RELATOS CONEXOS… (2)
…CONTINÚA ENCUENTRO EN LAS NUBES
Cosas que ocurren en cualquier lugar…
Su mente estaba atrapada en mil y una fantasías, en cosas que había hecho con Marina, o con Felicia, o las que deseaba hacer con ambas. No es nada muy elaborado o estético; no es arte, simplemente se hace una paja, algo privado, secreto, rápido y placentero. Y mientras su mano, con los nudillos algo blanquecimos por lo fuerte con que aprieta, sube y baja, su mente se afloja más, recreándose en las sensaciones. Y es en ese instante cuando percibe, lejano, un ruido metálico, un clic que no sabe relacionar de momento (¿se estaría desarmando el avión?). No lo identifica como una cerradura que se abre y cierra rápidamente, hasta después de unos cinco o seis segundos, tiempo durante el cual aún se masturbaba. ¡Alguien abrió la puerta!, estalla la horrible certeza en su cabeza, como una explosión. Y lo habían encontrado sentado en la tapa de un inodoro, con los pantalones en los tobillos y el güevo afuera, ¡masturbándose! Por un segundo recuerda el momento en que su madre, cuando él tenia catorce años, entró de repente a su cuarto buscando ropa sucia y… ¡Dios, que se estrelle el avión!, deseó, con el corazón palpitándole con dolorosa fuerza en el pecho, temiendo, contra toda lógica, oír la voz de su madre, censuradora (¡Genaro, ¿otra vez?!).
-¿Quién…? -grazna ronco, abriendo por fin los ojos e intentando pararse al mismo tiempo, por lo que casi cae de culo otra vez sobre el inodoro sí no es porque se sostiene del lavamanos; para colmo el güevo se bambolea en el aire, como un péndulo horizontalizado, acusándolo de morboso.
-Disculpe la intromisión, caballero; pero pensé que tal vez necesitaba algo de ayuda. -le contesta el joven sobrecargo, a tan sólo medio paso de distancia, de pie frente a él, como si tal cosa. Y Genaro sintió la cálida mirada del otro carajo, enfocada en su entrepierna.- Bonito instrumento, señor.
La mente del traficante de sueños era un caos. La situación era irreal y ridícula, allí estaba él, con el güevo en la mano y los pantalones en los tobillos, encarando a otro carajo que le miraba con mucho interés el tolete, mientras sonreía amistosamente. Vaya que era alto ese muchacho, y los hombros eran bastante anchos, tenía pinta de atleta a pesar de lo joven que se adivinaba, se dice Genaro, sintiendo como su corazón iba calmándose poco a poco. El carajo no gritó llamándolo degenerado, ni llamó al capitán. Tal vez no tuviera que salir en los noticieros. Sin embargo, su tolete iba ablandándose lentamente, ¡después de todo había sido descubierto in fragantti!
-Yo… yo estaba ocupado. -traga saliva, intentando recuperar algo de control. El otro le sonríe, con una mirada profunda, húmeda y hasta soñadora en los ojos. ¡Ay, este tipo como que quería…!
-Ya lo imaginaba. No creerá la cantidad de gente que tiene fantasías sobre estas cosas en un vuelo largo. -sonríe más el joven, con las manos en las cinturas, como si la vaina no fuera extraña.- Realmente tiene una buena pieza ahí, entre las piernas. -era la segunda vez que lo mencionaba y Genaro sintió la cara roja y la garganta seca.
-A ti como que te gustan los güevos, ¿verdad? -suelta con voz ronca y atragantada. El chico sonríe en forma atractiva (¡y vaya que lo era!, admite Genaro), con sus labios carnosos rodeados de una leve sombra de barba y bigote que lo hacia verse varonil y masculinamente apuesto.
-Me encantan. Y el suyo se ve buenote.
-Gracias. También se pone como una tabla. –se defiende de la flacidez que va ganándole.
