LA ENCERRONA
Atiéndeme, papi, no imaginas qué te traje de regalo…
El comandante Takín tuvo que suspender su gira mil millonaria, imperialista y capitalista, donde gastaba real del bueno mientras criticaba a la gente con real, alrededor de los países del Eje del Mal. El viejo y degenerad Emperador lo había llamado a su coto, la Isla Infierno, y una llamada del Maestro no debía ser nunca desatendida. Excitado, casi caliente ya, acude a la cita. Sabe que el anciano decrepito (imaginar sus pecas hepáticas, la baba que le baja por la barbilla y las manos temblorosas le producen un temblor sensual y erótico) no iba a felicitarlo. El alzamiento de los estudiantes por el cierre del canal televisivo era un mal ejemplo que se daba a la juventud sometida en la Isla Infierno. El hombre llega, pomposo y ridículo, y se encierra con el anciano en una habitación algo umbría, con musiquita y un sofá grande junto a un balcón jardincito hermoso, un cuarto repleto de las cosas buena que los habitantes de la isla sólo sabían de oídas. Pasan las horas, dos, tres, cinco. Algunos estaban inquietos ya. El Pelele Nicaragüense se paseaba de un lado a otro, preguntándose cuándo le tocaría a él. Sabía bien de las artes del viejo asesino y un escalofrío lujurioso lo recorre. Muchos pegan la oreja a la puerta y les parece oír gruñidos secos.
Al cumplirse las seis horas muchos se pasean con nerviosismo, ¿qué pasaba, qué tanto hacían encerrados? Se oyen pasos y todos corren, alejándose, poniendo caras de circunstancias. La puerta se abre y el ramplón y ordinario comandante Takín, sudoroso y respirando cansinamente, con esfuerzo, aparece y sonríe leve.
-Comandante, ¿cómo está el Emperador? –se interesa uno, alarmado.
-Tranquilos, Fidel está más duro y derecho que nunca. ¡Parecía de hierro! Que aguante, que ritmo lleva… -jadea sonriendo el carajo.- Me dejó agotado. –y seca su frente con un pañuelo.
-No creí que el viejo estuviera para esos trotes ya… -comenta uno al oído de otro.- ¡Y qué tipo tan indiscreto este!
-Tal vez estaba acostado y el trabajo lo hacía Takín…
En un rincón, el Pelele Nicaragüense, molesto, lleno de envidia y celos, entiende que a él ya no le va a tocar nada, y tanto que se molestaba dándole problemas a Colombia…
Julio César.
