UN MARINE SÓLO CONFIA EN OTRO MARINE

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   -No te preocupes, camarada, conmigo la pierdes rapidito… 

   La guerra de guerrilla en la que había devenido la ocupación se había intensificado demasiado, y no parecía haber solución política o diplomática capaz de terminar con los atentados terroristas. Caine, un joven campesino de Wyoming, estaba frustrado, a sus diecinueve años, viniendo de una familia metodista, casi puritana, no tuvo ocasión de perder su virginidad. Y ahí, aunque algunos salían con las locales, las cosas terminaban mal. Esa tarde, luego de las duchas, se confió a Nixón, a quien todos tenían por coño’e madre y medio traicionero, sobre su  problema: era virgen aún. Nixón, recorriéndolo con la mirada le dijo que eso se solucionaba, perdía la virginidad y luego saldrían a patrullar.  

-¡Qué bien! ¿A dónde vamos? –se agitó Caine.  

-Para ningún lado, la perderás aquí mismo, en tu propio catre, es lo mejor, ¿no? –sonrió Nixón, cayéndole encima, besándolo lengüeteado de una forma escandalosa y alarmante.   

   Caine se resistió pero el otro era más fuerte, derribándolo sobre el catre. Ese cuerpo, esa barra caliente, pegándose de él, así como esa boca que lo tragaba, y la manota que ya tanteaba sus zonas restringidas, delicadas, pálidas y vírgenes, lo mareaban. Nixón lo hizo como lo hacía todo, persistió hasta vencer, ¡ah, el poder de la perseverancia!, lo jóvenes debían aprenderlo, pensaba. Supo que había ganado cuando el otro gimió, besó, se le puso dura también, y se relajo de piernas dejando abierto el dulce camino a casa. Una vez ese primer dedo se  instaló, revolviendo el chocolate, supo que el catirito ya estaba en la olla… o se lo hacía él o el joven saldría a buscar quien le calmara el huequito loco así fuera entre los insurgentes. ¡Mejor se lo hacía él!, pensó como buen compañero, metiendo ya dos… 

Julio César.

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