DUDA INOCENTE

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   Por alguna razón lo enloquecía de… ¿rabia? 

   El forcejeo terminó cuando las jóvenes manos, rudas, implacable, halaron la cintura del calzoncillo, admirándose y dando un paso atrás, momento cuando el otro lo enfrentó, con sus mejillas rojas, sus ojos brillantes, sus labios húmedos, su piel sedosa: 

   -Jairo, ¿qué tienes? ¿Qué quieres de mí? 

Julio César.

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