CARARABO

   Hace algún tiempo oyendo las declaraciones del canciller colombiano Fernando Araújo, dadas en algún punto de Estados Unidos a un reportero, le oí una historia que me dejó pensativo durante un rato. Hablaba el buen hombre del tiempo que estuvo secuestrado por la guerrilla criminal que ha mancado la vida de Colombia durante tantos años. De hecho hizo dos comentarios que a mí me parecieron relevantes: uno era que la guerrilla escuchaba al presidente Chávez, de mi país, como quien oye hablar a un profeta. En seguida se comenzó una polémica sobre si el hombre quería implicar o no al Presidente con esos grupos. Creo que se trató de una rara ingenuidad del colombiano (¡cosa que es tan extraña, como un Secretario General dela OEA defendiendo la Carta Democrática!), y algo tomado fuera de contexto ya que él no insinuó nada. De todas formas es nuestro propio Presidente quien se pone en la picota cada vez que abre la boca, llamándose amigos de grupos criminales; lamentablemente no hay nadie con suficiente personalidad para recordárselo cuando vocifera como gorila bajando de un árbol contra quienes lo nombran, y eso que se mete con todo el mundo, contando con la poca hombría de tanta gente y la total inoperancia de tantos Organismos Internacionales que de verdad no sirven para nada como no sea para gastar dinero en su mantenimiento.    

   El segundo comentario que hizo el colombiano fue sobre el horror que vivió como rehén de esos maleantes. Un segmento me fue particularmente escalofriante, comentaba que al estar en uno de los campamentos en pleno monte, oyeron rumores de que las fuerzas armadas colombianas estaban acercándose y la guerrilla se disponía a abandonar el punto, corriéndose la conseja de que matarían a los prisioneros dejándolos abandonados en la espesura. El hombre cuenta que él, y otros, tomaron objetos filosos y cortantes, y cada uno escribió en sus carnes su nombre, por si los mataban y botaban (como basura, así siempre ven estos criminales mesiánicos a los demás) por ahí. Así, si alguien los encontraba, supieran quiénes eran y fueran remitidos a sus familias. Dijo que lo hacía porque no quería terminar como un muerto sin nombre, en una fosa en la selva, olvidado, o dejar a su familia con la eterna angustia de saber si vivía o no. Para uno que se pincha a veces con una aguja y es tan desagradable, imaginarse el mutilar la carne para escribir algo legible le suena extraño. ¿Qué pensamientos cruzaban por esas cabezas mientras se dedicaban a identificar sus posibles cadáveres? Es difícil entender en toda su magnitud una acción como esa así como estoy yo, cómodamente sentado en mi casa. Su historia, marcar su carne prisionero de asesinos violentos, me recordó cuentos de los campos de concentraciones nazi durante la Segunda Guerra Mundial, de cómo hubo personas que se dedicaron a cazar luego a los criminales, y en los juicios subían las mangas de sus ropas para mostrarle a la Ley, y al mundo, que sí habían sido prisioneros y que fueron marcados como animales.   

   Todo eso me llevó a recordar la masacre de Cararabo, algo que hoy parece olvidado en un país sacudido por delitos de Lesa Humanidad cada uno peor que el otro. La noche del 26 de marzo de 1994, en el puesto fronterizo fluvial de Cararabo, a pata de mingo de la frontera con Colombia, un destacamento de la Armada fue atacado por un grupo de irregulares colombianos, de los que se hacen llamar ejércitos de esto o aquello, pero en la práctica son brazos armados del narcotráfico. El ataque había sido bien montado y estudiado. Sabían cuántos eran en el puesto, qué armamento tenían y hasta con cuáles medios de comunicación contaban. Los puntos de posible ayuda también habían sido cubiertos, sabían que les sería difícil recibir ayuda. Toda esa información había sido dada por venezolanos enemigos de la paz del país en esa época. La mesa estaba servida para un sensacional ataque en territorio venezolano. Los irregulares querían mostrar garras y colmillos. 

   Poco después de las diez de la noche de tan álgido día, un grupo cercano al centenar rodearon el lugar. El primer disparo de FAL se produjo menos de un cuarto de hora después, y el centinela, atrincherado en uno de los nidos de ametralladora murió sin darse cuenta de nada (eso espero), con el rostro destrozado, como dice la canción de Rubén Blade que murió Andrés al lado de padre Antonio. Con el arma disponible, volviéndola contra las instalaciones, desde el nido comenzó el ataque en serio contra los infantes venezolanos. 

