EL PREGUNTÓN
-Si, puedo dártela si quieres…
Nadando, aburrido y solitario, Germán ve aparecer a un muchacho que viene riendo por algo. Parece un tipito feliz, de esos que disfrutan de alguna broma secreta que nadie más conoce. Pero a Germán le parece un sujeto… llamativo, y cuando este llega junto a la piscina, no puede apartar los ojos de su traje de baño tipo bikini.
-Épale. –saluda el joven sonriente, turbándolo.
-Hola. Vaya, qué tanga tan vistosa, ¿es nueva?
-Si.
-¿Aprieta mucho?
-Bastante.
-¿No se baja dentro del agua?
-Un poco.
-¿Se ven los pelos púbicos?
-Me los rasuro, pero sí.
-¿Y entre las nalgas?
-Se mete casi toda. Siempre hay alguien que me la hala… -sonríe más, y callan.- ¿No hay más preguntas?
-No, yo… -jadea Germán, tocándole un muslo.- ¿Te depilas tú?
-No, mi mujer. –callan otra vez. El chico sonríe más.- ¿No vas a preguntarme si puedes probarla?
-Puedo… -traga saliva Germán, mirándolo impactado; imaginando quitarle la tanga y poniéndosela él.
-Claro. –dice el joven, sentándose al borde de la piscina, bajando un poco la parte delantera y atrapándole la nuca, halándolo.
-Uggg… hummm… aggg… -lo mira, tomado por sorpresa Germán, tragando más… saliva y de todo. La vida era así, llena de pequeños malentendidos.
-¿Sabe bien? –pregunta él ahora.- ¿Te gusta probar manjares nuevos…?
Julio César.
