alcalde de Londres. Lo que viene puede ser la era tipo Rodríguez Zapatero. ¡Pobre Europa! Por suerte la canciller alemana, Ángela Merckel, parece tener tabaco en la vejiga. No todo podía ser tan malo como las corrientes de caudillismos del siglo dieciocho y diecinueve que amenazan barrer con toda Latinoamérica, mientras muchos aplauden. 

   Hay quienes dicen que el mundo afronta un enfrentamiento entre Oriente y Occidente, y puede ser verdad, esos choques siempre han existido. Pero en este caso en particular, no lo parece. Uno cree detectar sólo ambiciones demenciales de pequeños grupos que quieren una obediencia perruna, una sumisión total a sus caprichos, vicios o demencias, del resto de la población. En todas partes se sostiene que el señor Bin Laden, es uno de los hombres más rico del medio oriente, y tal vez del mundo, y que se ocultaba en Afganistán, un país increíblemente pobre. Nunca se oyó que utilizara esa fortuna para construir hospitales para combatir enfermedades, o plantas desalinizadoras para obtener agua dulce del mar, o proyectos para convertir el desierto en tierras fértiles. ¿Cuantas universidades creó que generaran un ejército de maestros contra la ignorancia, médicos, o arquitectos, o ingenieros? Que yo sepa, ninguna. Claro, hay más gloria, dignidad y belleza en comprar bombas y pegárselas a un pobre diablo al cuerpo y enviarlo a morir por su causa, para su gloria personal. De verdad todo eso suena justo y necesario. Y se supone que debemos admirar eso, verlo como un ejemplo de lucha y dignidad de un pueblo pobre contra la Gran Satán.    No construiremos una sola fábrica que de empleos, ni una carretera para transportar alimentos, muchos menos conseguir animales de cría para entregárselos a la población, compraremos ametralladoras y explosivos, para la gloria del Profeta; gritan, y se supone que hay que creerles, y respetarlos. Hay quienes sostienen que es algo cultural y que hay que dejarlos hacer, porque así son, que salgan y maten que ya se cansarán en algún momento. Entonces uno tiene que preguntarse porqué un hombre que viene de un hogar violento no tiene el derecho cultural de matar a palos a la mujer o a los hijos. Debe ser porque aún estamos en los años que van del dos mil al dos mil diez, pero aún no veo la cinta que describa este tiempo de gente que mata monjas a golpes para demostrar que ellos no son los grupos violentos que sostienen los malhablados; y que si los llaman violentos los ofenden  

   ¿Será que el demente soy yo, o esta es simplemente otra manifestación más de la locura de la era? 

Julio César.

LA LOCURA DE LA ERA… (3)

Domingo, Enero 13th, 2008

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   Si los setenta fueron de alarma por las catástrofes que afectaban al clima, incluyendo las hambrunas, y los ochentas estuvieron bajo la psicosis del fin del mundo, holocausto nuclear mediante, los noventas fueron relativamente tranquilos, casi extraños. No había amenazas visibles, y uno se sentía como raro, como quien olvidaba algo y no sabía qué era, pero que incomodaba y molestaba. Uno se tanteaba los bolsillos para ver si era que no había botado las llaves de la casa. La vida continuaba en el planeta a pesar de los problemas del ozono, la contaminación y los polos ártico y antártico siempre esperando para echar una vaina. La Unión Soviética había caído y parecía que llegaban años de paz. Sin embargo, esa seguridad que debimos sentir a la larga sería tan ilusorias, como enseñó la primera Guerra del Golfo (necesaria para seguir haciendo películas de locos traumados, víctimas de la guerra, Vietnam ya sonaba como al día siguiente del fin de la Guerra Civil Norteamericana), como ilusorias eran las metas económicas que se nos hicieron creer como artículos de fe para alcanzar la dicha.    La tradición del viejo padre de construir una casa grande y fuerte para que resistiera tornados y el paso de los años, una donde los hijos encontrarían un refugio siempre, estaba pasando de moda. La tierra, el campo, la construcción estaba dejando espacio para el nuevo paradigma de mercado. La casa familiar como emblema, esa donde se sembraban árboles que tardaban como cien años en crecer y dar sombra (qué esperanza para el que siembra coco o yuca), pensando en los nietos y los hijos de estos, tocaba a su fin. Semejante actitud que hizo pueblos laboriosos, pero sobretodo, fuertes, como el inglés o el norteamericano, ya era anticuada. Los noventa terminaron con todo ese mundo tan curioso, trayendo sus nuevos valores, como el llamado Neoliberalismo Económico que pasó rápidamente, colapsando bancos y sistemas financieros a diestra y siniestra; pero cuyos efectos más devastadores se sintieron en los países del llamado Tercer Mundo donde las modas llegan tarde y causan desastres a pesar de que en todo el mundo ya se comentaba eso, y todo ello a pesar de que no nos cansamos de repetir que guerra avisada no mata soldado. De alguna manera, nunca nos enteramos hasta que el agua nos llega al cuello. 