-¿De verdad? -interroga el otro con un leve respirar agitado y una mirada aún más intensa.
El chico mueve su mano grande y atrapa el tolete que estaba colgando. Ese apretón es cálido y firme. Como el de su propia mano, piensa Genaro. ¡Otro hombre le estaba agarrando el güevo!, y en el inodoro de un avión, con muchas personas al otro lado de la puerta que lo vieron entrar hace unos minutos, y que luego debieron notar la entrada del otro. ¡Lo que estarían pensando de él! Pero esos pensamientos no duran mucho; el hombre sintió el apretón cálido y fuerte, recibió una sobada lenta y experta de mano del chico, cuyo pulgar le frotaba el ojete del güevo, que ya babeaba otra vez, disfrutando esa caricia ruda y viril. Se le puso tan duro, caliente y rojo, que le dolía y quemaba. Estaba a sólo medio paso del otro y percibía su aroma, a colonia, a jabón, pero también a piel, el sudor de alguien aseado, joven y vital. Adivinaba un cuerpo fuerte, caliente y musculoso bajo el uniforme azul. Pero lo más sorprendente para el traficante, era descubrir que ¡le gustaba que ese muchacho le agarrara el güevo así!
-Yo no sé sí… -jadeó Genaro, sintiéndose atrapado entre la excitación y la repulsa que esa extraña experiencia despertaba en él.
El joven no dijo nada, simplemente lo miró, dando otro medio paso atrás y cayendo ahí mismo sobre sus rodillas, mirándolo desde allí, con su bonito tono de piel canela, su cabello negro algo elevado en puntas, atildado y fornido bajo el uniforme. ¿Qué iba a hacer ese maricón?, gritaba una parte de la mente de Genaro. Realmente no sabía qué hacer, cómo actuar o qué esperar en semejante situación, por lo que casi dio un salto cuando vio al chico sonreír ávido. La mirada del joven estaba fija sobre la rojiza cabeza hinchada del tolete, mientras lo sobaba, y el otro intuyó lo que haría, con escándalo… e interés.
Esos labios húmedos se abrieron y besaron suavemente el glande del otro, provocándole una terrible oleada de placer. Ese roce era eléctrico, cálido y vibrante. Los labios, pegados allí, mamaban levemente, chupando sólo un poco, para luego abrirse más y tragar con experiencia y pericia la lisa cabezota. Genaro, con la boca abierta, mira el vaivén de esa cabeza, suave, lento, mientras nota la ‘o’ que forman esos labios gruesos y húmedos rodeando su glande. Y siente estallidos de placer puro que lo recorren, estremeciéndolo violentamente, obligándolo a agarrarse nuevamente del minúsculo lavamanos para no caer. Esa boca quieta sobre él ahora, vive y palpita, atrapándolo, chupándolo. Con un leve chasquido (Genaro juraría ante la corte de los milagros que lo oyó), esas mandíbulas se abrieron y la boca fue tragándose, centímetro a centímetro, el grueso tronco, con esfuerzo, pero con ganas. Con decisión fue atrapándolo todo.
-Uggg… -era todo lo que salía de la boca del joven asistente de vuelo, llenándosela con el tieso y palpitante instrumento del otro hombre, con una facilidad que hablaba de mil mamadas previas.
-Ahhh… -Genaro no pudo evitar el jadeo de sorpresa y excitación, aunque quiere mantenerse imperturbable, como todo un macho atrapado en una mala situación, y no como sí estuviera gozando mucho con eso. Pero esa cálida y húmeda boca que iba tragándolo, apretaba cada centímetro de su tranca palpitante, mientras la ávida lengua lamía con lentos movimientos frotantes la cara posterior del tronco. Dios, como mamaba ese carajito…
El chico, en honor a la verdad, no era ningún novato en el arte de tragar toletes de machos, llevaba tiempo haciéndolo, como deduce Genaro al ver como esos labios terminan de recorrer su tranca, casi pegándose del pubis, resollándole cálidamente en los pelos, con las mejillas ahuecadas pero demarcando el diámetro de instrumento contra ellas. Había algo horriblemente erótico en la visión del joven mamándole ansiosamente el güevo.
