FIZGONEANDO
Benditos pantalones cinturas anchas…
-¿Dónde están?, no veo nada. –gemía Gabriel agitado, asomándose por la dichosa ventanita que daba al baño de las chicas, inclinándose más, con un llamativo y atractivo rubor cubriendo sus mejillas tersas y adorables.
-Están ahí. Asómate bien. –jadeaba estrangulado de excitación, por ver a las chicas, claro, Mateo, acercándosele más, dándole indicaciones con la vista clavada.- Inclínate algo más hacia atrás. Así…
-A estas horas se cambian las pantaleticas usadas en gimnasia. –arguye Román, rojito, con los ojos clavados también, algo sudoroso y eso que no practicó gimnasia.- Mira con atención… pero ten cuidado y te caes.
-Epa…
-Sólo estoy ayudándote. Mira bien. –jadeo Román. Con su manota abierta sosteniéndolo por un cachete durito, tan duro como su propio… ánimo.
Desde que se supo que Gabriel usaba suspensorios con esos pantalones que se le bajaban tanto, era el amigo preferido a la hora de fisgonear a las chicas. A sus amigos parecía no importarle que fuera el único que miraba. Ellos se conformaban con verlo excitado, a veces mucho, como se notaba al bajar bastante ese pantalón, todo rojito y caliente. Eran sus amigos y su felicidad era algo que los llenaba de gusto, de placer. Muchas veces, encerrados en sus baños, sin pensar, o en sus camas de noche o de mañanita, lo recordaban con afecto y lo tenían en mente mientras se ocupaban de sus propios y duros asuntos.
-Oigan… ¿no sienten una brisita caliente? –se alarma Gabriel.
-Aquí entra mucho aire… -grazna Mateo, dejando de soplar para verle titilar el ojito.
Julio César.

Mayo 29th, 2008 at 2:17 am
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