LA ARMADA ANDA ARMADA

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   A sus ordenes, mi capitán… 

   -Hummm… Capitán… ahhh… -gimió el catirito sintiendo esa vaina babosa recorriendo una y otra vez sobre su titilante ojito.

   -¡A mí, señor! Ahora métamela a mí… -jadeaba el moreno, sudando de ansiedad.

   Cuando llegaron, mucho después de la hora de llegada, Tony y Ricky sabían que serían regañados. El Capitán, un carajo joven, recio y fuerte les gritó, amenazándolos con muchas horas de detención por sus cosas.

   -Miren como andan, todos sucios por ahí, manchando el buen nombre del cuerpo…

   Los acusó, subiéndoles casacas, bajándoles pantalones; molesto con esos muchachos, decidió corregir esa vaina ya, lamiendo cada centímetro cuadrado de esos cuerpos desobedientes, jóvenes y rebeldes. Los oyó gemir, estremecerse, abriendose de brazos y piernas para que la lengua, con la técnica del gato, aseara. Lengua en ojitos lograba que chillaran más, aunque a él le agradaba también probar un buen pedazo de carne. Que vaina, mientras más pasaba la lengua más aguados parecían, tal vez por la ansiedad del regaño… Tal vez debería darles un tratamiento más duro y a fondo para calmarlos.

   -A mí, Capitán… métamela a mí. –gemía Tony, el moreno.

   -Tranquilo. Hoy se las meto a los dos. –y bajó su boca otra vez. 

Julio César.

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