UNICAMENTE UN JUEGO

Mayo 12th, 2008 by juliocesarq

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   Ahora no podía quitarle las manos de encima… 

   -Deja la vaina que Michelle, tu mujer, está viendo. 

   -Ella sabe que somos amigos del alma… 

   -Entonces quita la mano y deja de… 

   -Es que esa bicicleta te tiene durito. 

   -Para ya, coño… 

   -Sonríe, disimula y quédate quieto. Tenía tiempo sin verte, o tenerte a mano… 

Julio César. 

NOTA: Mientras eliminaba tantas cosas que ya no interesan, notando que me he apartado mucho de lo que deseaba al iniciar esta página, encontré este corto escrito hace mucho. No lo recordaba. Era una de esas fotografías con las que pensaba jugar a la ambigüedad entre los protagonistas de esa película que tanto me gustó; de hecho la usé durante aquellos tristes días de finales de enero. Me hizo reír mucho cuando lo escribí, al releerlo me preció demasiado atrevido (sobretodo las partes que cambié). Pensé en borrarlo, se los juro, estuve tentado, la envié a la papelera y todo; pero no pude hacerlo. No puedo simplemente eliminar sus fotografías aunque ya las haya usado más de una vez. No es falta de respeto, es… no lo sé.

AL CALOR DE LA AMISTAD

Mayo 12th, 2008 by juliocesarq

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   Amistades de juventud. 

   Aquel grupo de chicos y chicas que deseaban verse y sonar diferentes, habían decidido saludarse de besos en las bocas cuando se encontraran, donde se encontraran así escandalizaran (que era lo buscado). Pero entre Gary y Román comenzó un juego nuevo. Para molestarse, luego de risitas vergonzosas, se retaban con sus besos. O así comenzó, ahora los otros notaban que cuando se acercaban se miraban a los ojos, que cuando Gary acercaba su rostro el otro abría los labios, rojos y húmedos por alguna razón. Que cada boca buscaba y encajaba con la otra, que sonidos ahogados escapaban de allí mientras cerraban sus ojos. Les parecía que en esa unión había movimientos extraños, como lenguas que se buscaban, se ataban, se lamían y halaban, mientras tragaban algo de forma copiosa (¿tal vez saliva?). La cosa llegaba a tanto que las manos de Gary rodeaban ahora la cintura de Román, y este le rodeaba el cuello. Y esos besos, de “prueba” duraban sus buenos y largos minutos. 

Julio César. 

NOTA. Todas las fotografías han sido tomadas de portales gratuitos; que nadie se moleste, por favor…

UN MUCHACHO EN LA MONTAÑA

Mayo 9th, 2008 by juliocesarq

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   Para el muchacho, así era aún más hermoso… 

   Renato había ido al cine con varios amigos del colegio, entre chicos y chicas, para ver Brokeback Mountain más como un desafío de las féminas que por otra cosa. Realmente no esperaba disfrutar esa película; sin embargo no pudo concentrarse mucho en la trama por las bromas que se hacían entre todos, de mil cosas que comentaban todos los días pero que aún así eran divertidas, o de estar ahí o de los besos entre esos dos tipos en la pantalla; actitudes típicas de hombrecitos mocetones ante ciertos temas. Pero al joven le impresionó ver las miradas llorosas de Judith e Ingrid, dos de sus más apreciadas amigas, quienes parecían extraviadas en algún paraje lejano y triste, incapaces de apartar las miradas de la historia. Le pareció extraño que fueran las chicas las más afectadas por un romance entre vaqueros homosexuales, pero sí, fueron ellas las que guardaron un silencio ensimismado mientras salían, tanto que ni siquiera defendieron la cinta cuando algunos de los muchachos intentaron ridiculizarla para hacerlas enojar al tomar asiento en la fonda donde comerían hamburguesas y hablarían más tonterías. Por un momento pareció que las jóvenes no estaban allí, sino en algún otro lugar, uno distante. Renato notaba esas miradas ausente y un tanto torturadas, desconcertado y preguntándose el por qué, ¿qué estaba viendo Ingrid cuando la sorprendió mirando por uno de los ventanales a la noche, a la nada?; no hubo manera de contentarlas esa noche. 

   Poco después copias de la película rodaban de puesto en puesto de buhoneros, gracias al terrible mercado de cintas clonadas y quemadas, que muchas personas preferían a las originales de precios exorbitantes aunque a la larga eso arruinara y destruyera a la industria. El mozo dudó en comprarla, le parecía que era exponerse a la mirada de los vendedores. Así de joven era. Pero la llevó al fin. Esa noche en su dormitorio, intrigado aún por la actitud de las amigas, que les duraba varios días ya, la reprodujo, reparando en la increíble mala calidad, lo mal traducida y lo oscuro de las tomas. Pero poco a poco, cuadro a cuadro, con silencios llenos de mil voces, con miradas que eran llamadas a gritos, en los toques de una guitarra que parecía llorar, el joven fue conociendo a Ennis del Mar y a un tal Jack Twist. Poco a poco fue poniéndose del lado del vaquero alegre, riente y optimista, que miraba al tipo huraño con amor y entrega, con ternura, con desesperación, diciéndole con cada gesto que él (Ennis) era su dueño, su señor y que ya no podía seguir sin él, proponiéndole el huir juntos, de forma vehemente, quemando sus naves de escape, ofreciéndose todo. 

