EL FIN DE LA ETERNIDAD
Dentro de las historias de ciencia ficción los relatos de Isaac Asimov siempre tendrán un lugar bien ganado. Generalmente, aún en mis queridos Simpson, no falta quien diga que su trabajo está sobrevalorado, o que no era muy bueno. Imagino que quien comenzó a escribir ficción desde los años treinta y cuarenta, estaba un poco limitado por lo acontecimientos de su tiempo, aún de los propios temores de la era (las guerras, la depresión y otras), así como de los avances tecnológicos. Cosas como la manipulación del genoma humano para crear un mundo diferente, tipo GATTACA, con todo lo inquietante y atemorizante que fue esa película, era difícil de captar en todo su significado en años tan tempranos. Hay que estar claro, hasta el gran padre de la ficción, Julio Vernes, a ojos nuevos, resulta algo aburrido, aunque fascine aún. Una historia que nos hable de los hombres de
la Luna, o de Venus con sus pantanos, a la luz de lo que ahora sabemos, resulta tonto, pero el mérito estuvo en imaginar todo eso antes de que fueran hechos comprobados, o derribados por las realidades científicas.
Extrañamente mucha gene ignora que Asimov fue un científico real, un investigador en toda la regla, con disertaciones tan ingeniosas como amenas, pero sobretodo llenas de datos y realidades incontrovertibles. Bueno, no usemos una palabra tan grave y determinante, pero por ahí marcha la cosa. He estado pensando en incluir aquí una de sus disertaciones, presente en uno de sus libros de no ficción muy bueno, El Planeta Que No Estaba, pero aún estoy evaluando si no pueden acusarme decididamente de plagio o algo así. En fin, el hombre escribió relatos que son muy ingeniosos y hasta llenos de moralejas. Otros no fueron tan celebrados, pero eso le pasa a todo el mundo. Una de sus novelas, que en mi modesta opinión es realmente buena, que me gustó mucho y la recomendé, sorprendiéndome el que no agradara a las mujeres que sé gustan de leer mucho, fue El Fin de la Eternidad.
Esta novela trata, en primer lugar, sobre el status quo, sobre un mundo que es, que fue y que se espera continúe siendo de cierta forma, sin desviaciones, sin sorpresa, controlado. Conocemos a uno de los hombres encargado de mantenerlo dentro de esos límites, Harlan, un tipo que pertenece a una organización supra mundial, La Eternidad, una elite que se extiende en el tiempo durante casi cien mil años, controlando todas las actividades humanas. En teoría están para cuidar a la gente, pero terminan controlando sus vidas, su forma de pensar e incluso sus destinos, convirtiéndose en sus carceleros. Son un grupo poderoso, con recursos, que decide que ellos saben lo que es mejor para todos. Harlan es uno de ellos, hasta que por cuestiones totalmente particulares (como siempre ocurre), la aparición de una mujer que le gusta y de la que se enamora, se cuestiona el derecho de existir de La Eternidad.
Él es un ejecutor, el sujeto que se mueve entre las eras produciendo los cambios necesarios con sus propias manos. Hay un peligro de guerra en el siglo cincuenta que dará como resultado, cinco siglos después, una sociedad más tecnificada que sueña con ir al espacio y crear el imperio galáctico humano (cosa que La Eternidad odia por encima de todo lo demás, por el desorden que implica, por el caos que conlleva, por los gastos inútiles que significan. Pero lo que en verdad la mueve contra esa idea es que de escapar los hombres a otros mundos no podrían controlarlos y continuar existiendo), el ejecutor sale de La Eternidad, entra en
la Realidad del cincuenta y hace algo que evita o retarda la guerra hasta que los factores den con una realidad alterna, una donde los viajes espaciales, por ejemplo, nunca se dan. Cuando cree que La Eternidad se ha vuelto contra él, quitándole lo que más quiere, y descubriendo él mismo la importancia de su papel en el drama de la realidad actual, Harlan decide mandarlo todo al infierno, saboteando un gran proyecto que debe finalizar en la desaparición de todo, aún con él, dando como resultado un mundo distinto donde dicha organización, y su control, jamás existieron.
Aquí Asimov juega con dos planteamiento que resultan fascinantes: una, que el tiempo no permite que se produzcan paradojas: un hombre no puede mirarse a sí mismo como sería o estaría cinco días en el futuro, por ejemplo, porque eso le permitiría actuar de la forma que le diera la gana, matando, provocando incendios o cruzando un lago de fuego, por la seguridad que tiene de que dentro de cinco días seguirá vivo. A eso lo llama una paradoja del tiempo, algo a lo que los eternos temen mucho, y que el Universo y el tiempo luchan contra estas cosas. Sin embargo, lo que Harlan descubre (¿por accidente o manipulado?) es que la misma Eternidad conoce su historia, dónde y cómo se originó, y que de tanto en tanto, dentro de un Universo de tiempo cíclico y repetitivo, deben ponerse en marcha ciertas acciones que aseguren la aparición de la organización. Así nos encontramos con que La Eternidad nace de una paradoja, algo que el tiempo debe intentar impedir.