   Se creó la cultura del dinero, del dinero no como un medio para comprar cosas (como felicidad, ¡es carísima!), sino como un fin en sí mismo. Todos querían jugar a los titanes de empresas, a lo Dinastía, aunque era un programa de los ochenta (no les digo, todo llega tarde). El sueño era tener una habitación llena de billetes para sumergirse en ella como Tío Rico, el tío de Donald. Y para conseguirlo, y que todo el mundo viera que uno era chévere, se llegó a extremos aberrantes, como lo ocurrido en el sistema financiero venezolano. Gente que de lejos, y con poca luz, parecía decente, estafaron los fondos de las entidades que manejaban y se marcharon con el dinero de los depositantes, con total desparpajo, y hasta se molestaron cuando algún diario comentaba que tal vez, no eran tan pulcros en sus manejos como se suponía. Y estos crápulas no tenían nada de esa mentalidad japonesa, de que al ser pillados en la bellaquería, se suicidaban. No, estos buscaban un juez, un diputado y un partido político y se largaban con los reales, amenazando, tácitamente, con volver y repetir la hazaña si los criticaban mucho. 

   En Caracas unos pobres idiotas quisieron jugar a Falcon Crest y pusieron unas bombas en tales y cuales sitios para especular en la bolsa al crear pánico, se les conoció como Los Chicos Bomba. Dios, se creían tan audaces, tan modernos, tan inteligentes… (no pueden verme, pero en estos momentos río a mandíbula batiente); pero claro, los atraparon. Eran los días en que la policía venezolana podía detener a gente que mandaba sobres bombas a un juez o hacia estallar un carro en un estacionamiento; también porque esos muchachos estaban en clara desventaja, ¡eran unos imbéciles! Sin embargo, el punto es que todo eso formaba parte de la cultura del dinero, de la meta final, del justificativo a todo lo que se hiciera; y si la plata era el nuevo dios, ningún medio para conseguirlo podía ser malo, ya que obtenerlo como fuera era casi una tarea sagrada según la laxa moral de los noventa. Dios y mercado, gritaban muchos. 

   El viejo sistema de sembrar comida, crear fábricas, muebles, carros, fue sustituido por empresas tan llamativas como etéreas, el mundo de la informática había llegado. Las grandes empresas crecían aceleradamente, ¡dígame la de los celulares!, y las bolsas de valores vinieron a sustituir los bancos crediticios que atendían necesidades concretas como las de los campesinos de Iowa, o Wyoming. No se creaba nada real, palpable, todas eran ganancias que aparecían en una pantalla electrónica, y el mundo era feliz. El festín de vanidades alcanzaba a todos en el planeta. Y no era que a todos les llegaba real, no es que se viviera una bonanza repentina, es que todo el mundo quería el perolero que aseguraba la felicidad; dos carros, un bote, varios televisores, el VHS para botar el Betamax, y luego las computadoras. Nunca se podía estar totalmente satisfecho o feliz, porque en cuanto se lograba algo, salía otra cosa que era mejor o los odiosos vecinos conseguían algo más caro, más bonito y nos robaban la dicha. En Venezuela, en ares paupérrimas donde las aguas negras corrían por las escaleras por donde se subía al más miserable ranchito en lo más alto de un cerro deprimente, era posible ver celulares y parabólicas: ranchos con parabólicas, esa podría ser la síntesis de esos años insustanciales.  

   De ese período hubo una película que lo dijo todo: WALL STREET, con Michael Douglas. Las especulaciones de cosas no reales, las trampas, las manipulaciones para ganar inmensas fortunas que desaparecían al minuto siguiente al no estar basadas en bienes reales, era increíble. La forma en que el joven mentía, traicionaba la confianza del padre y de los amigos para triunfar, era patético porque denunciaban los nuevos anti valores. Pero lo que mejor retrató la época fue la importancia y popularidad que alcanzó el personajes de Douglas como ideal humano, un ser sin moral ni escrúpulos, amante del dinero, como prototipo del éxito, en los negocios y arrasando con las mujeres. El sueño de cualquier mentepollo. Mediante maquinitas que nadie entendía, hombres y países acumularon grandes cantidades de dinero y poder, hasta que la crisis mexicana, con su efecto tequila, o la caída de las bolsas asiáticas en los noventa, barrieron con buena parte de ese espejismo.  