   El joven tuvo que ser testigo, hasta el final, de los rechazos que una y otra vez fue sufriendo ese tipo de mirada intensa e inmensa. Tuvo que ver como su personaje evolucionaba hacia el gris resignación y amargura por una existencia que no fue, después de ser el azul alegre de la vida y esperanza. Lo vio envejecer, gordo, con bigotes, con grandes patillas… y de alguna manera al muchacho le parecía que era más hermoso aún que al principio. Con un estremecimiento interno, algo que a él mismo le sorprendió, descubrió que le agradaba Jack Twist, que sentía su amor, su angustia, su pena. La escena en la que Ennis oye de su muerte, con esa oscura secuencia donde Jack huye, es agredido y cae, arranca ardientes y dolidas lágrimas al joven, quien casi tiene que tragarse unos ruidosos jadeos. Él podía imaginárselo corriendo asustado, lastimado y tal vez llamando a Ennis una y otra vez mientras caía y era golpeado. No entiende si fue asesinado o si Ennis imagina todo eso. 

   Sigue mirando, y la imagen de un Ennis del Mar viejo, frente al armario donde tiene lo poco que posee, mirando las camisas que usaron en esos primeros encuentros de descubrimiento, de amor, de realización y separación, lastima nuevamente a Renato; le atormenta todo ese dolor aunque siente rabia contra el catire que no supo cómo amar a Jack. Imagina a Jack, sangrando aún después de la pelea en Brokeback Mountain, recogiendo esa camisa, tal vez abrazándola y sufriendo por la inminencia de la separación, y guardándola, guardándola como un maravilloso tesoro, como un preciado recuerdo de cuando estuvo en la cima del mundo, en las puertas del Cielo y Dios le había permitido seguir por un tiempo; guardándola para cuando llegaran los días malos, los momentos de soledad. El muchacho estaba convencido, porque así de increíble era ese tipo, que Jack no veía en esos momentos la sangre producto de la agresión de un atormentado y asustado Ennis, quien no sabía de qué otra forma reaccionar y encarar lo que pasaba en su vida, sufriendo ya ante la separación pero queriendo apresurarla creyendo que eso la haría menos dolorosa. Si te odio no me dolerá verte partir, seguramente eso pensaba Ennis, se dice el muchacho, parpadeando, intentando alejar nuevas lágrimas que le parecen poco viriles. 

   Renato esperaba, esa primera vez que veía la película con cuidado, el momento final, ese en el cual Ennis, mirando las camisas enlazadas una dentro de la otra como debía ser, dijera finalmente lo que debió decir antes de bajar de aquella montaña, o a los pies de las escaleras de su casa, o al yacer junto al amante en aquella cama de hotel donde tuvieron que sellar el pacto de amor al reencontrarse: Jack, te juro que te amé, que aún te amo. Pero no, ni aún ahora lo dice, y Renato sufre, exasperado. Botando aire, intentando calmarse, se dice que, después de todo, fue eso lo que quiso decir con ese Jack, te juro… 

   Si, debió ser eso. La guitarra llora, Brokeback Mountain se observa por la ventana y el joven siente que se muere de tristeza, una que es tanta que no puede respirar. Su cara de muchacho está bañada de lágrimas que lo avergüenzan un poco, pero que también le brindan alegría, porque en medio de su juventud entendía que era bueno el que pudiera llorar por eso, por el dolor de otros, por el amor de otros, aún por el amor de esos dos carajos, algo que jamás antes había contemplado sentir. Pero está mal, llora y llora ahora de una forma que no puede controlar, y siente miedo de que no se le pase nunca, que ese dolor que padece dure para siempre, porque ya apagó el DVD, fue al baño y orinó, a la cocina y tomó un refresco, y se asomó a una ventana, un error, porque esa noche cargada de estrellas lo arrastró por un momento a una montaña hermosa y creyó ver el fulgor de una hoguera más allá, y la sensación de tristeza no menguaba. Era tan sólo un muchacho… 

   ¡No! ¡No! Seguramente hubo algo que no vio, algo que no entendió, quizás una escena mal traducida, tal vez una toma cortada. Debía cerciorarse y pone nuevamente la película. No podía ser que terminara así. No era posible que Jack Twist, ese tipo genial, realmente estuviera muerto, no en un accidente estúpido, no atacado por el odio de animales que caminaban en dos patas. Debía haber un error. Ennis no podía terminar después de tanto batallar solo en su trailer, con los ojos cuajados de lágrimas, pensando con amargura en todo lo que había perdido, en todo lo que la vida le había quitado con tanta crueldad. No era posible que ahora únicamente le quedaran esa postal y esas camisas de un primer encuentro, violento y apasionado. Y él, que generalmente hacía chistes sobre lesbianas cuando una chica no quería nada con un muchacho, o que se burlaba de los muchachos francamente amanerados, no con odio ni violencia, sino porque era lo normal, porque así era siempre, no quería entender ese final, ese terrible final de distanciamientos por miedos al que dirán, al qué harán los demás. La soledad y el aislamiento de Ennis del Mar de toda ternura, le parecía ahora demasiado horrible. 

   Ahora le parecía terriblemente malo que toda una sociedad empujara a una persona a negarse a sí misma, a verse como un enfermo, como un ocioso, como un degenerado o un vagabundo, y que lo atacaran con burlas, rechiflas, gritos, agresiones o hasta con la amenaza de un castigo de Dios. Su mamá siempre le había dicho que Dios era el padre amoroso todo poderoso, el que todo lo veía y todo lo perdonaba. Tal vez eran sus hijos los que no eran dignos de decir que hablaban en Su nombre, cosa que no los detendría en sus rencores, después de todo hasta los nazis cuando mataban judíos tal vez creían hacer el trabajo de Dios, o los racistas que mataban negros, o los vigilantes que atacaban inmigrantes en una frontera, con odio. Pero Renato es muy joven y no puede seguir esos lineamientos mentales. Para él era evidente que Jack y Ennis no fueron felices porque tuvieron que separarse, no podían vivir juntos, debían tener mujer e hijos para que el mundo estuviera conforme y todos fueran felices. Excepto ellos dos y la gente a su alrededor. Pero sabía que pensar en eso de nada servía. 