Después de atraparlo todo, el muchacho se retira lentamente, meciendo un poco el rostro de un lado a otro, apretándolo; su lengua y dientes sobre el sensible tronco le provocaban oleadas de debilidad al otro carajo. Iba dejándolo salir mientras lo chupa fieramente. El tolete está tan hinchado y crecido, amén de tieso, que el joven casi jadea, con la boca abierta como buscando aire, al soltarlo. Y Genaro vio su tolete erecto como nunca, duro y caliente por todo ese extraño tratamiento de boca, bamboleándose en el aire, totalmente empapado por la saliva y jugos de ese carajo. Y miró, con un estremecimiento que le bajaba por la columna, la sonrisa del tipo, quien con un gesto lascivo se muerde el labio inferior mostrando los dientes en una sonrisa atractiva: ¡el chico estaba gozando una bola, casi literalmente!
Ladeando el rostro, la lengua enrojecida del asistente de vuelo, pega en toda su extensión de la cara inferior del tieso instrumento, que se agita y contrae al sentirla. La gran vena es recorrida lentamente por esa lengua que lame y saborea, saliendo de entre unos dientes blanquísimos y muy parejos. La lengua llega casi a la punta y vuelve a bajar. Esos labios y esa lengua besan y lamen la tranca, hasta que bajan llegando a las bolas, lanzándole rápidos latigazos con ella. Genaro lo mira, lamiéndole las bolas, con el güevo caliente, apoyado sobre ese rostro joven y atractivo, cuya piel también arde. Y se estremece. No recuerda desde cuándo algo no lo excitaba tanto. Siente que el güevo le palpita, queriendo correrse ya, al contacto de esa piel; del ojete manan unas transparentes gotas, espesas, que mojan la parte interna de la ceja izquierda del chico, babeándolo.
Con un gruñido, el joven sorbe uno de los testículos, que parece aspirado y meterse en su boca, donde es mamado y mimado. Genaro chilla bajito, conteniéndose, al sentirlo. La mano derecha del joven le aferra con fuerza el tolete, mirándolo desde allí, mientras lo masturba enérgicamente, y termina metiéndose en la boca ¡las dos bolas! Soltándole el tolete, las manos del chico caen sobre la cintura del calzoncillito y lo hala lentamente, bajándolo, desnudándolo.
Genaro se estremece, confuso, sin saber qué hacer. La suave y chica prenda baja por sus muslos y piernas en momentos en que el joven mamón vuelve a su tranca caliente, tragándose la mitad con ganas, pero parece haber crecido tanto, que no entra toda, ahogándolo, por lo que su rostro se contrae y la frente se le arruga un poquito por el esfuerzo. Y allí, con dos tercios del güevo atragantado en su boca, lanza una dura mamada, chupando ruidosamente. El traficante de sueños se estremece todo, sintiendo las piernas blanditas, como sí no pudieran sostenerlo, por lo que tiene que agarrarse de la pared y del lavamanos.
El chico queda de frente, sonriendo, ante el tolete, soltándolo un momento de su boca ávida. Clavando la mirada en los ojos de Genaro, pega sus labios abierto de la amoratada cabezota, besándola, para luego tragarla otra vez, lentamente, cubriéndola y apretándola, con un excitado y ronco hummm. Esa boca, sentía el hombre, le comía el tolete, mojándoselo con su saliva, chupándolo. La boca iba y venía sobre el rígido instrumento; mientras las manos fuertes del chico le atenazaron las nalgas, como para sostenerse. Sentir la boca mamándolo y esas manos cálidas y fuertes reteniéndolo, con los dedos abiertos, sobre sus nalgas musculosas, casi hizo gritar al traficante de ilusiones. ¡Era una locura!, una locura rica y sabrosa. La boca del joven cubre casi todo el tolete, dejando unos cinco centímetros afuera y Genaro siente como esa garganta lo hala más, apretándolo, ordeñándole el güevo sin que el otro se mueva ni un palmo.