Sintiéndose traicionado, como ya dije, Harlan interviene y pone en riesgo el inicio de la secuencia de hechos. Pero cómo su daño puede ser reparado,
La Eternidad no desaparece de un solo perolazo, el tiempo les da un margen de maniobra para hacer reparaciones enviando a alguien al punto donde se cometió el error y enmendando las cosas, por lo que se pone en marcha una compleja maniobra de salvamento. Pero el protagonista va uniendo verbo con predicado, y entiende, por sí mismo, que ha sido manipulado por otros, por seres que odian La Eternidad y buscan su destrucción. Parte con su amada a los tiempos arcanos, los siglos antes de la manipulación del tiempo, los años de madame Curie, a salvar la situación, y allí termina Harlan apuntando con un arma a la mujer que ama, desenmascarándola como miembro importante de la conspiración contra la organización. Ella confiesa, y la explicación que da a sus actos es buena, ella ha visto el futuro de la humanidad, en los siglos de un planeta sin hombres que se han extinguido mucho antes al estar atrapados en su mundo; se dan razones que suenan lógicas para este fin del mundo humano, créanme. La existencia de La Eternidad, diseñada para proteger y hacer feliz al hombre, parece ser la culpable de su muerte.
A mí me encantó el libro, el final, el planteamiento, incluso el personaje de Harlan, un tipo que no se creía digno del amor de una mujer hermosa, que intentaba luchar contra las carantoñas de esta bella hechicera, resultan en una historia de amor interesante. Como el gran escritor que es, digan lo que digan los críticos, Asimov no se molesta en explicarnos cómo se logra el viaje a través del tiempo, aunque él, lo esboza más como una ruptura en la realidad, como un hueco, o una ventana que se abre, en cada siglo por donde entra esta gente, los eternos, y hacen sus gracias. Y a pesar de ese vacío explicativo, el libro no pierde atractivo.
Siempre me ha costado mucho imaginar una forma mecánica, algo creado por el hombre u otra inteligencia, para viajar en el tiempo. El tiempo no es una fuerza por sí sola, es más bien parte del binomio que pone en movimiento el Universo mismo: tiempo y espacio. Tiempo es el lapso entre un ahora y otro ahora, pero éste está ligado a todo el desplazamiento en el Universo. La Tierra, por ejemplo, no se encuentra en el mismo punto con referencia a otras estrellas donde estuvo hace un año. Ni lo está el Sol con respecto a la espiral, ni ningún otro cuerpo celeste. Cuando miramos hacia Alfa Centauri, el grupo de tres estrellas más cercano a la Tierra, no estamos viendo esos cuerpos en nuestro ahora, sino como fueron hace cuatro años y picos atrás, distancia en años-luz que nos separa de ella (4,36 años-luz); ese es el tiempo que tarda su luz en llegarnos.
De viajar cien años en el futuro, no sólo debemos movernos en el tiempo, sino también en el espacio. La Tierra no se encontrará, en cien años, en este punto del Cosmos, se habrá desplazado por el éter. Tiempo y espacio deben ir juntos, o quien se desplace a cien años en el futuro o en el pasado, aparecerá flotando en la nada, porque o el planeta ya estuvo ahí, o aún no ha llegado. Con eso en mente, por lo menos yo, no puedo dejar de preguntarme, ¿cómo haremos para viajar cincuenta años en el pasado o tan sólo un día? Se puede especular en un libro, revista o película con un combustible o una fuente energética tan poderosa que rompa la línea del tiempo, ¿pero lo es tanto como para arrastrar el planeta al lugar donde estuvo en ese momento? ¿Existe realmente la suficiente cantidad de energía en todo el Universo para hacer eso, para hacer retroceder a
la Tierra en su orbita de rotación y de traslación? Y si la Tierra es obligada a moverse, ¿no tienen que hacerlo igual la Luna, Marte, Venus y el Sol mismo?
Claro, se puede especular (teorizando todo es posible) que tal vez existan puertas naturales, que así como percibimos estrellas que debieron estallar para este momento, pero que vemos como fueron hace miles de años, es posible viajar en esa dimensión, obligando al tiempo a doblarse, torcerse o romperse, y que eso añadirá de por sí, el espacio. Pero, ¿será cierta tal especulación? También es posible, después de todo sólo soy un lector de todo lo que encuentra, no soy físico o matemático, que venciendo de alguna manera la barrera del tiempo, el espacio se comprima de forma automática sin que hagamos nada, sólo para compensar la otra fuerza. Así para llegar del punto A al punto B de tiempo, no viajaríamos en línea recta sino doblando el espacio que los separa como quien dobla una servilleta, hasta que los dos puntos se superpongan, permitiéndonos pasar de A a B dando tan sólo un paso, y al terminar la torsión, la distancia quede compensada por sí misma, al desdoblar la servilleta. Puede ser que la constante espacio-tiempo quede compensando de forma mecánica ya que la cuarta dimensión los obligue, por alguna ley natural, a mantenerse constantes uno respecto al otro. Pero… todo es especulativo, y nada de eso parece estar al alcance humano, al menos todavía. O cree uno.
¿Lo ven? Es por eso que me encanta la ciencia ficción. Ya hablaremos más adelante un poco más del señor Asimov.
Julio César.