   Nada iba a cambiar la vida solitaria y  triste de Ennis, quien padecería cada día del resto de su vida el infierno de recordar al hermoso y alegre Jack, quien lo amó y le pidió que escaparan juntos, buscando su lugar bajo el sol, algo para los dos donde pudieran estar juntos para siempre, pero al que rechazó, rechazando la vida y la felicidad. Nada iba a traer de vuelta a la vida a Jack, eso también lo entendió. Y algo que Renato jamás le contaría a nadie, ni bajo tortura, era que por tercera vez en su vida se había enamorado de una forma total, inocente y desesperada; después de la profesora Mary, de biología, y de Susana, la mejor amiga de su madre, amaba a Jack Twist, el tipo de mirada directa y enternecedora, el carajo con valor, quien una noche comprendió que amaba a ese otro tipo y tomó la desición de actuar aunque todo estallara en su cara, porque entendía que era mejor recibir un golpe y un rechazo en ese momento a vivir soñando con lo qué pudo suceder si hubiera tendido una mano hacia Ennis y lo hubiera tocado. 

   Sentado en su cama, con las manos sobre la boca, los ojos aún bañados de llanto, el joven admite que si, que ama a ese carajo de una forma que le duele, pero que también le enternece. Para él no había sido una historia escandalosa ni fea, ni una propaganda retorcida de homosexuales ociosos, de maricones sinvergüenzas como muchos la tachaban de forma ligera, llevados por ese odio siempre a flor de piel que se dejaba ver como intolerancia hacia los demás. Para él había sido una historia de amor, grande, poderosa, esas miradas, esos besos, esos momentos de ternura, tan escasos, tan pocos, tan terriblemente pocos, habían transmitido todo ese sentimiento. Era una historia de amor trágico, sin un final feliz, pero de amor al fin y al cabo. 

   Esa noche lloro aún más todavía. Después de cenar con sus padres en la sala, algo que los desconcertó ya que hacia años que comía sólo frente a su televisor, y de que le preguntaran sí le pasaba algo porque estaba muy callado, el joven regresó a su cuarto y se revolvió en su cama sin poder dormir. No podía pensar en la novia; o en manosearse bajo su sábana; no podía alejarse de esa pradera, de esa fogata, de ese cielo. Cerraba los ojos y visualizaba la hermosa montaña, con una tienda de campaña alzada junto a un arroyo, sin nadie por esos lados, sin nada más, donde dos hombres cortaban leña, pescaban o cazaban algo y se encontraban allí, mirándose, rientes, con amor; podía ver al moreno saltar a caballito a la espaldas del otro que brincaría como un potro, derribándolo luego de espaldas sobre la grama, para caer sobre él, besándolo, incapaz de contener sus ganas de tocarlo todo. Y que cada noche se encerraban en su carpa, y Ennis, desnudo bajo las mantas, miraba el rostro de Jack debajo de él, diciéndole que lo quería. Y Jack sonreía con sus ojos grandes y bonitos, y las bocas se unían con anhelo. Y así, por siempre y para siempre, vivirían su amor y estarían juntos, estarían completos y serían felices. Pero Renato no puede evitar un suspiro de tristeza, porque cuando lograba engañarse así, sonriendo aliviado, seguro de que Jack dormía en brazos de Ennis, satisfecho, feliz, recordaba al momento siguiente al joven corriendo y siendo agredido. 

   El tiempo pasa y Renato ya lleva cuatro semanas de haber comprado la copia pirata y barata, deseando angustiosamente que saliera el original. Vivía deseoso y temeroso de ir a un cine y verla en pantalla grande, limpia y nítida, porque podría llorar ahí delante de todos. Ahora se movía de forma distinta y escuchaba realmente cuando un adulto hablaba del trabajo duro que pasó de niño o de la pérdida de un ser querido, ahora podía entender y reconocer esas miradas húmedas, dolidas. Ahora no podía burlarse de la gente, ni de la loquita que vagaba sucia por las calles hablando con un perro, malhumorada, ni de la muchacha fea de la escuela a la que todos molestaban, sólo para reír y divertirse, porque teme saber que ella pueda tener su propia historia, una dura y grande, y reírse de ella le parecía cruel, algo que… entristecería a Jack. Han pasado cuatro semanas y la tristeza le dura y cierta melancolía lo rodea, confiriéndole una serenidad extraña, algo que ya notaban, interesadas, muchachas mayores. Ahora él tenía secretos, como la montaña. Uno era que había visto la cinta otras doce veces, jurándose siempre que esa sería la última vez, y en cada una de ellas lloró por Ennis, el tonto que lo pierde todo. Pero sobretodo, por Jack, su amor bonito e idealizado, su otro secreto. 

   Una tarde, frente a su computadora, incapaz de contenerse, buscó referencias en Internet de Brokeback Mountain, encontrando más de 17 millones de ellas. Comenzó a leer páginas con críticas de cine. Algunas le gustaron, aquellas que hablaban de la belleza de la cinta y del gran papel de sus protagonistas. Otras las odió, las de aquellos que esperaban ver algo totalmente distinto, tal vez a Depredador besándose con Alíen, para terminar luego en persecuciones alucinantes y estallidos que le dieran dinamismo y emoción, con todos los nuevos efectos especiales y viejos clichés. Una tarde, viendo un espacio para comentar, botó aire y se atrevió. 

