RELATOS CONEXOS… (3)

…FINALIZA  ENCUENTRO EN LAS NUBES

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   Marineros, hombres cumplidores… 

   Mientras lo chupaba, el joven lo mira, sonriendo, excitado, subiendo y bajando su boca sobre el duro y cálido tolete, lengüeteándolo y chupándolo, contento de saber lo que le estaba provocando con su lengua. Su barbilla está  cubierta de saliva, jugos y algo de sudor, a pesar del aire acondicionado. Había algo increíblemente erótico en la escena de ese carajo en la posición del misionero, becerreándole el tolete a otro. Y hay que reconocer, aunque no hable muy bien del joven ni le interese en forma especial a sus padres, que el asistente de vuelo parece muy cómodo, de rodillas frente a ese tipo, vistiendo su uniforme de pantalón azul, camisa blanca y chalequito azul oscuro, de corbata. La tela se alisaba sobre sus musculosos muslos y firmes nalgas. El ancho tórax va y viene al ritmo de la boca chupona, que busca, encuentra, cubre y mama el enrojecido tolete, que también va y viene.  

   El muchacho cierra los ojos, ahogándose, cuando el tolete se dirige directamente a su gaznate con un golpe de caderas del otro. Aggg, es todo lo que sale de allí, y la saliva. Ladeando la cabeza, mama con ganas de la deliciosa carne, mientras le atrapa las bolas al traficante con una de sus manos, y con un dedo de la otra, sigue frotando y acariciando el pliegue que va de las bolas a la raja interglútea, por donde se mete, explorando travieso, y donde, finalmente, frota el ojete del culo, provocándole horribles y maravillosas cosquillas al otro tipo, que gruñe roncamente al sentirse tocado y acariciado allí, en la parte más secreta y sagrada de todo carajo que se respete.  

   En esos momentos no hay nada más en la mente de esos dos hombres. Sólo sienten y gozan del poder del sexo, y quieren eso. Ese tolete cubierto de saliva coge y coge esa boca joven y viril, que chupaba con una fiereza sorprendente, que encantaba y escandalizaba al traficante; ¡vaya que le gustaba mamar güevo a ese muchacho! Tanto ejercicio (del bueno, del que da placer) los tiene cubiertos, o eso creen, de una fina capa de transpiración pegajosa e incomoda; pero todo lo que se oyen son ahogados gruñidos, y las chupetadas y gorgoritos de saliva que salen de la boca del mamador. Y justo en esos momentos, ¡alguien llama a la puerta!  

   Los dos hombres se congelan rápidamente. Con la boca abierta, totalmente en shock, Genaro mira la puerta, donde la llamada se repite. El güevo sigue clavado en la boca del chico, quien mira al otro, entre divertido y alarmado, ¡era grave que lo atraparan así, con las manos en la masa… o con un güevo en la boca!, la aerolínea no iba a perdonárselo (a menos que mamara a la gente indicada). Por su parte, Genaro ya se imaginaba, sin pantalones, con el culo al aire, siendo arrastrado por dos policías a enfrentar a un grupo de reporteros feroces como los del canal venezolano de veinticuatro horas de noticias, Global; a quienes tendría que explicar por qué no hacía esas cosas como el resto de los degenerados, cerca de una escuela pública con una bolsa de caramelos en la mano.  

   -¿Hay alguien allí? -pregunta una voz alto urgida.  

   -Está… ocupado. -grazna, roncamente, Genaro.  

   -Lleva bastante rato adentro, ¿qué hace? -parece molestarse el otro. Y en ese momento, Genaro siente que la boca quieta del chico, ¡continua mamándolo!, halándolo con su garganta y apretándolo con sus mejillas y lengua. ¡Coño, parecía un chupón!  

   -Tengo diarrea. -gruñe con voz de falsete, conteniéndose ante el rico placer que siente.  

   Las llamadas no se repiten, pero una voz airada va alejándose. Y sí quién fuera, ¿llamaba a alguien? Muchos debieron verlo entrar al inodoro, y notarían después al muchacho que entraba. Y seguramente imaginaban lo que allí estaba pasando (bueno, no que el chico lo mamaba, a lo mejor creían que era él, quien lo mamaba; lo que era peor todavía), y… ¡Hasta ahí llega todo razonamiento!, el joven libra su tolete, agarrándolo con una mano firme, sobándolo de arriba abajo, sonriéndole con picardía, con los ojos brillantes de lujuria y la barbilla cubierta por su saliva; y lo vio darle, con la punta de la lengua, pequeños azotes a la roja cabezota de su tranca, sacándole gemidos de angustia y placer. ¡Le gusta, carajo! Le encantaba eso que le hacía el joven, con su boca y con su lengua ávida y virtuosa. ¡Le gustaba mucho!  

