
Para el muchacho, así era aún más hermoso…
Renato había ido al cine con varios amigos del colegio, entre chicos y chicas, para ver Brokeback Mountain más como un desafío de las féminas que por otra cosa. Realmente no esperaba disfrutar esa película; sin embargo no pudo concentrarse mucho en la trama por las bromas que se hacían entre todos, de mil cosas que comentaban todos los días pero que aún así eran divertidas, o de estar ahí o de los besos entre esos dos tipos en la pantalla; actitudes típicas de hombrecitos mocetones ante ciertos temas. Pero al joven le impresionó ver las miradas llorosas de Judith e Ingrid, dos de sus más apreciadas amigas, quienes parecían extraviadas en algún paraje lejano y triste, incapaces de apartar las miradas de la historia. Le pareció extraño que fueran las chicas las más afectadas por un romance entre vaqueros homosexuales, pero sí, fueron ellas las que guardaron un silencio ensimismado mientras salían, tanto que ni siquiera defendieron la cinta cuando algunos de los muchachos intentaron ridiculizarla para hacerlas enojar al tomar asiento en la fonda donde comerían hamburguesas y hablarían más tonterías. Por un momento pareció que las jóvenes no estaban allí, sino en algún otro lugar, uno distante. Renato notaba esas miradas ausente y un tanto torturadas, desconcertado y preguntándose el por qué, ¿qué estaba viendo Ingrid cuando la sorprendió mirando por uno de los ventanales a la noche, a la nada?; no hubo manera de contentarlas esa noche.
Poco después copias de la película rodaban de puesto en puesto de buhoneros, gracias al terrible mercado de cintas clonadas y quemadas, que muchas personas preferían a las originales de precios exorbitantes aunque a la larga eso arruinara y destruyera a la industria. El mozo dudó en comprarla, le parecía que era exponerse a la mirada de los vendedores. Así de joven era. Pero la llevó al fin. Esa noche en su dormitorio, intrigado aún por la actitud de las amigas, que les duraba varios días ya, la reprodujo, reparando en la increíble mala calidad, lo mal traducida y lo oscuro de las tomas. Pero poco a poco, cuadro a cuadro, con silencios llenos de mil voces, con miradas que eran llamadas a gritos, en los toques de una guitarra que parecía llorar, el joven fue conociendo a Ennis del Mar y a un tal Jack Twist. Poco a poco fue poniéndose del lado del vaquero alegre, riente y optimista, que miraba al tipo huraño con amor y entrega, con ternura, con desesperación, diciéndole con cada gesto que él (Ennis) era su dueño, su señor y que ya no podía seguir sin él, proponiéndole el huir juntos, de forma vehemente, quemando sus naves de escape, ofreciéndose todo.
El joven tuvo que ser testigo, hasta el final, de los rechazos que una y otra vez fue sufriendo ese tipo de mirada intensa e inmensa. Tuvo que ver como su personaje evolucionaba hacia el gris resignación y amargura por una existencia que no fue, después de ser el azul alegre de la vida y esperanza. Lo vio envejecer, gordo, con bigotes, con grandes patillas… y de alguna manera al muchacho le parecía que era más hermoso aún que al principio. Con un estremecimiento interno, algo que a él mismo le sorprendió, descubrió que le agradaba Jack Twist, que sentía su amor, su angustia, su pena. La escena en la que Ennis oye de su muerte, con esa oscura secuencia donde Jack huye, es agredido y cae, arranca ardientes y dolidas lágrimas al joven, quien casi tiene que tragarse unos ruidosos jadeos. Él podía imaginárselo corriendo asustado, lastimado y tal vez llamando a Ennis una y otra vez mientras caía y era golpeado. No entiende si fue asesinado o si Ennis imagina todo eso.
