EL CAPATAZ DE LA OBRA
-Trabaja bien y dejaré que pases tu lengua por mi cuerpo…
Hay quienes conocen su trabajo y saben lo que deben hacer para asegurar que salga bien. Renato, el capataz, era obedecido por todos sus hombres, pero la llegada del nuevo ingeniero enviado por la alcaldía estaba creando problemas. Renato, práctico, decidió ponerlo de su lado. Dentro de su shortsito jeans, muy corto, sin camisa, con su casco, con ese cuerpo, Renato iba de aquí para allá con el ingeniero, quien sudaba, se mareaba, y a la hora, en las duchas, cayendo de rodilla, todo lloroso, le pidió que lo dejara tocarlo.
-Bueno, ingeniero, pase la lengua. –dijo dándole la espalda y bajando el short.- Hágalo bien y luego le llenó la boca de sabor y dulzura en un duro envoltorio, parece necesitar lácteos… Después le lleno todo lo demás y le saco el nepe, pero sólo si se porta como el cachorrito lindo que creo que es, ¿ah? –advierte duro, y el joven entiende, o se porta bien o no hay capataz amoroso, ni lengua en raja o brocha gorda pintando en sus cavidades.
-Si, jefe… -jadeó entregado, la boca se abre, la lengua sale y gime enloquecido antes de enterrarse allí, olisqueándolo todo…
-Llámame amo…
Julio César.