   -Cómetelo, por favor… -le pide nuevamente, temblando todo.  

   Algo jadeante (el esfuerzo de mamar y respirar al mismo tiempo era grande, y este mundo estaba lleno de gente que no podía hacer dos cosas al mismo tiempo sin colapsar), el muchacho le sonríe, agradeciéndole su deseo; le gusta trabajar güevos con la boca, y era bueno saber que lo hacía rico. Con ahínco, cubre el glande con sus labios y va tragándolo lentamente, con unos ahogados uggg. Genaro va contra él, metiéndole y sacándole el tolete de la boca, rítmicamente; y ese joven, con su boca hambrienta y muy abierta, va también a su encuentro. Conformaban una atractiva pareja que suda y jadea, produciendo un cálido cóctel de sexo duro y rudo. Una mano de Genaro le cae en la nuca, atrapándole un puñado de cabellos ásperos, revolviéndolos y halándolos casi con violencia, sintiéndose vivo en esos momentos, y malo, mientras lo guía con apremio sobre su larga tranca; exigiéndole más velocidad, que cubriera más, que lo chupara bien. El puño se cierra fiero, ahora sin mimos, halándolo con fuerza sobre su güevo, clavándoselo hasta el fondo, queriendo meterse allí.  

   -Cómetelo todo, bebé. Quiero que te lo tragues todo. Te gusta, ¿verdad? ¿Te gusta mucho mamar güevos? ¿Te gusta tener mi güevote en tu boquita, bebé? -se siente caliente, grosero, y hablarle así, lo excita también.  

   El hombre quiere ser violento, pero también amistoso. Él mismo no se entiende; pero encuentra fascinante tener a ese joven allí, arrodillado frente a él, con el negro cabello erizado en su mano, con la boca muy abierta por el diámetro de su tranca, con sus mejillas afiladas, mientras iba y venia sobre él, mamándolo. Quería halarle el cabello con fuerza. Nunca imaginó que el que otro carajo le mamara el güevo fuera algo así, ¡tan sabroso! Y mientras bombea sus caderas contra ese rostro, lamenta no haber probado antes una experiencia como esa, él que conocía a tantos mariquitos bien hechecitos.  

   Como con Tony, ese catire que él conocía, y que se veía que era maricón, el gemelo de Vito (amigos suyos los dos; y con amigos como él…). Tony parecía un carajo legal y hétero, pero más de una vez Genaro notó cómo le miraba el entrepierna, como imaginando o deseando cosas grandes y duras; de una forma que ahora, con esa boca y lengua apretándole el güevo, mamándolo, le produce escalofríos recordar. Elocuentemente se muerde el labio inferior y sonríe al imaginarse al catire ése, Tony, de rodillas frente a él, sumiso y ansioso, mamándole el güevo así, con las ganas con las que becerreaba este muchachote. Imagina al catire gimiendo, atrapándole el güevo, lamiéndolo con esas ganas, mordisqueándolo con delicadeza, pero sobretodo chupándolo y atenazándolo. Le excitaba la idea de tener al amigo, Tony, mamándolo, y él llamándolo maricón, que mamara bien, maricón de mierda.  

   El hombre abre los ojos y la boca con fuerza, gimiendo como si se muriera, sin temor ya a ser oído. Chilla roncamente, aunque no quiere, mientras todo su cuerpo tiembla, dando medio paso hacia atrás, tambaleante, sacando el rojo e hinchado güevo mojado de saliva, de esa boca. La mente le queda en blanco mientras se siente envuelto por oleadas de placer puro que lo recorren todo; momento en que del ojete de la tranca escapa un chorro espeso y ardiente de semen, cruzándole la frente, la ceja derecha, la nariz y labios al joven. Genaro, temblando, sintiendo que no aguanta y que se cae, lo mira, le atrapa la nuca y con un golpe seco vuelve a clavarle el tolete en la boca. Chilla nuevamente mientras un segundo y tercer disparo estallan dentro del otro, mojándole la lengua y las amígdalas, sintiéndolo mamar como un chivito, tragándose toda su cálido y abundante esperma. El joven parece paladear y beber, con una expresión extraviada de felicidad en la cara, cruzada también por el primer chorro.  

