DEMASIADO TIEMPO LIBRE

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   Ah, esos momentos de uno en la mañana… 

   Hombre es sinónimo de vagancia y ocio. Ricardo, quien tenía un horario distinto al de su mujer que salía primero a trabajar, podía seguir en la cama un poco más. Cuando le dio por depilarse las piernas por lo de la natación, su mujer lo miró mortificada; pero a él, que notaba las miradas sobre su cuerpo en la piscina, no le importó. Era muy vistoso en traje de baño. Cuando decidió dormir en suspensorio, la cara se le arrugó toda a la mujer, y claramente le dijo que no aceptaría que durmiera desnudo. Ella ignoraba hasta dónde llegaban ya las cosas. Si le preguntaran, Ricardo no habría sabido qué explicación dar mientras esos tres dedos trabajan, lentos, acariciantes cuando se hundían suave, como cuchillos en mantequilla en nuevos movimientos y descubrimientos que lo hacían gemir bajito y apretar los labios para no chillar en su cama. Muchas veces mordía la sábana cuando los tres estaban clavados hasta el fondo. La cosa, obvio, ya era vieja, de un meñique ya se acercaba al medio puño. La semana que viene su mujer se va de visita con sus padres, y el joven ya piensa en aquella tienda rara donde vendían esos implementos de caucho, gruesos, largos y nervudos. La suerte no lo acompañaría del todo, ya que el negocio era de un pana de la piscina, quien casi lo amenazaría para que aceptara lo que una semana más tarde ya estaría probando, a cuatro patas, agitando ese culo, en la trastienda. Pero, por ahora, “hummm”, gime, algo era algo… 

Julio César.

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