Con los ojos fieramente cerrados y la frente algo arrugada, el chico mantiene la tranca en su boca, ahogándose, sintiendo que le tapona la garganta; y aún así, con lujuria, sigue mamándola con sus mejillas, los músculos del gaznate y su lengua que es una masa ardiente. Quiere cada palpitación, cada oleada de calor que mana del rico tolete. Y teniéndolo así retenido, mete su mano derecha entre los muslos del otro, acariciándole una nalga, con exigencia. El dedo medio se proyecta un poco hacia adelante y Genaro siente como ese dedo cálido y grande, recorre y frota su raja interglútea, poco peluda. Ese dedo acaricia, soba, recorre y se empuja contra su raja, algo que nunca antes le habían hecho, ¡un hombre, claro esta! La punta del dedo cae sobre el arrugado ojete de su culo y frota, sólo soba, empujando, sin penetrar.
Genaro tiene que morderse los labios para no gritar de lujuria, de deseos que lo recorrían como oleadas poderosas. El roce de ese dedo, ¡el dedo de otro tipo sobre su culito virgen!, le provocaba unas cosquillas y unas ganas de bailotear, de frotarse contra el dedo, de… No sabía qué; pero era algo que lo enloquecía. La punta del dedo frotaba circularmente, lento, mientras la boca del chico le apretaba y exprimía el tolete, y Genaro sólo deseaba que siguiera y siguiera. Es tanta su excitación que nota como su tranca crece aún más, endureciéndose como una tabla, tan rígida que el muchacho no puede doblarla en su garganta y tiene que elevar un poco la nuca para enderezar el camino sobre su lengua hacia sus amígdalas, para alojarla y mamarla aún más.
El güevo brilla de saliva y jugos, con las venitas totalmente demarcadas, nervudo, mientras esos labios abiertos totalmente, rodeaban como una gran ‘o’ su diámetro, tragándolo con rapidez, mamándolo con urgencia. La sombra de la barba oscurece y se demarca sobre el mentón y el labio superior del joven, mientras la boca continua mamando. Genaro, con la boca abierta, ve como ésta va y viene a lo largo del pilón; siente que el manduco suelta vainas, como jugos o baba, que ese muchacho se tragaba con una expresión de felicidad y de hambre en los ojos, que le parecían aún más excitante. ¡Quería llenarle la boca de semen! Y gritarle: ¡trágatelo maricón!
El hombre miraba con mórbida fascinación (esa que sentían todos los hombres a la hora del sexo y que los hermanaba a la hora de usar el güevo), como la ansiosa boca de labios algo llenos, rojos y muy húmedos, iba y venía sobre la dura y nervuda tranca, soltando saliva y ahogados gemidos de lujuria y placer; tragándola con leves hummm, que al traficante le parecían muy estimulantes. Los labios lo tragan todo, con las mejillas algo ahuecadas mientras chupa, pero con la silueta del instrumento contra ellas. La boca retrocede, dejando el tolete mojado y brillante. Los labios se pegan del ojete y la lengua aletea sobre la lisa cabezota, provocándole mareos al otro. Nuevamente va tragándolo, cubriendo las venas. El joven encuentra esa jugosa y rígida tranca caliente, la siente palpitar y crecer más, taponeándole la garganta, soltando gotas y gotas de líquidos pre-eyaculares, que lo enloquecían. Al joven mamón no había nada que le gustara más que ver un güevo así, creciendo y latiendo dentro de su boca, y los amigos que lo sabían, sabían sacarle provecho a la situación; siempre querían que los mamara. Siempre tenía acción, en su vida joven, alocada y caliente, irresponsable en un mundo de locos, pestes y enfermedades.