   “Me llamo Renato. No sé cómo explicarlo pero para mí esta ha sido la mejor película que he visto en toda mi vida, y realmente no espero que un día aparezca una mejor. Creo que Jake Gyllenhaal y Heath Ledger merecen ser aplaudidos y considerados los mejores actores de su generación. Lo que más me gustó de la película fue…” y ya no supo que decir porque la emoción lo embargaba, lo quemaba, le dolía sentir lo que le oprimía en el pecho, pero también le gustaba y no estaba transmitiéndolo bien. “Yo amo a Jack Twist”, terminó casi a la carrera, empañándosele la mirada, confesándolo al fin. Lo publicó con miedo, quedándose sentado, viendo aparecer el comentario, jadeando, avergonzado de sus palabras, pero alegre y casi orgulloso de haberse atrevido. 

   “Te entiendo, Renato”, se sorprendió al ver aparecer una respuesta casi al instante. “Lloro cada vez que recuerdo su historia. Me llamo Verónica. Yo también lo amo. No es que me guste o lo quiera. No, yo lo amo. A veces, en mi consultorio (soy dentista), al estar sola, no puedo evitar sentirme triste y llorar por ellos. Por él que tanto ofreció, que tanto entregó. Que tanto amó. No te sientas mal, Renato. No eres el único. Otros te entendemos. Copia esta dirección y conocerás a los demás, a la gente del Proyecto Brokeback Mountain, a quienes esta película les cambió la vida de forma suave, sutil, pero evidente. No estás solo, cariño…” 

Julio César.

SANTA ESPERA POR SUS DUENDES…

Mayo 9th, 2008 by juliocesarq

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   Santa siempre brinda placer a todos… 

   -Hola muchachos…

   -Hey, miren, chicos, Santa nos espera, que lindo, ¿no?

   -Creo que el pobre necesita un poquito de atención después de tanto dar esta noche.

   -Pues a nosotros también tendrá que darnos lo nuestro. ¡Que lo de todo!

   -¿De qué hablan chicos? –pregunta Santa sonriente.

   -Ya lo verás, Santa… Deja que desenvuelva mi regalo para ti… ¿te gusta? Me dicen que con dos más de este tamaño podría terminarse con el hambre en el mundo, ¿qué piensas?

   -¡Vaya, sí, es enorme! –jadea Santa, sorprendido, abriendo los labios sin darse cuenta cuando la rojiza pieza se acerca, quemando, a su rostro. Debía ser toda una vara de fuego.

   -Eso no es nada. Mira la mía. Se atasca siempre que la meto en una cañeriita chica y apretada, como imagino que son las tuyas, Santa…

   -Pero no será por mucho tiempo, ¿verdad, Santa? También yo tengo la mía…

   -También esta la mía toda para ti, Santa…

   -Y la mía… -y todos, desenvuelto los ragalotes, fuero hacia Santa quien gimió antes de bucear entre ellos para no ser avasallad por sus jueguitos. Probó todo lo que dijeron, y mucho más. Desde que le pidieron hacer de Santa en la fábrica, y alguien dejó el calzoncito con la gorra, Julián sospechó que iban a darle su gran noche buena entre todos. Y así fue. Ese calzón y la gorra tenían magia, como comprobó cada vez que los usó en el futuro. 

Julio César.

AY, ESA ROPITA INTERIOR…

Mayo 9th, 2008 by juliocesarq

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   -¿Qué, no te gusta así? 

   Como habrá  notado cualquiera que halla leído alguno de mis relatos, e incluso halla visto las fotografías (imagino que pocos, la gente seria sólo va por los artículos como quien lee la PLAYBOY), siento cierta preferencia a la hora de imaginar ropa interior. Más específicamente a hombres en ropa interior. No es complicado, me fascina ver fotografías de sujetos en bikinis, tangas y suspensorios. ¿Qué se le hace?, son imágenes que me llenan de calorcito. Casi puedo rastrear esa fijación hasta mi última niñez, ya a los doce, cuando la primera revistica verde cayó en mis manos, una de PENTHOUSE, donde una hermosa chica, con una diminuta pantaletica roja, se exhibía. Desde ese momento me quedó el amor, como imagino que le ocurre a la mayoría de los hombres, héteros u homos, por semejantes prendas, sobre el cuerpo correspondiente. 

   ¿Quién no ojeó una revista de culturistas con aire docto y señor fruncido, pero con los ojos en los bikincitos, o de deportes simplemente, deteniéndose en esos cuerpos mazacotudos? Pocos. Esas prendas mínimas son lo más grande. De hecho hay sujetos, héteros, aunque jamás lo dirían así, que se quedan mirando a carajos bien formaditos en una piscina si llevan un bañador chico, tal vez para criticar o algo, pero de que miran, miran. Imagino que todo el mundo lo nota aunque se hacen los locos. Esto me lleva al punto: en la vida real, cotidiana, eso no es tan bueno. A menos que se tenga un cuerpo del carajo. Un sujeto obeso, peludo y con aire de rascarse las metras cuando no lo miran (y aún cuando lo miran) no es nada sugestivo en tales vestimentas. Igual que aquellos que parecen peleados con el agua y el jabón. La tanga no le queda bien a todo el mundo, lamentablemente hay que admitirlo. 

