ENNIS DEL MAR SE DECIDE…
Este es un cuento versionado de ANÓNIMO, quien escribió en el PUTOJACKTWIST, o creo que todos son en el puto Jack porque me gusta mucho ese blog; lamentablemente no recuerdo mayores detalles del autor.
HOY SERÁ…
Ahora entendía que sólo en esos momentos vivió…
Frente a la mesa a la cual se ha sentado durante años y años para almorzar lo mismo, granos, arroz, algo de cerdo o bistec, excepto al ir por la carretera cuando se deleitaba en las fondas para camioneros, Ennis del Mar no puede tragar, y su mirada lejana, cerrada y huidiza, a un tiempo que increíblemente infeliz, parecía más pérdida dentro de sí mismo que en el plato. Por dentro hervía de rabia, de frustración, de auto compasión. Estaba triste, muy triste por él mismo. Se tenía tanta lástima, y eso le parecía tan deprimente, un reconocimiento final del fracaso en que había convertido su vida, que no puede ni despegar los labios para fingir que come. Piensa en un hombre, un hombre con el que discutió amargamente hace poco, un hombre que toda la vida lo había amado y había esperado por él, a que hiciera tan sólo un gesto, momento cuando acudía a la carrera. Ese pensamiento hace que con rebeldía se grite para sus adentros que ya no podía más, que ya no podía continuar lejos de Jack Twist.
Salir a buscarlo y encontrarlo, gritándole de una vez que era su vida y que seguir sin él era imposible, eran pensamientos que lo llenaban de emoción, de excitación, pero también de miedo porque a lo largo de toda su vida, él, Ennis del Mar, había sido cobarde, no podía darse otro nombre. Lo sabía. Desde hace veinte años vivía una mentira, una vida que no era la suya por temor al qué dirían, al qué pensarían de él; le aterraba casi hasta la asfixia que le gritaran en la calle: ‘ahí va el viejo marica de Ennis del Mar’. Pero sobretodo, el miedo que siempre sintió de sí mismo, de admitir por fin que sí, que era eso al fin y al cabo, que era un carajo que había cometido el terrible pecado, porque así le dijeron todos que era (un pecado mortal) de amar a otro hombre. Él nunca tuvo el valor para romper con el miedo, de deslastrarse de ese peso muerto que tanto lo había agobiado. No era como su Jack, quien una tarde, en lo alto de una montaña, le contó de aquel toro brioso que lo arrojó tres veces al suelo, con violencia, lastimándolo, antes de lograr sostenerse sobre él. Y sus hermosos ojos, ojos que para Ennis no tenían igual en todo el mundo, brillaban de excitación y felicidad al contarlo. Él le preguntó por qué hizo eso, por qué se arriesgó así. Y con el mismo brillo en su mirada, sonriendo como si de una pregunta tonta se tratara, le había respondido.
-Por que me gusta, Ennis, porque soy un hombre de rodeo. Prefiero subir a un toro y sostenerme en él aunque sean diez segundos, a riesgo de caer y romperme todos los huesos contra el suelo, a mirar la lidia desde detrás de la cerca y nunca experimentar esa sensación; porque cuando lo hago, me siento vivo, feliz. –y enseñaba todos sus dientes al decirlo, con todas esas palabras que solía usar, a diferencia de él.
Así era Jack. Así encaraba cada aspecto de su vida, como cuando se había enamorado de él en Brokeback Mountain y esa noche decidió jugarse el todo por el todo, arriesgándose a ser rechazado o agredido, pero imposibilitado de contenerse, porque detenerse en ese punto no era vivir. Ahora él debía ser así, se dice Ennis, sin moverse, mirando su comida. ¡Y lo sería! Abandonaría todo y correría tras él. Recogería las pocas cosas que en este mundo le pertenecían y dejaría esa vida de estrecheses del alma, de sueños mezquinos, de estar sin vivir. Sonríe levemente, con algo que sólo llega a ser una leve mueca irónica, amarga; bueno, tampoco es que fuera a cargar con mucho, todo lo que era de él cabía en una bolsa de papel, una como aquella donde cargaba lo poco que tenía frente al trailer oficina de Aguirre esa mañana cálida cuando alzó la vista, tímido, y descubrió a ese tipo joven y atractivo que lo miraba con franca curiosidad, y había entrevisto la tormenta que llegaría un día barriéndolo todo en esas pupilas, y azorado tuvo que bajar el rostro, sintiéndose desnudo y descubierto en esa mirada que parecía la de un niño juguetón, bueno y maravilloso.