   Los nacionales se defendieron con razonable eficacia, tal vez más movidos por la desesperación, o el miedo mondo y lirondo, ese que siente la rata acosada en una esquina que viéndose incapacitada de escapar se lanza al ataque con furia suicida. Rodeados, atacados desde los nidos de ametralladoras y destruidos los pocos medios de comunicación, imposibilitando la pedida de ayuda, los infantes estaban a merced de sus salvajes atacantes. Sólo podía contar con ellos mismos, librados a sus fuerzas… y a su suerte. Los pocos más de treinta hombres que defendían el fuerte apache estaban distribuidos a todo lo largo del puesto, por lo que los irregulares lograron separar pequeños grupos, a los que atacaban con singular poderío de fuego. Y sin embargo los muchachos se defendieron bien, como gatos patas arribas, como hombres, al menos mientras duraron las municiones. ¿Qué habrán pensado o sentido en ese momento? Tal vez algunos estudiaron la posibilidad de rendirse, y que con eso terminara todo. Dios, pobres muchachos… 

   Los detalles dantescos y grotescos de las salvajadas cometidas por este grupo de mal vivientes, con prácticas aberrantes (y con lo mucho que sus representantes y aliados en la lucha contra la gente decente gustan de acusar a los Estados Unidos de genocidas), fueron de tal gravedad que la sangre de todos lo venezolanos hirvió de indignación. Porque ese ataque había sido el producto de la debilidad de Venezuela y Colombia en el enfrentamiento total y definitivo de este grupo de hampones a los que se les dejaba hacer, decir y existir. Los cadáveres de los infantes, colocados en filas, fueron profanados, porque más allá de la muerte debían continuar enviando un mensaje: no se les quería por ahí, el dinero de las drogas hablaba claro y con fuerza. A algunos se le cercenó la garganta y por ahí les sacaron las lenguas, en el llamado ‘corte de corbata’, práctica que parece común de la mafia en sus ejecuciones. A otros le costaron los testículos y se los colocaron en la boca. Y estuvo el caso del joven, quien aún vivo y suplicando por su vida, le metieron una granada fragmentaria dentro del pantalón. Cómo debieron reír al verlo chillar y revolcarse dentro de sí intentando sacar la granada. Qué momento. Qué cómico debió parecerles, eso debió ser lo mejor de la noche para esos valientes guerreros. Uno se imagina al joven gritando, totalmente enajenado de miedo manoteando por sacar la granada y entiende la risa de esa gente, de esos dignos luchadores sociales, ¿verdad? Al estallar debieron vomitar de tanto reír. 

   Así, esos jóvenes venezolanos, sacados de calles tal vez como las de Caracas o Maracay (por esos tiempos aún existía la recluta obligatoria, donde agarraban al más bolsa y lo enviaban al peor de los punto fronterizo) encontraron la muerte. Los reclamos no se hicieron esperar, la gente andaba molesta con los colombianos, como si ellos fueran los únicos culpables de que la frontera, del lado venezolano, no estuviera bien resguardada, o los puntos de control mejor organizados, o la Inteligencia Militar mejor informada, o que los equipos de radio no fueran los idóneos. Porque en medio de todo ese horror, los marinos no pudieron ni pedir ayuda porque los equipos de comunicación no funcionaban. No eran los adecuados para la zona; porque en Venezuela todo es negocio, y los contratos militares siempre dan ganancias, ¿qué tal vez mueran unos pobres idiotas como resultados del negocito? Bueno, ellos (los traficantes de contratos) están dispuestos a correr ese riesgo, como ahora se hace con países como Rusia o España. El mundo gira y se mueve… para caer siempre en el mismo punto.   

   De esos días recuerdo al periodista José Vicente Rangel, quien tenía un programa de opinión en el canal de televisión Televén, que era impelable. Se le debía ver cada domingo de forma casi obligatoria, de lo contrario uno se sentía mal, José Vicente Hoy era el programa del momento. Recuerdo que al hombre, ya viejo, el bigote blanco le temblaba de indignación, arrecho por aquella barbaridad. Se le veía casi al punto de soponcio ante tanta bestialidad innecesaria. El hombre denunciaba que las fronteras eran zonas libres, tierras de nadie para criminales, que la guerrilla y los narcotraficantes, trabajando de la mano, aterraban a los residentes de la región obligándolos a irse para hacerse con haciendas y terrenos. Gritaba que eso no podía ser, que era un peligro nacional y violaba la soberanía. Lamentablemente el señor José Vicente Rangel era un hombre sano y la vida le dio tiempo de llegar a ser vicepresidente de esta morisqueta de república de quinta. Y para asombro de todo el mundo, o al menos para los que no le conocíamos esa vena ruin, se le vio aceptando y defendiendo a estos grupos criminales. Lo que ese tipo había sido ayer, hoy no más. La vida lo castigó dándole más tiempo para permitirle al mundo verlo convertido en una piltrafa, en un aguantador, un tenedor, un traidor. Y lo hizo a conciencia, saboreando a cada momento sus delitos. 