   Ahora, con los bóxer, realmente hemos venido a descubrir lo que es comodidad al vestir, o bajo las ropas. Son prendas tan placenteras, tan funcionales, que uno se pregunta cómo no las usaba antes. Como hombre que de niño usé los tipos ovejitas, mi mamá me los compraba, al ir creciendo compré mi propia ropa y usé los más chicos, porque eran prácticos para llevar la camisa por dentro y para sujetar con cierto grado de seguridad… el bojote, sobretodo en esos años cuando no podía acariciarnos una brisa sin que despertara con ruido. Pero ahora me parece más cómodo, y hasta elegante, el bóxer. Sí, lo sé, no es una prenda tan fantástica, erótica, evocadora, que caliente… como ver a uno de estos modelitos que coloco por aquí con esas tiritas que provocan arrancar con los dientes. Pero en la vida real, el bóxer es mejor.  

   Personalmente no los uso de media manga, son incómodos, uno se sienta y cuando el muslo se retrae, molestan. También se notan a veces con cierto tipo de telas. Prefiero el bóxer corto, ese que termina en el bajo paquete. He notado, modestia aparte, que se ve bien cuando uno se quita las ropas, quedando en medias, camiseta corta y uno de ellos, algo recogido por los costados, enmarcando todo el paquete. En otras miradas se nota también que agrada. Los de algodón son increíblemente buenos, suaves y funcionales. Tengo unos que me trajo una amiga de Colombia y parece que jamás van a acabarse, aunque son blancos, color poco práctico para el hombre. Ese color está bien para un modelito guapo que se quita las ropas para una película; en uno, después de todo un día en la calle, lo más probable es que se note cierta mancha al frente, amarillo pollito, y no de virilidad. Los colores grises, azules y negros son representativos, elegantes, y te cubren por si hay ese problemita. Y esto no tiene nada que ver con la edad. Ya lo dijo Stephen King en una de sus mejores novelas, cuando unos chicos meaban unos al lado de otros y cada uno se sacudía al terminar pero veían que se mojaban; fue cuando uno declamó: lo dijo Aristóteles, ya lo sabía Platón, el hombre cuando orina guarda las últimas gotas para el pantalón. En este caso sería para el calzoncillo. 

   ¿Por qué hablo de ropa interior representativa y de agua y jabón? Fue algo que aprendí cuando comencé a trabajar como inspector sanitario en hospitales. En una de mis primeras observaciones de campo me tocó estar en el servicio de radiología del hospital Pérez de León, en Petare, la zona más oeste de la gran Caracas. Allí llegaban las emergencias, y eran como las ocho y media de la mañana cuando llegó un tipo cuarentón, barbudo, sucio de ropas, gordo, y cuando le quitaron los pantalones para practicarle una radiografía de abdomen y pelvis, llevaba uno de esos bikinis de licra, rojo para ñapa, roto por la liga de la cintura, metido casi todo entre las nalgas, enrollado en todo lo demás. Y olía a rayos. La médico de turno, una muchacha bonita, me parecía muy joven, dijo algo lapidario: son el colmo estos hombres que salen a la calle sin lavarse el culo y las bolas, y vistiendo esa mariquerías. Desde ese momento tomé por costumbre asearme muy bien y llevar ropa interior más o menos, que aunque fuera algo chica en esa época, fuera de buena tela. 

   Mis amigos, los más jóvenes sí están ahí, jamás salgan de sus casas sin bañarse y lavarse muy bien bolas y culo, como decía esa doctora. Ese olor, sobretodo si se ha tenido actividad y huele a huevos podridos, no es nada grato, y lo peor es que parece percibirlo todo el mundo, y lo digo en serio, no es para enorgullecerse de eso. Hay que formarse esos hábitos. Bastante agua y jabón, y hasta talquito, y sobre todo eso, un bóxer que quede del carajo… Quien sabe, tal vez tengas que entrar en el baño de una discoteca, un cine, un mercado o algo y un muchachón se quede mirándote. ¿Puedes imaginarte la escena, el tipo sonriéndote y dando vueltas y tú ya como todo acerado? Pero ¿te imaginas que realmente se acerque y diga algo como: fo, pana, hueles a chivo? 

   Créanme, muchas veces un olorcillo, o una ropa con pinta de desaseo o descuido, enfría el guarapo. Imagino que si se es muy joven y se tiene muchas testosteronas dando vueltas, eso no parará a nadie, pero siempre he creído que quien no se cuida de lavar ni su miembro, quién sabe que más es capaz de dejar de hacer, y eso siempre es un riesgo. Así que, aseo. Lo del talquito tiene sus otras ventajas, evita rozones, humedades incomodas entre el muslo y la cadera, y casi todos conserva cierto aroma, y como dije una vez, nunca se sabe cuando un carajo bien plantado del trabajo tiene que agacharse bajo tu escritorio a buscar algo que se le cayó, olfateando y diciendo algo como: verga, qué bien huele. Eso siempre da pies a más: ¿quieres olerlo mejor? 

   Busca, pregunta, tal vez encuentres el tipo de talco o crema que mejor te acomode y que termine agradándote. Igual que los bóxer. Hay variedad, cantidad y colores, así como modelos, algo habrá que te guste y que te sirva. Esos detalles que hablan de cuidado, de aseo, de… elegancia, siempre son bien captados, y apreciados… por otros, que es lo que buscamos, ¿no? 

   Para finalizar, un cuento que me echaron una vez: estaban dos indigentes haciendo el amor con pasión, cuando la mujer le dice al hombre: mi amor, tienes ese pájaro como un palo de yuca. El hombre, todo pomposo, le pregunta: ¿por qué lo dices, por lo grueso y nervudo? Y ella replica: no, porque está todo lleno de tierra. 

Julio César.