Sigue mirando, y la imagen de un Ennis del Mar viejo, frente al armario donde tiene lo poco que posee, mirando las camisas que usaron en esos primeros encuentros de descubrimiento, de amor, de realización y separación, lastima nuevamente a Renato; le atormenta todo ese dolor aunque siente rabia contra el catire que no supo cómo amar a Jack. Imagina a Jack, sangrando aún después de la pelea en Brokeback Mountain, recogiendo esa camisa, tal vez abrazándola y sufriendo por la inminencia de la separación, y guardándola, guardándola como un maravilloso tesoro, como un preciado recuerdo de cuando estuvo en la cima del mundo, en las puertas del Cielo y Dios le había permitido seguir por un tiempo; guardándola para cuando llegaran los días malos, los momentos de soledad. El muchacho estaba convencido, porque así de increíble era ese tipo, que Jack no veía en esos momentos la sangre producto de la agresión de un atormentado y asustado Ennis, quien no sabía de qué otra forma reaccionar y encarar lo que pasaba en su vida, sufriendo ya ante la separación pero queriendo apresurarla creyendo que eso la haría menos dolorosa. Si te odio no me dolerá verte partir, seguramente eso pensaba Ennis, se dice el muchacho, parpadeando, intentando alejar nuevas lágrimas que le parecen poco viriles.
Renato esperaba, esa primera vez que veía la película con cuidado, el momento final, ese en el cual Ennis, mirando las camisas enlazadas una dentro de la otra como debía ser, dijera finalmente lo que debió decir antes de bajar de aquella montaña, o a los pies de las escaleras de su casa, o al yacer junto al amante en aquella cama de hotel donde tuvieron que sellar el pacto de amor al reencontrarse: Jack, te juro que te amé, que aún te amo. Pero no, ni aún ahora lo dice, y Renato sufre, exasperado. Botando aire, intentando calmarse, se dice que, después de todo, fue eso lo que quiso decir con ese Jack, te juro…
Si, debió ser eso. La guitarra llora, Brokeback Mountain se observa por la ventana y el joven siente que se muere de tristeza, una que es tanta que no puede respirar. Su cara de muchacho está bañada de lágrimas que lo avergüenzan un poco, pero que también le brindan alegría, porque en medio de su juventud entendía que era bueno el que pudiera llorar por eso, por el dolor de otros, por el amor de otros, aún por el amor de esos dos carajos, algo que jamás antes había contemplado sentir. Pero está mal, llora y llora ahora de una forma que no puede controlar, y siente miedo de que no se le pase nunca, que ese dolor que padece dure para siempre, porque ya apagó el DVD, fue al baño y orinó, a la cocina y tomó un refresco, y se asomó a una ventana, un error, porque esa noche cargada de estrellas lo arrastró por un momento a una montaña hermosa y creyó ver el fulgor de una hoguera más allá, y la sensación de tristeza no menguaba. Era tan sólo un muchacho…
¡No! ¡No! Seguramente hubo algo que no vio, algo que no entendió, quizás una escena mal traducida, tal vez una toma cortada. Debía cerciorarse y pone nuevamente la película. No podía ser que terminara así. No era posible que Jack Twist, ese tipo genial, realmente estuviera muerto, no en un accidente estúpido, no atacado por el odio de animales que caminaban en dos patas. Debía haber un error. Ennis no podía terminar después de tanto batallar solo en su trailer, con los ojos cuajados de lágrimas, pensando con amargura en todo lo que había perdido, en todo lo que la vida le había quitado con tanta crueldad. No era posible que ahora únicamente le quedaran esa postal y esas camisas de un primer encuentro, violento y apasionado. Y él, que generalmente hacía chistes sobre lesbianas cuando una chica no quería nada con un muchacho, o que se burlaba de los muchachos francamente amanerados, no con odio ni violencia, sino porque era lo normal, porque así era siempre, no quería entender ese final, ese terrible final de distanciamientos por miedos al que dirán, al qué harán los demás. La soledad y el aislamiento de Ennis del Mar de toda ternura, le parecía ahora demasiado horrible.