No, no tendría que cargar con mucho. Todo lo que era importante para él, podía transportarlo en el corazón, llevándolo dentro de sí. El cariño por sus hijas y su amor por Jack, lo único que daba sentido a su vida haciéndole sonreír de vez en cuando. El recuerdo de Jack, de su voz, de su sonrisa, de su mirada, de su aliento y besos, del calor de su cuerpo, de la entrega que siempre encontraba en él era lo único real, era la bendición que alegraba su existencia gris, pero también el castigo de la misma. Esa última discusión, cuando Jack le propuso que dejaran todo, nuevamente, y que escaparan al Sur, a México, donde los dejarían tranquilos, él se sintió lleno de rabia y rencor, porque entendió que Jack lo había hecho ya, cruzar a México donde podía estar sin que lo molestaran, y al imaginar a su Jack cruzando la frontera, de noche, furtivo, entre las sombras, buscando a otros, otros que lo tocarían con sus manos sucias, que recorrerían su pecho, hombros y espalda, que tal vez posarían sus bocas de putos en la suya, ¡qué lo poseían!, le hizo amenazarle, gritarle y acusarlo. La mirada dolida de Jack al decirle que ojala hubiera aprendido cómo olvidarlo hace veinte años atrás lo hirió tanto que le costó respirar o pensar, en ese instante Ennis sintió que se moría, como cuando lo vio alejare, años antes, al bajar de la montaña, cuando era joven y tonto y creyó (qué idiota fue) que terminaría olvidándolo. Por eso tuvo que gritarle que lo olvidara, que se fuera, que lo abandonara y lo dejara como estaba, sin nada. Le gritó y lo acusó, pero Jack fue a su lado a sostenerlo y consolarlo cuando cayó imposibilitado de soportar el peso de su infelicidad, lo sostuvo como siempre hizo, y el sonido de su corazón le gritaba aún en ese momento que todo estaba bien, aunque fuera mentira. Pero esa misma discusión, ahora, le hacía entender que el otro tenía razón. Que vivir sin estar juntos era absurdo.
Mirando su plato de comida intacto, Ennis comprende que vivir sin Jack no era vida en verdad, que siempre le había entregado muy poco. “Pero era lo único que podía dar, lo único que me atreví a darte, Jack. ¿Lo entendiste? ¿Entendiste que no podía hacer más, que no podía darte más?”, le atormenta pensar ahora. “Mis miedos, que ahora parecen idioteces, no me dejaron amarte más, aunque eres todo para mí; ni tú mismo puedes imaginar las cosas que quise darte, las que deseé decir, los besos y palabras dulces que necesitaba soltar en tu nuca en esas noches cuando sólo podía aferrarme a ti para tener algo; y eras tú, el mejor regalo que Dios podría darme nunca, aunque dicen que esas cosas las castiga”. Y siente miedo, porque la mirada se le nubla un poco. Quiere una vida con el otro. Desea estar en la habitación de una casa pequeña y tosca, y saber que Jack está en la otra, sirviéndose un café o tomando una cerveza, trayendo otra en la mano para él. Desea una vida donde puede topárselo en el pasillo, en la mesa del comedor, al salir del baño… en la cama, cada noche, donde se cobijaría en sus brazos y ya nada más importaría, el mundo podía terminarse y a él nada le afectaría porque ya estaría en la gloria. No habría ausencia, separación ni añoranzas. No despertaría en medio de la noche extrañándolo, deseando con todas sus ganas que estuviera ahí para tocarlo simplemente, para ser feliz y no encontrar únicamente el vacío y la soledad.