DEPORTE DE HOMBRES

Mayo 9th, 2008 by juliocesarq

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   Sudor y jadeos, pero los socios deseaban trusas más chicas… 

   Los musculosos y oleosos cuerpos se frotan, pegan y luchan. Germán tiene sus pómulos rojos, por el esfuerzo, pero también por el peso y calor de Vicente a sus espaldas. Cuando el evidente y cálido bulto pegó en su mejilla, gimió contenido, sintiéndose alebrestado… cosa que Vicente notó mientras atenazaba su muslo arriba, antes de variar de objetivo, como al descuido, dándole un apretón que lo estremeció todo a ambos. Parecen congelarse así, con Vicente de cabeza tocando y apretando leve, mientras atenaza una tetilla del otro. Germán siente que se muere (¿tal vez vencido? No parece) y descansa su rostro en la pelvis del otro, sintiendo el caliente y agradable alivio. El publico, con ojos ávidos, deseaba más, y gritaba: atrápaselo con la boca; métele la mano; lo tienes ya, cógelo bien… 

Julio César.

ABRIL-MAYO

Mayo 9th, 2008 by juliocesarq

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   Definitivamente voy a tener que reconsiderar mi punto de vista sobre el cambio de gobierno en Estados Unidos. Hace poco, cuando hice mención a un posible desastre que dejaría a los republicanos en el poder si se elegía al señor Obama para la candidatura demócrata, mucha gente me acusó de cierto tinte racista, y de que hablaba necedades sin sentido. Intenté explicar en qué me basaba para hablar, pero no convencí a muchos; pero hace poco, en GLOBOVISIÓN vi al internacionalista Alfredo Salgueiro, un señor nada agradable, comentar que la manera torpe de comportarse de los demócratas casi había conseguido un empate técnico entre estos y los republicanos, que como estaban las cosas él prefería al republicano. Y lo decía con disgusto. Pero es que los demócratas no dan pie con bola; entre ellos ya sólo quedan personas gritonas, aparentemente no subsiste un estadista, ni un solo hombre o mujer de estado que sepa mirar por encima del borde del vaso. A la fiebre de izquierdas retrogradas y trasnochadas que recorren Latinoamérica, con su odio visceral hacia el Norte, responden dándole la espalda a uno de los pocos socios confiables que tienen, Colombia, con lo del tratado de libre comercio. Aducen que es imposible ayudarlos por las denuncias de represión, de paramilitarismo y de violación de los derechos humanos. Claro, esta recua de bichos se lo hace a Colombia, a China, con sus mil y un pico de millones de habitantes, de gente que puede comprar cuanta baratija se produzca en el mercado, ni se les ocurre ponerle peros porque, ¿y si se molestan y dejan de comprar? No, China es un bocado demasiado grande para sus boquitas chillonas, podrían atragantarse, Colombia es más fácil, y que eso cierre la puerta de un gobierno serio, de derecha, es lo de menos, después de todo cuentan con que si se arman gobiernos peligrosos y delirantes que se asocien a extremismos de otros lare, ya habrán marines pendejos que vayan a morir en playas extrañas para reparar sus imbecilidades. De lo que también podrán acusar al gobierno de turno. La verdad es que los demócratas ya hasta parecen peligrosos. 

   Casi tan degradante como eso, es tener que ver a un señor que molesta por sus políticas de pacifismo a troche y moche, defendiéndose a todo gañote, negando ser el culpable de la represión, violencia y muertos en el Tíbet. Porque el responsable de todo eso es él, no es China con su ocupación y su aparato de terror. No, es el Dalai Lama, ese peligrosísimo hampón que tuvo el tupe de alzar a los monjes. ¡Pobre China!, por suerte el Comité Olímpico Internacional se ha puesto decididamente de su parte, igual que los demócratas norteamericanos, Bush y Chávez, todos ayudándolos para que sometan al peligrosísimo sujeto. Y de tanto repetirlo esa gente, y de tanto oírlo, uno va a terminar creyendo que es verdad, que los juegos deben ir por encima de cualquier cosa, después de todo representan mucho dinero… digo ideales. Cuando uno mira las escenas en el Tíbet, oye las explicaciones de las autoridades chinas y las reacciones de una mayoría cómplices, casi parece verse esos antiguos documentales de
la BBC de Londres cuando se denunciaban los crímenes nazi contra los judíos, cuando muchos decidieron dejar de ver, hacerse los locos y hasta simpatizar con el régimen.
 

   El regreso del señor Silvio Berlusconi al poder en Italia, me resultó algo sorpresivo, jamás esperé que ese hombre temperamental y odioso repitiera, pero el pueblo italiano, acosado de problemas, decidió retirarle a apoyo a una izquierda inútil como no sea para criticar desde la oposición, entregándole nuevamente el poder. Así lo habrán hecho de mal, porque ese señor es venenoso. Pero igual ocurre en Francia, Nicolás Sarkozy ya aburre con su farandulerismo fatua, sus poses y payasadas sin abocarse a resolver problemas. De ese señor pensé muy mal cuando se inventó un test para que sus ministros fueran evaluados y echados según su desempeño, ¿acaso los ministros no obedecen a una línea de gobierno dictada por él?, ¿o cada quien hace lo que le da la gana para ver cómo le va? Ah, gente incompetente, no entiendo para qué buscan el poder si no saben qué hacer. 

   Hace poco se supo que el pico Bolívar, el punto más alto de Venezuela, de nieves eternas, está deshelándose. Se derrite y mucho se teme que se pierda toda esa belleza natural. Ya se habla de una tendencia irreversible. Casi simultáneamente llegó la noticia de que en Los Alpes, Los Pirineos, zona de vacaciones y deportes invernales, se observa y padece el mismo problema. El ecosistema invernal ya no se sostiene, el hielo y la nieve van desapareciendo. Y no es porque estemos pasando por alguna casa mala del zodiaco, o este sea un año malo chino (que los hay) sino por un fenómeno climático. Seguro no han oído de él, casi nadie, muchos lo creen un simple mito: el calentamiento global, la subida de la temperatura. Será un día triste cuando las cumbres andinas dejen de reflejar el sol, con destellos de plata, al desaparecer sus casquetes. Fuera de que eso marcará el fin de los ríos que riegan la zona con agua dulce; me pregunto cuánto aguantará el mundo cuando uno a uno vaya secándose todos los afluentes de agua tierra adentro. 