   Y así, de asesinos de venezolanos, de enemigos jurados de Venezuela y su sistema de vida medio vivible al que siempre quisieron destruir, esa gentuza se convertía en aliados, en hermanos de lucha, en ejemplo de dignidad y decencia, y los muertos venezolanos, muertos debían quedar, y si se les olvidaba, mucho mejor. ¿Se dejó de secuestrar, torturar, chantajear o asesinar venezolanos por esa alianza traidora a los intereses del país? No, porque ni eso fueron capaces de conseguir los muy inútiles, pero eso no importaba, un secuestro aquí, un muerto allá, ¿eso a quién le interesa? De lo único a preocuparse era de acallarlo en la prensa, que no se hable y todo resuelto. En la mente del cogollo ruin que maneja al país hay una sola idea: que la frontera se hunda y se cojan todo eso, mientras el ejército esté en Caracas, Maracay y Valencia para contener a los ciudadanos a los que se les ocurra salir a gritar basta ya de tantos delitos. Sin embargo, y debo decirlo en forma totalmente egoísta, como ciudadano de un pobre país que antes fue una República que ni instinto de supervivencia o soberanía tuvo, uno debe verle la utilidad a la guerrilla colombiana y todo su aparato de terror y muerte. 

   ¿Quién, dentro de todo el espectro sudamericano puede dudar de que si Colombia fuera un país en paz y cohesionado ya no controlaría la mitad del subcontinente? Nadie. Esa gente tiene la tenacidad y laboriosidad, la responsabilidad y disciplina para convertirse en una superpotencia, algo mayor que Brasil, tal vez del tipo de Canadá. Tienen recursos naturales, pero sobretodo una clase media racional y una oligarquía responsable que sabe que por encima de todo está Colombia, su paz, su crecimiento y su defensa. De estar unidos, ¿quién podría pararles el trote, sobretodo paisillos que cada tres años tumban y cambian el gobierno porque no transforma el agua en vino o las piedras en oro, o esperan que el Mesías los lleve a la tierra de promisión? ¿Que puede un país desmoralizado, desgarrado y decadente como la pobre Venezuela en estos momentos contra una ofensiva diplomática colombiana en toda la regla y un ejercito rearmado y dirigido por altos mandos graduados en la lucha contra delincuentes peligrosos y enloquecidos, y no vendiendo verduras o golpeando mujeres en manifestaciones? Nada, sólo llorar como mujeres lo que no sabrían defender como hombre (y que me perdonen las mujeres por tal figura literaria, pero es para ilustrar la falta de cojones). 

   Lo único que nos salva de todo eso, a pesar de que violan una y otra vez la soberanía de nuestros países, es la guerrilla criminal que lleva tantos años sembrando muerte allí, como Fidel en Cuba; su sola existencia amarra y retraza el crecimiento neogranadino. Y si a ver vamos, ¿puede creer alguien con dos dedos de frente que un grupo que lleva cuarenta años armado, matando campesinos, secuestrando mujeres, robando niños para adiestrarlos en sus odios y vicios, y protegiendo ahora al narcotráfico, puede traer paz y prosperidad? ¿Puede alguien imaginar que de ese pozo de vicios y muerte saldrá una sociedad mejor, más justa? ¿Se puede creer que ellos harán una Colombia superior? Eso sólo pueden creerlo los que desean engañarse… o los que tengan una fuga cerebral (esas cosas pasan, con una fiebre o un mal golpe). Hace treinta años era posible creer en sueños de gloria y romanticismo, de creer en un mundo más justo alcanzado por esos grupos abnegados. Pero luego de la caída del Bloque Soviético, con sus gulags y muertos por carretadas, así como sus vicios capitalistas que no alcanzaban a otros; o la buena vida que se da Fidel Castro y la recua de delincuentes que se hacen llamar cancilleres, artistas e intelectuales cubanos que viven sabrosos mientras toda una poblada vive entre la prostitución y el hambre, únicamente los muy necios pueden engañarse. A menos que a uno le den dinero, así uno dice compartir o creer cualquier cosa. 

