ESPERANDO UNA NOCHE CUALQUIERA

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    -Te odio porque te amo demasiado… 

   Mientras se toma la tercera cerveza, notando de pasada que se juntaban rápidamente, Jack sonríe con todo el rostro sintiéndose realmente complacido en mucho tiempo. Hace calor aunque es de noche, pero la bebida estaba fría, eso era bueno, y una buena razón para sentirse bien; pero no era ese el motivo de su buen humor en esos momentos. Recorre la cantina con la mirada, un local pequeño algo cerrado y oscuro, y le parece que está bien. No había muchas personas y nadie se fijaría en él. Traga un buche de cerveza pero lo acompaña ahora con uno de una saliva que le sabe mal, le ocurre cuando piensa en todas esas precauciones que debe tomar cada vez que sale de su casa. A él no le importaría sentarse donde fuera, pero sabía que a Ennis la idea le horrorizaría y que preferiría no acudir al encuentro a exponerse a la mirada de otros, aunque los dos lo desearan mucho. 

   Espera a Ennis, y como siempre su corazón late con fuerza, con ansiedad. Se siente vivo, con ganas de gritar, de hablar y de reír de mil idioteces, aún en ese momento tiene que contenerse para no sonreír tanto, como tonto, al parecer no era bien visto que un hombre hiciera tal cosa. Mira la botella y sonríe leve a pesar de todo; no, eso no era totalmente cierto. Claro que deseaba encontrarse con Ennis, pero lo que más desea era fundirse en sus brazos del otro, sentirse atrapado, apretado, abrazado de esa forma ruda, tosca y totalmente posesiva que Ennis dejaba salir cuando lo tenía contra él, indicándole sin palabras cuánto lo necesitaba. En esos momentos el catire le gritaba sin voz cuánto lo amaba y todo merecía la pena, el mundo cobraba sentido. 

   En esos momentos Jack entendía qué tanto lo deseaba y necesitaba al otro. Cuando lo atrapaba con su cuerpo, comprendía que para Ennis eso era comenzar a vivir cada vez, que ese hombre tosco y cerrando dentro de sí, vivía únicamente en esos instantes. Su rostro aún está animoso, pero su sonrisa decae un poco y sus ojos brillan con cierta melancolía: ¿por qué estaban condenados siempre a amarse, a buscarse, a esperarse… y al mismo tiempo a ocultarse y separarse? Todo el mundo tenía el derecho a amar, pero no ellos. Espera a Ennis y sabe que será algo increíble, como siempre, pero ya le duele el saber que se alejaran otra vez, cada uno con su vida. Siente una punzada de dolor al recordar los primeros días en Brokeback Mountain, cuando sólo estaban el uno para el otro cada segundo de cada uno de esos días, cuando se abrazaban y amaban donde las ganas los alcanzaban, sin temores, sin preocupaciones, sin pensar en el mañana, en la gente, en la vida. 

   -Tráeme otra cerveza, y la cuenta, amigo. –alza la expresiva mirada en un momento dado hacia la barra, con su rostro franco de cabello muy negro y con la eterna sombra de barba en sus mejillas. El oscuro sombrero yace sobre la mesa. 

   Y frunce levemente el ceño, sin disgusto, porque repara ahora en el tipo joven que atiende la cantina a quien no notó antes, preocupado como estaba por la discreción del sitio; joven que lo mira largamente, desprovisto también de hostilidad o agresividad, quien asiente y saca otra cerveza de la cava, llevándosela. Se la tiende, y la mirada verdosa del joven parece quedar prendada un momento en las pupilas azules del otro, y por un instante ese joven se siente como suspendido en el aire, pensando que eran los ojos más hermosos que ha visto nunca. Jack toma la cerveza sintiéndose algo cortado ante la fascinación que detecta en el joven. Bebe de ella, sacando algo de dinero de la cartera, tendiéndoselo, y encontrándose con que el otro sigue mirándolo de forma directa y abierta. Y en esa mirada había inocencia, sí, pero también una clara indicación de algo, una petición a que dijera, actuara o pidiera otra cosa. Ese muchacho, porque sólo de un muchacho se trata, esperaba que ese hombre dijera… Pero Jack vuelve a su cerveza, desviando la mirada. 

   Ese chico debía tener cuidado, se dice el vaquero de rodeos, pero sonriendo levemente halagado; le agradó esa atención. No se podía ser muy severo con Jack, es joven, es un tipo vital y caliente, y es también algo coqueto (un puto, como lo acusó una vez Ennis).  Intenta alejar al muchacho de su mente, porque espera a Ennis y no le gusta mezclar su nombre, su recuerdo, con nada más, ni siquiera con la imagen del apuesto joven de quien sabía ahora que con algo de charla, y tal vez dos o tres tragos, se podría salir con él de allí a una calle oscura, a un cuarto sin numero, sin dirección y pasar un rato grato, aunque extrañamente vacío. 

