UNIFORMADOS A LA CARGA
UN RATICO EN LA OFICINA
En la oficina Sebastián a veces tiene que encerrarse para tener un momento para sí, cobrar impuestos es una vaina muy tensa, mucha gente llora y grita. Para relajarse como siempre, el hombre se baja el pantalón y las manos caen sobre sus muslos, vaina que le daba alivio. Era un poco osado y sacaba todo lo que llevaba adentro, y su mano trabajaba lentamente, apretando duro, mientras cerraba los ojos meditando sobre las cifras que debía presentar. Le gustaban las corbatas de seda, al tacto con su mano y su… gran preocupación, se sentía bien. Sonriendo mira la hora, su asistente, Germán ya debía estar por llegar, sabía lo que hacía a esas horas. El pantalón cae, el calzoncillo también y monta los pies en lustrosos zapatos en la silla, abierto. A Germán le gustaba mucho tomar licores raros y comer papaya, su boca y su lengua sabía lo que hacían y no había hueco muy chico que no explorara, como le confesó un diciembre, borracho. Sonríe más, era grato que le comieran la papaya, y si al otro le gustaba meterle lengua a frutitas secretas, que a veces bañaba en leche tibia recién ordeñada, ¿que había de malo en eso?
¿DE QUÉ HABLAN EN ESOS MOMENTOS DE TRIUNFO?
-Ganamos… ganamos… -chillaba abrazando a su pana del equipo de natación, panza con panza, pelvis contra pelvis. El otro lo mira falsamente extrañado.
-¿Y qué tiene de raro? Te dije que ganaríamos, por eso apostamos. Tú perdiste la apuesta y ahora debes pagarme.
-¿Qué? ¿Era en serio?
-Claro que sí. Vamos a los vestuarios. Lleva tu aceite que yo llevo condones. Y prepárate, que el triunfo me emocionó mucho, estoy todo tenso, duro y como más crecido. Hummm, ya imagino cuando baje ese bañador con mis dientes la frutita apetitosa que voy a encontrar…
-No sé, pana…
-Déjate de vainas, perdiste y pagas. Además, te va a gustar, ya verás. Se lo hago siempre al resto del equipo. A todos. Y todos siempre regresan a este restorán por un segundo plato de carne grande, caliente y bien dura…
EL MONITOR
Gustavo es monitor de aeróbics y pesas, y sus clases siempre están llenas de muchachos que seguían cada uno de sus movimientos cuando se ejercitaba. Su cintura, panza, tórax, pectorales, bíceps, manos y cuello eran mirados con interés. Gustavo gruñía y sudaba a mares cuando practicaba.
-Odio sudar. -gruño la primera vez al iniciar el año, entrando a los solitarios vestuarios, alzando un brazo, sonriéndole a Jerónimo, uno de los muchachos cadete de los bomberos que luchaba contra cierta fajita en su barriga.- Pasa la lengua, el sudor quema grasa…
Jerónimo enloqueció, seguro ante la idea de que fuera cierto, dándole una buena lavada de lengua, que se le llenó de gusto. Y fue el primero de los muchachos de esa clase que una tarde dada tomó sudor como parte de su rutina de reducción, luego fueron los otros. Mas tarde comenzó a darles de tomar lácteos que eran agrios al gusto. Gustavo, sonriendo, acostado de espaldas, con alguno de los muchachos saltando sobre la garrocha, gritando y sudando a mares, verificaba como perdían peso quemando grasa y agua. El carajo sabía su trabajo, y le daba tanto gusto hacerlo que bailoteaba sus caderas arriba abajo frenético, y no se detenía ante nada, nada era muy chico para ser forzado por la grandeza de su… espíritu, para ayudar a esos carajos a rebajar y estar en la línea.
Julio César.

