UNIFORMADOS A LA CARGA
LA ACADEMIA
Los internados militares de jóvenes fuertes, musculosos, jóvenes y cachondos, siempre brindan caldo de cultivo para hermosas amistades, donde dos y a veces muchos más, se miraban con cariño, se tomaban de la mano, los besos eran infaltables… y las noches eran candentes. El más mórbido de estos dos se compró un juguetito de goma grueso, flexible, de dos cabezas romas, y aprenderían a usarlo juntos en una cama, el mejor lugar para que los chicos jueguen. El más forzudo terminaría ese juego, tomando el juguete y de forma inexplicable, lo metería todo… El mórbido sólo chillaría de sorpresa y alegría ante el descubrimiento, ¡que cabía!, para luego recibir otro regalo del forzudo, bastante grande también.
EL CUAREBACK
Al equipo no le gustó que la universidad contratara a un cuareback de otro colegio, sin embargo el muchacho había sabido ganarse a todos. Había dos momentos cuando el muchacho brillaba, cuando se metía en el uniforme… y más impactante, cuando se lo quitaba después de un juego. Mientras se duchaba era ignorante de la pelea a muerte que se desataba entre los otros… por tomar su suspensorio sudado, para lavarlo, para que el muchacho siempre estuviera bien presentable ya que había resultado bueno jugando. En la pelea, muchas veces quedaba lavado porque alguien lo mordía para que no le quitaran ese honor, tragando saliva y sabores saladitos. Quien se lo quedaba esa tarde, erecto de dicha al vencer, se duchaba con él en las manos, dándole frecuentes olidas para verificar si estaba limpio ya.
LA PREFECTURA
Renny y Manolo son dos agentes de policía muy concienzudo. Siempre caían cerca de la universidad para combatir el narcotráfico. Era frecuente que se llevaran a dos o tres muchachos sindicados o sospechosos. En la prefectura los examinaban concienzudamente, revisándolos muy bien… y a profundidad, mientras separan cachetes. Habían dedos que palpaban, las narices caían y se pegaban olfateando buscando olores a estimulantes, y hasta las lenguas, cálidas y expertas en vicios, era usabas para buscar rastros de psicotrópicos. Si la sospecha se medio confirmaba, unas bolas chinas entraban para sacar más, indiferentes a los gemiditos de los culpables que se revolvían; y de confirmarse, un grueso cinturón entraba en acción para darles una lección, que a veces se volvía más dura cuando eran penetradas las cavidades muy abiertas con rolos más vivos y humanos…
Julio César.