   Esos aires románticos y casi míticos que alcanzan algunos personajes siempre me han intrigado, pero yo debo ser del tipo de Santo Tomás: ver para creer. Casi nunca puedo creer en bondades como apariciones de vírgenes, curaciones con piedras o imposiciones de manos, o en milagros. Cosa que no es tan sabrosa tampoco. A veces uno quiere ilusionarse con algo, pero no puede. Hace tiempo viendo un documental de History Channel, o Discovery o National Geographic, no recuerdo dónde, un gringuito, un joven catire, visitaba Bolivia y decía que en esas montañas había muerto el Che Guevara, entregado por los campesinos de la zona, y que ahora los nietos de esos campesinos lo idolatraban, y de ser ellos los de antes, el guerrillero estaría vivo. Lo decía convencido, pero a mí me vino una idea en seguida a la cabeza: ah, pero ni tú ni los hijos o nietos de esos campesinos lo conocieron y tuvieron que tratar o lidiar con él. Aquellos campesinos sí, y tal vez por eso tuvieron que entregarlo para salir de eso; porque hasta donde se han oído relatos de gente que escapó de Cuba en los primeros años, al Che le encantaba mucho interrogar prisioneros personalmente, ya que la tortura y los gritos (de otros) le gustaban demasiado. Pero así es la realidad, muchas veces no se investiga, se prefiere vivir del mito, del cuento, del: el mundo no es como es, ni la realidad, sino como me gustaría a mí que fuera o como yo creo que es. ¿Qué eso es irracional? Claro, pero ¿quién se los explica? La guerrilla colombiana y la revolución cubana fueron buenas… sólo en la imaginación de quienes soñaban con utopías. La realidad para quienes tienen que padecerla, es el infierno. 

   En fin, los muertos de Cararabo allí quedan. Casi nadie puede recordar todos sus nombres, sólo una imagen borrosa de los cadáveres, tendidos, tan muertos, tan feamente muertos, no era algo fácil de soportar ver los signos de mutilación. Sus madres, novias o mujeres los recordaran, y tal vez prendan una vela por el descanso de sus almas de vez en cuando. Y de tarde en tarde soltarán una lágrima por muchos años que hallan pasado. Sus muertos les duelen, así pase el tiempo que pase, sobretodo en el caso de las madres. Esa sangre no es importante para nadie aunque se derramó en medio de la noche y el miedo, del ruido de disparos, de explosiones y tal vez de gritos de compañeros que caían heridos, demandando una ayuda que no llegaría, o simplemente tenían pavor, donde unos a otros se decían que iban a matarlos a todos, repito, pensando tal vez en rendirse y con eso salvarse (los ilusos), temblando en un rincón, pero sobretodo deseando que la noche se acabara (en lo oscuro los terrores son mayores), que los asesinos se fueran o la ayuda llegara, defendiéndose contra un enemigo superior, protegiendo la abstracta idea de soberanía, concepto en el cual se ensucian tantos ahora al entregar el país pedazo a pedazo para satisfacer la vanidad enferma de un hombrecillo delirante. 

   Nadie recuerda ya a esos muchachos, nadie los llora, como no sean ellas, sus mujeres. Tal vez, como piensan ahora en estos tiempos de revolución de quinta, no eran gente importante, y más bien eran delincuentes imperialistas rechazando a la noble guerrilla. Después de todo no se trataban de un Ricaurte haciendo estallar el polvorín en San Mateo en una acción solitaria y suicida para impedir que cayera en manos de Boves, defendiendo la idea de una nación libre que nacía. Sin embargo parece injusto que tantos generalotes y oficiales de charreteras llenas de chapitas no los recuerden tampoco, ocupados como están en someter a la población con las armas de la República, ahora a las órdenes de un tiranillo antillano. Al menos están ellas, las mujeres de sus vidas. No recuerdo donde leí: maldito el hombre que no tiene al menos una mujer que llore su muerte. Que en paz descansen, ojalá recordara todos sus nombres, pero también yo he olvidado, como lo hizo José Vicente y los hombres que una vez creímos de honor dentro de sus uniformes. Que en paz descansen: José Orlando Colmenares Zambrano, Jorge Armada Aponte, Hernán Eloy Graterol Tovar, Nelson Gregorio Contreras, Félix Ramón Guarenas Silva, Cándido Arenas Mendoza, Jacinto Viloria Pereira y José Ascanio Aponte.  

Julio César.

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