   Aún temblando, medio turulato ante el clímax alcanzado (fue bastante fuerte), Genaro retrocede, sacando su tranca de la húmeda y viciosa trampa que era esa boca, y cae sentado sobre el inodoro. El joven lo mira, todavía de rodillas, con los labios entreabiertos, donde parece brillar la saliva y el semen. Finalmente se pone de pie, dándole la espalda y abriendo los dos grifos del lavamanos donde, ahuecando las manos, moja su cara. Ahora, alcanzado el orgasmo, Genaro se siente embarazado e incómodo de tenerlo allí. El joven, con la cara mojada, se vuelve a mirarlo, lamiendo aún sus labios, en un gesto que le choca al otro (¡ahora!).  

   -Tu leche sabe bien. 

   -¿Cómo… cómo puedes tragarte…? -gruñe ronco, el traficante. Con curiosidad.  

   -Es cuestión de gustos. A mí me parece que no hay nada que sepa mejor en este mundo, que un buen güevo caliente y duro en la boca. Hace que… algo despierte en mí, queriendo más y más. Es difícil de explicar… siento que la sangre me corre más rápido, que tiemblo de ganas, con deseos anticipados. Cuando las trancas tiemblan y sueltan sus jugos, siento que… estoy más vivo. Que todo yo, soy más real. -dice meditando y encogiéndose de hombros.- ¡Y sabe como a yogur! -eso le provoca un escalofrío, nada erótico, al otro.  

   Se hace un silencio que va prolongándose entre los dos, volviéndose más incómodo, mientras el joven seca su rostro, y el tolete de Genaro cuelga ya blando. El hombre deseaba quedarse solo y asearse, pero ahora no se atrevía a moverse con el otro allí. El joven termina de ajustarse la corbata frente al espejo y se lleva la mano derecha a la cara y olfatea, como buscando olores extraños. Nuevamente mira al traficante, con una media sonrisa, y al otro hombre le parece que el joven espera algo más, una despedida, un chao, o una invitación para tomar un café. Pero en ese preciso momento a Genaro no le habrían podido sacar una palabra ni apretando un cuchillo filoso contra su garganta. Con una leve mueca de boca, algo parecido a una sonrisa, el joven se despide y abre la puerta, después de dudar un momento. En cuanto abrió (momento que aterraba al otro), Genaro lo ve tomar aire y sacar pecho, dispuesto a enfrentar la situación con la sonrisa de un vendedor de bonos de la deuda pública venezolana, una sonrisa que jamás moría y asustaba un poco a todo el mundo.  

   ¡Dios, que locura había cometido!, se reprende Genaro, como han hecho miles de millones antes que él, ¡después de hacer las cosas! Nunca antes. Jadea intentando recuperar el control y echa la nuca hacia atrás. Una sonrisa entre avergonzada y divertida suaviza su rostro. Siente como el sudor se enfría sobre su cuerpo. El güevo estaba blando ya. Saciado totalmente, y hasta acalambrado. Esa boca le había dado una tremenda mamada, ¡una maravillosa mamada! Genaro no era un hombre introspectivo, era de los que se gozaba más en las sensaciones físicas que en las mentales. Le gustaba el sexo, estaba tirando desde los catorce años, cuando una vecinita le abrió las piernas y todo un mundo nuevo, no sólo el de las pajas solitarias en su cuarto o el baño. Pero esto que acababa de vivir era una locura. ¡Una que le gustó muchísimo!  

   Al primer momento de vergüenza, llega un segundo de excitación. Le gustó, carajo. Disfrutó sentir esa boca ruda y viril que le mamaba hasta el alma. Ahora por su mente, mientras cierra los ojos y sigue controlando la respiración, cruza una imagen de ese carajote joven en tanga (seguramente las usaba pequeñas, como él), recostado boca abajo en un sofá, esperándolo, meciendo el culo bajo la suave y breve tela, esperando que él le enterrara el güevo en… ¡Coño, iba demasiado rápido!; se reprende. Subiéndose el calzoncillo hasta el bajo bolas, y subiendo también el pantalón, se dirige al lavamanos para asearse un poco, sintiendo que el tolete le hormiguea, a pesar de sí mismo, al no poder alejar mucho de su imaginación la imagen del muchacho en bikini esperando a un amante en el sofá, todo putón y caliente. ¡Que coño, él era un hombre, y eso no iba a cambiarlo el que un marica le mamara el güevo… otra vez!, ¿por qué no invitarlo a tomar una copa en Nueva York? No tenía que rendirle cuentas a nadie. Y la verdad era que el gusanillo de la curiosidad lo había picado.  