Julio César.

FORZUDO

Mayo 7th, 2008 by juliocesarq

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   -Tú si tiene bolas, cuñado, botando esa leche viéndome. Dámela a mí… 

Julio César.

ESPERANDO LAS OLIMPIADAS

Mayo 5th, 2008 by juliocesarq

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   -Estoy como… acalambrado… 

   -Oye, ¿qué haces? –le pregunté a mi mejor amigo, Nelson.- ¡Eres repugnante! –acusé, aunque debía admitir que no era cierto. ¡Qué facha!

   -Hummm… pana, mirar el voleibol femenino siempre me pone mal. –y su mano se cerraba con mimos, adorándose a sí mismo.

   -Pero ya terminó. ¡Esto es lucha olímpica masculina! –aclaré, mirando la pantalla de televisión, pasando saliva; por alguna razón tenía la lengua seca, tal vez necesitaba un buen trago…

   -Sabes que me encantan los deportes; me gusta estar durito. Hummm…

   -Conozco una llave de lucha. –caí sentado a su lado, sorprendiéndolo.

   -¿Si?

   -Si. –y actué.

   -¡Hey! Saca esa mano de ahí. –lo sorprendí.

   -¡Oye, sí estás durito! –gemí con la mirada fija, apretando y apretando, desenvolviéndolo… del misterio. Seguí tocando ese enorme y ardiente… cuerpo, mientras Nelson sonría mirando la televisión, quieto; creo que deseaba un poco más porque atrapándome la nuca me haló acercándome mucho, ¿desearía decirme algo? No lo sé, pero abrí mucho mi boca y saqué mi lengua, con el corazón palpitándome, para… preguntarle. 

Julio César.

CABALGATA

Mayo 1st, 2008 by juliocesarq

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   Otean en la distancia buscando un destino junto… 

   El cielo hiere de lo hermoso y claro que está mientras los dos vaqueros se mecen al compás del trote de los caballos. Es un cielo despejado y amplio, libre de nubes, de un azul que corta la respiración; de un celeste que a Ennis del Mar le recuerda noches frente a una hoguera, o de rodillas dentro de un tienda de campaña, cuando miró el amor y la entrega en lo más profundo de los ojos del sujeto que cabalga a su lado. Sujeto que va hablando mucho, como siempre, risueño, alegre y optimista, tal vez como si temiera callar y que en medio del silencio la cruda realidad los alcanzara. Pero no, la vida no los alcanzaría nunca porque nunca se detendrían, eso lo habían decidido ya. Y el rostro hosco y delgado del catire se suaviza un poco al pensar, mariconamente, que él sólo se detendría, tal vez, para mirar en los ojos de su compañero y ver en ellos todas esas promesas que le parecían absurdas, fantásticas e imposibles en la voz de otro hombre, pero que emergían fácilmente en esas pupilas. Esa mirada le decía que todo saldría bien, y él lo creía en esos instantes cuando lo eterno se detenía. 

   Los dos jóvenes, con sus casi veinte años a cuesta, otean el horizonte, buscan un punto exacto, buscan una vida juntos desde que descendieron de aquella montaña alta y fría, azarosa y algo cruel, pero donde aquellos hombres habían encontrado lo que nunca habían tenido, aquello que ni siquiera se habían dado cuenta no poseer. A Ennis le asusta un poco, teme que vayan donde vayan los vean con burlas, con asco, que los juzguen, que le griten maricas, y muera de rabia o vergüenza: “miren al marica”. Le aterra que sea alguien a quien conoce el que lo grite, entre el desprecio y las risas crueles. Pero calla ese miedo, no tenía derecho a sentirlo cuando cabalgaba junto a Jack, el valiente y hermoso Jack. No quiere expresarlo porque sabe que vencerá al maldito miedo al final, lo sabe desde que emprendió la jornada con ese hombre en busca de su felicidad. 

   No sólo buscan un lugar donde asentarse, donde posar los pies y luego los cuerpos mientras se aman, cuando sus manos recorrerían nuevamente el cuerpo del otro, como incrédulo, como no convencido aún de que realmente lo tiene, de que Jack es suyo. Buscan ese lugar donde no hay temores, risas, burlas, desprecio ni agresiones. Jack le dijo que si seguían hacia el Sur, siempre al Sur, llegarían a una tierra sin prejuicios, sin el odio de aquellos que se sienten amenazados en lo que son porque les parece que dos hombres se miran demasiado, como con ternura, como con afectación, como con amor. Jack dice que esa tierra existe, y Ennis quiere creerlo, como creyó a pie juntillas la mirada larga que esa segunda noche Jack le lanzó cuando él entró a gatas en la tienda: te amo, Ennis del Mar, eres mi vida y ya no soy nada sin ti. Eso fue lo que leyó, y lo creyó, casi llorando ante la inmensidad del regalo. 

