LUCHA LIBRE

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   -Ahora me las pagas todas… 

   -Jorge no es más que un güevón que gana siempre en la lucha libre porque ustedes son unos mamagüevos. –replica insolente Renato en los vestuarios, cuando le advierten que deje de molestar tanto al otro, brusco, riente, desvistiéndose, mostrando el suspensorio blanco que ya usa, antes de ponerse, con esfuerzo, el chico y ajustado traje rojo, que parece atorarse en sus muslos musculosos. Tiene veinticinco años, es alto, de piel blanca cobriza, de cabellos negros y ojos amarillentos. Un tipo guapo, de buen cuerpo, siendo su tórax bien formado, de llamativos pectorales. Es un creído, un seductor y un echador de vaina. Es bueno en la lucha y no cree que nadie sea mejor.- Ese marico tiene que mamarse uno si se enfrenta a mí… -dice en el colmo del desafío, antes de notar el silencio de los otros; volviéndose se topa con la seca mirada de un tipo un poco más alto y fornido, de rostro cuadrado, con sombra de barba, cabello corto y tono moreno de piel: Jorge. 

   -Tú si hablas pajas, marico. Te espero esta tarde, cuando todos se vayan, y vemos quién gana. –lo señala con un dedo, duro, alejándose, viéndose grande y poderoso dentro de su traje azul. 

   Esa tarde, algo oscuro ya, un poco sudado por una tarde de ejercicios de  prácticas, el sonriente y confiado Renato espera ya de pie sobre la lona. Todo es silencio y soledad. La puerta se abre, violenta, y entra un mal encarado Jorge, sudado también. Se miran. Jorge serio, Renato dando saltitos, sonriendo con cierta burla, tenía movimientos que lo sorprenderían sacándolo de onda. Iba a ganarle, era más chico pero con mejor técnica. Se medio ladea y alza las manos, pero el otro sólo lo mira, con cierto fastidio. 

   -Me tienes arrecho con tus perradas, Renato. Entonces es hora de que te trate como la perra que eres. –gruñe, con voz ronca, profunda, desconcertando al otro por un instante. 

   Momento que aprovecha Jorge para darle un sonoro y poderoso bofetón. La cosa es tan insólita, es un ataque tan ilegal, que Renato se paraliza, tiempo en el cual Jorge se le va encima, como un oso, atrapándolo por debajo de los brazos, rodeándole el torso en el abrazo del oso, alzándolo con facilidad y derribándolo de espaldas, pero no es una simple caída. Jorge va sobre él, quien cae de espaldas, con fuerza, soltando un bufido, quedándose sin resuello. El bofetón, el golpe de espaldas y el peso del otro que le sacan el aire, lo marean, quiere gritar que no vale, que así no, pero ya Jorge se medio arrodilla, viéndolo sonriendo cruel, atrapando, de forma desconcertante, los tirantes de su traje, que hala, rasgándolo con facilidad. Hala y rasga a pesar de que Renato gime y se medio revuelve, hasta desudarlo casi todo, dejándole las mangas del traje en los muslos y el blanco y sudado suspensorio. 

   Ahora si que Renato se asusta e intenta pararse, sólo para recibir, de rodillas como estaba, otro bofetón en la cara, con el dorso de la manota del otro que lo derriba nuevamente, para ser testigo, sin aliento para gritar, de cómo Jorge se deja caer, transversal a él, con el antebrazo en su plexo, dejándolo ahora casi asfixiado. No puede moverse, sin aire, adolorido, y todavía tiene que ver la sonrisa del otro, quien atrapa con los dedos sus tetillas erectas, jóvenes y desafiantes apretándolas de forma ruda, haciéndolo gritar bajito, y revolverse un poco. Esos dedos aprietan, soban, aprietan fuerte, duele, luego acarician y Renato chilla, aterrado, mirando como una erección espantosa se levanta del entrepiernas del otro. Una mano de Jorge le atrapa la nuca, obligándolo a ir a restregar su cara de esa vaina grande, dura, caliente, que lo quemaba tras el pantaloncillo. 

   Renato no esta seguro de qué sigue, pero no quiere saberlo, intenta golpearlo en las bolas, pero Jorge le atrapa el puño y aprieta, haciéndolo gritar, y la silueta de la tranca se frota de sus labios. Jorge le gruñe que si lo muerde le fractura los dedos, y aprieta. Renato chilla y esa vainota sigue frotándose. Pero Jorge quiere divertirse, lo atrapa por la axila derecha y la rodilla del mismo lado y lo alza un poco, dejándolo caer, brusco, de panza. Renato gime, todo le duele, no puede respirar, su cuerpo brilla de sudor, sus nalgas rojizas, altivas y redondas llaman la atención del otro que sonríe pasándose codicioso la lengua por los labios, le daría una buena lección. Se mete entre sus piernas, dándole golpecitos en los muslos que le provocan dolor y el otro se abre a lo que daba los faldones del traje, poco antes de que se lo saquen. Sus nalgas dejan abierta la roja abertura. Metido todavía allí, Jorge le atrapa y dobla, casi a punto de fracturárselo, el brazo derecho sobre su espalda, con rudeza.  

