EL TRABAJO ESTIMULA

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   -Hummm… hummm… Me hace falta un amigo que me de una mano… 

   -Rodríguez, ¿no has terminado de lavar ese carro? ¡Llevas una hora! –grita el italiano desde su oficina; vaya pila de inútiles.

   -Ya casi… hummm… -se muerde los labios.- Ya voy a terminar… jefe… Ahhh…

   -Tardas demasiado, maldita sea. Mueve ese culo. –lo reprende a gritos.

   -Ay, Dios… -pega la frente del enjabonado capote.- Lo estoy moviendo… Lo tengo todo mojado…

   -Mueve esos dedos, coño… -sigue regañando.

   -¡Lo hago, carajo! –se le escapa un jadeo, con mirada nublada mueve los dos dedotes que llegan al fondo. Cierra los ojos, obedeciendo al jefe y casi gritando aunque no quería.- ¡Hummm…! Este trabajo… se siente tan bien… -susurra, hasta que una manota caliente le cae en una nalga, haciéndolo gritar asustado.

   -Calma, muchacho, no sabía que estabas tan ocupado. –oye, sorprendido mira al italiano cuarentón, un tipo bien parecido, dueño de muchos talleres y de una buena llave de tuercas que se bambolea en el aire en esos momentos, rojiza y cabezona.- Debiste decirme que necesitabas ayuda… -le retira los dedos del trabajo, le hala la cintura poniéndolo en posición, y lo ayuda en lo que en verdad quería el muchacho.- Ahhh… Rodríguez… Sí que lo mueves bien…

   -Hummm… gracias por la ayuda, jefe… Ahhh… -casi sollozó de gratitud. 

Julio César.

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