Ahora le parecía terriblemente malo que toda una sociedad empujara a una persona a negarse a sí misma, a verse como un enfermo, como un ocioso, como un degenerado o un vagabundo, y que lo atacaran con burlas, rechiflas, gritos, agresiones o hasta con la amenaza de un castigo de Dios. Su mamá siempre le había dicho que Dios era el padre amoroso todo poderoso, el que todo lo veía y todo lo perdonaba. Tal vez eran sus hijos los que no eran dignos de decir que hablaban en Su nombre, cosa que no los detendría en sus rencores, después de todo hasta los nazis cuando mataban judíos tal vez creían hacer el trabajo de Dios, o los racistas que mataban negros, o los vigilantes que atacaban inmigrantes en una frontera, con odio. Pero Renato es muy joven y no puede seguir esos lineamientos mentales. Para él era evidente que Jack y Ennis no fueron felices porque tuvieron que separarse, no podían vivir juntos, debían tener mujer e hijos para que el mundo estuviera conforme y todos fueran felices. Excepto ellos dos y la gente a su alrededor. Pero sabía que pensar en eso de nada servía.
Nada iba a cambiar la vida solitaria y triste de Ennis, quien padecería cada día del resto de su vida el infierno de recordar al hermoso y alegre Jack, quien lo amó y le pidió que escaparan juntos, buscando su lugar bajo el sol, algo para los dos donde pudieran estar juntos para siempre, pero al que rechazó, rechazando la vida y la felicidad. Nada iba a traer de vuelta a la vida a Jack, eso también lo entendió. Y algo que Renato jamás le contaría a nadie, ni bajo tortura, era que por tercera vez en su vida se había enamorado de una forma total, inocente y desesperada; después de la profesora Mary, de biología, y de Susana, la mejor amiga de su madre, amaba a Jack Twist, el tipo de mirada directa y enternecedora, el carajo con valor, quien una noche comprendió que amaba a ese otro tipo y tomó la desición de actuar aunque todo estallara en su cara, porque entendía que era mejor recibir un golpe y un rechazo en ese momento a vivir soñando con lo qué pudo suceder si hubiera tendido una mano hacia Ennis y lo hubiera tocado.
Sentado en su cama, con las manos sobre la boca, los ojos aún bañados de llanto, el joven admite que si, que ama a ese carajo de una forma que le duele, pero que también le enternece. Para él no había sido una historia escandalosa ni fea, ni una propaganda retorcida de homosexuales ociosos, de maricones sinvergüenzas como muchos la tachaban de forma ligera, llevados por ese odio siempre a flor de piel que se dejaba ver como intolerancia hacia los demás. Para él había sido una historia de amor, grande, poderosa, esas miradas, esos besos, esos momentos de ternura, tan escasos, tan pocos, tan terriblemente pocos, habían transmitido todo ese sentimiento. Era una historia de amor trágico, sin un final feliz, pero de amor al fin y al cabo.
Esa noche lloro aún más todavía. Después de cenar con sus padres en la sala, algo que los desconcertó ya que hacia años que comía sólo frente a su televisor, y de que le preguntaran sí le pasaba algo porque estaba muy callado, el joven regresó a su cuarto y se revolvió en su cama sin poder dormir. No podía pensar en la novia; o en manosearse bajo su sábana; no podía alejarse de esa pradera, de esa fogata, de ese cielo. Cerraba los ojos y visualizaba la hermosa montaña, con una tienda de campaña alzada junto a un arroyo, sin nadie por esos lados, sin nada más, donde dos hombres cortaban leña, pescaban o cazaban algo y se encontraban allí, mirándose, rientes, con amor; podía ver al moreno saltar a caballito a la espaldas del otro que brincaría como un potro, derribándolo luego de espaldas sobre la grama, para caer sobre él, besándolo, incapaz de contener sus ganas de tocarlo todo. Y que cada noche se encerraban en su carpa, y Ennis, desnudo bajo las mantas, miraba el rostro de Jack debajo de él, diciéndole que lo quería. Y Jack sonreía con sus ojos grandes y bonitos, y las bocas se unían con anhelo. Y así, por siempre y para siempre, vivirían su amor y estarían juntos, estarían completos y serían felices. Pero Renato no puede evitar un suspiro de tristeza, porque cuando lograba engañarse así, sonriendo aliviado, seguro de que Jack dormía en brazos de Ennis, satisfecho, feliz, recordaba al momento siguiente al joven corriendo y siendo agredido.