   El joven charlatán grita y aprieta los dientes, inmovilizado, cuando la otra manota soba sus nalgas, los dedos palpan la carne dura, turgente. A Jorge le encantan esos glúteos musculosos de machito. Lo nalguea, lo ve estremecerse, lo oye quejarse bajito, mira la mancha roja, le gustó. Azota una y otra vez, de una a otra, con rudeza, la palma le arde, pero es sabroso, piensa mientras sonríe y da palmadas sonoras. Y Renato grita lloroso que lo deje ir, que se disculpa. Pero a Jorge eso le encanta. Su manota soba y recorre con codicia esas nalgas de hombre. Le gusta poseer y someter a esos carajitos arrechos. Baja el rostro y besa de una a otra, luego muerde, suave, luego fuerte. Y más fuerte. Y Renato solloza mal. La lengua titila sobre el rojizo y lampiño ojete del culo, le gusta saborear un culito virgen, sometido, que sabe será suyo. La lengua recorre, se mete, y Renato gime ante tan extraño y horrible ritual, nunca antes le habían pasado la lengua así, jamás la cálida y viciosa lengua de otro carajo se había metido en su esfínter. 

   Jorge se endereza, no quiere darle placer. Pasa sus dedos, dos, por la espalda mojada, recogiendo sudor, y enfila hacia el culo y los mete, sin ceremonias. Los mete hondo y Renato grita, siente que se rompe. Duele y quema. Los dedos van y  vienen, cogen, Renato llora y se estremece todo, y eso encanta más al sádico, mete tres dedos, hondo, lo ve combarse, llorando a lágrimas vivas, suplicándole que lo suelte. Los agita, ese culito aprieta, calienta y hala sus dedos. No puede más, saca los dedos, con una mano baja su traje, no usa calzoncillo. Su barra titánica, cobriza oscura se enfila contra el abierto culito y aprieta. Renato grita, eso entra, rápido, al fondo, y casi se desmaya. Ahora Jorge lo suelta, semi recostado sobre él, semi arrodillado, con sus pelos pegados a esas nalgas. Retira el güevo, lo mete, saca y mete, cogiendo unas veces lentas, otras rápidas. Lo coge una y otra vez. 

   Renato chilla, lloriquea, pero siente un calor grande y poderoso; cuando esa vaina va y viene le provoca gemir, alzar el culo y que se lo cepillen bien, había algo que lo llenaba de ganas, de paz, de gozo, que lo hacía olvidar todo el dolor. Su culo va y viene ahora, abierto como una ‘o’, tragándose el grueso tolete, nervudo, largo. Las manotas de Jorge le atenazan las nalgas, lo coge con un ritmo frenético y le gruñe que sé que te gusta, mira como meneas el culo, eres una perra, mi perra. Lo echa de espaldas, lo mira, Renato parece sin fuerzas, los ojos bañados en lágrimas mientras ese carajo le tiene las piernas montada sobre sus hombros y sigue cabalgándolo, cogiéndolo duro, metiéndole esa vainota hasta el fondo de unas entrañas calientes, mojadas, que maman ese güevote. Le duele y le gusta, y eso lo adivina el otro que grita eres mi puta… y le llena el culo de leche bien caliente, es tanta que Renato siente la ardiente lava subiéndole al estómago, corriéndose también dentro del suspensorio. 

   -¿Satisfecho, puta barata? –pregunta Jorge parándose. 

   -¡Coño’e madre! Esto lo vas a pagar. –gimotea, sentadote. 

   -¿Qué, vas a decir que te cogí bien cogido y te corriste? –es cruel.- No digas idioteces. Ahora debes cuidarte de que yo no hable de cómo te meneabas, ni de tu tatuaje en la nalga o los dos lunares sobre el hueco de tu culo. Y puedo hablar, y tú no quieres eso, ¿verdad? Te gusta hacerte pasar por macho, pero ahora sabes que eres una perra caliente. ¡Mi perra! Abre la boca, quiero mear… -ordena, tajante. Renato se llena de odio, de rabia, las mejillas le enrojecen… y abre la boca. 

Julio César. 

NOTA: Es de mi otro blog.

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