   De esos años, años perdidos e inútiles donde no se enfrentó con seriedad ni un sólo problema real, quedó como efecto secundario el acelerado resentimiento, y hablemos claro, del odio a nivel casi mundial hacia los Estados Unidos, y todo lo que representaba y de las cosas que lo representaban, sobretodo su comercio, su mercado. Cosa curiosa, a nadie pareció importarle en ese país, así que todo ocurría frente a la mirada cómplice y estúpida de los medios de comunicación, pero sobretodo de su clase dirigente. Y tal vez ahí estaba la clave del rumbo perdido, los Estados Unidos, como el resto del mundo, ya no contaba con estadistas capaces de panear a futuro, a mirar en abstracto, sino con políticos de paso, gente escandalosa que confundía ruido con hechos. Perdido en un mundo movedizo, donde parecía haber paz aunque en cien lugares había guerritas, con una prosperidad que no alcanzaba, el mundo avanzaba sin saber a dónde, hasta que una mañana amaneció de golpe… 

Julio César.

LA LOCURA DE LA ERA… (2)

Viernes, Enero 4th, 2008

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   Sin que se resolviera ninguno de los problemas de los setenta, referentes casi todos a los peligros ambientales, pero relegados al olvidado de alguna manera, entramos sin darnos cuenta en la década siguiente. Los ochenta trajeron a colación una crisis gigantesca que el mundo desconocía, que terminaría con la caída de los países soviéticos. Algo que era impensable para muchos. Por ser latino, y haber recibido una educación socialista, desde la escuela hasta en la iglesia por lo de amar al prójimo y haz el bien, uno tendía a tenerle más aprecio a la Unión Soviética con su revolución del proletariado, que a los Estados Unidos. Claro, ignorábamos la mega estafa, el engaño monumental de una casta demente y cruel que se aseguró el poder para sí, y el vivir como jeques mientras el resto padecían, igualito que ahora cuando pretenden engañar al iluso con la palabra REVOLUCIÓN. No sabíamos de los millones de asesinados, por el hambre provocado o los ajusticiamientos.   

   No sabíamos de los gulags, los campos de muerte llamados de reeducación, de donde pocos salían y escapaban a Occidente, para ser atacados allí por la recua de sanguijuelas al servicio de la Unión Soviética, que se ocultaban bajo el título de intelectuales, sobretodo en Francia donde parecían una mala imitación de Cruela de Vil, y cuya única misión era ridiculizar, perseguir y destruir a todo el que hablara de los horrores tras el telón, o como lo que pasa en Cuba y una que otra nación deslizándose a la africanización en América Latina, pero que suelta billete para que sigan sus vidas parasitarias e inútiles. Aunque viéndolo bien, ¿dónde se anota uno para parásito? Me gusta la plata y sí no hay que hacer nada sino taparear vagabunderías, aquí estoy a la orden. 

   Bien, nada de eso lo sabíamos en los inicios de los ochenta. Sólo oíamos que Estados Unidos y la Unión Soviética extremaban sus fichas sobre el tablero nuclear. Había escaramuzas, peleas y amenazas, veladas una y otras no tanto. Había una sensación de incertidumbre. De miedo. Todos temíamos oír que en tal o cual sitio había estallado un arma nuclear y bajo su hongo de muerte todo había desaparecido. Leer un periódico era saber sobre la tensión entre las alemanias, o en el Oriente Medio, o en el Báltico. La palabra se repetían como un eco de pesadilla: guerra… guerra… Había una sensación de fragilidad dentro de todo aquel que podía sumar dos más dos. Muchos estaban convencidos de que el mundo terminaría en medio de un holocausto nuclear, con un único y fenomenal grito de miedo. Una película que retrató todo ese horror, y de forma muy convincente, fue AL DÍA SIGUIENTE; que en Venezuela completaban con aquello de Al Día Siguiente del Apocalipsis Nuclear, para hacerla sonar más dramática, como si hiciera falta. Ese filme marcó a mucha gente de mi generación. Terminaba la primaria cuando logré verla (no soy tan viejo como dicen mis enemigos), con dos amigas, una de ella con la copia de la película, que vimos en un aparato que estaba de moda en esos días, la última sensación en tecnología, y que no había desaparecido junto con los dinosaurios como dicen los insolentes: el Betamax.    Todo era angustiante en esa película: la mirada de la mujer del médico cuando oye las noticias y se le nota el miedo; o el joven que está en la barbería y oye a los otros hablando de guerra y él pregunta como esperanzado: pero no atacarán aquí, ¿verdad?, ¿que objetivo tendría? O la joven en la universidad que entra a un salón de clases gritando que arrojaron las bombas (todavía se me eriza la piel); o cuando el ranchero manda a todos al sótano y sube por la mujer y esta se aferra a tender las camas, a lo que conoce, a su vida ordinaria, y grita que no y llora cuando él dice que eso ya es inútil y la arrastra al refugio. Todo fue terrible, lleno de significado. Aquí en Venezuela las promociones eran angustiantes: Al Día Siguiente… y la humanidad caerá víctima de su propia maldad. O la otra: Al Día Siguiente… cuando los vivos envidiarán a los muertos. Fue una locura en su época, porque reflejaba nuestros temores más primitivos, algo que sabíamos que ocurriría tarde o temprano, estábamos seguros de eso. Hay una guerra nuclear, ¿qué se puede hacer? ¿Huir, esconderse, reunirse con la familia y esperar a que llegue el final? ¿Qué más queda? 