El chico, sin pensar en el riesgo de tragar lo que salga de un güevo desconocido (a decir verdad no piensa, sino que siente), mueve el rostro de un lado a otro, como un cachorro luchando con una bolsa, mientras mama. Quedando hacia la derecha, con la boca llena con ese tolete, mira excitado a Genaro, y eso le provoca otro escalofrío al traficante, que nota como la mejilla derecha del joven, se abulta y deforma cuando su tranca pega allí, entre los dientes y la piel; y eso le parece una visión enloquecedora. La boca está tan abierta, que las comisuras parecen forzadas al máximo, mostrando un pequeño y negro lunar en la comisura derecha. La boca masculina, rodeada con la leve sombra oscura de barba y bigote rasurados, traga nuevamente cada centímetro del ardiente tronco.
-Chúpalo, cómete todo mi güevo, maricón. Sácame la leche. -brama bajo, perdida ya toda cordura, Genaro, meciendo casi sin darse cuenta sus caderas hacia adelante. Quiere clavársela hasta el estómago. Quiere que ese muchacho lo mame así, sabroso y con ganas, en momento que el joven pega los labios en su pubis y con su lengua y garganta, sigue ordeñándolo con fuerza.- Hummm… que rico mamas, maricote. -casi le grita, con los ojos totalmente nublado, olvidado ya de en dónde estaba.- Apriétalo… apriétalo con la garganta. -le gruñó, empujándolo en su boca.- Ahhh, que rico. Mamas como un campeón… te gusta mamar güevos, ¿verdad, muchacho? Se ve que sí… ¡Hummm!
Sus manos grandes, calientes ya, caen sobre los costados del cráneo del joven, y lo encuentra más caliente aún, más vital. Pero eso no es lo que le interesa; lo atrapa y comienza a mover sus caderas de adelante atrás, con fuerza, con lujuria, metiendo y sacando su güevo de esa boca ávida, que lo mamaba y lo chupaba con ganas de atraparlo y halarlo. Lo ve arrugar el rostro cuando le clava el tolete taponeándole la garganta, lo oye gemir unos leves uggg, ahogándolo, y repara en la gran cantidad de saliva espesa que mana de esa boca, bajándole por la barbilla, mojándole el tolete también, y en lo único que puede pensar es que quiere cogerle la boca, llenársela de güevo y de leche, con una urgencia que lo enfermaba. Quería hacer eso, y hacerlo ya.
El joven mama con una avidez alarmante, sintiendo ese tronco duro y caliente sobre su lengua, golpeando contra sus amígdalas y bajando por su garganta; pero su lengua y garganta siguen chupando aunque apenas tienen espacio. Quiere más de ese calor, dureza y gotas agridulces, algo salobres, que manaban de la tranca, que le parecían deliciosas. No se hacía rollos, le gustaba sentir eso y lo disfrutaba; y no tenía que buscar excusas para su conducta. El hombre lo embiste duramente, cogiéndolo con ganas, encimándosele más y más hacia adelante; obligándolo a retroceder un poco, hasta que su nuca choca de la delgada puerta que separa esa escena de locura y sexo caliente entre machos, del resto de los pasajeros del avión, donde, seguramente, habría quienes disfrutarían el espectáculo. El joven queda atrapado entre la puerta y el güevo que le coge la boca con rapidez y rudeza.
-Trágatelo todo, por favor… Trágatelo. -grazna ahogado, casi suplicándole que lo mame.
Respirando pesadamente por la boca entreabierta, Genaro cierra los ojos, sintiéndose flotar, abandonándose a la poderosa y gratificante sensación de succión de esa boca que lo apretaba y halaba, como si de una gran masturbada se tratara (pero cien veces mejor, por la calidez y avidez). No sabe si el avión se ladea, pero él siente que se va hacia la derecha y sobre el muchacho, otra vez, clavándole el tolete hasta los pelos púbicos, donde siente el resuello del joven. ¡Hummm, que rica mamada!, piensa desmayadamente; nunca antes lo habían mamado así, ni Felicia que era una fiera; era verdad lo que todo el mundo decía: una boca mamándote el güevo era lo mejor del mundo. Y si era alguien tan ávido como ese carajito, mejor.