El tiempo pasa y Renato ya lleva cuatro semanas de haber comprado la copia pirata y barata, deseando angustiosamente que saliera el original. Vivía deseoso y temeroso de ir a un cine y verla en pantalla grande, limpia y nítida, porque podría llorar ahí delante de todos. Ahora se movía de forma distinta y escuchaba realmente cuando un adulto hablaba del trabajo duro que pasó de niño o de la pérdida de un ser querido, ahora podía entender y reconocer esas miradas húmedas, dolidas. Ahora no podía burlarse de la gente, ni de la loquita que vagaba sucia por las calles hablando con un perro, malhumorada, ni de la muchacha fea de la escuela a la que todos molestaban, sólo para reír y divertirse, porque teme saber que ella pueda tener su propia historia, una dura y grande, y reírse de ella le parecía cruel, algo que… entristecería a Jack. Han pasado cuatro semanas y la tristeza le dura y cierta melancolía lo rodea, confiriéndole una serenidad extraña, algo que ya notaban, interesadas, muchachas mayores. Ahora él tenía secretos, como la montaña. Uno era que había visto la cinta otras doce veces, jurándose siempre que esa sería la última vez, y en cada una de ellas lloró por Ennis, el tonto que lo pierde todo. Pero sobretodo, por Jack, su amor bonito e idealizado, su otro secreto.
Una tarde, frente a su computadora, incapaz de contenerse, buscó referencias en Internet de Brokeback Mountain, encontrando más de 17 millones de ellas. Comenzó a leer páginas con críticas de cine. Algunas le gustaron, aquellas que hablaban de la belleza de la cinta y del gran papel de sus protagonistas. Otras las odió, las de aquellos que esperaban ver algo totalmente distinto, tal vez a Depredador besándose con Alíen, para terminar luego en persecuciones alucinantes y estallidos que le dieran dinamismo y emoción, con todos los nuevos efectos especiales y viejos clichés. Una tarde, viendo un espacio para comentar, botó aire y se atrevió.
“Me llamo Renato. No sé cómo explicarlo pero para mí esta ha sido la mejor película que he visto en toda mi vida, y realmente no espero que un día aparezca una mejor. Creo que Jake Gyllenhaal y Heath Ledger merecen ser aplaudidos y considerados los mejores actores de su generación. Lo que más me gustó de la película fue…” y ya no supo que decir porque la emoción lo embargaba, lo quemaba, le dolía sentir lo que le oprimía en el pecho, pero también le gustaba y no estaba transmitiéndolo bien. “Yo amo a Jack Twist”, terminó casi a la carrera, empañándosele la mirada, confesándolo al fin. Lo publicó con miedo, quedándose sentado, viendo aparecer el comentario, jadeando, avergonzado de sus palabras, pero alegre y casi orgulloso de haberse atrevido.
“Te entiendo, Renato”, se sorprendió al ver aparecer una respuesta casi al instante. “Lloro cada vez que recuerdo su historia. Me llamo Verónica. Yo también lo amo. No es que me guste o lo quiera. No, yo lo amo. A veces, en mi consultorio (soy dentista), al estar sola, no puedo evitar sentirme triste y llorar por ellos. Por él que tanto ofreció, que tanto entregó. Que tanto amó. No te sientas mal, Renato. No eres el único. Otros te entendemos. Copia esta dirección y conocerás a los demás, a la gente del Proyecto Brokeback Mountain, a quienes esta película les cambió la vida de forma suave, sutil, pero evidente. No estás solo, cariño…”
Julio César.