BABEL

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   Es curioso como la ciencia ha tenido que coincidir con los antiguos relatos sobre creación en cuanto a un lejano y primigenio antepasado de todas las razas (huy, cómo deben arrugar las caras muchos). Que toda la familia humana proviene de un mismo tronco, la ciencia le dice eslabón perdido, la religión los llama Adán y Eva. Claro que cualquiera diría: es una conclusión lógica. Pero el razonamiento es falso, lógico nos parece a nosotros ahora, de cien años para acá, porque sabemos que es imposible que surgieran ‘humanos’  aquí y allá, como ratones en el campo (o cucarachas en cocina de restorán), cosa que le costó el descrédito final a la teoría sobre la población del continente americano por una raza autóctona. Es imposible, matemáticamente hablando, que en distintos puntos se originara, al azar, el mismo ser, con un cerebro capaz de entender, comprender y controlar, dándole supremacía. Si hemos de aceptar la evolución (¿qué camino queda?), ese ser arcano fue desarrollándose poco a poco, su cerebro fue adaptándose, cambiando como él mismo, y esos cambios pasaron a su prole y de ellos a nosotros. Como digo, eso suena lógico… para nosotros, pero ¿cómo podían especular sobre esto hace seis mil años atrás los escritores originales del relato bíblico? Pero mejor dejamos eso así o nos enredarnos en dialéctica bizantina. Sin embargo no podemos ir muy lejos tampoco. 

   Siempre me ha parecido extraño, culturalmente hablando, la similitud dentro de las múltiples creencia antiguas sobre mitos, acontecimientos y otros. Uno de los más conocidos se refiere a un cataclismo universal que destruyó a la primitiva humanidad, dejando tan sólo unos pocos sobrevivientes (ahogándose todo bicho mayor que una casa porque ¿cómo entraban en una balsa?). Semejante creencia, con añadiduras locales, como un mismo plato cocinado en toda América, pero variando en los condimentos, se oye desde los Urales hasta los indígenas americanos. Todos los pueblos guardan la creencia, o recuerdo, de un ‘fin del mundo’, variando en fechas (todos comienzan con ‘ellos’), intensidad o el número de supervivientes. La costumbre de sepultar a los muertos con algunos de sus utensilios, voces fonéticamente parecidas de algunas palabras, las nociones de un algo que sobrevive a la muerte, un alma que transmigra y regresa en reencarnación, incluso de idea de la inmortalidad de esa esencia que sobrevive a la muerte física, y algunos tipos de construcciones son otros rasgos que se repiten y conservan. Las diferencias son las introducidas por el paso de los siglos, las zonas del tal o cual asentamiento y las particulares líneas evolutivas, incluyendo la religión, que fueron distinguiéndose unas de otras. Lo que es evidente. 

   En el Perú hay restos de una poderosa, civilizada y organizada raza de constructores… porque eran pequeños estados guerreros que debían fortalecerse; como señores de la guerra conquistaban, sometían y dejaban en piedras el recuerdo de sus hazañas. En Venezuela la población originaria es casi tan antigua, pero carecemos de restos arqueológicos, de murallas y restos de construcciones resistentes, ¿qué hacían nuestros antepasados?, aparentemente se rascaban las barrigas. Nuestros indígenas actuales podrían darnos las respuestas: levantan chozas, viven de la caza y la pesca, así como de la agricultura (y de tomar caña, pero se nos prohíbe denunciarlo). No guerrean por territorio, no construyen para amurallarse. Si en el pasado fue igual, viviendo donde querían hasta agotar la zona y desplazarse luego, esa diferencia con los nativos peruanos marca un camino evolutivo cultural distinto. Pero las creencias sobre el más allá, los dioses, y aún rituales como el sacrificio humano, o el canibalismo, practicado por los indios Caribe (qué eran unas joyitas), sí guardan algunas similitudes. 