   Pero, cosa rara, la crisis pareció desaparecer por sí misma. Un día la Unión Soviética parecía que iba a durar mil años, y al otro ya había caído como moneda devaluada de país en crisis. Muchos conocidos míos quedaron en el aire, como preguntándose: ¿y ahora que hacemos sí sólo nos hemos preparado para el final? La humanidad se había salvado nuevamente de perecer, bajo el calor del fuego atómico, o de padecer el largo invierno nuclear, como se salvó antes de los augurios de hambrunas, cataclismos climáticos y amenazas del cosmos. Sabemos que hubo presiones para que tan monstruoso sistema sucumbiera al final, eran demasiados millones de esclavos los que padecían, incluso se hablaba de la decidida participación del antiguo Papa, el polaco, en esa batalla; pero a uno le queda la duda sobre sí eso fue todo. Sería fácil decir que tuvimos suerte, pero tal vez sea como en esa historia de Isaac Asimos, el gran autor de ficción,
LA FUNDACIÓN, y cada cierto tiempo la humanidad debe padecer estas crisis para que algo mejor surja, o no, como parece indicar la experiencia, y que éstas se resuelven por su propia dinámica. Y la verdad es que eso no brinda tranquilidad ni seguridad, a menos que uno sea de los que deja hasta lo que comerá o beberá en manos de la suerte o de fuerzas superiores.
    De los noventa y el dos mil, hablamos después… 

Julio César.

LA LOCURA DE LA ERA

Sábado, Noviembre 24th, 2007

   La verdad es que las opiniones expresadas aquí no me pertenecen totalmente. Fue algo que dijo el marido de una amiga, Fátima, y que él permitió que yo transcribiera. No quiso que publicara su nombre, seguro no le gusta mi blog. Bueno, mi amiga es ella, a él lo tolero por ella, y él a mí, igual. No se puede ser amigo de todo el mundo. Aunque, aclaro, estoy totalmente de acuerdo con las cosas que dice sobre esto.  

LA LOCURA DE LA ERA

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   La humanidad parece moverse por modas periódicas, como cuando los negros usaban afros y ahora andan calvos. No cosas inocentes como la de modelos anoréxicas que deprimen a todo el mundo por lo flacas y huesudas o por ser tan distintas a las gorditas, porque la moda es ser esquelética. No, hablo de las modas serias, desde las ideológicas a las económicas. Para cada década hay una, por un lado, una panacea, algo que resolverá todo los padecimientos, que traerá empleos, casas, dinero, comida y cinturas esbeltas a los obesos. Pero también están las otras, las graves y terribles de las que nos salvamos de chiripa. Siempre hay un peligro latente, amenazante, real, como un monstruo debajo la cama, que intentamos no ver, no pensar en él, pero siempre ahí a la hora de dormir. Peligro del que salimos sin saber muy bien cómo. Pero jamás podemos respirar tranquilos, primero porque después de vivir en el temor por la crisis pasada (ni cuenta nos damos cuando deja de existir, sí es que desaparece), ya esta es substituida por otra. La mala, la que, ahora sí, en verdad va a terminar con todos. 