   Ennis vuelve un poco el rostro y mira a Jack sonreír, no a él, sino al camino, al paraje que está frente a ellos, seguro como está que llegaran pronto a la tierra de promisión. Las mejillas de Jack enrojecen poco a poco por el sol, pero parece no notarlo. Y Ennis nada dice, no quiere distraerlo, no quiere desviarlo de su camino de esperanzas, de sueños, de deseos. A él no le parece algo tan seguro, aunque sigue adelante, sin cansarse, oyéndole decir con vehemencia, con esperanzas: “más al Sur, Ennis, más al Sur estará bien, es por allá”. A él le basta con cabalgar junto a Jack, y si continuaran así, eternamente, estaría bien, hasta que muriera de viejo, a su lado, y cuando Dios le preguntara qué había hecho con su vida, que sí entendía la gravedad de su pecado, él con la vista baja respondería que si, que corrió tras su destino, rumbo al Sur; y después esperaría lo que llegara, pero si en esos momentos lograra recordar el tiempo vivido con el otro, ni el Infierno estaría mal. 

   Ahora iban a buen paso, y sus temores iban quedando a las espaldas, rezagados, refunfuñando al ir quedando muy atrás. Jack no ha sido muy específico sobre el sitio a donde marchan, pero a Ennis no le importa porque más o menos imagina también ese lugar, aunque le cuesta más, no es un alegre charlatán como el otro. Será un sitio alto, con montañas de suaves pendientes, de verdor, con arroyos claros y fríos, como dicen que una vez fue el Paraíso. Allí levantarán la cabaña, de madera sólida, con los pocos y necesarios muebles para vivir. Sonríe con cierto embarazo pensando en la cama grande y fuerte, resistente, que constituirán, y puede imaginar la mueca libidinosa y atractiva de Jack mientras lo hacen. De noche podrán salir bajo las estrellas, y se sentarán alrededor de una fogata en el porche rústico, que parecerá parte del paisaje, una que jamás se apagará. Fumando y tomando whisky barato hablaran y hablaran, de todo lo que nunca le han contado a nadie, de las cosas que desearon sentir, decir y hacer durante toda una vida, y de las que esperaban realizar todavía. No se cansarían de hablar, y cerrando los ojos, él sonreirá oyendo a Jack contar sus cuentos exagerados sobre el rodeo o las chicas que se habían enamorado de él. Y cuando la noche avanzara, y el whisky menguara entumeciéndolos dulcemente, Jack tocará su horrible armónica, y a él le parecerán las melodías más hermosas de todo el mundo, y pensará que nunca hubo un portento musical igual a su Jack. 

   Y seguirían así hasta que adivinara en el silencio de Jack ese deseo tan grande que ya no lo dejaba moverse. Y él, Ennis del Mar, se pondría de pie tendiéndole una mano y ayudándolo a levantarse, para mirarlo a los ojos en las penumbras, abrazándolo y finalmente besándolo, como no podía dejar de hacer desde esa segunda noche en aquella tienda de campaña. Su boca lo cubriría y se apoderaría de la suya, hasta que Jack gimiera contra él. Y sabe que Jack haría esa vaina que lo enloquecía cada vez, abrazándose a él, le rodearía la cintura con sus piernas, y él tendría que llevarlo en peso a la cabaña, ¡y cómo pesaba!, a la gran cama donde caerían uno en brazos del otro, y la noche no alcanzará para hacer todo lo que deseaban, para calmar tantas ganas, para explorar tanto, para cansar sus cuerpos. Y despertarán con el ensordecedor gorgojear de los pájaros, abrazados, cada uno sintiendo el cuerpo tibio y firme del otro, y por un instante se quedarían quietos, disfrutando eso y pensando, tal vez, que todo lo habrían perdido y desperdiciado si al bajar de Brokeback Mountain no hubieran montado en los caballos y escapado juntos a la carrera. Jack se estremecería ante tan terrible idea, y Ennis no podría ni imaginar lo que habría sido de su vida si no hubiera aceptado la oferta que vio brillar en los ojos del otro. 

   A media mañana irían hasta el pequeño río y gritando como niños se arrojarían en él, abrazándose. El agua, el cielo y las montañas solo reflejarían esas ganas de vivir, esa felicidad de estar juntos, el gran amor que esos dos carajos habían descubierto el uno por el otro, cuando ya estaban más allá de toda censura. Sí, se había enamorado de ese otro carajo, ¿qué podía hacer? ¿Arrancarse el corazón? Nada importaba ya, sólo eso, únicamente Jack, y lo demás que se fuera al demonio. Y mientras cabalgan, todavía no lo suficientemente adentrados en el Sur, Jack sonríe todavía más, lleno de optimismo; y a su lado Ennis no quiere dejar espacio para las inquietudes. Marchan hacia el Sur, no saben exactamente a dónde, pero lo intuyen: una tierra de buenas personas, de gente que habla con todos y de todos pero sin juzgar, sin condenar, sin odiar. 

   -Aún hay que seguir más al Sur, Ennis; pero me parece que ya estamos cerca. –le sonríe Jack, echando su sombrero hacia atrás, estudiando el horizonte, forzando su azulada mirada, esperando en cualquier momento que sus sueños se materialicen en forma de montañas, unas montañas amigas, que brindarán apoyo y seguridad. Unas montañas que sabemos que no estarán porque sólo existen en las esperanzas y en los anhelos del joven. 

   -Que bien, jack. Ojalá lleguemos antes de que anochezca. –responde Ennis, mirándolo con ese afecto tosco, volviendo la vista al horizonte, donde sólo hay valles y más llanuras, esperando que su deseo, su amor y fe sea igual al de Jack, y tenga la fuerza suficiente para levantar las dichosas montañas. Y repara en que el otro frunce un poco el ceño, con la boca abierta. 

   -Mira, creo que hay como una sombra a la distancia, ¿será allí…? 

   -No lo sé, Jack, tu vista debe ser mejor que la mía… 

Julio César.