   Jack lleva la botella a sus labios y sonríe un poco mortificado porque siente la cálida mirada del joven sobre él, desde la barra. Y en verdad no se puede culpar al tipo, Jack Twist se ve realmente apuesto en esos momentos, con el negro cabello brillante y bien peinado, la sombra de una sonrisa atractiva en sus labios, con sus brillantes ojos que hacen juego con su camisa azul oscura, nueva. El vaquero de rodeos huele a colonia, a sudor, a cigarrillo y a cerveza, y esa mezcla que al joven le parece el olor de un hombre que debía ser sensacional en la intimad, lo hace muy llamativo. Sus ojos caen sobre el vaquero una y otra vez, sintiéndose inquieto, nervioso, deseando llamar la atención del hombre de alguna manera. Sintió una conexión con el otro y entendió que no le era indiferente, y saberlo, y mirarlo tan guapo pero a punto de escapársele, lo enloquecía. ¡Dios, que tipo tan guapo!, no podía dejar de pensar. 

   Es joven, por lo que ignora que mucho de ese atractivo que Jack muestra en sus ademanes, en su actitud y rostro, proviene de su interior. Está feliz, excitado y ansioso porque espera a Ennis del Mar, a su Ennis, el hombre al que más quiere en todo este mundo, y eso le confiere ese brillo. El vaquero aguarda por el único hombre al que en verdad ha amado en toda su vida. Sabía que nunca podría explicarle eso a nadie, porque no tendría manera de expresarlo aunque se desenvolviera bien con las palabras. No, dudaba mucho que alguien entendiera que cuando no estaba con Ennis, cuando no lo miraba, le dolía algo en el pecho de una forma física y real, lastimándolo, y que a veces sentía ganas de dejarse simplemente caer y no moverse más; que los días eran lentos hasta hacerse insoportables, que las noches eran largas y que a veces debía emborracharse para poder cerrar los ojos y dormir, sin pensar, sin soñar. Cómo decirle a alguien que al mirar a Ennis acercarse por una calle sentía ganas de correr, gritar, saltarle al cuello y besarlo con ansiedad para sentirse nuevamente completo, vivo, y que los ojos se le empañaban un poco de tanta emoción. Y sin embargo el vaquero sabía que aún no era sincero. 

   Estaba feliz porque iba a ver a Ennis, su Ennis, pero también porque sabía que las cosas iban muy mal entre el hombre y su mujer, Alma, y que nada parecía ser capaz de salvar ese matrimonio. Y mientras lo piensa, sus pómulos enrojecen un poco, de vergüenza al sentirse tan ruin y mezquino, porque a él le alegra. Él desea que ese matrimonio acabe, que Ennis deje atrás esa relación y quede solo y libre. Porque ese día él correría a su lado y le diría como nunca antes que ya no debían esperar más, que ya no podían seguir perdiendo meses y años de vida, que ya los agostos y noviembres no eran suficiente, que partieran juntos, a cualquier lado, a esconderse donde fuera con tal de que estuvieran juntos día y noche, mañana y tarde, amándose como debió ser desde el principio. Ese día lo buscaría y aún no sabía qué haría o qué diría, pero lo arrastraría a una taberna, luego a un motel y lo obligaría a fuerza de tanto quererlo a que le diera un sí y comenzaran a vivir de una vez, así tuviera que amenazar, gritar, golpear o llorar. No más una relación de ratos, no por unos pocos días al año, sino vivir juntos siempre, para siempre. Bota aire y casi termina la cuarta cerveza de tres buche al imaginarse dormir cada noche entre sus brazos, con el aliento de Ennis cayendo sobre su nuca. E imaginarlo lo hace sonreír con cierta lujuria, su sólo recuerdo era suficiente para excitarlo. 

   -¿Desea otra? –el joven está a su lado, mirándolo de forma brillante, como diciéndole aquí estoy, mírame por favor. Y Jack entiende: para el chico la vida tampoco era fácil, no todos los amores eran fáciles, ni felices. Él lo sabía, y por un momento piensa en aconsejar al muchacho, pero ese no era asunto suyo. Los hombres no debían hablar de ciertos temas. 

   -Si, gracias. –le sonríe en forma abierta, amistosa, solidarizándose con él; de una forma que Ennis jamás entendería. Él, Jack, podía considerar al muchacho… un hermano, aunque su razonamiento no llega tan lejos. 