   Y al pensar en cuentas por rendir, por primera vez una sombra de preocupación cruza su rostro. Lo que hizo fue extraño, y no sólo por haberse dejado mamar por otro hombre (y que, de paso, le sobaba el culo, aunque tan a fondo no quería llegar en su análisis), sino por la forma en qué se presentó. Le gustó esa pequeña aventurilla sexual en el baño del avión, no podía negarlo. Estaba caliente, el chico vino, lo mamó y fue indoloro, inconsecuente, y sabroso. Lo que le alarmaba un poco, por las implicaciones y el dónde podía terminar, era la idea de que el mundo del sexo acababa de ampliársele increíblemente, como a los catorce años con la vecinita; ¡habían tantos maricas de cara bonita y boca grande! Pero era raro que se diera así, tan fácil. ¿Y sí hubiera sido una prueba o una trampa montada por uno de los jefes? Esa gente era muy capaz de eso, tan sólo para ver hasta dónde llegaba él bajo las circunstancias; o para cazarlo. Para tener algo en su contra. Era así como se movían ellos, los poderosos jefes del Grupo.  

   Genaro Montes era un traficante de sueños, un hombre atractivo, inteligente, sensual y osado; y que conocía bien la naturaleza humana. Era capaz de sentarse al lado de alguien y susurrarle al oído que él o ella, eran la persona, el o la mejor, la persona indicada, y que sí lo escuchaba a él, tendría los reinos de La Tierra, sus glorias y fortunas. Inflamaba egos, sembraba esperanzas en los demás, usaba las apetencias, los deseos y las ambiciones de otros para elevarlos por un momento y luego dejarlos caer cuando ya no servían a su causa. Se sentaba al lado de gente humilde e inteligente, como Manuel Nova, y le decía que el país lo necesitaba, que él era el hombre, y lo rodeaba de guardaespaldas, choferes, de carros y cuentas en restoranes y tiendas; lo trabajaba, lo usaba y lo descartaba. En sus correrías, podía trabajar para hombres como el Carpintero o el Muñidor, por dinero; pero sólo cuando sus jefes reales, lo ordenaban. Él era un agente del peligroso Sindicato del Crimen, un grupo gótico de villanos que se movían en las sombras, amasando fortunas y poder, sin ninguna otra consideración de valor ético, moral o religioso. Y dentro del Sindicato, él era agente de la implacable y temible Diana (una mujer tan hermosa e inteligente, como peligrosa), y muchos lo sabían. Dentro del Sindicato no eran extrañas las luchas de poderes, y alguien como Alfonso, socio y enemigo de Diana (o el mismísimo Azael), podía haber tramado algo como esto para comprometerlo ante la mujer.  

   Por un momento (sólo un instante infinitesimal, antes de abandonar la idea para siempre), el hombre se dice que era una pena que los intereses económicos del Sindicato del Crimen chocaran con el deseo de millones de venezolanos, que miraban aterrados el cerco que se tendía alrededor del país. El grupo secreto tenía sus propios intereses creados en el caos que asolaba a Venezuela. Nadie se lo había dicho a él, pero sabía (gracias al Nazi) que el grupo tenía la vista puesta en el negocio petrolero. Y con tal de ponerle la mano a esa fuente de riquezas incalculables harían lo que fuera (al Sindicato sólo le interesaba la plata, nada más); grupos diversos y aparentemente enfrentados dentro y fuera de Venezuela, habían pactado para dejar que en la pequeña nación caribeña, un hombre que hablaba de conucos, pulperías y cultivos organipónicos en los parques (con lo peligroso que eran), hiciera lo que le diera la gana, persiguiendo y enjuiciando gente, acabando con cada libertad y derecho ciudadano mientras los dejara poner las manos en los hidrocarburos. El Grupo era pragmático en eso, como lo eran todos.  

   En realidad, a Genaro no le importaba mucho lo qué pasara más tarde con el país (no a él, que ganaba sus buenos millones); el problema eran Marina Y Felicia, activistas las dos, que sufrían hasta de pesadillas al temer en lo que podría terminar todo. Al hombre le parecía increíble que esas dos mujeres, tan distintas entre sí, unidas únicamente por él, que se acostaba con ambas, compartieran también esa angustia por algo que veían, y las aterraba, en el horizonte; una noche, llorosa, Marina le dijo que debía ser horrible tener que abandonar el país donde se nació, huyendo, para vivir como una paria en otras tierras, como el mundo había condenado a los cubanos hacia décadas, mientras disfrutaban del turismo sexual en la isla. Y ese mismo temor lo vivía Felicia.  