Ennis desea todo eso, ¡e iba a obtenerlo! Iría tras Jack, aunque el miedo al ridículo, a que lo miren extraño, con asco, sigue luchando por dominarlo. Le asusta pensar en caminar al lado de Jack y que otros noten que lo adora, que otros lean en los ojos de Jack todo el amor que siente por él. Y tiene que botar aire casi molesto, ¡Jack no sentía esos miedos! Nunca los sentía, algo le nacía del corazón e iba tras ello. Recuerda esa noche en la montaña, cuando el maldito oso lo atacó y llegó tarde, herido, encontrando a Jack ebrio y molesto al no tener la cena hecha. Nada más verle sangrar, Jack cambió, en su mirada hubo preocupación y amor, algo que le asustó tanto que él tuvo que ser brusco y quitarle el pañuelo, pañuelo que el otro llevaba a su cuello, con el que pretendía limpiar su herida. Jack había deseado acunarlo y protegerlo, porque le salía, y quiso atenderlo con ternura, aún a pesar de sus reticencias.
Por él debía abandonar todo esto. Dejar atrás los días sin sentidos que pasaban uno tras otro, sin significado, sin metas, mientras él sólo pensaba en Jack, preguntándose cómo estaría, qué estaría haciendo… y celándolo, porque a veces lo imaginaba cansándose de él, de buscarlo y entregársele con desinterés, de esperarlo, e iba a buscar otra vida en otros brazos que tal vez cobijarían con más desición y franqueza, sin miedos. Los días vacíos que nada decían pesaban demasiado en su alma en esos momentos. Con pesar entiende todo el alcance de su culpa, durante veinte años no había sabido hacer feliz a nadie. Ni a Alma, ni a Jack, ni a él mismo. Los años fueron pasando, el tiempo robaba sueños, fuerzas y juventudes y él no se había decidido, no había sabido cómo atender a la única persona que había amado nunca.
La verdad de esa revelación le lastima horriblemente. Jack no había sido nunca feliz porque él no había dicho las palabras que hacían falta (está bien, vámonos juntos), aún las más evidentes (te amo, Jack, te amé desde que bajaste de esa vieja camioneta hace veinte años atrás). Había intentado contentarse con la vida que llevaban todos, con lo que todos esperaban que hubiera hecho: casarse, tener hijos, una casa donde iría envejeciendo, tal vez amargado. Así el mundo sería feliz, así otros dirían que había cumplido; pero para él nunca bastó, nunca llenó sus noches cuando al lado de Alma, o a solas, pensaba en Jack, en su mirada que tantas cosas decía, en su sonrisa, a veces alegre y vital, otras triste y de aceptación, pero siempre cargada de ternura, de ternura hacia él, un maldito cobarde; y el dolor que sentía le indicaba que se había equivocado amargamente muchos años atrás.
“Pero Jack no se conformaba con lo simple, lo fácil. Nunca lo hizo”. Cuando se cansó de comer algo que no le gustaba, se lo dijo claramente y prefirió salir a matar un alce a continuar igual. “Él nunca se conformó, sólo mi dejación lo frenó un poco, porque con otra persona, o si yo nunca hubiera estado, Jack habría continuado cabalgando para siempre tras el sol, sin detenerse, seguro de que algún día alcanzaría sus sueños, buscando un lugar que no sabía dónde quedaba, pero que intuía; cabalgando sonriente, con su sombrero, con sus gritos de muchacho fanfarrón. Jack habría continuado intentando encontrar la felicidad para siempre, si yo no hubiera existido”, se recrimina. Sentado frente a la mesa de mantel plástico a cuadros, el hombre siente que se ahoga de culpa, de arrepentimiento, pero también de esperanzas, de emoción, tal vez de eso que llamaban redención, no lo sabía.
“Pero ahora yo te cumpliré, Jack, aunque tú nunca me exigiste que prometiera nada. Seré el hombre que debí ser. Me iré contigo. Mis hijas son mayorcitas ya y un día entenderán a su padre. Y tal vez lo perdonen. Un día les diré, si me alcanza el valor, que su viejo padre ya no podía seguir así, sin nada real en su vida. Sin felicidad, sintiéndose vacío y muerto por dentro. Un día, si me atrevo, aunque me odien y me escupan al rostro, les diré que no podía continuar sin la persona a la que siempre he amado. Y diré tu nombre, Jack; y lo gritaré hasta que comprendan que es mágico”. Debía ser valiente, se dice, como lo fue Jack cuando al año siguiente volvió a la oficina de Aguirre, preguntando por trabajo, aún sabiendo que aquel sujeto lo sabía todo. No le importaba ser señalado, tal vez ofendido o agredido; él había vuelto para preguntar si alguien sabía el paradero de un tal Ennis del Mar, un rastro que no se cansaría de buscar en el viento, en el cielo, en la distancia durante cuatro años; porque el otro prefería ser insultado a olvidar simplemente la cosa más importante, grande y hermosa que había pasado por su vida.