   Durante los setenta, lo más lejos que me lleva la memoria y eso forzándola (créanme), la moda eran las declaraciones sensacionalistas, alarmantes y aterradoras de gente preparada, que uno suponía que sí sabían de lo que hablaban. Y tal vez era verdad. No, de cierto sabemos ahora que era verdad, pero ¿por qué no se cumplieron sus aterradores augurios? (gracias a Dios). A esos pájaros de mal agüero se les llamó: LOS PROFETAS DEL DESASTRE (nada que ver con un presidente venezolano que más o menos por esos tiempos también ejercía su magia, transformar los reales en deuda pública, el doctor Luis Herrera Campin). Por esos días se dijo que el alarmante aumento de la población mundial, unido a la escasez de alimentos, traerían horribles hambrunas (en parte se cumplió), que un kilo de granos llegaría a costar más que una tonelada de oro, y sería más escaso. Que habría guerras por comida, que masas enteras caerían muriendo de inanición y una gran cantidad de pestes como consecuencia de la desnutrición azotarían al resto. Pero eso no era todo, aducían que como subproducto de todo ese crecimiento demográfico, vendría el más completo abuso al medio ambiente, que los desechos de basura oliente (nunca mejor dicho) y moliente serían montañas y montañas; que se agotarían los recursos naturales y habría envenenamiento por subproductos químicos. 

   Eran los lejanos setenta, pero ya se hablaba del aumento de la temperatura como resultando del incremento de los gases de invernaderos, los cuales dejaban que los rayos del sol llegaran a la tierra, pero no dejaban escapar el calor resultante al espacio ya que los atajaban; gases que causarían cientos de miles de víctimas por problemas respiratorios. Ese calentamiento incrementaría el deshielo de los polos aumentando el nivel de los mares, obligando a comunidades enteras a escapar y desplazarse de un lugar a otro. Y mientras tanto, los enemigos del ozono, los fluorocarbonados, lanzados alegremente por gobiernos, industrias y gente común a la atmósfera, terminarían hiriéndolo de muerte, acabando con el escudo natural del planeta, ese que nos protege de la terrible radiación infrarroja proveniente del sol, amén de otros rayos locos que andan por ahí viendo a quien le caen. El panorama pintado por los profetas no podía ser más desolador y deprimente. O moríamos de hambre, o nos ahogaban las olas cuando los mares comenzaran a subir. Y aún aquellos que lograran sacar la cabeza del agua se encontrarían con que terminarían achicharrados por los rayos cósmicos; fuera de que había que tener en cuenta que si no había comida, tampoco habría fuerzas para nadar en ese océano de calamidades. ¡Todo un desastre! 

   De esa época hubo una película de ficción que fue alarmante, y un fiel reflejo de los temores de toda aquella era: CUANDO EL DESTINO NOS ALCANCE. Todo queda dicho en ese título. Un mundo gris, agobiante, de privilegios increíbles para algunos, comer una lata de dulce, y lo apretado, deprimente y feo de los otros. Un mundo agotado, acabado, sin esperanzas de escapar a ninguna parte. Y al final, el gran descubrimiento: agotados los suelos cultivables y los mares, aún el plantan, sólo podía hacerse comida con personas: el famoso soylent verde. ¿Qué otra cosa podía hacerse? Nada, una vez en la ratonera no queda sino patalear para sobrevivir, y existir otro triste día en la trampa. Sin embargo, de alguna manera la humanidad sobrevivió a pesar de todo (y hay quiénes con aires muy convencido y doctos dudan de que exista Dios), ya que a ningún país le importó un pito semejantes anuncios. Ya en esa década los políticos no eran más que simples empleados de los grandes negocios, desde Estados Unidos a la extinta Unión Soviética, y éstos ya tenían listas sus bases en la luna para escapar del planeta moribundo, con las maletas llenas de plata. Porque dichas instalaciones fuera del planeta deben tenerlas, ya de que otro modo no se explica tanta imbecilidad en hombres de negocios o los voceros oficiales de superpotencias. Ya deben tener un refugio para que los hijos, nietos, y los nietos de estos, existan fuera del mundo que mataron. ¡Es lo lógico, ¿no?! 

   Y eso que en los setenta no estuvo tan de moda (ah, ¡las modas!) el estudio que hablaba del peligro del deshielo del polo que arrojaría toneladas y toneladas de de litros de agua dulce al mar, variando la salinidad y por lo tanto las corrientes marinas, creando un posible enfriamiento cuando las corrientes no pudieran llevar agua caliente del ecuador a las zonas ubicadas en los trópicos, variando la temperatura, enfriándola. Tal vez en la película El Días Después de Mañana (ah, que bien lo hizo Jake Gyllenhaal), se halla exagerado, pero muchos geo paleontólogos suponen que esa pudo ser la causa de las eras glaciares que acabaron con tantas especies en este mundo. En fin, peligros por todos lados; cuesta entender cómo no hemos desaparecido ya.

Julio César.