   No, no quiere pensar en eso. No le gusta. No es divertido. ¡Nunca pasará! Con una sonrisa, acomodándose la camisa dentro del pantalón y ajustándose la corbata, se pregunta dos cosas: ¿cómo se habrían conocido toda esa galería de maleantes y criminales (Diana, Azael, Alfonso, Araña, el Nazi, los gemelos)? Lo otro era, ¿y sí invitaba al tipito ese a tomarse un trago? ¿Tal vez otro buche de esperma? ¿Por qué no? A tirar y punto, todo lo demás podía esperar, sobretodo las preocupaciones, ya que pensar en eso no era tan rico como usar aquello dentro de lo otro…                                                  JUVENTUD, DULCE Y CRUEL..

   Todo lo que aquel hombre hecho y derecho (casado, con hijas, con una carrera que le había costado chapalear bastante en la mierda, sin importarle, pero haciendo billete del bueno) quería, no podía comprarlo con real, y eso no pudo entenderlo en su momento, siendo condenado al final. Aquello simplemente había sido un regalo de la vida. Un obsequio desviado, obsceno, pero maravilloso para él; pero para mantenerlo, el precio era demasiado alto, como lo era para tanta gente: honestidad y hasta decencia personal. ¡Demasiado alto!  

   Cuando el almirante Justino Rosas conoció a Lucas Liscano, le hirió en los ojos y el alma contemplar su alegría, juventud y candor de chico bien criado, universitario, medio sifrinito y medio pendejo, que creía que la virtud o el honor, eran escudos que podían protegerlo a él, y al mundo, del mal. ¡Era un grandísimo güevón! Obviamente era un joven que había sido protegido por padres que quisieron apartar de él todo cáliz de amargura, hasta que la vida, y el Gobierno, vinieron a ponerle los pies sobre la tierra.  

   Al uniformado le parecía que el joven era distinto a todos los que habían venido con él desde Caracas. El respeto que mostraba al hablar con él, u otro militar, parecía genuino; no un simple formulismo social, mientras pensaba para sus adentro que todos eran una cagada, como muchos pensaban ahora de los uniformados. Había algo en él que parecía pedirles que fueran sus amigos y que no lo atacaran porque él no estaba allí para pelear contra ellos. Y eso desarmaba un poco a Justino; porque él sí iba a atacarlo, y a todos ellos. Era una orden y él iba a cumplirla como cumpliría cualquier otra que le asegurara el cargo que ahora ostentaba y que cuatro años atrás jamás imaginó alcanzar, por falta de méritos personales y profesionales.  

   La gente que vino de Caracas, en representación de eso que llamaban los opositores, no confiaba en los militares. Tenían pruebas de que el valor y el honor ya no se divisaban por esos lados. Pero Lucas no parecía odiarlos, y a Justino, aunque no quería, le parecía un jovencito demasiado atractivo. Cuando se cruzaba con él, en la calle, en el liceo Juana Sujo, o en una esquina donde repartía volantes del partido político al que representaba (El Justiciero, vaya nombre idiota), se veía llamativo enfundado en su franela amarilla y su jeans azul desgastado y ajustado a su entrepierna, donde, sin querer, iba, a veces, la mirada de Justino. No era un joven alto, pero si musculoso y vital, como chico de gimnasio que cuida su cuerpo, una moda maniática y hasta estúpida que había estallado con furor, en tiempos en que los llamados toripollos ya no eran vilipendiados o ridiculizados como en el pasado. Su cabello era castaño, abundante y sedoso; y sus ojos eran amarillentos. Su torso era abultado y su panza plana. Pero lo mejor, pensaba el otro (estremeciéndose de pavor, pero también de lujuria), era su entrepierna, donde podía adivinarse un tolete algo abultado, llevado a punto de disparo, como estaba siempre en los tipos jóvenes, donde la idea de tirar y coger (¿tal vez culo?) lo que fuera, era lo único importante.  

   La presencia del chico hacía difícil la existencia del uniformado, quien intentaba llevar una vida privada ejemplar y discreta, no tanto por el recato y las normas, sino para cuidarse de ese saco de gatas locas que eran las Fuerzas Conjuntas, donde todo el mundo vigilaba a todo el mundo, buscando el momento de echarle un vainón a los demás. Y lo peor que podía pasarle a él era ser atrapado en mariqueras con muchachos como ese. Pero Justino era un tipo joven aún, y la sangre, al igual que la carne, se calentaba, ¡y se ponía dura en el caso de la carne! Su mujer llevaba ya un mes en Boca Ratón, Miami, gozando lo que él se ganaba con tanto esfuerzo en la aduana; descansado en una ciudad civilizada, aseada y ordenada. Ya, antes, había estado calentorro un tiempo por algo como eso,  algo que lo turbó y fastidió durante meses, aunque intentó por todos los medios de relegarlo al olvido. 

CONTINUARÁ… 

Julio César.

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