Ese recuerdo le da fuerzas para desechar de una vez sus miedos, sus traumas, la culpa que siempre había sentido por amar a otro hombre, por cometer el pecado nefasto del que los viejos hablaban cuando no era más que un niño impresionable y solitario. Por Jack dejaría atrás el temor al que dirán, al que lo señalen en la calle y rían por lo alto, ofensivos. Estaba cansado de sus silencios, de no poder decirle me gusta tu sonrisa, me gustan tus ojos, o me has hecho tan feliz que no imagino mi vida sin ti. Quiere dejar ese mundo de sombras, quiere sol, quiere ver a Jack sonriendo de dicha cuando le diga todo lo que siente. Ennis quería cambiar todo lo que había sido hasta ahora, borrar toda su vida, excepto el recuerdo de Jack. Quería comenzar de nuevo, partir de cero, sin pesares, sin desengaños, sin frustraciones. Quiere discutir con Jack por mil pequeñeces bajo un mismo techo, como esos matrimonios que envejecen aparentemente antagónicos pero que en verdad se aman con locura, cada día un poquito más. Quiere ser generoso, ser abnegado, ser decidido como Jack, quien prefería mil veces pasar catorce o quince horas seguidas en su camioneta por esas carreteras que los habían separado siempre, a quedarse sentado en un sofá, pensando en él, sólo soñando y deseando sin hacer nada al respecto.
Con manos torpes aleja el plato y sacando la cartera deja unos arrugados billetes sobre la mesa, poniéndose de pie, como si estuviera mareado. Así se sentía ante la enormidad del paso que iba a dar. Deseaba comenzar una vida nueva, una con Jack. Tenía casi cuarenta años pero podía hacerlo, se dice sonriendo leve, con ojos brillantes. Jack no lo encontraría tan atractivo ni joven como antes, pero él se daría mañas para que no lo notara. Le enviaría una postal como siempre, citándolo, se dice agitado, luego le haría una llamada telefónica, una como nunca antes había hecho otra, con los ojos cerrados y hablando rápido para dejarlo salir todo. Una donde diría que quería comenzar una vida nueva, una junto a él, que le dijera cuándo y dónde se encontrarían e iría. Sonríe leve mientras va saliendo, imaginando la sorpresa de Jack, que sería grande si se parecía a la cálida y poderosa sensación de felicidad y temor que sentía en esos momentos. Estaría con Jack hasta que se le acabara la vida, sin esperar agostos ni noviembres. Estarían juntos cada mañana, cada tarde y cada noche, y abrazado a su espalda, con la nariz enterrada en su nuca, sabía que descansaría al fin cada noche, que estaría completo y sería feliz, sin los miedos que atormentaron toda su vida, miedos que Jack jamás comprendió ni compartió, como le dijo un noche, en esa carpa, en otro agosto.
-Prefiero mil veces morir apaleado a vivir toda una vida sólo de sueños o ilusiones, Ennis; de esperar por eso que no hago nada por alcanzar…
Julio César.
NOTA: En mi otro blog he recibido algunos comentarios, que escuetamente dicen: deja ya estos cuentos, aburren. Extrañamente, contrario a cuando me medio llaman la atención sobre cualquier otro tema, que me molesta, estos me hicieron reír; claro que sé que tres lo hicieron amigos míos, ¡uno hasta usó mi computadora! Lo siento, pero con este título de página, ¿qué más puedo escribir? Pensar dejar de hacerlo me parece inconcebible. Lo que puedo hacer es, tal vez, reducir el número de sus cuentos, pero Brokeback Mountain, Ennis y Jack siempre estarán aquí, para eso inicié este sitio. Lamento fastidiar un poco pero así es. Chao…