   Es curioso por donde se le mire. Cada grupo evolucionó culturalmente de la forma que quiso, Egipto, Palestina, Grecia, China, los Maya, pero las creencias ancestrales las hermanan. De esto se desprenden conclusiones que se han aportados como pruebas para un relato, y una suposición, bíblica: originalmente toda la raza humana formaba una sola familia, con un mismo idiota, una sola escala de valores, creencias y metas. Según el relato, esa civilización se unió para construir una especie de templo para gloria de sí mismos, despreciando al Creador, la famosa Torre, y para impedirlo, y castigarlos (qué mano suelta era) Dios los confundido por el simple procedimiento de cambiar el leguaje, de allí viene lo de Babel, lugar de confusión de lenguas. En un momento dado cada familia comenzó a hablar un idioma que entendía entre sí, pero no los otros. Semejante eventualidad detuvo las acciones conjuntas, ¿cómo entenderse entre sí? Y según la manera de hablar, cada grupo tomó su camino. Se sostiene que de esta forma cada pueblo fue asentándose en su propio territorio, comenzando su propia línea de avance social y cultural, su propia civilización, por lo que desarrollaron valores distintos, pero conservando el recuerdo de los padres originales, sus creencias, recuerdos y fe. 

   ¿Existió o no la Torre de Babel? No lo sé, de hecho hubo interesantes trabajos que han intentado dar con ella, como aquellos que encontraron finalmente las ruinas de Troya o las antiguas ciudades de Jericó; a principios del siglo pasado (es raro todavía decirle así al 20), el arqueólogo Robert Koldewey encontró unas retorcidas ruinas en lo que fue Babilonia, que identificó como tal, construcción que había sido levantada y derribada varias veces. Esto nos deja con preguntas interesantes desde el punto de vista especulativo, ya que una respuesta, o creencia en un sentido u otro, no afecta de forma visible el día a día: ¿provenimos todos de una sola familia que se dividió por dificultades lingüísticas, de creencias y valores cualesquiera, por lo que es posible encontrar rasgos de creencias similares? ¿O dichas creencias aparecieron, por sí mismas, en los diferentes pueblos de la antigüedad? De alguna manera esto me parece más improbable, pero no soy un experto, no pudo asegurarlo. Parece difícil creer que nociones como la de un alma inmortal, que va a un cielo o un infierno, o renace en otra forma, surgieron en distintos puntos de forma espontánea. ¿Viajeros que fueron de pueblo en pueblo enseñando tales nociones? ¡Qué gente tan persuasiva! 

   La suposición clásica indica que la dichosa Torre estuvo localizada en Irak, lo que antiguamente era Mesopotamia, Babilonia, al oeste de lo que sería Bagdad, en Akar Quf. Qué nombre tan sonoro y exótico, ¿verdad? Cuando se estudia la historia, cosa compleja, es basta, es increíble y fantástica, no se pede abarcar todo, van surgiendo detalles como este: en los pueblos primitivos, aquellos donde comenzó la ‘historia’, Egipto, Mesopotamia, Fenicia, tales creencias eran populares: el alma, la reencarnación, la resurrección de los muertos (era básicamente lo que creían los faraones), el más allá. Son nociones que todavía manejamos, términos que aún usamos, y mucha gente cree en ellas. Se lanzaron al mundo hace casi seis milenios y allí continúan, adaptándose a los cambios, condimentándoseles para que parezcan actuales y aceptables. Pero esto no es todo: conceptos como estado, matrimonio, divorcio, adopción, democracia… todo parece haber sido escrito, detallado y conceptuado hace mucho, demasiado, tiempo, pero seguimos rigiéndonos por ellos. No soy de los que cree en súper hombres del pasado, de una raza superior, de una edad de oro (los dichosos atlantes) de la que luego vino la decadencia, pero si sus creencias y conceptos han logrado llegar hasta nosotros, viéndose actuales, algo sabían, por lo menos como ordenar la sociedad. De hecho eso le permitió al mundo, desde las guerras en el Nilo, pasando por las napoleónicas y finalmente cayendo en las dos grandes guerras mundiales, continuar. Fueron cimientos que nos permitieron seguir, dentro de cierto orden, alejando el caos y la anarquía. Leyes tan viejas como las de Hamurabi o las draconianas, eran feroces, pero sirvieron para sentar el camino de las leyes, contener asentamientos primitivos que comenzaban a transitar hacia sociedad y civilización, facilitando la convivencia. En tiempos de Mesopotamia, al parecer, uno no podía ir y tomar lo que era de otro, por la fuerza, porque ya existían leyes que te lo impedían, y te castigaban si desoías. 

   Y muchas de esas reglas continúan vigente aún para nosotros. Sin embargo, es lamentable que a veces aceptemos unas y nos apartemos de otras. Tal vez seriamos unos poco más felices si continuaran vigente antiguas enseñanzas como: no mentirás, no codiciarás bienes ajenos, no levantarás falsos testimonios, no matarás. 

Julio César.

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