Mientras lo chupaba, el joven lo mira, sonriendo, excitado, subiendo y bajando su boca sobre el duro y cálido tolete, lengüeteándolo y chupándolo, contento de saber lo que le estaba provocando con su lengua. Su barbilla está cubierta de saliva, jugos y algo de sudor, a pesar del aire acondicionado. Había algo increíblemente erótico en la escena de ese carajo en la posición del misionero, becerreándole el tolete a otro. Y hay que reconocer, aunque no hable muy bien del joven ni le interese en forma especial a sus padres, que el asistente de vuelo parece muy cómodo, de rodillas frente a ese tipo, vistiendo su uniforme de pantalón azul, camisa blanca y chalequito azul oscuro, de corbata. La tela se alisaba sobre sus musculosos muslos y firmes nalgas. El ancho tórax va y viene al ritmo de la boca chupona, que busca, encuentra, cubre y mama el enrojecido tolete, que también va y viene.
El muchacho cierra los ojos, ahogándose, cuando el tolete se dirige directamente a su gaznate con un golpe de caderas del otro. Aggg, es todo lo que sale de allí, y la saliva. Ladeando la cabeza, mama con ganas de la deliciosa carne, mientras le atrapa las bolas al traficante con una de sus manos, y con un dedo de la otra, sigue frotando y acariciando el pliegue que va de las bolas a la raja interglútea, por donde se mete, explorando travieso, y donde, finalmente, frota el ojete del culo, provocándole horribles y maravillosas cosquillas al otro tipo, que gruñe roncamente al sentirse tocado y acariciado allí, en la parte más secreta y sagrada de todo carajo que se respete.
En esos momentos no hay nada más en la mente de esos dos hombres. Sólo sienten y gozan del poder del sexo, y quieren eso. Ese tolete cubierto de saliva coge y coge esa boca joven y viril, que chupaba con una fiereza sorprendente, que encantaba y escandalizaba al traficante; ¡vaya que le gustaba mamar güevo a ese muchacho! Tanto ejercicio (del bueno, del que da placer) los tiene cubiertos, o eso creen, de una fina capa de transpiración pegajosa e incomoda; pero todo lo que se oyen son ahogados gruñidos, y las chupetadas y gorgoritos de saliva que salen de la boca del mamador. Y justo en esos momentos, ¡alguien llama a la puerta!
Los dos hombres se congelan rápidamente. Con la boca abierta, totalmente en shock, Genaro mira la puerta, donde la llamada se repite. El güevo sigue clavado en la boca del chico, quien mira al otro, entre divertido y alarmado, ¡era grave que lo atraparan así, con las manos en la masa… o con un güevo en la boca!, la aerolínea no iba a perdonárselo (a menos que mamara a la gente indicada). Por su parte, Genaro ya se imaginaba, sin pantalones, con el culo al aire, siendo arrastrado por dos policías a enfrentar a un grupo de reporteros feroces como los del canal venezolano de veinticuatro horas de noticias, Global; a quienes tendría que explicar por qué no hacía esas cosas como el resto de los degenerados, cerca de una escuela pública con una bolsa de caramelos en la mano.
-¿Hay alguien allí? -pregunta una voz alto urgida.
-Está… ocupado. -grazna, roncamente, Genaro.
-Lleva bastante rato adentro, ¿qué hace? -parece molestarse el otro. Y en ese momento, Genaro siente que la boca quieta del chico, ¡continua mamándolo!, halándolo con su garganta y apretándolo con sus mejillas y lengua. ¡Coño, parecía un chupón!
CONTINUARÁ…
Julio César.