   Desde la entrada, Ennis del Mar lo mira, entrando en esos momentos y recibiendo una fea impresión. Venía con esa mezcla que siempre oprimía su pecho mientras iba al encuentro con el otro, cierto temor a ser pillado en algo, pero sobretodo excitado y delirante ante la perspectiva de encontrarlo, sabiendo en qué terminaría todo, teniéndolo finalmente entre sus brazos, sobre una cama o una lona, poseyéndolo y cabalgando ambos hacia la dicha. Ahora, sin embargo, su espíritu se estremece, le parece que Jack se veía demasiado amistoso, y atractivo, mientras le sonreía a un carajo joven, no mal parecido tampoco, quien lo miraba de forma emocionada. Ennis capta y entiende bien la mirada de ese joven por Jack, es la del tipo que se encuentra de pronto ante la cosa más atractiva que ha presenciado nunca en su vida. ¡Jack lo hechizaba con su encanto! ¡El maldito puto! 

   -Buenas noches. –masculló, de pie, deteniéndose frente al otro, quien no reparó en él hasta ese momento. 

   -Ennis… -le sonríe de forma abierta, algo achispado por las cervezas ya.- Que bueno que llegaste. 

   -¿De veras? ¿No tardé mucho? Creo que ya cuadrabas algo más. Mira, no puedo quedarme. Debo ir por mis hijas a la iglesia; pero imagino que estarás bien, ¿no? –dice entre dientes, como si le costara hablar. Casi desdeñoso se aleja, reparando con rencorosa satisfacción en el desconcierto, sorpresa y molestia de Jack. Lo había lastimado, ¡qué bueno! 

   El catire sale a la cálida noche caminando envarado, con paso rápido, sintiéndose sólo ligeramente mejor. Sólo un poco. En esos momentos odiaba a Jack, y sentir eso no era nada agradable. No se aleja mucho cuando siente un empujón rudo en su hombro derecho y casi es arrojado con violencia a una oscura y estrecha calleja entre el bar y un feo restorancito. Se vuelve, tenso, con cara inescrutable y encara el rostro crispado y enrojecido de Jack. 

   -¿Qué carajo te pasa? ¿Por qué te marchas así? –reclama Jack, muy cerca de él, casi salpicándolo un poco de saliva olorosa a cerveza. Molesto y dolido. 

   -Debo ir por mis hijas. –repite lacónico. 

   -No puedes salirme con eso, que tienes otro compromiso. Habíamos planeado este encuentro hace tiempo. ¡Tú lo sabías! No puedes irte así. Te he estado esperando desde hace semanas. 

   -Y eso ¿qué? Vuelve a tu mesa y sigue con lo que hacías. –acusa con voz acerada, oprimiendo los labios, lleno de rabia.- Eres un maldito puto, Jack Twist. ¿Tanto necesitas eso que te expones por un mesero en una cantina cualquiera? –reprocha con rabia y dureza.- Eres un tipo desvergonzado y un día de estos nos meterás en problemas a todos. Y no voy a dejar que me hagas caer contigo en tus cochinadas. 

   -¿Qué? –exclama Jack, con boca y ojos muy abiertos.- ¡Cállate, maldito bastardo! –le grita, señalándolo con un dedo.- Toda mi maldita vida contigo me la he pasado protegiendo y cuidando a todos, porque no me quedó otro remedio. ¿Cuándo te he hecho una escena o he provocado un escándalo? Siempre he estado ahí para ti, porque quise, sin pedirte nada. Siempre he sido tu amigo bajo tus términos, el amigo a quien quieres ver unas pocas veces al año, manosear un rato y luego alejar como a un sarnoso, pero yo lo acepté así. Por ti cruzo todo este territorio, por ti dejo los riñones en la carretera, por ti dejo a mi familia y mi casa mientras tú sólo esperas que yo llegue y te des… el gusto y luego me miras cansado, aburrido, deseando que me vaya y te deje en paz. Tú te ocultas. Tú me ocultas. Me acusas de marica, y en tu cabeza eso soy, ¿verdad, Ennis?: Jack, el marica. Por eso jamás me has presentado a nadie en la calle aunque saludas a uno que otro cuando vamos a una cantina, como si temieras que fuera tan marica que todos se darán cuenta. Ese soy yo, ¿no?, Jack, el cochino. El cochino marica. –deja escapar con rabia y amargura. 

   -Déjame en paz… -grita ronco, como si le costara.- Déjame con mi vida como era antes…

………. 

   Me quedó algo largo, así que lo termino después. Me gustan estos cuentos donde Ennis deja salir todo lo que siente por Jack, dejando salir su frustración, sus celos; aunque es difícil hacerlo distinto al que vimos en esa película que disfrutamos y sufrimos tanto. Y el del film es mucho mejor que el del cuento. Esa historia, ese relato corto, un día vamos a revisarlo mejor, ¿no les pareces? 

Julio César.

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